El pobre Apolodoro, tras días de besar y morder la almohada por las
noches, va encalmándose y ya parece no pesarle que Clarita le dejara,
antes bien se complace, allá, muy en su interior, en tener tal excusa
para dimitir la vida, como es su secreto anhelo. Porque ¿para qué sirve
ya, fracasado como cuentista y como novio? Diríase que esta necesidad
de morir él ha guiado al Destino, al Determinismo, á que Clarita le
deje. Era menester una motivación. Y se recrea en la infidelidad de
su ex-novia y en el recuerdo de sus amores, más poéticos ahora que
han pasado. «Nací como los más de los mortales, hastiado de la vida
desde nacimiento, sin que haya logrado en mí la vida, como en los
demás logra, borrar con el adquirido apetito la nativa saciedad. Y
ahora ¿qué dirán si dimito? ¿qué pensará papá? ¡vaya unas cavilaciones
que va á costarle! ¡pobrecillo! ¿Me daré un tiro? ¿me tiraré de una
torre? ¿tomaré un veneno? ¿me ahorcaré? Pero, ¿y mamá? ¡mamá! ¿y Rosa,
la pobre Rosa que está tan delicada? ¿no acelerará esto su fin, que
está tan próximo? ¿no será mejor diferirlo hasta que ella acabe?» Y
le invaden mil recuerdos vagarosos y se encuentra con el padrenuestro
en los labios, y al acabar de paladearlo se dice: «¡no nos dejes caer
en la tentación!» y desde el fondo del alma le dice la voz de don
Fulgencio: «¡haz hijos, Apolodoro, haz hijos!»
--Cuando usted guste, señorito.
--¿Eh?
--Está ya la sopa en la mesa.
--¡Pero qué salud, Petra, qué salud! Si la salud se pegara... Ven acá.
Mas la criada desaparece.
* * * * *
Don Avito se ha vuelto á su hija, á Rosa, la meteorizada, que arrastra
dulce y tristemente una vida lánguida, de silencio y de clorosis,
á pesar de los meteoros todos. Y empieza el padre á luchar con un
temperamento rebelde á cambiarlo por procedimientos científicos,
porque la ciencia... ¡oh, la ciencia!
Mas á pesar de la ciencia, la muchacha decae á galope tendido y encama
y esto se va. El padre lucha desesperadamente, pero sereno y tranquilo,
recobrada su antigua firmeza y ayudado por don Antonio en la faena,
hasta que un día, convencido ya de la impotencia de la ciencia en este
caso, ve que la Muerte se acerca al lecho de la joven.
¿La Muerte? ¿y qué es la muerte? Un fenómeno fisiológico, la cesación
de la vida. ¿Y qué es la vida? El conjunto de las funciones que
resisten á la muerte, un cambio entre las sustancias albuminoideas
orgánicas y el exterior, la desoxidación del organismo.
Están ante la moribunda, confesada ya, su madre, don Avito y Apolodoro.
Marina reza y llora en silencio, en sueños, hacia dentro; Apolodoro
piensa en su dimisión y en la inmortalidad. Y don Avito, ante lo
irremediable, da una lección:
--Va á concluir el proceso vital; el cianógeno ó biógeno que dicen
otros, pierde su explosividad estallando, y se convierte en albúmina
muerta. ¿Qué íntimos procesos bioquímicos se verifican aquí?
Rosa parece querer coger algo con las manos casi esqueléticas, revuelve
la vista sin mirar, y entreabre la boca para estertorar.
--La verdad es que no recuerdo bien la explicación fisiológica de esto
del estertor.
La moribunda calla. Le toma el pulso su padre, acerca un espejo á su
boca por si se empaña.
--No tiene aún la ciencia medios eficaces para averiguar con exactitud
cuándo un individuo ha muerto...
Marina se levanta, corta un rizo de la cabellera de la muerta, le besa,
se arrodilla y oculta la cara entre las manos. Apolodoro va también á
besarla, y su padre le detiene:
--¡Cuidado! hay que saber dominarse.
Y el hijo, diciéndose: «¡qué guapa está! no parece que sufre», va á un
rincón y oculta también la cara entre las manos. Y el padre prosigue:
--Aunque el individuo haya muerto como tal, continúa la sustancia
viviendo. Si ahora le aplicáramos una corriente galvánica, se
movería. No se han coagulado aún los albuminoideos, no están las
células reducidas á su mayor concentración, no ha llegado la rigidez
cadavérica. La concentración es la muerte, la expansión la vida; fíjate
en esto, Apolodoro, y no te concentres, expansiónate. ¿Qué es eso,
lloras?
--Sí, por ti, padre.
--¿Por mí? pues no lo entiendo. Y aun rígido el cadáver, seguirán las
cejas vibrátiles conservando su actividad normal y seguirán viviendo
los glóbulos blancos ó leucocitos, estas células amiboideas. No hay
un momento preciso en que la vida cese para empezar la muerte; la
muerte se desenvuelve de la vida, es lo que llaman los fisiólogos la
necrobiosis, la muerte de la vida de ese don Fulgencio.
«¡Haz hijos!» oye Apolodoro al oir este nombre.
--La muerte tiene su vida, digámoslo así, sus procesos histolíticos y
metamorfóticos...--y al oir suspirar á Marina, añade:--¡Es natural!
¡cuánto le queda por hacer á la ciencia hasta dominar nuestros
instintos!--y se sale del cuarto.
Marina levanta la cabeza, y como quien despierta de una pesadilla, con
ojos despavoridos exclama: ¡Luis, Luis, Luis! Y Apolodoro va á sus
brazos y se estrechan y se mantienen en silencio, estrechados, llorando:
--¡Rosa, Rosa, mi Rosa, mi sol, mi vida... mi Luis, Luis, Luis, Luis,
mi Luis, Luis, Rosa, mi Rosa...! ¡qué mundo, Virgen Santísima, qué
mundo! Luis... Luis... Luis...!
--Papá...
--Cállate, Apolodoro... Luis... Luis... mi Luis... Luis... cállate...
¡Rosa... mi Rosa... Rosa... Rosa!
--Pero, mamá...
--Yo quiero morirme, Luis... ¿no quieres tú morirte?
Apolodoro mira á la muerta y tiembla al oir estas palabras.
--Cálmate, mamá.
--Calla, no hables alto, que la despiertas... ¿ves cómo duerme?
Los dos callan y parecen oir á lo lejos, que del espacio invisible
bajan estas palabras del silencio:
Duerme, niña chiquita,
que viene el Coco
á llevarse á las niñas
que duermen poco.
Y la voz silenciosa se aleja cantando:
Duerme, duerme, mi niña,
duerme enseguida;
Duerme, que con tu madre
duerme la vida.
Duerme, niña chiquita,
que viene el Coco...
* * * * *
--¡Mamá!
--¡Chit! calla, que viene él, Apolodoro.
--No, no viene.
--¿No viene?
--No.
--Mírala qué guapa, Luis, mi Luis, mírala... ¡Rosa, mi Rosa, Rosa, Rosa
de mi vida!
«¡Ay, Clarita!» murmura Apolodoro. Cierran los ojos á la muerta y salen.
* * * * *
Y ahora, después de esta muerte, parece que le grita con más fuerza á
Apolodoro su instinto: ¡hazte inmortal! Es un ansia loca, ansia que se
exaspera un día en que ve á Clarita y ya no puede contenerse. Y he aquí
que á las pocas noches es, á oscuras, un: «calla, calla... ¡Clarita!
¡Clarita! ¡Clarita!» Previa promesa, claro está, para que Petra cediera.
Cuando á los pocos días se entera Apolodoro de lo que ha hecho, éntrale
una enorme vergüenza y asco y desprecio de sí mismo, y acaba en un:
«¡dimito! ¡ahora sí que dimito!» ¡Pobre Petra!
A lo que se agrega que va á casarse Clarita, las amonestaciones de cuyo
enlace se han echado ya.
* * * * *
¿Escribirá algo antes, una especie de testamento? No, un acto solemne,
serio, sin frases ni posturas, pero original. Que no se rían de él
después de muerto.
Se recoge y medita: «¡A descansar! ¡á descansar! ¡al eterno asueto!
Soy un miserable; he cometido una infamia; todos se burlan de mí; no
sirvo para nada. ¡Todo han querido convertírmelo en sustancia sin dejar
nada al accidente! Hasta cuando me dejaban por mi propia cuenta era por
sistema. Ahora sabré á dónde vamos... ¡cuanto antes, mejor! Aunque sólo
fuese por curiosidad, por amor á saber, era cosa de hacerlo. Así se
sale antes de dudas respecto al problema pavoroso. ¿Y si no hay nada?»
Llaman á la puerta.
--¡Adelante!
--Por Dios, señorito, no se olvide...
--No tengas cuidado, Petra, todo se arreglará; vete ahora, déjame.
«Soy un miserable; he cometido una infamia. ¡Adiós, mi madre, mi
fantasma! Te dejo en el mundo de las sombras, me voy al de los bultos;
quedas entre apariencias, en el seno de la única realidad perpetua
dormiré... ¡Adiós, Clara, mi Clara, mi Oscura, mi dulce desencanto!
¡Pudiste redimir de la pedagogía á un hombre, hacer un hombre de un
candidato á genio... que hagas hombres, hombres de carne y hueso; que
con el compañero de tu vida los hagas, en amor, en amor, en amor y no
en pedagogía! ¡El genio, oh, el genio! El genio nace y no se hace, y
nace de un abrazo más íntimo, más amoroso, más hondo que los demás,
nace de un puro momento de amor, de amor puro, estoy de ello cierto;
nace de un impulso el más inconciente. Al engendrar al genio pierden
conciencia sus padres; sólo los que la pierden al amarse, los que como
en sueño se aman, sin sombra de vigilia, engendran genios. ¡Qué lástima
que el deber de dimitir mañana no me permita desarrollar esta luminosa
teoría! Al engendrar al genio deben de caer sus padres en inconciencia;
el que sabe lo que hace cuando hace un hijo, no le hará genio. ¿En qué
estaría pensando mi padre cuando me engendró? En la carioquinesis ó
cosa así, de seguro; en la pedagogía, sí, en la pedagogía; ¡me lo dice
la conciencia! Y así he salido... ¡Soy un miserable, un infame, he
cometido una infamia...!»
* * * * *
Llega la hora. Se encierra, sube á la mesa sobre la que pone un
taburete y prepara el fuerte cordel pendiente del techo; agárrase á él
y de él se suspende para ver si le sostiene; hace el nudo corredizo y
se lo echa al cuello, subido en el taburete. Detiénele por un momento
la idea de lo ridículo que puede resultar quedar colgado así, como una
longaniza; pero al cabo se dice: «¡es sublime!» y da un empellón al
taburete con los pies. ¡Qué ahogo, oh, qué ahogo! Intenta coger con
los pies el taburete, con las manos la cuerda, pero se desvanece para
siempre al punto.
Al ver que tarda tanto en venir á comer, don Avito va en su busca,
registra la casa, y al encontrarse con aquello que cuelga, tras
fugitivo momento de consideración salta á la mesa, corta la cuerda,
tiende el cuerpo de su hijo sobre la mesa misma, le abre la boca, le
coge la lengua y empieza á tirarle rítmicamente de ella, que acaso sea
tiempo. Al poco rato entra la madre, más soñolienta desde que perdió
á su hija, y al ver lo que ve se deja caer en una silla, aturdida,
murmurando en letanía: «¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡Luis! ¡hijo
mío!» Es una oración al compás de los rítmicos tirones de lengua. A
su conjuro siente Avito extrañas dislocaciones íntimas, que se le
resquebraja el espíritu, que se le hunde el suelo firme de éste, se
ve en el vacío, mira al cuerpo inerte que tiene ante sí, á su mujer
luego, y exclama acongojado: ¡hijo mío! Al oirlo se levanta la Materia,
y yéndose á la Forma le coge de la cabeza, se la aprieta entre las
manos convulsas, le besa en la ya ardorosa frente y le grita desde el
corazón: ¡hijo mío!
--¡Madre!--gimió desde sus honduras insondables el pobre pedagogo, y
cayó desfallecido en brazos de la mujer.
El amor había vencido.