EPÍLOGO

Mi primer propósito al ponerme á escribir esta novela fué publicarla

por mi cuenta y riesgo, como hice, y por cierto con buen éxito, con mi

otra; pero necesidades ineludibles y consideraciones de cierta clase

me obligaron á cederla, mediante estipendio, claro está, á un editor.

El editor se propone publicar, á lo que parece, una serie de obras

editadas con cierta uniformidad, y para ello le conviene que llegue

cada una de ellas á cierta cantidad de contenido, porque todo, incluso

las obras literarias, debe estar sujeto á peso, número y medida. Ya yo

por mi parte, previendo que la obra resultara demasiado breve para los

propósitos del editor, la hinché mediante el prólogo que la precede y

con tal objeto se lo puse, mas ni aun así parece que he llegado á la

medida. Hace seis días remití el manuscrito á mi buen amigo Santiago

Valentí Camp, y he aquí que hoy, 6 de febrero, recibo carta fechada en

Barcelona á 4 de febrero de 1902, en que este amigo, bajo el membrete

_Ateneo Barcelonés_--_Particular_, me dice lo que sigue:

«Acabo de hacer entrega del original al señor Henrich, y por tanto

queda ya casi terminada mi gestión en este asunto. Digo _casi_ porque

después de haber estudiado detenidamente con el señor Henrich y el

jefe de la sección de cajas las proporciones del libro y el número

de cuartillas que tiene el original resulta, que aun haciendo uso de

todos los recursos imaginables, no alcanza más que 200 páginas. Usted

dirá cómo se resuelve el conflicto. A mí se me ocurren dos medios para

arreglarlo.»

A seguida me expone mi amigo los dos medios que se le ocurren para

resolver el conflicto, uno de los cuales es alargar el prólogo y

añadir dos capítulos á la novela, aunque ve á esto el inconveniente,

inconveniente que yo también se lo veo, de que quitaría espontaneidad

y frescura á la obra de arte, pues así la llama mi amigo. Opto por

añadirle un epílogo, con lo cual se consigue además que tenga mi libro

la tan acreditada división tripartita, constando de prólogo, _logo_ y

epílogo, y es lástima que las necesidades del ajuste y el tipo fatal

de 300 páginas por una parte y por otra lo apremiante del tiempo no

me permitan estudiar el modo de dar á esta división tripartita cierto

módulo especial tal como el de la llamada sección áurea--que tanto

papel jugaba en la estética arquitectónica--de manera que fuese el

prólogo al epílogo como éste al _logo_, ó sea este epílogo una media

proporcional entre el prólogo y el _logo_, artificio digno de mi don

Fulgencio. De todos modos creo que es un epílogo lo que resolviéndonos

el conflicto, puede menos «quitar espontaneidad y frescura á la obra de

arte.»

Ya veo á algún lector, más ó menos esteta, que tuerce el gesto y

hace un mohín de desagrado al leer esto de «obra de arte» entre

consideraciones, que tendrá por cínicas, de tan pedestre mercantilismo,

mas debo aquí hacer á tal respecto algunas reflexiones sobre las

relaciones entre el arte y el negocio, con lo que consigo, de

añadidura, ir hinchando este epílogo.

Me tienen ya hartos los oídos de todo eso de la santidad del arte y de

que la literatura no llegará á ser lo que debe mientras siga siendo

una profesión de ganapán, un modo de ganarse la vida. Tiéndese con tal

doctrina á hacer de la literatura un trabajo distinto de los demás y

á presentar la actividad del poeta como algo radicalmente distinto de

la actividad del carpintero, del labrador, del albañil ó del sastre.

Y esto me parece un funesto y grave error, padre de todo género de

soberbias y del más infecundo turrieburnismo. No, hacen bien los

obreros ó artesanos que se llaman á sí mismos artistas, sin dejar que

acaparen este título los otros.

Podría aquí extenderme--llenando mi objeto de tal manera--acerca de

cómo en la edad media, en la época en que se levantaron las soberbias

fábricas de las catedrales góticas, artista y artesano eran una sola

y misma cosa y cómo el arte brotó del oficio, mas es esta una materia

que puede verse desarrollada en muchos tratados especiales. Sólo quiero

desarrollar brevemente un principio que oí asentar en cierta ocasión

á don Fulgencio y es el de que así como el arte surgió del oficio,

así todo oficio debe reverter al arte, y si en un principio fueron la

pintura, la música y la literatura algo utilitario, tienen que llegar

á ser la carpintería, la labranza, la sastrería, la veterinaria, etc.,

artes bellas. Don Fulgencio que, como habrá adivinado el lector,

pasó por su temporada de hegelianismo, tomó gusto á las fórmulas del

maestro Hegel y solía decir que el oficio era la tesis, la oposición

entre oficio y arte la antétesis, y el arte sólo la síntesis ó bien

que es el oficio la primitiva homogeneidad en que se cumple luego

la diferenciación de oficio y arte, para que lleguemos al cabo á la

integración artística.

Todo tiene, en efecto, un origen utilitario y sabido es que el cerebro

mismo podría sostenerse que proviene del estómago; no la curiosidad

sino la necesidad de saber para vivir es lo que originó la ciencia. Mas

luego ocurre que lo en un principio útil deja de serlo y queda como

adorno, como recuerdo de pasada utilidad, como esperanza de utilidad

futura tal vez, y de aquí el que haya dicho un pensador británico--no

recuerdo ahora cuál--que la belleza es ahorro de utilidad. La belleza,

añado, es recuerdo y previsión de utilidad.

Las artes llamadas bellas surgieron de actividades utilitarias, de

oficio, y así puede sostenerse que los primeros versos se compusieron,

antes de la invención de la escritura, para mejor poder confiar á la

memoria sentencias y aforismos útiles, de lo que nos dan buena muestra

los actuales refranes. Y así diremos que composiciones poéticas como

esta

El que quiera andar siempre muy bueno y sano

La ropa del invierno lleve en verano;

ó la de

Hasta el cuarenta de mayo

Nunca te quites el sayo;

ó la de

Los en _um_ sin excepción

Del género neutro son,

son poemas fósiles ó primitivos.

Más tarde fueron diferenciándose el arte llamado bello ó inútil si

se quiere y el oficio, y hoy hemos venido á tan menguados tiempos

que los artistas por antonomasia, los que se dedican al oficio de

producir belleza pretenden pertenecer á otra casta y sostienen con

toda impertinencia que su actividad no debe regularse como las demás

actividades y que su obra no es cotizable ni se le puede ni debe fijar

precio como á una mesa, á un chaleco ó á un chorizo. Es de creer, sin

embargo, que esto lo hagan para cobrar más, pues da grima ver expuesto

en un escaparate un mamarracho pictórico y al pie: 500 pesetas. Esto es

como aquello de que el sacerdote vive del altar, y luego de hacernos

ver que el santo sacrificio tiene un precio infinito, leemos este

anuncio: «Los señores sacerdotes que quieran celebrar misas en la

parroquia de San Benito, recibirán estipendio de tres, cuatro, cinco ó

seis pesetas según la hora.»

Sin hacer, pues, caso alguno, que no se lo merecen, á los sacerdotes

del arte que sostienen que el poeta, el músico y el pintor no deben

vivir de su arte sino para él, yo creo que debemos trabajar todos para

que llegue día en que nadie viva de su oficio sino para él, y en que

comprendan todos que el armar una mesa, el cortar un traje, el levantar

una pared ó el barrer una calle puede, debe y tiene que llegar á ser

una verdadera obra de arte por la que no se reciba estipendio, aunque

la sociedad mantenga al carpintero, sastre y barrendero. Ya Ruskin

inició en Inglaterra una nobilísima campaña para infundir arte en los

oficios, pero lo que hace falta no es precisamente esta infusión, sino

la fusión de ambos, del arte y la industria. Libros hay escritos sobre

las artes industriales, nombre que impugnan otros proponiendo se les dé

el de industrias artísticas. Sean una ú otra cosa, artes industriales

ó industrias artísticas, el hecho es que se va á la fusión de ambos

términos.

Y para llegar á tal fusión antes estorba que favorece esa arrogante

pretensión de literatos, pintores, músicos y danzantes de que se les

coloque en campo aparte y no se les confunda con los demás obreros.

Sólo cuando todas participen de la misma ruda suerte, sólo cuando

unos y otros estén sujetos al yugo del capital y se sientan de verdad

hermanos en esclavitud económica, sólo cuando el poeta comprenda que

no tiene más remedio que hacer sonetos como su compañero hace cestas ó

zapatos, sólo entonces podrán trabajar todos juntos por la emancipación

común y elevar á arte todo oficio, absolutamente todo. Es ineficaz

el que el arte abra los brazos al oficio desde los espacios cerúleos

diciéndole «¡sube á mí!»; es menester que baje al infierno en que éste

hoy arde y se consume, y se consuma y arda con él y á fuego lento se

fundan en la común miseria y luego, llevado de sus ansias de elevación

y de libertad, suba á los cielos llevándose al oficio con él. Y así y

sólo así podrá llegar día en que sea el trabajo espontáneo derrame de

energía vital, actividad verdaderamente libre, actividad productora de

belleza; así y sólo así llegará á ser la vida misma obra de arte y el

arte obra de vida, según las fórmulas de que tanto gusta don Fulgencio.

He aquí la doctrina que bajo la inspiración de mi don Fulgencio he

excogitado para explicar y justificar los móviles mercantiles y de

negocio que me incitan á poner estrambote á una obra de arte.

* * * * *

Una vez justificada debidamente la existencia de este epílogo, cúmpleme

hacer constar que cuando hace ya tiempo expuse, á un amigo mío el plan

y argumento de mi novela se mostró muy descontento de que la hiciese

terminar con el suicidio del pobre Apolodoro, conclusión desconsoladora

y pesimista, y me exhortó á que buscase otro desenlace. «Debe usted

hacer--me decía--que venza la vida, que el pobre mozo reaccione y se

sacuda de la pedagogía y se case y sea feliz. Si lo hace usted así

le prometo traducirle al inglés la novela, pues dada su índole creo

que gustaría en Inglaterra.» Hubo un momento en que meditando en las

razones que me dió mi amigo y ante el señuelo, sobre todo, de que

pudiese entrar mi obra al público inglés, pensé si convendría variar

la solución que en un principio viera, mas todo fué inútil, cierta

lógica subconciente é íntima me llevaba siempre á mi primera idea.

Pensé luego en bifurcar la novela al llegar á cierto punto, dividir las

páginas por medio y poner á dos columnas dos conclusiones diferentes

para que entre ellas escogiese el lector la que fuese más de su agrado,

artificio que ya sé que nada tiene de original pero sí de cómodo.

Esto de bifurcar la novela no sería un disparate tan grande como á

primera vista parece, porque si bien es cierto que la historia no se

produce más que de un modo y que cuanto sucede sucede como sucede

sin que pueda suceder de otra manera, el arte no está obligado á

respetar el determinismo. Es más, creo que el fin principal del arte es

emanciparnos, siquiera sea ilusoriamente, de semejante determinismo,

sacudirnos del hado. No lo de ilógico sino otros y más graves eran los

inconvenientes que á tal solución veía.

Y en cuanto á cambiar de desenlace no me era posible; no soy yo quien

ha dado vida á don Avito, á Marina, á Apolodoro, sino son ellos los que

han prendido vida en mí después de haber andado errantes por los limbos

de la inexistencia.

Lo que acaso desee saber el lector es qué efecto produjo á don

Fulgencio, á Federico, á Clarita, á Menaguti el fin trágico de

Apolodoro, y qué hicieron luego de quedar sin hijos la Materia y la

Forma.

Respecto á esto de llamar Forma y Materia á don Avito y á Marina

quiero, antes de pasar adelante, mostrar un precedente y protestar

ante todo de que se me acuse de plagio en ello. Es el caso que estoy

leyendo á Molière, y tres ó cuatro días después de terminada mi novela

y de haber remitido su manuscrito á Barcelona, me encontré con estos

cuatro versos que dice Filaminta en la escena primera del acto IV de

_Les femmes savantes_:

Je lui montrerai bien aux lois de qui des deux

Les droits de la raison soumettent tous ses v™™œux

Et qui doit gouverner ou sa mère ou son père

Ou l'esprit ou le corps, la forme ou la matière.

Por donde se ve que ya la Filaminta molieresca había comparado los dos

términos del matrimonio, ó sea marido y mujer, á la materia y la forma,

sólo que invirtiendo la relación de mi don Avito, ya que éste considera

forma al marido y á la mujer materia y Filaminta se tiene por forma

y á Crisalo, su marido, le tiene por materia. Mas esta discrepancia

procede de que en la comedia de Molière es la mujer la sabia y en mi

novela el sabio es el hombre. Por donde se ve que la materialidad y la

formalidad de un matrimonio no la dan la virilidad y la feminidad sino

la sabiduría de una de ambas partes.

Pero debemos dejar, oh paciente lector, estos tiquis miquis

metafísicos, ateniéndonos en punto á metafísica á lo que enseñaba

aquel sargento de artillería que hegelianizaba sin saberlo como Mr.

Jourdain--recuérdese que estoy leyendo á Molière--hablaba en prosa sin

saberlo. El cual sargento decía á unos soldados:

--¿Sabéis cómo se hace un cañón? ¿no? Pues para hacer un cañón se coge

un agujero cilíndrico, se le recubre de hierro y ya está hecho.

Y como al hueco del cañón se le llama alma, bien pudo decir: «se coge

un alma, se le pone cuerpo, y hete el cañón.»

Tal es el procedimiento metafísico, que es, como el lector habrá

adivinado, el empleado por mí para construir los personajes de mi

novela. He cogido sus huecos, los he recubierto de dichos y hechos,

y hete á don Avito, don Fulgencio, Marina, Apolodoro y demás. Y si

alguien me dijera que este no es procedimiento artístico, por muy

metafísico que sea, le diré que se examine bien y vea qué encuentra

debajo de sus propios hechos y dichos, y si debajo del hierro de

nuestra carne no nos encontramos con un hueco ó agujero más ó menos

cilíndrico.

Y volviendo á lo de antes diré que también yo me he preocupado,

luego de recibida la carta de mi amigo Valentí Camp, en averiguar

qué pensaron y dijeron de la muerte de Apolodoro don Fulgencio, don

Epifanio, Menaguti, Federico y Clarita.

Empezando por Menaguti he de decir que cuando el sacerdote de Nuestra

Señora la Belleza supo el percance de su amigo empezó á temblar como

un azogado y le entró un grandísimo miedo, y que al volver un día á

su casa, obsesionado por el recuerdo de Apolodoro, y pasando junto á

una iglesiuca á aquella hora abierta miró á todos lados y cuando vió

que nadie le veía se entró á ella furtivamente y dando de trompicones,

se arrodilló en un rincón y rezó un padrenuestro por el alma de su

amigo, pidiendo á la vez fe á Dios, á un Dios en quien no cree. Ahora

se encuentra el pobre en el último período de la consunción, hecho un

esqueleto y escupiendo los pulmones, y empeñado en matar á Dios, á ese

mismo Dios á quien iba á pedir furtivamente fe y que le haga que crea

en él. Mientras ve venir la muerte á toda marcha está escribiendo un

libro: _La muerte de Dios_.

De Clarita hemos averiguado que cuando Federico, su marido, le llevó la

noticia del suicidio de su antiguo novio, exclamó: «¡pobre Apolodoro!

siempre me pareció algo...» y luego se dijo para sí misma: «hice bien

dejarle por éste, porque si llegamos á casarnos y se le ocurre hacer

esto...»

Federico se dijo: «ha hecho bien; para lo que servía...»; dió un beso

á su mujer y quiso ponerse á pensar en otra cosa, pero estamos seguros

de que la imagen del difunto ha de presentársele más de una vez y que

recordará á menudo la conversación que tuvieron en la alameda del río,

cuando iba flotando en las aguas aquel cadáver.

Don Epifanio parece ser que murmuró entre dientes: «¡pero ese Apolo,

ese Apolo, quién lo hubiera creído...!» y aquella noche se estuvieron

él y su mujer cuchicheando más que de costumbre antes de entregarse al

sueño. También les remuerde la conciencia porque todas las personas que

figuran en mi verídico relato tienen su más ó su menos de conciencia

capaz de remordimientos.

En cuanto al insondable don Fulgencio ¿quién es capaz de contar el

torbellino de ideas que la catástrofe de su discípulo le habrá causado?

Nos consta que está meditando seriamente en si el verdadero momento

metadramático no es el de la muerte. Y ahora al recordar la última

entrevista que con Apolodoro tuvo, la del erostratismo, siente don

Fulgencio escalofríos del alma al cruzarle la idea de si fué él quien

sin quererlo le empujó á tan fatal resolución. Mas su dolor, dolor

efectivo, real y doloroso, va cuajando en ideas y proyecta estudiar el

suicidio á la luz de la muerte de la vida y el derecho á la muerte de

la vida y el deber de muerte.

Mas á quien le ha producido el efecto más hondo y más rudo la muerte

violenta de nuestro Apolodoro ha sido á Petra, la criada, á su

Petrilla. Esto es para que se vea que la mayor rudeza de inteligencia

y de carácter puede ir unida á la mayor profundidad y ternura de

sentimientos. Esa pobre muchacha, víctima de las teorías de don

Fulgencio obrando sobre los instintos de Apolodoro sobrexcitados á la

vista de la muerte próxima,--pues veía claro que tenía que matarse--esa

pobre muchacha tuvo la desgracia de enamorarse _a posteriori_ de su

señorito, del padre del fruto que ahora lleva en las entrañas. Se ve

sola y desamparada, viuda y madre, y en momentos de desesperación

medita recursos extremos y funestísimos.

Aunque la congoja ahoga al infeliz Avito y á su mujer, hanse redimido

uno y otro en el común dolor, Carrascal se ha dormido y Marina

ha despertado á tal punto que ha logrado la pobre Materia que se

arrodille junto á ella la Forma y rece á dúo, elevando su corazón á

Dios. Y ahora es cuando empieza á hablar algo de su niñez, de aquella

niñez que parecía haber olvidado. Mas á pesar de tal congoja no han

dejado de advertir el luto de la criada y sus extremos de dolor y

esto descubriéndoles ciertos indicios que dormían en sus memorias y

avivándolos al asociarlos en torno á este extraño dolor de la pobre

Petrilla, les ha hecho vislumbrar la triste y dolorosa realidad que tal

luto encubre.

Y llega un día en que llama don Avito á su criada y la interroga y

viene la penosa confesión y la pobre muchacha se anega en llanto y el

pobre hombre al sentirse abuelo la consuela con dulzura:

--No hagas caso, Petrilla, no hagas caso ni te acongojes por eso, que

desde hoy serás nuestra hija y te quedarás con nosotros, y tu hijo

será siempre el hijo de nuestro hijo, nuestro nieto, y nada le faltará

y le cuidaremos, así como á ti, y le educaré, sí, le educaré... le

educaré... y no volverá á pasar lo que con Apolodoro ha pasado, no, no

volverá á pasar lo mismo, te lo juro... Le educaré, sí, le educaré,

le educaré con arreglo á la más estricta pedagogía, y no habrá don

Fulgencio ni don Tenebrencio que me le eche á perder, ni se rozará con

otros niños. Le educaré yo, yo solo, que de algo me ha de servir la

experiencia de lo pasado, le educaré yo y éste sí que saldrá genio,

Petrilla; te aseguro que tu hijo será genio, sí, le haré genio, le haré

genio y no se enamorará estúpidamente; le haré genio.

Con lo cual se va Petrilla consolada y hasta dando por bien empleado

todo.

Cuando Marina lo sabe todo y la magnánima resolución de su marido

abraza primero á éste, que tan noble espíritu demostraba, y cae luego

llorando en brazos de hasta hoy su criada, y decimos hasta hoy porque

acaba de decidirse que se tome en concepto de tal criada á otra y que

quede Petrilla en concepto de hija y de viuda del pobre Apolodoro.

--Sí, Marina, sí, estoy satisfecho de mi resolución; así proceden los

hombres honrados, es decir, razonables, y sobre todo muerto nuestro...

--Calla, Avito, no sigas.

--Bueno, faltándonos él yo necesitaba alguien en quien aplicar con toda

pureza mi pedagogía...

--¡Por Dios, Avito, por Dios, calla, calla...!--exclama la pobre Marina

sintiendo el peso enorme del sueño que parece volverle.

--Es que...

--¡Por Dios, Avito, por Dios! ¿más de eso todavía?

--Es que si aquello no fué de eso... es que no me dejaron aplicar con

pureza mi sistema... Verás, verás ahora.

--¡Qué mundo. Virgen Santísima, qué mundo!--y empieza á sentir la

pobre pesadísimo sopor sobre los párpados del alma, mientras Petrilla,

satisfecha del papel de hija viuda, miró á uno y otro sin comprender

nada de aquello, pero sintiendo que se trata del porvenir del fruto de

sus entrañas.

Y ahora el pobre Carrascal se recata y á ocultas de su mujer llama á

Petrilla para decirle:

--¿Te gustan las alubias, Petrilla?

--Bastante; ¿por qué me lo pregunta usted?

--Por nada, pero procura comer las más que puedas, ¿has oído? las más

que puedas, pero sin que se te indigesten, y sobre todo no digas nada

de esto á Marina, ¿has oído? ¡no le digas nada de esto!

Y cuando Petrilla se ha ido le llama para repetirle:

--Cuidado con decirle nada, pero nada; mas ten en cuenta que las

alubias te convienen mucho.

Petrilla, satisfecha de su papel, se sonríe y se dice para sí misma:

«¡Pobre hombre! no está muy bueno, pero le daremos gusto...»

* * * * *

Así á la vez que alargo este epílogo dejo colgada esta historia

para poder añadirle una segunda parte, si es que la primera gusta y

encuentra buena acogida.

* * * * *

Aquí queda en suspenso este epílogo en espera de la contestación que

obtenga una carta que he dirigido hoy mismo á Barcelona preguntando

de cuántas cuartillas consta el manuscrito--prólogo y _logo_--pues

sabiendo que son 272 las páginas que el editor quiere llenar, que lo ya

remitido no hace más que 219 y que falta, por lo tanto, original para

53 páginas, tengo ya trazada la proporción para hallar el número _x_,

de cuartillas de que este epílogo debe constar, llamando _n_ al número

de las que constituyen el manuscrito que obra en manos del editor. La

proporción es

Amor y Pedagogía · 第 21 / 41 题