Hemos dejado a don Alfonso de Aragón en Soria ocupado en despachar
los negocios de su reino, cuando la dichosa temeridad del conde de
Candespina sacó de aquella ciudad a la reina de Castilla. La poca
armonía que reinaba entre él y su esposa era causa de que no se vieran,
aun viviendo juntos, más veces que las necesarias para cumplir como
suele decirse con el mundo; y el número de sus forzadas entrevistas se
redujo en Soria a una sola al día, que se verificaba ordinariamente a
la prima noche, y en presencia de tres o cuatro cortesanos de los más
favorecidos. Así es que don Alfonso hubiera ignorado hasta la noche la
fuga de su esposa, a no habérsela revelado antes la falta del conde
don Pedro Ansúrez. Raro era el día en que este señor no veía al rey
dos o tres veces para darle cuenta de los negocios de Castilla; y como
jamás se verificó que dejase de presentarse al menos una vez antes de
la noche, forzosamente hubo don Alfonso de extrañar que llegase la
media tarde sin haberle aún visto. En consecuencia mandó que se fuera a
buscarle a su casa, en la cual contestaron los criados que había salido
horas hacía a ver a Su Alteza, según creían; con esta noticia fue el
encargado al cuarto de la reina, y allí supo que en efecto don Pedro
Ansúrez había estado a ver a doña Urraca, siguiéndole tres caballeros,
y que después de haber tenido con ella una breve conferencia, y
levantádose esta de su lecho salieron todos juntos, yendo la reina
en una litera sin acompañamiento ninguno. En la antecámara de doña
Urraca empezaron ya, según costumbre, a formarse conjeturas entre los
palaciegos: uno decía que tenía datos muy positivos para creer que,
cansado el rey de las altanerías e inconsecuencias de doña Urraca, la
había enviado con todo secreto a un convento, y que impaciente por
saber que se había ya verificado, enviaba a buscar a don Pedro Ansúrez,
ejecutor de sus órdenes; el otro sabía por buen conducto que la salida
de la reina encerraba gran misterio, «y vuesas mercedes lo verán dentro
de poco», añadía con tono entre enfático y profético. Todos hablaban,
todos decían su opinión, y cada cual se alejaba más de la verdad que
el que le había precedido. Desde el cuarto de la reina al del rey
enteró el criado a cuantos encontró de su comisión y éxito de ella,
encargándoles a todos el secreto, sin duda para con los muertos, pues
antes que don Alfonso sabían en Soria grandes y chicos que la reina
y su mayordomo habían desaparecido de palacio, y que se ignoraba su
paradero. Como quiera que sea, el comisionado dio cuenta al rey de
Aragón del resultado de sus diligencias, que en resumen fue que no se
sabía del conde Ansúrez ni de la reina.
—Mentís —dijo furioso el rey—, es imposible.
—Señor, Vuestra Alteza puede asegurarse por sí mismo de mi verdad.
—Tiembla si te has atrevido a engañarme.
—Mi cabeza responde.
—Fortún, no te habrás enterado bien.
—Desgraciadamente, no me cabe duda.
—La reina habrá salido a alguna de sus devociones. Sí; esto es. Al
momento que se recorran todas las iglesias y monasterios de la ciudad;
que no quede en el alcázar un solo criado. Fortún, que no se perdone
diligencia para encontrarla al instante.
La idea que en aquel momento ocurrió a don Alfonso fue la de que
doña Urraca, no pudiendo de otro modo sustraerse a su autoridad, se
habría retirado al inviolable asilo de algún convento de religiosas:
pensamiento plausible a primera vista; pero que debió desvanecerse con
la consideración de que en tal caso lo primero que el conde de Ansúrez
hubiera hecho sin duda sería ponerlo en noticia del rey. De todos modos
se practicaron mil diligencias a cual más infructuosa, hasta que a un
mismo tiempo dos circunstancias descubrieron la verdad del hecho. Los
soldados que estaban de guardia en la puerta por la cual salió de Soria
doña Urraca, notando que no cesaban de pasar por sus inmediaciones
personas de la real servidumbre con aire presuroso y afanado, y movidos
de la natural curiosidad, detuvieron a uno de aquellos criados para
preguntarle la causa de su diligencia.
—La reina no parece en toda la ciudad —dijo el enviado.
—Ni es fácil —contestó un soldado—, no vengáis con chanzonetas,
hermano, que pudierais viniendo por lana salir trasquilado.
—No me chanceo, caballeros, lo que digo es la pura verdad; más de tres
horas hace que andamos buscando a Su Alteza inútilmente.
—Cuerpo de mi padre, y podréis buscarla hasta el día del juicio sin más
provecho.
—¿Sabréis vos, señor soldado, por ventura, dónde está?
—Dónde está lo ignoro; pero puedo deciros dónde no está.
—Por san Pedro que me digáis...
—Lo que yo puedo decir es que no está en Soria.
—¿Cómo?
—Habiendo salido horas ha por esta puerta.
—¿Con quién?
—Con su mayordomo, dos caballeros armados de punta en blanco, y una
tropa de almogávares.
—Las once mil vírgenes me amparen: acabad, por Dios.
—No sé más que a poco rato vino un caballero con otra dama encubierta,
tomó un caballo, montó con ella y marchó como alma de sastre que llevan
los diablos; y por último, que también se fueron en pos de él unos
cuantos almogávares que esperándole estaban.
—¿Nada más?
—Nada más.
—Dios os guarde por la merced que me habéis hecho. Y diciendo así
partió como un rayo a llevar las nuevas a palacio.
La otra circunstancia que hemos indicado fue la declaración de la
abadesa del convento en donde doña Leonor estuvo en reclusión, sobre el
modo con que había esta dama salido de él. De manera que a las ocho de
la noche ya no le quedaba a don Alfonso ninguna duda de que su esposa
había salido de Soria; y las apariencias eran de tal naturaleza que
toda la culpabilidad recaía sobre el conde de Ansúrez. Don Alfonso
maldecía la hora menguada en que depositó su confianza en el traidor
conde; y si por desventura hubiera podido haberle entonces a las manos,
parece posible que ni tiempo para justificarse le hubiera dejado.
Los guardas de la puerta fueron relevados y puestos en estrecha
prisión por una culpa que no habían cometido ni podido evitar. Pero tal
es la suerte de los débiles, siempre víctimas hasta de las flaquezas de
los fuertes.
No era don Alfonso hombre cuyo enojo se limitara a simples amenazas;
la saña que ardía en su pecho solo en la sangre de sus contrarios
podía apagarse, y así resolvió hacerlo. Reunidos en poco tiempo en el
alcázar los nobles aragoneses presentes en Soria, recibieron orden de
hallarse dispuestos a salir con sus tropas al amanecer del siguiente
día para pelear contra los castellanos. Dividiéronse los pareceres
entre aquellos señores. Los jóvenes dejándose llevar por el ardor
propio de sus pocos años, recibieron con indecible placer el mandato
del rey; pero los más avanzados en edad, capaces de mayor reflexión,
lo consideraban como imprudente. Las fuerzas de los castellanos eran
en efecto considerables; la llegada de doña Urraca a su campo debía
haber aumentarlo el entusiasmo de sus tropas; y el conde de Candespina
era harto conocido por su pericia en el arte militar para que ni el
mismo Alfonso pudiera lisonjearse de vencerle con fuerzas inferiores.
No faltó quien hiciese estas y otras reflexiones semejantes al rey
de Aragón, pero la ira le dominaba. El deseo de venganza triunfó de
los avisos de la prudencia, y la salida contra los castellanos quedó
irrevocablemente resuelta.
Por su parte los parciales de doña Urraca, que teniéndola ya consigo
ninguna causa tenían para detenerse delante de Soria, movieron su campo
hacia Burgos con todo el concierto y precaución posibles; pues aunque
el conde de Candespina no quiso de ningún modo aceptar ostensiblemente
el mando hasta que concluyese el plazo señalado en su pacto con el de
Lara, sin embargo nada se hacía sin su acuerdo desde que se le vio tan
favorecido de la reina.
Pocas horas llevarían de marcha cuando se recibió aviso de que se
aproximaba a ellos aceleradamente un numeroso cuerpo de tropas a pie y
a caballo, y nadie dudó de que fuese enviado por el rey de Aragón. La
reina oyó aquella nueva con harto pesar; pero don Gómez le manifestó
con tanta energía como brevedad que nada tenía que temer yendo en torno
de ella tantos valientes castellanos; y autorizado competentemente pasó
a dar las disposiciones necesarias para repeler al enemigo.
—A vos, conde de Lara —dijo el de Candespina—, toca como a principal
caudillo velar directamente sobre la persona de Su Alteza. Tomad para
ello los soldados que creáis necesarios, que, Dios mediante, yo haré
con el resto de modo que don Alfonso, aunque venga en persona, no pueda
estorbaros la marcha.
—Pésame en el alma —contestó el de Lara—, no poder quedarme aquí; mas
pues así lo ha querido la suerte, sean en buen hora todas las glorias
para vos.
—Consolaos, conde, que ocasiones sobrarán en que podáis acreditar
vuestro brío.
—Así lo espero.
La reina continuó su marcha acompañada del conde de Lara, quien
viéndose libre de la embarazosa presencia de don Gómez, empezó a dar
libre curso a su carácter lisonjero.
—Preciso es, señora, confesar —decía a doña Urraca— que si es grande el
valor del conde de Candespina, no lo es menos su buena estrella.
—¿Por qué?
—¿Y Vuestra Alteza lo pregunta? ¿Qué dicha puede apetecer un caballero
mayor que la de consagrar sus servicios a la reina de Castilla, a la
reina de la hermosura?
—No gusto de lisonjas, conde de Lara.
—Perdone Vuestra Alteza si mi lengua indiscreta ha ofendido su
modestia; pero es tal la fuerza de la verdad...
—Dejemos eso, y decidme qué pensáis del resultado del combate que en
este momento se está dando.
—Vuestra Alteza no puede dudar que será favorable a las armas de
Castilla. Soldados que lidian por doña Urraca forzosamente han de
vencer.
—Más que en otra cosa fío en la pericia de don Gómez.
La reina tenía razón. El conde de Candespina eligió tan bien sus
posiciones para sacar partido de la ventaja que en el número tenía
sobre los aragoneses que, a pesar de las acertadas medidas de don
Alfonso, la victoria tardó poco en decidirse por los castellanos.
Rechazados por todas partes los aragoneses volvían sin embargo a la
carga repetidas veces, no perdonando sus jefes medio alguno para
estimularlos al combate: mas todo fue inútil; los castellanos dieron
sobre ellos con tal furia que, rotos los escuadrones enteramente, no
les fue posible volver a rehacerse. El mismo don Alfonso, conociendo
la imposibilidad de conseguir su fin, resolvió retirarse, y le fue
menester emplear toda su ciencia y valor para poder hacerlo con los
pocos que a su lado conservaban aún algún orden.
Conseguido su objeto, mandó don Gómez tocar retirada, mas Hernando
de Olea, que en aquel combate, como en todos, había hecho prodigios
de valor, se empeñó tanto en la persecución de los aragoneses que,
separándose enteramente de los que le seguían, que no eran muchos, se
vio rodeado de enemigos; y eran tantos los golpes que llovían sobre él,
que hubiera sucumbido a no ser por el señor de Nájara. Este caballero,
que aunque menos arrebatado no cedía en valor a Hernando, le había
seguido muy de cerca y acudió a propósito para sacarle del eminente
peligro en que se hallaba; uniéronse después con Candespina y todos
juntos marcharon a encontrarse con la reina.
Esta seguía su marcha con no poco sobresalto, oyendo apenas las
continuas y refinadas alabanzas que el conde de Lara la prodigaba,
hasta que recibió noticias de la completa derrota de las tropas de su
marido, que entonces ya, según algunos autores, empezó a saborear las
lisonjas del galante conde, cuyo carácter no podía ser más a propósito
para captarse su voluntad.
[Ilustración]