#Las arpías se ponen tristes#.
Mucho le asombró á Lázaro lo que pasó en la casa de la calle de Belén el
día después de su excursión á la plazuela de Afligidos, que fué el día
mismo de la sesión que hemos referido. Serían las tres de la tarde
cuando entró su tío; las dos arpías se abalanzaron hacia él, y con la
hiel propia de sus caracteres emponzoñados, le dijeron, disputándose á
cuál hablaba primero:
--¡Ah, señor don Elías: no sabe usted lo incomodadas que nos tiene este
mozalbete! ¿No sabe usted á qué hora entró anoche? ¿Lo creerá usted? ¡A
las doce!... ¡Qué escándalo! ¡En una casa como ésta, en una casa de
paz, de decoro, de virtudes! A las doce entró este caballerito, que sin
duda pasó la noche en alguno de esos _clubes_, como dicen, alborotando y
aprendiendo todas esas herejías que andan ahora por ahí. ¿Qué le parece
á usted? ¿Pero no se irrita usted, señor don Elías? Y lo peor es que
entró haciendo un ruido con esos taconazos ... y dando unas voces....
Porque como está Paulita tan mala, es el caso que se alteró con el ruido
y quiso salirse de la cama. ¡Ay qué hombre! Crea usted que ya nos tiene
consumidas su sobrinito, señor don Elías, y es preciso que tome usted
una determinación, porque esta casa ... ya ve usted ... esta casa....
Todo lo dijo casi en su totalidad Paz, aunque á Salomé pertenecieron
algunas palabras. Pero viendo las dos que la filípica no hacía efecto
ninguno en Coletilla (y esto era lo que asombraba á Lázaro), tomó la
palabra Salomé sola para decir:
--¿Y no sabe usted que este ... joven es de los más mal educados que he
visto? Pues el otro día estuvimos en casa de don Silvestre
Entrambasaguas, y se portó tan groseramente que nos dió vergüenza de ir
en su compañía. Luego por la calle andaba con unas carreras... En fin,
si usted no se decide á sacarlo de los _clubes_....
(Advertimos, para que el lector no extrañe la singularidad de este
plural, que la dama, para explicarla, aseguraba que no decía _clubs_,
por lo mismo que no decía _candils ni fusils_, en lo cual no andaba del
todo descaminada.)
Lázaro sintió impulsos de agarrar por el moño á uno y otro basilisco, y
dar allí un ejemplo del vejamen que podía sufrir la aristocracia
histórica en la ilustre familia de los Porreños, pero su indignación se
calmó al observar que su tío, lejos de escuchar con ira aquellas
acusaciones, se sonrió, y pasándole la mano por el hombro casi
cariñosamente, si es permitido usar esta palabra, dijo:
No se incomoden ustedes por tan poca cosa. Si llegó tarde, fué sin duda
porque tuvo alguna ocupación: eso no tiene nada de particular. Lázaro se
porta bien: yo se lo aseguro á ustedes.
--¡Jesús, señor don Elías!--exclamó Salomé como si oyera una
obscenidad.--¡Jesús, señor don Elías: yo esperaba de usted algún
miramiento para con nosotras!
--Pero, señoras, digo tan sólo que si mi sobrino llegó tarde, fué porque
tuvo algo que hacer.
--No esperaba yo de usted semejantes palabras--indicó Paz, poniendo
los ojos, la boca y la nariz en la misma disposición compungida que si
fuera á llorar.
--No sé en qué podemos nosotras haber faltado--observó Salomé,
poniéndose verde y haciendo también un gran esfuerzo para hacer creer
que si no lloraba era por no faltar á las conveniencias sociales.--No sé
en qué podemos nosotras haber faltado para que usted nos diga eso.
--Como está una en desgracia...--murmuró Paz bajando la cara para que se
creyera que devoraba una humillación.
--Pero, señoras--dijo Coletilla con mucha seriedad,--yo no he agraviado
á ustedes; he disculpado á mi sobrino solamente....
--Como está una en desgracia...--añadió la dama continuando la queja
interrumpida,--ya no se nos guardan ciertas consideraciones, y se nos
desmiente cuando afirmamos una cosa.
--¡Yo, señoras mías!--balbució Elías.--En otro tiempo--dijo Salomé,
respirando fuerte y acumulando en la mirada todo el desdén de su
carácter,--en otro tiempo no pasaba así. Cada persona se mantenía en su
lugar, y el que estaba obligado á acatarnos, no llegaba nunca hasta
nosotros sino con el mayor respeto y cortesía. Hoy todo ha cambiado.
--¡Hoy todo ha cambiado! ¡Cómo ha de ser!--exclamó Paz, que después de
incalculables esfuerzos consiguió su objeto, el cual consistía en que
una lagrimita rodara por sus mejillas atomatadas.
--Adiós, señor don Elías--dijo Salomé, hecha un veneno porque el
realista no se arrodilló á sus plantas como esperaba.
--Adiós, señor don Elías--repitió Paz, viendo que su lagrimita no
ablandaba el duro corazón del antiguo mayordomo.
--Pero vengan ustedes acá, señoras.... Las dos volvieron rápidamente.
--Yo estoy confuso; no sé por qué toman ustedes ese tono. No sé en qué
puedo haberlas ofendido. ¿Qué he dicho?
--Ha dicho usted lo que no quiero recordar--dijo Paz, limpiándose la
consabida.
--Ha dicho usted que su sobrino se enmendará. ¡Oh! no puedo creer que
usted...--exclamó Salomé.--Adiós, señor don Elías.--Adiós, señor don
Elías. Se fueron. El fanático volvió pronto de su estupor, y después,
dando poca importancia á aquel asunto, se dirigió á su sobrino y dijo:
--Vamos, Lázaro: esta noche se reúnen tus amigos en la _Fontana_. Hay
gran sesión: no faltes. Yo no me opongo á que cada cual manifieste sus
opiniones; tú tienes las tuyas: yo las respeto. Sé que tienes talento y
quiero que te conozcan. Ve á la _Fontana_, ve esta noche.
Lázaro se quedó absorto, y apenas creía que lo dijera aquello el hombre
intransigente que tantas recriminaciones le había hecho por sus ideas
liberales; pero acostumbrado ya á las cosas raras é inverosímiles, no se
preocupó mucho.
Llegó la hora de comer, y la santa ceremonia del pan de cada día fué tan
silenciosa, que aquella casa parecía de duelo. Baste decir que á Salomé
se le olvidó pasarle los garbanzos á Lázaro, y que este, por no dar
lugar á un nuevo conflicto, ni los pidió ni los tomó. Tampoco en la
ración del realista estuvo muy pródiga doña Paz, pues se le olvidó
ponerle carne, en lo cual aquel grande hombre, que sólo vivía de
espíritu, no hizo alto. La otra vieja hizo cuanto en ser humano cabe
para dar á entender que no tenía apetito; pero de todos los medios que
se conocen para probar tal cosa, dejó de emplear el mejor, que es no
comer. A tanto no llegaron sus esfuerzos. Paz dió algunos suspiros entre
bocado y bocado. El único suceso importante que turbó la calma de
aquella comida melancólica y callada, fué una ligera disputa suscitada
entre las dos arpías, porque Salomé decía que el estofado se quemó por
culpa de Paz, y ésta aseguraba lo contrario. Al concluir, Elías dió
tregua á sus meditaciones para preguntar:
--Pero ¿no está mejor doña Paulita? ¡Bah! supongo que no será nada.
Salomé se apresuró á llevar á la boca una uva, que tenía entre sus
delicados dedos, para poder decir:
--¿Que no será nada? Crea usted que está bastante grave.
Al decir esto, los movimientos de la delgada piel y los huesos angulosos
de su gaznate indicaron que la uva había pasado.
--¿Pero es cosa de gravedad?--dijo Elías.
--¿Qué, tanto le interesa á usted?--preguntó con mucha hinchazón María
de la Paz, que sentía renacer en sí todas las fuerzas de su antigua
habilidosa elocuencia de salón.
--¿Pues no me ha de interesar?--dijo Elías sintiendo herido su amor
propio de mayordomo.--Pero voy, si ustedes me permiten, á verla.
--No puede usted ahora, porque está durmiendo.
--La va usted á molestar.
Las dos se sonrieron satisfechas de la humillación que creían arrojar
sobre Elías, retirándole momentáneamente su confianza.
--Pues si no puede ser, me retiro.
--Vaya usted con Dios.
--Si se ofrece algo, señoras ...--dijo el realista.
Y contra lo que ellas esperaban, el realista se marchó, dejándolas muy
contrariadas.
--¡Ay!--exclamó Salomé,--¿será posible?
--¿Qué?--dijo Paz alarmada.
--Que las ideas del día hayan también....
--¿Será posible?...
--¡También él!...
El ámbito del comedor resonó con la vibración de dos suspiros que eran
dos poemas. Pero ningún suceso grave resultó de aquel singular estado de
sus caracteres, á no ser que quiera considerarse como tal el gran
puntapié que se llevó el perrito Batilo sin motivo serio que lo
explicara.