de donde _x_ = 281 × 53 / 219 = 67 cuartillas. Y no sigo porque me
parece que ya estoy abusando.
Y á propósito; paseando esta tarde, como de costumbre, con un amigo mío
médico y publicista, le he leído este epílogo, cuya historia conoce y
al punto por una naturalísima asociación de ideas le ha venido á las
mientes el soneto aquel famosísimo de Lope de Vega que empieza:
Un soneto me manda hacer Violante;
Yo en mi vida me he visto en tal aprieto.
Cuando concluya este epílogo, en vista de lo que me contesten, le
pondré como remate ó contera el tercer verso del segundo terceto del
soneto.
También recordamos, ¿y cómo no? aquel gracioso cuento que en el
«Prólogo al lector» de la segunda parte de su obra inmortal nos cuenta
el único y grandísimo humorista de nuestra literatura, el cuento del
loco aquel de Sevilla que dió en el gracioso disparate y tema de coger
algún perro en la calle ó en cualquiera otra parte y «con el un pie le
cogía el suyo y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le
acomodaba el cañuto--el cañuto de caña, puntiagudo en el fin--en la
parte que soplándole le ponía redondo como una pelota y en teniéndole
desta suerte le daba dos palmaditas en la barriga y le soltaba diciendo
á los circunstantes (que siempre eran muchos): pensarán vuesas mercedes
ahora que es poco trabajo hinchar un perro.»
Pensarás, lector pacientísimo y benévolo, que es poco trabajo hacer
un epílogo, aun con ayuda de Cervantes, diré yo á mi vez cuando haya
dado fin á este. Yo también he de decirle como nuestro gran humorista
en el prólogo á la primera parte de su _Ingenioso Hidalgo_ que si me
costó algún trabajo componer mi novela, ninguno tuve por mayor que el
de hacer el prólogo que á este libro encabeza y este epílogo con que
le pongo cola y remate. Yo también hubiera querido «dártela monda y
desnuda, sin el ornato de prólogo» ni demás perendengues y por eso
he rechazado el acuerdo, que por un instante me ha revoloteado en la
mente, de añadirle notas como las que llevan algunas de las novelas de
Walter Scott ó Gualterio Escoto, como el _Solitario_ quería que los
españoles le llamásemos.
Ya sé yo que todos estos escarceos y alargamientos habrían de parecer
abusivos y poco serios á buena parte de nuestro público; mas confío por
otra parte en que esa parte no detenga sus severas miradas en estas
páginas y así nos veamos libres ellos de mí y yo de ellos, con lo que
no sé quién ganará más, si ellos ó yo. No lo puedo remediar, pero á
lo que mi natural más naturalmente me tira es á cierto conversar sin
liga ni encadenamiento, á un palique al modo de las odas pindáricas
ú horacianas en que sin plan general ni serial vayan enredándose las
ideas, por los rabillos de la asociación lógica que en los tratados de
psicología se estudia, como las cerezas se enredan. En mi vida sabré
escribir una obra rigurosamente científica y didáctica con reducirse
esto á llenar con definiciones, divisiones, teoremas, escolios, lemas,
corolarios, postulados y eso que se llaman hechos--y que en realidad
son citas--un encasillado esquemático N por el estilo de este:
{ 1
{ a { 2
{ { 3
{ A {
{ { { 1
{ { b { 2
{ { { 3
{ I {
{ { { 1
{ { { a { 2
{ { { { 3
{ { B {
{ { { 1
{ { b { 2
{ { 3
N {
{ { 1
{ { a { 2
{ { { 3
{ { A {
{ { { { 1
{ { { b { 2
{ { { 3
{ II {
{ { 1
{ { a { 2
{ { { 3
{ B {
{ { 1
{ b { 2
{ 3
Por no saber llenar este cañamazo científico nunca pasaré de un pobre
escritor mirado en la república de las letras como intruso y de fuera
por ciertas pretensiones de científico, y tenido en el imperio de
las ciencias por un intruso también á causa de mis pretensiones de
literato. Es lo que trae consigo el querer promiscuar.
Y no me sirve ponderar lo incientíficos que son nuestros literatos á
punto de que un poeta que pasa por eminente pueda ignorar cómo se halla
el volumen de un tetraedro ó cómo se producen las estaciones del año
ó cuál es la ley de la reflexión de la luz y lo iliteratos que son
nuestros científicos de modo que un eminente geómetra ó químico no
distinga un soneto de una seguidilla ó un Rembrandt de un Rafael, no me
sirve ponderar esto, ni aun yendo al fondo del mal, ni me sirve repetir
que debemos tirar á sentir la ciencia y comprender el arte, á hacer
ciencia del arte y arte de la ciencia, y sacar á relucir el ya tan
resobado y socorrido caso de Goethe, el poeta egregio del _Fausto_ y de
_Hermann_ y _Dorotea_ y de las _Elegías romanas_ que parió una teoría
científica de los colores y de la metamorfosis de los pétalos de las
flores y descubrió el hueso intermaxilar en el hombre; no me sirve nada
de esto y por nada de ello habré de justificarme.
Catorce versos dicen que es soneto;
Burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante.
* * * * *
Pero sí, consonantes no han de faltarme, y en último caso acudiré á los
asonantes ó aun al verso libre. Pues si hay verso libre ó blanco como
otros le llaman, _blank verse_, ¿por qué no ha de haber también prosa
libre ó blanca? ¿A título de qué hemos de uncirnos al ominoso yugo de
la lógica, que con el tiempo y el espacio son los tres peores tiranos
de nuestro espíritu? En la eternidad y en la infinitud soñamos con
emanciparnos del tiempo y del espacio, los déspotas categóricos, las
infames formas sintéticas _a priori_; mas de la lógica ¿cómo hemos de
emanciparnos? ¿Significa ni puede significar la libertad otra cosa que
la emancipación de la lógica, que es nuestra más triste servidumbre?
Ya sé que yo mismo en otras ocasiones y en otros escritos he sostenido
y afirmado que la libertad es la conciencia de la necesidad, la
conciencia de la ley, que el hombre debe tirar á querer lo que suceda
para que así suceda lo que él quiera, pero esos no pasan de esfuerzos
con que quiero engañarme á mí mismo y de reflexiones que me hago para
encerrar el infinito del espacio en la menguada jaula en que estoy
condenado á vivir después de haberme dado de porrazos en vano contra
los barrotes de ella.
Sí, ya sé que nos ponemos á escribir versos libres aquellos á quienes
no nos sale libremente la rima, los incapaces de hacer fuente de
asociación de ideas de la _rima generatrice_, como hacemos prosa libre
ó cháchara suelta á guisa de sangría los incapaces de la verdadera
libertad, la que en la conciencia de la ley consiste.
A este propósito recuerdo lo que no hace aún tres días leí en _La
critique de l'École des femmes_ de Molière, comedia en un acto
estrenada en 1663, comedia en que Dorante dice que la gran regla de
todas las reglas es agradar, y si una pieza de teatro ha conseguido
este fin es que tomó por buen camino. El cual Dorante asegura que las
reglas del arte no son los mayores misterios del mundo, sino «algunas
obvias observaciones que el buen sentido ha hecho sobre lo que puede
quitar el gusto que se toma á tal suerte de poemas, y el mismo buen
sentido que hizo antaño esas observaciones las hace obviamente todos
los días sin la ayuda de Horacio y de Aristóteles.» Esto del buen
sentido, del _bon sens_, y sobre todo tratándose del buen sentido
francés, me puso en guardia, recordando al punto cuanto acerca del
sentido común tengo oído al bueno de mi don Fulgencio, mas ahora al
seguir hinchando este epílogo vuelvo á recordar el pasaje de Molière y
lo de que la gran regla de las reglas es agradar.
La gran regla de las reglas es en este mi caso presente ir
entreteniendo, deleitando é instruyendo ó sugiriendo si se puede
al lector,--_pariterque monendo_, metamos este acreditado ripio ó
relleno, pues cae mejor en latín--para llevarle suave y dulcemente á
las trescientas páginas «que es el tipo.»
Y en esta mi tarea de sugerirle algo quisiera infundirle una chispa
del secreto fuego que en contra de la lógica arde en mis entrañas
espirituales ó avivar más bien ese fuego que en él, como en todo hombre
hecho y derecho, también arde aunque sea bajo cenizas. Porque ¿qué otra
cosa es el sentimiento de lo cómico sino el de la emancipación de la
lógica y que otra cosa sino lo ilógico nos provoca á risa? Y esta risa
¿qué es sino la expresión corpórea del placer que sentimos al vernos
libres, siquiera sea por un breve momento, de esa feroz tirana, de ese
_fatum_ lúgubre, de esa potencia incoercible y sorda á las voces del
corazón? ¿Por qué se mató el pobre Apolodoro sino por escapar á la
lógica, que le hubiera matado al cabo? El _ergo_, el fatídico _ergo_ es
el símbolo de la esclavitud del espíritu. Mis esfuerzos por sacudirme
del yugo del _ergo_ son los que han provocado esta novela, pero la
lógica se vengará, estoy seguro de ello, se vengará en mí.
Porque tiene razón don Fulgencio: «sólo la lógica da de comer» y sin
comer no se puede vivir y sin vivir no puede aspirarse á ser libre,
_ergo_... hele aquí, hele aquí después de esta especie de sorites
al _ergo_ vengador. ¿Y qué más que un _ergo_ fatídico me lleva á ir
hinchando con mi cañuto de caña--pues de veras escribo con cañutos de
caña á guisa de porta-plumas, por lo cual puedo decir con razón lo de
_calamo currente_--este _ergótico_ epílogo? ¿Es que no tiene acaso el
tal epílogo su lógica, una lógica--seamos desnudamente sinceros--una
lógica que me da de comer?
Y siendo lo cómico una infracción á la lógica y la lógica nuestra
tirana, la divinidad terrible que nos esclaviza, ¿no es lo cómico
un aleteo de libertad, un esfuerzo de emancipación del espíritu? El
esclavo se ríe, el esclavo se ríe cuando otro esclavo tras momentáneo
acto de rebelión recibe sobre sus escuálidos lomos los latigazos de
la tirana, el esclavo se ríe y se vuelve al plato, á comer de lo que
la Lógica le da, nos volvemos al plato todos, porque «sólo la lógica
da de comer.» ¿Pero es que no hay algo grande, algo sublime, algo
sobrehumano, en esa rebelión del pobre esclavo? ¿Es que en las entrañas
de lo cómico, de lo grotesco, no sangra y llora la sublimidad humana?
¡Pobre corazón! ¡pobre corazón que te ríes para no llorar! ¡pobre
corazón que te burlas para no compadecer, porque el compadecer te
destroza y te aniquila!
Coged á Aristófanes, el gran cómico, al que no hubo bufonada que le
arredrara, y ved cómo hace hablar en su comedia _Las ranas_ á Esquilo,
el gran trágico. ¡Desgraciados de nosotros si no sabemos rebelarnos
alguna vez contra la tirana! Nos tratará sin compasión, sin miramiento,
sin piedad alguna, nos cargará de brutal trabajo y nos dará mezquina
pitanza. En cambio, si alguna vez le enseñamos los puños y los dientes
y nos revolvemos contra ella, haremos reir á los demás esclavos cuando
la verga salpique de sangre nuestros lomos con sus golpes, pero la
tirana nos mirará con otros ojos y nos llamará luego aparte á su
retirada alcoba y allí nos mostrará la Lógica sus secretos encantos y
nos regalará con sus caricias y seremos por algunos instantes no ya sus
esclavos, sino sus dueños. Y allí lloraremos en sus brazos lágrimas de
redención, lágrimas de las que purifican y aclaran la vista, lágrimas
de las que desahogan el vaso del corazón rebosante de amarguras. Allí,
en brazos de la tirana lloraremos: ¡bienaventurados los que se ríen
porque ellos llorarán algún día! Y los que no se ríen, esos no podrán
llorar y las lágrimas se les quedarán en el corazón, envenenándoselo.
Ved sino que los hombres graves, los que sólo por fuera y en la máscara
se ríen, languidecen en soberbia y en envidia y avanzan fatigosamente
uncidos al yugo infame del sentido común, cobarde ministril y capataz
de la tirana Lógica.
Aquí alza otra vez la voz maese Pedro y me dice: «llaneza, muchacho, no
te encumbres, que toda afectación es mala» (capítulo XXVI de la parte
II de _El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha_) y me parece
la voz de maese Pedro, del pícaro, galeote y desagradecido Ginés de
Pasamonte la voz del sentido común, de este Ginesillo de Parapilla que
acaba en robar rucios á los Sancho Panzas.
Tiene razón maese Pedro, á quien bien á mi pesar sirvo de criado:
no debo meterme en dibujos sino hacer lo que don Quijote me manda,
que será lo más acertado, siguiendo mi canto llano y sin meterme «en
contrapuntos que se suelen quebrar de sotiles», y lo que don Quijote
me manda es que no me encumbre sino que siga mi epílogo en línea recta
sin meterme en las curvas ó trasversales, «que para sacar una verdad
en limpio menester son muchas pruebas y repruebas.» «Yo lo haré así»,
no sea que á don Quijote se le antoje salir en ayuda de Apolodoro y la
emprenda á llover cuchilladas sobre mi titerera pedagógica y derribe á
unos, descabece á otros, estropee á don Fulgencio, destroce á Menaguti
y entre otros muchos tire un altibajo tal que si maese Pedro, el que
por dentro y bien á mi pesar mueve mi tinglado todo, no se abaja, se
encoge y agazapa, le cercene la cabeza con más facilidad que si fuera
hecha de masa de mazapán, cercén que se tendría muy merecido. Y de
nada sirve que maese Pedro dé voces á don Quijote diciéndole que se
detenga y advierta que estos no son sino figurillas de pasta y que me
destruye y echa á perder parte de mi hacienda, pues no dejará por eso
don Quijote de menudear cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como
llovidos, que el tal don Quijote es hombre grave si los hay y de los
que toman las burlas en veras, por lo cual no sabe tomar las veras en
burlas ni se tiene noticia de que se haya reído nunca por dentro aunque
haya dado que reir á todo el mundo. Pues tal es la miserable condición
humana, que no queda otra salida que ó reirse ó dar que reir como no
tome uno la de reirse y dar que reir á la vez, riéndose de lo que da
que reir y dando que reir de lo que se ríe, según la fórmula que me
enseñó en cierta ocasión, al pie del _Simia sapiens_, mi don Fulgencio.
¿Y hay, á propósito, nada más cómico que don Quijote? ¿No luchó
desesperadamente contra la lógica de la realidad que nos manda que sean
los molinos de viento lo que en el mundo de la realidad son y no lo
que en el mundo de nuestra fantasía se nos antoja que sean? ¿Y cuándo
le volvió la lógica á don Quijote sino cuando la muerte le amagaba y
rondaba en torno suyo? Se rebeló contra la lógica el esclavo Alonso
el Bueno y la Lógica le llevó á su apartado retiro y le enseñó sus
secretos y le regaló con sus caricias, porque ¿no se ve á la Lógica
y á la Lógica desnuda y sumisa y entregada y no vestida y tiránica y
reservada en las aventuras todas de nuestro inmortal ingenioso hidalgo?
Yo lancé hace algún tiempo el grito de ¡muera don Quijote!, y este
grito halló alguna resonancia y quise explicarlo diciendo que quería
decir ¡viva Alonso el Bueno! esto es, que grité ¡muera el rebelde!
queriendo decir ¡viva el esclavo!, pero ahora me arrepiento de ello y
declaro no haber comprendido ni sentido entonces bien á don Quijote, ni
haber tenido en cuenta que cuando éste muere es que tocan á muerto por
Alonso el Bueno.
* * * * *
Hasta aquí llegaba ayer, habiendo llenado 41 cuartillas de epílogo,
cuando recibo hoy, 7 de febrero, carta de que hacen falta otras tantas,
es decir, que apenas he llegado á la mitad de este epílogo.
Dejé ayer á prevención concluso el sentido al final de la cuartilla
18, después de hablar del efecto que la muerte de Apolodoro produjo
al insondable don Fulgencio, y antes de ocuparme en el que á Petrilla
produjo esa misma muerte, y lo dejé así con el objeto de poder
intercalar entre las cuartillas 18 y 19 cuantas fueren menester. Y
ahora, con objeto de poder cubrir ese hueco que á prevención dejé, voy
á ver á don Fulgencio, en busca de lo que acerca del efecto que el
suicidio de su discípulo le produjera.
* * * * *
Vengo de ver á don Fulgencio, el cual no ha querido hablarme de los
efectos en su espíritu de la violenta muerte de Apolodoro. Apenas le
hablé de ello se me mostró muy afectado y dolorido y me dijo: «¡Pasemos
á otra cosa!» Y al exponerle los motivos lógicos que me impelían á
interrogarle sobre tan doloroso punto, me ha contestado diciéndome
que la cosa se arreglaba muy bien publicando á seguida de mi relato
y epílogo un trabajo cualquiera de él ó mío, cosa muy dentro de las
costumbres y usos literarios. Y tirando del cajón sacó de él un
manuscrito que me entregó diciéndome:
--Ahí tiene usted una obra de mi juventud, un pequeño diálogo titulado
«El Calamar», que escribí poco después de haber rechazado un duelo que
se me propuso. Si no bastara, publique usted algo suyo. Vamos á ver:
¿por qué no lo hace con aquello de «El liberalismo es pecado» que en
cierta ocasión me leyó?
--Es que yo quiero--le he dicho--que cuanto en un volumen vaya tenga
cierta unidad de tono siquiera; en el chorizo se mete carne de vaca con
la de cerdo, pero no sardinas ni ciruelas.
--¡Unidad de tono... unidad de tono...! Siempre salen ustedes con
esas tonadillas de antaño que en realidad no hay quien las entienda á
derechas. Y dígame, amigo Unamuno, ¿qué unidad de tono le encuentra
usted al mundo? Y aunque una obra de arte necesite unidad de tono, el
libro, como obra de arte, el libro, entiéndame bien, el libro, no su
contenido, es obra de arte tipográfico y no literario y su unidad ha
de ser unidad de papel, de tipos, de caja, de impresión. Por lo demás
encuentro justificadísimo lo de sus editores, y una de las cosas que
más me gustan de nuestro libro inmortal, es que Juan Gallo de Andrada,
escribano de cámara del rey don Felipe, certificara de que los señores
del Consejo vieron el libro intitulado _El ingenioso Hidalgo de la
Mancha_, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y tasaran cada
pliego de él á tres maravedís y medio, y teniendo el libro ochenta y
tres pliegos, al dicho precio montaba el dicho libro--diciéndome esto
tenía don Fulgencio abierto y á la vista el _Quijote_--doscientos y
noventa maravedís y medio, en que se había de vender en papel, y dieron
licencia para que á ese precio se pudiese vender, y mandaron poner esa
tasa al principio del libro y que no se pudiese vender sin ella. Pienso
escribir algo sobre esto de la tasa del _Quijote_. Y á propósito de
ello he de contarle lo que no ha muchos años sucedió en la Corte entre
un poeta y un librero. Fué el caso que el poeta le presentó un tomito
de composiciones suyas pidiéndole le tomase algunos ejemplares con el
consiguiente descuento. Cogió el librero el tomito y sin abrirlo lo
revolvió en la mano examinando su longitud, latitud y profundidad,
hecho lo cual preguntó al poeta: «¿Y á cuánto ha de venderse esto?»
«A tres pesetas», contestó el poeta, y el librero replicó: «Me parece
caro.» Y el poeta exclamó entonces: «Es que le advierto que es oro
puro.» «¿De oro puro? en ese caso no me conviene», replicó el librero
devolviéndole el tomito. Créame, hasta el oro puro hay que saber
tasarlo, como tasaron los señores del Consejo el oro puro del _Quijote_.
Otras muchas cosas me ha dicho don Fulgencio, dejándome convencido,
y al salir me ha entregado dos manuscritos suyos, el diálogo de «El
Calamar», de que hice mención, y los «Apuntes para un tratado de
Cocotología», autorizándome para que haga de ellos el uso que crea
conveniente.
Y ahora termino este epílogo, como prometí terminarlo, con el último
verso del soneto de Lope de Vega:
Contad si son catorce y está hecho.