el embellecer ese famoso grupo añadiéndole una nueva figura... ¡la
vuestra! ~(Floria levanta los hombros despreciativamente.)~ Pero no
lo haré. No soy tan insensato que pretenda privar a los romanos de su
ídolo, al cual también profeso yo un verdadero culto... El _dilettante
Scarpia_ no perdonaría nunca al director de policía semejante atentado
de leso arte... Ah, no, de ningún modo. Vos, señora mía, no honraréis
con vuestro concurso personal tan lúgubre representación... Vuestro
coche, por orden mía, os aguarda abajo; las puertas del castillo las
tenéis abiertas de par en par... Estáis libre, completamente libre.
FLORIA
~(Al oír estas palabras lanza una exclamación de alegría y corre hacia
la puerta de salida.)~ ¡Ah!...
SCARPIA
~(Sentándose de nuevo a la mesa.)~ Esperad... Creo adivinar el
verdadero significado de ese grito. ~(Floria se para.)~ De seguro no
es la noticia de vuestra libertad la que acaba de haceros prorrumpir
en esa espontánea exclamación de alegría. Es sin duda este pensamiento
que ha surgido al propio tiempo en vuestro cerebro: «Corro ahora mismo
al palacio de Farnesio, penetro de cualquier modo en la cámara de la
reina, que siempre me ha profesado mucho afecto, y la arranco con
súplicas y con lágrimas el indulto de mi amante...» ¿Acerté?
FLORIA
Si... Eso haré...
SCARPIA
Por desgracia tengo aquí una orden terminante que debo cumplir.
~(Desdobla el papel que está sobre la mesa.)~ «El caballero
Cavaradossi será ejecutado antes de salir el sol.» Leedla. Cuando
llegue a mi poder la gracia de indulto, el reo habrá sufrido ya la
última pena.
FLORIA
¿Pero vos no haréis eso?
SCARPIA
¿Que no? Sois injusta conmigo. Que yo lleve mi filantropía hasta el
punto de salvaros y de poneros en libertad, es natural y además lo
realizo con el mayor gusto; pero que haga lo propio con él... eso no...
eso no lo haré nunca.
FLORIA
~(Fuera de sí.)~ Pero entonces, miserable, ¿eres un asesino?
SCARPIA
~(Tranquilamente.)~ Lo que yo soy y lo que haya de ser, dependerá de
vos, de vos exclusivamente.
FLORIA
~(Sin comprender.)~ ¿De mí?
SCARPIA
Sí; pero, pronto, sentaos... Estáis a punto de caer desfallecida y yo
no puedo seguir cenando con tranquilidad mientras vos continuáis en
pie... Vamos, hacedme el favor de tomar asiento y aceptad siquiera dos
dedos de este excelente vino de España. ~(Se lo sirve.)~ Y aquí, con
los codos apoyados sobre la mesa, hablaremos con más intimidad y más
cómodamente acerca de los medios de aliviar en lo posible, la triste
situación por la que atraviesa Cavaradossi.
FLORIA
No tengo hambre ni sed más que de su libertad. ~(Se sienta
resueltamente enfrente de él, retira el vaso de vino y coloca los codos
sobre la mesa.)~ ¡Concluyamos!... ¿Cuánto?
SCARPIA
~(Dejando de beber.)~ ¿Cómo cuánto?
FLORIA
Sí; ¿qué suma queréis?
SCARPIA
¿Dinero? ¿Por quién me habéis tomado? ¡Quién piensa en eso! Porque hace
pocas horas estuve implacable, hasta feroz quizá, en el cumplimiento
de mis deberes, ¿suponéis que soy capaz de venderme? ¡Qué mal, que mal
me conocéis! Si yo extremaba mi celo en la persecución de Angelotti,
era porque su fuga constituía mi perdición... Pero una vez realizada
mi tarea, soy como el soldado que depone la cólera al cesar el
combate... Ahora ya no encontraréis en mí más que al barón Scarpia,
uno de vuestros más fanáticos admiradores. ~(Se levanta y se acerca a
ella, que, siempre sentada, le mira con inquietud.)~ Y esta ferviente
adoración mía ha adquirido esta noche mayor intensidad... Sí, Floria,
hasta hoy yo solo había visto en vos a la inimitable intérprete de
las dulcísimas melodías de Cimarrosa y de Paisiello; pero de pronto
se me ha revelado la mujer... la mujer más apasionada y mil veces más
admirable en la realidad de la pasión y del dolor que en las ficciones
de la escena... ¡Qué acentos tan patéticos acabo de oíros!... ¡qué
gestos tan conmovedores!... ¡qué gritos tan sublimes!... Cuando yo
he visto todo esto, verdaderamente maravillado, estuve a punto de
olvidar mi papel en aquella terrible tragedia, para aclamaros como un
espectador entusiasmado, y declararme vencido ante tan prodigiosas
seducciones.
FLORIA
~(A media voz, pero siempre inquieta.)~ ¡Ojalá lo hubieseis hecho!
SCARPIA
~(Dejando el vaso sobre la mesa y sentándose en el sofá cerca de
ella.)~ ¿Queréis saber por qué no lo hice? Pues porque al mismo tiempo
que experimentaba este entusiasmo súbito por la mujer fascinadora, tan
diferente de aquellas que había conocido hasta entonces, surgieron
en mi alma unos celos horribles... unos celos espantosos que me
roían las entrañas. ¿Cómo --me decía yo-- esta cólera que enrojece
su semblante, estos gritos de angustia que ella lanza, son por un
individuo cualquiera, por un miserable pintor que no vale ni una
sola de sus lágrimas? Y cuanto mayores y más sentidas eran vuestras
súplicas por él, más se aferraba en mí el ansia de tenerlo en mi poder
para hacerle sufrir todo lo que yo sufría, para hacerle pagar con la
vida tanto amor, y castigarle, sí, sí, castigarle sin compasión y sin
tregua... ¡Oh! le odio de tal modo por esa felicidad inmerecida que
ha conseguido, le envidio de tal suerte por poseer una criatura tan
angelical como vos, que no podré perdonarlo nunca... nunca, sino con
una condición... una sola... La de tener yo también mi parte en esa
dicha.
FLORIA
~(Levantándose.)~ ¿Tú?
SCARPIA
Y la tendré. ~(Sentado y tratando de retenerla por un brazo.)~
FLORIA
~(Separándose de él violentamente y lanzando una carcajada de burla.)~
¿Tú?... Antes me arrojaría por ese balcón.
SCARPIA
Hazlo y dentro de poco estará detrás de él el cadáver de tu amante,
~(Con mucha frialdad y sin moverse.)~
FLORIA
¿Conque ese era el precio de tu infamia?
SCARPIA
Por fin lo entendiste. ~(Sonriéndose.)~ Pronuncia un sí y lo salvo...
un no y lo asesino.
FLORIA
~(Retrocediendo asustada.)~ ¿Serás capaz de emplear hasta la violencia?
SCARPIA
~(Aproximándose tranquilamente a la mesa y echando azúcar al café.)~
La violencia no, de ningún modo... Eso no entra en mis hábitos... Si
la proposición no te agrada puedes irte tranquilamente; ya te lo he
dicho... ~(Agita el café con una cucharilla.)~ Todas las salidas las
encontrarás abiertas. Pero te desafío a que lo realices... Ahora,
si piensas entretenerte en insultarme, en suplicarme, te aconsejo
que desistas de hacerlo, porque vas a perder el tiempo de una manera
lastimosa. De modo que la mejor resolución que puedes tomar es decir sí
desde luego.
FLORIA
¡Nunca! Voy a despertar a todo el mundo para pregonar tu infamia. ~(Se
dirige de nuevo hacia la puerta.)~
SCARPIA
~(Tomando un sorbo de café.)~ Pero no podrás despertar al muerto. ~(Al
oír estas palabras se vuelve Floria con un gesto de desprecio. Scarpia
continúa sonriendo.)~ Me odias mucho, ¿no es cierto?
FLORIA
¡Que si te odio!
SCARPIA
Muy bien... así te quiero yo. ~(Concluye de tomar el café y deja la
taza sobre la mesa.)~ De las mujeres que se rinden sin lucha estaba ya
cansado; más que cansado, ahíto. Lo que me seduce es tu desprecio,
lo que ansío es vencer tu repugnancia, domar tu cólera y humillar tu
orgullo.
FLORIA
¡Demonio!
SCARPIA
¿Demonio? Sea... Acepto el calificativo... Por lo mismo que soy un
demonio tengo impulsos satánicos y goces infernales. Sí, quiero
saborear el supremo placer de sentir tu alma indignada doblegarse ante
mí, hasta quedar rendida... ¿Qué venganza mejor puedo tomar de tus
ultrajes? ¿Qué refinamiento más delicado para un demonio que verte
batallar inútilmente entre el dolor y la cólera, hasta caer vencida? ¿Y
dices que me odias? Eso es lo que yo esperaba de ti, un odio mortal,
implacable, feroz, y me prometo una alegría diabólica, al mirarte a mis
pies, suplicante, entre los últimos espasmos de tu rencor impotente.
FLORIA
~(Atónita y mirándole con horror.)~ ¿Pero qué especie de monstruo eres
tú? ¿De qué lodo infecto te han hecho? ¿Qué fiera te ha engendrado?
SCARPIA
Sigue... sigue... Más... más... ¡aún más!... Continúa
escarneciéndome... ¡Nunca me parecerán bastantes tus insultos!...
Vamos, no te detengas... Amontona contra mí las injurias más
expresivas, abofetéame el rostro con los dicterios más repugnantes,
escúpeme a la cara los insultos más soeces... Todo eso no servirá más
que para encender la hoguera de la pasión que arde en mi pecho. ~(Trata
de abrazarla.)~
FLORIA
~(Retrocediendo espantada.)~ ¡Atrás! ¡No te acerques! ¡Socorro! ¡A mi!
¡A mí!
SCARPIA
No acudirá nadie. Te cansas en vano. ~(Acercándose al balcón.)~ Mira...
Los primeros fulgores de la mañana empiezan a colorear el horizonte. Tu
Mario, tu idolatrado Mario, solo tiene ya un cuarto de hora de vida.
FLORIA
~(Levantando las manos al cielo.)~ ¡Señor!... ¡Dios justo!... ¡Dios
omnipotente!... ¿pero no ves esto? ¿Cómo consientes tanta infamia?
¡Dios mío, socórreme!... Ven en mi ayuda.
SCARPIA
~(Burlándose.)~ ¡Si no cuentas con otro auxilio! ~(Mirando desde el
balcón.)~ Ya está en la horca el cadáver de Angelotti... ¿Le ves?
~(Floria retrocede horrorizada cubriéndose los ojos con las manos.)~
Ahora le toca al vivo. ~(Llamando.)~ ¡Colometti!
FLORIA
~(Lanzándose desesperada hacia el balcón.)~ ¡No, no!... ¡Eso no!...
¡salvadle!...
SCARPIA
~(Abrazándola.)~ ¿Entonces?
FLORIA
~(Dejándose caer a sus pies.)~ ¡Piedad!... ¡Tened piedad de mí! ¡Ya os
habéis vengado bastante!... Vedme aquí, a vuestros pies, castigada,
vencida, suplicante, casi moribunda, implorando vuestro perdón por todo
lo que haya podido ofenderos...
SCARPIA
~(Levantándola y abrazándola estrechamente.)~ Es decir, que estamos de
acuerdo, ¿no es verdad?
FLORIA
~(Separándose de él y lanzando un grito de repugnancia invencible.)~
¡Ah!... ¡no!... ¡Nunca!... ¡nunca!... ¡Antes la muerte!... ~(Huye hacia
la derecha, crispada de terror. En este momento se abre la puerta de
entrada y aparece Colometti.)~
ESCENA IV
LOS MISMOS, COLOMETTI y algunos soldados que están agrupados detrás de
él.
COLOMETTI
¿Debo ir a buscar al reo, excelencia?
FLORIA
¡Oh!
SCARPIA
Espera. ~(En voz baja a Floria, que está apoyada en el respaldo del
sofá.)~ Te doy un minuto para reflexionar.
FLORIA
~(Con angustia infinita.)~ ¡No puedo más!... ¡No puedo más! ¡Todo ha
concluido en mí!
SCARPIA
~(En voz baja.)~ Responde.
FLORIA
~(Después de una pausa y haciendo un violento esfuerzo.)~ Sí... ~(Al
decir este monosílabo se deja caer en el sofá, anegada en lágrimas, con
el rostro sobre los almohadones y sollozando desesperadamente.)~
SCARPIA
~(Sonriendo.)~ He cambiado de opinión, Colometti. El verdugo puede
retirarse a descansar... Por ahora su faena ha concluido. ~(Colometti
da una orden a los soldados y estos se retiran.)~
FLORIA
~(Incorporándose penosamente y en voz baja, ahogada por los sollozos.)~
Quiero la libertad de Mario, pero ahora, en este mismo instante.
SCARPIA
~(También en voz baja.)~ Poco a poco, amiga mía. No se puede andar
tan deprisa. Aquí está la orden formal del gobernador a quien debo
obedecer. ~(Se la enseña.)~ «Cavaradossi será ejecutado antes de
salir el sol.» El caballero debe, pues, sufrir la pena impuesta por
las leyes o por lo menos, debe creer todo el mundo que la ha sufrido.
La estratagema que voy a emplear para librarle de la muerte, solo la
conoceremos el caballero Cavaradossi, Colometti y nosotros dos.
FLORIA
¿Y quién me garantiza que cumpliréis vuestra palabra?
SCARPIA
Las órdenes que voy a dar ahora mismo. ~(En voz alta.)~ Colometti,
cierra esa puerta. ~(Colometti obedece.)~ Oye bien lo que tengo que
decirte... El preso no será ahorcado, sino fusilado ~(Movimiento en
Floria. Scarpia la tranquiliza con un gesto.)~ sobre la explanada del
castillo, lo mismo, exactamente lo mismo, que el conde de Palmieri.
COLOMETTI
¿Es decir que esa ejecución?...
SCARPIA
No será más que simulada, ¿comprendes? Como lo fue la del conde.
COLOMETTI
Entendido, excelencia.
SCARPIA
Tú mismo elegirás entre los soldados de la compañía de guardias, doce
hombres de tu confianza, cuyos fusiles también tendrás cuidado de
cargar por ti mismo, con cartuchos sin bala.
COLOMETTI
Así lo haré.
SCARPIA
En seguida, advertirás al caballero Cavaradossi todo lo que debe de
hacer para evitar sospechas... Cuando el reo oiga el ruido de la
descarga, se dejará caer en tierra, como herido por el rayo... En este
momento te acercarás a él como para convencerte de que está bien muerto
y después de decir en alta voz que no necesita el tiro de gracia,
ordenarás al piquete que se retire al castillo. Cuando los soldados
hayan desaparecido, te aproximarás al caballero Cavaradossi y después
de echarle la capa sobre los hombros, le acompañarás tú mismo, hasta la
puerta del castillo, donde le esperará el coche de la señora. Entrarás
con él en el carruaje y sin perder un momento le acompañarás hasta la
puerta Angélica, que has de mandar abrir por orden mía. Cuando estéis
fuera de las murallas, en lugar seguro, le dejarás continuar su viaje y
tú vendrás a darme cuenta de todo y a descansar. ¿Has entendido bien?
COLOMETTI
Perfectamente, excelencia. ¿Cumplo ahora lo mandado?
SCARPIA
No. Deja solo al reo en la capilla y espera.
FLORIA
~(A media voz.)~ Quiero verle... quiero decirle yo misma cuanto acabáis
de ordenar.
SCARPIA
Sea. ~(A Colometti.)~ La señora está en libertad y puede ir y venir
a su antojo por el castillo. Deja a uno de tus compañeros al pie de
la escalera, para que la acompañe hasta la capilla. Después de la
entrevista y cuando la señora haya entrado en su coche ejecutarás
fielmente todo lo que acabo de ordenarte.
COLOMETTI
Está bien, excelencia. ~(Inclinándose.)~
SCARPIA
No te olvides de nada... Ordena, en nombre mío, que no entre nadie a
molestarme... ~(Colometti sale cerrando la puerta. Scarpia echa el
cerrojo por dentro.)~
ESCENA V
FLORIA y SCARPIA
FLORIA
~(Al ruido que hace el cerrojo, Floria se estremece y se levanta pálida
y vacilante.)~
SCARPIA
~(Acercándose a ella.)~ ¿Estás satisfecha?
FLORIA
~(Con voz débil y temblando.)~ Aún no.
SCARPIA
¿Tienes más que pedirme todavía?
FLORIA
~(Haciendo un esfuerzo.)~ Quiero un salvoconducto, autorizándome para
abandonar libremente los Estados Romanos.
SCARPIA
Es muy justo. ~(Va hacia la escribanía y se pone a a escribir vuelto
de espaldas. Floria se acerca a la mesa y toma el vaso en que Scarpia
le sirvió vino al principio del acto. Al acercarlo a sus labios, se
fija en el cuchillo de trinchar, de hoja muy afilada, que está sobre
la mesa y se iluminan sus ojos con brillo siniestro, volviéndose en el
acto a mirar a Scarpia que sigue escribiendo. Deja el vaso sobre la
mesa y aproxima hacia sí el cuchillo. Después se quita, rápidamente,
el guante de la mano derecha y lo coloca encima del cuchillo. Scarpia,
que ha concluido de escribir, lee en alta voz.)~ «Se ordena a todas
las autoridades civiles y militares, que dejen salir libremente de la
ciudad de Roma y de todos los Estados romanos a la artista Floria,
llamada _La Tosca_, y al caballero que la acompaña, encargándoles
además que les presten protección y ayuda si la necesitasen. Tal es
nuestra voluntad.-- Roma, diez y ocho de junio de mil ochocientos.--
Vitelio Scarpia, director general de Policía.-- Por mandado de su
majestad Católica el rey Fernando.» ~(Se acerca a Floria, la cual
vuelve a coger el vaso, apurando de una vez su contenido.)~ Está bien
así, ¿no es cierto? ~(Entrega el salvoconducto a Floria que lee en pie,
rozando casi su espalda con el rostro de Scarpia, que está inclinado
sobre ella, devorándola con los ojos. Floria, después de leer, coloca
el vaso sobre la mesa, procurando que su mano esté casi encima del
cuchillo.)~ Y ahora, ¿qué me darás tú en cambio? ~(La estrecha por la
cintura con un brazo, mientras la besa ardientemente en la espalda.)~
FLORIA
¡Esto! ~(Se vuelve rápidamente y le clava el cuchillo en el corazón.)~
SCARPIA
~(Cayendo sobre el sofá.)~ ¡Ah... maldita!
FLORIA
~(Prorrumpiendo en una carcajada de alegría salvaje.)~ ¡Por fin!...
¡por fin! ¡Estás en mi poder!
SCARPIA
¡Socorro!... ¡A mí!...
FLORIA
¡Grita, grita si puedes! ¡Miserable!... ¡Ah!... ¡Dios ha oído mis
súplicas! ~(Arroja el cuchillo sobre la mesa.)~ ¡Verdugo! ¡Me has
torturado durante toda una noche! ¡Te has reído de mi desesperación y
de mis lágrimas, has pisoteado sin piedad las fibras más delicadas de
mi alma! ¿Y no había de tener yo mi desquite? ~(Se encorva y se acerca
a él.)~ Mírame bien, infame... Mira el regocijo que siento ante tu
agonía... mira el placer con que contemplo tu muerte... ¡Cobarde!...
Y mueres por mano de una mujer, aborto del infierno. Sí, y mueres
desesperado, blasfemando de rabia como los réprobos, ¡como lo que
eres!... ¡Muere, demonio! ¡Muere, monstruo!... ¡Muere condenado por
toda la eternidad!
SCARPIA
~(Tratando de incorporarse, sobre el respaldo del sofá.)~ ¡Favor!...
¡Yo muero!
FLORIA
~(Va hacia la puerta de salida a escuchar, pero sin dejar de mirar a
Scarpia.)~ ¡No llames en tu auxilio! ¡Nadie vendrá!... Tu propia sangre
te ahoga la voz en la garganta, ¡miserable! ~(Scarpia, por un último
y supremo esfuerzo, logra ponerse casi de pie y Floria, al verlo, va
hacia la mesa, empuñando de nuevo el cuchillo. Ambos están, uno frente
al otro, unos instantes; ella, amenazadora, y él, sofocado por el
estertor de la agonía y sin poder hablar hasta que por fin, cae sobre
el sofá lanzando un gemido, y del sofá vuelve a caer en tierra. Floria
deja el cuchillo sobre la mesa y dice con frialdad.)~ ¡Más vale así!
~(Toma el candelero que está sobre la mesa y lo acerca al rostro de
Scarpia que en este instante expira.)~ ¡Ahora estamos en paz! ~(Sin
volver a mirar el cadáver, coloca el candelabro, en su sitio y se
limpia, tranquilamente, la mano con el mantel. Después ve una mancha de
sangre en el vestido y moja una punta de la servilleta en la botella
de agua y se frota con ella el vestido, estruja la servilleta y la
tira en la alcoba. Anda alrededor de la mesa y se va hacia el espejo,
coge el candelabro que está sobre la consola y lo enciende y vuelve
a dejarlo en su sitio. En seguida se arregla los cabellos, recoge el
guante, se lo calza, y al abrochárselo, ve el cadáver.)~ ¿Y era eso
lo que hacía temblar a toda una ciudad? ~(En este, instante empieza
a oírse el redoble lejano de tambores.)~ ¡La diana! ¿Ya? ~(Sigue el
ruido de los tambores que no cesa hasta que cae el telón. Floria toma,
sobre la mesa, el salvoconducto y se lo guarda en el pecho. Escucha
hacia la puerta, después se acuerda de que ha encendido el candelabro
y se dirige a apagarlo, pero de pronto cambia de idea y vuelve a
encenderlo con el que está sobre la mesa, colocando los dos candelabros
a ambos lados del cadáver. Mira en torno suyo, ve el crucifijo que está
sobre el reclinatorio, lo coge y lo pone sobre el pecho de Scarpia.
Por último, se dirige a la puerta, descorre el cerrojo, la abre con
precaución y mira hacia el corredor que está muy oscuro. Permanece un
momento escuchando y sale, cerrando la puerta detrás de sí, mientras
los tambores redoblan con mayor fuerza.)~
TELÓN
ACTO CUARTO
CUADRO PRIMERO
La capilla de los condenados a muerte en el castillo de Santángelo.
Ventana con fuertes rejas de hierro al fondo, un altar a la derecha y
la puerta de entrada a la izquierda.
ESCENA PRIMERA
MARIO, acostado y dormitando, UN CARCELERO, COLOMETTI y DOS SOLDADOS
que están de centinela.
COLOMETTI
~(Acercándose a Mario.)~ ¡Caballero! ¡Vamos... caballero!
MARIO
~(Despertándose.)~ ¿Eh? ¿Que hay? ¡Ah! ¿Sois vos?... ¡Dormía de una
manera tan agradable!... Llegó el momento. ¿No es eso? ¿Venís a poner
fin a este hermoso sueño para anunciarme que voy a entrar en el otro,
en aquel otro que no concluye nunca?
COLOMETTI
Os equivocáis. Vengo a deciros que está ahí una persona que quiere
hablaros. ~(Se acerca hacia la puerta de entrada, que permanece
abierta.)~
MARIO
~(Deteniéndole.)~ Aguardad. Si es alguno de esos frailes que pretenden
hacerme implorar la misericordia divina por haber intentado salvar la
vida de un fugitivo, decidle de mi parte que se vaya, que no quiero
verle. Sí, yo os ruego que me libréis de la presencia de esas gentes
y de sus cánticos lúgubres. La muerte es ya harto desagradable por sí
misma para ennegrecerla aún más con la tristeza que infunden en el
ánimo semejantes ceremonias. ~(Vuelve a recostarse como para dormir de
nuevo.)~
COLOMETTI
No es eso. Los religiosos se han retirado ya por orden de su
excelencia. La persona que desea entrar es una persona de vuestro
agrado.
MARIO
~(Vivamente.)~ ¿Floria?
COLOMETTI
Sí.
MARIO
~(Levantándose.)~ ¡Oh!... que venga... que venga al instante... ¿Dónde
está? ~(Colometti hace un gesto al carcelero y este hace entrar a
Floria.)~
ESCENA II
LOS MISMOS y FLORIA
FLORIA
~(Corriendo a abrazar a Mario.)~ ¡Mario!
MARIO
¡Alma mía!
FLORIA
¿Me has perdonado ya?
MARIO
¡Perdonarte! ¡Tú eres quien debe perdonarme un injusto movimiento
de cólera!... ¡Qué habías de hacer después de atormentarte de aquel
modo!... ¿Vienes a darme el último adiós?
FLORIA
~(Mirando de soslayo a los polizontes que ante una señal de Colometti
se disponen a marcharse.)~ No... no vengo a darte el último adiós.
MARIO
~(Sin comprender.)~ ¿Qué dices?
FLORIA
~(En voz baja.)~ ¡Calla!... Espera, espera a que se hayan marchado.
~(Acerca su rostro al de Mario, el cual al sentir su contacto en la
mejilla no puede contener un gesto de dolor.)~ ¿Sufres mucho todavía?
MARIO
~(Cogiéndole las manos a Floria y besándolas con amor.)~ No... un
poco... Ya estoy mejor.
FLORIA
Yo te curaré. ¡Amor mío!... Dentro de algunos minutos estaremos lejos,
muy lejos de esta ciudad... Los dos juntos... y a salvo de todo
riesgo... ~(En este momento han salido el carcelero y los soldados y no
queda más que Colometti.)~ Sí... te traigo la libertad, la salvación.
MARIO
~(Asombrado.)~ ¡Mi libertad!
FLORIA
Absoluta.
MARIO
~(Atónito.)~ ¡De Scarpia!
FLORIA
Sí, de él, de él mismo... ¿No es cierto señor Comisario? ¿No es verdad
que estará libre?
COLOMETTI
Hace pocos momentos su excelencia me ha dado órdenes que confirman todo
cuanto dice la señora.
FLORIA
¿Lo ves, Mario?
MARIO
~(Mirando a uno y a otro.)~ ¡Órdenes! ¿Qué órdenes son esas? ~(Sin
comprender.)~
FLORIA
Que tu fusilamiento no será más que simulado. ¿Entiendes? Nada más
que por pura fórmula... pero los fusiles estarán cargados con pólvora
sola. ¿No es cierto señor Comisario? ~(Colometti hace una señal de
asentimiento.)~ Sin bala. ¿Entiendes bien? Y para mayor seguridad
las armas las preparará el mismo señor Comisario, aquí presente. ¿No
es verdad? ~(Colometti vuelve a afirmar. Mario sigue mirándola con
incredulidad.)~ Que te lo asegure él, que él mismo te lo afirme, porque
parece que no quieres dar crédito a mis palabras... Vamos, hablad,
hablad pronto. ~(A Colometti.)~
COLOMETTI
Sí, yo mismo he cargado los fusiles... Así lo ha ordenado su excelencia.
FLORIA
¿Lo oyes? Él mismo acaba de decirlo... Ya ves que no te engaño...
En seguida te conducirán a la explanada y al oír el ruido de la
descarga te dejarás caer en tierra como muerto... El señor Comisario
despedirá al piquete y en el acto te abrirá la puerta del castillo.
Saltamos después en mi coche y ya estamos en libertad... ¿Comprendes?
En libertad completa... ¡Libres para siempre! ¿Ves qué felicidad tan
grande?
MARIO
~(Con la misma incredulidad.)~ ¿Pero todo eso es posible?
FLORIA
Naturalmente. ¿Por qué muestras tanto empeño en negarlo? Mira...
Mira... ~(Sacando del pecho el salvoconducto.)~ Aquí está el
salvoconducto para atravesar la frontera.
MARIO
¿Tú?
FLORIA
Y tú también. ¡Mario mío! Léelo entero. «La señora Floria, llamada _La
Tosca_, y el caballero que la acompaña.» Bien claro está.
MARIO
~(Después de leer.)~ Sí, eso dice. ¿Y la firma de Scarpia? ~(Confuso y
sin comprender.)~
FLORIA
¿Estás convencido? ~(Abrazándole.)~
MARIO
~(Creyendo adivinar.)~ ¡Ah! ~(Se detiene mirando a Colometti.)~
COLOMETTI
Sí, el caballero no debe tener ningún género de desconfianza. Conviene
apresurarse y no aguardar a que el día aclare por completo. Después
tendrán tiempo de hablar y abrazarse.
FLORIA
¡Es verdad!... ¡Tenéis razón!... ¡Pronto!... ¡Pronto!...
COLOMETTI
El piquete se encuentra ya formado en la explanada. Voy a cerciorarme
de que el sitio está completamente desierto y vuelvo a buscaros.
FLORIA
Sí... sí... Que nadie te vea. ¡Cómo os agradezco lo que hacéis por
nosotros!
COLOMETTI
Cumplo las órdenes de mi jefe. ~(Vase.)~
ESCENA III
MARIO y FLORIA
MARIO
~(Apenas sale Colometti se dirige a Floria cogiéndola violentamente por
un brazo.)~ ¡Desgraciada! ¿A qué precio compraste mi libertad?
FLORIA
¿A qué precio?
MARIO
Sí.
FLORIA