CAPÍTULO XXXI

#La reunión misteriosa.#

Al anochecer del siguiente día salió Lázaro de su casa. Había pasado

toda la mañana averiguando dónde vivía Bozmediano, y en las pocas horas

que permaneció en la casa de las tres nobilísimas damas, oyó decir que

doña Paulita estaba muy mala, y que Clara no estaba buena. Salomé se le

presentó varias veces, más impertinente que de costumbre, para

recordarle que la tarde anterior no había saludado á Entrambasaguas; y

María de la Paz Jesús hizo todo lo posible por encontrar pretextos para

reprenderle, lo que su admirable instinto de inquisidora logró

repetidas veces.

Lázaro salió, y ya entrada la noche penetraba en los solitarios barrios

de la Flor Baja, donde está la habitación de los Bozmedianos.

Entró en el portal y preguntó por don Claudio. El portero, que era

hombre de mal genio con los humildes, le contestó con muy desagradable

talante que no estaba.

Lázaro se quedó parado un buen rato, mirando al portero, como si le

pareciera inverosímil la declaración de aquella sibila con gabán

galonado. Este creyó que no lo había dicho bastante claro, y

repitió:--¡No está!

Pero el joven tenía mucho interés en ver á Bozmediano aquella noche; así

es que no se dió por satisfecho y preguntó:

--¿Cuándo vendrá?

El otro creyó que esta pregunta, hecha por un joven que no parecía ser

de la primera nobleza, que no había venido en coche, que no era militar

ni tenía botas á la _farolé_ era una pregunta muy inconveniente y falta

de sentido común. Se sonrió con aire de superioridad, y metiéndose las

manos en los bolsillos, dijo:

--¿Cómo quiere usted que sepa yo cuándo viene? Vendrá ... cuando venga.

--Es que tengo precisión de verle esta misma noche. ¿A qué hora

suele venir?

--No tiene hora fija--dijo el portero volviendo la espalda y

dirigiéndose á la portería.

Después volvió y dijo:

--Si usted quiere dejarle algún recado....

--No--replicó Lázaro;--necesito verle yo mismo.

--Pues mañana temprano ...--dijo el criado en un tono que era fácil de

traducir por "váyase usted."

Lázaro comprendió que era imposible sacar más partido de aquel

cancerbero, y salió; pero tenía vivos deseos de ver á Bozmediano aquella

misma noche. Parecíale que cada hora que pasaba después del fatal

momento en que le vió desaparecer por la buhardilla, añadía nueva

intensidad á su agravio. Para él era Bozmediano entonces el ser más

odioso y repugnante que había nacido. Creíale inspirado tan sólo por las

ideas más bajas y groseras, y veía en él un cobarde seductor incapaz de

nada generoso ni bueno. Se contemplaba como superior, muy superior á

aquel hombre insidioso, y creía que sólo con verle el criminal conocería

toda su bajeza. A veces le daban arrebatos de súbita cólera, tan fuerte

y violenta, que al tener al militar ante sí, se lanzarla sobre él

dispuesto á arrancarle por cualquier medio la vida. Con estos

sentimientos, el estudiante decidió no apartarse de la casa para esperar

á que entrara, si estaba fuera, ó cogerle al salir, si estaba dentro.

Pasó á la acera de enfrente y empezó á pasearse, resuelto á no abandonar

su puesto en toda la noche, esperando con la inquebrantable paciencia

que da el deseo de venganza.

Las diez serían cuando Lázaro vió que salían de la casa tres personas.

Acercóse con disimulo, y vió que una de ellas era Claudio. Apoyado en su

brazo, y andando con lentitud, iba un anciano, que juzgó sería su padre.

La otra persona era un militar; los tres hablaban con calor. Lázaro les

siguió á alguna distancia, comprendiendo que no era aquélla la mejor

ocasión para hablar á Bozmediano; pero se decidió á seguirles hasta ver

dónde paraban. Anduvieron varias calles, y al fin llegaron á la plazuela

de Afligidos; se detuvieron ante una puerta enorme, de las que en aquel

antiquísimo sitio dan entrada á las vetustas casas del siglo XVII, y

Bozmediano, el joven, tocó. No tardaron en abrirles, y entraron. Lázaro,

que les observaba desde lejos, notó que parecían recatarse, procurando

no ser vistos. El militar entró el último, después de mirar á todos los

rincones de la plazuela. Bien pronto se vió luz en una de las ventanas

de la casa, pero una mano cerró las maderas y no se vió más claridad.

Sin saber por qué, la imaginación del estudiante no pudo menos de

atribuir á la entrada de aquellas personas en tal casa cierto misterio:

se acercó, miró el número, y cuando se alejaba, dispuesto ya á

retirarse, vió que venían otras dos personas embozadas hasta los ojos.

Pasó junto á ellas Lázaro, fingiendo que seguía su camino, y

refugiándose tras la esquina de la calle de las Negras, observó que

tocaron, que les abrieron sin tardanza, y que entraron. Tal vez será

casualidad--pensó el joven;--pero algo tiene de extraño la reunión de

aquellas personas en el mismo sitio.

No pasaron diez minutos, cuando Lázaro vió aparecer, viniendo del

portillo de San Bernardino, á otros tres personajes, igualmente

embozados; observó que se detenían para ver si les miraban, y por

último, después de tocar, entraron en la casa. "Ya van ocho", dijo para

sí, y esperó á ver si venía otra remesa.

Poco después uno solo, que desembocó por la calle de Osuna y marchando

muy á prisa. Detrás de éste aparecieron dos, que no necesitaron tocar,

y, por último, llegaron uno tras otro cinco más, que entraron

sucesivamente y separados.

--Sin duda hay aquí algo--dijo Lázaro.--Han entrado diez y seis. Es un

club secreto, una conspiración, tal vez una logia de masones. A las once

se retiró viendo que hacía una hora que no entraba nadie; peto se retiró

resuelto á volver la noche siguiente para observar si aquello se

repetía. Era evidente para él que allí se verificaba una reunión de

personas graves, sin duda con algún fin político. Odiaba de muerte á

Bozmediano, y este sentimiento le llevó á sentar el principio de que lo

que allí se trataba no podía ser cosa buena.

Retiróse á la calle de Válgame Dios, muy pesaroso por no haber podido

tener con su enemigo la terrible entrevista que él se había imaginado.

No es descriptible la ira que de María de la Paz se había apoderado con

motivo de la tardanza del joven. Baste decir, para dar una idea de la

irascibilidad de la dama á quien los poetas del tiempo de Cadalso

compararon con Juno, que se levantó, no diremos que en paños menores,

pero sí menos pomposamente vestida, cubierta y ataviada que de

ordinario, para decir al caballerito que si se figuraba que aquella casa

era suya (de él), y que si tenía propósito de pasar la noche, mientras

ella viviera, en los clubs y en los garitos de Madrid. Añadió que estaba

cerciorada de que su conducta (la de Lázaro) no cambiaría nunca, y que

era preciso desistir del empeño de hacer entrar un rayo de luz en tan

obscura y desorganizada cabeza. Dijo asimismo que sólo á un exceso de su

caritativa bondad (de ella), debía (él) el gran favor de ser admitido en

aquella santa casa, aunque presagiaba que no estaría mucho tiempo más en

ella á causa de sus maldades y abominables calaveradas ... que

deshonraban aquella santa casa. Y siempre con la santa casa. Así se lo

dijo, y siempre con voz muy alta. El joven le contestó muy quedo:

--Señora, he tenido que hacer....

Pero ella no le dejó concluir, y dando gritos exclamó:

--No alce usted la voz, caballerito. ¿A qué grita usted de ese modo?

Está mi sobrina muy mala, y viene usted á incomodarla. Si no ha venido

aquí más que para incomodar....

--¿Que está muy mala doña Paulita?--dijo en voz casi imperceptible

el muchacho.

--Sí, señor; y usted, con esas voces, no la deja reposar.

--Pero si yo no he alzado la voz....

--Calle usted, señor don Lázaro, calle usted, y no me desmienta.

En esta disputa estaban cuando Salomé apareció, diciendo:

--¡Por Dios, que está Paula con el recargo, y con este ruido se va

á agravar!

--Este caballerito da unos gritos ...--dijo Paz, alzando mucho la

voz.--¿Ves? Ha venido á las doce. ¿Qué te parece, Salomé? Habrá estado

en algún club de gente perdida. ¡Bonita alhaja hemos metido en casa! ¿Y

dice usted, caballerito, que ha tenido que hacer?

--Sí, señora: he tenido cierto negocio--contestó Lázaro un poco

amostazado con las impertinencias de las dos viejas....

--¡Buenos negocios serán esos!--indicó Salomé.--Pero á ver si baja la

voz, que mi prima no puede sufrir esos gritos. Apenas entró usted ... yo

no sé cómo pudo sentirle. Lo cierto es que le sintió entrar, le conoció

en los pasos, despertó con mucho sobresalto, y cuando escuchó su voz se

incorporó en el lecho con mucha agitación, manifestando que le molestaba

mucho su voz. Con que calle usted, y procure no hacer ruido con esos

taconazos.... Vamos, ya puede usted retirarse....

--Señoras, buenas noches.

Aun no había dado un paso, cuando Clara apareció muy alterada, diciendo:

--Señoras, vengan ustedes, que se quiere salir de la cama ... No la

puedo sujetar. En cuanto sintió esta conversación, se levantó muy á

prisa, diciendo que venía acá.

--¡Ah! Vamos á ver--dijo Paz, entrando en la habitación.

--Empieza á delirar--dijo Salomé, entrando también con Clara.

Lázaro subió pensando en aquel nuevo misterio de la mujer santa.

La Fontana de Oro · 第 37 / 52 题