#El complot.--Triunfo de Lázaro.#
Lázaro no pudo tampoco aquel día encontrar á Bozmediano. Su deseo de
hablarle, de pedirle cuenta de su infamia, de demostrarle la lealtad de
su conducta y de castigarle sin lástima ninguna, aumentaba á cada hora.
Buscóle con afán, porque ciertos agravios dan una paciencia y una
tenacidad que las más grandes empresas inspiran rara vez al hombre.
En la casa le decían constantemente que no estaba; paseaba de largo á
largo la calle sin verle aparecer; llegó la noche, y á eso de las diez
vió salir á las mismas tres personas de la noche anterior. Eran ellos.
Bozmediano, padre é hijo, y el otro militar salieron por una puerta que
se abría á un callejón obscuro, y se encaminaron á la plazuela de
Afligidos, dando un gran rodeo. Apostóse el joven Otra vez detrás de
la esquina de la calle de las Negras, y les vió entrar en la propia
casa. Al poco rato entró otra persona, después tres, después dos; en
fin, los mismos de la noche anterior. Reflexionando entonces Lázaro que
su grande objeto, hablar y confundir á Bozmediano, no lo podía
conseguir, viendo entrar desconocidos en una casa desconocida, se
retiró, dirigiéndose á la _Fontana_ para asistir á la gran sesión de
que su tío le había hablado.
Desde el anochecer estaban en el café de la Carrera de San Jerónimo el
Doctrino, Pinilla, Aldama y otros dos individuos de los que más trato
tenían con el bolsillo del intendente revolucionario Elías Orejón.
--No hay otro medio mejor que el que Coletilla nos ha propuesto--decía
el Doctrino.--Indudablemente ese zorro tiene talento.
--Pero es preciso tomar antes buenas medidas--indicó Pinilla--porque
esos golpes, si salen mal, son terribles.... Escojamos buena gente, y
que todos nos sigan y vayan al mismo objeto sin decir nada hasta no
estar sobre ellos. Que sólo sepan la verdad del objeto treinta ó
cuarenta hombres probados.
--Eso ha de ser así: yo respondo de ello.--Ellos también parece que ven
venir la lucha y se preparan para la defensa. Hoy lo dijo Toreno en las
Cortes--observó Pinilla.--Pero les va á ser difícil escapar. El pueblo
está irritado contra ellos; el pueblo quiere libertad, y ha de
atropellar á los que intentan no permitirle llegar hasta el fin.
--La gran dificultad consiste en no poderles coger reunidos en un solo
punto. Lo bueno sería invadir el Congreso; pero el de la casa grande no
quiere tal cosa. Hay que ir cazándoles guarida por guarida, y esto hace
más difícil y complicado el asunto... Pero concretemos. En resumen, ¿qué
es lo que se debe hacer?
--La cuestión es muy sencilla--dijo el Doctrino, echándose atrás el
sombrero y bajando la voz.--Todo se reduce á lo siguiente: Hay un
partido, unos cuantos hombres que se llaman liberales sensatos, que
predican el orden y el respeto á las leyes. Todo esto es muy bueno. Pero
el pueblo ha cobrado gran odio á esa gente, que es, según cree el Rey,
el apoyo de la Constitución. El pueblo ha llegado tras largas
sugestiones á desear vivamente, con razón ó sin ella, la ... desaparición
de esos hombres. Bien: conduzcamos al pueblo al logro de su deseo. El
pueblo lo quiere, cúmplase la voluntad nacional. Después de estas
irrisorias y diabólicas palabras, el Doctrino se detuvo para leer el
efecto de su exposición en las caras de los oyentes.
--Bien--continuó:--hay veinte ó treinta hombres señalados ya en la
opinión como víctimas.
--¿Cómo víctimas?--interrumpió Pinilla.
--Sí, ha de haber un atropello. Hasta dónde llegará este atropello, es
lo que no puedo decir á ustedes. Ya sabemos lo que es este pueblo.
--¿Pero ese atropello parará en una matanza?--preguntó uno de los dos
desconocidos.
--Eso es lo que no sé. Atropello ha de haber. Las personas que lo han de
sufrir están aquí apuntadas en mi cartera. No son sólo los ministros.
--Y después, ¿qué pasará?--dijo el otro.--Verificado el hecho (y supongo
que llegue al último extremo, á un sacrificio horrible), ¿qué tendremos?
Se apoderará del poder el partido exaltado; tendremos un período de
dictadura, de terror y represalias espantosas. ¿A donde iremos á parar?
A la anarquía más horrible.
--No importa--dijo el Doctrino.--El Rey cuenta con eso, y lo desea. De
esa anarquía ha de salir triunfante un absolutismo, que es su objeto. Y
lo conseguirá; eso es indudable.--¿Y contra quiénes se dirige el motín?
--Contra muchos: ya conocéis quiénes son. Los políticos que se llaman de
talla, los que guían la marcha de las Cortes, los influyentes. No se
olvidará al presuntuoso Argüelles ni al célebre, más que célebre,
Calatrava.
--Hombre, sentiría que se escapara el bueno del consejero Bozmediano,
que tuvo la desfachatez de decir en las Cortes que si el Gobierno no
tenía á raya á los exaltados, peligraba la libertad y la Patria.
--¿Cómo se había de escapar ese pez? Ese es de los primeros. Pues si es
el que inspira al Gobierno... ¿Quién clama todos los días porque se
cierren los clubs? El. ¿Quién es el autor de aquellos decretos sobre
imprenta? El. ¿Quién indujo al Gobierno á la destitución de Riego? El.
--¡Pues no digo nada de su hijito el señor don Claudio Bozmediano, que
al principio era socio de la _Fontanal_ dijo uno de los desconocidos.
--¡Oh!--exclamó vivamente el señor Pinilla, como si sintiera una herida
en el corazón.--¿Ese perro habla de escapar? Le odio, le detesto, no le
tendría compasión aunque le viera asado en parrillas. Sólo por acabar
con ese condenado, entraría yo en la conspiración.
--¿Pues que te ha pasado con él?--le preguntaron.
--¿Qué me ha pasado?--dijo Pinilla, lívido de cólera. Hace algún tiempo
iba ese señor á _Lorencini_. Una noche hablaba yo en contra del
absolutismo y de los frailes: todos me aplaudían, y él también. Después
dije no sé qué cosa contra los militares: el calló; pero al concluir mi
discurso, vino á hablar conmigo y me expresó con algunas palabras su
disgusto. Yo no esperé más: hacía tiempo que me cargaba aquel hombre, le
tenía ojeriza sin saber por qué; le dije que me importaba poco su
opinión. Me contestó, le contesté yo más fuerte, hasta que al fin, de
palabra en palabra, le dije cierta cosa, sabida de todo el mundo,
respecto á su madre, que fué muy levantada de cascos. El no esperó más,
y de repente ... no lo puedo contar, porque se me sube toda la sangre al
rostro. El puso su pesada mano en mi cara, y la imprimió con tal fuerza,
que desde entonces la siento siempre aquí ... aquí ... quemándome como
un hierro candente. Reñimos: él es mucho más fuerte que yo, y me venció.
Después nos desafiamos, y me hirió; he vuelto á tener otro altercado con
él, y me volvió á ... En fin, le odio de muerte. Uno de los dos tiene
que destruir al otro: no hay remedio.
--Pues no escapará, ni su padre tampoco.
--Lo mismo digo yo--exclamó Aldama, que estaba muy pesaroso porque el
amo del café no le había querido fiar una botella de Málaga.
--Chitón, que viene alguien. ¿Quién es? ¡Ah! Lázaro Lázaro entró y
saludó á su amigo.
--Buenas noches, buena pieza--le dijo el Doctrino.--Ya estamos otra vez
en la _Fontana_; ya somos dueños del club, de nuestro club; ya se fué
aquella horda de necios. Esta noche hablará usted y será aplaudido.
Sabrán apreciar lo que usted vale.
--¡Ah! yo no hablo más--replicó Lázaro con cierta amargura, porque se
había llegado á convencer de que no había nacido para la tribuna.
--Mire usted--dijo Pinilla al Doctrino, continuando la conversación
interrumpida,--ese Bozmediano es además un hombre inmoral, de detestable
conducta; un libertino, como lo fué su padre, escándalo de la corte de
Carlos III.
Lázaro prestó mucha atención.
--No se ocupa más que en seducir muchachas. ¡Cuántas familias son hoy
desgraciadas á causa de sus hazañas! ¡Oh! los bandidos de esta clase
deben ser quitados de entre los hombres.
--Hablan ustedes de una persona que me ocupa mucho en estos
momentos--dijo Lázaro.--¿Usted le conoce? ¿Usted sabe cuáles son los
hábitos de ese malvado?
--¿Pues no lo he de saber?--manifestó Pinilla.
--Yo le he buscado ayer--dijo Lázaro;--le he buscado hoy sin poderle
encontrar, porque tengo que ajustar ciertas cuentas con él. Yo le
encontraré aunque tenga que andar toda la tierra.
--Cuidado, joven, que ese maldecido maneja bien las armas. Tiene una
mano admirable.
--No me importa: ya nos arreglaremos.
--¿Y le ha buscado usted?
--Si: no le he podido encontrar; es decir, sí le he encontrado, le he
visto; pero no en disposición de hablar con él. Iba con dos más, al
parecer á una reunión secreta, á que concurrían otros hombres, que
aparecían sucesivamente y entraban en una casa.
--¿Dónde?--preguntó con vivo interés el Doctrino.
--En una plazuela; según después he averiguado, se llama de Afligidos.
--¿En la plazuela de Afligidos?--dijo el otro con asombro.--Es en la
casa de Álava... ¿Y eran muchos? ¿A qué hora?
Lázaro contó detenidamente todo lo que habla visto en la citada plazuela
dos noches seguidas y á la misma hora.
--No necesito más--dijo el Doctrino al oído de Pinilla.
Esto pasaba en una pequeña sala interior de la _Fontana_, donde el amo
tenía algunos centenares de botellas vacías, y dos ó tres barriles,
vacíos también, con gran sentimiento, de Curro Aldama. Cuando Lázaro
concluyó su relato, se sintió el ruido de aplausos y las voces
entusiastas que resonaban en el recinto del café. Hablaba con mucha
elocuencia Alfonso Núñez. Más de doscientos jóvenes exaltados, lleno el
espíritu de pasión expansiva, le aplaudían con entusiasmo. El joven
orador comunicaba su indiscreta fe á aquella masa de juventud inocente y
soñadora, cuando cuatro infames, á dos pasos de allí, preparaban un
sangriento desastre. Estas iniquidades, proyectadas por pocos y llevadas
á cabo por muchos con la sencillez propia de las turbas engañadas, son
muy frecuentes en las revoluciones. El gentío obra á veces obedeciendo á
una sola de sus voces, cualesquiera que sea: se mueve todo á impulso de
uno solo de sus miembros por una solidaridad fatal.
La _Fontana_ estaba aquella noche elocuente, ciega, grande en su
desvarío. Iba á perpetrar un crimen sin conocerlo. Su elocuencia era la
justificación prematura de un hecho sangriento; y para el que conocía su
próxima realización, las galas de aquella oratoria juvenil eran
espantosas y sombrías.
Lázaro entró en el café: aún no se atrevió, aunque tema la persuasión de
ser recibido con benevolencia, á presentarse en el centro del club. Se
quedó en un rincón, dispuesto á ser simple espectador; pero algunos
pidieron que hablara; Alfonso le empujó hacia la tribuna; el mismo dueño
del café se lo suplicó con insistencia, y la mayor parte de la juventud,
que formaba el público, le aplaudió, tributándole una ovación
anticipada. No pudo eximirse: se resolvió á hablar, subió á la tribuna y
empezó. Felizmente no le aconteció aquella vez lo que en la desgraciada
noche de su llegada; no perdió la serenidad al encararse con las mil
cabezas del público y ver abierto ante sí el abismo de tanta atención,
expresada en tantos ojos. Sin dificultad ninguna encontró el asunto de
su discurso, y desde las primeras frases vió desarrollarse ante su
imaginación en serie muy clara todas las ideas que habían de constituir
la disertación. A cada palabra sentía presentarse la siguiente; pero sin
atropellarse, con la calma de la verdadera inspiración que afluye al
espíritu y no se precipita. La elocuencia muda de sus horas de silencio
y soledad, salía por primera vez á su boca, sorprendiéndole á él mismo,
que se oía con tanto gozo como podía oírle el público. Aquellas páginas
no escritas, aquellas oraciones no emitidas por voz humana, salían á sus
labios con tanta facilidad que parecían aprendidas de memoria desde
largo tiempo. Sin darse cuenta de ello, dejó de ser retórico aquella
vez. Su instinto de orador se alejó de aquel peligro, y expresándose á
veces con demasiada sencillez, no ocurrió tampoco en el desaliño ni la
vulgaridad. La espontánea brillantez de sus medios oratorios, la
profunda entonación de verdad y sentimiento que daba á sus afirmaciones,
la habilidad con que sabía explotar la pasión y la fantasía del
auditorio, le ayudaron en aquella empresa, en la cual su ingenio
apareció en altísimo lugar, grande, espontáneo, robusto de ideas y
formas, como realmente era.
--¿Cómo queréis que haya libertad--decía,--si unos cuantos se erigen en
sacerdotes exclusivos de ella, cuando ese gran sacerdocio á todos nos
corresponde y no es patrimonio de ninguna clase? Pasó el monopolio de la
riqueza, de la ilustración, del predominio y de la influencia, ¿Hemos de
consentir ahora el monopolio de las ideas? _(Grandes aplausos.)_ Por
este camino vamos á tener aquí una cosa parecida á las castas del
Oriente. _(Risas.)_ Entre los millones de ciudadanos que pertenecen á la
sagrada comunión del liberalismo, vemos surgir una casta privilegiada,
que se cree única conservadora del orden, única cumplidora de las leyes,
única apta para dirigir la opinión. ¿Hemos de consentir esto? ¿Hemos de
ser siempre esclavos? ¿Esclavos ayer del despotismo de uno, esclavos hoy
del orgullo de ciento? Mil veces peor es este absolutismo que el que
hemos sacudido. Prefiero ver al tirano desenmascarado y franco,
mostrando su torva, sanguinaria faz de demonio; prefiero la insolencia
desnuda de un bárbaro abominable, abortado por el infierno, á la
hipócrita crueldad, al despotismo encubierto y disfrazado de estos
hombres que nos mandan y nos dirigen escudados con el nombre de
liberales, haciendo leyes á su antojo, para después obligarnos con el
respeto á la ley; seduciéndonos con el nombre de libertad para después
ametrallarnos en nombre del orden; llamándose representantes de todos
nosotros para después insultarnos en las Cortes llamándonos bandidos.
_(Aplausos.)_ No puede durar mucho tiempo el imperio de la injusticia.
Felizmente aún no han puesto mordazas en todas nuestras bocas; aún no
han atado todas nuestras manos; aún podemos alzar un brazo para
señalarles; aún tenemos alientos en nuestros pechos para poder decir:
"ese." Están entre nosotros, les conocemos. Esta gran revolución no ha
llegado á su augusto apogeo, no ha llegado al punto supremo de justicia:
ha sido hasta ahora un paso tan sólo, el primer paso. ¿Nos detendremos
con timidez asustados de nuestra propia obra? No: estamos en un
intermedio horrible: la mitad de este camino de abrojos es el mayor de
los peligros. Detenerse en esta mitad es caer, es peor que volver atrás,
es peor que no haber empezado. Hay que optar entre los dos extremos: ó
seguir adelante, ó maldecir la hora en que hemos nacido. _(Grandes y
estrepitosos aplausos.)_
Lázaro notó, mientras pronunciaba estos párrafos, que entre las mil
figuras del auditorio, y allá en lo obscuro de un rincón, había una cara
en cuyos ojos brillaban el entusiasmo y la ansiedad. Las manos flacas y
huesosas de aquel personaje aplaudían, resonando como dos piedras
cóncavas. Le miraba sin cesar mientras hablaba, y á no encontrarse el
orador muy poseído de su asunto y muy fuerte en su posición respecto al
auditorio, se hubiera turbado sin remedio, dando al traste con el
discurso. La persona que así le miraba y le aplaudía era su tío. Aquello
era incomprensible, y el joven hubiera pensado mucho en semejante cosa,
si las cariñosas y ardientes manifestaciones de que fué objeto no le
distrajeran mucho tiempo después de concluido su discurso.
Otro habló después de él, y al fin, después de tantos discursos, el
público empezó á desfilar. Alfonso y Cabanillas se fueron á la calle,
llevados por los grandes grupos en que se descompuso aquella masa de
gente. Agitada fué aquella noche en todo Madrid, y es positivo que la
autoridad, ordinariamente bastante descuidada y débil, tomó algunas
precauciones. En la _Fontana_ quedaban á la madrugada el Doctrino,
Pinilla, Lobo, Lázaro y otros.
--¡Bien lo ha hecho usted!--le decía el Doctrino á Lázaro.--Yo me lo
esperaba. Esta noche nuestro partido adquiere con la palabra de
usted una fuerza terrible. Don Elías, puede usted estar orgulloso de
su sobrino.
--Sí que lo estoy--dijo Coletilla sonriéndose como acostumbran hacerlo
los chacales y las zorras, á quienes ha puesto la Naturaleza una
contracción diabólica en el rostro.--Sí que lo estoy: no creí yo que
fuera este chico tan listo, que, á saberlo, ya hubiera yo hecho lo
posible para que....
Lázaro comenzó á ver obscuro en aquella intrusión de su tío en las
sesiones de los exaltados. Cruzó por su imaginación una sospecha
horrible. Cuando se marchó á la casa iba recordando la acusación que en
la noche de su expulsión le habían dirigido en aquel mismo sitio;
recordó el diálogo que con su tío había tenido en la cárcel; recordó
todas sus palabras, expresión del más ciego fanatismo; y cuanto más
meditaba y recordaba, menos podía explicarse que su tío permitiera el
ser llamado _gran liberal_. Aunque algunas sospechas vagas le
atormentaron, no vió el gran abismo en todo su horror y profundidad; no
presagió el movimiento á que había dado impulso con su palabra, ni
comprendió el ardid tenebroso, la colisión sangrienta que de las cabezas
aturdidas de la _Fontana_ y de las voluntades agitadas de algunos
jóvenes, hacía su arma mas terrible.
Pero al llegar á la casa esperaba á Lázaro una sorpresa que había de
hacerle olvidar su discurso, á su tío y á la _Fontana_. Al entrar, ya
cercano el día, encontró á doña Paz muy alborotada, á Salomé rondando la
casa con luz, y á las dos tan coléricas y destempladas, que no pudo
menos de reír á pesar del estado de su espíritu.
--¡Gracias á Dios que viene usted! Estamos solas--le dijo temblando la
más vieja.
--¿Qué hay, señoras?
--Tememos que alguien se entre por esos tejados.
--¿Cómo, quién se va á atrever?
--¿No sabe usted lo que ha pasado, caballerito?--dijo Paz.--Esa
Clarita.... ¡Qué horror, qué perversión!...
--¿Para cuándo es el patíbulo?--exclamó Salomé.--¡Un hombre, un hombre
ha entrado aquí por esa niña, un seductor! ¡Y nosotras tan ciegas que la
recogimos!
--¡Ay, mi Dios! ¡qué horrible atentado!
--¿Y cuándo entró ese hombre?--preguntó, comprendiendo que habían
descubierto la entrada de Bozmediano.
--El domingo, aquella tarde que estuvimos en la procesión.
--Y ella, ¿dónde está?--preguntó el joven, creyendo que había llegado el
momento de aclarar aquel asunto.
--¡Qué horror! ¿Y usted pregunta dónde está? ¡La hemos arrojado, la
hemos echado!--dijo Paz, con expresión de venganzasatisfecha.--¿Habíamos
de consentir aquí semejante monstruo?
--¡Qué degradación! ¡Y en esta casa!--exclamó Salomé, poniéndose
ambas manos sobre la cara.--Señor, ¿qué expiación es esta? ¿Qué
pecado hemos cometido?
--¿Y dónde está?
--¿Que dónde está? ¿Qué sé yo? La hemos arrojado.
--¿Pero dónde ha ido?
--¿Qué sé yo? Vaya á la calle, que es donde siempre ha debido estar.
¡Oh! Ella se habrá ido muy contenta por ahí.
--Si esa gente ha nacido por la calle--dijo Salomé, con un gesto de
repugnancia.--¡Qué ignominia!
--¿Pero ustedes la han arrojado así...? ¿Dónde ha de ir la
pobrecilla?--preguntó Lázaro, que, á pesar de su agravio, no podía ver
con calma que se injuriara y se maltratara de aquel modo á un ser
desvalido.
--¿Qué sé yo dónde ha ido? ¡Al infierno!--dijo María de la Paz riendo.
--Señor, ¿es posible que haya tanta infamia en el mundo? ¡Oh! Las ideas
del día ...--murmuró Salomé, alzando las manos al cielo en actitud
declamatoria.
Antes de decir lo que hizo Lázaro al encontrarse con tan estupenda
novedad, contemos lo que pasó aquella noche en la vivienda de las tres
damas. Coletilla había salido diciendo que no volvería hasta dentro de
tres días, por tener que ocuparse fuera de cierto asunto; y ellas
estaban comentando esta rara determinación, cuando aconteció un suceso
que dió por resultado la expulsión definitiva de la huérfana.