#La Fontanilla.#
No encontró á su tío, que aquel día no había parecido por la casa. Si
hemos de verle nosotros, tenemos que dirigirnos al naciente club de
_La Fontanilla_, donde el buen realista conversaba muy calurosamente
con el Doctrino y con el otro joven llamado Aldama, de quien ya
tenemos noticia.
Indiquemos la variación que había ocurrido en aquella casa. El poeta
había volado. Por fin consiguió Carrascosa el objeto de sus afanes; la
vizcaína se decidió á echar al poeta con todo su bagaje de Gracos, musas
y ninfas clásicas. Pudo mucho en la conciencia de la jamona la opinión
del vecindario, que se mostraba cada vez más explícito en cuanto á las
supuestas relaciones entre la semidiosa y su cantor. Conjeturas podrían
hacerse sobre la desaparición del joven, y hay indicios para creer que
pocas horas antes de la partida estuvo la patrona hablando muy por lo
bajo con su huésped.
Ausente el poeta y desocupado el parnasillo, don Gil trajo de la calle
de las Urosas el baúl, que contenía sus tres casacas, su peluca del
tiempo de Esquilache, sus cuatro camisas con chorrera, su capa y su
espadín enmohecido, y se instaló donde había estado el autor de _Los
Gracos_. Colgó en la pared un cuadro de familia que representaba las
postrimerías del hombre en diabólicas y extravagantes alegorías, y allí
quedó, huésped de su adorada. Creemos oportuno advertir que la causa de
la afición de don Gil á la vizcaína era que él tenía conocimiento, por
papeles que tuvo ocasión de ver mientras fué covachuelista, de un
derecho á ciertas tierras y casas de labor en Oñate, el cual había
recaído en aquella doña Leoncia sin que ella misma lo supiera. El abate
pensaba realizar un buen negocio, ya haciéndose por cualquier medio
poseedor del derecho, ya pleiteando por cuenta de ella, con esperanza de
sacar un buen bocado. Su hambre era tanta como su ingenio, razón por la
cual había probabilidad de que saliera adelante con su empresa.
Dejémosle allá dedicado á la ardua tarea de conquistar á la semidiosa, y
asistamos á la sesión de _La Fontanilla_.
El Doctrino decía á Coletilla:
--Mucho me temo que eso no salga bien: yo cuento con gente decidida;
pero el golpe es demasiado terrible, amigo don Elías, y temo que se
alborote la opinión pública.
--Si ya la opinión pública se ha presentado contra ellos; si les señala
con execración--observó Elías con mucha vehemencia.--Parece que no
conoce usted al pueblo. ¿No ve usted cómo están _La Fontana, Lorencini,
La Cruz de Malta_ y _Los Comuneros_? ¿No ve usted cómo los liberales
exaltados truenan contra los que llaman tibios, es decir, contra los que
apoyan al Gobierno y forman la mayoría llamada _sensata_ en las Cortes?
Pues bien: el pueblo está furioso contra esos tibios; ya usted sabe cómo
se ha logrado encender esa ira. El pueblo está pidiendo su destrucción,
porque cree que es el mejor medio de conseguir la libertad. Cumplamos la
voluntad del pueblo.
Indescriptibles son el sarcasmo y la diabólica malicia con que Coletilla
pronunciaba estas palabras. Ya comprenderá el lector la marcha que
llevaban los planes de aquel viejo demonio del absolutismo. El caminaba
seguro hacia su fin: la paciencia, la constancia, la reflexión madura,
la astuta discreción le guiaba; era hombre hábil y con facultad
portentosa para idear y poner en práctica proyectos como el que le vemos
desarrollar ahora.
--Bien--contestó el Doctrino:--yo convengo en que es preciso hacer eso
que usted dice, y ver el modo de que el pueblo bajo satisfaga su
sangriento deseo. El no sabe lo que quiere ni por qué le quiere. Ha
adquirido por distintos medios esas ideas, y es preciso llevarle á su
realización. Pero me parece que aún no es tiempo, señor don Elías. Los
hombres señalados para víctimas conservan aún mucho prestigio. El pueblo
no les quiere, es cierto, porque al pueblo se le ha extraviado y se le
ha engañado; pero tienen apoyo en la clase media y en una parte de la
aristocracia. Creo que no ha llegado aún el golpe de mano que usted
viene preparando.
--¡Qué niño es usted!--dijo el realista;--¿qué importa que esa gente
tenga algún prestigio? ¿Y no significa nada el apoyo de aquella persona
tan alta ... de aquél que todo lo puede? ...
--Del Rey, dígalo usted de una vez.
--Ya sabe usted cual es el pensamiento del Rey. Ante el público, ante la
Europa, esos hombres son sus amigos: algunos son sus ministros, otros
son sus consejeros de Estado, otros los diputados que apoyan sus
decretos en las Cortes. Aparentemente el Rey les ama; pero en realidad
les odia, les detesta. Por ellos se entroniza el sistema constitucional;
ellos dan fuerza al liberalismo. Ya veis cómo para acabar con el
liberalismo, hay que acabar con ellos.
Esto lo dijo con una resolución tan cínica y tan descarada veracidad,
que el mismo Doctrino, que era un infame, sintió cierta repugnancia.
--Pues bien--continuó Coletilla:--toda la execración del atentado caerá
sobre los liberales exaltados, que son los que lo perpetran; el golpe va
á herir directamente al liberalismo. Se verá que el liberalismo se mata
á sí mismo; que los más exaltados de sus secuaces devoran á los más
prudentes. ¿Qué ha de hacer la Patria aterrada en presencia de este
horror? Renegar del liberalismo, facilitar el santo propósito del Rey de
restablecer el antiguo sistema. El golpe está muy bien preparado: una
parte de los liberales arde en deseo de aniquilar á la otra parte. El
suicidio del liberalismo es inminente. Favorezcámoslo, impulsémoslo. Tal
vez mañana será tarde; tal vez, si nos detenemos, puede verificarse una
reconciliación, y entonces....
--Reconciliación no: eso es imposible--dijo el Doctrino preocupado.--Los
exaltados de la _Fontana_ y de los otros clubs han llegado ya á un
estado de intransigencia tal.... Al pueblo se le ha predicado mucha
doctrina de intolerancia y de exterminio para que se detenga en su
aspiración. No hay remedio: esos que se oponen en las Cortes y en los
clubs á las exageraciones de la libertad, van á ser atropellados por
ella. No es posible reconciliación; por lo mismo creo que debe y puede
esperarse un poco á ver si esos hombres pierden de una vez la poca
popularidad que les queda.
--Esas cosas se han de hacer con decisión; si no, no se hacen--dijo
Elías.--Veo que usted no ha nacido para los golpes de circunstancias. Yo
creo que esta semana debe verificarse el desenlace de mi plan, y lo
tendrá, aunque usted no quiera ayudarme.
--Ayudarle á usted, eso sí. Hemos hecho un pacto: usted es el que ha de
mandar. Aunque disintamos en un punto, no por eso nos separaremos. Yo
obedezco, y la responsabilidad del éxito cae sobre mí. Pero en la
desgracia, usted no me ha de abandonar: así lo hemos pactado.
--Eso no: respecto á lo que he dicho á usted, no hay que insistir.
Tendrá lo que desea, más aún.
--Pues no espero más que las órdenes de usted.
--Es indudable--dijo Elías, después de una pausa, que ellos se han
propuesto marchar de acuerdo y destruir las pequeñas diferencias que
entre ellos había. Martínez de la Rosa y Toreno se dan la mano con el
ministro Feliú y con el mismo Argüelles.
--¿Y qué?
--Que eso es lo que conviene á nuestro plan.
--Excepto Argüelles, todos son muy odiados del pueblo, y no creo que
exista hombre alguno á quien más aborrezcan los exaltados que el
ministro Feliú.
--Pues bien--dijo Coletilla:--yo estoy seguro, segurísimo de que esos
que he nombrado, y además Valdés, Álava, García Herreros, el poeta
Quintana, el consejero de Estado Bozmediano y otros, se reúnen, no sé
si de día ó de noche, con todos los ministros y algunos generales. Sin
duda tienen algún proyecto entre manos, algún complot, quién sabe si
contra el Rey.
--¿Y no sabe usted dónde se reúnen?
--No lo sé; estoy rabiando por averiguarlo. Figúrese usted qué ocasión.
Precisamente son los que ... Le diré á usted cómo he sabido que esos
pájaros se reúnen algunas noches, no sé si todas las noches. Hace
algunos días estaba Feliú en el cuarto del Rey. No había consejo; estaba
el conde de T. contando chascarrillos. El Rey se reía mucho, y el
ministro también para que no le acusaran de irreverente. Después Su
Majestad dijo que quería ver el decreto de la beneficencia que Feliú
tenía preparado, porque estaba delante el obispo de León, y el Rey
quería mostrárselo. Sacó del bolsillo su excelencia el manuscrito, y al
mismo tiempo se le cayó un papel muy pequeño, sobre el cual Su Majestad,
que es más ladino que Merlín, puso inmediatamente el pie. El ministro
notó la caída del papel, pero no se dió por entendido. Leyó su decreto,
dijo el prelado que no le gustaba, y el Rey que estaba complacidísimo.
Grande era su curiosidad por saber si aquel papel decía algo
interesante, y apresuró la despedida del ministro. Quedóse solo y me
llamó; juntos leímos el papel, que decía: _A las diez; van por fin,
Argüelles y Calatrava. No falte usted_.
Esto nos aumentó la curiosidad. Mandamos á las diez á una persona que
fuera á espiar la salida del ministro de su casa para observar dónde
iba. Pero Feliú no salió; tampoco salieron de la suyas Argüelles ni
Calatrava, y fué que el maldito, como notó que Su Majestad había puesto
el pie sobre el papel, quiso desorientarle y no fué á la cita, avisando
á tiempo á Argüelles y á Calatrava para que no fueran tampoco.
--¿Y después no ha tratado usted de averiguar?
--Sí: á la noche siguiente, fué una persona á casa de Feliú á preguntar
por él, y le dijeron que no estaba. Quedóse por aquellos alrededores;
pero no le vió entrar ni salir en toda la noche. Yo sospechaba que
Toreno, Martínez de la Rosa, Valdés, Alavá y Bozmediano entraban en
aquel cotarro, y después de las diez mandé á sus casas personas que
preguntaran por ellos con cualquier pretexto: ninguno estaba. He sabido
que Quintana, que va al Príncipe con frecuencia, ha salido antes de las
diez; he sabido que Bozmediano y su hijo, que asistían á la tertulia del
marqués de las Amarillas, se marchaban á eso de las diez los tres
juntos. Esto se ha repetido varias noches.
--¿Y no se les sigue para saber dónde van?
--Sí; y se ha observado que cada uno entra en su casa: esto lo hacen
para desorientar al que los sigue. Algunas noches se les ha visto
dirigirse á otros sitios; pero nunca se ha notado que todos vayan á uno
mismo. Pero ya lo averiguaremos, descuide usted.
--Pues si esa reunión es cierta--dijo el Doctrino,--es un _complot_ sin
duda: ¡qué ocasión!
--¡Y quería usted dejarla pasar! Es preciso que esa gente aparezca á los
ojos del pueblo como urdiendo un plan de golpe de Estado contra la
Constitución. El pueblo es fácil de engañar.
--El pueblo creerá eso y todo lo que sea preciso.
--Vamos, ¿y qué ha hecho usted esta mañana?--preguntó Coletilla.--¿Ha
hablado usted á los de _Lorencini_?
--Estamos de acuerdo.
--Y los _Comuneros_ ¿se deciden á marchar con ustedes?
--Ya vió usted lo que dijo el otro día el jefe de los exaltados allí.
Estamos convenidos.
--Bien--dijo Elías.
--Grandes turbas de gente obedecen ciegamente nuestro mandato. Eso bueno
tienen las ideas exaltadas: que es muy fácil llevar al pueblo al terreno
de los hechos, incitándole con ellas. El pueblo se deja llevar, y le
gusta que le lleven.
--¡Bendita la nación!--dijo Elías con una mirada igual á la del demonio
cuando tentó á Jesús;--bendita la nación que tiene un pueblo tan
impresionable y dócil, porque si bien puede extraviarse, puede también
servir de instrumento para volver al buen camino, y luego con un sistema
de represión el pueblo no volverá á ser impresionado por nadie.
Apenas había pronunciado Coletilla estos terribles aforismos,
cuando se sintió ruido en la escalera. Eran algunos jóvenes socios
del club naciente.
--Escóndase usted ahí--dijo el Doctrino á Coletilla. Estos no le
han de ver.
Escondióse el realista en una alcoba inmediata, y entraron Alfonso
Núñez, Cabanillas y otro que hasta hoy no conocemos, y era Juan Pinilla,
gran orador de los _Comuneros_, apóstol de las ideas más disolventes y
extravagantes. Estaba ya en autos con el Doctrino; ambos servían á
Coletilla mediante respetables sumas y la promesa, solemnemente
asegurada, de un destino en las Intendencias de Cuba ó Filipinas. Otros
muchos entraban en el infame complot, y entre ellos una gran parte sin
interés, guiados sólo por patriotismo mal entendido, por la ignorancia ó
la ambición. Estos eran los más desdichados.
--¿Qué hay?--dijo Núñez.--¿Te has convencido ya de que esto no puede
retardarse? Mañana será tarde. He tenido ocasión de ver cómo están los
ánimos perfectamente preparados para nuestro objeto. Los ministros,
los diputados de la fracción _sensata_, son detestados: la tempestad
ruge sobre sus cabezas. Hay que hacerla estallar. Salvamos la
libertad, ¿sí ó no?
--La salvamos--dijo el Doctrino.--Cuando contamos nuestras filas y vemos
que la mayoría de España está con nosotros, ¿no hemos de tener
confianza?
--Eso mismo digo yo--manifestó Aldama, que en presencia de Coletilla no
hablaba nunca; pero sabía recobrar, cuando él no estaba, el uso de su
muletilla.
--¿No ha venido Lázaro?--preguntó el Doctrino á Alfonso.
--No estaba en su casa. Tal vez venga más tarde.
--Esta noche vendrá Jorge Bessieres, el gran republicano francés--dijo
Juan Pinilla, comunero y republicano.
Era Pinilla un hombre de gran talla, casi tan corpulento como el barbero
Calleja, pero de más claridad en la mollera. Abogado sin pleitos, más
por la violencia é informalidad de su carácter, que por falta de
talento; era gran terrorista, y su mayor afán era desempeñar el papel de
acusador el día en que la Junta de salud pública decretara el exterminio
de una gran porción de ciudadanos, empezando por el Rey. Fernando estaba
ya sentenciado en los papeles de Pinilla, con otros menos dignos que él
de la guillotina. Poco después de este furibundo demagogo, otro
personaje entró en escena.
--¿Quién será?--dijo el Doctrino sintiendo los pasos.--Apuesto á que es
el mismo Lobo en persona.
Un hombre alto, flaco y vestido de negro entró en la habitación. Era don
Julián Lobo, célebre republicano que después fué faccioso y uno de los
más sanguinarios chacales del absolutismo. No es fácil decir si en la
época en que lo presentamos era verdadero demagogo ó simplemente un
absolutista disfrazado, como otros muchos. Lo cierto es que hacía alarde
de las más exageradas opiniones, y sus discursos, pronunciados en
_Lorencini_, eran elocuentes y fanáticos. Conspiró mucho con los
liberales exaltados contra el gobierno Feliú, y después contra el
gobierno de Martínez de la Rosa. Hay quien asegura que tomó parte en las
primeras facciones con Misas y el Trapense, y es indudable que al fin de
los tres años constitucionales se presentó descaradamente con una
partida en Moncayo, donde hizo estragos. Entronizado de nuevo el
absolutismo, se ordenó de mayores (ya lo era de menores antes de 1821);
obtuvo el arcedianato de Ciudad-Rodrigo con asiento en el coro de
Salamanca, y lo disfrutó muchos años.
--Señores--dijo con mucha solemnidad--albricias: la _Fontana_ es
nuestra.
--¿Qué hay? Cuente usted--dijeron todos con gran interés.
--Que nos han dejado libre el campo. Los últimos que quedaban del
partido _tibio_ se han marchado, viendo que la opinión se va tras
nosotros. Anoche le han dado una silba horrible. Han acordado marcharse
todos, y el amo del café, Grippini, ha venido á decirme que si queremos
continuar nosotros las sesiones....
--¿Pues no hemos de continuar? Esta noche misma--dijo Alfonso con
entusiasmo.
--Bien por la _Fontana_. La _Fontana_ es nuestra--gritó el Doctrino.
--Lo mismo ha pasado en _Lorencini_. Se han marchado esos señores con su
_orden_ y su _cordura_.
--El campo en nuestro. Convocar á la gente para esta noche.
--¡Todo el mundo á la _Fontanal_!
--A la _Fontana_, á las diez.
En la sesión preparatoria de la _Fontanilla_ no ocurrió nada de notable.
Los principales cabecillas del complot se dieron cita para una
conferencia secreta que tendría lugar aquella noche en el salón interior
de la _Fontana_, á las nueve, y se despidieron para retirarse, quedando
allí Aldama y el Doctrino. Cuando se vieron solos, llamaron á Elías que
apareció con cara de júbilo, la cual en aquel hombre era la cara más
diabólica y repulsiva del mundo.
--¿Qué le parece á usted?--dijo el Doctrino.
--Bien, bien.
--Vamos á echar un trago--añadió el joven, tomando de manos de Aldama
una botella que éste habla sacado, no sabemos de dónde, al desaparecer
los compañeros.
--Yo no bebo, no--dijo Elías tomando la botella y echando vino en el
vaso de los otros dos.--Yo no bebo.
--Esta noche en la _fontana._ ¿Va usted?
--Sí, iré... pues no--respondió Coletilla con mucha ironía.--Yo también
soy liberal.