Nosotros sabíamos cómo marchaba la maquinación, y dejábamos hacer a los

conspiradores, convencidos de su impotencia. Un día, al anochecer, en

que los conjurados comenzaron a gritar, los prendimos y se les cogió el

escrito de asociación y un trozo cuadrado de tela negra. Todos fueron

arrestados, menos los convalecientes; unos firmaron, otros pusieron una

cruz en el papel, por no saber firmar.

El seráfico don José, que fué también de los del pacto de los piratas,

se nos murió del vómito. Verdaderamente, aquel hombre era un santo.

Murió reconociendo que era un gran pecador y lamentando no tener un cura

católico a su lado. Los vascos nos libramos del vómito negro y del

escorbuto, que comenzó también a presentarse en el barco.

Seguimos navegando, cortamos el paralelo 50° sur por los 102° oeste

próximamente, y nos acercamos al continente americano, hacia la isla de

la Desolación.

Ya no nos quedaba ningún caso de vómito negro. No le pareció prudente al

capitán intentar el paso por el estrecho de Magallanes, y se decidió a

doblar el Cabo de Hornos, a gran distancia de tierra.

Sólo mirando el plano hay para echarse a temblar por aquellos parajes:

la isla de la Desolación, el puerto del Hambre, la bahía de la

Desesperación.... Acercándose a tierra, no se veían más que rocas

peladas y bancos de hielo. Hacía un frío terrible, y no se encontraba un

rincón donde guarecerse. Pasamos días muy angustiosos, ateridos de frío,

y estuvimos a punto de chocar con un enorme banco de hielo que venía

flotando, al que tomamos al principio, entre la niebla, por un barco con

las velas desplegadas.

Descansamos al llegar a las islas Malvinas, en la Bahía de la Soledad.

Luego remontamos al norte, atravesando las calmas de Capricornio por los

22° oeste, y, aprovechando todo el aparejo en los alisios del sudeste y

la corriente brasileña, cortamos la línea hacia los meridianos 18° ó 20°

al oeste.

La travesía había sido muy feliz. Ibamos a la altura de San Vicente, a

la anochecida, cuando un crucero inglés nos hizo señas de que nos

detuviéramos, y nos lanzó, por primera providencia, una andanada.

El capitán consultó con el teniente y con el contramaestre. Había

bastante viento. Se podía escapar bien. La bruma se nos echaba encima.

Después de la conferencia, el capitán mandó poner el barco al pairo.

Nosotros mismos, los vascos, estábamos furiosos. Entregar _El Dragón_ a

los ingleses, que, con cualquier pretexto, nos ahorcarían, era un

disparate. Sabíamos cómo las gastaban los ingleses. Cuando cogían algún

negrero, solían ahorcar al capitán y vendían los negros por su cuenta;

si el barco era sospechoso de piratería, se quedaban con la presa. Así

trabajaban por la humanidad y por el bolsillo.

A nosotros podían acusarnos de negreros y de piratas. La muerte del

capitán y del médico, mal explicadas, podían comprometernos. Todo esto

hacía que fuera un disparate el entregarnos.

Sin embargo, y a pesar de que todos protestábamos interiormente, se hizo

la maniobra, y _El Dragón_ quedó inmóvil. El barco de guerra lanzó una

de las chalupas, para que viniera a visitarnos a bordo. La niebla se iba

echando por encima del mar y aumentando por momentos. Nuestra

tripulación estaba anhelante. ¿Qué se proponía el capitán? De pronto

sonó el pito del contramaestre: había que cambiar la maniobra; doce

hombres treparon con ímpetu por los palos para largar todas las velas y

arrastraderas; las lonas, cuadradas y triangulares, se extendieron para

coger el mayor viento, los anillos chirriaban, las vergas eran estiradas

con fuerza; foques, petifoques, toda vela utilizable iba a ser

aprovechada. Las velas dieron un parchazo furioso en los palos, y alguna

se rasgó; _El Dragón,_ como asombrado, dió un bote terrible, se inclinó

hasta hundir la proa en el agua, se tendió al viento y se lanzó a la

carrera.

--¡Hurra! ¡Hurra!--gritamos todos, entusiasmados.

--¡Callaos!--dijo el capitán.

El barco de guerra se dió cuenta de la estratagema y comenzó a

dispararnos cañonazos; pero sólo nos hicieron sus granadas algún agujero

en las velas. Tristán, el de la cicatriz, propuso que contestáramos con

el fuego de uno de nuestros cañones; pero el capitán le ordenó

enmudecer.

A la mañana siguiente sacamos velas del pañol y substituímos las que

llevábamos rotas. La suerte hizo que amainara el viento; navegábamos con

una gran lentitud; íbamos desviados del derrotero general de los buques,

intencionadamente.

De pronto, al caer de la tarde, vimos que aparecía el crucero inglés.

--Lo que yo me temía--murmuró el capitán--. Estas cosas tienen segunda

parte.

El navío se encontraba en aquel momento en mejor situación que nosotros,

y pudo acercarse con relativa rapidez. Nosotros largamos todas las velas

y tiramos los cañones al mar, para aligerarnos de carga. Al ponerse a

tiro nuestro perseguidor, izó la bandera inglesa, y, sin más preámbulos,

nos soltó una andanada, que hizo caer sobre la cubierta de _El Dragón_

una verdadera lluvia de pedazos de madera, de poleas y de cuerdas.

Una de las velas se rajó en dos pedazos y cayó echa un montón de

pingajos, con un trozo de astilla que dió en la cabeza a uno de nuestros

hombres y lo dejó muerto. A la segunda andanada, el palo mayor quedó

hecho trizas, como el tubo de una pipa de barro, y mató a otro marinero.

Se izó la bandera holandesa; fué inútil. El crucero inglés no cesó el

bombardeo.

Nuestro capitán iba dando órdenes desde la toldilla; echamos el palo

mayor al mar, y seguimos navegando. Al mismo tiempo mandó botar la

ballenera, la izamos tirando de las cuerdas, y la bajamos al mar por el

lado contrario adonde se encontraba el inglés. Se ató la rueda del

gobernalle de _El Dragón._

Tristán, el de la cicatriz, dijo al teniente que, si no le parecía mal,

iba a abrir un boquete al barco. El capitán no replicó.

El de la cicatriz y Old Sam bajaron con un berbiquí, un cortafrío y un

mazo a la bodega, y se les oyó golpear por dentro largo rato.

Al cabo de un momento salieron los dos a cubierta.

El capitán llevó los planos y los instrumentos de su cámara a la

ballenera; algunos sacamos de nuestros cofres el dinero que guardábamos.

Ryp, el cocinero, registró los armarios de Zaldumbide y vino ayudado por

dos amigos con tres cofres de latón.

Otros, por orden del teniente, bajaron los rifles. Embarcamos tres cajas

de galleta, agujas, tijeras, todo lo que pudimos.

La ballenera llevaba un barril de agua y una linterna, que nos serviría

para mirar de noche la brújula. Íbamos remolcados por _El Dragón_ y

protegidos por él, cuando el capitán cortó la amarra y comenzamos a

alejarnos del barco a fuerza de remos.

_El Dragón_ siguió navegando, hundiéndose lentamente; algunas de las

granadas de los ingleses cayeron en el agua a poca distancia de

nosotros. Los del crucero temían, sin duda, alguna estratagema, porque

iban acercándose despacio al barco abandonado.

De pronto, _El Dragón_ se detuvo y se puso a oscilar. Parecía un animal

moribundo. La proa fué hundiéndose, hundiéndose ... hasta desaparecer en

las aguas, y la popa se levantó en el aire.

Luego la popa fué bajando y metiéndose en el mar y se formaron

torbellinos y grandes olas encima.

Las velas fueron desapareciendo majestuosamente y no quedó ni rastro de

_El Dragón_.

Al hacerse de noche izamos la vela de la ballenera y comenzamos a

navegar hacia el norte. El capitán quería apartarse del derrotero

habitual y desembarcar en alguna de las Canarias. Al enterarse de que

habían bajado los cofres de Zaldumbide, dijo que lo mejor era tirarlos

al mar; pero viendo la protesta de todos, decidió acercarse a la costa

africana, enterrar allí los cofres en un sitio seguro y volver a las

Canarias. Todos convinimos en que era lo más prudente. Llegar a una de

aquellas islas con cajas llenas de oro, podía parecer sospechoso. A todo

esto, no sabíamos a punto fijo lo que había dentro.

Al día siguiente, a media tarde, comenzamos a ver la costa africana; una

costa baja, de arena que brillaba al sol, con alguna colina de trecho en

trecho.

Debíamos estar cerca, por lo que dijo el capitán, de la colonia española

de Río de Oro; se veía alguna que otra cabaña de moros salvajes y

desharrapados. No nos pareció conveniente desembarcar allá, a pesar de

que estábamos hambrientos. Pasamos por entre las islas Canarias y la

costa de Africa, hasta que, al llegar a la desembocadura de un río, nos

detuvimos. Había en las orillas algunos árboles aislados que parecían

olivos. Este árbol, el argán, tiene un fruto parecido a la aceituna,

aunque más redondo y amarillo.

A la hora de remontar el río nos detuvimos delante de una fortaleza

arruinada. Dicen que por allí, en los límites del Atlas, se encuentran

estos poderosos castillos antiguos. Nadie sabe quién los ha construido

ni contra qué clase de enemigos se hicieron. El castillo aquél era de

piedra labrada y de torres con arcos.

Inmediatamente de llegar abrimos apresuradamente los cofres de

Zaldumbide. El primero produjo un gran desencanto: había dentro una

porción de baratijas de las que se empleaban para regalar a los

reyezuelos africanos. Los otros cofres costaron mucho trabajo abrirlos,

y los encontramos llenos de monedas de oro y de joyas.

Todos hubiéramos querido apoderarnos de aquellas riquezas; pero al oír

al capitán que no estábamos en seguridad porque el crucero inglés

andaría buscándonos, decidimos enterrar los cofres.

El capitán nos indicó una peña cónica como el mejor punto para guardar

el tesoro; nosotros hicimos un agujero al pie de esta peña y enterramos

los tres cofres.

Habíamos acabado esta operación, cuando se presentaron media docena de

moros, sarnosos, desharrapados, armados con fusiles antiguos. Habían

pensado, sin duda, sorprendernos; pero al vernos en mayor número y

también armados, se manifestaron como amigos.

Les propusimos cambiarles un rifle por dos corderos y ellos aceptaron.

El capitán dijo que sería prudente que nos fuéramos a la ballenera, pues

estos moros eran todos traidores. De paso dejamos sin un fruto los

árboles de argán que fuimos encontrando. Nos metimos en la ballenera y

quedó uno de guardia en un alto. Estábamos esperando, cuando sonó una

descarga cerrada, y el centinela y cuatro de los que estaban a mi lado

cayeron a tierra. Entre ellos, Burni. Me acerqué a él, pero estaba

muerto. Toda una partida de moros avanzaba escondiéndose.

Nos metimos en la barca y remamos con furia hacia el centro del río; la

corriente nos llevaba hacia el mar; así que nuestra única preocupación

fué alejarnos de la orilla. Los moros aparecieron a la descubierta.

Algunos de ellos se metieron valientemente en el agua, y dos se

quisieron subir en la ballenera; Arraitz le dió a uno tal golpe en la

cabeza con la culata del rifle, que los sesos saltaron por el aire. El

otro huyó. Los de la orilla siguieron disparando. Ya no nos hicieron

ninguna baja; en cambio, nosotros tuvimos el gusto de tumbar una docena

lo menos de aquellos sarnosos.

Salimos de allá con la intención de coger la isla de Lanzarote.

A los dos días nos cogió un temporal del sudoeste, y como el viento,

aunque muy fuerte, era manejable, concebimos la esperanza de llegar

pronto a las Canarias. A la luz de la linterna, el capitán, con la

brújula, estudiaba el plano.

Después de recibir encima del cuerpo chubascos y más chubascos que nos

empaparon hasta los huesos, dimos vista a Lanzarote. Se revelaba la isla

como un nubarrón sobre el mar. Nos acercamos llenos de esperanzas,

cuando un demonio de cutter velero nos dió el alto disparándonos un

cañonazo. Era imposible resistir. El capitán mandó atar un pañuelo

blanco en un remo, en señal de que nos rendíamos.

No sabíamos si este cutter estaba avisado por el otro buque que nos

había dado caza anteriormente, pero pronto no nos cupo duda al ver al

crucero grande acercarse a nosotros.

La serenidad del capitán no se desmintió en aquel instante. A medida que

avanzábamos hacia los dos barcos ingleses, fué diciéndonos lo que nos

convenía declarar y lo que teníamos que ocultar en beneficio común.

Además, nos explicó lo que cada uno podía alegar en su propia defensa.

El negocio de los chinos lo hacían únicamente el capitán Zaldumbide, el

médico y el portugués Silva Coelho; a éstos los habían matado los chinos

por haberles engañado. Respecto a la trata, nadie sabía nada. Si el

barco se había dedicado a este negocio, era antes de que entráramos en

él.

El capitán se mostró tal como era, sereno y tranquilo. Llegamos al buque

inglés; nos fueron interrogando a todos, y todos contamos, poco más o

menos, la misma historia, con los mismos detalles, haciendo lo posible

para evitar nuestra responsabilidad.

Yo me permití abogar por el capitán y decir que era un hombre caído en

desgracia, pero honrado y justo como pocos.

La serenidad le salvó al capitán y quizá también nuestros informes. El

inglés, que es muy perro, no necesita muchos expedientes para ahorcar a

un capitán sospechoso de piratería. No en balde han pirateado ellos

durante cientos de años.

Tristán, el de la cicatriz, se manifestó rebelde y lo castigaron varias

veces. Los demás, los marineros, fuimos tratados con poca severidad,

obligados únicamente a hacer las faenas penosas.

Llegamos a Plymouth; estábamos ayudando a la maniobra del _Argonauta_,

así se llamaba el navío inglés en que íbamos prisioneros, cuando pasó un

barco francés a poca distancia. Al verlo me eché al agua sin que nadie

lo notara y pude agarrarme al ancla.

Llegué a Dunkerque y me embarqué en una goleta de ciento cincuenta

toneladas, para ir a Islandia a la pesca del bacalao. Estuve una

temporada en las islas de Loffoden y vine por casualidad a Burdeos a

componer las velas, y aquí me quedé; puse una cordelería, me casé y mi

comercio fué prosperando.

De la suerte de los demás ya no supe nada. Yo había tomado el camino

derecho, y desde entonces me empezó a salir todo bien. Esta ha sido mi

historia.

* * * * *

Dejó de hablar el viejo y se me quedó mirando con sus ojos grises.

--¿Quién cree usted que sería el verdadero Ugarte de los dos?--le

pregunté yo--. ¿El de la cicatriz o el otro?

--El de la cicatriz, seguramente. El otro, sin duda, no quiso dar su

nombre.

Me despedí de Itchaso y me fuí a mi barco.

No me cabía ninguna duda de que mi tío Aguirre había navegado en _El

Dragón_. Lo que no comprendía era por qué Ugarte le había cedido su

nombre.

Para cerciorarme de la verdad de lo dicho por el viejo de Burdeos,

encargué al abogado de la Compañía, por cuenta de la cual yo navegaba,

que se enterase en Londres de si entre las presas hechas hacía unos

treinta años aparecía la de la ballenera de _El Dragón_.

No tardaron en encontrar lo que yo pedía, y, efectivamente, me enviaron

una relación de cómo se había apresado la ballenera de este brick-barca

sospechoso de piratería, a la altura de las Canarias, y una lista de la

tripulación, en la cual se encontraban los nombres de Juan de Aguirre y

Tristán de Ugarte.

Que había una relación estrecha entre estas dos personas era indudable.

¿Pero cuál? No podía comprenderlo.

LIBRO QUINTO

JUAN MACHIN, EL MINERO

I

MALA NOTICIA

Todas las preocupaciones que me servían para olvidarme un poco de mis

inquietudes amorosas fueron pronto desechadas al recibir una carta de

Genoveva, la hija de Urbistondo.

Genoveva me decía que Juan Machín, el poderoso minero de Lúzaro,

galanteaba a Mary. Ella no le hacía por ahora el menor caso, pero él la

perseguía y la asediaba cada vez con más ahinco.

El barrio entero de pescadores se hallaba preocupado con tal

persecución.

Al recibir aquella carta me dispuse a ir a Lúzaro; antes pensaba en

esperar a reunir algún dinero para casarme; ya no vacilé, decidí casarme

en seguida. Si Mary quería, por supuesto. Pasaria unos días en Lúzaro,

pondríamos la casa en Burdeos y me iría a navegar.

Firme en mi decisión, escribí a la Compañía, pregunté en el puerto si

algún barco zarpaba hacia la costa de España y me metí en un vapor que

iba a Bayona.

Recuerdo que hacía un tiempo de agosto, pesado, horrible. Los ojos se

quemaban contemplando las playas arenosas, las dunas amarillentas, los

estanques rodeados de pinos y la reverberación del mar.

Venía en el barco un indiano vascongado que embarcó en Buenos Aires en

mi barco. En todo el viaje de América a Europa no se atrevió a hablarme.

Debía de ser hombre muy tímido. Luego, en el vapor que nos llevaba a

Bayona, se acercó a mí y hablamos. Había pasado veinticinco años en las

pampas hasta enriquecerse. No tenía familia y no sabía qué hacer ni en

dónde fijar su residencia.

Era todavía un hombre en pleno vigor, grueso, fuerte, de facciones

nobles, de pelo gris.

Me dio mucha pena, y al oírle olvidé mis preocupaciones. Aquel hombre

era un Hamlet, un Hamlet campesino, uno de los hombres que me han

producido una impresión más triste y desconsoladora.

Este Hamlet indiano me recordó esa canción vasca de un epicurismo algo

grotesco, que dice así:

Munduan ez da guizonic

Nic aña malura dubenic

Enamoratzia lotzatzenau

Ardo eratia moscortzenau

Pipa fumatzia choratzenau

¡Ay zer consolatucotenau!

(En el mundo no hay hombre de tan mala suerte como yo. El enamorar me

avergüenza, el beber vino me emborracha, el fumar en pipa me marea. ¡Ay!

¿Qué me va a consolar a mí?)

Llegamos este Hamlet indiano y yo a Bayona, y yo tuve la suerte de

encontrar un patache de cabotaje que iba a Lúzaro: el _Rafaelito_. Salía

al amanecer. Llevé mis baúles a la barca, me tendí, apoyado en un rollo

de cuerdas, y esperé impaciente la salida. Tenía esperanzas de que

hubiera viento, porque la espuma del mar resplandecía mucho en la

obscuridad.

Antes de amanecer nos pusimos en franquía. No había brisa aún, el mar

estaba tranquilo, las estrellas brillaban con un gran fulgor.

Veía ir y venir a las sombras de los marineros por la cubierta y sentía

las pisadas de sus pies desnudos.

Sonaron las tres en el reloj de la catedral de Bayona, y el patrón dio

la orden de partir. Había seis hombres, cuatro marineros, el timonel y

un grumete.

Salimos llevados por la corriente del Adour, cruzamos por el Boucau, y

al rayar el alba, a fuerza de remos, pasamos la barra.

Los marineros retiraron los remos. Las garruchas de las dos velas

comenzaron a chirriar, los anillos corrieron por las cuerdas y una

obscura forma se levantó en el aire, encima de mí. No se movía ni una

ráfaga de viento. La noche estaba tranquila y húmeda. A lo lejos

brillaba con intermitencias la luz roja del Cabo Higuer.

De pronto la vela se agitó temblorosa, se distendió como con un

latigazo; el barco se inclinó de costado y comenzó a deslizarse volando.

El patrón se colocó en la caña del timón y los marineros se sentaron en

las bordas. El mar se cortaba bajo la proa del barco y cuchicheaba

dulcemente, íbamos dejando una estela blanca, brillante, a la luz del

amanecer.

El sol comenzó a abandonar las olas y a subir en el cielo claro y

limpio, ahuyentando la bruma; las velas se teñían por el rojo sol

naciente y se hinchaban cada vez más. El patrón hablaba a sus hombres y

les ordenaba tirar de las cuerdas para recoger las velas de cuando en

cuando. El grumetillo cantaba a proa una canción vascongada. Era una

canción al mismo tiempo alegre y melancólica, monótona y llena de

variaciones.

[Ilustración]

Pasamos por delante de Biarritz, con sus rocas, y comenzamos a avanzar

por delante de esa línea de dunas blancas que forma la costa

vasco-francesa hasta llegar al promontorio pizarroso de Socoa. Larrun

apareció cortando el cielo, y más lejos, los montes de España.

El viento había aumentado; el _Rafaelito_ volaba como una gaviota; la

costa, despejada de brumas, formada por cantiles obscuros, se veía clara

y distinta.

Los cuatro marineros del patache, obedeciendo la orden del patrón,

comenzaron a meter a golpes de mazo una cuña grande al palo más alto

para inclinarlo a barlovento.

Estos pataches de cabotaje, como algunas barcas pescadoras, tienen tan

malas condiciones marineras, que les es necesario inclinar los palos

hacia donde viene el viento, por poco que sea éste fuerte. Marchan a

fuerza de habilidad; cualquiera racha huracanada los puede tumbar.

Un poco antes del mediodía cambió el viento; íbamos dejando atrás la

costa francesa, sus suaves y bajas colinas, sus dorados arenales y sus

lajas pizarrosas carcomidas por el mar.

Pasamos Hendaya y Fuenterrabía, dormidos al sol en las márgenes del

Bidasoa. Estábamos delante de Jaizquibel. Era hora de comer. El grumete

trajo una cazuela de patatas con bacalao, y comimos todos

fraternalmente.

La brisa era cada vez más débil; íbamos avanzando despacio por la costa

guipuzcoana.

El comenzar de la tarde fue sofocante; el sol derramaba una lluvia de

fuego; el mar se extendía tranquilo, apenas rizado, sin más olas que

algunas pequeñas ondulaciones; con la respiración rítmica de un buen

monstruo dormido, el agua, soñolienta, reflejaba la costa con todos sus

detalles en la claridad de aquella tarde perezosa y espléndida. Yo

miraba estas aguas sin pensamiento, con una vaga tristeza.

De cuando en cuando el grumete volvía a su canción. A lo lejos veíamos

vagamente los pueblos y el mar, muy azul, con un azul de Prusia, cerca

de la costa. Las rocas de los acantilados aparecían ribeteadas por una

línea negra dejada por la marea, y los arenales húmedos brillaban al

sol.

Antes de llegar a Orio, el viento cesó por completo y las velas quedaron

inmóviles, arrugadas en sus grandes pliegues, como muertas en la calma

absoluta de la tarde.

Uno de los hombres del patache y el grumete echaron sus aparejos de

pesca, mientras los demás marineros sostenían una larga conversación en

vascuence acerca de las divisiones de las cofradías de pescadores de

Lúzaro.

Pasamos así horas, inmóviles, en el mismo sitio. La languidez de la

tarde había acabado con mi impaciencia.

Serían las cinco o cinco y media cuando el mar comenzó a rizarse con

olas redondas, blandas, que fueron tomando anchura y cuerpo con rapidez.

El chico se subió por el palo del patache, como una ardilla, a arreglar

una polea.

El viento volvía de nuevo; comenzamos a navegar despacio. Cruzamos por

delante de la costa alta y escarpada de Orio, pasamos el arenal de

Zarauz y dejamos atrás el monte de San Antón, que se dibujaba sobre el

mar como una ballena de color gris.

El sol bajaba en el horizonte, inclinándose hacia el mar; su disco rojo

iba dejando las olas como formadas por un metal fundido. En el cielo

aparecían nubes de colores pronunciados y brillantes; dragones de fuego

agitándose en la boca de un horno.

Las grandes nubes escarlatas, los stratus obscuros en forma de peces,

acabaron por ocultar el sol. En algún momento se abría una abertura y

salía un haz de rayos que llenaba el mar de reflejos de color de rosa y

morados, reflejos que no llegaban al interior de las olas, porque éstas

presentaban su hueco en sombra de un tono azul verdoso muy pronunciado.

[Ilustración]

A la altura de Zumaya se ocultó definitivamente el sol, tiñendo de rojo

las ganas, y la obscuridad se precipitó sobre el mar. No duró mucho el

imperio de las tinieblas; el cielo, obscuro y sombrío, fue aclarándose,

y la luna, amarilla, enorme, apareció por encima de un montón de nubes y

comenzó a iluminar fantásticamente los acantilados negros de la costa y

a brillar con reflejos y cabrilleos en las olas.

--Vamos a tener lluvia--dijo el patrón señalando la luna, rodeada de un

halo rojizo.

El viento, que había saltado a otro cuadrante, se hizo fuerte al avanzar

la noche, y pudimos navegar de nuevo. Las velas, ahora retemblaban, se

impacientaban, se enfurecían, tenían cóleras de algo vivo, brillaban muy

blancas a la luz de la luna. El barco marchaba jugueteando entre las

olas negruzcas, llenas de reflejos, de blancos meandros de espuma: unos,

regulares; otros, desgarrados y rotos.

A los lados del barco el agua producía un murmullo, interrumpido por el

estruendo de algún golpe de mar: cuchicheo misterioso y monótono. Las

espumas, fosforescentes sobre el lomo negro de las olas, parecían

tritones luminosos que nos perseguían jugando.

Pasamos por delante de la playa de las Animas. Bisusalde y las casas de

Izarte, próximas al acantilado, se veían a la luz de la luna.

Frayburu seguía en su desolación y en su tristeza. Dimos vuelta al

Izarra y comenzamos a entrar en las puntas.

Las luces del puerto se reflejaban en el mar; brillaba alguna que otra

ventana iluminada de la ciudad. Fuimos penetrando por las calles

estrechas formadas por las barcas en el muelle silencioso.

La marcha del patache era lenta; yo les ayudaba a los marineros en la

maniobra.

Las inquietudes de Shanti Andia · 第 13 / 20 段