IX

En aquellos días recibió Gallardo varias cartas de don José y de Carmen.

El apoderado pretendía infundir ánimos a su matador, aconsejándole, como

siempre, que se fuese recto al toro... «¡Zas! estocada y te lo metes en

el bolsillo»; pero al través de su entusiasmo notábase cierto

desaliento, como si empezara a cuartearse su fe y dudase ya de si

Gallardo era «el primer hombre del mundo».

Tenía noticias del descontento y la hostilidad con que le acogían los

públicos. La última corrida en Madrid había acabado de descorazonar a

don José. No; Gallardo no era como otros espadas que siguen adelante al

través de las silbas del público, dándose por satisfechos con ganar

dinero. Su matador tenía vergüenza torera, y sólo podía mostrarse en el

redondel para ser acogido con grandes entusiasmos. Quedar medianamente

equivalía a una derrota. La gente estaba habituada a admirarle por su

valor temerario, y todo lo que no fuese perseverar en tales audacias

representaba un fracaso.

Don José pretendía saber lo que le ocurría a su espada. ¿Falta de

valor?... Eso nunca. Antes se dejaría matar que reconocer este defecto

en su héroe. Era que se sentía cansado, que aún no estaba repuesto de

su cogida. «Y para esto--aconsejaba en todas sus cartas--es mejor que te

retires y descanses una temporada. Después volverás a torear, siendo el

de siempre...» El se ofrecía para arreglarlo todo. Un certificado de los

médicos bastaba para acreditar su inutilidad momentánea, y el apoderado

se pondría de acuerdo con los empresarios de las plazas para resolver

las contratas pendientes, enviando un matador de los que empiezan, el

cual sustituiría a Gallardo por una modesta cantidad.

Aún ganarían dinero con este arreglo.

Carmen era más vehemente en sus peticiones, no usando de los eufemismos

del apoderado. Debía retirarse en seguida; debía «cortarse la coleta»,

como decían los de su oficio, yendo a pasar la vida tranquilamente en

_La Rinconada_ o en la casa de Sevilla con los de su familia, que eran

los únicos que le querían de veras. No podía sosegar; tenía ahora más

miedo que en los primeros años de casamiento, cuando las corridas eran

para ella como pedazos de existencia que le arrancaban la inquietud y la

temerosa espera. Le decía el corazón, con ese instinto femenil pocas

veces erróneo en sus temores, que iba a ocurrir algo grave. Apenas

dormía; pensaba con miedo en las horas de la noche cortadas por

sangrientas visiones.

Luego, la esposa de Gallardo se revolvía furiosa contra el público en

sus cartas. Una muchedumbre de ingratos, que ya no se acordaban de lo

que el torero había hecho en otras ocasiones, cuando se sentía más

fuerte. Gentes de mala alma, que deseaban para su diversión verle

muerto, como si ella no existiese, como si no tuviera madre. «Juan, la

mamita y yo te lo pedimos. Retírate. ¿A qué seguir toreando? Tenemos

bastante para vivir, y a mí me duele que te insulte esa gentuza que vale

menos que tú... ¿Y si te ocurriese otra desgracia? ¡Jesús! Yo creo que

me volvería loca.»

Gallardo quedábase preocupado luego de leer estas cartas. ¡Retirarse!...

¡Qué disparate! ¡Cosas de mujeres! Eso podía decirse fácilmente, a

impulsos del cariño, pero era imposible realizarlo. ¡Cortarse la coleta

a los treinta años! ¡Cómo reirían los enemigos! El «no tenía derecho» a

retirarse mientras estuviesen enteros sus miembros y pudiera torear.

Jamás se había visto este absurdo. El dinero no lo era todo. ¿Y la

gloria? ¿Y la vergüenza profesional? ¿Qué dirían de él los miles y miles

de partidarios entusiastas que le admiraban? ¿Qué contestarían a los

enemigos cuando les echasen en cara que Gallardo se había retirado por

miedo?...

Además, el matador deteníase a considerar si su fortuna le permitía esta

solución. El era rico y no lo era. Su posición social no se había

consolidado. Lo que él poseía era obra de los primeros años de

matrimonio, cuando una de sus mayores alegrías consistía en ahorrar y

sorprender a Carmen y la mamita con la noticia de nuevas adquisiciones.

Luego había seguido ganando dinero, tal vez en mayor cantidad, pero se

desparramaba y desaparecía por infinitos agujeros abiertos en su nueva

existencia. Jugaba mucho, llevaba una vida fastuosa. Algunas fincas

añadidas al extenso dominio de _La Rinconada_, para redondearlo, habían

sido compradas con dinero adelantado por don José y otros amigos. El

juego le había hecho pedir préstamos a varios aficionados de provincias.

Era rico, pero si se retiraba, perdiendo con esto el soberbio ingreso de

las corridas--unos años doscientas mil pesetas, otros trescientas mil--,

tendría que circunscribirse, luego de pagar sus deudas, a vivir como un

señor del campo, del cultivo de _La Rinconada_, haciendo economías y

vigilando por sí mismo los trabajos, pues hasta entonces el cortijo,

abandonado en manos mercenarias, apenas daba producto.

Esta existencia obscura de cultivador de la tierra, obligado a la

economía y en lucha interminable con la escasez, asustaba a Gallardo,

hombre arrogante y decorativo, acostumbrado al aplauso público y a la

abundancia de dinero. La riqueza era algo elástico que había crecido

conforme avanzaba él en su carrera, pero sin adaptarse jamás con el

límite de sus necesidades. En otros tiempos se hubiera considerado

riquísimo con una pequeña parte de lo que poseía actualmente... Ahora

era casi un pobre si renunciaba al toreo. Tendría que suprimir los

cigarros de la Habana, que repartía pródigamente, y los vinos andaluces

de precios caros; tendría que contener su generosidad de gran señor, y

no gritar más «¡Todo está pagado!» en cafés y tabernas, ímpetu generoso

de hombre acostumbrado a desafiar la muerte, que le hacía convertir su

vida en un derroche loco; tendría que licenciar la tropa de parásitos y

aduladores que pululaban en torno de él haciéndole reír con sus

peticiones lloriqueantes; y cuando una hembra guapa de la clase popular

viniese a él--si es que llegaba alguna viéndole retirado--, ya no

lograría hacerla palidecer de emoción poniéndola en las orejas unos

zarcillos de oro y perlas, ni se divertiría manchando de vino el rico

pañuelo chinesco para sorprenderla después con otro mejor. Así había

vivido y así necesitaba seguir. El era el torero a la antigua, tal como

se representan las gentes al matador de toros, rumboso, arrogante,

aturdiéndose en escandalosos derroches, pronto a socorrer a los

desgraciados con limosnas principescas, siempre que éstos consiguieran

conmover su rudo sentimentalismo.

Gallardo burlábase de muchos de sus compañeros, toreros de nuevo género,

vulgares agremiados de la industria de matar toros, que viajaban de

plaza en plaza, cual comisionistas de comercio, y eran arregladitos y

minuciosos en todos sus dispendios. Algunos de ellos, que casi eran unos

niños, llevaban en el bolsillo el cuaderno de ingresos y gastos,

apuntando hasta los cinco céntimos de un vaso de agua en una estación.

Sólo se trataban con gentes ricas para aceptar sus obsequios, sin

ocurrírseles jamás convidar a nadie. Otros hervían en sus casas grandes

pucheros de café al iniciarse la temporada de viajes, y llevaban con

ellos el negro líquido en botellas, que hacían recalentar, para evitarse

este gasto en los hoteles. Los individuos de ciertas cuadrillas pasaban

hambre, rezongando en público de la avaricia de los maestros.

Gallardo no estaba arrepentido de su vida fastuosa. ¿Y querían que

renunciase a ella?...

Además, pensaba en las necesidades de su propia casa, donde todos

estaban acostumbrados a la existencia fácil, amplia y desenfadada de las

familias que no cuentan el dinero ni se preocupan de su ingreso,

viéndole chorrear incansable como una fuente. A más de su madre y su

mujer, habíase echado sobre sí una nueva familia, su hermana, el

hablador de su cuñado, que no trabajaba, como si su parentesco con un

hombre célebre le diese derecho a la vagancia, y toda la tropa de

sobrinillos, que crecían, siendo cada vez más costosos. ¡Y tendría que

llamar a un orden de estrechez y parsimonia a toda aquella gente,

acostumbrada a vivir a su costa con un descuido alegre y manirroto!...

¡Y todos, hasta el pobre _Garabato_, tendrían que irse al cortijo,

tostándose al sol y embruteciéndose como paletos! ¡Y la pobre mamita ya

no podría alegrar sus últimos días con santas generosidades, repartiendo

dinero entre las mujeres pobres del barrio y encogiéndose como niña

vergonzosa cuando el hijo fingíase colérico al ver que nada le quedaba

de los cien duros entregados dos semanas antes!... ¡Y Carmen, que era

económica, se apresuraría a limitar los gastos, sacrificándose la

primera, privando su existencia de muchas frivolidades que la

embellecían!...

«¡Mardita sea!...» Todo esto representaba la degradación de la familia,

la tristeza de los suyos. Gallardo avergonzábase de que tal cosa pudiera

suceder. Era un crimen privarles de lo que tenían, luego de haberlos

acostumbrado al bienestar. ¿Y qué era lo que debía hacer para

evitarlo?... Simplemente «arrimarse» a los toros: seguir toreando como

en otros tiempos... ¡El se «arrimaría»!

Contestaba a las cartas de su apoderado y de Carmen con breves epístolas

de letra trabajosa que revelaban su firme voluntad. ¿Retirarse? ¡Nunca!

Estaba resuelto a ser el de siempre, se lo juraba a don José. Seguiría

sus consejos. «¡Zas! estocada, y el bicho en el bolsillo.» Se le

ensanchaba el ánimo, y en esta amplitud sentíase capaz de guardar todos

los toros, por grandes que fuesen.

Con la mujer mostrábase alegre, aunque un tanto resentido en su amor

propio porque ella parecía dudar de sus fuerzas. Ya recibiría noticias

de la corrida próxima. Iba a asombrar al público, para que éste se

avergonzase de sus injusticias. Si los toros eran buenos, quedaría como

el propio Roger de Flor... aquel personaje que siempre tenía en boca el

mamarracho de su cuñado.

¡Los toros buenos! Esta era la preocupación de Gallardo. Antes cifraba

una de sus vanidades en no ocuparse de ellos, y jamás iba a verlos en la

plaza antes de la corrida.

--Yo mato too lo que me echen--decía con arrogancia.

Y conocía por primera vez a los toros al verlos salir al redondel.

Ahora quería examinarlos de cerca, escogerlos, preparando el éxito con

un estudio detenido de sus condiciones.

Habíase aclarado el tiempo, lucía el sol; al día siguiente iba a darse

la segunda corrida.

Gallardo, por la tarde, se fue solo a la plaza. El circo de ladrillo

rojo, con sus ventanales arábigos, destacábase aislado sobre un fondo de

lomas verdeantes. En último término de este paisaje amplio y monótono

blanqueaba sobre el declive de una loma algo semejante a un rebaño

lejano. Era un cementerio.

Al ver al torero en las inmediaciones de la plaza se aproximaron a él

algunos individuos astrosos, parásitos del circo, vagabundos que dormían

de limosna en las cuadras, sustentándose con la caridad de los

aficionados y las sobras de los que comían en las tabernas inmediatas.

Algunos de ellos habían llegado de Andalucía tras una conducción de

toros, quedándose para siempre en los alrededores de la plaza.

Repartió Gallardo algunas monedas entre estos mendigos que le seguían

gorra en mano, y entró en el circo por la puerta de Caballerizas.

En el corral vio un grupo de aficionados presenciando las pruebas de los

picadores. _Potaje_, con grandes espuelas vaqueras, preparábase a montar

empuñando una garrocha. Los encargados de las cuadras escoltaban al

contratista de caballos, hombre obeso, con gran fieltro andaluz, tardo

en las palabras, y que respondía calmosamente a la atropellada e

injuriosa charla de los picadores.

Los «monos sabios», con los brazos arremangados, tiraban de los míseros

jacos para que los probasen los jinetes. Llevaban varios días de montar

y amaestrar a estos caballos tristes, que aún guardaban en sus flancos

las rojas huellas de los espolazos. Los sacaban a trotar por los

desmontes inmediatos a la plaza, haciéndoles adquirir una energía

ficticia bajo el hierro de sus talones, obligándolos a dar vueltas para

que se habituasen a la carrera en el redondel. Volvían a la plaza con

los costados tintos en sangre, y antes de entrar en las caballerizas

recibían el bautismo de unos cuantos cubos de agua. Junto al pilón

inmediato a aquéllas, el agua encharcada entre los guijarros era de un

rojo obscuro, como vino desparramado.

Iban saliendo casi a rastras de las cuadras los caballos destinados a la

corrida del día siguiente, para que los examinasen los picadores,

dándolos por buenos.

Avanzaban los macilentos restos de la miseria caballar, delatando en su

paso trémulo y sus ijares atormentados la vejez melancólica, las

enfermedades y la ingratitud humana, olvidadiza del pasado. Había jacos

de inaudita delgadez, esqueletos de agudas aristas salientes que

parecían próximas a rasgar la envoltura de piel de largos y flácidos

pelos. Otros agitábanse arrogantes, piafando de energía, con las patas

fuertes, el pelo reluciente y el ojo vivo: animales de hermosa estampa

que era incomprensible figurasen entre unos desechos destinados a la

muerte; bestias magníficas que parecían recién desenganchadas de un

carruaje de lujo. Estos eran los más temibles: caballos incurables,

atacados de vértigos y otros accidentes, que de pronto venían al suelo,

arrojando al jinete por las orejas. Y tras estos ejemplares de la

miseria y la enfermedad, sonaban las tristes herraduras de los inválidos

del trabajo: caballos de tahonas y de fábricas, machos de labranza,

jacos de coche de alquiler, todos soñolientos por el hábito de arrastrar

años y años el arado o la carreta; parias infelices que iban a ser

explotados hasta el último instante, dando diversión a los hombres con

sus pataleos y saltos al sentir en el abdomen los cuernos del toro.

Era un desfile de ojos bondadosos empañados y amarillentos; de pescuezos

flácidos a los cuales se agarraban sanguinarias las moscas hinchadas y

verdosas; de caras huesudas por cuyo pelaje trepaban insectos; de

flancos angulosos con mechones retorcidos como si fuesen lanas; de

pechos angostos agitados por relinchos cavernosos; de patas débiles que

parecían próximas a troncharse a cada paso, cubiertas de largo pelo

hasta los cascos, como si llevasen pantalones. Sus estómagos, poco

habituados al pienso fuerte con que pretendían reanimar sus fuerzas,

iban sembrando el pavimento de residuos humeantes y mal cocidos por una

digestión anormal. Para montar esta miserable caballada, trémula de

locura o próxima a desplomarse de miseria, necesitábase tanto valor como

para hacer frente al toro. Echábanles sobre los lomos la gran silla

moruna de alto arzón y asiento amarillo, con estribos vaqueros, y había

bestia que al recibir este peso estaba próxima a doblar las patas.

_Potaje_ mostrábase altanero en sus discusiones con el contratista de

caballos, hablando en nombre propio y en el de los camaradas, haciendo

reír hasta a los «monos sabios» con sus gitanescas maldiciones. Que le

dejasen a él los otros picadores entendérselas con los de las

caballerizas. Nadie conocía mejor la manera de hacer marchar a estas

gentes.

Avanzaba un criado hacia él tirando de un jaco cabizbajo, con el pelo

largo y el costillar en doloroso relieve.

--¿Qué traes ahí?--decía _Potaje_ encarándose con el contratista--. Eso

no e de resibo. Eso e una alimaña que no hay quien la monte. ¡Pa tu

mare!...

El contratista, cachazudo, contestaba con grave calma. Si _Potaje_ no se

atrevía a montarlo, era porque los piqueros de ahora tenían miedo a

todo. Con un caballo así, bueno y dócil, el señor _Calderón_, el _Trigo_

u otro jinete de los buenos tiempos hubiese sido capaz de torear dos

tardes seguidas sin dar una caída y sin que el animal recibiese un

arañazo. ¡Pero ahora!... Ahora sólo había mucho miedo y muy poca

vergüenza.

Se insultaban el picador y el contratista con amistosa tranquilidad,

como si entre ellos las mayores injurias perdiesen importancia por la

fuerza de la costumbre.

--Tú lo que eres--contestaba _Potaje_--un frescales, más ladrón que José

María el _Tempraniyo_. Anda y que suba en ese penco la pelá de tu

agüela, que montaba en la escoba toos los sábaos al dar las doce.

Reían los presentes, y el contratista se limitaba a encoger los hombros.

--Pero ¿qué tié este cabayo?--decía tranquilamente--. ¡Arrepárale, mala

alma! Mejor es que otros que tién muermo, o les dan vértigos, y que has

sacao tú a la plaza, apeándote por las orejas antes de que te arrimases

al toro. Más sano es que una manzana. Como que ha estao veintiocho años

en una fábrica de gaseosas, cumpliendo como una presona desente, sin que

nadie le pusiera farta. ¡Y vienes tú ahora, voceras, a meterte con él,

poniéndole peros y fartándole como si fuese un mal cristiano!...

--¡Que no lo quiero, vaya!... ¡Que te quees con él!

El contratista se acercaba lentamente a _Potaje_, y con la tranquilidad

de un hombre experto en estas transacciones, le hablaba al oído. El

picador, fingiendo enfado, acabó por acercarse al jaco. ¡Por él que no

quedase! No quería que le tuviesen por hombre intratable, capaz de

perjudicar a un camarada.

Poniendo un pie en el estribo, dejó caer sobre el pobre jaco la

pesadumbre de su cuerpo. Luego, colocándose la garrocha bajo el brazo,

la apoyó en un gran poste empotrado en la pared, picando varias veces

con gran esfuerzo, como si tuviera al extremo de la lanza un toro

corpulento. El pobre jaco temblaba y doblaba las patas con estos

encontronazos.

--No se regüerve mal...--dijo _Potaje_ con tono conciliador--. El penco

es mejó que yo creía. Tié güena boca, güenas piernas... Te saliste con

la tuya. Que lo aparten.

Y el picador se apeaba, dispuesto a aceptar todo lo que le presentase el

contratista luego de su aparte misterioso.

Gallardo se separó del grupo de aficionados que presenciaban sonrientes

esta operación. Un portero de la plaza iba con él hacia donde estaban

los toros. Atravesó una puertecilla, saliendo a los corrales. Una valla

de mampostería que llegaba a la altura del cuello de un hombre limitaba

el corral por tres de sus lados. Esta valla estaba afirmada por gruesos

postes unidos al balconcillo superior. A trechos abríanse unas salidas

tan angostas que sólo podía pasar por ellas un hombre de lado. En el

amplio corral había ocho toros, unos acostados sobre las patas, otros de

pie y con la cabeza baja, husmeando el montón de hierba que tenían

delante.

El torero marchó a lo largo de estas galerías examinando a las reses. De

vez en cuando salíase fuera de las vallas, asomando el cuerpo por las

estrechas saeteras. Agitaba los brazos, dando alaridos salvajes de reto

que sacaban a los toros de su inmovilidad. Unos saltaban nerviosos,

acometiendo con la cabeza baja contra aquel hombre que venía a turbar la

paz de su encierro. Otros se ponían firmes sobre las patas, aguardando

con la cabeza alta y el gesto fosco a que el atrevido osase acercarse a

ellos.

Gallardo, que volvía a ocultarse rápidamente tras las vallas, examinaba

el aspecto y carácter de las fieras, sin llegar a decidir cuáles eran

las dos que debía escoger.

El mayoral de la plaza estaba junto a él: un hombrón atlético, con

polainas y espuelas, vestido de grueso paño y con sombrero de campo

sostenido por un barboquejo. Apodábanle el _Lobato_, y era un rudo

jinete que pasaba en pleno campo la mayor parte del año, entrando en

Madrid como un salvaje, sin curiosidad por ver sus calles ni querer

pasar más allá de los alrededores de la plaza.

Para él, la capital de España era un circo con desmontes y terrenos

yermos a su alrededor, y más allá un caserío misterioso que jamás había

sentido deseos de conocer. El establecimiento más importante de Madrid

era, según él, la taberna de _Gallina_, situada junto a la plaza, grato

lugar de delicias, palacio encantador donde cenaba y comía a costas del

empresario antes de volverse a la dehesa montado en su jaca, con la

manta obscura en el borrén, las alforjas en la grupa y la pica al

hombro. Entraba en la taberna gozándose en atemorizar a los criados con

sus amistosos saludos: terribles apretones que hacían crujir los huesos

y arrancaban gritos de dolor. Sonreía satisfecho de su fuerza y de que

le llamasen «bruto», y se sentaba ante la pitanza, un plato del tamaño

de una palangana lleno de carne y patatas, a más de un jarro de vino.

Guardaba los toros adquiridos por el empresario, unas veces en la dehesa

de la Muñoza, otras, cuando el calor era excesivo, en las praderas de la

sierra de Guadarrama. Los traía al encierro dos días antes de la

corrida, a media noche, atravesando el arroyo Abroñigal, por las afueras

de Madrid, con acompañamiento de jinetes y vaqueros. Desesperábase

cuando el mal tiempo impedía la fiesta y el ganado quedaba en la plaza,

no pudiendo volver él inmediatamente a las tranquilas soledades donde

pastaban los otros toros.

Lento de palabra, torpe de pensamiento, este centauro que olía a cuero y

a pasto seco expresábase con calor al hablar de su vida pastoril

apacentando fieras. Parecíale estrecho el cielo de Madrid y con menos

astros. Describía con un laconismo pintoresco las noches en la dehesa,

con sus toros dormidos bajo la difusa luz de las estrellas y el denso

silencio rasgado por los ruidos misteriosos de las espesuras. Las

culebras del monte cantaban con una voz extraña en este silencio.

Cantaban, sí señor. No había quien se lo discutiese al _Lobato_; lo

había oído mil veces, y dudar de esto era llamarle embustero,

exponiéndose a sentir el peso de sus manazas. Y así como cantaban los

reptiles, hablaban los toros; sólo que él no había llegado a penetrar

todos los misterios de su idioma. Eran a modo de cristianos, aunque

andaban a cuatro patas y tenían cuernos. Había que verlos despertar

cuando surgía la aurora. Saltaban gozosos como niños; jugueteaban

acometiéndose de mentirijillas y cruzando sus cuernos; intentaban

montarse unos a otros, con una alegría ruidosa, como si saludasen la

presencia del sol, que es la gloria de Dios. Luego hablaba de sus lentas

excursiones por la sierra de Guadarrama, siguiendo el curso de los

riachuelos que bajan de las cumbres la nieve líquida, de una

transparencia de cristal, alimento de los ríos; de los prados con su

hierba llena de florecillas; del aleteo de los pájaros que venían a

posarse entre los cuernos de los toros adormecidos; de los lobos que

aullaban durante la noche, siempre lejos, muy lejos, como asustados por

la procesión de fieras que llegaban tras el cencerro de los cabestros a

disputarles su parte de bravía soledad... ¡Que no le hablasen de Madrid,

donde se ahoga la gente! El sólo encontraba aceptable en este bosque

infinito de casas el vino de _Gallina_ y sus sabrosos guisos.

Habló el _Lobato_ al espada, ayudándole con sus indicaciones a escoger

las dos reses. El mayoral no mostraba asombro ni respeto ante estos

nombres famosos tan admirados por las gentes. El pastor de toros casi

despreciaba al torero. ¡Matar a unos animales tan nobles con toda clase

de engaños! El valiente era él, que vivía entre ellos, pasando ante sus

cuernos en la soledad, sin otra defensa que su brazo, y sin aplauso

alguno.

Al salir Gallardo del corral, otro hombre se unió al grupo, saludando

con gran respeto al maestro. Era un viejo encargado de la limpieza de la

plaza. Llevaba muchos años en este empleo y había conocido a todos los

toreros famosos de su tiempo. Iba vestido pobremente, pero muchas veces

lucía en sus dedos sortijas femeniles, y para sonarse sacaba de las

profundidades de su blusa un pañuelito de batista, pequeño, con ricas

blondas y gran cifra, que aún exhalaba débil perfume.

Se encargaba durante la semana él solo de barrer el inmenso circo,

graderíos y palcos, sin quejarse de lo abrumador de este trabajo. Cuando

el empresario, descontento de él, quería castigarle, abría la puerta a

la pillería que vagaba por los alrededores de la plaza, y el pobre

hombre desesperábase y prometía enmienda, para que esta irrupción de

extraños no se encargase de su trabajo.

Cuando más, admitía como auxiliares a media docena de golfos, aprendices

de torero, que le eran fieles a cambio de que en los días de fiesta les

permitiese ver la corrida desde el «palco de los perros», una puerta con

reja situada junto a los toriles, por donde se sacaba a los lidiadores

heridos. Los ayudantes de la limpieza, agarrados a los hierros,

presenciaban la corrida, rebullendo y peleándose como monos en jaula

para ocupar la primera fila.

El viejo los distribuía hábilmente durante la semana al proceder a la

limpieza de la plaza. Los chicuelos trabajaban en los tendidos de sol,

los del público sucio y pobre, que deja como rastro de su paso un

estercolero de cortezas de naranja, papeles y puntas de cigarro.

--¡Ojo con el tabaco!--ordenaba a su tropa--. El que se me quede una

colilla de puro no ve el domingo la corrida.

Limpiaba pacientemente la sombra, como un buscador de tesoros,

agachándose en el misterio de los palcos para guardar en sus bolsillos

los hallazgos: abanicos de señora, sortijas, pañuelos de mano, monedas

caídas, adornos de trajes femeniles, todo lo que dejaba tras su paso una

invasión de catorce mil personas. Amontonaba los residuos de los

fumadores, picando las colillas y vendiéndolas como tabaco desmenuzado

luego de exponerlas al sol. Los hallazgos de valor eran para una

prendera, que compraba estos despojos del público olvidadizo o turbado

por la emoción.

Gallardo contestó a los saludos melosos del viejo dándole un cigarro, y

se despidió del _Lobato_. Quedaba convenido con el mayoral que éste

enchiqueraría para él los dos toros escogidos. Los otros espadas no

protestarían. Eran muchachos de buena suerte, en plena audacia juvenil,

que mataban lo que les ponían delante.

Al salir otra vez al patio, donde continuaba la prueba de caballos,

Gallardo vio separarse del grupo de espectadores a un hombre alto,

enjuto y de tez cobriza, vestido como un torero. Por debajo de su

fieltro negro asomaban unos tufos de pelo entrecano, y en torno de la

boca marcábanse algunas arrugas.

--_¡Pescadero!_ ¿cómo estás?--dijo Gallardo estrechando su diestra con

sincera efusión.

Era un antiguo espada que había tenido en su juventud horas de gloria,

pero de cuyo nombre se acordaban muy pocos. Otros matadores, llegando

después, habían obscurecido su pobre fama, y el _Pescadero_, luego de

torear en América y sufrir varias cogidas, se había retirado con un

pequeño capital de ahorros. Gallardo le sabía dueño de una taberna en

las inmediaciones del circo, donde vegetaba lejos del trato de

aficionados y toreros. No esperaba verle en la plaza, pero el

_Pescadero_ dijo con expresión melancólica:

--¿Qué quiés? La afisión. Vengo poco a las corrías, pero aún me tiran

las cosas del ofisio, y paso como vecino a ve estas cosas. Ahora no soy

mas que tabernero.

Gallardo, contemplando su aspecto triste, recordaba al _Pescadero_ que

había conocido en su niñez, uno de los héroes más admirados por él,

arrogante, favorecido por las mujeres, luciendo en La Campana, cuando

iba a Sevilla, su calañés de terciopelo, la chaquetilla color de vino y

la faja de seda multicolor, apoyado en un bastón de marfil con puño de

oro. ¡Y así se vería él, vulgar y olvidado, si se retiraba del toreo!...

Hablaron largo rato de las cosas de su arte. El _Pescadero_, como todos

los viejos amargados por la mala suerte, era pesimista. Se acabaron los

buenos toreros. Ya no se veían gentes de corazón. Sólo mataban toros «de

verdad» Gallardo y alguno que otro. Hasta las bestias parecían de menos

poder. Y tras estas lamentaciones, insistió para que su amigo le

acompañase a su casa. Ya que se habían encontrado, y el matador no tenía

que hacer, debía visitar su establecimiento.

Accedió Gallardo, y en una de las calles sin terminar inmediatas a la

plaza, entró en una taberna igual a todas, con la fachada pintada de

rojo, vidrieras con visillos del mismo color, y un escaparate en el que

se exhibían, sobre platos polvorientos, chuletas empanadas, pájaros

fritos y frascos de hortalizas en vinagre. Dentro de la tienda un

mostrador de cinc, toneles y botellas, mesas redondas con taburetes de

madera, y en los muros numerosas estampas de colores representando

toreros célebres y los lances más salientes de la lidia.

--Tomaremos unos «chatos» de Montilla--dijo el _Pescadero_ llamando a un

joven que estaba tras el mostrador y sonreía al ver a Gallardo.

Este se fijó en su cara y en una manga de su chaqueta, completamente

vacía, que se arrollaba en el costado derecho.

--Yo creo que te conozco--dijo el matador.

--Ya lo creo que le conoces--interrumpió el _Pescadero_--. Es el _Pipi_.

El apodo hizo que Gallardo recordase inmediatamente su historia. Un

muchacho valeroso, que clavaba magistralmente las banderillas, y al que

también había bautizado un grupo de aficionados como «el torero del

porvenir». Un día, en la plaza de Madrid, recibió una cornada en un

brazo, y habían tenido que amputárselo, quedando inútil para la lidia.

--Lo he recogido, Juan--continuó el _Pescadero_--. Yo no tengo familia;

mi compañera se murió, y me hago la cuenta de que tengo un hijo...

¡Miserias! Pero si al hombre, ensima de sus desgrasias, le quitas el

güen corazón, ¿pa qué sirve?... No creas que estamos en la abundancia el

_Pipi_ y yo. Vivimos como poemos; pero lo que yo tenga es de él, y vamos

tirando grasias a los antiguos amigos que arguna vez vienen de merienda

o a jugar al _mus_, y sobre too grasias a la escuela.

Gallardo sonrió. Había oído hablar de la escuela de tauromaquia

establecida por el _Pescadero_ cerca de su taberna.

--¡Qué quiés, hijo!--dijo éste, como excusándose--. Hay que ayudarse, y

la escuela consume más que toos los parroquianos de la taberna. Viene mu

buena gente: señoritos que quién aprender pa lucirse en las becerrás;

extranjeros que se entusiasman en las corrías y les entra la chiflaúra

de hacerse toreros a la vejez. Ahora tengo uno dando lición. Viene toas

las tardes. Vas a ve.

Y atravesando la calle, dirigiéronse a un solar cerrado por alta valla.

Sobre los tablones unidos que servían de puerta destacábase un gran

rótulo escrito con alquitrán: «Escuela de Tauromaquia».

Entraron. Lo primero que llamó la atención de Gallardo fue el toro: un

animal de madera y juncos montado sobre ruedas, con cola de estopa, la

cabeza de paja trenzada, una placa de corcho en el lugar del cuello y un

par de cuernos auténticos y enormes, que infundían espanto a los

alumnos.

Un mozo despechugado, con gorrilla y dos pinceles de pelo sobre las

orejas, era el que comunicaba su inteligencia a la fiera, empujándola

cuando los «estudiantes» se ponían enfrente con el capote en la mano.

En mitad del solar, un señor viejo y rechoncho, de ancha corpulencia, la

tez arrebolada y el bigote blanco y recio, manteníase en mangas de

camisa empuñando unas banderillas. Junto a la valla, recostada en una

silla y apoyados los brazos en otra, había una señora casi de la misma

edad y no menos voluminosa, con un sombrero cargado de flores. Su cara

rubicunda, con manchas amarillas de salvado, ensanchábase de entusiasmo

cada vez que su compañero ejecutaba una buena suerte. Agitábanse las

rosas del sombrero y los falsos bucles de la cabellera, de un rubio

escandaloso, con el impulso de sus risas. Aplaudía, abriendo al mismo

tiempo las piernas, que tiraban de la falda, dejando al descubierto una

parte de sus abultados y marchitos encantos.

El _Pescadero_, desde la puerta, explicó a Gallardo el origen de estas

gentes. Debían ser franceses o de cualquier otro país: él no estaba

cierto de quién eran ni le importaba; un matrimonio que iba por el mundo

y parecía haber vivido en todas partes. El había tenido mil oficios, a

juzgar por sus relatos: minero en Africa, colono en lejanas islas,

cazador de caballos con lazo en las soledades de América. Ahora quería

torear para ganar dinero lo mismo que los españoles, y asistía todas las

tardes a la escuela con la firme voluntad de un niño testarudo, pagando

generosamente sus lecciones.

--Figúrate tú: ¡torero con esa facha!... ¡Y a los cincuenta años bien

sonaos!

Al ver entrar a los dos hombres, el alumno bajó sus brazos armados de

banderillas y la señora se arregló la falda y el florido sombrero. ¡Oh,

_cher maître_!...

--Buenas tardes, _mosiú_; felices, _madame_--dijo el maestro llevándose

la mano al sombrero--. A ve, _mosiú_, cómo va esa lición. Ya sabe lo que

le he dicho. Quieto en su terreno, cita usté ar bicho, le deja vení, y

cuando lo tiene ar lao, quiebra usté y le pone los palos en el morrillo.

Usté no tié que preocuparse de na: el toro lo hará too por usté.

Atensión... ¿Estamos?

Y apartándose el maestro se encaró con el terrible toro, o más bien, con

el granuja que estaba detrás, puestas las manos en el cuarto trasero

para empujarle.

--¡Eeeeh!... ¡Entra, _Morito_!

Fue un berrido espantoso el del _Pescadero_ para que entrase el toro,

excitando con estos gritos y con furiosas patadas en la tierra sus

entrañas de aire y de junco y su testuz de paja. Y _Morito_ acometió

como una fiera, con gran estrépito de ruedas, cabeceante a causa de las

desigualdades del terreno, y llevando a la cola aquel paje que le

empujaba para hacerle menos fatigoso el camino. Jamás toro de ganadería

famosa pudo compararse en inteligencia con este _Morito_, bestia

inmortal banderilleada y estoqueada miles de veces, sin sufrir otras

heridas que las insignificantes que le curaba el carpintero. Parecía tan

sabio como los hombres. Al llegar junto al alumno, cambió de dirección

para no tocarle con los cuernos, alejándose con los palos clavados en su

cuello de corcho.

Una ovación saludó esta hazaña, quedando el banderillero firme en su

sitio, arreglándose los tirantes del pantalón y los puños de la camisa.

Su mujer, con la vehemencia del entusiasmo, se echó atrás, riendo al

mismo tiempo que aplaudía, y otra vez la falda, a impulsos de ocultas

exuberancias, volvió a dejar al descubierto los encantos inferiores.

--¡De maestro, _mosiú_!--gritó el _Pescadero_--. Ese par es de primera.

Y el extranjero, conmovido por el aplauso del profesor, respondió con

modestia, golpeándose el pecho:

--Mí hay lo más importante. Corrasón, mocho corrasón.

Luego, para festejar su hazaña, se dirigió al paje de _Morito_, que

parecía relamerse adivinando la orden. Que trajesen un frasco de vino.

Tres había vacíos en el suelo, cerca de la dama, cada vez más purpúrea y

más movediza de ropas, acogiendo con grandes risotadas las hazañas

toreras de su compañero.

Al saber que el que llegaba con el maestro era el famoso Gallardo y

reconocer su rostro, tantas veces admirado por ella en periódicos y

cajas de cerillas, la extranjera perdió el color y sus ojos se

enternecieron. ¡Oh, _cher maître_!... Le sonreía, se frotaba contra él,

deseando caer en sus brazos con todo el peso de su voluminosa y flácida

humanidad.

Chocaron los vasos del vino por la gloria del nuevo torero. Hasta

_Morito_ tomó parte en la fiesta, bebiendo en su nombre el granuja que

le servía de aya.

--Antes de dos meses, _mosiú_--dijo el _Pescadero_ con su gravedad

andaluza--, está usté clavando banderillas en la plaza de Madrí como el

mismísimo Dió, y se yeva usté toas las parmas, y too er dinero, y toas

las mujeres... con permiso de su señora.

Y la señora, sin dejar de mirar a Gallardo con ojos tiernos, conmovíase

de gozo y una risa estrepitosa agitaba las ondas de grasa de su cuerpo.

Continuó su lección el extranjero, con una tenacidad de hombre enérgico.

No había que desaprovechar el tiempo. Quería verse cuanto antes en la

plaza de Madrid, conquistando todas aquellas cosas que le prometía el

maestro. Su rubicunda compañera, viendo que los dos toreros se

marchaban, volvió a sentarse, con el frasco de vino confiado a su

custodia.

El _Pescadero_ acompañó a Gallardo hasta el final de la calle.

--Adió, Juan--dijo con gravedad--. Puede que nos veamos mañana en la

plaza. Ya ves en qué he venío a parar. Tener que comé de estos embustes

y payasás.

Gallardo se alejó preocupado. ¡Ay! ¡Aquel hombre, que él había visto

tirar el dinero en sus buenos tiempos con una arrogancia de príncipe,

seguro de su porvenir!... Había perdido los ahorros en malas

especulaciones. La vida del torero no era para aprender el manejo de una

fortuna. ¿Y aún le proponían que se retirase de la profesión? ¡Nunca!

Había que arrimarse a los toros.

Durante toda la noche, este propósito pareció flotar sobre la laguna

negra de su sueño. ¡Había que arrimarse! Y a la mañana siguiente, la

resolución firmísima persistió en su pensamiento. Se arrimaría,

asombrando al público con sus audacias.

Era tal su ánimo, que marchó a la plaza sin las inquietudes

supersticiosas de otras veces. Sentía la certeza del triunfo, la

corazonada de las tardes gloriosas.

La corrida fue accidentada desde su principio. El primer toro «salió

pegando» con gran acometividad para las gentes de a caballo. En un

instante echó al suelo a los tres picadores que le esperaban lanza en

ristre, y de los jacos dos quedaron moribundos, arrojando por el

perforado pecho chorros de sangre obscura. El otro corrió, loco de dolor

y de sorpresa, de un lado a otro de la plaza, con el vientre abierto y

la silla suelta, mostrando por entre los estribos sus entrañas azuladas

y rojizas, semejantes a enormes embutidos. Arrastraban las tripas por el

suelo, y al pisárselas él mismo con sus patas traseras, tiraba de ellas,

desarrollándolas como una madeja confusa que se desenmaraña. El toro,

atraído por esta carrera, marchó tras él, y metiendo la poderosa cabeza

bajo su vientre lo levantó en los cuernos, arrojándolo al suelo y

ensañándose en su mísero armazón quebrantado y agujereado. Al

abandonarle la fiera, moribundo y pataleante, un «mono sabio» se

aproximó para rematarlo, hundiéndole el hierro de la puntilla en lo alto

del cráneo. El mísero jaco sintió una rabia de cordero en los

estremecimientos de su agonía, y mordió la mano del hombre. Este dio un

grito, agitó la diestra ensangrentada y apretó el puñal, hasta que el

caballo cesó de patalear, quedando con las extremidades rígidas. Otros

empleados de la plaza corrían de un lado a otro con grandes espuertas de

arena, arrojándola a montones sobre los charcos de sangre y los

cadáveres de los caballos.

El público estaba de pie, gesticulando y vociferando. Sentíase

entusiasmado por la fiereza de la bestia y protestaba de que en el

redondel no quedase ni un picador, gritando a coro: «¡Caballos!

¡caballos!»

Todos estaban convencidos de que iban a salir inmediatamente, pero les

indignaba que transcurriesen unos minutos sin nuevas carnicerías. El

toro permanecía aislado en el centro del redondel, soberbio y mugidor,

levantando los cuernos sucios de sangre, ondeándole las cintas de la

divisa sobre su cuello surcado de rasgones azules y rojos. Salieron

nuevos jinetes, y otra vez se repitió el repugnante espectáculo. Apenas

se aproximaba el picador con la garrocha por delante, ladeando el jaco

para que el ojo vendado no le permitiese ver a la fiera, era instantáneo

el choque y la caída. Rompíanse las picas con un chasquido de madera

seca, saltaba el caballo enganchado en los poderosos cuernos, brotaban

sangre, excrementos y piltrafas de este choque mortal, y rodaba por la

arena el picador como un monigote de piernas amarillas, cubriéndole

inmediatamente las capas de los peones.

Un caballo, al ser herido en el vientre, esparció en torno de él,

vaciando sus entrañas, una lluvia nauseabunda de excremento verdoso, que

vino a manchar los trajes de los toreros cercanos.

El público celebraba con risas y exclamaciones las ruidosas caídas de

los jinetes. Sonaba la arena sordamente con el choque de los cuerpos

rudos y sus piernas forradas de hierro. Unos caían de espaldas, como

talegos repletos, y su cabeza, al encontrar las tablas de la valla,

producía un eco lúgubre.

--Ese no se levanta--gritaban en el público--. Debe tener abierto el

melón.

Y sin embargo, se levantaba, extendía los brazos, rascábase el cráneo,

recobraba el recio castoreño, perdido en la caída, y volvía a montar en

el mismo caballo, que los «monos sabios» incorporaban a fuerza de

empellones y varazos. El vistoso jinete hacía trotar al jaco, que

arrastraba por la arena sus entrañas, cada vez más largas y pesadas con

la agitación del movimiento. El picador, sobre esta debilidad agónica,

dirigíase al encuentro de la fiera.

--¡Vaya por ustés!--gritaba arrojando su sombrero a un grupo de amigos.

Y apenas se colocaba ante el toro, clavándole su pica en el cuello,

hombre y caballo iban por lo alto, partiéndose el grupo en dos piezas

con la violencia del choque y rodando cada una por su lado. Otras veces,

antes de que acometiese el toro, los «monos sabios» y parte del público

avisaban al jinete. «Apéate.» Pero antes de que pudiera hacerlo, con la

torpeza de sus piernas rígidas, el caballo se desplomaba, muerto

instantáneamente, y el picador caía expelido por las orejas, chocando su

testa sordamente contra la arena.

Los cuernos del toro no llegaban nunca a enganchar a los jinetes; pero

ciertos picadores, al quedar en el suelo, permanecían exánimes, y un

grupo de servidores de la plaza tenía que cargar con su cuerpo,

llevándolo a la enfermería para que le curasen una fractura de hueso o

lo reanimaran de su conmoción, que tenía el aspecto de la muerte.

Gallardo, ansioso de atraerse la simpatía del público, iba de un lado a

otro, y consiguió un gran aplauso tirando de la cola al toro para librar

a un picador que estaba en el suelo, próximo a ser enganchado.

Mientras banderilleaban, Gallardo, apoyado en la valla, paseaba su vista

por los palcos. Debía estar en ellos doña Sol. Al fin la vio, pero sin

mantilla blanca, sin nada que recordase a aquella señora de Sevilla

semejante a una maja de Goya. Parecía, con su cabellera rubia y su

sombrero original y elegante, una extranjera de las que contemplan por

primera vez una corrida de toros. A su lado estaba el amigo, aquel

hombre del que hablaba ella con cierta admiración y al que mostraba las

cosas interesantes del país. ¡Ay, doña Sol! Pronto iba a ver quién era

el buen mozo al que había abandonado. Tendría que aplaudirle en

presencia del extranjero aborrecido; se entusiasmaría, aun contra su

voluntad, arrastrada por el contagio del público.

Cuando llegó para Gallardo el momento de matar su toro, que era el

segundo, el público le acogió benévolamente, como si olvidase su enfado

de la corrida anterior. Las dos semanas de suspensión por la lluvia

parecían haber infundido a la muchedumbre una gran tolerancia. Deseaba

encontrarlo todo bueno en una corrida tan esperada. Además, la bravura

de los toros y la gran mortandad de caballos había puesto al público de

buen humor.

Marchó Gallardo hacia la fiera, descubierta la cabeza luego del brindis,

con la muleta por delante y moviendo la espada como un bastón. Detrás de

él, aunque a una distancia prudente, iban el _Nacional_ y otro torero.

Algunas voces protestaron desde el tendido. ¡Cuántos acólitos!...

Parecían un clero parroquial marchando a un entierro.

--¡Fuera too er mundo!--gritó Gallardo.

Y los dos peones se detuvieron porque lo decía de veras, con un acento

que no daba lugar a dudas.

Siguió adelante hasta llegar cerca de la fiera, y allí desplegó la

muleta, dando aún algunos pasos más, como en sus buenos tiempos, hasta

colocar el trapo junto al babeante hocico. Un pase; ¡olé!... Un murmullo

de satisfacción corrió por los tendidos. El niño de Sevilla volvía por

su nombre; tenía vergüenza torera. Iba a hacer alguna de las suyas, como

en los mejores tiempos. Y sus pases de muleta fueron acompañados de

ruidosas exclamaciones de entusiasmo, mientras en el graderío se

reanimaban los partidarios, increpando a los enemigos. ¿Qué les parecía

aquello? Gallardo se descuidaba algunas veces, lo reconocían... ¡pero la

tarde que él quería!

Aquella tarde era de las buenas. Cuando vio al toro con las patas

inmóviles, el mismo público le impulsó con sus consejos. «¡Ahora!

¡Tírate!»

Y Gallardo se arrojó sobre la bestia con el estoque por delante,

saliendo de la amenaza de los cuernos rápidamente.

Sonó un aplauso, pero fue muy breve, siguiéndole un murmullo amenazador,

en el que se iniciaron estridentes silbidos. Los entusiastas dejaban de

mirar al toro para volverse indignados contra el resto del público. ¡Qué

injusticia! ¡Qué falta de conocimiento! Había entrado muy bien a

matar...

Pero los enemigos señalaban al toro sin desistir de sus protestas, y

toda la plaza se unía a ellos con una explosión ensordecedora de

silbidos.

La espada había penetrado torcida, atravesando al toro y asomando su

punta por uno de los costados, junto a una pata delantera.

Todos gesticulaban y braceaban con aspavientos de indignación. ¡Qué

escándalo! ¡Aquello no lo hacía ni un mal novillero!...

El animal, con la empuñadura de la espada en el cuello y la punta

asomando por el arranque de un brazo, empezó a cojear, agitando su

enorme masa con el vaivén de un paso desigual. Esto pareció conmover a

todos con generosa indignación. ¡Pobre toro! Tan bueno, tan noble...

Algunos echaban el cuerpo adelante, rugiendo de furia, como si fuesen a

arrojarse de cabeza en el redondel. ¡Ladrón! ¡Hijo de tal!...

¡Martirizar así a un bicho que valía más que él!... Y todos gritaban con

vehemente ternura por el dolor de la bestia, como si no hubiesen pagado

para presenciar su muerte.

Gallardo, estupefacto ante su obra, inclinaba la cabeza bajo el

chaparrón de insultos y amenazas. «¡Mardita sea la suerte!...» Había

entrado a matar lo mismo que en sus buenos tiempos, dominando la

impresión nerviosa que le hacía volver la cara como si no pudiese

soportar la vista de la fiera que se le venía encima. Pero el deseo de

evitar el peligro, de salirse cuanto antes de entre los cuernos, le

había hecho rematar la suerte con aquella estocada torpe y escandalosa.

En los tendidos agitábase la gente con el hervor de numerosas disputas.

«No lo entiende. Vuelve la cara. Está hecho un maleta.» Y los

partidarios de Gallardo excusaban a su ídolo con no menos vehemencia.

«Eso le ocurre a cualquiera. Es una desgracia. Lo importante es entrar a

matar con guapeza, como él lo hace.»

El toro, después de correr cojeando con dolorosos vaivenes, que hacían

bramar al gentío de indignación, quedó inmóvil, para no prolongar más su

martirio.

Gallardo tomó otra espada y fue a colocarse ante él.

El público adivinó su trabajo. Iba a descabellar al toro: lo único que

podía hacer después de su crimen.

Apoyó la punta del estoque entre los dos cuernos, mientras con la otra

mano agitaba la muleta, para que la bestia, atraída por el trapo,

humillase la cabeza hasta el suelo. Apretó la espada, y el toro, al

sentirse herido, agitó el testuz, repeliendo el arma.

--¡Una!--gritó la muchedumbre con burlesca unanimidad.

Volvió el matador a repetir su juego, y otra vez clavó el estoque,

haciendo estremecerse a la fiera.

--¡Dos!--cantaron en los tendidos burlescamente.

Repitió el intento de descabello, sin más resultado que un mugido de la

fiera, dolorida por este martirio.

--¡Tres!...

Pero a este coro irónico de parte del público uniéronse silbidos y

gritos de protesta. Pero ¿cuándo iba a acabar aquel maleta?...

Al fin acertó a tocar con la punta de su estoque el arranque de la

médula espinal, centro de vida, y el toro cayó instantáneamente,

quedando de lado y con las patas rígidas.

El espada se limpió el sudor y emprendió la vuelta hacia la presidencia

con paso lento, respirando jadeante. Por fin veíase libre de aquel

animal. Había creído no acabar nunca. El público le acogía a su paso con

sarcasmo o con un silencio desdeñoso. Nadie aplaudía. Saludó al

presidente en medio de la indiferencia general y fue a refugiarse tras

la barrera, como un escolar avergonzado de sus faltas. Mientras

_Garabato_ le ofrecía un vaso de agua, el matador miró a los palcos,

encontrándose con los ojos de doña Sol, que le habían seguido hasta su

retiro. ¡Qué pensaría de él aquella mujer! ¡Cómo reiría en compañía de

su amigo, viéndole insultado por el público!... ¡Qué maldita idea la de

aquella señora de venir a la corrida!...

Permaneció entre barreras, evitándose toda fatiga hasta que soltasen el

otro toro que había de matar. Le dolía la pierna herida por lo mucho

que había corrido. Ya no era el mismo: lo reconocía. Resultaban inútiles

sus arrogancias y su propósito de «arrimarse». Ni sus piernas eran

ligeras y seguras como en otros tiempos, ni su brazo derecho tenía

aquella audacia que le hacía tenderse sin miedo, deseoso de llegar

cuanto antes al cuello del toro. Ahora se encogía, desobedeciendo su

voluntad, con el instinto torpe de ciertos animales que se contraen y

ocultan la cara, creyendo evitar de este modo el peligro.

Sus antiguas supersticiones aparecieron de pronto aterradoras y

obsesionantes.

«Tengo mala pata--pensaba Gallardo--. Me da er corazón que el quinto

toro me coge... ¡Me coge, no hay remedio!»

Sin embargo, cuando salió a la plaza el quinto toro, lo primero que

encontró fue el capote de Gallardo. ¡Qué animal! Parecía distinto al que

él había escogido en los corrales la tarde anterior. Seguramente habían

cambiado el orden en la suelta de los toros. El temor seguía cantando en

los oídos del torero: «¡Mala pata!... Me coge; hoy salgo del reondel con

los pies pa alante...»

A pesar de esto, siguió toreando a la fiera y apartándola de los

picadores en peligro. Al principio, sus lances pasaron en silencio.

Luego, el público, ablandándose, le aplaudió débilmente.

Cuando llegó el momento de la muerte y Gallardo se plantó ante la fiera,

todos parecieron adivinar la ofuscación de su pensamiento. Movíase

desconcertado; bastaba que el toro agitase su cabeza, para que, tomando

este gesto por un avance, echase los pies atrás, retrocediendo a grandes

saltos, mientras el público saludaba estos conatos de fuga con un coro

de burlas.

--¡Juy! ¡juy!... ¡Que te coge!

De pronto, como si desease terminar de cualquier modo, se arrojó sobre

la bestia con el estoque, pero oblicuamente, para salir cuanto antes del

peligro. Una explosión de silbidos y voces. La espada sólo se había

clavado unos centímetros, y después de cimbrearse en el cuello de la

fiera, fue expelida por ésta a gran distancia.

Gallardo volvió a coger el estoque y se aproximó al toro. Fue a

cuadrarse para entrar a matar, y la fiera le acometió en el mismo

instante. Quiso huir, pero sus piernas ya no tenían la agilidad de otros

tiempos. Fue alcanzado y rodó a impulsos del encontronazo. Acudieron en

su auxilio, y Gallardo se levantó cubierto de tierra, con un gran

rasguño en el dorso del calzón, por el que se escapaba la ropa blanca

interior, una zapatilla menos y perdida la moña que adornaba su coleta.

Aquel mozo arrogante, que tanto había admirado al público con su

elegancia, mostrábase lastimero y ridículo con su faldón al aire,

descompuesto el pelo y la coleta caída y deshecha como un rabo triste.

Tendiéronse en torno de él misericordiosamente varios capotes para

ayudarle y protegerle. Hasta los otros espadas, con generoso

compañerismo, le preparaban el toro para que acabase con él rápidamente.

Pero Gallardo parecía ciego y sordo; sólo veía al animal para echarse

atrás a la más leve de sus acometidas, como si el reciente revolcón le

hubiese enloquecido de miedo. No entendía lo que le decían los

camaradas, y con el rostro intensamente pálido, frunciendo las cejas

como para concentrar su atención, balbuceaba sin saber lo que decía:

--¡Fuera too er mundo! ¡Ejarme solo!

Mientras tanto, en su pensamiento seguía cantando el terror: «¡Hoy

mueres! ¡Hoy es tu última cogida!»

El público adivinaba los pensamientos del espada en sus desacompasados

movimientos.

--¡Le tiene asco al toro! ¡Le ha tomado miedo!...

Y hasta los más fervorosos partidarios de Gallardo callaban

avergonzados, no pudiendo explicarse este suceso nunca visto.

La gente parecía gozarse en su terror, con la valentía intransigente del

que se halla en lugar seguro. Otros, pensando en su dinero, gritaban

contra este hombre que se dejaba arrastrar del instinto de conservación,

defraudándolos en su placer. ¡Un robo!

Gentes soeces insultaban al espada con palabras de duda sobre su sexo.

El odio hacía emerger y flotar, al través de muchos años de admiración,

ciertos recuerdos de la infancia del torero olvidados hasta de él mismo.

Hacían memoria de su vida nocturna con la pillería de la Alameda de

Hércules. Se reían de sus calzones rotos y de las blancas ropas que se

escapaban por el rasgón.

--¡Qué se te ve!--gritaban voces atipladas, con acento femenil.

Gallardo, protegido por las capas de los compañeros, aprovechaba todas

las distracciones del toro para herirlo con su espada, sordo a la

rechifla del público. Eran estocadas que apenas parecía sentir el

animal. Su terror a ser cogido si alargaba el brazo le hacía quedarse

lejos, hiriéndolo solamente con la punta de la espada.

Unos estoques se desprendían apenas hundidos en la carne; otros quedaban

fijos en el hueso, pero descubiertos en su mayor parte, cimbreándose con

los movimientos de la fiera. Iba ésta con la cabeza baja, siguiendo el

contorno de la valla, mugiendo como de fastidio por el tormento inútil.

Seguíala el espada con la muleta en la mano, deseoso de acabar y

temeroso de exponerse, y tras él toda la tropa de ayudantes moviendo

sus capotes, como si quisieran convencer al animal con el flameo de los

trapos para que doblara las piernas y se acostase. El paso del toro por

cerca de la barrera, con su hocico babeante y el cuello erizado de

espadas, provocaba una explosión de burlas e insultos.

--¡Es la Dolorosa!--decían.

Otros comparaban al animal con un acerico lleno de alfileres.

--¡Ladrón! ¡Mal torero!

Algunos, más soeces, persistían en sus injurias al sexo de Gallardo,

cambiándole de nombre.

--¡Juanita! ¡No te pierdas!

Había transcurrido mucho tiempo, y una parte del público, deseando

descargar su furia contra alguien más que el torero, se volvió hacia el

palco presidencial... ¡Señor presidente! ¿Hasta cuándo iba a durar este

escándalo?

El presidente hizo un gesto que acalló las protestas y dio una orden. Se

vio correr a un alguacilillo, con su teja emplumada y el ferreruelo

flotante, por detrás de la barrera, hasta llegar cerca de donde estaba

el toro. Allí, dirigiéndose a Gallardo, avanzó una mano cerrada con el

índice en alto. El público aplaudió. Era el primer aviso. Si antes del

tercero no había matado el toro, éste sería devuelto al corral, quedando

el espada bajo el peso de la mayor deshonra.

Gallardo, como si despertase de su sonambulismo, aterrado por esta

amenaza, puso horizontal el estoque y se arrojó sobre el toro. Una

estocada más, que no penetró gran cosa en el cuerpo de la fiera.

El espada dejaba pender sus brazos con desaliento. ¡Pero aquel bicho era

inmortal!... Las estocadas no le causaban mella. Parecía que no iba a

caer nunca.

La inutilidad del último golpe enfureció al público. Todos se ponían de

pie. Los silbidos eran ensordecedores, obligando a las mujeres a taparse

los oídos. Muchos braceaban, echando el cuerpo adelante, como si

quisieran arrojarse a la plaza. Caían en la arena naranjas, mendrugos de

pan, cojines de asiento, como veloces proyectiles destinados al matador.

De los tendidos de sol salían voces estentóreas, rugidos semejantes a

los de una sirena de vapor, que parecía imposible fuesen producto de una

garganta humana. Sonaba de vez en cuando un escandaloso cencerro con

toques de rebato. Cerca de los toriles, un nutrido coro entonaba el

_gorigori_ de los difuntos.

Muchos volvíanse hacia la presidencia. ¿Para cuándo el segundo aviso?

Gallardo limpiábase el sudor con un pañuelo, mirando a todas partes,

como extrañado de la injusticia del público, y haciendo responsable al

toro de cuanto ocurría. En estos momentos se fijó en el palco de doña

Sol. Esta volvía la espalda para no ver el redondel: tal vez le tenía

lástima, tal vez estaba avergonzada de sus condescendencias en el

pasado.

Otra vez se arrojó a matar, y muy pocos pudieron ver lo que hacía, pues

le ocultaban las capas abiertas incesantemente en torno de él... Cayó el

toro, arrojando por la boca un caño de sangre.

¡Al fin!... El público se aquietó, cesando de manotear, pero continuaron

los gritos y silbidos. El animal fue rematado por el puntillero; le

arrancaron las espadas, quedó enganchado por el testuz al tiro de

mulillas y lo sacaron a rastras del redondel, dejando una ancha faja de

tierra apisonada y regueros de sangre, que los mozos borraron con golpes

de rastrillo y espuertas de arena.

Gallardo se ocultó entre barreras, huyendo de la protesta injuriosa que

levantaba su presencia. Allí permaneció, cansado y jadeante, con una

pierna dolorida, sintiendo en medio de su desaliento la satisfacción de

verse libre del peligro. No había muerto en los cuernos de la fiera...

pero lo debía a su prudencia. ¡Ah, el público! ¡Muchedumbre de asesinos

que ansían la muerte de un hombre, como si sólo ellos amasen la vida y

tuvieran una familia!...

La salida de la plaza fue triste, al través del gentío que ocupaba los

alrededores del circo, de los carruajes y automóviles, de las largas

filas de tranvías.

Rodaba el coche de Gallardo con lento paso, para no atropellar a los

grupos de espectadores que salían de la plaza. Estos se apartaban ante

las mulas, pero al reconocer al espada parecían arrepentidos de su

amabilidad.

Gallardo adivinaba en el movimiento de sus labios tremendas injurias.

Pasaban junto al coche otros carruajes ocupados por hermosas mujeres con

mantillas blancas. Unas volvían la cabeza, como para no ver al torero;

otras le miraban con ojos de desconsoladora conmiseración.

El espada achicábase, como si quisiera pasar inadvertido; se ocultaba

detrás de la corpulencia del _Nacional_, ceñudo y silencioso.

Un grupo de muchachos rompió a silbar siguiendo el carruaje. Muchos de

los que estaban de pie en las aceras les imitaron, creyendo vengarse así

de su pobreza, que les había obligado a permanecer toda una tarde fuera

de la plaza con la esperanza de ver algo. La noticia del fracaso de

Gallardo había circulado entre ellos, y le insultaban, contentos de

humillar a un hombre que ganaba enormes riquezas.

Esta protesta sacó al espada de su resignado mutismo.

--¡Mardita sea!... Pero ¿por qué sirban? ¿Han estao acaso en la

corría?... ¿Les ha costao el dinero?...

Una piedra dio contra una rueda del coche. La pillería vociferaba junto

al estribo; pero llegaron dos guardias a caballo y deshicieron la

manifestación, escoltando después por todo lo alto de la calle de Alcalá

al famoso Juan Gallardo... «el primer hombre del mundo».

X

Acababan las cuadrillas de salir al redondel, cuando sonaron fuertes

golpes en la puerta de Caballerizas.

Un empleado de la plaza se acercó a ella gritando con mal humor. No se

entraba por allí; debían buscar otra puerta. Pero una voz le contestó

desde fuera con insistencia, y abrió.

Entraron un hombre y una mujer: él con sombrero blanco cordobés; ella

vestida de negro y con mantilla.

El hombre estrechó la mano del empleado, dejando dentro de ella algo que

humanizó su fiero gesto.

--Me conose usté, ¿verdá?...--dijo el recién venido--. ¿De vera que no

me conose?... Soy el cuñao de Gallardo, y esta señora es su esposa.

Carmen miraba a todos lados en el abandonado patio. A lo lejos, tras las

recias paredes de ladrillo, sonaba la música y se percibía la

respiración de la muchedumbre, cortada por gritos de entusiasmo y

rumores de curiosidad. Las cuadrillas desfilaban ante el presidente.

--¿Dónde está?--preguntó ansiosa Carmen.

--¿Dónde ha de está, mujé?--repuso el cuñado con rudeza--. En la plasa

cumpliendo con su obligasión... Es una locura haber venío; un

disparate. ¡Este carácter tan flojo que tengo!

Carmen siguió mirando en torno de ella, pero con cierta indecisión, como

arrepentida de haber llegado hasta allí. ¿Qué iba a hacer?...

El empleado, conmovido por el apretón de manos de Antonio y por el

parentesco de aquellas dos personas con un matador de fama, mostrábase

obsequioso. Si quería aguardar la señora a la terminación de la fiesta,

podía descansar en la casa del conserje. Si deseaba ver la corrida, él

sabría colocarlos en buen sitio aunque no llevasen billetes.

Carmen se estremeció con esta proposición. ¿Ver la corrida?... No. Había

llegado hasta la plaza con un esfuerzo de su voluntad, y se arrepentía

de ello. Le era imposible resistir la presencia de su marido en el

redondel. Nunca le había visto toreando. Aguardaría allí hasta que no

pudiese más.

--¡Vaya por Dió!--dijo con resignación el talabartero--. Nos quearemos,

aunque no sé qué pintamos aquí frente a las caballerisas.

Desde el día anterior que el marido de Encarnación iba tras de su

cuñada, sufriendo los sobresaltos y lágrimas de una nerviosidad excitada

por el miedo.

El sábado a mediodía, Carmen le había hablado en el despacho del

maestro. ¡Se marchaba a Madrid! Estaba resuelta a este viaje. No podía

vivir en Sevilla. Llevaba cerca de una semana de insomnios, viendo en su

imaginación escenas horrorosas. Su instinto femenil parecía avisarle un

gran peligro. Necesitaba correr al lado de Juan. No sabía con qué objeto

ni qué podría conseguir en el viaje, pero ansiaba verse junto a

Gallardo, con ese anhelo cariñoso que cree aminorar el peligro

colocándose cerca de la persona amada.

Aquello no era vivir. Se había enterado por los diarios del gran

fracaso de Juan el domingo anterior en la plaza de Madrid. Conocía la

soberbia profesional del torero; adivinaba que no toleraría con

resignación este contratiempo. Iba a hacer locuras para reconquistar el

aplauso del público. La última carta que había recibido de él se lo daba

a entender vagamente.

--No, y no--dijo con energía a su cuñado--. Me voy a Madrid esta misma

tarde. Si tú quiés me acompañas; si no quiés venir, me iré sola. Sobre

too, ni una palabra a don José: me estorbaría el viaje... Esto no lo

sabe mas que la mamita.

El talabartero aceptó. ¡Un viaje gratuito a Madrid, aunque fuese en

triste compañía!... Durante el camino, Carmen daba forma a sus anhelos.

Hablaría a su marido enérgicamente. ¿A qué continuar toreando? ¿No

tenían bastante para vivir?... Debía retirarse, pero inmediatamente; si

no, ella iba a perecer. Era preciso que esta corrida fuese la última...

Aun esto le parecía demasiado. Llegaba a tiempo a Madrid para que su

marido no torease por la tarde. Le decía el corazón que con su presencia

iba a evitar una desgracia.

Pero el cuñado protestaba con grandes aspavientos al oír esto.

--¡Qué barbariá! ¡Lo que sois las mujeres! Se os mete una cosa en la

cabesa, y eso ha de ser. ¿Es que crees tú que no hay autoriá, ni leyes,

ni reglamento de plaza, y que basta que a una mujer se le ocurra

abrazarse al marío y tené miedo, pa que se suspenda una corría y se quee

el público con un parmo de narises?... Tú dirás lo que quieras a Juan,

pero será aluego de la corría. Con la autoría no se juega; iríamos toos

a la cársel.

Y el talabartero se imaginaba las consecuencias más dramáticas si Carmen

persistía en su disparatada idea de presentarse al marido, impidiéndole

que torease. Los prenderían a todos. El se veía ya en la cárcel como

cómplice de este acto, que en su simpleza consideraba un crimen.

Cuando llegaron a Madrid tuvo que hacer nuevos esfuerzos para impedir

que su compañera corriese al hotel donde estaba su marido. ¿Qué iba a

conseguir con esto?...

--Lo vas a azará con tu presensia, y aluego irá a la plaza de mal humó,

sin sereniá, y si le ocurre argo, tú tendrás la curpa.

Esta reflexión amansó a Carmen, haciendo que se entregase a la dirección

de su cuñado. Se dejó llevar a un hotel que éste escogió, y allí estuvo

toda la mañana, tendida en un sofá de su cuarto, llorando, como si diese

por cierta su desgracia. El talabartero, contento de verse en Madrid,

bien instalado, indignábase contra esta desesperación, que le parecía

ridícula.

--¡Vamo, hombre!... ¡Lo que sois las mujeres! Cualquiera creería que

eres viuda, y tu marío está a estas horas tan campante, preparándose

para la corría, güeno y sano como el propio Roger de Flor. ¡Qué

tontunas!

Carmen apenas almorzó, mostrándose sorda a los elogios que tributaba su

cuñado al cocinero del establecimiento. Por la tarde, su resignación

volvió a desvanecerse.

El hotel estaba situado cerca de la Puerta del Sol, y llegaban hasta

ella el ruido y el movimiento de la gente que iba a la corrida. No; no

podía permanecer en esta habitación extraña mientras su marido

arriesgaba la existencia. Necesitaba verlo. Le faltaba valor para

soportar la vista del espectáculo, pero quería sentirse cerca de él:

deseaba ir a la plaza. ¿Dónde estaría la plaza?... Nunca la había visto.

Si no podía entrar en ella, vagaría por los alrededores. Lo importante

era sentirse cerca, creyendo que esta aproximación podía influir en la

suerte de Gallardo.

El talabartero protestaba. ¡Por vida de...! El tenía el propósito de

asistir a la corrida; había salido del hotel para comprar un billete, y

ahora Carmen le aguaba la fiesta con su empeño de ir a la plaza.

--Pero ¿qué vas a hacé allí, criatura? ¿Qué vas a remediá con tu

presensia?... Figúrate, si Juaniyo yega a verte.

Discutieron largamente, pero la mujer oponía a todas sus razones la

misma respuesta tenaz:

--No me acompañes... Iré yo sola.

Acabó el cuñado por rendirse, y en un coche de alquiler fueron a la

plaza, entrando en ella por la puerta de Caballerizas. El talabartero se

acordaba mucho del circo y sus dependencias luego de haber acompañado a

Gallardo en uno de sus viajes a Madrid para las corridas de primavera.

El y el empleado mostrábanse indecisos y con mal humor ante aquella

mujer de ojos enrojecidos y mejillas hundidas, que seguía plantada en el

patio sin saber qué hacer... Los dos hombres sentíanse atraídos por el

rumor del gentío y la música que sonaba en la plaza. ¿Iban a estar allí

toda la tarde, sin ver la corrida?...

El empleado tuvo una buena inspiración.

--Si la señora quiere pasar a la capilla...

Había terminado el desfile de las cuadrillas. Por la puerta que daba

acceso al redondel volvían trotando algunos caballos. Eran los picadores

que no estaban de tanda y se retiraban de la arena para sustituir a sus

compañeros cuando les llegase el turno. Amarrados a unas anillas del

muro estaban en fila seis jacos ensillados, los primeros que habían de

salir al redondel para suplir las bajas. A espaldas de ellos, los

picadores entretenían la espera haciendo evolucionar sus caballos. Un

encargado de las cuadras, montando una yegua asustadiza y brava, la

hacía galopar por el corral para fatigarla, entregándola luego a los

piqueros.

Coceaban los jacos, martirizados por las moscas, tirando de las anillas

como si adivinasen el cercano peligro. Trotaban los otros caballos,

enardecidos por las espuelas de los jinetes.

Carmen y su cuñado tuvieron que refugiarse bajo las arcadas, y al fin la

mujer del torero aceptó la invitación de pasar a la capilla. Era un

lugar seguro y tranquilo, y allí podría hacer algo de provecho para su

esposo.

Cuando se vio en la santa pieza, de un ambiente denso por la respiración

del público que había presenciado la oración de los toreros, Carmen fijó

sus ojos en la pobreza del altar. Ardían cuatro luces ante la Virgen de

la Paloma, pero a ella le pareció mezquino este tributo.

Abrió su bolso para dar un duro al empleado. ¿No podía traer más

cirios?... El hombre se rascó una sien. ¿Cirios? ¿cirios?... En los

enseres de la plaza no creía encontrarlos. Pero de pronto se acordó de

las hermanas de un matador, que traían velas siempre que toreaba éste.

Las últimas apenas se habían consumido, y debían estar guardadas en

algún rincón de la capilla. Tras larga rebusca las encontró. Faltaban

candeleros; pero el empleado, hombre de recursos, trajo un par de

botellas vacías, e introduciendo en su cuello las velas, las encendió,

colocándolas junto a las otras luces.

Carmen se había arrodillado, y los dos hombres aprovecharon su

inmovilidad para correr a la plaza, ansiosos de presenciar los primeros

lances de la corrida.

Quedó la mujer en curiosa contemplación de la imagen borrosa, enrojecida

por las luces. No conocía a esta Virgen, pero debía ser dulce y

bondadosa como la de Sevilla, a la que tantas veces había suplicado.

Además, era la Virgen de los toreros, la que escuchaba sus oraciones de

última hora, cuando el cercano peligro daba a los hombres rudos una

sinceridad piadosa. Sobre aquel suelo se había arrodillado su marido

muchas veces. Y este pensamiento bastó para que se sintiera atraída por

la imagen, contemplándola con religiosa confianza, cual si la conociera

desde la niñez.

Moviéronse sus labios repitiendo oraciones con automática velocidad,

pero su pensamiento huía del rezo, como arrastrado por los ruidos de la

muchedumbre que llegaban hasta ella.

¡Ay, aquel mugido de volcán intermitente, aquel bramar de olas lejanas,

cortado de vez en cuando por pausas de trágico silencio!... Carmen se

imaginaba estar presenciando la corrida invisible. Adivinaba por las

diversas entonaciones de los ruidos de la plaza el curso de la tragedia

que se desarrollaba en su redondel. Unas veces era una explosión de

gritos indignados, con acompañamiento de silbidos; otras, miles y miles

de voces que proferían palabras ininteligibles. De pronto sonaba un

alarido de terror, prolongado, estridente, que parecía subir hasta el

cielo; una exclamación miedosa y jadeante, que hacía ver miles de

cabezas tendidas y pálidas por la emoción siguiendo la veloz carrera del

toro, que le iba a los alcances a un hombre... hasta que se cortaba

instantáneamente el grito, restableciéndose la calma. Había pasado el

peligro.

Extendíanse largos espacios de silencio, de un silencio absoluto, el

silencio del vacío, en el que sonaba agrandado el zumbar de las moscas

salidas de las caballerizas, como si el inmenso circo estuviera

desierto, como si hubieran quedado inmóviles y sin respiración las

catorce mil personas sentadas en su graderío y fuese Carmen el único ser

viviente que subsistía en sus entrañas.

De pronto se animaba este silencio con un choque ruidoso e infinito,

cual si todos los ladrillos de la plaza se soltasen de su trabazón,

dando unos contra otros. Era un aplauso cerrado que hacía temblar el

circo. En el patio inmediato a la capilla sonaban golpes de vara sobre

el pellejo de los míseros caballos, reniegos, choque de herraduras y

voces. «¿A quién le toca?» Nuevos picadores eran llamados a la plaza.

A estos ruidos uniéronse otros más cercanos. Sonaron pasos en las

habitaciones inmediatas, abriéronse puertas con estrépito: oíanse las

voces y la respiración jadeante de varios hombres, como si marchasen

abrumados por un gran peso.

--No es nada... un coscorrón. No tienes sangre. Antes de que acabe la

corrida estarás picando.

Y una voz bronca, debilitada por el dolor, como si viniese de lo más

profundo de los pulmones, gemía entre suspiros, con un acento que

recordaba a Carmen su tierra:

--¡Virgen de la Soleá!... Creo que me he roto argo. Mire bien, dotor...

¡Ay, mis hijos!

Carmen se estremeció de espanto. Elevaba sus ojos a la Virgen,

extraviados por el miedo. Su nariz parecía afilarse con la emoción entre

las mejillas hundidas y pálidas. Sentíase enferma; temía desplomarse

sobre el pavimento con un síncope de terror. Intentaba rezar otra vez,

aislarse en su oración, para no escuchar los ruidos de fuera,

transmitidos por las paredes con una sonoridad desesperante. Pero a

pesar de estos propósitos, llegaba a su oído un lúgubre chapoteo de agua

y las voces de ciertos hombres, que debían ser médicos y enfermeros,

animando al picador.

Este se quejaba con una rudeza de jinete montaraz, queriendo ocultar al

mismo tiempo, por orgullo viril, el dolor de sus huesos quebrantados.

--¡Virgen de la Soleá! ¡Mis hijos!... ¿Qué van a comé los pobres

churumbeles si su pare no pué picá?...

Carmen se levantó. ¡Ay, no podía más! Iba a caer desplomada si seguía en

aquel sitio obscuro estremecido por ecos de dolor. Necesitaba aire, ver

el sol. Creía sentir en sus propios huesos el mismo suplicio que hacía

gemir a aquel hombre desconocido.

Salió al patio. Sangre por todos lados: sangre en el suelo y en las

inmediaciones de unas cubas, donde el agua mezclábase con el líquido

rojo.

Retirábanse los picadores del redondel. Habían hecho la señal para la

suerte de banderillas, y los jinetes llegaban sobre sus caballos

manchados de sangre, con el pellejo rasgado y colgando de sus vientres

el repugnante bandullo de las entrañas al aire.

Desmontábanse los jinetes, hablando con animación de los incidentes de

la corrida. Carmen vio a _Potaje_ apearse con toda la pesadez de su

vigorosa humanidad, lanzando una retahila de maldiciones al «mono sabio»

que le ayudaba torpemente en su descenso. Parecía entorpecido por sus

ocultas perneras de hierro y por el dolor de varios batacazos. Llevábase

una mano a la espalda para rascarse con dolorosos desperezos, pero

sonreía, mostrando su amarilla dentadura de caballo.

--¿Habéis visto ustés que güeno ha estao Juan?--decía a todos los que le

rodeaban--. Hoy viene güeno de veras.

Al reparar en la única mujer que estaba en el patio y reconocerla, no

mostró extrañeza.

--¡Usté por aquí, señá Carmen! ¡Tanto güeno!...

Y hablaba tranquilamente, como si a él, en la somnolencia en que le

tenía siempre el vino y la propia bestialidad, no pudiera asombrarle

nada del mundo.

--¿Ha visto usté a Juan?...--prosiguió--. Se ha acostao en el suelo,

elante del toro, en los mismos hosicos. Lo que hase ese gachó no lo hase

nadie... Asómese a velo, que hoy está mu güeno.

Le llamaron desde una puerta, que era la de la enfermería. Su compañero

el picador deseaba hablarle antes de que lo trasladasen al hospital.

--Adió, señá Carmen. Voy a ve qué quié ese probesito. Una caía con

fratura, según disen. Ese no pica en toa la temporá.

Carmen se refugió bajo las arcadas, queriendo cerrar sus ojos para no

ver el espectáculo repugnante del patio, pero al mismo tiempo sentíase

atraída por el rojo mareador de la sangre.

Los «monos sabios» conducían de las riendas los caballos heridos, que

arrastraban sus entrañas por el suelo, soltando al mismo tiempo por

debajo de la cola una diarrea de susto.

Al verlos, un encargado de las cuadras comenzó a mover pies y manos,

agitado por una fiebre de actividad.

--¡Fuerza, valientes!...--gritó dirigiéndose a los mozos de las

caballerizas--. ¡Duro! ¡duro ahí!

Un mozo de cuadra, moviéndose con precaución junto al caballo, coceante

de dolor, le quitaba la silla, echándole después a las piernas unos

lazos de correas que las agarrotaban, uniendo las cuatro extremidades y

haciendo caer al animal al suelo.

--¡Ahí, valiente!... ¡Duro! ¡duro con él!--seguía gritando el encargado

de las caballerizas, sin dejar de mover manos y pies.

Y los mozos, arremangados, inclinábanse sobre el vientre abierto de la

bestia, que esparcía en torno regueros de sangre y de orín, pugnando

por introducir a puñados en el trágico desgarrón las pesadas entrañas

que colgaban fuera de él.

Otro sostenía las riendas del caído animal y apretaba contra el suelo la

triste cabeza poniendo un pie sobre ella. Contraíase el hocico con gesto

de dolor; chocaban los dientes largos y amarillentos con un escalofrío

de martirio, perdiéndose en el polvo los relinchos, ahogados por la

presión del pie. Pugnaban las manos sangrientas de los curanderos por

devolver a la abierta cavidad las flácidas entrañas; pero la respiración

jadeante de la víctima las hinchaba, haciéndolas salir de su encierro y

desparramándose otra vez como piltrafas empaquetadas. Una vejiga enorme

inflábase entre los despojos, entorpeciendo el arreglo.

--¡La bufa, valientes!...--gritaba el director--. ¡Duro con la bufa!

Y la vejiga, con todas sus entrañas anexas, desaparecía al fin en las

profundidades del vientre, mientras dos mozos, con la agilidad de la

costumbre, cosían la piel.

Cuando el caballo quedaba «arreglado», con bárbara prontitud, le echaban

un cubo de agua por la cabeza, libertaban sus piernas de la trabazón de

las correas y le daban unos golpes de vara para que se pusiera en pie.

Unos, apenas caminaban dos pasos, caían redondos, derramando un chorro

de sangre por la herida zurcida con bramante. Era la muerte instantánea

al recobrar las entrañas su posición. Otros manteníanse fuertes por los

secretos recursos del vigor animal, y los mozos, después del «arreglo»,

los llevaban al «barnizaje», inundando sus patas y vientres con

violentas abluciones de cubos de agua. El color blanco o castaño de los

animales quedaba brillante, chorreando sus pelos un líquido de color

rosa, mezcla de agua y de sangre.

Remendaban los caballos como si fuesen zapatos viejos; explotaban su

debilidad hasta el último momento, prolongando su agonía y su muerte.

Quedaban en el suelo pedazos de intestinos, cortados para facilitar la

operación del «arreglo». Otros fragmentos de sus entrañas estaban en el

redondel cubiertos de arena, hasta que muriese el toro y los mozos

pudieran recoger estas piltrafas en sus espuertas. Muchas veces, el

trágico vacío de los órganos perdidos remediábanlo los bárbaros

curanderos con puñados de estopa introducidos en el vientre.

Lo importante era mantener en pie a estos animales unos cuantos minutos

más, hasta que los picadores volviesen a salir a la plaza: el toro se

encargaría de rematar su obra... Y los jacos moribundos sufrían sin

protesta esta lúgubre transfiguración. Los que cojeaban eran reanimados

con ruidosos golpes de vara, que les hacían temblar desde las patas a

las orejas. Un caballo manso, en la desesperación de su infortunio,

intentaba morder a los «monos sabios» que se aproximaban. Entre sus

dientes guardaba aún colgajos de piel y pelos rojos. Al sentir el

desgarrón de los cuernos en su panza, el mísero animal había mordido el

cuello del toro con una furia de cordero rabioso.

Relinchaban tristemente los caballos heridos, levantando la cola con

ruidoso escape de gases; un hedor de sangre y excremento vegetal

esparcíase por el patio; la sangre corría entre las piedras,

ennegreciéndose al secarse.

Llegaban hasta allí los ruidos de la muchedumbre invisible. Eran

exclamaciones de inquietud; un «¡ay! ¡ay!» lanzado por miles de bocas,

que hacía adivinar la fuga del banderillero acosado de cerca por el

toro. Luego, un silencio absoluto. El hombre volvía hacia la fiera, y

estallaba el ruidoso aplauso saludando un par de banderillas bien

colocado. Luego sonaban las trompetas anunciando la suerte de matar, y

se repetían los aplausos.

Carmen quería irse. ¡Virgen de la Esperanza! ¿Qué hacía allí?...

Ignoraba el orden que iban a seguir los matadores en su trabajo. Tal vez

aquel toque señalaba el momento en que su marido iba a colocarse frente

a la fiera. ¡Y ella allí, a pocos pasos de distancia, y sin verle!...

Quería escapar para librarse de este tormento.

Además, la angustiaba la sangre que corría por el patio, el tormento de

aquellas pobres bestias. Su delicadeza de mujer sublevábase contra estas

torturas, al mismo tiempo que se llevaba el pañuelo al olfato para

repeler los hedores de carnicería.

Nunca había ido a los toros. Gran parte de su existencia la había pasado

oyendo hablar de corridas; pero en los relatos de estas fiestas sólo

veía lo externo, lo que ve todo el mundo: los lances del redondel, a la

luz del sol, con brillo de sedas y bordados; la representación fastuosa,

sin conocer los preparativos odiosos que se verificaban en el misterio

de los bastidores. ¡Y ellos vivían de esta fiesta, con sus repugnantes

martirios de animales débiles! ¡Y su fortuna había sido hecha a costa de

tales espectáculos!...

Estalló un aplauso ruidoso dentro del circo. En el patio se dieron

órdenes con voz imperiosa. El primer toro acababa de morir. Abriéronse

en el fondo del pasadizo de la puerta de Caballerizas las vallas que

comunicaban con el redondel, y llegaron con más intensidad los ruidos de

la muchedumbre y los ecos de la música.

Las mulillas estaban en la plaza: una trinca para recoger los caballos

muertos, otra para llevarse a rastras el cadáver del toro.

Carmen vio venir por debajo de las arcadas a su cuñado. Aún estaba

trémulo de entusiasmo por lo que había visto.

--Juan... ¡colosal! Está esta tarde como nunca. No tengas mieo. ¡Si ese

chico se come los toros vivos!

Luego la miró con inquietud, temeroso de que le hiciese perder una tarde

tan interesante... ¿Qué decidía? ¿Se consideraba con valor para asomarse

a la plaza?

--¡Yévame!--dijo ella con acento angustioso--. ¡Sácame pronto de aquí!

Me siento enferma... Déjame en la primera iglesia que encontremos.

El talabartero torció el gesto. ¡Por vida de Roger! ¡Dejar una corrida

tan magnífica!... Y mientras iban hacia la puerta, calculaba dónde

podría abandonar a Carmen para volver cuanto antes a la plaza.

Cuando salió el segundo toro, todavía Gallardo, apoyado en la barrera,

recibía felicitaciones de sus admiradores. ¡Qué coraje el de aquel

chico... «cuando quería»!... La plaza entera le había aplaudido en el

primer toro, olvidando sus enfados de las corridas anteriores. Al caer

un picador, quedando exánime por el terrible choque, Gallardo había

acudido con su capa, llevándose a la fiera al centro del redondel.

Fueron unas verónicas arrogantes que acabaron por dejar a la bestia

inmóvil y fatigada después de revolverse tras el engaño del trapo rojo.

El torero, aprovechando la estupefacción del animal, quedó erguido a

pocos pasos de su hocico, sacando el vientre como si le desafiase.

Sintió «la corazonada» precursora feliz de sus grandes atrevimientos.

Había que conquistar al público con un rasgo de audacia, y se arrodilló

ante los cuernos con cierta precaución, pronto a levantarse al más leve

intento de acometida.

El toro permaneció quieto. Avanzó una mano hasta tocar su hocico

babeante, y el animal no hizo movimiento alguno. Entonces atreviose a

algo que sumió al público en un silencio palpitante. Poco a poco se

acostó en la arena, con el capote entre los brazos sirviéndole de

almohada, y así estuvo algunos segundos, tendido bajo las narices de la

fiera, que le olisqueaba con cierto miedo, como si recelase un peligro

en este cuerpo que audazmente se colocaba bajo sus cuernos.

Cuando el toro, recobrando su agresiva fiereza, bajó las astas, el

torero rodó hacia las patas, poniéndose de este modo fuera de su

alcance, y el animal pasó sobre él, buscando vanamente en su feroz

ceguera el bulto al que acometía.

Se levantó Gallardo, limpiándose el polvo, y el público, amante de las

temeridades, le aplaudió con el entusiasmo de otros tiempos. No sólo

celebraba su audacia. Se aplaudía a sí mismo, admiraba su propia

majestad, adivinando que el atrevimiento del torero era para

reconciliarse con él, para ganar de nuevo su afecto. Gallardo venía a la

corrida dispuesto a las mayores audacias para conquistar aplausos.

--Se descuida--decían en los tendidos--; muchas veces es flojo; pero

tiene vergüenza torera y vuelve por su nombre.

El entusiasmo del público, su alegre agitación al recordar la hazaña de

Gallardo y la certera estocada con que el otro maestro había dado muerte

al primer toro, trocáronse en mal humor y protestas al ver el segundo en

el redondel. Era enorme y de hermosa estampa, pero corría por el centro

de la plaza, mirando con extrañeza a la ruidosa muchedumbre de los

tendidos, asustado de las voces y silbidos con que pretendían excitarle

y huyendo de su propia sombra, como si adivinara toda clase de

asechanzas. Los peones corrían tendiéndole la capa. Acometía al trapo

rojo, siguiéndolo por algunos instantes, pero de pronto daba un bufido

de extrañeza y volvía su cuarto trasero, huyendo en distinta dirección

con violentos saltos. Su ágil movilidad para la fuga indignaba al

público.

--Eso no es toro... ¡es una mona!

Los capotes de los maestros consiguieron al fin atraerlo hacia la

barrera, donde esperaban los picadores, inmóviles sobre sus monturas,

con la garrocha bajo el brazo. Se acercó a un jinete con la cabeza baja

y fieros bufidos como si fuese a acometer. Pero antes de que el hierro

se clavase en su cuello, dio un salto y huyó, pasando por entre las

capas que le tendían los peones. En su fuga encontró otro picador,

repitiendo el salto, el bufido y la huida. Luego tropezó con el tercer

jinete, el cual, avanzando la garrocha, le picó en el cuello, aumentando

con este castigo su miedo y su velocidad.

El público en masa se había puesto de pie, braceando y gritando. ¡Un

toro manso! ¡Qué abominación!... Volvíanse todos hacia la presidencia

bramando su protesta: «¡Señor presidente! Aquello no podía consentirse.»

De algunos tendidos comenzó a salir un coro de voces que repetían las

mismas palabras con monótona entonación:

--¡Fuego!... ¡fueeego!

El presidente parecía dudar. Corría el toro, perseguido por los

lidiadores, que iban tras él con la capa al brazo. Cuando alguno de

éstos conseguía ponerse delante para detenerle, olfateaba la tela con el

bufido de siempre y se alejaba en distinta dirección dando saltos y

coces.

Aumentaba la ruidosa protesta con estas fugas. «¡Señor presidente! ¿Era

que estaba ciego su señoría?...» Comenzaban a caer en el redondel

botellas, naranjas y cojines de asiento en torno de la bestia fugitiva.

El público la odiaba por cobarde. Una botella dio en uno de sus cuernos,

y la gente aplaudió al certero tirador sin saber quién era. Parte del

público tendía el cuerpo hacia adelante como si fuera a arrojarse al

redondel, queriendo destrozar con sus manos a la mala bestia. ¡Qué

escándalo! ¡Ver en la plaza de Madrid bueyes que sólo servían para dar

carne! «¡Fuego!... ¡fueeego!»

El presidente agitó al fin un pañuelo rojo, y una salva de aplausos

saludó este gesto.

Las banderillas de fuego eran un espectáculo extraordinario, algo

inesperado que aumentaba el interés de la corrida. Muchos que

protestaban hasta enronquecer estaban satisfechos en su interior de este

incidente. Iban a ver al toro asado en vida, corriendo loco de terror

por los rayos que le colgarían del cuello.

Avanzó el _Nacional_ llevando pendientes de sus manos, con las puntas

hacia abajo, dos gruesas banderillas que parecían enfundadas en papel

negro. Fuese hacia el toro sin grandes precauciones, como si su cobardía

no mereciese arte alguno, y le clavó los palos infernales entre los

aplausos vengativos de la muchedumbre.

Sonó un chasquido como si se rompiese algo, y dos chorros de humo blanco

comenzaron a surgir sobre el cuello del animal. Con la luz del sol no se

veía el fuego, pero los pelos desaparecían chamuscados y una mancha

negra extendíase sobre el pescuezo.

Corrió el toro, sorprendido del ataque, acelerando su fuga, como si con

ésta pudiera librarse del tormento, hasta que de pronto comenzaron a

estallar en su cuello secas detonaciones semejantes a tiros de fusil,

volando en torno de sus ojos las encendidas pavesas de papel. Saltaba la

bestia con la agilidad del terror, las cuatro patas en el aire al mismo

tiempo, torciendo en vano la cornuda cabeza para arrancarse con la boca

aquellos demonios agarrados a su pescuezo. La gente reía y aplaudía,

encontrando graciosos estos saltos y contorsiones. Parecía que ejecutaba

una danza de animal amaestrado con la torpe pesadez de su volumen.

--¡Cómo le pican!--exclamaba el público con risa feroz.

Cesaron de rugir y estallar las banderillas. Hervía el carbonizado

pescuezo con burbujas de grasa. El toro, al no sentir la quemazón del

fuego, quedó inmóvil, jadeante, con la cabeza humillada, sacando una

lengua seca, de rojo obscuro.

Otro banderillero se aproximó a él, clavando un segundo par. Volvieron a

surgir los chorros de humo sobre la carne chamuscada, sonaron los tiros,

y el toro corrió otra vez, pugnando por aproximar la boca al pescuezo

enroscando su cuerpo macizo; pero ahora los movimientos eran de menos

violencia, como si su vigorosa animalidad comenzara a habituarse al

martirio.

Aún le clavaron un tercer par, y su cuello quedó carbonizado,

esparciendo en el redondel un hedor nauseabundo de grasa derretida,

cuero quemado y pelos consumidos por el fuego.

El público siguió aplaudiendo con vengativo frenesí, como si el manso

animal fuese un adversario de sus creencias e hicieran obra santa con

este abrasamiento. Reían al verle trémulo sobre sus patas, agitando los

flancos como los costados de un fuelle, mugiendo con chillón alarido de

dolor, los ojos enrojecidos, y arrastrando su lengua por la arena, ávido

de una sensación de frescura.

Gallardo aguardaba apoyado en la barrera, cerca de la presidencia, la

señal para matar. _Garabato_ tenía sobre el borde de la valla el estoque

y la muleta preparados.

«¡Mardita sea!...» ¡Tan bien como se presentaba la corrida, y reservarle

la mala suerte este toro, que él mismo había escogido por su buena

estampa, y que al pisar la arena resultaba mansurrón!...

Excusábase por adelantado de lo defectuoso de su trabajo, hablando con

los inteligentes que ocupaban las delanteras de barrera.

--Se hará lo que se puea, y na más--decía levantando los hombros.

Luego miraba a los palcos, fijándose en el de doña Sol. Le había

aplaudido antes, cuando realizó su estupenda hazaña de acostarse ante el

toro. Sus manos enguantadas chocaron con entusiasmo cuando volvía él

hacia la barrera saludando al público. Al darse cuenta doña Sol de que

el torero la miraba, lo saludó con un ademán afectuoso, y hasta su

acompañante, aquel tío antipático, se había unido a este saludo con ruda

inclinación del cuerpo, como si fuese a partirse por la cintura. Luego

había sorprendido varias veces los gemelos de ella fijos con insistencia

en su persona, buscándolo en su retiro entre barreras. ¡Aquella

_gachí_!... Tal vez se sentía atraída de nuevo por los mozos de corazón.

Gallardo pensaba visitarla al día siguiente, por si había cambiado el

viento.

Sonó la señal para matar, y el espada, luego de un corto brindis, marchó

hacia el toro.

Los entusiastas dábanle consejos a gritos.

--¡Despáchalo pronto! Es un buey que no merece nada.

El torero tendió su muleta ante la bestia, y ésta arremetió, pero con

paso tardo, escarmentada por el tormento, con una intención manifiesta

de aplastar, de herir, como si el martirio hubiese despertado su

fiereza. Aquel hombre era el primero que se colocaba ante sus cuernos

después del suplicio.

La muchedumbre sintió que se desvanecía su vengativa animadversión

contra el toro. No se revolvía mal; atacaba. ¡Olé! Y todos saludaron con

entusiasmo los pases de muleta, envolviendo en la misma aprobación al

lidiador y a la fiera.

Quedó el toro inmóvil, humillando la cerviz y con la lengua pendiente.

Se hizo el silencio precursor de la estocada mortal: un silencio más

grande que el de la soledad absoluta, producto de muchos miles de

respiraciones contenidas. Fue tan grande este silencio, que llegaron

hasta los últimos bancos los menores ruidos del redondel. Todos oyeron

un leve crujido de maderas chocando unas con otras. Era que Gallardo,

con la punta del estoque, echaba atrás, sobre el cuello del toro, los

palos chamuscados de las banderillas que asomaban entre los cuernos.

Luego de este arreglo para facilitar el golpe, la muchedumbre avanzó aún

más sus cabezas, adivinando la misteriosa correspondencia que acababa de

establecerse entre su voluntad y la del matador. «¡Ahora!», decían todos

interiormente. Iba a derribar al toro de una estocada maestra. Todos

adivinaban la resolución del espada.

Se lanzó Gallardo sobre el toro, y todo el público respiró a un tiempo

ruidosamente, luego de la emocionante espera. Del encontronazo entre el

hombre y el animal salió éste corriendo con mugidora furia, mientras el

graderío prorrumpía en silbidos y protestas. Lo de siempre. Gallardo

había vuelto la cara y encogido el brazo en el momento de matar. El

animal llevaba en el cuello el estoque cimbreante y suelto, y a los

pocos pasos la hoja de acero saltó de la carne, rodando por la arena.

Una parte del público increpó a Gallardo. Estaba roto el encanto que lo

había unido al espada al principio de la fiesta. Reaparecía la

desconfianza; ensañábase la animadversión en el torero. Todos parecían

haber olvidado el entusiasmo de poco antes.

Gallardo recogió la espada, y con la cabeza baja, sin ánimos para

protestar del desagrado de una muchedumbre tolerante para otros e

inflexible con él, marchó otra vez hacia el toro.

En su confusión, creyó ver que un torero se ponía a su lado. Debía ser

el _Nacional_.

--¡Carma, Juan! No embarullarse.

«¡Mardita sea!...» ¿Y siempre le iba a ocurrir lo mismo? ¿Era que ya no

podría meter el brazo entre los cuernos, como en otros tiempos, clavando

el estoque hasta la cruz? ¿Iba a pasarse el resto de su vida haciendo

reír a los públicos?... ¡Un buey, al que habían tenido que dar fuego!...

Se colocó frente al animal, que parecía aguardarle con las patas

inmóviles, como si desease acabar cuanto antes su largo martirio. No

quiso pasarle otra vez de muleta. Se perfiló con el trapo rojo junto al

suelo y la espada horizontal a la altura de sus ojos... ¡A meter el

brazo!

El público púsose de pie con rápido impulso. Durante unos segundos,

hombre y fiera no formaron mas que una sola masa, y así se movieron

algunos pasos. Los más inteligentes agitaban ya sus manos, ansiosos de

aplaudir. Se había arrojado a matar como en sus mejores tiempos. ¡Una

estocada de verdad!

Pero de pronto, el hombre salió de entre los cuernos despedido como un

proyectil por un cabezazo demoledor, y rodó por la arena. El toro bajó

la cabeza y sus cuernos engancharon el cuerpo inerte, elevándolo un

instante del suelo y dejándolo caer, para proseguir su carrera, llevando

en el cuello la empuñadura de la espada, hundida hasta la cruz.

Gallardo se levantó torpemente, y la plaza entera estalló en un aplauso

ensordecedor, ansiosa de reparar su injusticia. ¡Olé los hombres! ¡Bien

por el niño de Sevilla! Había estao _güeno_.

Pero el torero no contestaba a estas exclamaciones de entusiasmo. Se

llevó las manos al vientre, agachándose en una curvatura dolorosa, y

comenzó a andar con paso vacilante y la cabeza baja. Por dos veces la

levantó, mirando a la puerta de salida como si temiese no encontrarla,

perdido en temblorosos zigzags, cual si estuviese ebrio.

De pronto cayó en la arena, encogido como un gusano enorme de seda y

oro. Cuatro mozos de la plaza tiraron torpemente de él hasta izarlo

sobre sus hombros. El _Nacional_ se unió al grupo, sosteniendo la cabeza

del espada, pálida, amarillenta, con los ojos vidriosos al través de las

pestañas cruzadas.

El público tuvo un movimiento de sorpresa, cesando en sus aplausos.

Todos volvían la vista en torno, indecisos sobre la gravedad del

suceso... Pero pronto circularon noticias optimistas, que nadie sabía de

dónde venían; esa opinión anónima que todos admiten, y en ciertos

instantes enardece o inmoviliza a las muchedumbres... No era nada. Un

varetazo en el vientre que le privaba de sentido. Nadie había visto

sangre.

La muchedumbre, súbitamente tranquilizada, fue sentándose, pasando su

atención del torero herido a la fiera, que aún se mantenía en pie,

resistiendo a las angustias de la muerte.

El _Nacional_ ayudó a colocar a su maestro en una cama de la enfermería.

Cayó en ella como un talego, inánime, con los brazos pendientes fuera

del lecho.

Sebastián, que tantas veces había contemplado a su espada ensangrentado

y herido, sin perder por esto la serenidad, sentía ahora la angustia del

miedo viéndolo inerte, con una blancura verdosa, como si estuviese

muerto.

--¡Por vía e la paloma azul!--gimoteaba--. ¿Es que no hay médicos? ¿Es

que no hay nadie?

El personal de la enfermería, luego de despachar al picador magullado,

había corrido a su palco en la plaza.

El banderillero desesperábase, creyendo que los segundos eran horas,

gritando a _Garabato_ y a _Potaje_, que habían acudido tras él, sin

saber ciertamente lo que les decía.

Llegaron dos médicos, y luego de cerrar la puerta para que nadie les

estorbase, quedaron indecisos ante el cuerpo inánime del espada. Había

que desnudarlo.

A la luz que entraba por una claraboya del techo, _Garabato_ comenzó a

desabrochar, descoser y rasgar las ropas del torero.

El _Nacional_ apenas podía ver el cuerpo. Los médicos estaban en torno

del herido, consultándose con la mirada. Debía ser un colapso que le

había privado de vida aparentemente. No se veía sangre. Los rasgones de

su ropa eran efecto, sin duda, del revolcón que le había dado el toro.

Entró apresuradamente el doctor Ruiz, y sus colegas le dejaron pasar a

primer término, acatando su maestría. Juraba en su nerviosa

precipitación, mientras iba ayudando a _Garabato_ a abrir las ropas del

torero.

Hubo un movimiento de asombro, de dolorosa sorpresa, en torno de la

cama. El banderillero no se atrevía a preguntar. Miró por entre las

cabezas de los médicos, y vio el cuerpo de Gallardo con la camisa subida

sobre el pecho y los calzones caídos, dejando visibles las negruras de

la virilidad. El vientre, completamente al descubierto, estaba rasgado

por una abertura tortuosa de labios ensangrentados, al través de la cual

asomaban unas piltrafas de fresco azul.

El doctor Ruiz movió la cabeza tristemente. A más de la herida atroz e

incurable, el torero había recibido una conmoción tremenda con el

cabezazo del toro. No respiraba.

--¡Dotor... dotor!--gimió el banderillero, suplicando por saber la

verdad.

Y el doctor Ruiz, tras largo silencio, volvió a mover la cabeza.

--¡Se acabó, Sebastián!... Puedes buscarte otro matador.

El _Nacional_ levantó sus ojos a lo alto. ¡Y así acababa un hombre como

aquel, sin poder estrechar la mano de los amigos, sin decir una palabra,

repentinamente, como un mísero conejo a quien golpean en la nuca!...

La desesperación le hizo salir de la enfermería. ¡Ay, él no podía ver

aquello! El no era como _Potaje_, que permanecía inmóvil y ceñudo a los

pies de la cama, contemplando el cadáver como si no lo viese, mientras

hacía girar el castoreño entre sus dedos.

Iba a llorar como un niño. Su pecho jadeaba de angustia, mientras los

ojos se le hinchaban a impulsos de las lágrimas.

En el patio tuvo que apartarse para dejar paso a los picadores que

volvían al redondel.

La terrible nueva comenzaba a circular por la plaza. ¡Gallardo había

muerto!... Unos dudaban de la veracidad de la noticia, otros dábanla por

cierta; pero ninguno se movía del asiento. Iban a soltar el tercer toro.

Aún estaba la corrida en su primera mitad, y no era cosa de renunciar a

ella.

Por la puerta del redondel llegaba el rumor de la muchedumbre y el

sonido de la música.

El banderillero sintió nacer en su pensamiento un odio feroz por todo lo

que le rodeaba, una aversión a su oficio y al público que lo mantenía.

Danzaban en su memoria las sonoras palabras con que hacía reír a las

gentes, encontrando ahora en ellas una nueva expresión de justicia.

Pensó en el toro, al que arrastraban por la arena en aquel momento con

el cuello carbonizado y sanguinolento, rígidas las patas y unos ojos

vidriosos que miraban al espacio azul como miran los muertos.

Luego vio con la imaginación al amigo que estaba a pocos pasos de él, al

otro lado de una pared de ladrillo, también inmóvil, con las

extremidades rígidas, la camisa sobre el pecho, el vientre abierto y un

resplandor mate y misterioso entre las pestañas cruzadas.

¡Pobre toro! ¡Pobre espada!... De pronto, el circo rumoroso lanzó un

alarido saludando la continuación del espectáculo. El _Nacional_ cerró

los ojos y apretó los puños.

Rugía la fiera: la verdadera, la única.

Sangre y arena · 第 10 / 13 题