219 : 53 :: 281_n_ : _x_

de donde _x_ = 281 × 53 / 219 = 67 cuartillas. Y no sigo porque me

parece que ya estoy abusando.

Y á propósito; paseando esta tarde, como de costumbre, con un amigo mío

médico y publicista, le he leído este epílogo, cuya historia conoce y

al punto por una naturalísima asociación de ideas le ha venido á las

mientes el soneto aquel famosísimo de Lope de Vega que empieza:

Un soneto me manda hacer Violante;

Yo en mi vida me he visto en tal aprieto.

Cuando concluya este epílogo, en vista de lo que me contesten, le

pondré como remate ó contera el tercer verso del segundo terceto del

soneto.

También recordamos, ¿y cómo no? aquel gracioso cuento que en el

«Prólogo al lector» de la segunda parte de su obra inmortal nos cuenta

el único y grandísimo humorista de nuestra literatura, el cuento del

loco aquel de Sevilla que dió en el gracioso disparate y tema de coger

algún perro en la calle ó en cualquiera otra parte y «con el un pie le

cogía el suyo y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le

acomodaba el cañuto--el cañuto de caña, puntiagudo en el fin--en la

parte que soplándole le ponía redondo como una pelota y en teniéndole

desta suerte le daba dos palmaditas en la barriga y le soltaba diciendo

á los circunstantes (que siempre eran muchos): pensarán vuesas mercedes

ahora que es poco trabajo hinchar un perro.»

Pensarás, lector pacientísimo y benévolo, que es poco trabajo hacer

un epílogo, aun con ayuda de Cervantes, diré yo á mi vez cuando haya

dado fin á este. Yo también he de decirle como nuestro gran humorista

en el prólogo á la primera parte de su _Ingenioso Hidalgo_ que si me

costó algún trabajo componer mi novela, ninguno tuve por mayor que el

de hacer el prólogo que á este libro encabeza y este epílogo con que

le pongo cola y remate. Yo también hubiera querido «dártela monda y

desnuda, sin el ornato de prólogo» ni demás perendengues y por eso

he rechazado el acuerdo, que por un instante me ha revoloteado en la

mente, de añadirle notas como las que llevan algunas de las novelas de

Walter Scott ó Gualterio Escoto, como el _Solitario_ quería que los

españoles le llamásemos.

Ya sé yo que todos estos escarceos y alargamientos habrían de parecer

abusivos y poco serios á buena parte de nuestro público; mas confío por

otra parte en que esa parte no detenga sus severas miradas en estas

páginas y así nos veamos libres ellos de mí y yo de ellos, con lo que

no sé quién ganará más, si ellos ó yo. No lo puedo remediar, pero á

lo que mi natural más naturalmente me tira es á cierto conversar sin

liga ni encadenamiento, á un palique al modo de las odas pindáricas

ú horacianas en que sin plan general ni serial vayan enredándose las

ideas, por los rabillos de la asociación lógica que en los tratados de

psicología se estudia, como las cerezas se enredan. En mi vida sabré

escribir una obra rigurosamente científica y didáctica con reducirse

esto á llenar con definiciones, divisiones, teoremas, escolios, lemas,

corolarios, postulados y eso que se llaman hechos--y que en realidad

son citas--un encasillado esquemático N por el estilo de este:

{ 1

{ a { 2

{ { 3

{ A {

{ { { 1

{ { b { 2

{ { { 3

{ I {

{ { { 1

{ { { a { 2

{ { { { 3

{ { B {

{ { { 1

{ { b { 2

{ { 3

N {

{ { 1

{ { a { 2

{ { { 3

{ { A {

{ { { { 1

{ { { b { 2

{ { { 3

{ II {

{ { 1

{ { a { 2

{ { { 3

{ B {

{ { 1

{ b { 2

{ 3

Por no saber llenar este cañamazo científico nunca pasaré de un pobre

escritor mirado en la república de las letras como intruso y de fuera

por ciertas pretensiones de científico, y tenido en el imperio de

las ciencias por un intruso también á causa de mis pretensiones de

literato. Es lo que trae consigo el querer promiscuar.

Y no me sirve ponderar lo incientíficos que son nuestros literatos á

punto de que un poeta que pasa por eminente pueda ignorar cómo se halla

el volumen de un tetraedro ó cómo se producen las estaciones del año

ó cuál es la ley de la reflexión de la luz y lo iliteratos que son

nuestros científicos de modo que un eminente geómetra ó químico no

distinga un soneto de una seguidilla ó un Rembrandt de un Rafael, no me

sirve ponderar esto, ni aun yendo al fondo del mal, ni me sirve repetir

que debemos tirar á sentir la ciencia y comprender el arte, á hacer

ciencia del arte y arte de la ciencia, y sacar á relucir el ya tan

resobado y socorrido caso de Goethe, el poeta egregio del _Fausto_ y de

_Hermann_ y _Dorotea_ y de las _Elegías romanas_ que parió una teoría

científica de los colores y de la metamorfosis de los pétalos de las

flores y descubrió el hueso intermaxilar en el hombre; no me sirve nada

de esto y por nada de ello habré de justificarme.

Catorce versos dicen que es soneto;

Burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante.

* * * * *

Pero sí, consonantes no han de faltarme, y en último caso acudiré á los

asonantes ó aun al verso libre. Pues si hay verso libre ó blanco como

otros le llaman, _blank verse_, ¿por qué no ha de haber también prosa

libre ó blanca? ¿A título de qué hemos de uncirnos al ominoso yugo de

la lógica, que con el tiempo y el espacio son los tres peores tiranos

de nuestro espíritu? En la eternidad y en la infinitud soñamos con

emanciparnos del tiempo y del espacio, los déspotas categóricos, las

infames formas sintéticas _a priori_; mas de la lógica ¿cómo hemos de

emanciparnos? ¿Significa ni puede significar la libertad otra cosa que

la emancipación de la lógica, que es nuestra más triste servidumbre?

Ya sé que yo mismo en otras ocasiones y en otros escritos he sostenido

y afirmado que la libertad es la conciencia de la necesidad, la

conciencia de la ley, que el hombre debe tirar á querer lo que suceda

para que así suceda lo que él quiera, pero esos no pasan de esfuerzos

con que quiero engañarme á mí mismo y de reflexiones que me hago para

encerrar el infinito del espacio en la menguada jaula en que estoy

condenado á vivir después de haberme dado de porrazos en vano contra

los barrotes de ella.

Sí, ya sé que nos ponemos á escribir versos libres aquellos á quienes

no nos sale libremente la rima, los incapaces de hacer fuente de

asociación de ideas de la _rima generatrice_, como hacemos prosa libre

ó cháchara suelta á guisa de sangría los incapaces de la verdadera

libertad, la que en la conciencia de la ley consiste.

A este propósito recuerdo lo que no hace aún tres días leí en _La

critique de l'École des femmes_ de Molière, comedia en un acto

estrenada en 1663, comedia en que Dorante dice que la gran regla de

todas las reglas es agradar, y si una pieza de teatro ha conseguido

este fin es que tomó por buen camino. El cual Dorante asegura que las

reglas del arte no son los mayores misterios del mundo, sino «algunas

obvias observaciones que el buen sentido ha hecho sobre lo que puede

quitar el gusto que se toma á tal suerte de poemas, y el mismo buen

sentido que hizo antaño esas observaciones las hace obviamente todos

los días sin la ayuda de Horacio y de Aristóteles.» Esto del buen

sentido, del _bon sens_, y sobre todo tratándose del buen sentido

francés, me puso en guardia, recordando al punto cuanto acerca del

sentido común tengo oído al bueno de mi don Fulgencio, mas ahora al

seguir hinchando este epílogo vuelvo á recordar el pasaje de Molière y

lo de que la gran regla de las reglas es agradar.

La gran regla de las reglas es en este mi caso presente ir

entreteniendo, deleitando é instruyendo ó sugiriendo si se puede

al lector,--_pariterque monendo_, metamos este acreditado ripio ó

relleno, pues cae mejor en latín--para llevarle suave y dulcemente á

las trescientas páginas «que es el tipo.»

Y en esta mi tarea de sugerirle algo quisiera infundirle una chispa

del secreto fuego que en contra de la lógica arde en mis entrañas

espirituales ó avivar más bien ese fuego que en él, como en todo hombre

hecho y derecho, también arde aunque sea bajo cenizas. Porque ¿qué otra

cosa es el sentimiento de lo cómico sino el de la emancipación de la

lógica y que otra cosa sino lo ilógico nos provoca á risa? Y esta risa

¿qué es sino la expresión corpórea del placer que sentimos al vernos

libres, siquiera sea por un breve momento, de esa feroz tirana, de ese

_fatum_ lúgubre, de esa potencia incoercible y sorda á las voces del

corazón? ¿Por qué se mató el pobre Apolodoro sino por escapar á la

lógica, que le hubiera matado al cabo? El _ergo_, el fatídico _ergo_ es

el símbolo de la esclavitud del espíritu. Mis esfuerzos por sacudirme

del yugo del _ergo_ son los que han provocado esta novela, pero la

lógica se vengará, estoy seguro de ello, se vengará en mí.

Porque tiene razón don Fulgencio: «sólo la lógica da de comer» y sin

comer no se puede vivir y sin vivir no puede aspirarse á ser libre,

_ergo_... hele aquí, hele aquí después de esta especie de sorites

al _ergo_ vengador. ¿Y qué más que un _ergo_ fatídico me lleva á ir

hinchando con mi cañuto de caña--pues de veras escribo con cañutos de

caña á guisa de porta-plumas, por lo cual puedo decir con razón lo de

_calamo currente_--este _ergótico_ epílogo? ¿Es que no tiene acaso el

tal epílogo su lógica, una lógica--seamos desnudamente sinceros--una

lógica que me da de comer?

Y siendo lo cómico una infracción á la lógica y la lógica nuestra

tirana, la divinidad terrible que nos esclaviza, ¿no es lo cómico

un aleteo de libertad, un esfuerzo de emancipación del espíritu? El

esclavo se ríe, el esclavo se ríe cuando otro esclavo tras momentáneo

acto de rebelión recibe sobre sus escuálidos lomos los latigazos de

la tirana, el esclavo se ríe y se vuelve al plato, á comer de lo que

la Lógica le da, nos volvemos al plato todos, porque «sólo la lógica

da de comer.» ¿Pero es que no hay algo grande, algo sublime, algo

sobrehumano, en esa rebelión del pobre esclavo? ¿Es que en las entrañas

de lo cómico, de lo grotesco, no sangra y llora la sublimidad humana?

¡Pobre corazón! ¡pobre corazón que te ríes para no llorar! ¡pobre

corazón que te burlas para no compadecer, porque el compadecer te

destroza y te aniquila!

Coged á Aristófanes, el gran cómico, al que no hubo bufonada que le

arredrara, y ved cómo hace hablar en su comedia _Las ranas_ á Esquilo,

el gran trágico. ¡Desgraciados de nosotros si no sabemos rebelarnos

alguna vez contra la tirana! Nos tratará sin compasión, sin miramiento,

sin piedad alguna, nos cargará de brutal trabajo y nos dará mezquina

pitanza. En cambio, si alguna vez le enseñamos los puños y los dientes

y nos revolvemos contra ella, haremos reir á los demás esclavos cuando

la verga salpique de sangre nuestros lomos con sus golpes, pero la

tirana nos mirará con otros ojos y nos llamará luego aparte á su

retirada alcoba y allí nos mostrará la Lógica sus secretos encantos y

nos regalará con sus caricias y seremos por algunos instantes no ya sus

esclavos, sino sus dueños. Y allí lloraremos en sus brazos lágrimas de

redención, lágrimas de las que purifican y aclaran la vista, lágrimas

de las que desahogan el vaso del corazón rebosante de amarguras. Allí,

en brazos de la tirana lloraremos: ¡bienaventurados los que se ríen

porque ellos llorarán algún día! Y los que no se ríen, esos no podrán

llorar y las lágrimas se les quedarán en el corazón, envenenándoselo.

Ved sino que los hombres graves, los que sólo por fuera y en la máscara

se ríen, languidecen en soberbia y en envidia y avanzan fatigosamente

uncidos al yugo infame del sentido común, cobarde ministril y capataz

de la tirana Lógica.

Aquí alza otra vez la voz maese Pedro y me dice: «llaneza, muchacho, no

te encumbres, que toda afectación es mala» (capítulo XXVI de la parte

II de _El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha_) y me parece

la voz de maese Pedro, del pícaro, galeote y desagradecido Ginés de

Pasamonte la voz del sentido común, de este Ginesillo de Parapilla que

acaba en robar rucios á los Sancho Panzas.

Tiene razón maese Pedro, á quien bien á mi pesar sirvo de criado:

no debo meterme en dibujos sino hacer lo que don Quijote me manda,

que será lo más acertado, siguiendo mi canto llano y sin meterme «en

contrapuntos que se suelen quebrar de sotiles», y lo que don Quijote

me manda es que no me encumbre sino que siga mi epílogo en línea recta

sin meterme en las curvas ó trasversales, «que para sacar una verdad

en limpio menester son muchas pruebas y repruebas.» «Yo lo haré así»,

no sea que á don Quijote se le antoje salir en ayuda de Apolodoro y la

emprenda á llover cuchilladas sobre mi titerera pedagógica y derribe á

unos, descabece á otros, estropee á don Fulgencio, destroce á Menaguti

y entre otros muchos tire un altibajo tal que si maese Pedro, el que

por dentro y bien á mi pesar mueve mi tinglado todo, no se abaja, se

encoge y agazapa, le cercene la cabeza con más facilidad que si fuera

hecha de masa de mazapán, cercén que se tendría muy merecido. Y de

nada sirve que maese Pedro dé voces á don Quijote diciéndole que se

detenga y advierta que estos no son sino figurillas de pasta y que me

destruye y echa á perder parte de mi hacienda, pues no dejará por eso

don Quijote de menudear cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como

llovidos, que el tal don Quijote es hombre grave si los hay y de los

que toman las burlas en veras, por lo cual no sabe tomar las veras en

burlas ni se tiene noticia de que se haya reído nunca por dentro aunque

haya dado que reir á todo el mundo. Pues tal es la miserable condición

humana, que no queda otra salida que ó reirse ó dar que reir como no

tome uno la de reirse y dar que reir á la vez, riéndose de lo que da

que reir y dando que reir de lo que se ríe, según la fórmula que me

enseñó en cierta ocasión, al pie del _Simia sapiens_, mi don Fulgencio.

¿Y hay, á propósito, nada más cómico que don Quijote? ¿No luchó

desesperadamente contra la lógica de la realidad que nos manda que sean

los molinos de viento lo que en el mundo de la realidad son y no lo

que en el mundo de nuestra fantasía se nos antoja que sean? ¿Y cuándo

le volvió la lógica á don Quijote sino cuando la muerte le amagaba y

rondaba en torno suyo? Se rebeló contra la lógica el esclavo Alonso

el Bueno y la Lógica le llevó á su apartado retiro y le enseñó sus

secretos y le regaló con sus caricias, porque ¿no se ve á la Lógica

y á la Lógica desnuda y sumisa y entregada y no vestida y tiránica y

reservada en las aventuras todas de nuestro inmortal ingenioso hidalgo?

Yo lancé hace algún tiempo el grito de ¡muera don Quijote!, y este

grito halló alguna resonancia y quise explicarlo diciendo que quería

decir ¡viva Alonso el Bueno! esto es, que grité ¡muera el rebelde!

queriendo decir ¡viva el esclavo!, pero ahora me arrepiento de ello y

declaro no haber comprendido ni sentido entonces bien á don Quijote, ni

haber tenido en cuenta que cuando éste muere es que tocan á muerto por

Alonso el Bueno.

* * * * *

Hasta aquí llegaba ayer, habiendo llenado 41 cuartillas de epílogo,

cuando recibo hoy, 7 de febrero, carta de que hacen falta otras tantas,

es decir, que apenas he llegado á la mitad de este epílogo.

Dejé ayer á prevención concluso el sentido al final de la cuartilla

18, después de hablar del efecto que la muerte de Apolodoro produjo

al insondable don Fulgencio, y antes de ocuparme en el que á Petrilla

produjo esa misma muerte, y lo dejé así con el objeto de poder

intercalar entre las cuartillas 18 y 19 cuantas fueren menester. Y

ahora, con objeto de poder cubrir ese hueco que á prevención dejé, voy

á ver á don Fulgencio, en busca de lo que acerca del efecto que el

suicidio de su discípulo le produjera.

* * * * *

Vengo de ver á don Fulgencio, el cual no ha querido hablarme de los

efectos en su espíritu de la violenta muerte de Apolodoro. Apenas le

hablé de ello se me mostró muy afectado y dolorido y me dijo: «¡Pasemos

á otra cosa!» Y al exponerle los motivos lógicos que me impelían á

interrogarle sobre tan doloroso punto, me ha contestado diciéndome

que la cosa se arreglaba muy bien publicando á seguida de mi relato

y epílogo un trabajo cualquiera de él ó mío, cosa muy dentro de las

costumbres y usos literarios. Y tirando del cajón sacó de él un

manuscrito que me entregó diciéndome:

--Ahí tiene usted una obra de mi juventud, un pequeño diálogo titulado

«El Calamar», que escribí poco después de haber rechazado un duelo que

se me propuso. Si no bastara, publique usted algo suyo. Vamos á ver:

¿por qué no lo hace con aquello de «El liberalismo es pecado» que en

cierta ocasión me leyó?

--Es que yo quiero--le he dicho--que cuanto en un volumen vaya tenga

cierta unidad de tono siquiera; en el chorizo se mete carne de vaca con

la de cerdo, pero no sardinas ni ciruelas.

--¡Unidad de tono... unidad de tono...! Siempre salen ustedes con

esas tonadillas de antaño que en realidad no hay quien las entienda á

derechas. Y dígame, amigo Unamuno, ¿qué unidad de tono le encuentra

usted al mundo? Y aunque una obra de arte necesite unidad de tono, el

libro, como obra de arte, el libro, entiéndame bien, el libro, no su

contenido, es obra de arte tipográfico y no literario y su unidad ha

de ser unidad de papel, de tipos, de caja, de impresión. Por lo demás

encuentro justificadísimo lo de sus editores, y una de las cosas que

más me gustan de nuestro libro inmortal, es que Juan Gallo de Andrada,

escribano de cámara del rey don Felipe, certificara de que los señores

del Consejo vieron el libro intitulado _El ingenioso Hidalgo de la

Mancha_, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y tasaran cada

pliego de él á tres maravedís y medio, y teniendo el libro ochenta y

tres pliegos, al dicho precio montaba el dicho libro--diciéndome esto

tenía don Fulgencio abierto y á la vista el _Quijote_--doscientos y

noventa maravedís y medio, en que se había de vender en papel, y dieron

licencia para que á ese precio se pudiese vender, y mandaron poner esa

tasa al principio del libro y que no se pudiese vender sin ella. Pienso

escribir algo sobre esto de la tasa del _Quijote_. Y á propósito de

ello he de contarle lo que no ha muchos años sucedió en la Corte entre

un poeta y un librero. Fué el caso que el poeta le presentó un tomito

de composiciones suyas pidiéndole le tomase algunos ejemplares con el

consiguiente descuento. Cogió el librero el tomito y sin abrirlo lo

revolvió en la mano examinando su longitud, latitud y profundidad,

hecho lo cual preguntó al poeta: «¿Y á cuánto ha de venderse esto?»

«A tres pesetas», contestó el poeta, y el librero replicó: «Me parece

caro.» Y el poeta exclamó entonces: «Es que le advierto que es oro

puro.» «¿De oro puro? en ese caso no me conviene», replicó el librero

devolviéndole el tomito. Créame, hasta el oro puro hay que saber

tasarlo, como tasaron los señores del Consejo el oro puro del _Quijote_.

Otras muchas cosas me ha dicho don Fulgencio, dejándome convencido,

y al salir me ha entregado dos manuscritos suyos, el diálogo de «El

Calamar», de que hice mención, y los «Apuntes para un tratado de

Cocotología», autorizándome para que haga de ellos el uso que crea

conveniente.

Y ahora termino este epílogo, como prometí terminarlo, con el último

verso del soneto de Lope de Vega:

Contad si son catorce y está hecho.

Amor y Pedagogía · 第 22 / 41 题