CAPÍTULO II

Hemos dejado a don Alfonso de Aragón en Soria ocupado en despachar

los negocios de su reino, cuando la dichosa temeridad del conde de

Candespina sacó de aquella ciudad a la reina de Castilla. La poca

armonía que reinaba entre él y su esposa era causa de que no se vieran,

aun viviendo juntos, más veces que las necesarias para cumplir como

suele decirse con el mundo; y el número de sus forzadas entrevistas se

redujo en Soria a una sola al día, que se verificaba ordinariamente a

la prima noche, y en presencia de tres o cuatro cortesanos de los más

favorecidos. Así es que don Alfonso hubiera ignorado hasta la noche la

fuga de su esposa, a no habérsela revelado antes la falta del conde

don Pedro Ansúrez. Raro era el día en que este señor no veía al rey

dos o tres veces para darle cuenta de los negocios de Castilla; y como

jamás se verificó que dejase de presentarse al menos una vez antes de

la noche, forzosamente hubo don Alfonso de extrañar que llegase la

media tarde sin haberle aún visto. En consecuencia mandó que se fuera a

buscarle a su casa, en la cual contestaron los criados que había salido

horas hacía a ver a Su Alteza, según creían; con esta noticia fue el

encargado al cuarto de la reina, y allí supo que en efecto don Pedro

Ansúrez había estado a ver a doña Urraca, siguiéndole tres caballeros,

y que después de haber tenido con ella una breve conferencia, y

levantádose esta de su lecho salieron todos juntos, yendo la reina

en una litera sin acompañamiento ninguno. En la antecámara de doña

Urraca empezaron ya, según costumbre, a formarse conjeturas entre los

palaciegos: uno decía que tenía datos muy positivos para creer que,

cansado el rey de las altanerías e inconsecuencias de doña Urraca, la

había enviado con todo secreto a un convento, y que impaciente por

saber que se había ya verificado, enviaba a buscar a don Pedro Ansúrez,

ejecutor de sus órdenes; el otro sabía por buen conducto que la salida

de la reina encerraba gran misterio, «y vuesas mercedes lo verán dentro

de poco», añadía con tono entre enfático y profético. Todos hablaban,

todos decían su opinión, y cada cual se alejaba más de la verdad que

el que le había precedido. Desde el cuarto de la reina al del rey

enteró el criado a cuantos encontró de su comisión y éxito de ella,

encargándoles a todos el secreto, sin duda para con los muertos, pues

antes que don Alfonso sabían en Soria grandes y chicos que la reina

y su mayordomo habían desaparecido de palacio, y que se ignoraba su

paradero. Como quiera que sea, el comisionado dio cuenta al rey de

Aragón del resultado de sus diligencias, que en resumen fue que no se

sabía del conde Ansúrez ni de la reina.

—Mentís —dijo furioso el rey—, es imposible.

—Señor, Vuestra Alteza puede asegurarse por sí mismo de mi verdad.

—Tiembla si te has atrevido a engañarme.

—Mi cabeza responde.

—Fortún, no te habrás enterado bien.

—Desgraciadamente, no me cabe duda.

—La reina habrá salido a alguna de sus devociones. Sí; esto es. Al

momento que se recorran todas las iglesias y monasterios de la ciudad;

que no quede en el alcázar un solo criado. Fortún, que no se perdone

diligencia para encontrarla al instante.

La idea que en aquel momento ocurrió a don Alfonso fue la de que

doña Urraca, no pudiendo de otro modo sustraerse a su autoridad, se

habría retirado al inviolable asilo de algún convento de religiosas:

pensamiento plausible a primera vista; pero que debió desvanecerse con

la consideración de que en tal caso lo primero que el conde de Ansúrez

hubiera hecho sin duda sería ponerlo en noticia del rey. De todos modos

se practicaron mil diligencias a cual más infructuosa, hasta que a un

mismo tiempo dos circunstancias descubrieron la verdad del hecho. Los

soldados que estaban de guardia en la puerta por la cual salió de Soria

doña Urraca, notando que no cesaban de pasar por sus inmediaciones

personas de la real servidumbre con aire presuroso y afanado, y movidos

de la natural curiosidad, detuvieron a uno de aquellos criados para

preguntarle la causa de su diligencia.

—La reina no parece en toda la ciudad —dijo el enviado.

—Ni es fácil —contestó un soldado—, no vengáis con chanzonetas,

hermano, que pudierais viniendo por lana salir trasquilado.

—No me chanceo, caballeros, lo que digo es la pura verdad; más de tres

horas hace que andamos buscando a Su Alteza inútilmente.

—Cuerpo de mi padre, y podréis buscarla hasta el día del juicio sin más

provecho.

—¿Sabréis vos, señor soldado, por ventura, dónde está?

—Dónde está lo ignoro; pero puedo deciros dónde no está.

—Por san Pedro que me digáis...

—Lo que yo puedo decir es que no está en Soria.

—¿Cómo?

—Habiendo salido horas ha por esta puerta.

—¿Con quién?

—Con su mayordomo, dos caballeros armados de punta en blanco, y una

tropa de almogávares.

—Las once mil vírgenes me amparen: acabad, por Dios.

—No sé más que a poco rato vino un caballero con otra dama encubierta,

tomó un caballo, montó con ella y marchó como alma de sastre que llevan

los diablos; y por último, que también se fueron en pos de él unos

cuantos almogávares que esperándole estaban.

—¿Nada más?

—Nada más.

—Dios os guarde por la merced que me habéis hecho. Y diciendo así

partió como un rayo a llevar las nuevas a palacio.

La otra circunstancia que hemos indicado fue la declaración de la

abadesa del convento en donde doña Leonor estuvo en reclusión, sobre el

modo con que había esta dama salido de él. De manera que a las ocho de

la noche ya no le quedaba a don Alfonso ninguna duda de que su esposa

había salido de Soria; y las apariencias eran de tal naturaleza que

toda la culpabilidad recaía sobre el conde de Ansúrez. Don Alfonso

maldecía la hora menguada en que depositó su confianza en el traidor

conde; y si por desventura hubiera podido haberle entonces a las manos,

parece posible que ni tiempo para justificarse le hubiera dejado.

Los guardas de la puerta fueron relevados y puestos en estrecha

prisión por una culpa que no habían cometido ni podido evitar. Pero tal

es la suerte de los débiles, siempre víctimas hasta de las flaquezas de

los fuertes.

No era don Alfonso hombre cuyo enojo se limitara a simples amenazas;

la saña que ardía en su pecho solo en la sangre de sus contrarios

podía apagarse, y así resolvió hacerlo. Reunidos en poco tiempo en el

alcázar los nobles aragoneses presentes en Soria, recibieron orden de

hallarse dispuestos a salir con sus tropas al amanecer del siguiente

día para pelear contra los castellanos. Dividiéronse los pareceres

entre aquellos señores. Los jóvenes dejándose llevar por el ardor

propio de sus pocos años, recibieron con indecible placer el mandato

del rey; pero los más avanzados en edad, capaces de mayor reflexión,

lo consideraban como imprudente. Las fuerzas de los castellanos eran

en efecto considerables; la llegada de doña Urraca a su campo debía

haber aumentarlo el entusiasmo de sus tropas; y el conde de Candespina

era harto conocido por su pericia en el arte militar para que ni el

mismo Alfonso pudiera lisonjearse de vencerle con fuerzas inferiores.

No faltó quien hiciese estas y otras reflexiones semejantes al rey

de Aragón, pero la ira le dominaba. El deseo de venganza triunfó de

los avisos de la prudencia, y la salida contra los castellanos quedó

irrevocablemente resuelta.

Por su parte los parciales de doña Urraca, que teniéndola ya consigo

ninguna causa tenían para detenerse delante de Soria, movieron su campo

hacia Burgos con todo el concierto y precaución posibles; pues aunque

el conde de Candespina no quiso de ningún modo aceptar ostensiblemente

el mando hasta que concluyese el plazo señalado en su pacto con el de

Lara, sin embargo nada se hacía sin su acuerdo desde que se le vio tan

favorecido de la reina.

Pocas horas llevarían de marcha cuando se recibió aviso de que se

aproximaba a ellos aceleradamente un numeroso cuerpo de tropas a pie y

a caballo, y nadie dudó de que fuese enviado por el rey de Aragón. La

reina oyó aquella nueva con harto pesar; pero don Gómez le manifestó

con tanta energía como brevedad que nada tenía que temer yendo en torno

de ella tantos valientes castellanos; y autorizado competentemente pasó

a dar las disposiciones necesarias para repeler al enemigo.

—A vos, conde de Lara —dijo el de Candespina—, toca como a principal

caudillo velar directamente sobre la persona de Su Alteza. Tomad para

ello los soldados que creáis necesarios, que, Dios mediante, yo haré

con el resto de modo que don Alfonso, aunque venga en persona, no pueda

estorbaros la marcha.

—Pésame en el alma —contestó el de Lara—, no poder quedarme aquí; mas

pues así lo ha querido la suerte, sean en buen hora todas las glorias

para vos.

—Consolaos, conde, que ocasiones sobrarán en que podáis acreditar

vuestro brío.

—Así lo espero.

La reina continuó su marcha acompañada del conde de Lara, quien

viéndose libre de la embarazosa presencia de don Gómez, empezó a dar

libre curso a su carácter lisonjero.

—Preciso es, señora, confesar —decía a doña Urraca— que si es grande el

valor del conde de Candespina, no lo es menos su buena estrella.

—¿Por qué?

—¿Y Vuestra Alteza lo pregunta? ¿Qué dicha puede apetecer un caballero

mayor que la de consagrar sus servicios a la reina de Castilla, a la

reina de la hermosura?

—No gusto de lisonjas, conde de Lara.

—Perdone Vuestra Alteza si mi lengua indiscreta ha ofendido su

modestia; pero es tal la fuerza de la verdad...

—Dejemos eso, y decidme qué pensáis del resultado del combate que en

este momento se está dando.

—Vuestra Alteza no puede dudar que será favorable a las armas de

Castilla. Soldados que lidian por doña Urraca forzosamente han de

vencer.

—Más que en otra cosa fío en la pericia de don Gómez.

La reina tenía razón. El conde de Candespina eligió tan bien sus

posiciones para sacar partido de la ventaja que en el número tenía

sobre los aragoneses que, a pesar de las acertadas medidas de don

Alfonso, la victoria tardó poco en decidirse por los castellanos.

Rechazados por todas partes los aragoneses volvían sin embargo a la

carga repetidas veces, no perdonando sus jefes medio alguno para

estimularlos al combate: mas todo fue inútil; los castellanos dieron

sobre ellos con tal furia que, rotos los escuadrones enteramente, no

les fue posible volver a rehacerse. El mismo don Alfonso, conociendo

la imposibilidad de conseguir su fin, resolvió retirarse, y le fue

menester emplear toda su ciencia y valor para poder hacerlo con los

pocos que a su lado conservaban aún algún orden.

Conseguido su objeto, mandó don Gómez tocar retirada, mas Hernando

de Olea, que en aquel combate, como en todos, había hecho prodigios

de valor, se empeñó tanto en la persecución de los aragoneses que,

separándose enteramente de los que le seguían, que no eran muchos, se

vio rodeado de enemigos; y eran tantos los golpes que llovían sobre él,

que hubiera sucumbido a no ser por el señor de Nájara. Este caballero,

que aunque menos arrebatado no cedía en valor a Hernando, le había

seguido muy de cerca y acudió a propósito para sacarle del eminente

peligro en que se hallaba; uniéronse después con Candespina y todos

juntos marcharon a encontrarse con la reina.

Esta seguía su marcha con no poco sobresalto, oyendo apenas las

continuas y refinadas alabanzas que el conde de Lara la prodigaba,

hasta que recibió noticias de la completa derrota de las tropas de su

marido, que entonces ya, según algunos autores, empezó a saborear las

lisonjas del galante conde, cuyo carácter no podía ser más a propósito

para captarse su voluntad.

[Ilustración]

El conde de Candespina (2 de 2) · 第 4 / 20 题