En plena primavera la temperatura dio un salto atrás, con la extremada
violencia del clima de Madrid, inconstante y loco.
Hacía frío. El cielo gris derramaba violentas lluvias, acompañadas
algunas veces de copos de nieve. La gente, vestida ya con trajes
ligeros, abría armarios y cofres para sacar capas y gabanes. La lluvia
ennegrecía y deformaba los blancos sombreros primaverales.
Hacía dos semanas que no se daban funciones en la Plaza de Toros. La
corrida del domingo aplazábase para un día de la semana en que hiciese
buen tiempo. El empresario, los empleados de la plaza y los innumerables
aficionados, a los que esta suspensión forzosa traía de mal humor,
espiaban el firmamento con la ansiedad del labriego que teme por sus
cosechas. Una clara en el cielo o la aparición de unas estrellas a media
noche, cuando salían ellos de los cafés, les devolvían la alegría.
--Va a levantarse el tiempo... Pasado mañana corrida.
Pero las nubes volvían a juntarse, persistía la cerrazón gris, con su
constante lloro, e indignábase la gente de la afición contra la
temperatura, que parecía haber declarado guerra a la fiesta nacional...
¡País desgraciado! Hasta las corridas de toros iban siendo imposibles en
él.
Gallardo llevaba dos semanas de forzoso descanso. Su cuadrilla quejábase
de la inacción. En cualquier otro punto de España habrían sufrido
resignados los toreros esta demora. La estancia en el hotel la pagaba el
espada en todas partes menos en Madrid. Era una mala costumbre
establecida hacía tiempo por los maestros vecinos de la capital. Se
suponía que todos los toreros debían tener en la corte domicilio propio.
Y los pobres peones y picadores, que habitaban una casucha de huéspedes
tenida por la viuda de un banderillero, apretaban su existencia con toda
clase de economías, fumando poco y quedándose a la puerta de los cafés.
Pensaban en sus familias con una avaricia de hombres que a cambio de su
sangre sólo recibían un puñado de duros. Cuando vinieran a darse las dos
corridas, ya se habrían comido el producto de ellas.
El espada mostrábase igualmente malhumorado en la soledad de su hotel,
pero no a causa del tiempo, sino de su mala suerte.
Había toreado la primera corrida en Madrid con resultado deplorable. El
público era otro para él. Aún le quedaban partidarios de fe
inquebrantable que se aferraban a su defensa; pero estos entusiastas,
ruidosos y agresivos un año antes, mostraban ahora cierta tristeza, y
cuando hallaban ocasión de aplaudirle lo hacían con timidez. En cambio,
los enemigos y la gran masa del público, que desea peligros y muertes,
¡qué injustos en sus apreciaciones! ¡qué audaces para insultarle!... Lo
que toleraban a otros matadores, estaba vedado para él.
Le habían visto audaz, lanzándose ciegamente en el peligro, y así le
querían para siempre, hasta que la muerte cortase su carrera. Había sido
un suicida con suerte en los primeros tiempos, cuando necesitaba
crearse un nombre, y la gente no transigía ahora con su prudencia. El
insulto acompañaba siempre a sus intentos de conservación. Apenas tendía
la muleta ante el toro a cierta distancia, estallaba la protesta. ¡No se
arrimaba! ¡tenía miedo! Y bastaba que diese un paso atrás, para que el
populacho saludase esta precaución con insultos soeces.
La noticia de lo ocurrido en Sevilla en la corrida de Pascua parecía
haber circulado por toda España. Los enemigos se vengaban de largos años
de envidia. Los compañeros profesionales, a los que había empujado
muchas veces al peligro por exigencias de la emulación, propagaban con
hipócritas expresiones de lástima la decadencia de Gallardo. ¡Se acabó
el valor! La última cogida le había hecho demasiado prudente. Y los
públicos, impresionados por estas noticias, fijaban sus ojos en el
torero apenas salía a la plaza, con una predisposición a encontrar malo
todo cuanto hiciese, así como antes le aplaudían hasta en sus defectos.
La veleidad característica de las muchedumbres ayudaba a este cambio de
opinión. La gente estaba fatigada de admirar el valor de Gallardo, y
gozaba ahora apreciando su miedo o su prudencia, como si esto la hiciese
a ella más valerosa.
Nunca creía el público que estaba bastante cerca del toro. «¡Hay que
arrimarse más!» Y cuando él, dominando con un esfuerzo de voluntad su
organismo, que tendía a rehuir el peligro, conseguía matar un toro como
en otros tiempos, la ovación no era igualmente ruidosa. Parecía haberse
roto la corriente de entusiasmo que le unía antes con el público. Sus
escasos triunfos servían para que la gente le abrumase con lecciones y
consejos. «¡Así se mata! ¡Así debes hacer siempre, maulón!»
Los partidarios fieles reconocían sus fracasos, pero los excusaban
hablando de las hazañas realizadas por Gallardo en las tardes de buena
fortuna.
--Se descuida algo--decían--. Está cansado. ¡Pero cuando él quiere!...
--¡Ay! Gallardo quería siempre. ¿Por qué no hacerlo bien, ganando el
aplauso del público?... Pero sus éxitos, que los aficionados creían un
capricho de la voluntad, eran obra del azar o de un conjunto de
circunstancias; la corazonada audaz de los buenos tiempos, que sólo la
sentía ahora muy de tarde en tarde.
En varias plazas de provincia había oído ya silbidos. Las gentes del sol
le insultaban con bramar de cuernos y toques de cencerro cuando se
demoraba en dar muerte a los toros, clavándoles medias estocadas que no
llegaban a hacer doblar las patas a la fiera.
En Madrid, el público «le aguardaba de uña», como él decía. Apenas le
vieron los espectadores de la primera corrida pasar de muleta a un toro
y entrar a matar, estalló el escándalo. ¡Les habían cambiado al «niño»
de Sevilla! Aquel no era Gallardo: era otro. Encogía el brazo, volvía la
cara, corría con una viveza de ardilla, poniéndose fuera del alcance del
toro, sin serenidad para aguardarle a pie firme. Notábase en él una
deplorable disminución de valor y de fuerzas.
La corrida fue un fracaso para Gallardo, y en las tertulias de los
aficionados se habló mucho de este suceso. Los viejos, que encontraban
malo todo lo presente, comentaron la flojedad de los toreros modernos.
Presentábanse con un atrevimiento loco, y apenas sentían en la carne el
contacto del cuerno... ¡se acabaron los hombres!
Gallardo, obligado al descanso por el mal tiempo, aguardaba impaciente
la segunda corrida, con el propósito de realizar grandes hazañas. Le
dolía mucho la herida abierta en su amor propio por las burlas de los
enemigos. Si volvía a provincias con la mala fama de un fracaso en
Madrid, era hombre perdido. El dominaría su nerviosidad, vencería
aquella preocupación que le hacía huir el cuerpo y ver los toros más
grandes y temibles. Considerábase con fuerzas para realizar el mismo
trabajo de otros tiempos. Un poco de flojera en el brazo y en la pierna,
pero esto pasaría.
Su apoderado le habló de una contrata ventajosísima para ciertas plazas
de América. No; él no pasaba ahora los mares. Necesitaba demostrar en
España que era el espada de siempre. Luego ya pensaría en la
conveniencia de hacer este viaje.
Con el ansia del hombre popular que siente quebrantarse su prestigio,
Gallardo exhibíase pródigamente en los lugares frecuentados por las
gentes de la afición. Entraba en el Café Inglés, donde se reunen los
partidarios de los toreros andaluces, y con su presencia evitaba que el
implacable comentario siguiera cebándose en su nombre. El mismo,
sonriente y modesto, iniciaba la conversación, con una humildad que
desarmaba a los más intransigentes.
--Es sierto que no estuve bien, lo reconosco... Pero ya verán ustés en
la prósima corría, así que aclare el tiempo... Se hará lo que se puea.
En ciertos cafés de la Puerta del Sol, donde se reunían otros
aficionados de clase más modesta, no se atrevía a entrar. Eran los
enemigos del toreo andaluz, los madrileños netos, amargados por la
injusticia de que todos los matadores fuesen de Córdoba y Sevilla, sin
que la capital tuviera un representante glorioso. El recuerdo de
_Frascuelo_, al que consideraban hijo de Madrid, perduraba en estas
tertulias con una veneración de santo milagroso. Los había de ellos que
en muchos años no habían ido a la plaza, desde que se retiró el «negro».
¿Para qué? Contentábanse con leer las reseñas de los periódicos,
convencidos de que no había toros, ni siquiera toreros, desde la muerte
de _Frascuelo_. Niños andaluces nada más; bailarines que hacían monadas
con la capa y el cuerpo, sin saber lo que era «recibir» un toro.
De vez en cuando circulaba entre ellos un soplo de esperanza. Madrid iba
a tener un gran matador. Acababan de descubrir a un novillero, hijo de
las afueras, que, después de cubrirse de gloria en las plazas de
Vallecas y Tetuán, trabajaba los domingos en la plaza grande en corridas
baratas.
Su nombre se hacía popular. En las barberías de los barrios bajos
hablaban de él con entusiasmo, profetizándole los mayores triunfos. El
héroe andaba de taberna en taberna bebiendo copas y engrosando el núcleo
de partidarios. Los aficionados pobres que no asistían a las grandes
corridas por ser cara la entrada, y esperaban al anochecer la salida de
_El Enano_ para comentar el mérito de unos lances no vistos, agrupábanse
en torno del futuro maestro, protegiéndolo con la sabiduría de su
experiencia.
--Nosotros--decían con orgullo--conocemos a las «estrellas» del toreo
antes que los ricos.
Pero transcurría el tiempo sin que las profecías se cumpliesen. El héroe
caía víctima de una cornada mortal, sin otro responso de gloria que
cuatro líneas en los periódicos, o se «achicaba» tras una cogida,
quedando convertido en uno de tantos paseantes que exhiben la coleta en
la Puerta del Sol aguardando imaginarias contratas. Entonces los
aficionados volvían los ojos a otros principiantes, esperando con una fe
hebraica la llegada del matador gloria de Madrid.
Gallardo no osaba aproximarse a esta demagogia tauromáquica, que le
había odiado siempre y celebraba su decadencia. Los más de ellos no
iban a verle en el redondel, ni admiraban a ningún torero del presente.
Esperaban su Mesías para decidirse a volver a la plaza.
Cuando vagaba al anochecer por el centro de Madrid, dejábase abordar en
la Puerta del Sol y la acera de la calle de Sevilla por los vagabundos
del toreo que forman corrillos en estos puntos, hablando de sus hazañas
junto a los cómicos sin contrata y murmurando de los maestros con una
rabia de desheredados.
Eran mozos que le saludaban llamándole «maestro» o «señó Juan», muchos
con aire famélico, preparando con tortuosas razones la petición de unas
pesetas, pero bien vestidos, limpios, flamantes, adoptando actitudes
gallardas, como si estuviesen ahitos de los placeres de la existencia, y
luciendo una escandalosa latonería de sortijas y cadenas falsas.
Algunos eran muchachos honrados que pretendían abrirse paso en la
tauromaquia para sostener a sus familias con algo más que el jornal de
un obrero. Otros, menos escrupulosos, tenían fieles amigas que
trabajaban en ocupaciones indeclarables, satisfechas de sacrificar el
cuerpo para la manutención y adecentamiento de un buen mozo que, a creer
en sus palabras, acabaría por ser una celebridad.
Sin más equipo que lo puesto, pavoneábanse de la mañana a la noche en el
centro de Madrid, hablando de contratas que no habían querido admitir y
espiándose unos a otros para saber quién tenía dinero y podía convidar a
los camaradas. Cuando alguno, por un recuerdo caprichoso de la suerte,
conseguía una corrida de novillos en un lugar de la provincia, tenía
antes que redimir el traje de luces, cautivo en una casa de préstamos.
Eran vestímentas venerables que habían pertenecido a varios héroes, con
los dorados opacos y cobrizos; oro de velón, según decían los
inteligentes. La seda abundaba en remiendos, gloriosos recuerdos de
cornadas en las que quedaban al aire faldones y vergüenzas, y estaba
manchada de amarillentos rodales, viles vestigios de las expansiones del
miedo.
Entre este populacho de la tauromaquia, amargado por el fracaso y
mantenido en la obscuridad por la torpeza o el miedo, existían grandes
hombres rodeados de general respeto. Uno que huía ante los toros era
temido por la facilidad con que tiraba de navaja. Otro había estado en
presidio por matar a un hombre de un puñetazo. El famoso
_Tragasombreros_ gozaba los honores de la celebridad luego que una
tarde, en una taberna de Vallecas, se comió un fieltro cordobés frito en
pedazos, con vino a discreción para hacer pasar los bocados.
Algunos de suaves maneras, siempre bien vestidos y recién afeitados, se
apegaban a Gallardo, acompañándole en sus paseos, con la esperanza de
que los invitase a comer.
--A mí me va bien, maestro--decía uno de buen rostro--. Se torea poco,
los tiempos están malos, pero tengo a mi padrino... el marqués: ya lo
conose usté.
Y mientras Gallardo sonreía de un modo enigmático, el torerillo
rebuscaba en sus bolsillos.
--Me apresia mucho... ¡Mie usté qué pitillera me ha traío de París!...
Y mostraba con orgullo la metálica cigarrera, en cuya tapa lucían sus
desnudeces unos angelitos esmaltados sobre una dedicatoria casi amorosa.
Otros buenos mozos, de aire arrogante, que parecían proclamar en sus
ojos atrevidos el orgullo de su virilidad, entretenían alegremente al
espada con el relato de sus aventuras.
En las mañanas de sol iban de cacería a la Castellana, a la hora en que
las institutrices de casa grande sacan a pasear a los niños. Eran
_misses_ inglesas, _frauleins_ alemanas, que acababan de llegar a Madrid
con la cabeza repleta de concepciones fantásticas sobre este país de
leyenda, y al ver a un buen mozo de cara afeitada y ancho fieltro, le
creían inmediatamente torero... ¡Un novio torero!
--Son unas gachís sosas como el pan sin sá, ¿sabe usté, maestro? La pata
grande, el pelo de cáñamo; pero se traen sus cosas, ¡vaya si se las
traen!... Y como apenas camelan lo que uno las dise, too es reír y
enseñar los piños, que son mu blancos, y abrir los ojasos... No hablan
cristiano, pero entienden cuando se les hase la seña del parné; y como
uno es un cabayero y grasia a Dió quea siempre bien, dan pa tabaco y pa
otras cosas, y se va viviendo. Yo yevo ahora tres entre manos.
Y el que así hablaba enorgullecíase de su guapeza incansable, que iba
devorando los ahorros de las institutrices.
Otros dedicábanse a las extranjeras de los _music-halls_, bailarinas y
cupletistas que llegaban a España con el ansia de conocer desde el
primer día las dulzuras de «un novio _togego_». Eran francesas
vivarachas, de naricilla empinada y corsé plano, que en su espiritual
delgadez apenas si podían ofrecer algo tangible entre la rizada col de
su faldamenta perfumada y susurrante; alemanas de carnes macizas,
pesadas, imponentes y rubias como walkyrias; italianas de pelo negro y
aceitoso, con la tez de morena verdosidad y la mirada trágica.
Los torerillos reían recordando sus primeras entrevistas a solas con
estas devotas entusiastas. La extranjera temía siempre ser engañada,
como si la desconcertase ver que el héroe legendario resultaba un hombre
como los demás. ¿Realmente era _togego_?... Y le buscaba la coleta,
sonriendo satisfecha de su astucia cuando sentía entre las manos el
peludo apéndice, que equivalía a un testimonio de identificación.
--Usté no sabe lo que son esas hembras, maestro. Se pasan la noche besa
que te besa, con la coleta en la boca, como si uno no tuviese na de
mejor... ¡Y unos caprichos! Pa darles gusto tie uno que saltá de la cama
a los medios de la habitasión y explicarles cómo se torea, poniendo
acostá una silla, dándola capotasos con una sábana y clavando
banderillas con los deos... ¡la mar! Y aluego, como son unas gachís que
van por er mundo sacándole los reaños a too cristiano que se aserca a
ellas, empiesan las petisiones en su media lengua, que ni Dios las
entiende. «Novio _togego_, ¿me regalarías una capa de las tuyas, toda
bordá de oro, pa lucirla cuando salga a bailar?» Ya ve usté, maestro,
las tragaeras de esas niñas. ¡Como si las capas se comprasen lo mismo
que compra uno un periódico! ¡Como si las tuviese uno a ocenas!...
Prometía la capa el torerillo con generosa arrogancia. Los toreros todos
son ricos. Y mientras llegaba el vistoso regalo, iba estrechándose la
intimidad; y el «novio» hacía empréstitos a su amiga; y si no tenía
dinero, la empeñaba una joya; y a impulsos de la confianza, iba
guardándose lo que encontraba al alcance de su mano, y cuando ella
pretendía salir del ensueño amoroso, protestando de tales libertades, el
buen mozo demostraba la vehemencia de su pasión y volvía por sus
prestigios de héroe legendario dándola una paliza.
Gallardo se regocijaba con este relato, especialmente al llegar al
último punto.
--¡Así!... ¡haces bien!--decía con una alegría salvaje--. ¡Duro con esas
gachís! Tú las conoses. Así te querrán más. Lo peó que le pué pasar a
un cristiano es achicarse con ciertas mujeres. El hombre debe haserse
respetá.
Admiraba ingenuamente la falta de escrúpulos de estos mozos, que vivían
de poner a contribución las ilusiones de las extranjeras de paso, y se
compadecía a él mismo recordando sus debilidades con cierta mujer.
A estas distracciones que le ofrecía el trato con algunos torerillos
uníase la pegajosidad de cierto entusiasta que le perseguía con sus
súplicas. Era un tabernero de las Ventas, gallego, de recia musculatura,
corto de pescuezo y rubicundo de color, que había hecho una pequeña
fortuna en su tienda, donde bailaban los domingos criadas y soldados.
No tenía mas que un hijo, y este muchacho, pequeño de cuerpo y de
contextura débil, estaba destinado por su padre a ser una de las grandes
figuras de la tauromaquia. El tabernero, gran entusiasta de Gallardo y
de todos los espadas de fama, lo había decidido así.
--El chico vale--decía--. Ya sabe usted, señor Juan, que yo entiendo
algo de estas cosas. Me tiene a mí, que llevo gastado un porción de
dinero por darle carrera, pero necesita un padrino si ha de ir adelante,
y nadie mejor que usted. ¡Si usted quisiera dirigir una novillada en la
que matase el chico!... Iría la mar de gente: yo correría con todos los
gastos.
Esta facilidad para «correr con los gastos», ayudando al chico en su
carrera, había ocasionado grandes pérdidas al tabernero. Pero seguía
adelante, sintiéndose alentado por el espíritu comercial, que le hacía
sobrellevar los fracasos con la esperanza de enormes ganancias cuando su
hijo fuese un matador de cartel.
El pobre muchacho, que en sus primeros años había manifestado aficiones
al toreo, como la mayoría de los chicuelos de su clase, veíase ahora
prisionero del entusiasmo del padre. Este había creído seriamente en su
vocación, descubriendo cada día nuevas facultades en él. Su apocamiento
de ánimo era tomado como pereza; su miedo, como falta de vergüenza
torera. Una nube de parásitos, aficionados sin profesión, toreros
obscuros que no guardaban de su pasado otro recuerdo que la coleta,
agitábase en torno del tabernero, bebiendo gratuitamente y solicitando
pequeños préstamos a cambio de sus consejos. Todos juntos formaban con
el padre una asamblea deliberante, sin otro objeto que dar a conocer al
público la «estrella» del toreo perdida en la obscuridad de las Ventas.
El tabernero, prescindiendo de consultar a su hijo, organizaba corridas
en las plazas de Tetuán y Vallecas, siempre «corriendo con los gastos».
Estas plazas de las afueras estaban abiertas a todos los que sentían el
deseo de ser corneados o pateados por un toro a la vista de unos cuantos
centenares de espectadores. Pero los golpes no eran gratuitos. Para
rodar por la arena, con los calzones rotos, manchado de sangre y de
boñiga, había que pagar el valor de los asientos de la plaza,
encargándose el mismo diestro o su representante de colocar los
billetes.
El padre entusiasta llenaba la plaza de amigos, repartiendo las entradas
entre los compañeros del gremio y gentes pobres de la «afición». Además,
pagaba espléndidamente a los que formaban cuadrilla con su hijo, peones
y banderilleros reclutados entre la gente de coleta que vagabundea por
la Puerta del Sol, los cuales toreaban en traje de calle, mientras el
espada mostrábase deslumbrante con su vestido de lidia. ¡Todo por la
carrera del chico!
--¡Tiene un traje de luces nuevo, que se lo ha hecho el mejor sastre, el
que viste a Gallardo y a otros matadores! Siete mil reales me cuesta.
¡Me parece que con esto cualquiera se luce!... Me tiene además a mí, que
soy capaz de gastarme hasta la última peseta para que haga carrera. ¡Si
muchos tuviesen un padre como yo!...
Quedábase el tabernero entre barreras durante la corrida, animando al
espada con su presencia y con los ademanes de un grueso garrote que no
le abandonaba nunca. Cuando el muchacho descansaba junto a la valla,
veía aparecer como un fantasma de terror la cara mofletuda y roja de su
padre y la cabeza del grueso palo.
--¿Para eso me gasto yo el dinero? ¿Para qué estés ahí dándote aire como
una señorita? ¡Ten vergüenza torera, ladrón! Sal a los medios y lúcete.
¡Ay, si yo tuviese tus años y no estuviese tan pesao!...
Cuando el muchacho quedaba ante el novillo empuñando muleta y estoque,
con la cara pálida y las piernas temblorosas, el padre iba siguiéndole
en sus evoluciones por detrás de la barrera. Estaba siempre ante sus
ojos, como un maestro amenazador, pronto a corregir el más leve descuido
en la lección.
Lo que más temía el pobre diestro, encerrado en su traje de seda roja
con grandes golpes de oro, era el regreso a casa en las tardes que su
padre fruncía el ceño, mostrándose descontento.
Entraba en la taberna tapándose con el rico y deslumbrante capote los
fragmentos de camisa que se le escapaban por las roturas del calzón,
doliéndole aún los huesos a causa de los revolcones que le había dado el
novillo. La madre, mujer fuerte y mal encarada, corría a él con los
brazos abiertos, conmovida por la emocionante espera durante toda la
tarde.
--¡Aquí tienes a este morral!--bramaba el tabernero--. Ha estao hecho
un maleta. ¡Y para esto me gasto yo el dinero!...
Levantábase iracundo el temible garrote, y el hombre vestido de seda y
oro, el que había asesinado poco antes a dos pequeñas fieras, intentaba
huir, ocultando la cara tras un brazo, mientras la madre se interponía
entre los dos.
--Pero ¿no ves que viene herido?
--¡Herido!--exclamaba el padre con amargura, lamentando que no fuese
cierto--. Eso es para los toreros de verdá. Echale unos puntos a la
taleguilla y veas de lavarla... ¡A saber cómo la habrá puesto este
ladrón!
Pero a los pocos días, el tabernero recobraba su confianza. Una mala
tarde cualquiera la tiene. Matadores famosos había visto él quedar en
público tan mal como su chico. ¡Adelante con la carrera! Y organizaba
corridas en las plazas de Toledo y Guadalajara, apareciendo como
empresarios amigos suyos, pero «corriendo él con los gastos» como
siempre.
Su novillada en la plaza grande de Madrid fue, según el tabernero, de
las más famosas que se habían visto. El espada, por una casualidad, mató
medianamente dos novillos, y el público, que en su mayor parte había
entrado gratis, aplaudió al niño del tabernero.
A la salida apareció el padre capitaneando una ruidosa tropa de golfos.
Acababa de recoger a todos los que vagaban por los alrededores de la
plaza y a los que se habían colado en ella aprovechando la falta de
vigilancia en las puertas. El tabernero era hombre formal en sus tratos.
Cincuenta céntimos por cabeza, pero con la obligación de gritar todos,
hasta ponerse roncos, «¡viva el _Manitas_!», y llevar en hombros al
glorioso novillero apenas saliese del redondel.
El _Manitas_, trémulo aún por los recientes peligros, se vio rodeado,
empujado, levantado en alto por la ruidosa pillería, y así marchó
llevado en triunfo desde la plaza a las Ventas, por el final de la calle
de Alcalá, seguido de las miradas curiosas de la gente de los tranvías
que cortaban irrespetuosamente la gloriosa manifestación. El padre
marchaba satisfecho, con el garrote bajo el brazo, fingiéndose ajeno a
este entusiasmo; pero cuando amainaba el griterío, corría a la cabeza
del grupo, olvidando toda prudencia, con la rabia de un comerciante a
quien no le dan el género que le corresponde por su dinero. El mismo
daba la señal: «¡Viva el _Manitas_!» Y la ovación reanimábase con
fuertes bramidos.
Habían pasado muchos meses, y el tabernero conmovíase aún recordando el
suceso.
--Me lo trajeron a casa en hombros, señor Juan, lo mismo que a usted lo
han llevado muchas veces, aunque sea mala la comparación. Ya ve usted si
valdrá el chico... Sólo le falta un arrimo: que usted le eche una mano.
Y Gallardo, para librarse del tabernero, le contestaba con vagas
promesas. Tal vez aceptase lo de dirigir la novillada. Ya se decidiría
más adelante: quedaba mucho tiempo hasta el invierno.
Una tarde, al anochecer, el espada, entrando en la calle de Alcalá por
la Puerta del Sol, dio un paso atrás a impulsos de la sorpresa. Una
señora rubia bajaba de un carruaje a la puerta del Hotel de París...
¡Doña Sol! Un hombre que parecía extranjero le daba la mano, ayudándola
a descender, y luego de hablar algunas palabras se alejó, mientras ella
penetraba en el hotel.
Era doña Sol. El torero no dudaba de su identidad. Tampoco dudaba del
carácter de las relaciones que debían unirla con aquel extranjero, luego
de ver sus miradas y la sonrisa con que se despidieron. Así le miraba a
él, así le sonreía en la época feliz, cuando cabalgaban juntos en las
desiertas campiñas iluminadas de suave carmín por el sol moribundo.
«¡Mardita sea!...»
Pasó malhumorado la noche con unos amigos, luego durmió mal, viendo
reproducidas muchas escenas del pasado. Cuando se levantó entraba por
los balcones la luz opaca y lívida de un día triste. Llovía, yendo
acompañada el agua de copos de nieve. Todo era negro: el cielo, las
paredes de enfrente, un alero goteante que alcanzaba a ver, el pavimento
fangoso de la calle, los techos de los coches brillantes como espejos,
las cúpulas movibles de los paraguas.
Las once. ¡Si fuese a ver a doña Sol! ¿Por qué no? La noche anterior
había desechado este pensamiento con cierta cólera. Era «rebajarse».
Había huido de él sin explicación alguna, y luego, al saberle en peligro
de muerte, apenas se había interesado por su salud. Un simple telegrama
en los primeros momentos, y luego nada: ni una mala carta de unas
cuantas líneas, ella que con tanta facilidad escribía a los amigos. No,
no iría a verla. El era muy hombre...
Pero a la mañana siguiente su voluntad parecía ablandada durante el
sueño. «¿Por qué no?», volvió a preguntarse. Necesitaba verla otra vez.
Era para él la primera mujer entre todas las que había conocido; le
atraía con una fuerza distinta al afecto sentido por las otras. «La
tengo ley», se dijo el torero, reconociendo su debilidad... ¡Ay! ¡cómo
había sentido la violenta separación!...
La cogida atroz en la plaza de Sevilla cortó, con la rudeza del dolor
físico, su despecho amoroso. La enfermedad y luego su tierna
aproximación a Carmen durante la convalecencia le habían hecho
resignarse con su desgracia. ¿Pero olvidar?... Eso nunca. Había hecho
esfuerzos por no acordarse del pasado; pero la más insignificante
circunstancia, el paso por un camino en el que había galopado junto a la
hermosa amazona, el encuentro en la calle con una inglesa rubia, el
trato con aquellos señoritos de Sevilla que eran sus parientes, todo
resucitaba la imagen de doña Sol. ¡Ay, esta mujer!... No encontraría
otra como ella. Al perderla, creía Gallardo haber retrocedido en su
existencia. Ya no era el mismo. Creía estar algunos peldaños más abajo
en la consideración social. Hasta atribuía a este abandono los fracasos
en su arte. Cuando la tenía a ella, era más valiente. Al irse la _gachí_
rubia, había comenzado la mala suerte para el torero. Si ella volviese,
seguramente que renacerían los tiempos de gloria. Su ánimo, sostenido
unas veces y agobiado otras por los espejismos de la superstición, creía
esto firmemente.
Tal vez su deseo de verla fuese una corazonada feliz, igual a las que
tantas veces le habían salvado en el redondel. ¿Por qué no?... El tenía
en su persona una gran confianza. Los fáciles triunfos con mujeres
deslumbradas por el éxito le hacían creer en el encanto irresistible de
su persona. Podía ser que doña Sol, al verle tras larga ausencia...
¡quién sabe!... La primera vez que se encontraron a solas así fue.
Y Gallardo, seguro de su buena estrella, con la tranquilidad arrogante
de un hombre de fortuna que forzosamente ha de despertar el deseo allí
donde fije sus ojos, marchó al Hotel de París, situado a corta distancia
del suyo.
Tuvo que esperar más de media hora en un diván, bajo la mirada curiosa
de los empleados y los huéspedes, que volvieron la cara al oír su
nombre.
Un criado le invitó a entrar en el ascensor, conduciéndolo a un
saloncillo del primer piso, al través de cuyos balcones veíase la Puerta
del Sol, obscura, con los techos de las casas negros, las aceras
invisibles bajo las encontradas corrientes de los paraguas, y la plaza
de luciente asfalto surcada por coches veloces, a los que parecía
fustigar la lluvia, o por tranvías que se cruzaban en todas direcciones
con un incesante campaneo que avisaba a los transeúntes, sordos bajo el
abrigo de las cúpulas de tela.
Se abrió una puertecita disimulada en el papel de la pared, y apareció
doña Sol entre susurros de seda, con un intenso perfume de carne fresca
y rubia, en todo el esplendor del verano de su existencia.
Gallardo la devoraba con los ojos, abarcándola por entero con la
exactitud de un buen conocedor que no olvida detalles. ¡Lo mismo que en
Sevilla!... No; más hermosa tal vez, con la tentación de una larga
ausencia.
Se presentaba en elegante abandono, vistiendo una túnica exótica y con
extrañas joyas, lo mismo que la vio él por vez primera en su casa de
Sevilla. Los pies iban metidos en unas babuchas cubiertas de gruesos
dorados, que, al sentarse ella, cruzando las piernas, quedaban como
sueltas, próximas a escaparse de las finas extremidades. Le tendió la
mano, sonriendo con amable frialdad.
--¿Cómo está usted, Gallardo?... Sabía que estaba en Madrid. Le he
visto.
¡Usted!... Ya no usaba su tuteo de gran señora, al que correspondía él
con un tratamiento respetuoso de amante de clase inferior. Este «usted»,
que parecía igualarlos, desesperó al espada. Quería ser a modo de un
siervo elevado por el amor hasta los brazos de la gran señora, y se veía
tratado con la fría y cortés consideración que inspira un amigo vulgar.
Ella explicó cómo había visto a Gallardo, asistiendo a la única corrida
que éste llevaba dada en Madrid. Había ido a los toros con un extranjero
ansioso de conocer las cosas de España, un amigo que la acompañaba en su
viaje, pero vivía en otro hotel.
Gallardo contestó a esto con un movimiento afirmativo de cabeza. Conocía
a aquel extranjero; le había visto con ella.
Quedaron los dos en largo silencio, sin saber qué decirse. Doña Sol fue
la primera en romper esta pausa.
Encontraba al espada de buen aspecto, acordábase vagamente de una gran
cogida que había sufrido: tenía casi la certidumbre de haber
telegrafiado a Sevilla pidiendo noticias. ¡Con aquella vida que llevaba,
de cambio de países y nuevas amistades, tenía en tal confusión sus
recuerdos!... Pero le veía ahora como siempre, y en la corrida le había
parecido arrogante y fuerte, aunque un poco desgraciado. Ella no
entendía mucho de toros.
--¿No fue nada aquella cogida?...
Gallardo se irritó por el acento de indiferencia con que hacía su
pregunta aquella mujer. ¡Y él, cuando se consideraba entre la vida y la
muerte, sólo había pensado en ella!... Con una hosquedad de despecho,
habló de su cogida y de la convalecencia, que había durado todo el
invierno...
Ella le escuchaba con fingido interés, mientras sus ojos revelaban
indiferencia. Nada le importaban las desgracias de aquel luchador...
Eran accidentes de su oficio, que sólo a él podían interesarle.
Gallardo, al hablar de su convalecencia en el cortijo, sintió que por
una similitud de recuerdos venía a su memoria la imagen de un hombre que
habían visto juntos doña Sol y él.
--¿Y _Plumitas_? ¿Se acuerda usté de aquel pobre?... Le mataron. No sé
si lo sabrá usté.
También se acordaba doña Sol vagamente de esto. Lo había leído tal vez
en los periódicos de París, que hablaron mucho del bandido, como un tipo
interesante de la España pintoresca.
--Un pobre hombre--dijo doña Sol con indiferencia--. Apenas me acuerdo
de él como de un campesino zafio y sin interés. De lejos se ven las
cosas en su verdadero valor. Lo que sí recuerdo es el día en que almorzó
con nosotros en el cortijo.
Gallardo hacía también memoria de este suceso. ¡Pobre _Plumitas_! ¡Con
qué emoción se guardó una flor ofrecida por doña Sol!... Porque ella
había dado una flor al bandido al despedirse de él... ¿No se
acordaba?....
Los ojos de doña Sol mostraron un sincero asombro.
--¿Está usted seguro?--preguntó--. ¿Es cierto eso? Le juro que no me
acuerdo de nada... ¡Ay, aquella tierra de sol! ¡La embriaguez de lo
pintoresco! ¡Las tonterías que una hace!...
Sus exclamaciones revelaban cierto arrepentimiento. Luego rompió a reír.
--Y es fácil que aquel pobre gañán guardase la flor hasta el último
momento, ¿verdad, Gallardo? No me diga usted que no. A él no le habrían
regalado una flor en toda su vida... Y es posible también que sobre su
cadáver encontrasen esa flor seca, como un recuerdo misterioso que nadie
ha podido explicarse... ¿No sabe usted algo de esto, Gallardo? ¿No
dijeron nada los periódicos?... Cállese, no diga que no; no desvanezca
mis ilusiones. Así debió ser: quiero que así sea. ¡Pobre _Plumitas_!
¡Qué interesante! ¡Y yo que había olvidado lo de la flor!... Se lo
contaré a mi amigo, que piensa escribir sobre las cosas de España.
El recuerdo de este amigo, que en pocos minutos surgía por segunda vez
en la conversación, entristeció al torero. Quedó mirando fijamente a la
hermosa dama con sus ojos africanos, de una melancolía lacrimosa, que
parecían implorar compasión.
--¡Doña Zol!... ¡Doña Zol!--murmuró con acento desesperado, como si la
reconviniera por su crueldad.
--¿Qué hay, amigo mío?--preguntó ella sonriendo--. ¿Qué le ocurre a
usted?
Permaneció Gallardo en silencio y bajó la cabeza, intimidado por el
reflejo irónico de aquellos ojos claros, temblones con su polvillo de
oro. Luego se irguió como el que adopta una resolución.
--¿Dónde ha estao usté en too este tiempo, doña Zol?...
--Por el mundo--contestó ella con sencillez--. Yo soy ave de paso. En un
sinnúmero de ciudades que usted no conoce ni de nombre.
--¿Y ese extranjero que la acompaña ahora es... es...?
--Es un amigo--dijo ella fríamente--. Un amigo que ha tenido la bondad
de acompañarme, aprovechando la ocasión para conocer España; un hombre
que vale mucho y lleva un nombre ilustre. De aquí nos iremos a
Andalucía, cuando acabe él de ver los museos. ¿Qué más desea usted
saber?...
En esta pregunta, hecha con altivez, se notaba una voluntad imperiosa de
mantener al torero a cierta distancia, de establecer entre los dos las
diferencias sociales. Gallardo quedó desconcertado.
--¡Doña Zol!--gimió con ingenuidad--. Lo que usté ha hecho conmigo no
tié perdón de Dió. Usté ha sío mala conmigo, mu mala... ¿Por qué huyó
sin decir una palabra?
Y se le humedecían los ojos, cerrando los puños con desesperación.
--No se ponga usted así, Gallardo. Lo que yo hice fue un gran bien para
usted... ¿No me conoce aún bastante? ¿No se cansó de aquella
temporada?... Si yo fuese hombre, huiría de mujeres de mi carácter. El
infeliz que se enamore de mí es como si se suicidase.
--Pero ¿por qué se fue usté?--insistió Gallardo.
--Me fui porque me aburría. ¿Hablo claro?... Y cuando una persona se
aburre, creo que tiene derecho a escapar, en busca de nuevas
diversiones. Yo me aburro a morir en todas partes: téngame lástima.
--¡Pero yo la quiero a usté con toa mi arma!--exclamó el torero con una
expresión dramática e ingenua que hubiese hecho reír en otro hombre.
--¡La quiero a usté con toa mi arma!--repitió doña Sol, remedando su
acento y su ademán--. ¿Y qué hay con eso?... ¡Ay, estos hombres
egoístas, que se ven aplaudidos por las gentes y se figuran que todo ha
sido creado para ellos!... «Te quiero con toda mi alma, y esto basta
para que tengas que amarme también...» Pues no, señor. Yo no le quiero a
usted, Gallardo. Es usted un amigo, y nada más. Lo otro, lo de Sevilla,
fue un ensueño, un capricho loco, del que apenas me acuerdo, y que usted
debe olvidar.
El torero se levantó, aproximándose a la dama con las manos tendidas. En
su rudeza no sabía qué decir, adivinando que sus palabras torpes eran
ineficaces para convencer a aquella hembra. Confiaba a la acción, con
una vehemencia de impulsivo, sus deseos y esperanzas, intentando
apoderarse de la mujer, atraerla a él, suprimiendo con el contacto la
frialdad que los separaba.
--¡Doña Zol!--suplicaba tendiendo sus manos.
Pero ella, con un simple revés de su ágil diestra, apartó los brazos del
torero. Un fulgor de orgullo y de cólera pasó por sus ojos, y echó el
busto adelante agresivamente, como si acabase de sufrir un insulto.
--¡Quieto, Gallardo!... Si sigue usted así, no será mi amigo y lo pondré
en la puerta.
El torero pasó de la acción al desaliento, quedando en una actitud
humilde y avergonzada. Así transcurrió un largo rato, hasta que doña Sol
acabó por apiadarse de Gallardo.
--No sea usted niño--dijo--. ¿A qué acordarse de lo que ya no es
posible? ¿Por qué pensar en mí?... Usted tiene a su mujer, que, según me
han dicho, es hermosa y sencilla; una buena compañera. Y si no ella,
otras. Figúrese si habrá mozas guapas allá en Sevilla, de las de mantón
y flores en la cabeza, de aquellas que tanto me gustaban antes, que
mirarán como una felicidad ser amadas por el _Gallardo_... Lo mío se
acabó. A usted le duele en su orgullito de hombre famoso acostumbrado a
los éxitos, pero así es; se acabó: amigo y nada más. Yo soy otra cosa.
Yo me aburro y no vuelvo nunca sobre mis pasos. Las ilusiones sólo duran
en mí una corta temporada, y pasan sin dejar rastro. Soy digna de
lástima, créame usted.
Miraba al torero con ojos de conmiseración, adivinándose en ellos una
curiosidad lastimera, como si le viese de pronto con todos sus defectos
y rudezas.
--Yo pienso cosas que usted no comprendería--continuó--. Me parece usted
otro. El Gallardo de Sevilla era diferente al de aquí. ¿Que es usted el
mismo?... No lo dudo; pero para mí es otro... ¿Cómo explicarle esto?...
En Londres conocí yo a un rajá... ¿Sabe usted lo que es un rajá?
Gallardo movió negativamente la cabeza, sonrojándose de su ignorancia.
--Es un príncipe de la India.
La antigua embajadora recordaba al magnate indostánico, su cara cobriza
sombreada por un bigote negro, su turbante blanco, enorme, con un
brillante grueso y deslumbrador sobre la frente y el resto del cuerpo
envuelto en albas vestiduras, sutiles y múltiples velos, semejantes a
los pétalos de una flor.
--Era hermoso, era joven, me adoraba con sus ojos misteriosos de animal
de la selva, y yo, sin embargo, lo encontraba ridículo y me burlaba de
él cada vez que balbuceaba en inglés uno de sus cumplimientos
orientales... Temblaba de frío, le hacían toser las brumas, movíase como
un pájaro bajo la lluvia, agitando sus velos lo mismo que si fuesen alas
mojadas... Cuando me hablaba de amor, mirándome con sus ojos húmedos de
gacela, me daban ganas de comprarle un gabán y una gorra para que no
temblase más. Y sin embargo, reconozco que era hermoso y que podía haber
hecho la felicidad por unos cuantos meses de una mujer ansiosa de algo
extraordinario. Era cuestión de ambiente, de escena... Usted, Gallardo,
no sabe lo que es eso.
Y doña Sol quedaba pensativa recordando al pobre rajá, siempre
tembloroso de frío, con sus vestiduras ridículas, bajo la luz brumosa de
Londres. Le veía con la imaginación allá en su país, transfigurado por
la majestad del poder y la luz del sol. Su tez cobriza, con los reflejos
verdosos de la vegetación tropical, tomaba un tono de bronce artístico.
Le veía montado en su elefante de parada, de largas gualdrapas de oro
que barrían el suelo, escoltado por belicosos jinetes y esclavos
portadores de braserillos con perfumes; el grueso turbante coronado de
blancas plumas con piedras preciosas; el pecho cubierto de placas de
brillantes; la cintura ceñida por una faja de esmeraldas, de la que
pendía una cimitarra de oro; y en torno de él bayaderas de pintados ojos
y duros senos, tigres domesticados, bosques de lanzas; y en último
término pagodas de múltiples techos superpuestos, con campanillas que
exhalaban misteriosas sinfonías al más leve soplo de la brisa, palacios
de fresco misterio, espesuras verdes, en cuya penumbra saltaban y
rampaban animales feroces y multicolores... ¡Ay, el ambiente! Viendo así
al pobre rajá, soberbio como un dios, bajo un cielo seco de intenso
azul, y entre los esplendores de un sol ardiente, no se le hubiera
ocurrido regalarle un gabán. Era casi seguro que ella misma habría ido
hacia sus brazos, entregándose como una sierva de amor.
--Usted me recuerda al rajá, amigo Gallardo. Allá en Sevilla, con su
traje de campo y la garrocha al hombro, estaba usted muy bien. Era un
complemento del paisaje. ¡Pero aquí!... Madrid se ha europeizado mucho:
es una ciudad como las demás. Ya no hay trajes populares. Los pañolones
de Manila apenas se ven fuera de los escenarios. No se ofenda usted,
Gallardo; pero, no sé por qué, me recuerda usted al indio.
Miraba al través de los cristales el cielo lluvioso y triste, la plaza
mojada, los copos sueltos de nieve, la muchedumbre que transcurría a
paso acelerado bajo los paraguas chorreantes. Luego volvía su vista al
espada, fijándose con extrañeza en el mechón de pelo tendido sobre el
cráneo, en su peinado y su sombrero, en todos los detalles reveladores
de la profesión, que contrastaban con su traje elegante y moderno.
El torero estaba, para doña Sol, fuera de «su marco». ¡Ay, aquel Madrid
lluvioso y triste! Su amigo, que venía con la ilusión de una España de
eterno cielo azul, estaba desalentado. Ella misma, al ver en la acera
inmediata al hotel los grupos de torerillos de apostura gallarda,
pensaba inevitablemente en los animales exóticos llevados desde países
solares a los jardines zoológicos de luz gris y cielo lluvioso. Allá en
Andalucía era Gallardo el héroe, producto espontáneo de un país de
ganaderías. Aquí le parecía un cómico, con su cara afeitada y sus
ademanes de _cabotin_ acostumbrado al homenaje público: un cómico que en
vez de dialogar con sus iguales despertaba el escalofrío trágico
luchando con fieras.
¡Ay, el espejismo seductor de los países de sol! ¡La embriaguez engañosa
de la luz y los colores!... ¡Y ella había podido sentir un amor de unos
cuantos meses por aquel mozo rudo y grosero, y había celebrado como
rasgos ingeniosos las torpezas de su ignorancia, y hasta le exigía que
no abandonase sus costumbres, que oliera a toro y a caballo, que no
borrase con perfumes la atmósfera de fiera animalidad que envolvía a su
persona!... ¡Ay, el ambiente! ¡A qué locuras impulsa!...
Recordaba el peligro en que se había visto de perecer destrozada bajo
los cuernos de un toro. Luego, su almuerzo con un bandolero, al que
había escuchado estupefacta de admiración, acabando por darle una flor.
¡Qué tonterías! ¡Y qué lejos lo veía ahora todo!
De este pasado, que le hacía sentir el arrepentimiento del ridículo,
sólo quedaba aquel mocetón inmóvil ante ella, con ojos suplicantes y un
empeño infantil de resucitar tales tiempos... ¡Pobre hombre! ¡Como si
las locuras pudieran repetirse cuando se piensa en frío y falta la
ilusión, ceguera encantadora de la vida!...
--Todo se acabó--dijo la dama--. Hay que olvidar lo pasado, ya que
cuando lo vemos por segunda vez no se presenta con los mismos colores.
¡Qué diera yo por tener los ojos de antes!... Al volver a España la
encuentro otra. Usted también es diferente de como le conocí. Hasta me
pareció el otro día, viéndole en la plaza, que era menos atrevido... que
la gente se entusiasmaba menos.
Dijo esto sencillamente, sin malicia; pero Gallardo creyó adivinar en su
voz cierta burla, y bajó la cabeza, al mismo tiempo que se coloreaban
sus mejillas.
«¡Mardita sea!» Las preocupaciones profesionales resurgieron en su
pensamiento. Todo lo malo que le ocurría era porque no se «arrimaba»
ahora a los toros. Ya se lo decía ella claramente. Le veía «como si
fuese otro». Si volviese a ser el Gallardo de los antiguos tiempos, tal
vez le recibiría mejor. Las hembras sólo aman a los valientes.
Y el torero se engañaba con estas ilusiones, tomando lo que era un
capricho muerto para siempre por momentáneo desvío que él podía vencer
en fuerza de proezas.
Doña Sol se levantó. La visita resultaba larga, y el torero no parecía
dispuesto a marcharse, contento de permanecer cerca de ella, confiando
vagamente en una combinación del azar que los aproximase.
Gallardo tuvo que imitarla. Ella excusó su resolución con la necesidad
de salir. Esperaba a su amigo: tenían que ir juntos al Museo del Prado.
Luego le invitó a almorzar para otro día. Un almuerzo de confianza en
sus habitaciones. Vendría el amigo. Indudablemente sería de su gusto ver
de cerca a un torero. Apenas hablaba castellano, pero le placería
conocer a Gallardo.
El espada apretó su mano, contestando con palabras incoherentes, y salió
de la habitación. La ira enturbiaba su vista: le zumbaban los oídos.
¡Así le despedía, fríamente, como a un amigo importuno! ¡Y aquella mujer
era la misma de Sevilla!... ¡Y le convidaba a almorzar con su amigo,
para que éste se recrease examinándolo de cerca como un bicho raro!...
¡Maldita sea! El era muy hombre... Se acabó. No volvería a verla.