VII

Al llegar Semana Santa, Gallardo dio una gran alegría a su madre.

En años anteriores salía el espada en la procesión de la parroquia de

San Lorenzo, como devoto de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder,

vistiendo túnica negra de alta caperuza con una máscara que sólo dejaba

visible los ojos.

Era la cofradía de los señores, y el torero, al verse camino de la

fortuna, ingresó en ella, huyendo de las cofradías populares, en las que

la devoción iba acompañada de embriaguez y escándalo.

Gallardo hablaba con orgullo de la seriedad de esta asociación

religiosa. Todo puntual y bien disciplinado, lo mismo que en el

ejército. Cuando, en la noche del Jueves Santo, el reloj de San Lorenzo

daba el segundo golpe de las dos de la madrugada, abríanse

instantáneamente las puertas y aparecía ante los ojos de la muchedumbre

agolpada en la obscuridad de la plaza todo el interior del templo lleno

de luces y con la cofradía formada.

Los negros encapuchados, silenciosos y lúgubres, sin otra vida que el

brillo de los ojos al través de la sombría máscara, avanzaban de dos en

dos con lento paso, guardando un ancho espacio entre pareja y pareja,

empuñando el hachón de lívida llama y arrastrando por el suelo la larga

cola de sus túnicas.

La multitud, con esa impresionabilidad fácil de los pueblos

meridionales, contemplaba absorta el paso de los encapuchados, a los que

llamaba «nazarenos», máscaras misteriosas que eran tal vez grandes

señores, llevados por la devoción tradicional a figurar en este desfile

nocturno que acababa luego de salido el sol.

Era una cofradía de silencio. Los «nazarenos» no podían hablar, y

marchaban escoltados por guardias municipales, cuidadosos de que los

importunos no se llegasen a ellos para molestarles. Abundaban los

borrachos en la multitud. Vagaban por las calles devotos incansables

que, en memoria de la Pasión del Señor, comenzaban a pasear su

religiosidad de taberna en taberna el Miércoles Santo, y no terminaban

sus estaciones hasta el sábado, en que los recogían definitivamente,

después de haber dado innumerables caídas en todas las callejuelas, que

eran para ellos otras tantas calles de Amargura.

Cuando los cofrades, obligados al silencio bajo pena de pecado,

marchaban solos en la procesión, estos impíos, a quienes el vino quitaba

todo escrúpulo moral, colocábanse junto a ellos, murmurando en sus oídos

las más atroces injurias contra sus incógnitas personas y contra sus

familias, que no conocían. El «nazareno» callaba y sufría, devorando los

insultos y ofreciéndolos como un sacrificio al Señor del Gran Poder.

Pero el moscón, enardecido por esta mansedumbre, redoblaba su zumbido

injurioso; hasta que al fin la sagrada máscara pensaba que, aunque el

silencio era obligatorio, no lo era la acción, y sin hablar palabra

levantaba el cirio, dando con él varios golpes al borracho que turbaba

el santo recogimiento de la ceremonia.

En el curso de la procesión, cuando los portadores de los «pasos»

necesitaban descanso y quedaban inmóviles las pesadas plataformas de las

imágenes cargadas de faroles, bastaba un leve siseo para que los

encapuchados se detuviesen, permaneciendo las parejas frente a frente,

con el blandón apoyado en un pie, mirando al gentío con sus ojos

misteriosos al través del antifaz. Eran tétricos personajes escapados de

un auto de fe, mascarones cuyas colas negras parecían esparcir en su

arrastre perfumes de incienso y hedor de hoguera. Sonaban los lamentos

de cobre de las largas trompetas, rasgando el silencio de la noche.

Sobre las puntas de las caperuzas movíanse con la brisa los pendoncillos

de la cofradía, rectángulos de terciopelo negro con franjas de oro y

bordado en ellos el anagrama romano S. P. Q. R., para recordar la

intervención del Procurador de Judea en la muerte del Justo.

Avanzaba el «paso» de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, una pesada

plataforma de labrado metal, con faldas de terciopelo negro que rozaban

el suelo, ocultando los pies de los veinte hombres sudorosos y casi

desnudos que marchaban debajo sosteniéndola. Cuatro grupos de faroles

con ángeles de oro brillaban en los ángulos, y en su centro encogíase

Jesús, un Jesús trágico, doloroso, sanguinolento, coronado de espinas,

agobiado bajo el peso de la cruz, la faz cadavérica y los ojos

lacrimosos, vestido con amplia túnica de terciopelo cubierta de flores

de oro, hasta el punto de que la rica tela apenas se distinguía como

débil arabesco entre las complicadas revueltas del bordado.

La presencia del Señor del Gran Poder provocaba un suspiro de centenares

de pechos.

--¡Pare Josú!--murmuraban las viejas, fijos los ojos en la imagen con

hipnótica inmovilidad--. ¡Señó der Gran Poer! ¡Acuérdate de nosotros!

Deteníase el «paso» en mitad de la plaza, con su escolta de

inquisitoriales encapuchados, y la devoción del pueblo andaluz, que

confía al canto todos los estados de su alma, saludaba a la imagen con

trinos de pájaro y lamentos interminables.

Una voz infantil de temblona dulzura cortaba el silencio. Era una

mozuela que, avanzando entre la muchedumbre hasta colocarse en primera

fila, lanzaba una «saeta» a Jesús. Los tres versos del canto eran para

el Señor del Gran Poder, «la escultura más divina», y para el escultor

Montañés, compañero de los grandes artistas españoles de la edad de oro.

Esta «saeta» equivalía al primer tiro de un combate, que desata un

estallido interminable de explosiones. Aún no había acabado, y ya

comenzaba a sonar otra en diverso sitio, y otra y otra, como si la plaza

fuese una gran jaula de pájaros locos que, al despertar con la voz de un

compañero, se lanzasen todos a cantar a la vez, en confuso desorden. Las

voces de varón, graves y roncas, unían su sombrío tono a los gorgoritos

femeniles. Todos cantaban con los ojos fijos en la imagen, como si

estuviesen solos ante ella, olvidados de la muchedumbre que los rodeaba,

sordos a las otras voces, sin perderse ni vacilar en los complicados

gorjeos de la «saeta», que cortaban y confundían desarmónicamente las

vocalizaciones de los demás. Escuchaban inmóviles los encapuchados,

mirando a Jesús, que acogía estos trinos sin dejar de lagrimear bajo el

peso del madero y el punzante dolor de las espinas; hasta que el

conductor del «paso», dando por terminada la detención, golpeaba un

timbre de plata en la delantera de la plataforma. «¡Arriba!» El Señor

del Gran Poder, tras algunos vaivenes, se hacía más alto, y comenzaban a

moverse como tentáculos, a ras del suelo, los pies de los invisibles

portadores.

Después venía la Virgen, Nuestra Señora del Mayor Dolor, pues todas las

parroquias sacaban dos «pasos», uno del Hijo de Dios y otro de su Señora

Madre. Bajo un palio de terciopelo temblaba la corona de oro de la

Señora del Mayor Dolor, rodeada de luces. La cola del manto, con una

amplitud de muchos metros, descendía detrás del «paso», abombada por una

especie de miriñaque de madera, mostrando el esplendor de sus bordados

pesadísimos, deslumbrantes, costosos, en los que se había agotado la

habilidad y la paciencia de toda una generación.

Los encapuchados, con sus cirios crepitantes, escoltaban a la Virgen,

temblando el reflejo de sus luces en este manto regio que poblaba el

ambiente de vivos fulgores. Al compás del redoble de los tamboree,

marchaba luego un rebaño de hembras, el cuerpo en la sombra y la cara

enrojecida por la llama de las velas que llevaban en las manos. Eran

viejas con mantilla y los pies descalzos; mozuelas vistiendo trajes

blancos que habían sido destinados a servirlas de mortaja; mujeres que

caminaban trabajosamente, como si arrastrasen sus vientres hinchados por

ocultos y dolorosos desarreglos; todo un batallón de humanidad doliente

escapada de la muerte por bondad del Señor del Gran Poder y su Santísima

Madre, caminando detrás de sus imágenes para cumplir una promesa.

La santa cofradía, después de marchar lentamente por las calles, con

largas detenciones acompañadas de cánticos, entraba en la catedral, que

permanecía toda la noche con las puertas abiertas. El desfile de luces

introducíase en las naves gigantescas de este templo, disparatado por su

extraordinaria grandeza, y sacaba de la obscuridad las enormes pilastras

forradas de terciopelo carmesí con rayas de oro, sin llegar a disipar

las compactas tinieblas de las bóvedas. Los encapuchados desfilaban

como puntiagudos insectos negros en la rojiza claridad de los hachones a

ras del suelo, mientras la noche seguía amasada en lo alto. Salían otra

vez a la luz de las estrellas, abandonando esta obscuridad de cripta, y

el sol acababa por sorprender a la procesión en plena calle, apagando el

resplandor de los cirios, haciendo brillar el oro de las santas

vestiduras y las lágrimas y sudores de agonía de las imágenes.

Gallardo era entusiasta del Señor del Gran Poder y del majestuoso

silencio de su cofradía. ¡Cosa muy seria! De los otros «pasos» era

posible reírse, por la falta de devoción y el desorden de los cofrades;

pero de éste... ¡vamos, hombre!... El sentía un escalofrío de emoción al

contemplar la imagen poderosa de Jesús, «la primera escultura del

mundo», y ver la majestad con que marchaban los encapuchados. Además, en

esta cofradía se trataba uno con gente muy buena.

A pesar de esto, el espada decidió abandonar este año a los del Gran

Poder, para salir con los de la Macarena, que escoltaban a la milagrosa

Virgen de la Esperanza.

La señora Angustias se alegró mucho al conocer su decisión. Bien se lo

debía a la Virgen, por haberle salvado de la última cogida. Además, esto

halagaba sus sentimientos de plebeya sencillez.

--Ca uno con los suyos, Juaniyo. Güeno que te trates con el señorío,

pero piensa que los probes te quisieron siempre, y que ya hablaban

contra ti, creyendo que los desprecias.

Demasiado lo sabía el torero. El tumultuoso populacho que ocupaba en la

plaza de Toros los tendidos de sol comenzaba a mostrar cierta animosidad

contra él, creyéndose olvidado. Le criticaban su trato con las gentes

ricas y el apartamiento de los que habían sido sus primeros

entusiastas. Para evitar esta animosidad, Gallardo valíase de todos los

medios, halagando al populacho con ese servilismo sin escrúpulos de los

que necesitan vivir del aplauso público. Había llamado a los cofrades

más influyentes de la Macarena para manifestarles que iría en la

procesión. Nada de dar la noticia a la gente. El lo hacía como devoto, y

quería que su acto quedase en secreto.

Pero a los pocos días, en todo el barrio no se hablaba de otra cosa, con

un orgullo de vecindad. ¡Y poco hermosa que iba a salir este año la

Macarena!... Despreciaban a los ricos del Gran Poder con su procesión

ordenada y sosa, y se fijaban únicamente en sus rivales del otro lado

del río, los bullangueros de Triana, que tan satisfechos estaban de su

Nuestra Señora del Patrocinio y el Cristo de la Expiración, al que

llamaban el «Santísimo Cachorro».

--Habrá que ve a la Macarena--decían en los corrillos comentando la

decisión del torero--. La señá Angustias va a llená el «paso» de flores.

Lo menos se gasta sien duros. Y Juaniyo va a ponerle a la Virgen toas

sus alhajas. ¡Un capitá!...

Así era. Gallardo reunía todas sus joyas y las de su mujer para que las

luciese la Macarena. En las orejas le pondrían unos pendientes de Carmen

que había comprado el espada en Madrid, invirtiendo en ellos el precio

de varias corridas. Al pecho llevaría una cadena de oro doble del

torero, y pendiente de ella todas sus sortijas y los gruesos botones de

brillantes que se colocaba en la pechera cuando salía a la calle vestido

«de corto».

--¡Josú! ¡Y qué reguapa va a salí nuestra morena!--decían las vecinas

hablando de la Virgen--. El señó Juan corre con todo. Va a rabiá media

Seviya.

El espada, cuando le preguntaban acerca de esto, sonreía modestamente.

El había tenido siempre mucha devoción a la Macarena. Era la Virgen de

los barrios en que había nacido, y además su pobre padre no dejaba

ningún año de ir en la procesión vestido de «armado». Era un honor que

le correspondía a la familia, y a no ser él quien era, se calaría el

casco y empuñaría la lanza, yendo de legionario romano, como habían ido

muchos Gallardos que estaban pudriendo tierra.

Le halagaba esta popularidad devota; quería que todos supiesen en el

barrio su asistencia a la procesión, y al mismo tiempo temía que la

noticia se esparciese por la ciudad. Creía en la Virgen y deseaba

ponerse bien con ella, para los peligros futuros, con devoto egoísmo;

pero temblaba pensando en las burlas de los amigos que se reunían en los

cafés y sociedades de la calle de las Sierpes.

--Me van a tomá er pelo si me conosen--decía--. Hay que viví con too er

mundo.

El Jueves Santo por la noche fue a la catedral con su mujer, para oír el

_Miserere_. El templo, con sus arcos ojivales disparatadamente altos,

estaba sin otra luz que la de unos cirios rojizos colocados en las

pilastras: la necesaria nada más para que la muchedumbre no marchase a

tientas. Tras las rejas de las capillas laterales estaban enjauladas las

gentes de buena posición social, huyendo del contacto con la muchedumbre

sudorosa que se empujaba en las naves.

En la obscuridad del coro brillaban como una constelación de estrellas

rojas las luces destinadas a los músicos y cantores. El _Miserere_ de

Eslava esparcía sus alegres melodías italianas en este ambiente

terrorífico de sombra y misterio. Era un _Miserere_ andaluz, algo

juguetón y gracioso, como el batir de alas de un pájaro, con romanzas

semejantes a serenatas de amor y coros que parecían rondas de

bebedores; la alegría de vivir en un país dulce que hace olvidar a la

muerte y se rebela contra las lobregueces de la Pasión.

Cuando la voz del tenor terminó la última romanza y sus lamentos se

perdieron en las bóvedas apostrofando a la ciudad deicida, «Jerusalén,

Jerusalén», la muchedumbre se esparció, deseando cuanto antes volver a

las calles, que tenían aspecto de teatro con sus focos eléctricos, sus

filas de sillas en las aceras y sus palcos en las plazas.

Gallardo volvió a casa para vestirse de «nazareno». La señora Angustias

había cuidado de su traje con una ternura que la volvía a los tiempos de

la juventud. ¡Ay, su pobrecito marido, que en esta noche cubríase con

sus arreos belicosos, y echándose la lanza al hombro salía a la calle

para no volver hasta el día siguiente, con el casco abollado y el

tonelete perdido de suciedad, luego de acampar con sus hermanos de armas

en todas las tabernas de Sevilla!...

El espada cuidó de sus bajos con una escrupulosidad femenil. Manejaba el

traje de «nazareno» con las mismas atenciones que un vestido de lidia en

tarde de corrida. Se calzó con medias de seda y zapatos de charol.

Púsose el ropón de satén blanco, confeccionado por las manos de su

madre, y sobre éste la alta y puntiaguda caperuza de terciopelo verde,

que descendía sobre sus hombros formando una máscara y se prolongaba

hasta más abajo de las rodillas, a modo de casulla. A un lado del pecho,

el escudo de la cofradía estaba bordado con rica y minuciosa profusión

de colores. El torero se puso unos guantes blancos y agarró el alto

bastón, signo de dignidad en la cofradía: una vara forrada de terciopelo

verde, con contera de plata y rematada por un óvalo del mismo metal.

Eran más de las doce cuando el elegante encapuchado se encaminó a San

Gil, por las calles llenas de gentío. En las blancas paredes de las

casas, las luces de los cirios y las puertas iluminadas de las tabernas

trazaban un reflejo temblón de sombras y resplandores de incendio.

Antes de llegar a la iglesia, Gallardo encontró en la estrecha calle por

donde iba a marchar la procesión la compañía de los «judíos», la tropa

de los «armados», fieros sayones que, impacientes por mostrar su

guerrera disciplina, marcaban el paso sin moverse del sitio, al compás

de un tambor que redoblaba sin cansarse.

Eran mozos y viejos con el rostro encuadrado por las carrilleras

metálicas del casco, un sayo color de vino, las piernas enfundadas en

calzas de algodón que imitaban el rosa de la carne femenil, y altas

sandalias. Al cinto llevaban la espada romana, y para imitar a los

soldados modernos, colgaban de un hombro, a guisa de portafusil, el

cordón que sostenía sus lanzas. Al frente de la compañía ondeaba la

bandera romana con su inscripción senatorial, meciéndose al compás de

los redobles del tamborcillo como todas las filas de legionarios.

Un personaje de suntuosidad imponente contoneábase con la espada en la

mano al frente de este ejército. Gallardo lo reconoció al pasar.

--¡Mardita sea!--dijo riendo bajo su máscara--. No me van a hacé caso.

Ese gachó se lleva toas las parmas esta noche.

Era el capitán _Chivo_, un gitano _cantaor_ que había llegado por la

mañana del mismísimo París, fiel a la disciplina militar, para ponerse

al frente de sus soldados.

Faltar a este llamamiento del deber era renunciar al título de capitán

que ostentaba el _Chivo_ en todos los carteles de los _music-halls_ de

París donde cantaba y bailaba con sus hijas. Eran éstas a modo de

graciosas lagartijas, de donosos movimientos, grandes ojos, una delgadez

algo subida de color y una diabólica movilidad que trastornaba a los

hombres. La mayor había hecho una gran fortuna fugándose con un príncipe

ruso, y los periódicos de París hablaron varios días de la desesperación

del «bravo oficial del ejército español», que deseaba matar, vengando su

honor, y hasta le compararon con Don Quijote. En un teatro del Bulevar

habían dado una opereta sobre el rapto de la gitana, con bailes de

toreros, coros de frailes y demás escenas de exacto colorido local. El

_Chivo_ acabó por transigir con este yerno de la mano izquierda,

admitiendo sus indemnizaciones, y siguió bailando en París con las

niñas, en espera de otro ruso. Su graduación de capitán dejaba

pensativos a muchos extranjeros conocedores exactos de todo lo que

ocurre en el mundo. «¡Ah, España!... País decaído, que no paga a sus

nobles soldados y obliga a los «hidalgos» a exhibir las hijas en las

tablas...»

Al aproximarse la Semana Santa, el capitán _Chivo_ no podía soportar su

alejamiento de Sevilla, y se despedía de las hijas con un gesto de padre

intransigente y severo.

--Niñas: me voy. A ve si son güenas ustés. Que haiga formaliá y

desensia... La compañía me espera. ¿Qué diría si fartase su capitán?...

Y emprendía el viaje de París a Sevilla, pensando con orgullo en su

padre y sus abuelos, que habían sido capitanes de los «judíos» de la

Macarena, y en él mismo, que proporcionaba nueva gloria a esta herencia

de los antepasados.

En un sorteo de la Lotería Nacional había ganado diez mil pesetas, y

toda la cantidad por entero la dedicó a un «uniforme» digno de su

graduación. Las comadres del barrio corrían para contemplar de cerca al

capitán, deslumbrante de bordados de oro, con un coselete de metal

bruñido y un casco del que se derrumbaban en cascada las plumas blancas,

reflejando sobre la limpidez de su acero todas las luces de la

procesión. Era una fantasía suntuaria de pielroja; un traje principesco

tal como lo podría soñar un araucano ebrio. Las mujeres le cogían el

faldellín de terciopelo para admirar de cerca los bordados: clavos,

martillos, espinas, todos los atributos de la Pasión. Sus botas parecían

temblar a cada paso con el brillo de los espejuelos y la pedrería falsa

que las cubrían. Bajo las plumas del casco, que aún hacían más obscura

su tez africana, destacábanse las patillas grises del gitano. Esto no

era militar: el mismo capitán lo confesaba noblemente; pero debía volver

a París, y algo había que concederle al arte.

Torcía la cabeza con belicosa arrogancia, clavando sus ojos de águila en

los legionarios.

--¡A ve! ¡que no se iga de la compañía!... ¡Que haiga desensia y

disiplina!

Y daba sus órdenes al través de las mellas de la dentadura, con la misma

voz ronca y canallesca con que jaleaba el baile de sus niñas en los

tablados.

Avanzaba la compañía marcando el paso cadencioso y lento al compás del

redoblante. En cada calle había varias tabernas, y a la puerta de ellas

alegres compadres con el sombrero echado atrás y el chaleco abierto, que

llevaban perdida la cuenta de las cañas bebidas para olvidar el martirio

y muerte del Señor.

Al ver al imponente guerrero lo saludaban, ofreciéndole de lejos un vaso

lleno de líquido oloroso color de ámbar. El capitán disimulaba su

turbación apartando la vista y poniéndose aún más rígido dentro de su

metálico coselete. ¡Si no estuviese de servicio!...

Alguno más audaz atravesaba la calle para colocarle el vaso bajo la

cascada de plumas, queriendo tentarlo con el perfume; pero el

incorruptible centurión se echaba atrás, presentando la punta de su

espada. El deber era el deber. Este año no sería como otros, en los que

la compañía, a poco de salir, marchaba en desorden, vacilante sobre sus

pies y marcando mal el paso.

Las calles no tardaron en convertirse en vías de Amargura para el

capitán _Chivo_. Sentía calor bajo sus armas; por un poco de vino no iba

a alterarse la disciplina. Y aceptaba una copa, y luego otra, y al poco

rato todo el ejército movíase con las filas incompletas, sembrando el

camino de rezagados que se retardaban en las tabernas del tránsito.

Marchaba la procesión con una lentitud tradicional, deteniéndose horas

enteras en las encrucijadas. No apremiaba el tiempo. Eran las doce de la

noche, y la Macarena no volvería a su casa hasta las doce de la mañana

siguiente, necesitando para recorrer la ciudad más tiempo que para ir de

Sevilla a Madrid.

Primeramente avanzaba el «paso» de la Sentencia de Nuestro Señor

Jesucristo, tablado lleno de figuras representando a Pilatos sentado en

áureo trono, y alrededor de él sayones de multicolores faldellines y

casco empenachado vigilando al triste Jesús, pronto a marchar al

suplicio, con túnica de terciopelo morado cargado de bordados y tres

plumeros de oro que fingían ser rayos de divinidad sobre su corona de

espinas. Con ser este «paso» tan abundante en figuras y prolijo en

adornos, avanzaba sin llamar la atención, como humillado por la vecindad

del que venía detrás: la reina de los barrios populares, la milagrosa

Virgen de la Esperanza, la Macarena.

Cuando salió de San Gil la Virgen de mejillas sonrosadas y largas

pestañas, bajo un palio tembloroso de terciopelo, cabeceando con los

vaivenes de los ocultos portadores, una aclamación ensordecedora surgió

de la muchedumbre que se agolpaba en la plazoleta... Pero ¡qué bonita la

gran señora! ¡No pasaban años por ella!

El manto esplendoroso, inmenso, con grueso bordado de oro que imitaba

las mallas de una red, extendíase por detrás del «paso» como la cola

caída de un gigantesco pavo real. Brillaban sus ojos de vidrio, como si

lagrimeasen de emoción contestando a las aclamaciones de los fieles, y a

este brillo uníase el centelleo de las joyas que cubrían su cuerpo,

formando una nueva armadura de oro y pedrería sobre la de terciopelo

bordado. Eran centenares, eran tal vez millares. Parecía mojada por una

lluvia de gotas luminosas, en las que flameaban todos los colores del

iris. Del cuello pendíanle sartas de perlas, cadenas de oro con docenas

de sortijas enhebradas, que esparcían al moverse mágicos resplandores.

La túnica y el delantero del manto iban chapados de relojes de oro

prendidos con alfileres, pendientes de esmeraldas y brillantes, sortijas

con piedras enormes cual guijarros luminosos. Todos los devotos enviaban

sus joyas para que las luciese en el paseo la Santísima Macarena. Las

mujeres exhibían las manos limpias de adornos en esta noche de religioso

dolor, contentas de que la madre de Dios ostentase unas joyas que eran

su orgullo. El público las conocía, por verlas todos los años, y llevaba

la cuenta, señalando las novedades. Lo que ostentaba la Virgen en el

pecho, pendiente de una cadena, era de Gallardo el torero. Pero otros

compartían con él la admiración popular. Las miradas femeninas devoraban

absortas dos perlas enormes y una hilera de sortijas. Eran de una

muchacha del barrio que se había ido a Madrid dos años antes, y, devota

de la Macarena, volvía para ver la fiesta con un caballero viejo... ¡La

suerte de la niña!...

Gallardo, con la faz cubierta y apoyado en el bastón, signo de

autoridad, marchaba ante el «paso» con los dignatarios de la cofradía.

Otros encapuchados ostentaban en las manos largas trompetas adornadas

con paños verdes de flecos de oro. Llevábanse las boquillas de los

instrumentos a un agujero de sus antifaces, y un trompeteo desgarrador,

un toque de suplicio, cortaba el silencio. Pero este rugido espeluznante

no despertaba eco alguno en las almas haciéndolas pensar en la muerte.

Por los callejones transversales, obscuros y solitarios, venían

bocanadas de brisa primaveral cargada de perfumes de jardín, de olor de

naranjo, de aroma de las flores alineadas en tiestos tras rejas y

balcones. Blanqueaba el azul del cielo con la caricia de la luna, que se

desperezaba sobre el plumón de las nubes, avanzando el rostro entre dos

aleros. El desfile lúgubre parecía marchar contra la corriente de la

Naturaleza, perdiendo a cada paso su fúnebre gravedad. En vano gemían

las trompetas lamentos de muerte, y lloraban los cantores al entonar

sagradas coplas, y marcaban el paso con ceño de verdugos los espantables

sayones. La noche primaveral reía, esparciendo su respiración de

perfumes. Nadie podía acordarse de la muerte.

En torno de la Virgen iban como revuelta tropa los entusiastas

«macarenos», hortelanos de las afueras, con sus mujeres desgreñadas que

arrastraban de la mano una fila de niños, llevándolos de excursión hasta

el amanecer. Mocitos del barrio, con fieltro nuevo y los bucles alisados

sobre las orejas, blandían garrotes con belicoso fervor, como si alguien

se propusiese faltarle al respeto a la hermosa señora y fuera preciso el

auxilio de sus brazos. Iban todos confundidos, aplastándose en las

calles estrechas entre el «paso» enorme y las paredes, pero con los ojos

fijos en los de la imagen, hablándola, lanzando piropos a su hermosura y

su milagroso poder, con la inconsciencia del vino y de su ligero

pensamiento de pájaro.

--¡Olé la Macarena!... ¡La primé Virgen der mundo!... ¡La que le da por

el... pelo a toas la Vírgenes!...

Cada cincuenta pasos deteníase la sagrada plataforma. No había prisa; la

jornada era larga. En muchas casas exigían que se detuviese la Virgen

para verla con detención. Todo tabernero pedía igualmente un descanso a

la puerta del establecimiento, alegando sus derechos de vecino del

barrio.

Un hombre atravesaba la calle dirigiéndose a los encapuchados de los

bastones que iban ante el «paso».

--¡A ve! ¡que paren... que ahí está el primé cantaor der mundo, que quié

echarle una «saeta» a la Virgen!

El primer _cantaor_ del mundo, apoyado en un amigo, con las piernas

temblonas y pasando a otro su vaso, avanzaba hasta la imagen, y luego de

toser, soltaba el torrente de su voz ronca, en la que los gorgoritos

borraban toda claridad a las palabras. Sólo se entendía que cantaba a

«la mare», la madre de Dios, y al frasear esta palabra, su voz adquiría

temblores de emoción, con esa sensibilidad de la poesía popular, que

encuentra sus más sinceras inspiraciones en el amor maternal.

Aún no había llegado el _cantaor_ a mitad de su lenta copla, cuando

sonaba otra voz, y luego otra, como si se entablase un pugilato musical,

y la calle se poblaba de invisibles pájaros, unos roncos, con

estremecimientos de pulmón quebrantado, otros chillones, con alarido

perforante que hacía pensar en un cuello rojo e hinchado próximo a

desgarrarse. Los más de los cantores permanecían ocultos en la

muchedumbre, con la simpleza de una devoción que no necesita ser vista

en sus expansiones; otros, orgullosos de su voz y de su «estilo»,

ansiaban exhibirse, plantándose en mitad del arroyo ante la santa

Macarena.

Muchachas flacas, de lacias faldas y pelo cargado de aceite, cruzaban

las manos sobre el hundido vientre, y fijando sus ojos en los de la gran

señora, cantaban con un hilillo de voz las angustias de la madre al ver

a su hijo chorreando sangre y tropezando en las piedras bajo el peso de

la cruz.

A los pocos pasos, un gitano joven, bronceado, con las mejillas roídas,

oliendo a ropa sucia y a viruelas, quedaba como en éxtasis, con el

sombrero pendiente de las dos manos, y rompía a cantar también a «la

mare», «maresita der arma», «maresita e Dió», admirado por un grupo de

camaradas que aprobaban con la cabeza las bellezas de su «estilo».

Y los tambores seguían redoblando detrás de la imagen, y las trompetas

lanzaban su lamento, y todos cantaban a la vez, mezclando sus voces

discordantes, sin que nadie se confundiese, comenzando y acabando cada

uno su «saeta» sin tropiezo, como si todos fuesen sordos, como si el

fervor religioso los aislase, sin otra vida exterior que la voz de

temblona adoración y los ojos fijos en la imagen con una tenacidad

hipnótica.

Cuando acababan los cantos, prorrumpía el público en aclamaciones de

entusiasmo obsceno, y otra vez era glorificada la Macarena, la hermosa,

la única, la que daba... disgustos a todas las Vírgenes; y el vino

circulaba en vasos a los pies de la imagen, y los más vehementes le

arrojaban el sombrero como si fuese una moza guapa; y no se sabía ya qué

era lo cierto, si el fervor de iluminados con que cantaban a la Virgen

o la orgía ambulante y pagana que acompañaba su tránsito por las calles.

Delante del «paso» iba un mocetón vestido con túnica morada y coronado

de espinas. Sus pies hollaban descalzos las azuladas piedras de las

callejuelas. Marchaba encorvado bajo la pesadumbre de una cruz dos veces

más grande que él, y cuando tras larga detención reanudaba el paso, las

buenas almas ayudábanle a tirar de su carga.

Las mujeres gimoteaban al verle, con una ternura compasiva. ¡Pobrecito!

¡Y con qué santo fervor cumplía su penitencia!... Todos recordaban en el

barrio su crimen sacrílego. ¡El maldito vino, que vuelve locos a los

hombres! Tres años antes, en la mañana del Viernes Santo, cuando ya se

retiraba la Macarena a su iglesia luego de vagar toda la noche por las

calles de Sevilla, este pecador, que era un buen muchacho y andaba desde

el día antes de juerga con los amigos, había hecho detener el «paso»

ante una taberna de la plaza del Mercado. Le cantó a la Virgen, y luego,

poseído de santo entusiasmo, prorrumpió en requiebros. ¡Olé la Macarena

bonita! ¡La quería más que a su novia! Para expresar mejor su fe, quiso

arrojar a sus pies lo que llevaba en la mano, creyendo que era el

sombrero, y un vaso fue a estrellarse en la hermosa faz de la gran

señora. Le llevaron lloriqueando a la cárcel... ¡Si él amaba a la

Macarena como si fuese su madre! ¡Si era el vino maldito, que deja a los

hombres sin saber lo que hacen! Tembló de miedo ante los años de

presidio que le esperaban por desacato a la religión; lloró de

arrepentimiento por su sacrilegio, y al fin, los más indignados acabaron

por influir en su favor, y se arregló todo mediante la promesa de dar

ejemplo a los pecadores con una penitencia extraordinaria.

Arrastraba la cruz sudoroso y jadeante, cambiando la carga de lugar

cuando sentía uno de sus hombros entumecido por la dolorosa pesadumbre.

Las mujeres lloraban con la vehemencia meridional, dramática en sus

manifestaciones. Los camaradas le tenían lástima, y sin osar reírse de

su penitencia, le ofrecían por compasión vasos de vino. Iba a reventarse

de fatiga; necesitaba refrescar; no era por burla, sino por

compañerismo.

Pero él huía los ojos del ofrecimiento, volviéndolos a la Virgen para

tomarla por testigo de su martirio. Ya bebería al día siguiente, sin

miedo alguno, cuando dejase a la Macarena segura en su iglesia.

Estaba el «paso» detenido en una calle del barrio de la Feria, y ya la

cabeza de la procesión había llegado al centro de Sevilla. Los

encapuchados verdes y la compañía de «armados» avanzaban con belicosa

astucia, como un ejército que marcha al asalto. Querían ganar La

Campana, apoderándose con ella de la entrada de la calle de las Sierpes,

antes de que se presentase otra cofradía. Una vez dueña la vanguardia de

esta posición, podría esperar tranquilamente a que llegase la Virgen.

Los «macarenos» todos los años se hacían señores de la famosa calle, y

necesitaban horas enteras para recorrerla, gozándose en las protestas

impacientes de los cofrades de otros barrios, gente inferior, cuyas

imágenes no podían compararse con la de la Macarena, y que por su

insignificancia vivían condenados a aguardar humildemente detrás de

ellos.

Sonó el redoblante de las tropas del capitán _Chivo_ a la entrada de la

calle de la Campana, al mismo tiempo que asomaban por distinto lado los

encapuchados negros de otra cofradía, deseosos igualmente de ganar la

prioridad en el paso. La muchedumbre, curiosa, se agitó entre las

cabezas de las dos procesiones. ¡Bronca!... Los encapuchados negros no

respetaban gran cosa a los «judíos» y a su espantable capitán. Este, por

su parte, tampoco quería salir de su fría altivez. La fuerza armada no

debe mezclarse en las reyertas entre paisanos. Fueron los «macarenos»

que escoltaban a la procesión los que, en nombre de la gloria del

barrio, acometieron a los «nazarenos» negros, chocando palos y cirios.

Corrieron los polizontes, llevándose presos por un lado a dos mozos que

se lamentaban de haber perdido sombreros y bastones, mientras por otro

eran conducidos a una farmacia varios «nazarenos» sin capucha, que se

llevaban las manos a la cabeza con ademán doloroso.

Mientras tanto, el capitán _Chivo_, astuto como un conquistador,

realizaba un movimiento estratégico con sus tropas, ocupando La Campana

hasta la entrada de la calle de las Sierpes, acompañado por el

redoblante, que aceleraba su baqueteo con una alegría ruidosa y

triunfal, entre las aclamaciones de los bravos auxiliares del barrio.

«¡Aquí no ha pasao na! ¡Viva la Virgen de la Macarena!...»

La calle de las Sierpes estaba convertida en un salón, con los balcones

repletos de gentío, focos eléctricos pendientes de cables entre pared y

pared y todos los cafés y tiendas iluminados, con las ventanas

obstruidas de cabezas, y filas de sillas junto a los muros, en los que

se agolpaba la gente subiendo sobre los asientos cada vez que el lejano

trompeteo y el redoblar de los tambores anunciaba la proximidad de un

«paso».

Aquella noche no se dormía en la ciudad. Hasta las viejas de timoratas

costumbres, recluidas siempre en sus viviendas a la hora del rosario,

velaban ahora para contemplar, cerca de la madrugada, el paso de las

innumerables procesiones.

Eran las tres de la mañana y nada indicaba lo avanzado de la hora. La

gente comía en cafés y tabernas. Por las puertas de las freidurías de

pescado se escapaba el tufillo suculento del aceite. En el centro de la

calle estacionábanse los vendedores ambulantes pregonando dulces y

bebidas. Familias enteras que sólo salían a luz en las grandes

festividades estaban allí desde las dos de la tarde, viendo pasar

procesiones y más procesiones; mantos de Virgen, de aplastante

suntuosidad, que arrancaban gritos de admiración por sus metros de

terciopelo; Redentores coronados de oro, con vestimenta de brocado; todo

un mundo de imágenes absurdas, en las que contrastaban los rostros

trágicos, sanguinolentos o lloriqueantes, con las ropas de un lujo

teatral cargadas de riquezas.

Los extranjeros, atraídos por lo extraño de esta ceremonia cristiana,

alegre como una fiesta del paganismo, en la que no había otro gesto de

dolor y tristeza que el de las imágenes, oían los nombres de éstas de

boca de los sevillanos sentados junto a ellos.

Desfilaban los «pasos» del Sagrado Decreto, del Santo Cristo del

Silencio, de Nuestra Señora de la Amargura, de Jesús con la cruz al

hombro, Nuestra Señora del Valle, Nuestro Padre Jesús de las Tres

Caídas, Nuestra Señora de las Lágrimas, el Señor de la Buena Muerte y

Nuestra Señora de las Tres Necesidades; y este desfile de imágenes iba

acompañado de «nazarenos» negros y blancos, rojos, verdes, azules y

violeta, todos enmascarados, guardando bajo las puntiagudas caperuzas su

personalidad misteriosa, de la que sólo se revelaban los ojos al través

de los orificios del antifaz.

Avanzaban las pesadas plataformas lentamente, con gran trabajo, por la

estrechez de la calle. Cuando salían de esta angostura, llegando a la

plaza de San Francisco, frente a los palcos levantados en el palacio del

Ayuntamiento, los «pasos» daban media vuelta hasta quedar de frente las

imágenes, y saludaban con una genuflexión de sus portadores a los

extranjeros ilustres y personas reales venidos para presenciar la

fiesta.

Junto a los «pasos» marchaban mozos con cántaros de agua. Apenas se

detenía el catafalco, alzábase una punta de las faldas de terciopelo que

ocultaban su interior, y aparecían veinte o treinta hombres sudorosos,

purpúreos por la fatiga, medio desnudos, con pañuelos ceñidos a las

cabezas y un aire de salvajes fatigados. Eran los «gallegos», los

conductores forzudos, a los que se confundía, fuese cual fuese su

origen, en esta denominación geográfica, como si los hijos del país no

se creyesen aptos para ningún trabajo constante y fatigoso. Bebían

ávidamente el agua, y si había próxima una taberna, se insubordinaban

contra el director del «paso» reclamando vino. Obligados a permanecer en

este encierro muchas horas, comían agachados y satisfacían otras

necesidades. Muchas veces, al alejarse el santo «paso» tras larga

detención, la muchedumbre reía viendo lo que quedaba al descubierto

sobre el limpio adoquinado, residuos que obligaban a correr con

espuertas a los dependientes municipales.

Este desfile de suntuosidad abrumadora, corriente de movibles patíbulos

con rostros cadavéricos y vestiduras deslumbrantes, prolongábase toda la

noche, frívolo, alegre y teatral. En vano lanzaban los cobres sus

gemidos de muerte, llorando la más ruidosa de las injusticias, la muerte

infamante de un Dios. La Naturaleza no se conmovía, uniéndose a este

dolor tradicional. El río seguía susurrando bajo los puentes,

extendiendo su sábana luminosa entre los silenciosos campos; los

naranjos, incensarios de la noche, abrían sus mil bocas blancas,

esparciendo en el ambiente un olor de carne voluptuosa; las palmeras

mecían sus surtidores de plumas sobre las almenas morunas del Alcázar;

la Giralda, fantasma azul, remontábase devorando estrellas, ocultando un

pedazo de cielo tras su esbelta mole; y la luna, ebria de perfumes

nocturnos, parecía sonreír a la tierra hinchada de savia primaveral, a

los surcos luminosos de la ciudad, en cuyo fondo rojizo agitábase un

hormiguero satisfecho de vivir, que bebía y cantaba, encontrando

pretexto para interminable fiesta en un remota muerte.

Jesús había muerto: por él las mujeres se vestían de negro y los hombres

se disfrazaban con túnicas puntiagudas que les daban aspecto de extraños

insectos; los cobres lo proclamaban con sus quejidos teatrales; los

templos lo decían con su obscuro silencio y los velos lóbregos de sus

puertas... Y el río seguía suspirando con idílico susurro, como si

invitase a sentarse en sus orillas a las parejas solitarias; y las

palmeras mecían sus capiteles sobre las almenas con un vaivén de

indiferencia; y los naranjos exhalaban su perfume de tentación, como si

sólo reconociesen la majestad del amor, que crea la vida y la deleita; y

la luna sonreía impávida; y la torre, azulada por la noche, perdíase en

el misterio de las alturas, pensando tal vez, con la simpleza de alma de

las cosas inanimadas, que las ideas de los hombres cambian con los

siglos, y los que a ella la sacaron de la nada creían en otras cosas.

Se agitó la muchedumbre en la calle de las Sierpes con alegre

curiosidad. Los «pasos» de la Macarena, formando ahora compacta

procesión, avanzaban acompañados de una banda de música. Redoblaban con

furia los tambores, rugían las trompetas, gritaba el bullicioso tropel

de los «macarenos», y la gente subíase en las sillas para ver mejor el

ruidoso y lento desfile.

Inundose el centro de la calle de mozos despechugados que blandían sus

palos dando vivas a la Virgen. Las mujeres, despeinadas y míseramente

vestidas, agitaban sus brazos al verse en el centro de Sevilla, en la

calle de las Sierpes, por donde sólo pasaban de tarde en tarde,

desfilando bajo las miradas curiosas de lo mejor de la ciudad.

Su pobreza ansiaba vengarse en esta noche extraordinaria, y todos ellos

vociferaban dirigiéndose a los cafés llenos de gente acomodada, a los

clubs donde se reunían los señoritos:

--¡Aquí están los macarenos! ¡Que vengan toos a ver lo mejó der mundo!

¡Viva la Virgen!

Algunas hembras tiraban del marido, cabizbajo y con las piernas dobladas

después de tres horas de procesión. ¡A casa!... Pero el vacilante

«macareno» resistíase con voz que olía a vino.

--Ejame, mujé. Antes quieo echale una coplita a la Morena.

Y luego de toser y llevarse la mano a la garganta, fijos los ojos en la

imagen, rompía a cantar con una voz sorda que sólo él podía oír, pues se

perdía con la confusa baraúnda de músicas, gritos, trompetas y

aclamaciones. Una invasión de locura conmovía la estrecha calle, como si

acabase de asaltarla una horda ebria. Cantaban a la vez cien voces, cada

una con distinto ritmo y entonación. Mozos pálidos y sudorosos, como si

fuesen a morir, avanzaban hasta el «paso», con el sombrero perdido, el

chaleco desabrochado, apoyados blandamente en los hombros de los

camaradas, y entonaban una «saeta» con voz de agonizante. A la entrada

de la calle, en las aceras de La Campana, quedaban tendidos de bruces

varios «macarenos», como si fuesen los muertos de esta gloriosa

expedición.

A la puerta de un café, el _Nacional_ contemplaba con toda su familia el

paso de la cofradía. «¡Superstisión y atraso!...» Pero él seguía la

costumbre, viniendo todos los años a presenciar la invasión de la calle

de las Sierpes por los ruidosos «macarenos».

Inmediatamente reconoció a Gallardo, por su esbelta estatura y el garbo

torero con que llevaba la vestimenta inquisitorial.

--Juaniyo, que se etenga er «paso». Hay en er café unas señoras

forasteras que quieren ve bien a la Macarena.

Quedó inmóvil la sagrada plataforma, rompió a tocar la banda de música

una marcha garbosa, de las que alegran al público en la plaza de Toros,

e inmediatamente los ocultos portadores del «paso» comenzaron a levantar

a un tiempo una pierna, luego la otra, ejecutando un baile que hacía

moverse el catafalco con violenta ondulación, empujando a la gente

contra las paredes. La Virgen, con toda su carga de joyas, flores,

farolas, y hasta con el pesado palio, bailaba al son de la música. Era

este un espectáculo que había sido objeto de ensayos, y del que se

mostraban orgullosos los «macarenos». Los buenos mozos del barrio,

agarrados a ambos lados del «paso», lo sostenían, siguiendo su violento

vaivén, al mismo tiempo que gritaban, enardecidos por este alarde de

fuerza y habilidad:

--¡Que venga a ve esto toa Seviya!... ¡Esto es lo güeno! ¡Esto sólo lo

hacen los «macarenos»!...

Y cuando calló la música y cesaron las ondulaciones, quedando inmóvil el

«paso», resonó una aclamación atronadora, impía y obscena, proferida con

la ingenuidad del entusiasmo. Daban vivas a la Santísima Macarena, la

santa, la única, la que se hacía esto y aquello con todas las Vírgenes

conocidas y por conocer.

La cofradía siguió su marcha triunfal, dejando rezagados en todas las

tabernas y caídos en todas las calles. El sol, al salir, la sorprendió

muy lejos de la parroquia, en el extremo opuesto de Sevilla, haciendo

centellear con sus primeros rayos la armadura de joyas de la imagen y

alumbrando los rostros lívidos de la escolta popular y de los

«nazarenos», que se habían despojado del antifaz. La imagen y sus

acompañantes, sorprendidos por el amanecer, parecían una tropa disoluta

volviendo de una orgía.

Cerca del Mercado quedaron los dos «pasos» abandonados en medio de la

calle, mientras toda la procesión «tomaba la mañana» en las tabernas

inmediatas, sustituyendo el vino de la tierra con grandes copas de

aguardiente de Cazalla y Rute. Las blancas haldas de los encapuchados

eran ya faldas sucias, en las que se marcaban huellas nauseabundas.

Ninguno conservaba enteros los guantes. Un «nazareno», con el cirio

apagado y una mano en el capuchón, se arqueaba ruidosamente frente a una

esquina para dar expansión a su estómago revuelto.

Del brillante ejército judío no quedaban más que míseras reliquias, como

si volviese de una derrota. El capitán andaba con triste vaivén, caídas

las mustias plumas sobre el rostro lívido, sin otra preocupación que

defender la vestimenta gloriosa de roces y manotones. ¡Respeto al

uniforme!...

Gallardo abandonó la procesión poco después de salir el sol. Había hecho

bastante acompañando a la Virgen toda la noche, y seguramente que ella

se lo tomaría en cuenta.

Además, esta última parte de la fiesta, hasta que la Macarena entraba en

San Gil, cerca ya de mediodía, era la más penosa. Las gentes que se

levantaban de dormir, frescas y tranquilas, burlábanse de los

encapuchados, ridículos a la luz del sol, arrastrando la embriaguez y

las suciedades de la noche. No era prudente que viesen a un espada con

aquella tropa de borrachos aguardándoles a la puerta de las tabernas.

La señora Angustias le esperaba en el patio de la casa, y ayudó al

«nazareno» a despojarse de sus vestiduras. Debía descansar, luego de

cumplidos sus deberes con la Virgen. El domingo de Pascua tenía corrida:

la primera después de su desgracia. ¡Maldito oficio! Con él era

imposible el descanso, y las pobres mujeres, tras un período de

tranquilidad, veían renacer sus angustias y temores.

El sábado y la mañana del domingo los pasó el espada recibiendo visitas

de entusiastas aficionados de fuera de Sevilla que habían venido para

las fiestas de Semana Santa y de la Feria. Todos sonreían confiando en

sus futuras hazañas.

--¡Vamos a ver cómo queas! La afición tiene los ojos puestos en ti. ¿Qué

tal van esas fuerzas?

Gallardo no desconfiaba de su vigor. Los meses de permanencia en el

campo le habían robustecido. Estaba ahora tan fuerte como antes de la

cogida. Lo único que le hacía recordar este accidente, cuando cazaba en

el cortijo, era cierta debilidad en la pierna herida. Pero esto sólo lo

notaba después de largas marchas.

--Haré too lo que sepa--murmuraba Gallardo con falsa modestia--. Yo creo

que no quearé mal der too.

El apoderado intervenía, con la brava ceguera de su fe:

--Quearás como las propias rosas... como un ángel. ¡Si tú te metes los

toros en el bolsillo!...

Luego, los entusiastas de Gallardo, olvidando por un momento la corrida,

comentaban una noticia que acababa de circular por la ciudad.

En un monte de la provincia de Córdoba, la Guardia civil había

encontrado un cadáver descompuesto, con la cabeza desfigurada, casi

deshecha por una descarga a boca de jarro. Imposible reconocerle, pero

sus ropas, la carabina, todo hacía creer que era el _Plumitas_.

Gallardo escuchaba silencioso. No había visto al bandido después de su

cogida, pero guardaba de él un buen recuerdo. Sus cortijeros le habían

dicho que mientras él estaba en peligro se presentó dos veces en _La

Rinconada_ para preguntar por su salud. Luego, viviendo en el cortijo

con su familia, varias veces pastores y jornaleros le hablaron

misteriosamente del _Plumitas_, que al encontrarlos en un camino y saber

que eran de _La Rinconada_ les daba memorias para el señor Juan.

¡Pobre hombre! Gallardo le compadecía, recordando sus predicciones. No

le había matado la Guardia civil. Le habían asesinado durante su sueño.

Había perecido a manos de los suyos, de un «aficionado», de uno de los

que venían detrás empujando, con el ansia de ganarse el cartel.

El domingo, su marcha a la plaza fue más penosa que otras veces. Carmen

hacía esfuerzos por mostrarse tranquila, y hasta estuvo presente en el

acto de vestir _Garabato_ al maestro. Sonreía, con una sonrisa dolorosa;

fingíase alegre, creyendo notar en su marido una preocupación igual, que

también intentaba disimular con forzado regocijo. La señora Angustias

andaba por cerca de la habitación, queriendo contemplar una vez más a su

Juanillo, como si fuese a perderle.

Cuando salió Gallardo al patio, con la montera puesta y la capa al

hombro, la madre le echó los brazos al cuello derramando lágrimas. No

dijo una palabra, pero los ruidosos suspiros parecían revelar sus

pensamientos. ¡Torear por primera vez después de su desgracia en la

misma plaza donde había sido cogido!... Sus supersticiones de mujer

popular rebelábanse ante esta imprudencia. ¡Ay, cuándo se retiraría del

maldito oficio! ¿No tenía aún bastante dinero?

Pero el cuñado intervino, con su autoridad de grave consejero de la

familia. Vamos, mamita, que la cosa no era para tanto. Una corrida como

todas. Lo que convenía era dejar en paz a Juan, no quitarle la serenidad

con éstos lloriqueos a la hora de ir a la plaza.

Carmen fue más valerosa. No lloró; acompañó a su marido hasta la puerta;

quería animarlo. Además, desde que había renacido su amor a impulsos de

la desgracia, y ella y Juan vivían tranquilamente, queriéndose mucho, no

creía que un nuevo accidente viniese a turbar su dicha. Aquella cogida

era obra de Dios, que muchas veces saca el bien del mal, y había querido

unirlos por medio de un accidente doloroso. Juan torearía como otras

veces y volvería a casa sano y salvo.

--¡Que tengas buena suerte!

Y contempló con ojos amorosos el carruaje que se alejaba seguido de un

grupo de pilluelos, embelesados en la contemplación envidiosa de los

oropeles de los lidiadores. Al quedar sola, la pobre mujer subió a su

cuarto, encendiendo luces ante una imagen de la Virgen de la Esperanza.

El _Nacional_ iba en el coche, cejijunto y sombrío, al lado de su

maestro. Aquel domingo era de elecciones, pero sus compañeros de

cuadrilla no habían llegado a enterarse de ello. La gente sólo hablaba

de la muerte del _Plumitas_ y de la corrida de toros.

El banderillero había permanecido hasta pasado mediodía con los

compañeros de comité «trabajando por la idea». ¡Maldita corrida, que

venía a interrumpir sus funciones de buen ciudadano, impidiendo que

llevase a las urnas a unos cuantos amigos que se quedaban sin votar si

él no iba por ellos! Sólo «los de la idea» acudían a los lugares donde

se verificaba la votación: la ciudad parecía ignorar la existencia de

las elecciones. Había en las calles grandes grupos discutiendo con

apasionamiento; pero sólo hablaban de toros. ¡Qué gentes!... El

_Nacional_ recordaba indignado las trampas y violencias de los enemigos

al amparo de esta soledad. Don Joselito, que había protestado con toda

su elocuencia tribunicia, estaba en la cárcel junto con otros amigos. El

banderillero, que deseaba compartir su martirio, se había visto obligado

a abandonarlos para vestir el traje de luces e ir en busca de su

maestro. ¿Y este atropello a los ciudadanos iba a quedar impune? ¿Y el

pueblo no se levantaría?

Al pasar el coche por las inmediaciones de La Campana, vieron los

toreros una gran masa de gente popular con los garrotes en alto,

vociferando en actitud sediciosa. Los agentes de policía, sable en mano,

cargaban contra ellos, recibiendo palos y devolviendo mandobles.

El _Nacional_ se levantó del asiento, queriendo echarse abajo del

carruaje. ¡Ah, por fin! ¡Llegaba el momento!...

--¡La revolusión! ¡Ya se armó la gorda!

Pero el maestro, entre risueño y enfadado, lo devolvió a su asiento con

un empellón.

--No seas panoli, Sebastián. Tú sólo ve revolusiones y musurañas en toas

partes.

Los de la cuadrilla reían adivinando la verdad. Era el noble pueblo,

que, indignado al no encontrar billetes para la corrida en el despacho

de La Campana, ansiaba asaltarlo e incendiarlo, siendo repelido por la

policía. El _Nacional_ bajó tristemente la cabeza.

--¡Reacsión y atraso! ¡Farta de sabé leé y escribí!

Llegaron a la plaza. Una ruidosa ovación, un estrépito interminable de

palmadas acogió la presencia de las cuadrillas en el ruedo. Todos los

aplausos eran para Gallardo. El público saludaba su primera aparición en

la arena luego de la tremenda cogida que tanto había dado que hablar en

toda la Península.

Cuando llegó el momento para Gallardo de matar su primer toro, volvió a

repetirse la explosión de entusiasmo. Las mujeres, de mantilla blanca,

le seguían desde los palcos con sus gemelos; en los tendidos de sol

aplaudían y aclamaban lo mismo que en los de sombra. Hasta los enemigos

sentíanse arrastrados por este impulso simpático. ¡Pobre muchacho!

¡Había sufrido tanto!... La plaza era suya por entero. Nunca había visto

Gallardo un público entregado a él tan completamente.

Se quitó la montera ante la presidencia para brindar. ¡Olé! ¡olé! Nadie

oyó una palabra, pero todos se entusiasmaron. Debía haber dicho cosas

muy buenas. Y el aplauso le acompañó cuando se dirigía hacia el toro,

cesando con un silencio de expectación al verle próximo a la fiera.

Extendió la muleta, quedando plantado ante el animal, pero a alguna

distancia, no como otras veces, en las que enardecía al público

tendiendo el trapo rojo casi en el hocico. Notose en el silencio de la

plaza un movimiento de extrañeza, pero nadie dijo nada. Varias veces

golpeó Gallardo el suelo con un pie para incitar a la bestia, y ésta,

por fin, acometió blandamente, pasando apenas bajo la muleta, pues el

torero se apresuró a apartarse con visible precipitación. Muchos se

miraron en los tendidos. ¿Qué era aquello?...

El espada vio a su lado al _Nacional_ y algunos pasos más allá a otro

peón de la cuadrilla, pero no gritó «¡Fuera too er mundo!»

En el graderío elevábase un rumor, producto de vehementes

conversaciones. Los amigos del espada creían oportuno explicarse en

nombre de su ídolo.

--Está entoavía resentío. No debía torear. ¡Esa pierna!... ¿No lo ven

ustés?

Los capotes de los dos peones ayudaban al espada en sus pases. La fiera

agitábase con aturdimiento entre las rojas telas, y apenas acometía a la

muleta sentía el capotazo de otro torero atrayéndola lejos del espada.

Gallardo, como si desease salir pronto de esta situación, se cuadró con

el estoque alto, arrojándose sobre el toro.

Un murmullo de estupefacción acogió el golpe. La espada quedó clavada en

menos de un tercio, cimbreándose, próxima a saltar del cuello. Gallardo

se había apartado de los cuernos, sin hundir el estoque hasta el puño

como otras veces.

--¡Pero está bien puesta!--gritaban los entusiastas señalando la espada,

y aplaudían estrepitosamente para suplir con el ruido la falta de

número.

Los inteligentes sonreían con lástima. Aquel muchacho iba a perder lo

único que tenía notable: el valor, el atrevimiento. Le habían visto

encoger el brazo instintivamente en el momento de llegar al toro con el

estoque; le habían visto ladear la cara con ese movimiento de pavor que

impulsa a los hombres a la ceguera para ocultarse el peligro.

Rodó el estoque por el suelo, y Gallardo, tomando otro, volvió sobre el

toro, acompañado de sus peones. El capote del _Nacional_ estaba pronto a

desplegarse junto a él para distraer a la bestia. Además, los berridos

del banderillero aturdían a la fiera y la hacían revolverse cuando se

aproximaba mucho a Gallardo.

Otra estocada del mismo género, quedando descubierta la hoja de acero en

más de una mitad.

--No se arrima--comenzaban a protestar en los tendidos--. Les ha tomao

asco a los cuernos.

Gallardo abría los brazos en cruz frente al toro, como dando a entender

al público situado a sus espaldas que el animal ya tenía bastante con

aquella estocada y que de un momento a otro iba a caer. Pero la bestia

manteníase en pie, volviendo su cabeza a un lado y a otro.

El _Nacional_, excitándola con el trapo, la hacía correr, y aprovechaba

ciertas ocasiones para golpearla el cuello con el capote rudamente, con

toda la fuerza de su brazo. El público, adivinando sus intenciones,

comenzó a protestar. Hacía correr al animal para que con el movimiento

se clavase más el estoque. Sus pesados capotazos eran para hundir la

espada. Llamábanle ladrón; aludían a su madre con feas palabras, dudando

de la legitimidad de su nacimiento; agitábanse en los tendidos de sol

amenazantes garrotes; comenzaron a caer sobre la arena, con propósito de

herirle, naranjas y botellas; pero él soportaba, como si fuese sordo y

ciego, esta rociada de insultos y proyectiles, y seguía corriendo al

toro, con la satisfacción del que cumple su deber y salva a un amigo.

La fiera, de pronto, lanzó un chorro de sangre por la boca, y

tranquilamente dobló las patas, quedando inmóvil, pero con la cabeza

alta, próxima a levantarse y acometer. Se aproximó el puntillero,

deseoso de acabar cuanto antes y sacar al maestro de su compromiso. El

_Nacional_ le ayudó, apoyándose en la espada con disimulo y apretándola

hasta la empuñadura.

El público del sol, que vio esta maniobra, púsose de pie con airada

protesta.

--¡Ladrón! ¡Asesino!...

Indignábase en nombre del pobre toro, cual si éste no hubiese de morir

de todas suertes; amenazaban con el puño al _Nacional_, como si

acabasen de presenciar un crimen, y el banderillero, cabizbajo, acabó

por refugiarse detrás de la barrera.

Gallardo, mientras tanto, iba hacia la presidencia para saludar, y los

entusiastas incondicionales le acompañaban con un aplauso tan ruidoso

como poco nutrido.

--No ha tenío suerte--decían con su ardiente fe a prueba de

desengaños--. Pero las estocadas, ¡qué bien marcadas!... Eso no hay

quien lo discuta.

El espada fue a colocarse un instante frente al tendido donde estaban

sus más fervorosos partidarios, y se apoyó en la barrera, dándoles

explicaciones. El toro era malo: no había medio de hacer con él una

buena faena.

Los entusiastas, con don José al frente, asentían a estas explicaciones,

que eran las mismas que ellos habían inventado.

Permaneció Gallardo gran parte de la corrida en el estribo de la

barrera. Buenas eran tales explicaciones para los partidarios, pero él

sentía en su interior una duda cruel, una desconfianza en su persona que

nunca había conocido.

Los toros le parecían más grandes, con una «vida doble» que les daba

mayor resistencia para no morir. Los de antes caían bajo su estoque con

una facilidad de milagro. Indudablemente le habían soltado lo peor de la

ganadería, para hacerle quedar mal. Alguna intriga de los enemigos.

Otra sospecha se movía confusa en lo más obscuro y hondo de su

pensamiento, pero él no quería contemplarla de cerca, no tenía interés

en extraerla de su misteriosa lobreguez. Su brazo parecía más corto en

el momento de tenderse con el estoque por delante. Antes llegaba con una

velocidad de relámpago al cuello de la fiera; ahora era un viaje

interminable, un vacío pavoroso, que no sabía cómo salvar. Sus piernas

también eran otras. Parecían vivir sueltas, con propia vida,

independientes del resto del cuerpo. En vano su voluntad las ordenaba

permanecer quietas y firmes, como otras veces. No obedecían. Parecían

tener ojos, ver el peligro, y saltaban con excesiva ligereza, sin aplomo

para esperar, así que sentían las ondulaciones del aire cortado por el

empuje de la fiera.

Gallardo volvía contra el público la vergüenza del fracaso, la rabia por

su repentina debilidad. ¿Qué deseaban aquellas gentes? ¿Que se dejase

matar para darlas gusto?... Bastantes señales de loca audacia llevaba en

el cuerpo. El no necesitaba probar su coraje. Si vivía era de milagro,

gracias a celestiales intervenciones, a que Dios es bueno, y a las

oraciones de su madre y la pobrecita de su mujer. Había visto la cara

seca de la Muerte como pocos la ven, y sabía mejor que nadie lo que vale

el vivir.

--¡Si creéis que vais a tomame er pelo!--decía mentalmente mientras

contemplaba a la muchedumbre.

El torearía en adelante como muchos de sus compañeros. Unos días lo

haría bien, otros mal. El toreo no era mas que un oficio, y una vez

llegado a los primeros lugares, lo importante era vivir, salvando los

compromisos como mejor pudiese. No iba a dejarse coger por el gusto de

que la gente se hiciera lenguas de su valentía.

Cuando llegó el momento de matar su segundo toro, estos pensamientos le

infundieron un tranquilo valor. ¡Con él no acababa ningún animal! Haría

cuanto pudiese para no ponerse al alcance de sus cuernos.

Al ir hacia la fiera tuvo el mismo gesto arrogante de sus grandes

tardes: «¡Fuera too er mundo!»

La muchedumbre se agitó con un murmullo de satisfacción. Había dicho

«¡Fuera todo el mundo!» Iba a hacer una de las suyas.

Pero ni llegó lo que el público esperaba, ni el _Nacional_ dejó de

marchar tras él, capote al brazo, adivinando con su astucia de antiguo

peón habituado a las marrullerías de los matadores la falsedad teatral

de esta orden.

Tendió el trapo a alguna distancia del toro y comenzó a darle pases con

visible recelo, quedando en cada uno de ellos a gran distancia de la

fiera y ayudado siempre por el capote de Sebastián.

Al permanecer un instante con la muleta baja, hizo el toro un movimiento

como para embestir, pero no se movió. El espada, sobradamente alerta,

engañose con este movimiento y dio unos cuantos pasos atrás, que fueron

verdaderos saltos, huyendo del animal, que no le había acometido.

Quedó en una posición grotesca por este retroceso innecesario, y una

parte del público rió entre exclamaciones de asombro. Sonaron algunos

silbidos.

--¡Juy, que te coge!--gritó una voz irónica.

--¡Sarasa!--suspiró otra con entonación afeminada.

Gallardo enrojeció de cólera. ¡Esto a él! ¡Y en la plaza de Sevilla!...

Sintió la corazonada audaz de sus tiempos de principiante, un deseo loco

de caer ciegamente sobre el toro, y fuese lo que Dios quisiera. Pero su

cuerpo se resistió a obedecerle. Su brazo parecía pensar; sus piernas

veían el peligro, burlándose con su rebelión de las exigencias de la

voluntad.

Además, el público, reaccionando ante el insulto, vino en su ayuda e

impuso silencio. ¡Tratar así a un hombre que estaba convaleciente de una

cogida grave!... ¡Esto era indigno de la plaza de Sevilla! ¡A ver si

había decencia!

Gallardo se aprovechó de esta compasión simpática para salir del

compromiso. Marchando de lado contra el toro, lo hirió con una estocada

atravesada y traidora. Cayó el animal como una bestia de matadero,

soltando un caño de sangre por la boca. Unos aplaudieron sin saber por

qué aplaudían, otros silbaron, y la gran masa permaneció en silencio.

--¡Si le han soltado perros traicioneros!--clamaba el apoderado desde su

asiento, a pesar de que la corrida era de la ganadería del marqués--.

¡Si eso no son toros!... Ya veremos en otra, cuando sean bichos nobles

de verdad.

Al salir de la plaza, Gallardo notó el silencio del gentío. Pasaban los

grupos junto a él sin un saludo, sin una aclamación de aquellas con que

le acogían en las tardes felices. Ni siquiera siguió el carruaje la

turba miserable que se quedaba fuera de la plaza aguardando noticias y

antes de terminar la corrida estaba enterada de todos sus incidentes y

de las hazañas del maestro.

Gallardo gustó por primera vez la amargura del fracaso. Hasta sus

banderilleros iban ceñudos y silenciosos, como soldados en derrota. Pero

al llegar a casa y sentir en el cuello los brazos de su madre, de Carmen

y hasta de su hermana, así como el contacto de todos los sobrinillos,

que se cogían a sus piernas, el espada sintió desvanecerse esta

tristeza. «¡Mardita sea!...» Lo importante era vivir; que la familia

permaneciese tranquila; ganar el dinero del público como otros toreros,

sin audacias que un día u otro conducen a la muerte.

Los días siguientes sintió la necesidad de exhibirse, de hablar con los

amigos en los cafés populares y en los clubs de la calle de las Sierpes.

Creía que al imponer con su presencia un cortés silencio a los

maldicientes evitaba los comentarios sobre su fracaso. Pasaba tardes

enteras en las tertulias de los aficionados modestos que había

abandonado mucho tiempo antes buscando la amistad de las gentes ricas.

Después entraba en los _Cuarenta y cinco_, donde el apoderado hacía

reinar sus opiniones a fuerza de gritos y manotazos, sosteniendo, como

siempre, la gloria de Gallardo.

¡Famoso don José! Su entusiasmo era inconmovible, a prueba de bomba, no

ocurriéndosele jamás que su matador pudiera dejar de ser como él le

creía. Ni una crítica, ni una recriminación por el fracaso; antes bien,

él mismo se encargaba de excusarle, añadiendo a esto el consuelo de sus

buenos consejos.

--Tú estás resentío aún de tu cogida. Lo que yo digo: «Ya le verán

ustés, cuando esté bueno del todo, y me darán noticias...» Haz como

otras veces. Te vas al toro derechamente, con ese coraje que Dios te ha

dao, y ¡zas! estocada hasta la cruz... y te lo metes en el bolsillo.

Gallardo aprobaba con una sonrisa enigmática... ¡Meterse los toros en el

bolsillo! No deseaba otra cosa. Pero ¡ay! se habían hecho tan grandes e

intratables! ¡Habían crecido tanto en el tiempo que él no pisaba la

arena!...

El juego consolaba a Gallardo, haciéndole olvidar sus preocupaciones.

Volvió con nueva furia a perder el dinero en la mesa verde, rodeado de

aquella juventud que no reparaba en sus fracasos porque era un torero

elegante.

Una noche se lo llevaron a cenar a la Venta de Eritaña. Gran juerga con

unas extranjeras de vida alegre, a las que algunos de estos jóvenes

conocían de París. Habían venido a Sevilla con motivo de las fiestas de

Semana Santa y de la Feria, y ansiaban conocer lo más «pintoresco» de la

tierra. Eran de una hermosura algo marchita, reanimada por los

artificios de la elegancia. Los jóvenes ricos iban tras ellas, atraídos

por el encanto de lo exótico, solicitando generosos abandonos que pocas

veces eran rehusados. Deseaban conocer a un torero célebre, un espada de

los más guapos, aquel Gallardo cuyo retrato habían contemplado tantas

veces en estampas populares y cajas de cerillas. Luego de verle en la

plaza, habían pedido a sus amigos que se lo presentasen.

La reunión fue en el gran comedor de Eritaña, un salón en pleno jardín,

con decorado de arábiga vulgaridad, pobre imitación de los esplendores

de la Alhambra. En este local se verificaban los banquetes políticos y

las juergas: se brindaba con fogosa oratoria por la regeneración de la

patria, y se mecían y ensanchaban las curvas femeniles con el vaivén del

tango, al runrún de las guitarras, mientras en los rincones sonaban

besos y chillidos y se rompían botellas.

Gallardo fue recibido como un semidiós por las tres mujeres, que,

olvidando a sus amigos, sólo le miraban a él y se disputaban el honor de

sentarse a su lado, acariciándolo con ojos de lobas en celo... Le

recordaban a la otra, a la ausente, a la casi olvidada, con sus

cabelleras de oro, sus trajes elegantes y un ambiente de carne perfumada

y tentadora que, emanando de sus cuerpos, parecía envolverle en una

espiral de embriaguez.

La presencia de sus camaradas contribuía a hacer más vivo este recuerdo.

Todos eran amigos de doña Sol; algunos hasta pertenecían a su familia y

él los había mirado como parientes.

Comieron y bebieron con esa voracidad salvaje de las fiestas nocturnas,

a las que se va con un propósito firme de excederse en todo, buscando

embriagarse cuanto antes para atrapar la alegría del aturdimiento.

En un extremo del salón rasgueaban sus guitarras unos gitanos, entonando

canciones melancólicas. Una de aquellas mujeres, con entusiasmo de

neófita, saltó sobre la mesa, comenzando a mover torpemente las

soberbias caderas, queriendo imitar las danzas del país, haciendo alarde

de los adelantos realizados en pocos días bajo la dirección de un

maestro sevillano.

--¡Asaúra!... ¡Malaje!... ¡Sosa!--gritaban irónicamente los amigos,

jaleándola con rítmicas palmadas.

Se burlaban de su pesadez, pero admiraban con ojos de deseo la gallardía

de su cuerpo. Y ella, orgullosa de su arte, tomando por elogios

entusiastas estos gritos incomprensibles, seguía moviendo las caderas y

elevaba los brazos como asas de ánfora en torno de su cabeza, con la

mirada en alto.

Pasada media noche, estaban todos ebrios. Las mujeres, perdido el pudor,

asediaban con su admiración al espada. Este se dejaba manejar impasible

por las manos que se lo disputaban, mientras las bocas le sorprendían

con ardorosos contactos en las mejillas y el cuello. Estaba borracho,

pero su borrachera era triste. ¡Ay, la otra!... ¡la rubia verdadera! El

oro de estas cabelleras que comenzaban a deshacerse en torno de él era

artificial, cubriendo un pelo grueso y fuerte, endurecido por la

química. Los labios tenían un sabor de manteca perfumada. Sus redondeces

daban una sensación de dureza pulida por el contacto, semejante a la de

las aceras. Al través de los perfumes, su imaginación olfateaba un olor

de vulgaridad original. ¡Ay, la otra! ¡la otra!...

Gallardo, sin saber cómo, se vio en los jardines, bajo el solemne

silencio que parecía descender de las estrellas, entre cenadores de

frondosa vegetación, siguiendo una senda tortuosa, viendo al través del

follaje las ventanas del comedor iluminadas cual bocas de infierno, por

las que pasaban y repasaban las sombras como demonios negros.

Una mujer oprimía su brazo tirando de él, y Gallardo se dejaba llevar,

sin verla siquiera, con el pensamiento lejos, muy lejos.

Una hora después volvió al comedor. Su compañera, con los pelos

alborotados y los ojos brillantes y hostiles, hablaba a las amigas.

Estas reían y le señalaban con gesto despectivo a los demás hombres, que

reían también... ¡Ah, España! ¡País de desilusiones, donde todo era pura

leyenda, hasta el coraje de los héroes!...

Gallardo bebió más y más. Las mujeres, que antes se lo disputaban,

asediándolo con sus caricias, volvíanle la espalda, cayendo en brazos de

los otros hombres. Los guitarristas apenas tocaban, y ahitos de vino

inclinábanse sobre sus instrumentos con placentera somnolencia.

El torero iba también a dormirse sobre una banqueta, cuando le ofreció

llevarle a casa en su carruaje uno de aquellos amigos, obligado a

retirarse antes de que su madre la condesa se levantara, como todos los

días, para ir a la misa del alba.

El viento de la noche no disipó la embriaguez del torero. Cuando el

amigo le dejó en la esquina de su calle, Gallardo anduvo con paso

vacilante hacia su casa. Cerca de la puerta se detuvo, agarrándose a la

pared con ambas manos y descansando la cabeza en los brazos, como si no

pudiese soportar el peso de sus meditaciones.

Había olvidado completamente a sus amigos, la cena en Eritaña y las tres

extranjeras pintarrajeadas que se lo habían disputado, acabando por

insultarle. Algo quedaba en su memoria de la otra, ¡eso siempre!... pero

indeciso y en último término. Ahora su pensamiento, por uno de esos

saltos caprichosos de la embriaguez, lo ocupaban por entero las

corridas de toros.

El era el primer matador del mundo, ¡olé! Así lo afirmaban su apoderado

y los amigos, y así era la verdad. Ya verían los adversarios cosa buena

cuando él volviese a la plaza. Lo del otro día era un simple descuido:

la mala suerte, que le había jugado una de las suyas.

Orgulloso de la fuerza omnipotente que en aquel instante le comunicaba

la embriaguez, veía a todos los toros, andaluces y castellanos, como

débiles cabras que podía abatir con sólo un golpe de su mano.

Lo del otro día no era nada. «¡Líquido!»... como decía el _Nacional_.

«Al mejor _cantaor_ se le escapa un gallo.»

Y este aforismo, aprendido de la boca de venerables patriarcas del toreo

en tardes de desgracia, le comunicó un deseo irresistible de cantar,

poblando con su voz el silencio de la calle solitaria.

Con la cabeza siempre apoyada en los brazos comenzó a canturrear una

estrofa de su invención, que era una alabanza disparatada a sus méritos:

«Yo soy Juaniyo Gallardo... con más c...oraje que Dió.» Y no pudiendo

improvisar más en su honor, repetía y repetía las mismas palabras con

voz ronca y monótona, que alteraba el silencio y hacía ladrar a un perro

invisible en el fondo de la calle.

Era la herencia paternal que renacía en él: la manía cantante que

acompañaba al señor Juan el remendón en sus borracheras semanales.

Se abrió la puerta de la casa y avanzó _Garabato_ la cabeza, medio

dormido aún, para ver al beodo, cuya voz había creído reconocer.

--¡Ah! ¿eres tú?--dijo el espada--. Aspérate, que voy a sortá la última.

Y todavía repitió varias veces la incompleta canción en honor de su

valentía, hasta que al fin se decidió a entrar en la casa.

No sentía deseos de acostarse. Adivinando su estado retardaba el momento

de subir a la habitación, donde le aguardaba Carmen, tal vez despierta.

--Ve a dormir, _Garabato_. Yo tengo que hasé muchas cosas.

No sabía cuáles eran, pero le atraía su despacho, con todo aquel

decorado de arrogantes retratos, moñas arrancadas a los toros y carteles

que pregonaban su fama.

Cuando se inflamaron los globos de luz eléctrica y se alejó el criado,

Gallardo quedó en el centro del despacho, vacilante sobre sus piernas,

paseando por las paredes una mirada de admiración, como si contemplase

por primera vez este museo de gloria.

--Mu bien... ¡pero que mu bien!--murmuraba--. Ese güen mozo soy yo... y

ese otro también... ¡y toos!... ¡Y aún hay quien dise de mí!... ¡Mardita

sea!... Yo soy el primé hombre der mundo. Don José lo dise, y dise la

verdá.

Arrojó su sombrero sobre el diván, como si se despojase de una corona de

gloria que abrumaba su frente, y tambaleándose fue a apoyar las manos en

el escritorio, quedando con la mirada fija en la enorme cabeza de toro

que adornaba la pared del fondo del despacho.

--¡Hola! ¡Güenas noches, mozo güeno!... ¿Qué pintas tú aquí?... ¡Muuú!

¡muuú!

Lo saludaba con mugidos, imitando infantilmente el bramar de los toros

en la dehesa y en la plaza. No lo reconocía; no podía acordarse de por

qué estaba allí la peluda cabeza con sus cuernos amenazadores. Poco a

poco fue haciendo memoria.

--Te conosco, gachó... Me acuerdo de lo que me hiciste rabiá aquella

tarde. La gente silbaba, me tiraban boteyas... hasta le fartaron a mi

probe mare, ¡y tú tan contento!... ¡Cómo te divertirías, ¿he?

sinvergüensón!...

Su mirada de ebrio creyó ver temblar con estremecimiento de risa el

brillo del hocico barnizado y la luz de los ojos de cristal. Hasta se

imaginó que el cornúpeto movía el testuz, asintiendo a esta pregunta con

una ondulación de su cuello colgante.

El borracho, hasta entonces sonriente y bonachón, sintió nacer su cólera

con el recuerdo de aquella tarde de desgracia. ¿Y aún se reía aquel mal

bicho?... Estos toros de perversa intención, marrulleros y reflexivos,

que parecían burlarse del lidiador, eran los que tenían la culpa de que

un hombre de bien fuese insultado y se viera en ridículo. ¡Ay, cómo los

odiaba Gallardo! ¡Qué mirada de odio la suya al fijarla en los ojos de

cristal de la cornuda cabeza!...

--¿Aún te ríes, hijo de perra? ¡Mardito seas, guasón! ¡Mardita la vaca

que te parió y el ladrón de tu amo que te dio hierba en la dehesa!

¡Ojalá esté en presidio!... ¿Aún te ríes? ¿aún me haces muecas?

A impulsos de su rabia, tendió el busto sobre la mesa, avanzando los

brazos y abriendo los cajones. Después se irguió, levantando una mano

hacia el cornudo testuz.

¡Pum! ¡pum!... Dos tiros de revólver.

Saltó un globo de vidrio en menudos fragmentos de la cuenca de un ojo, y

en la frente de la bestia se abrió un agujero redondo y negro entre

pelos chamuscados.

Sangre y arena · 第 8 / 13 题