VI

--Paece mentira, Sebastián. Un hombre como tú, con mujer y con hijos,

prestarte a esas alcahueterías... ¡Yo que te creía otro y tenía la

confiansa en ti cuando salías de viaje con Juaniyo! ¡Yo que me queaba

tranquila porque iba con una persona de carácter!... ¿Aónde están toas

esas cosas de tus ideas y tu religión? ¿Es que eso lo manda la reunión

de judíos que os juntáis en casa de don Joselito el maestro?

El _Nacional_, asustado por la indignación de la madre de Gallardo y

conmovido por las lágrimas de Carmen, que lloraba silenciosa, ocultando

su cara tras un pañuelo, se defendía torpemente. Pero al escuchar las

últimas palabras, se irguió con gravedad sacerdotal.

--Señá Angustias, no me toque usté las ideas y deje en paz si quiere a

don Joselito, que na tié que ver en too esto. ¡Por vía e la paloma azul!

Yo fui a _La Rinconá_ porque me lo mandó mi mataor. ¿Usté sabe lo que es

una cuadrilla? Pues lo mismo que el ejérsito: disiplina y servilismo. El

mataor manda, y hay que obedeser. Como que esto de los toros es de los

tiempos de la Inquisisión, y no hay ofisio más reasionario.

--¡Payaso!--gritó la señora Angustias--. ¡Güeno estás tú con toas esas

fábulas de Inquisisión y reasiones! Entre toos estáis matando a esta

probesita, que se pasa el día sortando lágrimas como la Dolorosa. Tú lo

que quieres es tapá las charranás de mi hijo, porque te da a comé.

--Usté lo ha dicho, señá Angustias; Juaniyo me da a comé, eso es. Y como

me da a comé, tengo que obedeserle... Pero venga usté aquí, señora:

póngase en mi caso. Que me dise mi mataor que hay que ir a _La

Rinconá_... Güeno. Que a la hora de dirnos me encuentro en el otomóvil

con una señorona mu guapa... ¿Qué vamos a haserle? El mataor manda.

Aemás, no iba yo solo. También iba _Potaje_, que es persona de arguna

edá y de respeto, aunque sea un bruto. Nunca se ríe.

La madre del torero se indignó con esta excusa.

--_¡Potaje!_ Un mal hombre, que Juaniyo no debía yevar en su cuadrilla

si tuviese vergüensa. No me hables de ese borracho, que le pega a su

mujer y tiene muertos de hambre a los chicos.

--Güeno: fuera _Potaje_... Digo que vi aqueya señorona, ¿y qué iba a

hasé? No era una pelandusca; es la sobrina der marqués, una partidaria

del maestro, y los toreros ya sabe usté que han de estar bien con la

gente que puede. Hay que vivir der público. ¿Qué mal hay en esto?...

Aluego, en er cortijo, ¡na! Se lo juro a usté por los míos: ¡na! ¡Güeno

soy yo pa aguantar ese mochuelo, aunque me lo mandase mi mataor! Yo soy

una persona desente, señá Angustias, y hase usté mal en yamarme eso feo

que me ha yamao endenantes. ¡Por vía e la paloma!... Cuando se es del

comité y vienen a consultarle a uno en día de elecsiones, y concejales y

diputaos han chocao esta mano que usté ve aquí, ¿se pueden haser siertos

papeles?... Repito que na. Se hablaban de usté, lo mismo que usté y yo;

ca uno pasó la noche por su lao; ni una mala mirada, ni una palabra

fea. Desensia a toas horas... Y si usté quisiera que viniese _Potaje_,

él le diría...

Pero Carmen le interrumpió con una voz quejumbrosa cortada por suspiros.

--¡En mi casa!--gemía con expresión de asombro--. ¡En el cortijo!... ¡Y

eya se acostó en mi cama!... Yo lo sabía too, y cayaba, ¡cayaba!...

¡Pero esto! ¡Josú! ¡Esto, que no hay en toa Seviya un hombre que se

atreva a tanto!...

El _Nacional_ intervino bondadosamente. Calma, señora Carmen. ¡Si

aquello no tenía importancia! Una visita al cortijo de una mujer

entusiasta del maestro, que deseaba ver de cerca cómo vivía en el campo.

Estas señoras medio extranjeras son siempre caprichosas y raras. ¡Pues

si ella hubiese visto a las francesas, cuando fue la cuadrilla a torear

en Nimes y Arlés!...

--Total, na. ¡Too... «líquido»! Hombre, ¡por la paloma azul! Tendría

gusto en conosé al desahogao que ha venío con el soplo. Yo de Juaniyo,

si era arguien der cortijo, lo ponía en la puerta; y si de fuera, yamaba

al jues pa que lo metiera en la cársel por embustero y mal enemigo.

Seguía llorando Carmen, sin escuchar las indignadas expresiones del

banderillero, mientras la señora Angustias, sentada en una silla de

brazos, contra los cuales se apelotonaba su desbordante obesidad,

fruncía el ceño y apretaba la boca velluda y rugosa.

--Caya, Sebastián, y no mientas--dijo la vieja--. Lo sé too. Una juerga

indesente el tal viaje al cortijo; una fiesta de gitanos. Hasta disen

que estuvo con vosotros _Plumitas_ el ladrón.

Aquí dio un salto el _Nacional_, a impulsos de la sorpresa y la

inquietud. Le pareció que entraba en el patio, hollando las losas de

mármol, un jinete mal pergeñado, con sombrero mugriento, y se apeaba de

su jaca, apuntándole con una carabina por hablador y miedoso. Luego le

pareció ver tricornios, muchos tricornios de brillante hule, bocas

bigotudas y preguntonas, manos que escribían, y toda la cuadrilla,

vestida con trajes de luces, atada codo con codo, camino de la cárcel.

Aquí sí que había que negar enérgicamente.

--«¡Líquido!» ¡Too «líquido»! ¿Qué habla usté de _Plumitas_? Allí no

hubo mas que desensia. ¡Hombre, no fartaba más sino que a un siudadano

como yo, que yevo a las urnias más de cien votos de mi barrio, le

acumulasen que es amigote der _Plumitas_!

La señora Angustias, vencida por las protestas del _Nacional_ y poco

segura de esta última noticia, acabó por no creerla. Bueno; nada del

_Plumitas_. ¡Pero lo otro! ¡La ida al cortijo con aquella... hembra! Y

firme en su ceguera de madre, que hacía caer toda la responsabilidad de

los actos del espada sobre sus acompañantes, siguió increpando al

_Nacional_.

--Ya le diré a tu mujer quién eres. La probesita matándose en su tienda,

del amaneser a la noche, y tú yéndote de juerga, como un chaval. Debías

tener vergüensa... ¡a tus años! ¡con tanto chiquiyo!...

El banderillero acabó por marcharse, huyendo de la señora Angustias,

que, a impulsos de la indignación, mostraba la misma ligereza de lengua

de los tiempos en que trabajaba en la Fábrica de Tabacos. Proponíase no

volver más a la casa de su maestro.

Encontraba a Gallardo en la calle. Parecía malhumorado, pero al ver a su

banderillero fingíase sonriente y animoso, como si no hiciesen mella en

él los disgustos domésticos.

--Aqueyo está mal, Juaniyo. No güervo a tu casa aunque me yeven

arrastrando. Tu mare me insulta como si fuese yo un gitano de Triana.

Tu mujer yora y me mira, como si tuviese yo también la curpa de too.

Hombre, otra vez haz el favor de no acordarte de mí. Toma a otro de

socio cuando vayas con hembras.

Gallardo sonrió satisfecho. No sería nada; aquello pasaba pronto.

Tormentas mayores había afrontado.

--Lo que debes asé es vení por casa. Así, con mucha gente, no hay

bronca.

--¿Yo?--exclamaba el _Nacional_--. Primero cura.

Tras estas palabras, el espada creía inútil insistir. Pasaba gran parte

del día fuera de su casa, lejos del silencio huraño de las mujeres,

interrumpido muchas veces con lagrimeos, y cuando volvía era con

escolta, amparándose en su apoderado y otros amigos.

El talabartero fue también un gran auxiliar para Gallardo. Por primera

vez miró éste a su cuñado como un hombre simpático, notable por su buen

seso, y digno de mejor suerte. El era quien durante las ausencias del

matador se encargaba de apaciguar a las mujeres, incluso a la suya,

dejándolas como furias cansadas.

--Vamos a ve--decía--, ¿qué es too? Una niñá sin importancia. Ca uno es

quien es, y Juaniyo es un presonaje, y nesesita tratarse con gentes de

poer. ¡Que esa señora fue al cortijo! ¿y qué?... Hay que orsequiar a las

güenas amistades; así se pueen pedir favores y ayudar después a los de

la familia. Na malo pasó: too calumnias. Estaba allí el _Nacional_, que

es un hombre de carácter. Le conozco mucho.

Y por primera vez en su vida alababa al banderillero. Metido a todas

horas en la casa, su auxilio era de gran valía para Gallardo. El solo

bastábase para aplacar a las mujeres, aturdiéndolas con su charla

continua. El torero no le regateaba su gratitud. Había dejado la tienda

de talabartero porque los negocios iban mal, y aguardaba un empleo de su

cuñado. Mientras tanto, el espada atendía a todas las necesidades de la

familia, y al fin acabó rogando a él y a su hermana que se instalasen en

la casa. Así, la pobre Carmen se aburriría menos; no estaría tan sola.

Un día, el _Nacional_ recibió un aviso de la esposa de su matador para

que fuese a verla. La misma mujer del banderillero le dio el recado.

--La he visto esta mañana. Venía de San Gil. La probe tiene los ojos

como si yorase a toas horas. Ve a verla... ¡Ay, los hombres guapos! ¡Qué

castigo!

Carmen recibió al _Nacional_ en el despacho del espada. Allí estarían

solos, sin miedo a que entrase la señora Angustias con sus vehemencias,

o los cuñados, que se habían instalado en la casa con toda su prole,

abusando de la superioridad que les proporcionaban las disensiones de la

familia. Gallardo estaba en el club de la calle de las Sierpes. Huía de

la casa, y muchos días, para evitar el encontrarse con su mujer, comía

fuera, yendo con amigos a la venta de Eritaña.

El _Nacional_, sentado en un diván, quedó con la cabeza baja y el

sombrero entre las manos, no queriendo mirar a la esposa de su maestro.

¡Cómo se había desmejorado! Sus ojos estaban enrojecidos y con profundos

cercos obscuros. Las mejillas morenas y el filo de su nariz tenían una

brillantez de color sonrosado que delataba el frote del pañuelo.

--Sebastián, va usté a decirme toíta la verdá. Usté es bueno, usté es el

mejor amigo de Juan. Lo de la mamita, el otro día, fueron cosas de su

carácter. Usté conoce lo buena que es. Un pronto, y después na. No haga

caso.

El banderillero asentía con movimientos de cabeza, aguardando la

pregunta. ¿Qué deseaba saber la señora Carmen?...

--Que me diga usté lo que pasó en _La Rinconá_, lo que usté vio y lo que

usté se figura.

¡Ah, buen _Nacional_! ¡Con qué noble arrogancia irguió la cabeza,

contento de poder hacer el bien, dando consuelo a aquella infeliz!...

¿Ver? El no había visto nada malo.

--Se lo juro por mi pare, se lo juro... por mis ideas.

Y apoyaba sin miedo su juramento en el testimonio sacrosanto de sus

ideas, pues en realidad no había visto nada, y no viéndolo, creía él

lógicamente, con el orgullo de su perspicacia y sabiduría, que nada malo

podía haber ocurrido.

--Yo me figuro que no son mas que amigos... Ahora, si ha habío argo

endenantes, no sé. Disen las gentes por ahí... hablan... ¡se inventan

tantas mentiras! Usté no haga caso, señá Carmen. ¡Alegría, y a vivir,

que eso e la verdá!

Ella volvió a insistir. Pero ¿qué había pasado en el cortijo?... El

cortijo era su casa, y esto la indignaba, viendo unido a la infidelidad

algo que le parecía un sacrilegio, un insulto directo a su persona.

--¿Usté cree que soy tonta, Sebastián? Yo lo veo too. Denque empezó a

fijarse en esa señora... o lo que sea, que yo le conocí a Juan lo que

pensaba. El día que le brindó un toro y vino él con aquella sortija de

brillantes, yo adiviné lo que había entre los dos, y me dieron ganas de

coger el anillo y patearlo... Luego lo he sabio too, ¡too! Siempre hay

gentes que se encargan de yevar soplos, porque esto hace mal a las

personas. Ellos, además, no se han recatao; han ido a toas partes como

si fuesen marío y mujé, a la vista de too er mundo, a cabayo, lo mismo

que los gitanos que van de feria en feria. Cuando estábamos en el

cortijo me yegaban noticias de too lo que hacía Juan; y luego, estando

en Sanlúcar, también.

El _Nacional_ creyó necesario intervenir, viendo que Carmen se conmovía

con estos recuerdos e iba a llorar.

--¿Y usté cree esos embustes, criatura? ¿No ve que son invensiones de

gentes que la quieren mal?... Envidias na más.

--No; conozco a Juan. ¿Usté cree que esto es lo primero?... El es como

es, y no puee ser de otro modo. ¡Mardito ofisio, que paece volver locos

a los hombres! A los dos años de casado ya tuvo amores con una güena

moza del Mercado, una carnicera. ¡Lo que yo sufrí al saberlo!... Pero ni

una palabra de mi parte. El cree aún que no sé na. Luego, ¡cuántas ha

tenío! Bailaoras de tablao en los cafés, pelanduscas de esas que van por

los colmaos, hasta perdidas de las que viven en casas públicas... No sé

cuántas han sío, ¡docenas! y yo cayaba, queriendo conservar la paz de mi

casa. Pero esta mujer de ahora no es igual que las otras. Juan anda

chalao tras ella; está tonto; sé que ha hecho mil bajesas pa que ella,

acordándose de que es una señorona, no le eche a la calle, avergonzada

de tené relaciones con un torero... Ahora se ha ido. ¿No lo sabía usté?

Se ha ido porque se aburría en Seviya. Yo tengo gentes que me lo cuentan

too. Se ha ido sin despedirse de Juan, y cuando éste fue a verla el otro

día, se encontró con la puerta cerrá. Y ahí le tiene usté, triste como

un cabayo enfermo, y anda con los amigos con cara de entierro, y bebe pa

alegrarse, y cuando vuelve a casa paece que le han dao cañaso. No; él no

olvida a esa mujer. El señor estaba orgulloso de que le quisiera una

hembra de esa clase, y padece en su orgullito al ver que le dejan. ¡Ay,

qué asco le tengo! Ya no es mi marío: me paece otro. Apenas nos

hablamos, como no sea pa reñí. Lo mismo que si no nos conociéramos. Yo

estoy sola arriba y él duerme abajo, en una pieza der patio. No nos

juntaremos más, ¡lo juro! Antes se lo pasaba too: eran malas costumbres

del ofisio; la manía de los toreros, que se creen irresistibles pa las

mujeres... pero ahora no quiero verlo; le he tomao repugnansia.

Hablaba con energía, brillando en sus ojos un fulgor de odio.

--¡Ay, esa mujer! ¡Cómo lo ha cambiao!... ¡Es otro! Sólo quiere ir con

los señoritos ricos, y las gentes del barrio y toos los probes de Seviya

que eran sus amigos y le ayudaron cuando empezó se quejan de él, y el

mejor día le van a armar una bronca en la plaza por desagradesío. Aquí

entra el dinero a espuertas y no es fácil contarlo. Ni él mismo sabe

nunca lo que tiene; pero yo lo veo too. Juega mucho, pa que lo apresien

sus nuevos amigos; pierde mucho también, y el dinero entra por una

puerta y se va por otra. Na le digo. Al fin, él es quien lo gana. Pero

ha tenío que pedir prestao a don José pa cosas del cortijo, y unos

olivares que compró este año pa unirlos a la finca fue con dinero de

otros. Casi too lo que gane en la temporá próxima será pa pagar deudas.

¿Y si tuviese una desgrasia? ¿Y si se viera en la nesesiá de retirarse,

como otros?... Hasta a mí ha querío cambiarme, lo mismo que él se ha

cambiao. Se conose que el señó, al gorver a casa luego de visitar a su

doña Sol o doña Demonios, nos encontraba muy fachas a su mamita y a mí

con nuestros mantones y nuestras batas, como toas las hijas de la

tierra. El es quien me ha obligao a ponerme esos gorros traíos de Madrí,

con los que estoy muy mal, lo conozco, hecha una mona de las que bailan

en los organillos. ¡Con tan rica que es la mantilla!... El también el

que ha comprao ese carro del infierno, el otomóvil, en el que voy

siempre con miedo y que huele a demonios. Si le dejásemos, hasta le

pondría sombrero con rabos de gallo a la pobre mamita. Es un fachendoso,

que piensa en la otra y quiere hacernos lo mismo que ella, pa no

avergonzarse de nosotras.

El banderillero prorrumpió en protestas. Eso no. Juan era bueno, y hacía

todo esto porque quería mucho a la familia y deseaba para ella lujos y

comodidades.

--Será Juaniyo como usté quiera, señá Carmen, pero argo hay que

dispensarle... ¡Vamo, que muchas se mueren de envidia viéndola a usté!

¡Ahí es na: ser la señora del más valiente de los toreros, con el dinero

a puñaos, y una casa que es una maraviya, y dueña arsoluta de too,

porque el maestro deja que usté disponga toas las cosas!

Los ojos de Carmen se humedecieron y se llevó el pañuelo a ellos para

contener las lágrimas.

--Mejó quisiera ser la mujé de un zapatero. ¡Cuántas veces lo he pensao!

¡Si Juan hubiese seguío en su ofisio, en vez de coger este mardesío de

la torería!... Más feliz sería yo con un pobre mantón yendo a llevarle

la comía al portal donde trabajase, como trabajaba su pare. No habría

güenas mozas que me lo quitasen; sería mío; pasaríamos nesesiá; pero los

domingos, muy apañaos, nos iríamos a una venta a merendar. Aemás, ¡los

sustos que paso con los marditos toros! ¡Esto no es viví! Mucho dinero,

¡mucho! pero crea usté, Sebastián, que pa mí es como si fuese veneno, y

cuanto más entra en casa, peor estoy y más se me pudre la sangre. ¿Pa

qué quiero los gorros y too este lujo?... La gente cree que soy la mar

de feliz y me envidia, y a mí se me van los ojos tras las mujeres pobres

que pasan nesesiá pero van con su chiquiyo al brazo, y cuando sienten

penas las olvían mirando al pequeño y riéndose con él... ¡Ay, los

chiquiyos! Yo sé cuál es mi desgrasia... ¡Si tuviéramos uno!... ¡Si Juan

viese un pequeño en casa que fuera suyo, suyo too él, argo más que son

los sobriniyos!...

Lloró Carmen, pero con lágrimas continuas que se escapaban entre los

pliegues del pañuelo, bañando sus mejillas coloreadas por el llanto. Era

el dolor de la mujer infecunda envidiando a todas horas la suerte de las

madres; la desesperación de la esposa que al ver apartarse al marido

finge creer en diversas causas, pero en el fondo del pensamiento

atribuye esta desgracia a su esterilidad. ¡Un hijo que los uniese!... Y

Carmen, convencida por el paso de los años de lo inútil de este deseo,

desesperábase contra su destino, mirando con envidia a su silencioso

oyente, en el cual la Naturaleza había prodigado lo que ella tanto

ansiaba.

El banderillero salió cabizbajo de esta entrevista y se fue en busca del

maestro, encontrándolo a la puerta de los _Cuarenta y cinco_.

--Juan, he visto a tu mujer. Aqueyo está cada vez peor. Veas de

amansarla, de ponerte bien.

--¡Mardita sea! ¡Así acabe una enfermeá con ella, contigo y con mí

mesmo! Esto no es viví. ¡Premita Dió que el domingo me agarre un toro, y

ya hemos concluío! ¡Pa lo que vale la vía!...

Estaba algo borracho. Desesperábale el mutismo ceñudo que encontraba en

su casa, y más todavía--aunque él no lo confesaba a nadie--aquella fuga

de doña Sol sin dejar para él una palabra, un papel con cuatro líneas de

despedida. Le habían puesto en la puerta, peor que a un sirviente. Ni

siquiera sabía dónde estaba aquella mujer. El marqués no se había

interesado gran cosa por el viaje de su sobrina. ¡Muchacha más loca!

Tampoco le había avisado a él al marcharse, pero no por esto iba a

creerla perdida en el mundo. Ya daría señales de existencia desde algún

país «raro», adonde habría ido empujada por sus caprichos.

Gallardo no ocultaba su desesperación en la propia casa. Ante el

silencio de su mujer, que permanecía con los ojos bajos o le miraba

ceñuda, resistiéndose a contestar a sus preguntas para no entablar

conversación, el espada prorrumpía en deseos mortales.

--¡Mardita sea mi suerte! ¡Ojalá me enganche un miura el domingo y me

campanee, y me traigan a casa en una espuerta!

--¡No digas eso, malaje!--clamaba la señora Angustias--. No tientes a

Dió; mia que eso trae mala suerte.

Pero el cuñado intervenía con su aire sentencioso, aprovechando la

ocasión para halagar al espada.

--No haga usté caso, mamita. A éste no hay toro que lo toque. ¡Como no

le arroje un cuerno!...

El domingo era la última corrida del año que iba a torear Gallardo. Pasó

la mañana sin los vagos temores y las preocupaciones supersticiosas de

otras veces. Se vistió alegremente, con una excitación nerviosa que

parecía aumentar el vigor de sus brazos y sus piernas. ¡Qué gozo poder

correr por la arena amarilla, asombrando con sus gallardías y

atrevimientos a una docena de miles de espectadores!... Su arte solo era

verdad: lo que proporciona entusiasmos de muchedumbres y dinero a

granel. Lo demás, familia y amoríos, sólo servía para complicar la

existencia y dar disgustos. ¡Ay, qué estocadas iba a soltar!... Sentíase

con la fuerza de un gigante, era otro hombre: ni miedo ni peocupaciones.

Hasta mostraba impaciencia por no ser aún la hora de ir a la plaza, muy

al contrario de otras veces, en que iba retardando el temido momento. Su

ira por los disgustos domésticos y por aquella fuga que lastimaba su

vanidad ansiaba descargarla sobre los toros.

Cuando llegó el carruaje, atravesó Gallardo el patio, sin fijarse, como

otras veces, en la emoción de las mujeres. Carmen no apareció. ¡Bah, las

hembras!... Sólo servían para amargar la vida. En los hombres se

encontraban únicamente los afectos durables y la alegre compañía. Allí

estaba su cuñado, admirándose a sí mismo antes de ir a la plaza,

satisfecho de un terno de calle del espada que se había arreglado a su

medida antes de que lo usase el dueño. Con ser un ridículo charlatán,

valía más que toda la familia. Este no le abandonaba nunca.

--Vas más hermoso que er propio Roger de Flor--le dijo el espada

alegremente--. Sube al coche y te yevaré a la plaza.

El cuñado se sentó junto al grande hombre, trémulo de orgullo al pasar

por las calles de Sevilla y que todos le viesen metido entre las capas

de seda y los gruesos bordados de oro de los toreros.

La plaza estaba llena. Esta corrida importante al final de otoño había

atraído gran público, no sólo de la ciudad, sino del campo. En los

tendidos de sol veíase mucha gente de los pueblos.

Gallardo mostró desde el primer instante la nerviosa actividad que le

poseía. Veíasele lejos de la barrera, saliendo al encuentro del toro,

entreteniéndole con sus lances de capa mientras los picadores aguardaban

el momento en que acometiese éste a sus míseros caballos.

Notábase en el público cierta predisposición contra el torero. Le

aplaudían como siempre, pero las demostraciones de entusiasmo eran más

nutridas y calurosas en la parte de la sombra, donde los tendidos

ofrecían filas simétricas de blancos sombreros, que en la parte del sol,

viva y abigarrada, donde quedaban muchos en mangas de camisa bajo el

chicharreo del calor solar.

Gallardo adivinaba el peligro. Que tuviese mala suerte, y una mitad del

circo se levantaría vociferante contra él, llamándole desagradecido e

ingrato con los que le «levantaron». Mató su primer toro con mediana

fortuna. Se arrojó, audaz como siempre, entre los cuernos, pero la

espada tropezó en hueso. Los entusiastas le aplaudieron. La estocada

estaba bien marcada, y de la inutilidad de su esfuerzo no tenía él la

culpa. Volvió por segunda vez a entrar a matar; la espada quedó en el

mismo sitio, y el toro, al moverse tras la muleta, la despidió de la

herida, arrojándola a alguna distancia. Entonces, tomando de manos de

_Garabato_ un estoque nuevo, volvió hacia la fiera, que le aguardaba

aplomada sobre sus patas, con el cuello chorreando sangre y el hocico

baboso casi tocando la arena.

El maestro, plantando su muleta ante los ojos del toro, fue echando

atrás tranquilamente con la punta de la espada los palos de las

banderillas que le caían sobre el testuz. Iba a «descabellarlo». Apoyó

la punta del acero en lo alto de la cabeza, buscando entre los dos

cuernos el sitio sensible. Hizo un esfuerzo para clavar la espada, y el

toro se estremeció dolorosamente, pero siguió en pie, rechazando el

acero con un rudo cabezazo.

--¡Una!--clamó con vocerío burlesco el público de los tendidos de sol.

«¡Mardita sea!...» ¿Por qué le atacaba esta gente con tanta injusticia?

Volvió a apoyar la espada y pinchó, acertando a dar esta vez en el punto

vulnerable. El toro cayó instantáneamente, como si lo hubiese tocado un

rayo, hiriéndole en el centro nervioso de su vida, y quedó con los

cuernos clavados en el suelo y el vientre en alto entre las patas

rígidas.

Aplaudieron las gentes de la sombra con un entusiasmo de clase, mientras

el público del sol prorrumpía en silbidos e improperios.

--¡Niño litri!... ¡Aristócrata!

Gallardo, vuelto de espaldas a estas protestas, saludaba con la muleta y

la espada a sus entusiastas. Los insultos del populacho, que siempre

había sido su amigo, le dolían, haciéndole cerrar los puños.

--Pero ¿qué quié esa gente? El toro no daba más de sí. ¡Mardita sea!

Esto son cosas de los enemigos.

Y pasó gran parte de la corrida junto a la barrera, mirando

desdeñosamente lo que hacían los compañeros, acusándolos en su

pensamiento de haber preparado contra él las muestras de desagrado.

Igualmente prorrumpía en maldiciones contra el toro y el pastor que lo

crió. ¡Tan bien preparado que venía para hacer grandes cosas, y

tropezarse con aquella bestia que no le había permitido lucirse! Debían

fusilar a los ganaderos que soltaban tales animales.

Cuando tomó por segunda vez los trastos de matar, dio una orden al

_Nacional_ y a otro de sus peones para que se llevasen con la capa el

toro hacia la parte de la plaza donde estaba el populacho.

Conocía al público. Había que halagar a los «ciudadanos» del sol,

tumultuosa y terrible demagogia que llevaba a la plaza los odios de

clase, pero con la mayor facilidad convertía los silbidos en aplausos

así que una leve muestra de consideración acariciaba su orgullo.

Los peones, arrojando sus capas al toro, emprendieron carrera para

llevarlo al lado del redondel caldeado por el sol. Un movimiento de

alegre sorpresa del populacho acogió esta maniobra. El momento supremo,

la muerte del toro, iba a desarrollarse bajo sus ojos, y no a gran

distancia, como ocurría casi siempre, para comodidad de los ricos que

se sentaban en la sombra.

La fiera, al quedar sola en este lado de la plaza, acometió el cadáver

de un caballo. Hundió la cabeza en el vientre abierto, levantando sobre

sus cuernos, como un harapo flácido, la mísera carroña, que esparcía en

torno entrañas sueltas y excrementos. Cayó en el suelo el cadáver,

quedando casi doblado, y el toro fue alejándose con paso indeciso. Otra

vez volvió a olisquearlo, dando sonoros bufidos y hundiendo sus cuernos

en la cavidad del vientre, mientras el público reía de esta tenacidad

estúpida, de este rebusque de vida en el cuerpo inánime.

--¡Duro ahí!... ¡Qué poer tienes, hijo!... ¡Sigue, que ahora güervo!

Pero la atención de todos se apartó de este ensañamiento de la bestia,

para fijarse en Gallardo, que atravesaba la plaza con menudo paso,

cimbreante el talle, en una mano la plegada muleta y moviendo con la

otra la espada cual si fuese un bastoncillo.

Todo el público del sol aplaudió, agradecido por esta aproximación del

espada.

--Te los has metió en er borsiyo--dijo el _Nacional_, que estaba con el

capote preparado cerca del toro.

La muchedumbre manoteaba llamando al torero. «¡Aquí, aquí!» Cada uno

quería que matase al toro frente a su tendido, para no perder ni un

detalle, y el espada vacilaba entre los llamamientos contradictorios de

miles de bocas.

Con un pie en el estribo de la barrera, calculaba el lugar mejor para

dar muerte al toro. Había que llevarlo más allá. Al torero le estorbaba

el cadáver del caballo, que parecía llenar con su despanzurrada miseria

todo aquel lado de la plaza.

Iba a llamar al _Nacional_ para darle orden de que se llevase la

bestia, cuando oyó a sus espaldas una voz conocida, una voz que no

adivinó de quién era, pero que le hizo volverse rápidamente.

--Güenas tardes, señó Juan... ¡Vamo a aplaudí la verdá!

Vio en primera fila, bajo la maroma de la contrabarrera, un chaquetón

plegado en el filo de la valla, cruzados sobre él unos brazos en mangas

de camisa y apoyada en las manos una cara ancha, afeitada recientemente,

con un sombrero metido hasta las orejas. Parecía un rústico bonachón

venido de su pueblo para presenciar la corrida.

Gallardo le reconoció. Era _Plumitas_.

Cumplía su promesa, y allí estaba, audazmente, entre doce mil personas

que no podían reconocerle, saludando al espada, que sintió cierto

agradecimiento por esta muestra de confianza.

Gallardo se asombraba de su temeridad. Bajar a Sevilla, meterse en la

plaza, lejos de los montes y los desiertos, donde le era fácil la

defensa, sin el auxilio de sus dos compañeras, la jaca y la carabina, ¡y

todo por verle matar toros!... De los dos, aquel hombre era el valiente.

Pensó además en su cortijo, que estaba a merced del _Plumitas_, en la

vida campestre, que sólo era posible guardando buenas relaciones con

aquel personaje extraordinario. Para él debía ser el toro.

Sonrió al bandido, que seguía contemplándole con rostro plácido, se

quitó la montera, y gritó dirigiéndose a la revuelta muchedumbre, aunque

con los ojos fijos en _Plumitas_.

--¡Vaya por ustés!

Arrojó la montera al tendido, y las manos se abalanzaron unas contra

otras, luchando por atrapar el sagrado depósito.

Gallardo hizo seña al _Nacional_ para que con un capeo oportuno trajese

el toro hacia él.

Extendió su muleta el espada, y la bestia acometió con sonoro bufido,

pasando bajo el trapo rojo. «¡Olé!», rugió la muchedumbre, familiarizada

ya con su antiguo ídolo y dispuesta a encontrar admirable todo cuanto

hiciese.

Siguió dando pases al toro, entre las aclamaciones de la gente que

estaba a pocos pasos de él y viéndole de cerca le daba consejos.

¡Cuidado, Gallardo! El toro estaba muy entero. No debía meterse entre él

y la barrera. Convenía que guardase franca la salida.

Otros, más entusiastas, excitaban su atrevimiento con audaces consejos.

--Suértale una de las tuyas... ¡Zas! Estocá, y te lo metes en er

borsiyo.

Era demasiado grande y receloso el animal para que se lo pudiera meter

en el bolsillo. Excitado por la vecindad del caballo muerto, tenía la

tendencia de volver a él, como si le embriagase el hedor de su vientre.

En una de las evoluciones, el toro, fatigado por la muleta, quedó

inmóvil sobre sus patas. Gallardo tenía detrás de él el caballo muerto.

Era una mala situación, pero de peores había salido victorioso.

Quiso aprovechar la posición de la bestia. El público le excitaba a

ello. Entre los hombres puestos de pie en la contrabarrera, con el

cuerpo echado adelante para no perder un detalle del momento decisivo,

reconoció a muchos aficionados populares que comenzaban a apartarse de

él y volvían ahora a aplaudirle, conmovidos por su muestra de

consideración al «pueblo».

--¡Aprovéchate, güen mozo!... ¡Vamo a ve la verdá!... ¡Tírate de veras!

Gallardo volvió un poco la cabeza para saludar a _Plumitas_, que

permanecía sonriente, con la cara de luna asomada sobre los brazos y el

chaquetón.

--¡Por usté, camará!...

Se perfiló con la espada al frente para entrar a matar, pero en el mismo

instante creyó que la tierra temblaba, despidiéndolo a gran distancia,

que la plaza se venía abajo, que todo se volvía negro y soplaba un

vendaval de feroz bramido. Vibró dolorosamente su cuerpo de pies a

cabeza, próximo a estallar; le zumbó el cráneo cual si reventase; una

mortal angustia contrajo su pecho... y cayó en un vacío lóbrego e

interminable, con la inconsciencia del no ser.

El toro, en el mismo instante en que él se disponía a entrar a matar,

había arrancado inesperadamente contra él, atraído por la «querencia»

del caballo que estaba a sus espaldas. Fue un encontronazo brutal, que

hizo rodar y desaparecer entre sus patas aquel cuerpo forrado de seda y

oro. No lo enganchó con los pitones, pero el golpe fue horrible,

demoledor, y testuz y cuernos, toda la defensa frontal de la fiera,

abatió al hombre como una maza de hueso.

El toro, que sólo veía al caballo, sintió entre sus patas un obstáculo,

y despreciando el cadáver de la bestia, se revolvió para atacar de nuevo

al brillante monigote que yacía inmóvil en la arena. Lo levantó con un

cuerno, arrojándolo a algunos pasos de distancia tras breve zarandeo, y

quiso volver sobre él por tercera vez.

La muchedumbre, aturdida por la velocidad con que había ocurrido todo

esto, permanecía silenciosa, con el pecho oprimido. ¡Lo iba a matar!

¡Tal vez lo había matado ya!... De pronto, un alarido de todo el público

rompió este silencio angustioso. Una capa se tendió entre la fiera y la

víctima, un trapo casi pegado al testuz por unos brazos vigorosos que

pretendían cegar a la bestia. Era el _Nacional_, que, a impulsos de la

desesperación, se arrojaba sobre el toro, queriendo ser cogido por éste

para librar al maestro. La bestia, aturdida por el nuevo obstáculo, se

lanzó contra él, volviendo el rabo al caído. El banderillero, metido

entre los cuernos, corrió de espaldas agitando la capa, no sabiendo cómo

librarse de esta situación peligrosa, pero satisfecho al ver que alejaba

al toro del herido.

El público casi olvidó al espada, impresionado por este nuevo incidente.

El _Nacional_ iba a caer también; no podía salirse de entre los cuernos:

la fiera le llevaba ya casi enganchado... Gritaban los hombres, como si

sus gritos pudieran servir de auxilio al perseguido; suspiraban de

angustia las mujeres, volviendo la cara y agarrándose convulsas las

manos; hasta que el banderillero, aprovechando un momento en que la

fiera bajaba la cabeza para engancharle, se salió de entre los cuernos,

quedando a un lado, mientras aquélla corría ciegamente conservando el

capote desgarrado entre las astas.

La emoción estalló en un aplauso ensordecedor. La muchedumbre,

tornadiza, impresionada únicamente por el peligro del momento, aclamaba

al _Nacional_. Fue uno de los mejores momentos de su vida. El público,

ocupado en aplaudirle, apenas se fijó en el cuerpo inánime de Gallardo,

que era sacado del redondel, con la cabeza caída, entre toreros y

empleados de la plaza.

Al anochecer, sólo se habló en la ciudad de la cogida de Gallardo: la

más terrible de su vida. A aquellas horas se estaban publicando hojas

extraordinarias en muchas ciudades, y los periódicos de toda España

daban cuenta del suceso con extensos comentarios. Funcionaba el

telégrafo lo mismo que si un personaje político acabase de ser víctima

de un atentado.

Circulaban por la calle de las Sierpes noticias aterradoras, exageradas

por el hiperbólico comentario meridional. Acababa de morir el pobre

Gallardo. El que daba el triste aviso le había visto en una cama de la

enfermería de la plaza blanco como el papel y con una cruz entre las

manos. Otro se presentaba con noticias menos lúgubres. Aún no había

muerto, pero moriría de un momento a otro.

--Lo tié suerto too: er corazón, los reaños, ¡too! Ar probesito lo ha

dejao er bicho como una criba.

Habíanse establecido guardias en los alrededores de la plaza, para que

la gente ansiosa de noticias no asaltase la enfermería. Fuera del circo

agolpábase la muchedumbre, preguntando a los que entraban y salían por

el estado del espada.

El _Nacional_, vestido aún con el traje de lidia, se asomó varias veces,

malhumorado y ceñudo, dando gritos y enfadándose porque no estaba

dispuesto lo necesario para la traslación del maestro a su casa.

La gente, al ver al banderillero, olvidaba al herido para felicitarle.

--Señó Sebastián, ha estao usté mu güeno. ¡Si no es por usté!...

Pero él rehusaba estas felicitaciones. ¿Qué importaba lo que él hubiese

hecho? ¡Todo... «líquido»! Lo interesante era el pobre Juan, que estaba

en la enfermería luchando con la muerte.

--¿Y cómo está, señó Sebastián?--preguntaba la gente, volviendo a su

primer interés.

--Muy malito. Ahora acaba de gorverle el conosimiento. Tiene una pierna

hecha porvo, un puntaso bajo el brazo, ¡y qué sé yo!... El probe está

como mi santo... Vamo a yevarlo a casa.

Cerrada la noche, salió Gallardo del circo tendido en una camilla. La

multitud marchaba silenciosa detrás de él. El viaje fue largo. A cada

momento, el _Nacional_, que iba con la capa al brazo, confundiendo su

traje vistoso de torero con los vulgares de la muchedumbre, inclinábase

sobre el hule de la cubierta de la camilla y mandaba descansar a los

portadores.

Los médicos de la plaza caminaban detrás, y con ellos el marqués de

Moraima y don José el apoderado, que parecía próximo a desmayarse en los

brazos de algunos compañeros de los _Cuarenta y cinco_, todos

confundidos y revueltos por la común emoción con las gentes desarrapadas

que seguían al torero.

La muchedumbre estaba consternada. Era un desfile triste, como si

acabase de ocurrir uno de esos desastres nacionales que suprimen las

diferencias de clases y nivelan a todos los hombres bajo el infortunio

general.

--¡Qué desgrasia, señó marqué!--dijo al de Moraima un rústico mofletudo

y rubio llevando el chaquetón sobre un hombro.

Por dos veces había apartado rudamente a uno de los portadores de la

camilla, queriendo ayudar a su conducción. El marqués le miró con

simpatía. Debía ser alguno de aquellos hombres del campo que estaban

acostumbrados a saludarle en los caminos.

--Sí; una desgrasia grande, muchacho.

--¿Y cree usté que morirá, señó marqué?...

--Eso se teme, a menos que no lo salve un milagro. Está hecho porvo.

Y el marqués, poniendo su diestra en un hombro del desconocido, parecía

agradecer la tristeza que se reflejaba en su rostro.

La llegada a la casa de Gallardo fue penosa. Sonaron adentro, en el

patio, alaridos de desesperación. En la calle gritaban y se mesaban los

pelos otras mujeres vecinas y amigas de la familia, que creían ya muerto

a Juanillo.

_Potaje_, con otros camaradas, tuvo que oponer en la puerta el

obstáculo de su cuerpo, repartiendo empellones y golpes para que la

multitud no asaltase la casa en seguimiento de la camilla. La calle

quedó repleta de una muchedumbre que zumbaba comentando el suceso. Todos

miraban la casa, con la ansiedad de adivinar algo al través de las

paredes.

La camilla penetró en una habitación inmediata al patio, y el espada,

con minuciosas precauciones, fue trasladado a la cama. Estaba envuelto

en trapos y vendajes sanguinolentos que olían a fuertes antisépticos. De

su traje de lidia sólo conservaba una media de color rosa. Las ropas

interiores estaban rotas en unos sitios y cortadas en otros por tijeras.

La coleta pendía deshecha y enmarañada sobre su cuello; el rostro tenía

una palidez de hostia. Abrió los ojos al sentir una mano en las suyas, y

sonrió levemente viendo a Carmen, pero una Carmen tan blanca como él,

con los ojos secos, la boca lívida y una expresión de espanto, como si

fuese aquel su último instante.

Los graves señores amigos del espada intervinieron prudentemente.

Aquello no podía continuar: Carmen debía retirarse. Aún no se había

hecho al herido mas que la primera cura, y quedaba mucho trabajo para

los médicos.

La esposa acabó por salir de la habitación, empujada por los amigos de

la casa. El herido hizo una seña con los ojos al _Nacional_, y éste se

inclinó, esforzándose por comprender su ligero susurro.

--Dice Juan--murmuró saliendo al patio--que telegrafíen en seguida al

doctó Ruiz.

El apoderado le contestó, satisfecho de su previsión. Ya había

telegrafiado él a media tarde, al convencerse de la importancia de la

desgracia. Era casi seguro que el doctor estaría a aquellas horas en

camino, para llegar a la mañana siguiente.

Después de esto, don José siguió preguntando a los médicos que habían

hecho la cura en la plaza. Pasado su primer aturdimiento, mostrábanse

éstos más optimistas. Era posible que no muriese. ¡Tenía aquel organismo

tales energías!... Lo temible era la conmoción que había sufrido, el

sacudimiento, capaz de matar a otros instantáneamente; pero ya había

salido del colapso y recobrado sus sentidos, aunque la debilidad era

grande... Cuanto a las heridas, no las consideraban de peligro. Lo del

brazo era poca cosa; tal vez quedase menos ágil que antes. Lo de la

pierna no ofrecía iguales esperanzas. El hueso estaba fracturado:

Gallardo podía quedar cojo.

Don José, que había hecho esfuerzos para mostrarse impasible cuando

horas antes consideraban todos inevitable la muerte del espada, se

conmovió al oír esto. ¡Cojo su matador!... ¿Entonces no podría

torear?...

Indignábase ante la calma con que hablaban los médicos de la posibilidad

de que Gallardo quedase inútil para el toreo.

--Eso no puede ser. ¿Ustedes creen lógico que Juan viva y no toree?...

¿Quién ocuparía su puesto? ¡Que no puede ser digo! El primer hombre del

mundo... ¡y quieren que se retire!

Pasó la noche en vela con los individuos de la cuadrilla y el cuñado de

Gallardo. Este, tan pronto estaba en la habitación del herido como subía

al piso superior para consolar a las mujeres, oponiéndose a su propósito

de ver al torero. Debían obedecer a los médicos y evitar emociones al

enfermo. Juan estaba muy débil, y esta debilidad inspiraba más cuidado a

los doctores que las heridas.

A la mañana siguiente, el apoderado corrió a la estación. Llegó el

expreso de Madrid, y en él el doctor Ruiz. Venía sin equipaje, vestido

con el abandono de siempre, sonriendo bajo su barba de un blanco

amarillento, bailoteándole en el suelto chaleco, con el vaivén de sus

piernas cortas, el grueso abdomen, semejante al de un Buda. Había

recibido la noticia en Madrid al salir de una corrida de novillos

organizada para dar a conocer a cierto «niño» de las Ventas. Una

payasada que le había divertido mucho... Y reía, tras una noche de

cansancio en el tren, recordando esta corrida grotesca, como si hubiese

olvidado el objeto de su viaje.

Al entrar en la habitación del torero, éste, que parecía sumido en el

limbo de su debilidad, abrió los ojos y le reconoció, animándose con una

sonrisa de confianza. Ruiz, luego de escuchar en un rincón los susurros

de los médicos que habían hecho la primera cura, se aproximó al enfermo

con aire resuelto.

--¡Animo, buen mozo, que de ésta no acabas! ¡Tienes una suerte!...

Y luego añadió, dirigiéndose a sus colegas:

--Pero ¡qué magnífico animal este Juanillo! Otro, a estas horas, no nos

daría ningún trabajo.

Le reconoció con gran atención. Una cogida de cuidado; pero ¡había visto

tantas!... En los casos de enfermedades que llamaba «corrientes»,

vacilaba indeciso, no atreviéndose a sostener una opinión. Pero las

cogidas de toro eran su especialidad, y en ellas aguardaba siempre las

más estupendas curaciones, como si los cuernos diesen al mismo tiempo la

herida y el remedio.

--El que no muere en la misma plaza--decía--casi puede decir que se ha

salvado. La curación no es mas que asunto de tiempo.

Durante tres días permaneció Gallardo sometido a operaciones atroces,

rugiendo de dolor, pues su estado de debilidad no le permitía ser

anestesiado. De una pierna le extrajo el doctor Ruiz varias esquirlas de

hueso, fragmentos de la tibia fracturada.

--¿Quién ha dicho que ibas a quedar inútil para la lidia?--exclamó el

doctor, satisfecho de su habilidad--. Torearás, hijo; aún te ha de

aplaudir mucho el público.

El apoderado asentía a estas palabras. Lo mismo había creído él. ¿Así

podía acabar su vida aquel mozo, que era el primer hombre del mundo?...

Por mandato del doctor Ruiz, la familia del torero se había trasladado a

la casa de don José. Estorbaban las mujeres: su proximidad era

intolerable en las horas de operación. Bastaba un quejido del torero,

para que al momento respondiesen desde todos los extremos de la casa,

como ecos dolorosos, los alaridos de la madre y la hermana, y hubiera

que contener a Carmen, que se debatía como una loca, queriendo ir al

lado de su marido.

El dolor había trastornado a la esposa, haciéndola olvidar sus rencores.

Muchas veces su llanto era de remordimiento, pues se creía autora

inconsciente de aquella desgracia.

--¡Yo tengo la curpa, lo sé!--decía con desesperación al _Nacional_--.

Repitió muchas veces que ¡ojalá lo cogiese un toro, pa acabar de una

vez! He sido muy mala: le he amargao la vida.

En vano el banderillero hacía memoria del suceso, con toda clase de

detalles, para convencerla de que la desgracia había sido casual. No;

Gallardo, según ella, había querido acabar para siempre, y a no ser por

el banderillero, le habrían sacado muerto del redondel.

Cuando terminaron las operaciones, la familia volvió a la casa.

Entraba Carmen en la habitación del herido con leve paso, bajos los

ojos, como avergonzada de su anterior hostilidad.

--¿Cómo estás?--preguntaba cogiendo entre sus dos manos una de Juan.

Y así permanecía, silenciosa y tímida, en presencia de Ruiz y otros

amigos que no se apartaban de la cama del herido.

De estar sola, tal vez se habría arrodillado ante su esposo, pidiéndole

perdón. ¡Pobrecito! Lo había desesperado con sus crueldades,

impulsándolo a la muerte. Había que olvidarlo todo. Y su alma sencilla

asomaba a los ojos con una expresión abnegada y cariñosa, mezcla de amor

y ternura maternal.

Gallardo parecía empequeñecido por el dolor, flaco, pálido, con un

encogimiento infantil. Nada quedaba del mozo arrogante que enardecía a

los públicos con sus audacias. Quejábase de su quietismo, de aquella

pierna sometida a la inmovilidad, con un peso abrumador, como si fuese

de plomo. Parecía acobardado por las terribles operaciones sufridas en

pleno conocimiento. Su antigua dureza para el dolor había desaparecido,

y gemía a la más leve molestia.

Su cuarto era a modo de un lugar de reunión, por donde pasaban durante

el día los aficionados más célebres de la ciudad. El humo de los

cigarros mezclábase al hedor del yodoformo y otros olores fuertes. En

las mesas asomaban entre los frascos de medicamentos y los paquetes de

algodones y vendajes las botellas de vino con que eran obsequiados los

visitantes.

--Eso no es nada--gritaban los amigos, queriendo animar al torero con su

ruidoso optimismo--. Dentro de un par de meses ya estás toreando. En

buenas manos has caído. El doctor Ruiz hace milagros.

El doctor se mostraba igualmente alegre.

--Ya tenemos hombre. Mírenlo ustedes: ya fuma. ¡Y enfermo que fuma...!

Hasta altas horas de la noche acompañaban al herido el doctor, el

apoderado y algunos individuos de la cuadrilla. Cuando llegaba _Potaje_,

quedábase cerca de una mesa, procurando tener las botellas al alcance de

la mano.

La conversación entre Ruiz, el apoderado y el _Nacional_ era siempre

sobre los toros. Imposible juntarse con don José para hablar de otra

cosa. Comentaban los defectos de todos los espadas, discutían sus

méritos y el dinero que ganaban, mientras el enfermo escuchábales en

forzosa inmovilidad o caía en una torpeza soñolienta, mecido por el

susurro de la conversación.

Las más de las veces era el doctor el único que hablaba, seguido en el

curso de sus palabras por los ojos admirativos y graves del _Nacional_.

¡Lo que sabía aquel hombre!... El banderillero, a impulsos de la fe,

retiraba a don Joselito, al maestro, una parte de su confianza, y

preguntaba al doctor cuándo sería la revolución.

--¿Y a ti qué te importa? Tú lo que debes desear es conocer a los toros

para librarte de una desgracia, y torear mucho para llevar dinero a la

familia.

El _Nacional_ protestaba de esta humillación que pretendía imponerle por

su carácter de torero. El era un ciudadano como los demás, un elector al

que buscaban los personajes políticos en días de elecciones.

--Yo creo que tengo derecho a opinar. Digo, ¡me paece!... Yo soy del

comité de mi partido: eso es... ¿Que soy torero? Ya sé que es un ofisio

bajo y reasionario, pero eso no quita que tenga mis ideas.

Insistía en lo de la reacción, sin hacer caso de las burlas de don José,

pues él, aun respetando mucho a éste, sólo hablaba para el doctor Ruiz.

La culpa de todo la tenía Fernando VII, sí señor; un tirano que al

cerrar las universidades y abrir la Escuela de Tauromaquia de Sevilla

había hecho odioso este arte, poniendo en ridículo al toreo.

--¡Mardito sea el tirano, dotor!

El _Nacional_ conocía la historia política del país en relación con la

tauromaquia, y a la par que execraba al _Sombrerero_ y otros lidiadores

partidarios del rey absoluto, hacía memoria del arrogante Juan León,

desafiador de los públicos durante la época del absolutismo, el cual se

presentaba a torear en traje negro, ya que a los liberales les llamaban

«negros», y tenía que salir de la plaza entre las amenazas del

populacho, afrontando impávido sus iras. El _Nacional_ insistía en sus

creencias. El toreo era arte de otros tiempos, oficio de bárbaros, pero

también tenía sus hombres dignos de iguales consideraciones que los

demás.

--¿Y de dónde sacas eso de reaccionario?--dijo el doctor--. Tú eres una

buena persona, _Nacional_, con los mejores deseos del mundo, pero

también eres un ignorante.

--Eso--exclamó don José--, eso es la verdad. En el comité lo han vuelto

medio tonto con sermones y soflamas.

--El toreo es un progreso--continuó el doctor, sonriendo--, ¿te enteras,

Sebastián? un progreso de las costumbres de nuestro país, una

dulcificación de las diversiones populares a que se entregaban los

españoles de otros tiempos; esos tiempos de que te habrá hablado muchas

veces tu don Joselito.

Y Ruiz, con una copa en la mano, hablaba y hablaba, deteniéndose

solamente para beber un sorbo.

--Eso de que el toreo es antiquísimo no pasa de ser una enorme mentira.

Se mataban fieras en España para diversión de la gente, pero no existía

el toreo tal como hoy se conoce. El Cid alanceaba toros, conforme; los

caballeros moros y cristianos se entretenían en los cosos; pero ni

existía el torero de profesión, ni a los animales se les daba una

muerte noble y conforme a reglas.

El doctor evocaba el pasado de la fiesta nacional durante siglos. Sólo

en muy contadas circunstancias, cuando se casaban los reyes, se firmaba

una paz o se inauguraba una capilla en una catedral, celebrábanse tales

sucesos con corridas de toros. Ni había regularidad en la repetición de

estas fiestas, ni se conocía el lidiador profesional. Los apuestos

caballeros, vestidos de brillantes sedas, salían al coso, jinetes en sus

corceles, para alancear la bestia o rejonearla ante los ojos de las

damas. Si el toro llegaba a desmontarlos, tiraban de la espada, y con

ayuda de los lacayos daban muerte a la bestia, hiriéndola donde podían,

sin ajustarse a regla alguna. Cuando la corrida era popular, bajaba a la

arena la muchedumbre, atacando en masa al toro, hasta que conseguía

derribarlo, rematándole a puñaladas.

--No existían las corridas de toros--continuaba el doctor--. Aquello

eran cacerías de reses bravas... Bien considerado, la gente tenía otras

ocupaciones y contaba con otras fiestas propias de la época, no

necesitando perfeccionar esta diversión.

El español belicoso tenía como medio seguro de abrirse paso las guerras

incesantes en diversos territorios de Europa y el embarcarse para las

Américas, siempre necesitadas de hombres valerosos. Además, la religión

daba con frecuencia espectáculos emocionantes, en los cuales sentíase el

escalofrío que proporciona el peligro ajeno y se ganaban indulgencias

para el alma. Los autos de fe, seguidos de quemas de hombres, eran

espectáculos fuertes que quitaban interés a unos juegos con simples

animales montaraces. La Inquisición resultaba la gran fiesta nacional.

--Pero llegó un día--siguió diciendo Ruiz con fina sonrisa--en que la

Inquisición comenzó a debilitarse. Todo se gasta en este mundo. Al fin

se murió de vieja, mucho antes de que la suprimiesen las leyes

revolucionarias. Estaba cansada de existir; el mundo había cambiado, y

sus fiestas resultaban algo semejante a lo que sería una corrida de

toros en Noruega, entre hielos y con cielo obscuro. Le faltaba ambiente.

Comenzó a sentir vergüenza de quemar hombres, con todo su aparato de

sermones, vestiduras ridículas, abjuraciones, etc. Ya no se atrevió a

dar autos de fe. Cuando le era necesario revelar que aún existía,

contentábase con unos azotes dados a puerta cerrada. Al mismo tiempo,

los españoles, cansados de andar por el mundo en busca de aventuras, nos

metimos en casa: ya no hubo más guerras en Flandes ni en Italia; se

terminó la conquista de América con el continuo embarque de aventureros,

y entonces fue cuando comenzó el arte del toreo, y se construyeron

plazas permanentes, y se formaron cuadrillas de toreros de profesión, y

se ajustó la lidia a reglas, y se crearon tal como hoy las conocemos las

suertes de banderillas y de matar. La muchedumbre encontró la fiesta muy

de su gusto. El toreo se hizo democrático al convertirse en una

profesión. Los caballeros fueron sustituidos por plebeyos, que cobraban

al exponer su vida, y el pueblo entró en masa en las plazas como único

señor, dueño de sus actos, pudiendo insultar desde las gradas a la misma

autoridad que le inspiraba terror en la calle. Los hijos de los que

asistían con religioso y concentrado entusiasmo al achicharramiento de

herejes y judaizantes se dedicaron a presenciar con ruidosa algazara la

lucha del hombre con el toro, en la que sólo de tarde en tarde llega la

muerte para el lidiador. ¿No es esto un progreso?...

Ruiz insistía en su idea. A mediados del siglo XVIII, cuando España se

metía en su caparazón, renunciando a lejanas guerras y nuevas

colonizaciones, y se extinguía por falta de ambiente la fría crueldad

religiosa, era cuando florecía el torero. El heroísmo popular necesitaba

nuevos caminos para subir hasta la notoriedad y la fortuna. La ferocidad

de la muchedumbre, habituada a fiestas de muerte, necesitaba una válvula

de escape para dar expansión a su alma, educada durante siglos en la

contemplación de suplicios. El auto de fe era sustituido por la corrida

de toros. El que un siglo antes hubiese sido soldado en Flandes o

colonizador militar de las soledades del Nuevo Mundo, convertíase en

torero. El pueblo, al ver cerradas sus fuentes de expansión, labraba con

la nueva fiesta nacional una salida gloriosa para todos los ambiciosos

que tenían valor y audacia.

--Un progreso--continuó el doctor--. Me parece que está claro. Por eso

yo, que soy revolucionario en todo, no me avergüenzo de decir que me

gustan los toros... El hombre necesita el picante de la maldad para

alegrar la monotonía de su existencia. También es malo el alcohol y

sabemos que nos hace daño, pero casi todos lo bebemos. Un poco de

salvajismo de vez en cuando da nuevas energías para continuar la

existencia. Todos gustamos de volver la vista atrás, de tarde en tarde,

y vivir un poco la vida de nuestros remotos abuelos. La brutalidad hace

renacer en nuestro interior fuerzas misteriosas que no es conveniente

dejar morir. ¿Que las corridas de toros son bárbaras? Conforme; pero no

son la única fiesta bárbara del mundo. La vuelta a los placeres

violentos y salvajes es una enfermedad humana que todos los pueblos

sufren por igual. Por eso yo me indigno cuando veo a los extranjeros

fijar sus ojos en España, como si sólo aquí existiesen fiestas de

violencia.

Y el doctor clamaba contra las inútiles carreras de caballos, en las

cuales mueren muchos más hombres que en las corridas de toros; contra

las cacerías de ratas por perros amaestrados, presenciadas por públicos

cultos; contra los juegos del _sport_ moderno, de los que salen los

campeones con las piernas rotas, el cráneo fracturado o las narices

aplastadas; contra el duelo, las más de las veces sin otra causa que un

deseo malsano de publicidad.

--El toro y el caballo--clamaba Ruiz--hacen llorar de pena a esas gentes

que no gritan en sus países al ver cómo cae en el hipódromo un animal de

carreras reventado, con las patas rotas, y que consideran como

complemento de la belleza de toda gran ciudad el establecimiento de un

jardín zoológico.

El doctor Ruiz se indignaba de que en nombre de la civilización se

anatematizase por bárbara y sangrienta la corrida de toros, y en nombre

de la misma civilización se alojasen en un jardín los animales más

dañinos e inútiles de la tierra, manteniéndolos y calentándolos con un

lujo principesco. ¿Para qué esto? La ciencia los conocía perfectamente y

los tenía ya catalogados. Si el exterminio repugnaba a ciertas almas,

¿por qué no clamar contra las obscuras tragedias que todos los días se

desarrollaban en las jaulas de los parques zoológicos? La cabra de

trémulo balido y cuernos inútiles veíase metida sin defensa en el antro

de la pantera, y allí sufría la arremetida que quebraba sus huesos con

espeluznante crujido, hundiendo la bestia sus zarpas en las entrañas de

la víctima y el hocico en su sangre humeante. Los míseros conejos

arrancados a la paz olorosa del monte temblaban de miedo al sentir

erizarse su pelaje bajo el soplo de la boa, que parecía hipnotizarlos

con sus ojos y avanzaba traidora las revueltas de sus pintarrajeados

anillos para ahogarlos con glacial presión... Cientos de pobres

animales respetables por su debilidad morían para el sustento de bestias

feroces completamente inútiles, guardadas y festejadas en ciudades que

se creían de la mayor civilización; y de esas mismas ciudades salían

insultos para la barbarie española, porque hombres valerosos y ágiles,

siguiendo reglas de indiscutible sabiduría, mataban frente a frente a

una fiera arrogante y temible, en pleno sol, bajo el cielo azul, ante

una muchedumbre ruidosa y multicolor, uniendo a la emoción del peligro

el encanto de la belleza pintoresca... ¡Vive Dios!...

--Nos insultan porque somos ahora poca cosa--decía Ruiz, indignándose

contra lo que consideraba una injusticia universal--. Nuestro mundo es

como un mono, que imita los gestos y placeres de aquel a quien acata

como amo. Ahora manda Inglaterra, y en uno y otro hemisferio privan las

carreras de caballos, y la gente se aburre viendo correr unos jacos por

una pista, espectáculo que no puede ser más soso. Las verdaderas

corridas de toros llegaron muy tarde, cuando ya íbamos de capa caída. Si

en tiempos de Felipe II hubiesen tenido la misma importancia que hoy,

aún quedarían plazas abiertas en muchos países de Europa... ¡Que no me

hablen de los extranjeros! Yo los admiro porque han hecho revoluciones,

y mucho de lo que pensamos se lo debemos a ellos; pero en esto de los

toros, ¡vamos, hombre... que no dicen mas que disparates!

Y el vehemente doctor, con ceguera de fanático, confundía en su

execración a todos los pueblos del planeta que abominan de la fiesta

española, manteniendo al mismo tiempo otras diversiones sanguinarias que

no pueden siquiera justificarse con el pretexto de su hermosura.

A los diez días de permanencia en Sevilla, el doctor regresó a Madrid.

--Vaya, buen mozo--dijo al enfermo--. Tú no me necesitas, y yo tengo

mucho que hacer. Nada de imprudencias. Pasados dos meses, estarás sano y

fuerte. Es posible que quedes algo resentido de la pierna, pero tienes

una naturaleza de hierro y saldrás adelante.

La curación de Gallardo siguió los términos anunciados por Ruiz. Cuando,

pasado un mes, la pierna fue libertada de su forzado quietismo, el

torero, débil y cojeando un poco, pudo ir a sentarse en un sillón del

patio, lugar donde recibía a sus amigos.

Durante su enfermedad, cuando la fiebre le acometía, sumiéndole en

lóbregas pesadillas, un pensamiento, siempre el mismo, manteníase firme

en medio de sus desvaríos imaginativos. Se acordaba de doña Sol.

¿Conocería aquella mujer su desgracia?...

Estando aún en la cama se atrevió a preguntar a su apoderado por ella,

un día en que quedaron solos.

--Sí, hombre--dijo don José--. Se ha acordado de ti. Me envió un

telegrama desde Niza preguntando por tu salud a los tres días de la

desgracia. Indudablemente se enteró por los periódicos. Han hablado de

ti en todas partes, como si fueses un rey.

El apoderado había contestado al telegrama, no sabiendo después nada de

ella.

Quedó Gallardo satisfecho por esta noticia durante algunos días, pero

luego volvió a preguntar, con la insistencia del enfermo que cree

pendiente a todo el mundo del estado de su salud. ¿No había escrito? ¿No

había preguntado más por él?... El apoderado intentaba excusar el

silencio de doña Sol, consolando de este modo al espada. Debía pensar

que aquella señora estaba siempre viajando. ¡A saber dónde se hallaría

en aquel momento!...

Pero la tristeza del torero al creerse olvidado obligó a don José a

mentir piadosamente. Días antes había recibido una breve carta de

Italia, en la que doña Sol le pedía noticias del herido.

--¡A verla!--dijo con ansiedad el espada.

Y como el apoderado se excusase pretextando haberla olvidado en su casa,

Gallardo imploró este consuelo. «Tráigala usté. ¡Me gustaría tanto ver

su letra, convencerme de que se acuerda de mí!...»

Para evitar nuevas complicaciones en sus embustes, don José siguió

inventando una correspondencia que nunca llegaba a sus manos, por ir

dirigida a otro. Doña Sol escribía, según él, al marqués por los asuntos

de su fortuna, y al final de todas las cartas preguntaba por la salud de

Gallardo. Otras veces eran las cartas a un primo suyo, y en ellas había

iguales recuerdos para el torero.

Gallardo escuchaba complacido estas noticias, pero al mismo tiempo movía

la cabeza con expresión de duda. ¡Cuándo volvería a verla!... ¿La vería

alguna vez?... ¡Ay, aquella mujer caprichosa, que había huido sin

motivo, a impulsos de su extraño carácter!

--Lo que tú debes hacer--decía el apoderado--es olvidarte del mujerío,

para pensar un poco en los negocios. Ya no estás en la cama, ya estás

casi bueno. ¿Cómo te sientes de fuerzas? Di: ¿toreamos o no? Tienes todo

lo que queda de invierno para ponerte fuerte. ¿Se admiten contratas o

renuncias este año a torear?...

Gallardo levantó la cabeza con arrogancia, como si le propusieran algo

deshonroso. ¿Renunciar al toreo? ¿Pasar un año sin que le viesen en el

redondel?... ¿Es que los públicos podrían resignarse a esta ausencia?

--Admita usté, don José. De aquí a la primavera hay tiempo pa ponerse

fuerte. Yo toreo lo que me pongan delante. Puee usté comprometerse pa

la corría de Pascua de Resurrecsión. Me paece que esta pierna va a darme

mucho que hacé, pero pa entonces, si quiere Dió, estaré como si fuese de

jierro.

Dos meses tardó el torero en sentirse fuerte. Cojeaba ligeramente y

sentía menos agilidad en los brazos; pero estas molestias despreciábalas

como insignificantes al sentir que las fuerzas de la salud volvían a

animar su cuerpo vigoroso.

Viéndose a solas en la habitación conyugal--pues había vuelto a ella al

abandonar su cuarto de enfermo--, plantábase frente a un espejo y se

perfilaba lo mismo que si estuviese ante un toro, poniendo un brazo

sobre otro en forma de cruz, cual si tuviera en sus manos la espada y la

muleta. ¡Zas! Estocada al toro invisible. ¡Hasta el mismo puño!... Y

sonreía satisfecho pensando en la decepción que iban a sufrir sus

enemigos, los cuales profetizaban su inmediata decadencia siempre que

sufría una cogida.

Le faltaba el tiempo para verse en el redondel. Ansiaba la gloria de los

aplausos, la aclamación de las muchedumbres, con el anhelo de un

principiante; como si la reciente cogida hubiese desdoblado su

existencia; como si el Gallardo de antes fuese otro, y él tuviera que

comenzar de nuevo su carrera.

Para fortalecerse, decidió pasar el resto del invierno con su familia en

_La Rinconada_. La caza y las marchas largas fortalecerían su pierna

quebrantada. Además, montaría a caballo para vigilar los trabajos,

visitaría los ganados de cabras, las piaras de cerdos, la vacada y las

jacas que pastaban en los prados. La administración del cortijo no

marchaba bien. Todo le costaba más que a los otros propietarios, y los

productos resultaban menores. Era una hacienda de torero habituado a la

generosidad, a ganar gruesas cantidades, sin conocer las restricciones

de la economía. Sus viajes durante una parte del año y aquella

desgracia, que había traído a su casa el aturdimiento y el desorden,

hacían que los negocios no marchasen bien.

Antonio su cuñado, que se había establecido por una temporada en el

cortijo con aires de dictador, queriendo ponerlo todo en orden, sólo

había servido para embrollar la marcha de los trabajos y provocar la ira

de los jornaleros. Gracias que Gallardo contaba con el ingreso seguro de

las corridas, riqueza inagotable que reparaba con exceso sus

despilfarros y torpezas.

Antes de salir para _La Rinconada_, la señora Angustias quiso que su

hijo fuese a arrodillarse ante la Virgen de la Esperanza. Era una

promesa que había hecho en aquel anochecer lúgubre, cuando le vio llegar

tendido en la camilla, pálido e inmóvil como un muerto. ¡Las veces que

había llorado a la Macarena, la hermosa reina de los cielos, de largas

pestañas y mejillas morenas, pidiéndola que no olvidase a su pobre

Juanillo!

La fiesta fue un acontecimiento popular.

Los jardineros del barrio de la Macarena fueron llamados por la madre

del espada, y el templo de San Gil se llenó de flores, formando altos

ramos como pirámides en los altares, esparciéndose en guirnaldas entre

los arcos, pendiendo en gruesos ramilletes de las lámparas.

Fue una mañana de sol cuando se verificó la santa ceremonia. A pesar de

que el día era de trabajo, se llenó el templo de lo mejorcito de los

barrios inmediatos: gruesas mujeres de ojos negros y cuello corto, con

el corpiño y la falda hinchados por abultadas curvas, vistiendo trajes

negros de seda y con mantillas de blonda sobre el rostro pálido;

menestrales recién afeitados, con terno nuevo, sombrero redondo y gran

cadena de oro en el chaleco. Acudían a bandadas los mendigos, como si

se celebrase una boda, formando en doble fila a las puertas del templo.

Las comadres del barrio, despeluznadas y con niños al brazo,

agrupábanse, esperando con impaciencia la llegada de Gallardo y su

familia.

Iba a cantarse una misa con acompañamiento de orquesta y de voces: algo

extraordinario, como la ópera, del Teatro de San Fernando cuando

llegaban las Pascuas. Luego entonarían los sacerdotes el _Te Deum_ en

acción de gracias por la salvación del señor Juan Gallardo, lo mismo que

cuando el rey entraba en Sevilla.

Se presentó la comitiva abriéndose paso en el gentío. La madre y la

esposa del torero, entre parientas y amigas, marchaban al frente,

haciendo crujir a su paso la gruesa seda de las faldas negras y

sonriendo dulcemente bajo sus mantillas. Detrás venía Gallardo, seguido

de una escolta interminable de toreros y amigos, todos vestidos de

colores claros, con cadenas y sortijas de escandaloso brillo, llevando

en las cabezas fieltros blancos, que contrastaban con la negrura de los

trajes femeninos.

Gallardo mostrábase grave. Era un buen creyente. Se acordaba poco de

Dios y blasfemaba de él en los momentos difíciles, con el automatismo de

la costumbre; pero ahora era otra cosa: iba a darle gracias a la

Santísima Macarena, y penetró en el templo con aire compungido.

Todos entraron, menos el _Nacional_, que abandonó a su mujer y a la

prole, quedándose en la plazoleta.

--Yo soy librepensaor--creyó del caso afirmar ante un grupo de amigos--.

Yo respeto toas las creencias; pero lo de ahí dentro, pa mí, es...

«líquido». No quiero faltarle a la Macarena ni quitarle lo suyo; pero

camará, ¡si mangue no acude a tiempo a llevarse al toro cuando Juaniyo

estaba en el suelo...!

Por las puertas abiertas llegaban hasta la plaza los gemidos de los

instrumentos, las voces de los cantores, una melodía dulzona y

voluptuosa acompañada de las bocanadas de perfume de las flores y el

olor de la cera.

Fumaron cigarro tras cigarro los toreros y aficionados que se agrupaban

fuera del templo. De vez en cuando se desprendían algunos para ir a

entretener la espera en la taberna más cercana.

Cuando volvió a salir la comitiva, los pobres se abalanzaron, riñendo y

manoteando bajo los puñados de monedas. Para todos había. El maestro

Gallardo era rumboso.

La señora Angustias lloraba, con la cabeza apoyada en el hombro de una

amiga.

En la puerta de la iglesia apareció el espada, sonriente y magnífico,

dando el brazo a su mujer, que iba trémula de emoción y bajaba los ojos,

temblándole una lágrima entre sus pestañas.

Carmen creyó que acababa de casarse por segunda vez.

Sangre y arena · 第 7 / 13 题