prisa--dije.
--Bueno, bueno--me contestó el patrón.
Fuí saltando de barca en barca hasta ganar las escaleras del muelle.
Estaba desierto. Yo sentía una gran angustia. Al pasar por el taller de
tornero de Zelayeta encontré a mi amigo; le cogí del brazo y le pregunté
lo que se decía en el pueblo de Mary y de Machín. Su contestación me
tranquilizó. Era verdad que Machín galanteaba a la chica, pero ella no
le hacía caso.
--Puedes estar sin cuidado--me dijo.
Y ya menos inquieto, fuí a casa de mi madre.
II
DÍAS FELICES
Al amanecer del día siguiente me levanté muy de mañana. Estaba el tiempo
templado. Saqué una silla al balcón, me senté, y apoyado en la
barandilla estuve contemplando el pueblo y la casa donde vivía Mary.
El sol se levantaba, ahuyentando las nieblas; el viejo campanario, las
casas, el puerto, la punta del Rompeolas iban apareciendo ante mi vista.
No sé qué influencia deprimente tiene en mí la mañana, que es como una
matadora de ilusiones; todo lo que me parece fácil y asequible de noche
se me figura erizado de dificultades al amanecer.
Era demasiado temprano para ir a ver a Mary. Estaba impaciente; salí de
casa, y en la carretera me encontré con el médico viejo. Era gran
madrugador y salía temprano para su visita. Le saludé, le acompañé, le
dije si conocía a Mary y le pregunté qué se decía en el pueblo de las
galanterías de Machín.
--Nada malo. Puedes estar tranquilo. No creo que le haga el amor a Mary.
Está correctísimo con ella y la trata con gran consideración.
--Sin embargo ...--murmuré yo.
A pesar de las palabras del médico viejo no me tranquilicé, y, con esta
tendencia que se tiene a aumentar el propio mal, le pedí informes de
Machín.
--Machín es un hombre de una voluntad de hierro--me dijo el médico--. Tú
le conocerás.
--No; no creo haberle visto nunca.
--Pero habrás oído hablar de él.
--Poco.
--Pues Machín es hijo de un caserío de tu abuela. No sé si navegó un
poco; pero si navegó, no le tomó gusto al oficio. Yo solía decir de él,
cuando andaba vagabundeando por el pueblo, que era un lord Byron de
taberna. Juan Machín se fué a Bilbao y se confundió con los holgazanes y
perdidos de baja estofa que pueblan de noche el barrio de Miravilla;
pero, de pronto, el granuja inútil apareció como un hombre emprendedor;
vino a Lúzaro, tomó las minas de Beracochea, y comenzó a explotarlas. A
los cuatro o cinco años ganaba el dinero de una manera fabulosa. Ya
machucho, a los cuarenta años, se ha casado con una señorita rica y
remilgada, pero parece que está harto de su gazmoñería. Los pescadores
le odian porque anda rondando a las chicas guapas del barrio.
Respecto a lo que me dices de esa muchacha inglesa que es tu novia, no
creo que se haya dirigido a ella; pero si tú ves que la importuna,
dímelo a mí: yo le llamaré a Machín y le diré algo importante.
Me despedí del médico, que iba a entrar en una casa de la carretera, y
me volví al pueblo. No las tenía todas conmigo. Cuando llegué a casa de
Recalde, se abría la puerta. Esperé un poco. El recibimiento que me hizo
Mary borró todas mis inquietudes. Salí de casa de Recalde loco de
contento.
Al llegar a mi casa le dije a mi madre que me casaba con Mary; ella no
replicó; mas al día siguiente me dijo que Mary era una buena muchacha,
pero que podía haber hecho una boda mejor. Yo le advertí alegremente que
no se trataba de hacer una buena boda, sino de ser feliz.
Escribí a Burdeos diciendo que tardaría en volver algo más de lo que
había prometido.
Todos los días esperaba a Mary después de que ella concluía su trabajo,
y paseábamos juntos, solos o en compañía de Cashilda la de Recalde. Nos
sentábamos en el Rompeolas y veíamos cómo el mar se agitaba entre las
peñas. Algunos amigos me dijeron que Machín me espiaba.
--Ten cuidado--añadían--. Machín tiene malas entrañas.
Me parecía una amenaza ridícula. Era verdad que, al toparse conmigo, me
miraba de través; pero no pasaba de ahí. Machín, apenas estaba en
Lúzaro; tenía un magnífico pailebot de recreo bastante grande, muy fino,
hecho en Inglaterra, y se marchaba a pasear por el mar.
El primer domingo que pasé en Lúzaro fué uno de los días más felices de
mi vida. Todo el día y toda la tarde estuve en compañía de Mary.
Por la tarde, después de comer, cuando fuí a casa de Recalde a buscar a
mi novia, me encontré con Quenoveva. Le pregunté por su padre, el gran
Urbistondo, y por toda la chiquillería, y, aunque ella se oponía y se
ruborizaba, la abracé efusivamente.
A Mary no le hizo mucha gracia el abrazo que di a su amiga, pero se le
pasó pronto el enfado.
--¿Qué le pasa a Quenoveva?--le dije a Mary--. La encuentro más pálida
y triste que antes.
--Es que está algo enamorada.
--¿De veras?
--Sí.
--¿Y de quién?
--De un chico marinero que tú no conocerás, que se llama Agapito. Y él
no la hace mucho caso.
--¿No? ¡Qué majadero! ¿Qué más puede desear ese imbécil?
--Si no le parece bien ...
Encontraba algo absurdo que un simple marinero desdeñara a una muchacha
como Genoveva; pero no quise discutir con Mary.
Días después era la Exaltación de la Santa Cruz, y había romería en
Aguiró, un monte próximo a Lúzaro. Fuimos Mary, la mujer de Recalde con
su hijo y Genoveva con toda la chiquillería de Urbistondo. Llevábamos
una gran cesta, que Genoveva subió hasta la cumbre del monte en la
cabeza sin permitir que nadie le ayudara.
Tomamos por el camino de Elguea. Nunca me había fijado en la belleza de
este camino. A un lado teníamos el monte poblado de robles, de zarzas,
de helechos, de toda clase de plantas salvajes y de florecillas
silvestres; al otro lado y abajo, el mar, entre castaños y carrascas.
La tarde del domingo era de una calma y de un reposo absolutos; había en
el aire una temperatura y un olor admirables; la gente subía al monte, y
estos aldeanos, por las cuestas, entre el follaje, parecían figuras de
un nacimiento; algo humilde y pastoril.
Hablábamos y reíamos; pero yo en el fondo iba absorto en mi felicidad,
gozando de la hermosura del día, del silencio interrumpido por el ruído
del mar, de los perfumes de la tierra en otoño.
Llegamos a la cima del monte donde se celebraba la romería. Entramos en
la ermita. Brillaban dentro las luces, resplandecían los ex votos y el
barquito colgado del techo se balanceaba con las velas desplegadas.
En el raso de la ermita, cercado por una tapia baja encalada, unas
cuantas muchacas estaban sentadas. Hubo que comprar una rueda de
rosquillas blancas y regalar una a cada uno de los chicos de Quenoveva y
al niño de la Cashilda.
Fuimos después a merendar entre los helechos. Allá abajo, en el fondo,
se veía Lúzaro como un pueblo de juguete. Ni una lancha aparecía en el
mar. Después de merendar, nos reunimos todos los romeros en el raso de
la ermita.
--¡Eh, Shanti, hay que bailar!--me dijeron varios viejos pescadores,
algunos dándome una palmada en el hombro.
[Ilustración]
--Ya lo creo, bailaremos.
Efectivamente; cuando empezó la música, yo fui el primero en sacar a
bailar a Mary.
Después de la charanga comenzó a tocar el tamboril. Genoveva miraba a
Agapito melancólicamente con el rabillo del ojo; yo me acerqué a él, y
dándole un empujón, le dije:
--Anda, no seas tonto; sácala a bailar.
El se decidió. El tal Agapito era de estos mozos petulantes que se creen
guapos, y a quienes la estupidez irremediable de las mujeres (al menos
así nos parece a los hombres) va dando alas. Agapito bailaba _ex
cáthedra._ Yo me decidí a intentar bailar el fandango al son del
tamboril; pero, como no sabía mover los pies, hice que se rieran de mí
las mujeres y los hombres.
--¡Bravo, Shanti! ¡Bravo!--me gritaban los viejos pescadores, que se
acercaron a mirarme todos en fila, con las manos metidas en los
bolsillos del pantalón.
--Creo que estoy bailando como un lobo de mar--le dije a Mary.
Ella no pudo contener la risa. Realmente, los dos desmoralizábamos el
baile. Ella, sin poder bailar, riéndose; yo, saltando pesadamente con la
gracia de un oso blanco entre los hielos, al lado de Quenoveva y de
Agapito, tan serios y tan graves, éramos un insulto a las tradiciones
más veneradas del país.
Sabido es que, entre estas tradiciones, la religión y el baile son las
más importantes. Por eso dijo Voltaire, con razón, que el pueblo vasco
es un pequeño pueblo que baila en la cumbre de los Pirineos.
Después de saltar y brincar emprendimos la vuelta entre la algazara de
los chiquillos y las canciones de los mozos.
A primera hora de la noche ya estábamos otra vez en Lúzaro, en la plaza,
bailando.
Después de cada baile, en que yo me cubría de gloria con gran risa de
Mary, dábamos una vuelta por la Alameda. A las diez, tras de una tarde
de gimnasia y una serie no interrumpida de habaneras y de jotas,
ejecutadas (así decimos en el pueblo) unas veces por la banda y otras
por los tamborileros, hubo un castillo de fuegos artificiales que hizo
las delicias de la gente menuda y de los pescadores.
Quenoveva encajó toda su chiquillería a un pariente; la Cashilda dejó a
su niño, el futuro antropólogo, en casa, y fuimos luego Quenoveva con
Agapito, la Cashilda, Mary y yo a dar un último paseo al Rompeolas. Esta
es la costumbre clásica de Lúzaro.
Al llegar a la cruz del Rompeolas, los hombres suelen poner en ella la
mano y las mujeres los labios.
En el camino, Cashilda me explicó una particularidad que yo no sabía. Si
las chicas quieren un novio marino--me dijo--, tienen que besar la cruz
por el lado del mar; y si lo quieren terrestre, por el lado de tierra.
Según parece, hay algunas que no tienen inconveniente en ser anfibias.
Llegamos al Rompeolas, y Quenoveva y Mary besaron la cruz por el lado
del mar.
Al volver a casa, yo quise abrazar a Mary a espaldas de la Cashilda y
devolverle el beso que había dado a la cruz, pero ella se me escapó
riendo.
III
UNA NOCHE EN FRAYBURU
Aunque la veía por las tardes, solía pasar todas las noches por delante
de su casa. Los enamorados son insaciables. Ella estaba junto a los
cristales, me veía, me saludaba y cerraba las maderas del balcón de su
cuarto. Yo necesitaba estar solo para saborear mi felicidad, y en vez de
ir al casino o a mi casa, me marchaba al Rompeolas, me sentaba en el
pretil con las piernas para afuera y miraba el mar a la luz de la luna o
a la luz de las estrellas, retorciéndose en torbellinos furiosos.
Una noche, ya al final de septiembre, me había retrasado. Estaba solo en
el Rompeolas; el mar, agitado, hacía el estrépito de una serie de
truenos al chocar contra las rocas, y levantaba nubes de espuma.
Oí en el reloj de la iglesia que daban las once de la noche, y me dirigí
hacia casa. Había en la explanada del Rompeolas dos grandes redes
puestas a secar, y para no estropearlas pisando encima, me fui hacia el
borde del malecón. Iba marchando de prisa, silbando, cuando de repente
dos hombres se lanzaron sobre mí, me agarraron, y antes de que pudiera
gritar me taparon la boca y me ataron los brazos.
Creí que me querían tirar al agua, y mis pensamientos se reconcentraron
en Mary.
Los dos hombres rápidamente me bajaron por la rampa del muelle y me
tumbaron a proa en la cubierta de un barco. A popa había un hombre
envuelto en un sudeste, a quien no se le veía la cara. A pesar de esto,
le conocí. Era Machín. Me había llevado a su goleta. ¿Con qué objeto?
Sin duda quería jugarme una mala pasada.
Los dos hombres, dejándome a mí atado y con la boca tapada, cogieron
cada uno un remo y, apalancando en las paredes y remando, llevaron el
barco hasta las puntas. Ya allí, tiraron de las cuerdas para izar las
velas, chirriaron las garruchas, y dos formas obscuras aparecieron en la
obscuridad de la noche.
El foque se extendió, dando un estallido como si fuera a romperse;
después se hincharon las otras velas; el barquito se torció
violentamente; yo me agarré para no caerme al agua. Comenzamos a navegar
con gran velocidad.
Encima de mi cabeza la vela se agitaba furiosa, como loca; las garruchas
chirriaban, el mar se cortaba debajo de la punta aguda de lespolón, y
cuchicheaba y parecía entretenerse en contar algo. A veces, la ola
entraba sobre cubierta y me calaba por completo.
La noche estaba muy negra, el viento soplaba con furia, nubarrones
obscuros se extendían por el cielo y dejaban espacios más claros, donde
brillaba un grupo de estrellas.
Hice un esfuerzo y me quité el pañuelo de la boca. Respiré a pleno
pulmón. Luego pensé con frialdad:
--¿Qué querían de mí aquellos hombres? Si Machín hubiera pensado echarme
al agua, ¿qué esperaba?
Atravesamos la barra dando terribles bandazos, íbamos escalando una tras
otra aquellas montañas de agua y bajando después a los profundos
abismos.
La obscuridad era tan grande que no se veía por encima de la borda mas
que la espuma de las olas, que fosforecía en las tinieblas.
Hice un esfuerzo para volverme y mirar hacia el frente. A dos metros más
allá del foque dominaban las tinieblas y las olas obscuras, en su
concierto continuo de ruidos y de murmullos.
Una hora después estábamos delante de Frayburu. No sé cómo pudo atracar
Machín en la roca, en aquella obscuridad, con la terrible marejada.
Demostró que era un piloto atrevido.
Hizo encallar la proa de la pequeña goleta en el arenal de Frayburu.
--Cogedle--dijo Machín a los suyos--y dejadle ahí arriba. Puedes hacer
reflexiones durante una temporada--añadió, dirigiéndose a mí con
ironía--. Ya sabes que esa mujer no es para ti. Que te conste. Hoy me
contento con dejarte aquí para que vayas madurando tus ideas; otro día
irás a hacer compañía a los peces.
Yo le miré estoicamente y no le contesté. ¿Para qué protestar, si mi
protesta no iba a servir de nada?
Los dos marineros se metieron en el agua, me cogieron, el uno de los
hombros y el otro de los pies, y con grandes esfuerzos me subieron a una
meseta de la roca y me dejaron tendido entre malezas y zarzales.
Luego saltaron los dos al barco y oí el ruido que hacian al alejarse.
--Buenas noches--me dijo Machín burlonamente.
Seguí cultivando mi estoicismo; recordé que debía tener un cortaplumas
en el bolsillo, y esta idea me animó a esforzarme para soltar la
ligadura de las manos.
La noche estaba tan negra que no veía dónde ni cómo me encontraba; tenía
miedo de caer al mar en un movimiento brusco. Las olas rugían en la
obscuridad a pocos pasos de mí, de una manera lamentable y desesperada.
Tras de muchos esfuerzos y afanes, desollándome una mano, pude soltarla
de la ligadura. Registré mis bolsillos y encontré el cortaplumas. Lo
abrí y corté la cuerda con que me habían atado los pies. Me senté en la
plataforma de la roca; estaba entumecido. Sentía un terror espantoso de
pesadilla al pensar que cualquier movimiento podía hacerme caer.
[Ilustración]
No me atrevía a levantarme y a ver la extensión de roca con que contaba;
me parecía que con sólo un paso me faltaría el terreno o que la peña
donde descansaba estaría en una pendiente tan grande que con moverme un
paso podría caerme.
El viento venía en ráfagas violentas, haciendo un ruido como si se
hubieran desencadenado todas las furias del Averno. Pasé la noche de una
manera horrible; helado, extenuado. A veces sentía el temor de
deslizarme. Comprendía que era una ilusión; pero el terror era más
grande que mis facultades de análisis, y me agarraba a las piedras hasta
hacerme sangre en las manos, y gritaba frenéticamente como un loco.
Cuando comenzó a amanecer sentí que mi corazón se aligeraba, y mi pecho
respiró con desahogo.
La luz venía iluminando el mar, ya calmado y tranquilo.
El resplandor de la mañana aumentaba rápidamente; el horizonte se
enrojecía; nubes sonrosadas comenzaron a aparecer en el cielo, y el
disco del sol salió del fondo del mar.
Por entre las zarzas y malezas de Frayburu, en donde yo estaba tendido,
escaparon una porción de pajarracos y de gaviotas.
Todo el mar iba iluminándose. La brisa ligera hacía temblar los maizales
de Izarte; alguna golondrina, sola, como despavorida, pasó por el cielo
y se perdió en la extensión del espacio.
Pensé en lo que sería mejor. Me decidí a esperar a que pasara cerca
alguna trainera. En último caso, aprovechando la marea baja, podía ir
avanzando por las rocas, nadar hasta la gruta del Izarra, y salir, como
en la infancia salimos Recalde y yo; pero el viaje era peligroso, y,
además, no me hacía ninguna gracia la perspectiva de entrar solo en
aquel agujero.
Lo mejor era tener paciencia. Mi madre habría dado parte de mi
desaparición. Al ver que llegaba la mañana y no aparecía, la pobre
estaría desesperada, pensando que quizá me habría ocurrido alguna
desgracia.
Comenzaron a salir las lanchas pescadoras. Grité, pero iban demasiado
lejos para que me oyesen; tampoco era fácil que me pudieran ver.
Entonces me acordé del recurso que el atalayero solía emplear para
comunicarse con los pescadores a gran distancia: el hacer la ahumada. Me
registré los bolsillos; tenía fósforos. Allí no había paja, pero sí
zarzas.
No quería gastar los fósforos en intentar encender hierbas demasiado
húmedas, y fui cortando las zarzas y los hierbajos más secos con el
cortaplumas, y los puse en una concavidad de la roca resguardada del
viento.
Esperé a que saliera el sol y secara un poco la maleza cortada.
Intenté encenderla sin papel; no pude. Me registré los bolsillos.
Guardaba unas cuantas cartas de Mary. Era indispensable, había que
sacrificarlas. Encendí una, luego otra, y a la cuarta, una hermosa
hoguera se levantó del peñasco.
¡Qué afecto más extraño debía producir desde lejos esta roca solitaria,
con su penacho de humo en el aire!
--A ver si los que ven el humo creen que es algo diabólico y no se
atreven a venir--pensaba yo.
Realmente, aquella llama en el vértice de la roca debía tener el aspecto
de algo sagrado y religioso.
Cuando se calentó el hornillo de la roca, ardían lo mismo las hierbas
secas que las verdes; pero pronto dejé talado todo el peñasco, sin el
menor rastro de vegetación.
Pasó una hora y otra; llegó el mediodía. Impaciente, escudriñaba el mar.
Nadie se acercaba. Desalentado, en un momento de cansancio y de
debilidad, me tendí al sol y quedé dormitando. Me despertó una voz y el
ruido de los remos. Una trainera llegaba en mi auxilio. En ella venía
Agapito, el novio de Genoveva, y otros marineros. Al verme tendido se
asustaron, creyéndome muerto.
Unos chicos de un bote contaron espantados en Lúzaro que habían visto
fuego en Frayburu.
Mary, mi novia, les instó a Agapito y a sus amigos a que se acercaran a
Frayburu, suponiendo que quizá fuera yo el que me encontraba en el
peñasco.
No quise decir quién había sido mi secuestrador; pero todo el mundo lo
comprendió.
Los de la lancha me dijeron que me limpiara la frente, pues la tenía
manchada de gotas de sangre por los pinchazos de las zarzas.
Al llegar al muelle vi a mi madre y a Mary, que me esperaban. Las dos me
abrazaron llorando.
--Ahora, abrazaos vosotras--les dije yo.
Y mi madre estrechó a Mary contra su pecho y la besó varias veces
efusivamente.
El juez me interrogó por si sospechaba quién podía ser el secuestrador,
pero yo declaré que no tenía ningún indicio.
Después supe que la maquinación de Machín no se había limitado a
llevarme a mí a Frayburu. La misma mañana envió una carta a Mary,
citándola a la salida del pueblo, firmada con mi nombre; pero la
Cashilda y mi novia sospecharon un lazo, e, interrogando al chico que
llevó la carta, averiguaron que procedía de Machín. Al saber luego que
yo había desaparecido, comprendieron el plan del poderoso enemigo
nuestro.
IV
ARDIDES DE GUERRA
Al ver a Machín de nuevo, comprendí que se había declarado entre los dos
una guerra a muerte. El, con su dinero y su influencia, podía hacerme
mucho daño; yo tenía de mi parte a casi todos los pescadores y marineros
dispuestos a defenderme.
No era fácil que mi enemigo me cogiese desprevenido como la otra vez;
contaba con una policía espontánea que vigilaba mis pasos.
Mi madre estaba deseando que me casara cuanto antes, pero había que
pedir dispensa por razón de parentesco; en la fe de bautismo de Mary
aparecía como hija legítima de Juan de Aguirre y Lazcano.
Un día, al volver a casa, me encontré con que habían dejado un bulto
para mí. Era una caja de unos veinte centrímetros en cuadro, muy
empaquetada y llena de sellos de lacre.
--¿Qué es eso?--me dijo mi madre.
--No sé.
--¿Has pedido algo?
--Yo, no.
--Pero, ¿esperas alguna cosa?
--Ninguna.
Desaté el paquete, le quité el papel, y apareció una caja de metal con
su asa, y en ésta una llave sujeta por un cordón. En la tapa, en una
banda de papel pegada, ponía: «Muy reservado. Para abrirla a solas».
Estaba soltando la llave para meterla en la cerradura, cuando mi madre
me dijo:
--No la abras; no sé por qué me parece que viene algo malo para ti
dentro.
Me detuve. La verdad es que esta caja con su advertencia era sospechosa.
Pesaba lo menos tres o cuatro kilos. La dejé sin abrir, cogí los papeles
que la envolvían, y miré a ver si en ellos había alguna indicación de su
procedencia. Nada; no había nada. Llamamos a la criada, que era una
muchacha nueva.
--¿Tú has recibido esta caja?--le pregunté.
--Sí.
--¿Quién la ha traído?
--Un hombre.
--Me lo figuro. ¿Pero qué hombre? ¿Un hombre de aquí del pueblo?
--No; yo al menos no le conocía.
--¿Cuándo ha venido?
--Un poco después de llegar la diligencia.
--¿Y qué ha hecho?
--Nada; ha preguntado por usted, ha dejado el paquete y se ha ido.
--¿Le has visto luego en la carretera?
--No.
--¿Ha pasado la diligencia en seguida?
--Sí; no ha tardado mucho.
--¿De manera que se ha podido marchar en el coche?
--Sí; muy bien puede ser.
A la mañana siguiente, cuando pasó Samson, el cochero, le pregunté si
recordaba las señas de un hombre con una caja, que había venido en el
coche el día anterior; pero no recordaba más que de un carnicero con una
cesta y de una mujer con un saco.
No tenía mucha confianza en Samson, porque era hombre muy marrullero, y
no quise preguntarle más.
Hablé del caso a Garmendia, el farmacéutico, y éste me dijo:
--Lleve usted la caja a la botica, y veremos lo que tiene dentro.
Por la noche la cogí y la llevé.
--Indudablemente, aquí, si hay algo peligroso, debe estar en abrir la
caja con la llave. Vamos a atacarla por otro lado.
Garmendia mandó un recado a Zapiain, el relojero, pidiéndole un
taladrador de metales, y cuando volvió el mancebo de la botica con él,
nos pusimos los dos a horadar la caja por uno de los lados. La caja era
fuerte y nos costó mucho tiempo el conseguir hacer un agujero. Hecho
éste, metimos una aguja y miramos a ver si salía algo del orificio. Al
poco tiempo salió un polvo negro.
--¿Qué será esto?--pregunté yo. Parece pólvora.
--Lo es--contestó Garmendia--. El que le ha mandado a usted esto no es
un amigo. Probablemente si llega usted a intentar abrir la caja, lo
hubiera usted pasado muy mal.
Hicimos otro boquete en el metal y sumergimos la caja en agua para que
la pólvora se humedeciese, y a los dos días, cuando ya se notaba que
toda la pólvora estaba mojada, abrimos la caja. Había dentro un
mecanismo ingenioso, formado por varios tubos de pistola en forma de
abanico, que disparaban al meter la llave en la cerradura y abrir la
tapa. Según me dijo Garmendia, unos años antes habían enviado una caja
igual al general Eguía, y al abrirla se le destrozaron las manos.
Tampoco quise dar parte a la autoridad de esta tentativa de asesinato de
Machín; lo que sí hice fué contar lo ocurrido a la Cashilda y advertirle
que si venía algo de fuera para Mary, no se lo diese. Ella, horrorizada,
me dijo que no tuviese cuidado; si algo llegaba, ella lo detendría y me
lo enviaría.
Una semana después, la Cashilda me entregó un periódico de Bilbao que se
había recibido para Mary. Me pareció la previsión un tanto exagerada;
pero al leerlo, creí que me había salvado de un peligro tan grande como
el de la caja explosiva.
El periódico traía al principio una narración que se llamaba: «El duelo
de Shanti Andía», y contaba mis amores con Dolorcitas en Cádiz y mi
desafío con el marido, todo arreglado de tal manera, dicho con tal
perfidia, que yo aparecía como un miserable completo.
El artículo me produjo una cólera profunda y determiné insultar y
abofetear a Machín la primera vez que lo encontrara.
Ya hacía también aproximadamente un año que había muerto el padre de
Mary, y tenía que entregar a Machín el sobre de mi tío Juan. Mi tío me
recomendó que se lo diera en su mano, y pensé hacer las dos cosas al
mismo tiempo: entregarle el sobre y desafiarle.
No sé cómo se enteró el médico viejo de mi resolución; el caso fué que
dijo que tenía que acompañarme.