Yo me opuse, pero al fin me convenció. Fuimos juntos a Izarte, en coche.

Paramos en casa de Machín y subimos los dos a su despacho. Me chocó ver

a mi enemigo de cerca. En poco tiempo se había avejentado. Quizá, en

vista de su aire miserable, parte de mi cólera desapareció. Machín nos

miró con aire sombrío, nos saludó y nos dijo:

--¿Qué querían ustedes?

--Este señor tiene que hablarle--contestó secamente el doctor--. Yo le

hablaré después.

Machín levantó la cabeza, asombrado del tono del médico, dispuesto, sin

duda, a replicar con violencia; pero se calló.

--Yo vengo a hacer dos cosas--dije yo--. La una, entregarle a usted

este sobre del difunto padre de Mary.

--¿A mí?--preguntó él en el colmo del asombro.

--Sí, a usted--y saqué el sobre y lo dejé encima de la mesa.

--Está bien, muchas gracias--murmuró él.

--La otra, que no emplee usted medios tan miserables y tan indignos como

éste--y eché el periódico al suelo.

Las mejillas pálidas de Machín tomaron un tono rojo, sus pupilas

fulguraron; pero no replicó.

--Yo también tengo que hablar con usted--dijo el doctor, con severidad.

--Muy bien. Si usted quiere, iré a su casa esta tarde.

--¿A qué hora?

--A las cuatro, si le parece bien.

--Bueno.

--Pues a esa hora allí estaré.

El doctor y yo nos levantamos, dejamos a Machín entregado a su

desesperación, y nos fuimos.

V

LA TEMPESTAD

Unos días después, una mañana de octubre, me desperté con el ruido

furioso del viento.

--Hoy debe estar el mar digno de verse--me dije a mí mismo, y aunque

todavía no había aclarado, me vestí, me puse el impermeable y me eché a

la calle.

Amanecía una mañana imponente, con un temporal deshecho. El viento mugía

en las calles. Las mujeres y chicos de los pescadores que habían salido

al mar estaban en el Rompeolas y en el muelle contemplando el horizonte

en actitud de trágica desesperación.

Recorrí el muelle luchando con las ráfagas de aire y subí al cobertizo

del atalayero en el Rompeolas.

El viejo, con su gorra calada hasta las orejas, envuelto en el sudeste,

se asomaba a una de las ventanas de la atalaya. Tenía la bocina en una

mano y el anteojo en la otra. No estaba contento; preveía una

catástrofe.

--Estos pescadores son unos brutos--murmuró--. Quieren salir, haga buen

tiempo o malo. Sin comprender que vale más pasar apuros que no quedar

sepultado entre las olas.

El viejo me explicó con detalles varias costumbres de pescadores, que yo

ignoraba.

[Ilustración]

--Los pescadores--me dijo--suelen tener algunos señeros en el Izarra y

en Aguiró, para que estudien los cambios atmosféricos. Si las señales

son de bonanza, se lo indican a las llamadoras, que se encargan de ir

avisando a los tripulantes de cada chalupa dando fuertes golpes en las

puertas de sus casas. Si las señales son de tempestad, no hay aviso;

pero si el tiempo es dudoso, los señeros, en vez de mandar recado a

todos los pescadores, llaman sólo a los patrones, y en el extremo del

muelle, al amanecer, discuten las probabilidades de que haya bueno o mal

tiempo. Si no se llega a la unanimidad, entonces se somete el fallo a

votación, se saca una caja de madera con dos compartimientos y dos

ranuras. Junto a una de éstas hay pintada una lancha; al lado de la

otra, una casa. La lancha quiere decir que se puede salir al mar; la

casa, que hay que quedarse en tierra. La votación suele ser

absolutamente secreta. Cada patrón echa su cartoncito en el lado de la

lancha o en el de la casa, y luego se cuentan unos y otros. Si hay más

votos para salir, el que quiera puede ir al mar, y el que no quiera

puede quedarse; si la mayoría vota por no salir, entonces es obligatorio

permanecer en tierra, y al que no cumple el acuerdo se le condena a una

multa y se le decomisa el pescado que traiga.

--Hoy--terminó diciendo el atalayero--, después de discutir los

patrones, tuvieron en la votación una mayoría de pocos votos los

partidarios de salir. Muchos de los que habían votado por la salida, al

ver el cariz del tiempo, concluyeron por quedarse.

La mañana iba poniéndose cada vez peor. El viento soplaba furioso; las

olas, como montes, subían por las rocas, llegaban hasta las casas,

arrancaban puertas, arrastraban todo cuanto encontraban.

Llegaban rítmicamente, entraban por las ventanas de la atalaya, nos

llenaban de agua al viejo atalayero y a mí, y salían por la escalera de

piedra con un ruido de catarata. Algunas veces golpeaban la pared del

cobertizo de tal modo que parecía que un puño revestido por un

guantelete de hierro llamaba con fuerza.

El aspecto del mar iba siendo cada vez peor. Según dijo el atalayero,

quedaban aún cuatro lanchas fuera del puerto.

Vi cómo se acercaban dos en medio de las olas. El atalayero, con la

bocina, les mandó pararse, y, cuando vió la ocasión propicia, gritó:

¡Avante!

Las dos lanchas, danzando en el agua, desapareciendo entre las espumas,

se acercaron a la barra, atravesaron las puntas y entraron en el puerto.

--Las otras están allá--me dijo el atalayero, señalándolas--; sería

preferible que se alejaran a coger Guetaria. Deben venir cansados. Si

pretenden entrar aquí, se van a perder. ¿Quiere usted decirle a

Larragoyen, el patrón, que prepare el bote de salvavidas?

--Sí, hombre.

Salí de la atalaya, crucé el Rompeolas. El mar saltaba por los malecones

y llegaba hasta las mismas casas, haciendo un ruido de terremoto.

Metiéndome por el agua, llegué hasta el ángulo del muelle y dije a los

pescadores lo que pasaba, lo que me había dicho el atalayero. Se soltó

el bote de salvavidas. Larragoyen y otros marineros fueron entrando, a

pesar de los gritos de sus mujeres. A mí me miraban, como diciendo: ¿Qué

irá a hacer éste? Salté al bote, y Larragoyen, con una galantería

marina, me dijo que dirigiera yo. La lancha no tenía timón. Para

momentos peligrosos, es más conveniente un remo largo, bien sujeto a

popa, haciendo de espadilla. Todas las mujeres y chicos nos contemplaban

con ansia. Era un momento aquel por el cual yo tenía la certidumbre de

que había de pasar alguna vez en mi vida.

Quizá mi sino era morir asi, en el mar, de héroe, y que los chicos de mi

pueblo hablaran de Shanti Andía como de un personaje de leyenda.

La primera impresión al entrar en el bote fué de sofocación; los

sudestes y Ciras de los pescadores echaban un olor, mezcla de aceite de

linaza, de pescado frito y de agua de mar, muy desagradable.

[Ilustración]

Esperamos a ver lo que ocurría, los seis hombres en los remos; yo, de

pie, en el timón. Una de las barcas pasó; la otra, según dijeron, se

perdía.

--¡Hala! ¡Fuera!--dije yo.

Salimos de las puntas. El horizonte se llenaba de nubes negras, cuyas

formas cambiaban continuamente; a lo lejos, en el fondo del cielo, cerca

del agua, se veía una barra negrísima, cuyo borde superior tenía un

tinte cobrizo. Las olas, enormes, amarillas, venían de tres o cuatro

partes diferentes y se rompían en un torbellino de espumas.

En este momento, Larragoyen, quitándose la boina, dijo:

--Un padrenuestro por el primero de nosotros que se ahogue.

Confieso que la cosa me hizo muy mal efecto. Rezaron todos; yo miraba a

lo lejos. El atalayero nos gritó que no fuéramos directamente hacia

donde había zozobrado la lancha, sino dando la vuelta.

Así lo hicimos. Realmente la tormenta era ruda; pero manejable; el

viento soplaba siempre del mismo lado, sin cambiar apenas. El bote

saltaba como un delfín sobre las olas.

Estos peligros grandes y aparatosos quitan el miedo, sobre todo si uno

tiene que asumir la responsabilidad; entonces dan la impresión de un

problema de matemáticas que hay que resolver. Desde el mar, el

espectáculo de la tierra era extraño. El pueblo entero parecía invadido

por las olas y las espumas.

Por intervalos llegaba una ola casi cilíndrica, como hueca, más

voluminosa que las otras. En vez de recibirla de través, maniobramos

para cogerla de frente, o, por lo menos, en un ángulo lo más acentuado

posible.

Esta maniobra de defensa nos obligaba a inclinarnos y a perder el rumbo.

Dimos la primera vuelta, pasando por el sitio donde había zozobrado la

lancha, y recogimos dos náufragos; luego volvimos a dar otra vuelta y

pudimos salvar otro; a la tercera vuelta, no encontramos a nadie.

Faltaban Agapito, el novio de Genoveva, y tres muchachos más. Nuestros

remeros estaban rendidos. Nos acercamos a las puntas, y el atalayero con

la bocina nos mandó detenernos.

Yo le dije a Larragoyen que me parecía mejor seguir e intentar pasar la

barra lo más pronto posible. Ir a guarecerse a Guetaria, con la gente

cansada y anhelante, me parecía peligroso. Larragoyen nada dijo.

El sostenerse allí era casi tan peligroso como pasar. Después de las

tres olas fuertes, los golpes de mar de ordenanza, como les llaman los

marinos, venía un momento de relativa calma. Este momento creía yo que

se debía aprovechar para atravesar la barra; pero los hombres estaban

rendidos.

Yo empecé a ver la cosa mal; los hombres se encontraban jadeantes,

demasiado cansados para hacer un esfuerzo verdadero y eficaz.

Nuestra inquietud iba en aumento; la moral de nuestros remeros

desfallecía. A mí me sostenía la idea de la responsabilidad. Desde donde

estábamos, a veces, se oían las conversaciones de la gente en el

Rompeolas; a veces, en cambio, no llegaban hasta nosotros los gritos del

atalayero con su bocina.

Los marineros iban perdiendo tono; cuanto más tiempo tardáramos en

intentar atravesar la barra, nuestra probabilidad de pasar era menor.

El mar seguía cada vez más furioso; las nubes corrían por el horizonte

de una manera tan rápida que producían el vértigo. En esto, una ola de

aquellas cilíndricas, como hueca, se nos echó encima, vino en diagonal

tan rápida, tan súbita, que no hubo tiempo de ponerle la proa. La ola

dió un golpe en la espalda de los dos primeros remeros, les hizo

torcerse violentamente y pasó por encima de nosotros.

No hubo nadie de los nuestros que no creyera que aquel era nuestro

final. Al verme todavía en la lancha, yo me indigné.

--Estamos aquí parados estúpidamente--les dije--. Hay que pasar. ¡Hala!

--Nada, vamos--dijeron todos.

Estábamos dispuestos a hacer un esfuerzo supremo, cuando, con un enorme

estupor, vimos la goleta de Machín, que venía, saliendo de las puntas,

con el foque hinchado, como un cisne fantástico, rasando el agua.

Todos nos quedamos atónitos. El pailebot salió de las puntas y dió una

larga vuelta, con una rapidez inaudita. Llevaba dos pasajeros: Machín y

su criado. Era admirable de precisión: una maniobra mal hecha, una

cuerda rota, y la goletilla iba al fondo del mar.

Al cambiar de dirección creímos que se hundía; hubo un momento en que

estuvo tendida casi por completo; pero pronto se fué enderezando y vino

hacia nosotros ciñendo el viento. Sobre la cubierta estaba Machín,

tendido, acurrucado, y, al pasar cerca de nosotros, nos echó una cuerda.

Uno de los que iban a proa la cogió y la sujetó. Nuestro bote dió un

salto al ser arrastrado por la goleta y comenzó a hundir la proa en el

agua.

Machín, sin atender a las indicaciones del atalayero, se lanzó sobre las

olas amarillas de la barra, allí donde se confundían el cielo y el mar,

y pasó él y pasamos nosotros con una velocidad vertiginosa, tan pronto

en la cumbre de una montaña de agua, como casi atravesándola por en

medio.

Antes de que nos diéramos cuenta estábamos a salvo; Machín y su criado

bajaron las velas y nosotros remolcamos la goleta.

Salimos al muelle. En aquel momento los chicos de la escuela volvían de

rezar de la ermita por nosotros y nos contemplaban con admiración.

Machín sabía que entre los pescadores era odiado, y no quiso presentarse

como nuestro salvador. El y su criado se retiraron. A este último le

detuve y le dije:

--Han estado ustedes admirables. ¡Qué bien han hecho la maniobra!

--Sí, el barco es bueno--dijo el criado.

--Y los tripulantes.

El hombre me dió las gracias y desapareció tras de su amo.

Ni mi madre ni Mary se habían enterado de lo sucedido. Iba a marcharme a

casa, cuando los pescadores porfiaron en que les acompañara, y tuve que

prometerles que por la noche iría al Guezurrechape del muelle a comentar

los acontecimientos del día.

VI

UNA CANCIÓN PESADA

Cuando, por la tarde, le conté a Mary lo que había pasado, vi a mi novia

palidecer y llorar. La conducta de Machín la dejó asombrada, y la muerte

de Agapito la impresionó por el pesar que produciría a Genoveva.

Mary y yo fuimos los encargados de comunicar a la muchacha la triste

noticia. Vino con nosotros una hermana de Agapito, que estaba sirviendo

en Lúzaro. Al llegar al faro, Genoveva salió a abrirnos, y al vernos a

los tres comprendió rápidamente lo que pasaba y se alejó llorando.

Yo me separé de las tres muchachas y fuí a ver al gran Urbistondo, que

me explicó sus ideas acerca del sentimentalismo de las mujeres con una

seriedad un tanto cómica.

Volvimos a Lúzaro, dejando a la hija del torrero anegada en un mar de

lágrimas.

Por la noche fui al Guezurrechape, como había prometido. Allá estaban

Larragoyen y sus amigos, que me recibieron entre aplausos y gritos. Ya

nadie se acordaba de los sepultados por la mañana en el mar. Así es la

vida. Ellos vivían, después de haber estado cerca de la muerte, y

celebraban su fortuna. Andaban todos un poco intoxicados por el alcohol

y se contaban uno a otro las mismas cosas que juntos habían visto. En

general ninguno quería creer en la buena intención de Juan Machín al

socorrernos.

--¿Pero qué otro objeto podía tener?--pregunté yo.

--¡Quién sabe, Shanti, quién sabe!--me dijeron.

Alguno llegó a manifestar la sospecha de si Machín no habría salido con

su barco con la idea de hacernos naufragar. No era posible convencerles

de otra cosa y los dejé. A un marinero, y a un marinero vascongado, no

se le convence nunca de nada.

Yo pensaba que Machín era, sin duda, un hombre violento, capaz de cosas

buenas y de cosas malas, dispuesto lo mismo a salvar a una persona

exponiendo su vida que a asesinarla; pero ni al mismo Larragoyen, que

era una persona sensata, le pude convencer de esto.

Se olvidaron los detalles tristes de la jornada, para entregarse a la

alegría y al vino. Yo me senté entre los patrones y tomamos café y ron.

[Ilustración]

Shempelar, el del astillero, sacó a relucir una canción que se repitió

hasta el mareo. La gracia de la canción consistía principalmente en que

se refería a un capitán piloto y se hablaba de un Shanti.

En el fondo, la canción no decía nada; ¿pero eso qué importa? Casi

siempre, y aunque parezca absurdo, cuando menos dice una canción es

mejor. La canción era así:

Ni naiz capitán pillotu

Neri bear rait obeditu

Buruban jartzen batzait neri

Bombillun bat, eta

Bombillum bi

Eragiyoc Shanti

Arraun orí.

(Yo soy el capitán piloto--Hay que obedecerme a mí--Si se me ponen en la

cabeza--Una botella grande--y dos botellas--¡Mueve Shanti ese remo!)

Así estuvimos repitiendo canción y estribillo hasta media noche.

Después se cantaron otros muchos zortzicos y luego vino un muchacho con

un acordeón, que trenzaba, sin parar, la música más heterogénea; un vals

se convertía en una habanera, y ésta aparecía al final con las notas de

_La Marsellesa_ o de un himno cualquiera.

Yo, en el estado de pesadez que me encontraba entre los vapores del

alcohol y el humo del tabaco, perseguía estas melodías atropelladas,

monstruosas, que salían de la filarmónica y que iban cambiando a cada

instante.

A veces decía:

--Bueno, señores, me voy--y me levantaba para marcharme.

--No, no--decían todos.

--No te vayas, Shanti--gritaba un viejo.

--Tengo que marcharme.

--¡Fuera! ¡Fuera! ¡Ese patrón al agua! No te vayas, Shanti--gritaban los

demás.

Cuando ya no podíamos con nuestra alma, abandonamos el Guezurrechape, y

nos fuimos a casa. Llovía, el muelle estaba cenagoso; yo me equivoqué y

en vez de ir hacia casa fuí al Rompeolas. Gracias al sereno, que me

encontró y me acompañó hasta casa, pude encontrarme al amanecer en mi

cuarto.

VII

MACHÍN DESAPARECE

Hacía ya mucho tiempo que Machín no se ocupaba de Mary ni de mí para

nada. No se le veía jamás por Lúzaro.

Se iba acercando el día de nuestra boda.

Una noche, al entrar en casa, vi a Machín que me esperaba en el portal.

Me eché a temblar, lo confieso. ¿Qué querría aquel hombre?

--Tengo que hablar con usted--me dijo.

--Bueno, pase usted a casa--le indiqué.

Pensé que no intentaría atacarme. Además, yo era más fuerte que él.

Pasó Machín, subió las escaleras conmigo, entró en mi cuarto y se quedó

mirando los libros de mi armario y los cuadros de las paredes, con gran

curiosidad.

--¿Vienen de casa de su abuela estos cuadros?--preguntó.

--Sí.

Quedó mirándolos de nuevo. Yo le contemplaba con marcada impaciencia.

--Usted dirá lo que quiere ...--le advertí.

--Sí. Voy a decírselo a usted en seguida. Me entregó usted un sobre del

padre de Mary....

--Cierto.

--Pues yo le tengo que entregar a usted otro para ella. Déselo usted el

día de la boda.

--¿No será una venganza?

--No, no; puede usted estar tranquilo. Dígale usted que es de parte de

su familia. Será para usted y para ella una sorpresa agradable.

Tomé el sobre, vacilante. El siguió mirándolo todo con atención.

Luego me dijo:

--¿Está su madre de usted?

--Sí.

--Quisiera saludarla.

--Bueno, pase usted.

Entramos en el cuarto de mi madre que, al ver a Machín, quedó

sorprendida no sé por qué: Machín estuvo con ella muy amable. Hablaron

los dos largo rato. Yo estaba inquieto con aquella visita

incomprensible.

--¿Qué cambio es éste?--me preguntaba.

Al salir Machín, me dijo:

--Quiero marcharme de Lúzaro. Probablemente ya no nos volveremos a ver.

¿Me guarda usted rencor?

--No, nunca, a pesar de que creo que tengo motivos.

--Entonces, ¡adiós!

Me tendió la mano, yo alargué la mía y me la estrechó con fuerza.

Al volver encontré a mi madre un poco excitada.

--¿Qué te pasaba?--la dije.

--Nada, que al verle entrar he creído que venía mi hermano Juan.

--¿Eh?

--Sí.

--¿Tanto se parece?

--Es idéntico.

El tal Machín era un tipo raro en todo, en su conducta, en sus parecidos

y en las simpatías y antipatías que despertaba.

Días después, una mañana de otoño muy clara y muy hermosa, Machín, con

su criado, se embarcó en la goleta. Pasaron días, semanas; han pasado

años; no ha vuelto a saberse más de él.

El día de mi boda, al llegar a casa de mi madre, Mary abrió el sobre que

me había dado Machín. Cayeron sobre la mesa una porción de papeles. Eran

acciones de minas, títulos de la Deuda..., una fortuna. Entre ellos

había una carta, que decía así:

«Mi querida Mary: La carta de tu padre que me trajo tu marido hace algún

tiempo me reveló que tú y yo somos hermanos, hijos del mismo padre.

Shanti, a quien tanto he odiado, es pariente mío, casi hermano.

»Yo soy hijo de Juan de Aguirre y de una muchacha, sirviente de casa de

nuestra abuela. No le culpo a mi padre del abandono en que me han

tenido. La fatalidad lo ha dispuesto así.

»Tu marido y tú tendréis seguramente la idea de que soy un hombre

perverso y dañino. No he podido ser otra cosa; todo el mundo me hizo

sufrir cuando era un miserable; yo he contestado haciendo sufrir a los

demás cuando he sido poderoso.

»La bondad es la fuerza de los privilegiados. La envidia y la tristeza

del bien ajeno son enfermedades del espíritu. Los que han luchado y se

han agitado en los antros donde se muerden los pestíferos están

contagiados.

»No todo el mundo puede ser sano, ni todo el mundo puede ser bueno. Yo

aun no lo puedo ser, y como no lo puedo ser, al enviarte esta dote a ti,

hermana mía, para que puedas vivir con tu marido, pienso que ésta es mi

venganza, la venganza del abandonado, la venganza del sarnoso contra el

sano, la venganza del miserable con el descendiente de la familia

considerado y mimado.

»Adiós, querida hermana. Felicidades.

»Juan.»

Al escribir esta carta se veía que Machín habla arrugado el papel y lo

había mojado con sus lágrimas.

Machín, nuestro enemigo, se convertía en nuestro protector y nuestro

pariente.

[Ilustración]

LIBRO SEXTO

LA SHELE

I

HABLA EL MÉDICO VIEJO

Unos días después de mi matrimonio, el médico viejo me encontró en la

calle y me dijo con grandes extremos que fuera a su casa. Me tenía que

hablar. Fuí después de comer; pasamos a un despacho con armarios, que

tenía en las paredes unas láminas anatómicas bastante desagradables; el

doctor me hizo sentarme en una poltrona, y me dijo:

--¿Sabrás que se marchó Machín?

--Sí, ya lo sé.

--¿Sabes a qué se debe el cambio que hizo con relación a tu novia y a

ti?

--No.

--Pues a lo que le conté el mismo día que fuimos a verle en este

despacho. Estaba ahí sentado, donde tú estás. Al principio me oía

irónicamente, con aquella sonrisa dolorosa que le caracteriza; pero

cuando le conté lo que te voy a contar a ti, se transformó. Lloraba como

un chico. No creía que tuviera el corazón tan blando. Yo mismo me

conmoví.

--¿Y a qué se refiere lo que me va usted a contar?

--Se refiere al padre y a la madre de Machín.

--¿Los ha conocido usted?

--Sí.

--¿A los dos?

--A los dos.

* * * * *

El médico empezó así:

--Hace ya más de cuarenta años acababa yo de venir de Regil, en donde

estuve dos años de médico.

En aquella época Lúzaro no era como ahora; había cuatro o cinco

familias que mandaban, y, entre ellas, la de Aguirre y la de Andonaegui

eran de las más principales e influyentes.

Siendo médico aquí, había que estar bien con ellas, so pena de perecer y

no tener una visita.

Yo iba con mucha frecuencia a casa de tu abuela, que por entonces se

había quedado viuda.

Tu abuela tenía en casa una muchacha, que era ahijada suya, y a quien

llamábamos la Shele. Yo bromeaba mucho con ella cuando iba a a tomar

café a Aguirreche.

--¿Qué hay, Shele?--la decía.

--Nada, señor médico.

--¿Cuándo piensas casarte?

--Cuando me quieran--contestaba ella con gracia.

--¿No tienes novio todavía?

--No.

--¿Pues en qué estás pensando?

--Ella sonreía mientras llenaba las tazas de café. La Shele era muy

bonita, muy modosita, muy fina. Era este tipo vascongado, esbelto, que

tiene algo de pájaro. Muchas veces yo pienso--añadió el médico

viejo--que nuestra raza no es fuerte. Esto no lo digo delante de un

forastero, no, jamás. Esta raza vasca es bonita, fina de tipo, pero en

general no es fuerte. Tiene más resistencia la gente del centro:

aragoneses, riojanos y castellanos. Esta es una raza vieja que se ha

refinado en el tipo, aunque no en las ideas, y que no tiene mucha fuerza

orgácica. Tú habrás visto que aquí una muchacha se casa y al primer hijo

se le caen los dientes, parece que se le alarga la nariz.... Pero me

alejo de mi historia. Vuelvo a ella.

Una mañana de invierno muy hermosa y muy clara me llamaron para ir a

Aguirreche. Hacía pocos días que tu tío Juan había marchado a embarcarse

a Cádiz.

--Esto es un hospital--me dijo tu abuela--. Todos estamos enfermos.

Vi a tu abuela, a tu madre, a tu tía Úrsula, y, al marcharme, me

dijeron:

--Espere usted, que también la Shele está mala.

Entró la muchachita, muy pálida y muy triste, y saludó, sin levantar los

ojos del suelo.

--Vamos, acércate--le dijo tu abuela.

Pude notar que la Shele sufría y que las comisuras de sus labios

temblaban, como por un sufrimiento contenido.

--¿Qué tiene esta muchacha?--pregunté yo alegremente.

--Debe estar enferma del estómago--dijo tu abuela--. Tiene vómitos,

está ojerosa.

Contemplé a la muchacha, que bajó la vista; le tomé el pulso, y dije:

--Que vaya a mi casa y la reconoceré más despacio.

--Bueno, ya irá. ¿Cree usted que tendrá algo grave?

--Ya veremos.

Me despedí de la familia y seguí haciendo mi visita.

II

LA CONFESIÓN

Acababa de tomar café; estaba charlando con mi madre y mi hermana en esa

pequeña galería de cristales que da a la huerta, cuando entró la Shele.

Acudí a su encuentro, la pasé al despacho y cerré la puerta.

--Siéntate--la dije.

La muchacha se sentó y yo comencé el interrogatorio.

--¿Hace mucho tiempo que estás en Aguirreche?

--Sí, ya va a hacer mucho tiempo.

--¿Cuántos años tienes?

--Diez y ocho.

--Tus padres están en un caserío de la familia Aguirre, ¿verdad?

--Si, señor.

--¿Les tienes cariño a los de tu casa?

--Sí, señor.

--¿A la señora y a las señoritas?

--Si, señor.

--¿Y al señorito Juan?

--También.

Y la muchacha se ruborizó. Yo continué con mis preguntas.

--¿No quieres marcharte de Aguirreche?

--No, señor.

--¿No tienes confianza en mí?

La muchacha me miró extrañada, preguntándose, sin duda, por qué le

dirigía estas cuestiones. Yo seguí el interrogatorio.

--Digo si tienes confianza en mí. Si crees que soy un hombre malo.

--¡Un hombre malo! No; no, señor.

Las inquietudes de Shanti Andia · 第 15 / 20 段