formado por una arcada de 25 á 30 metros de altura, sobre 14 ó 15 de
latitud, en donde están las dos capillas del bautismo y del matrimonio.
La primera tiene un grupo de mármol que representa el bautismo de
Jesucristo; y la segunda, otro grupo que representa las bodas de la
Vírgen con San José. Las pilas del agua bendita, obra del maestro
Antonin Moyne, son una verdadera preciosidad á los ojos del arte.
Nos volvimos para dirigir una mirada hácia el fondo del templo, y
nuestros ojos aturdidos se perdieron en una sola nave, alta, anchurosa,
iluminada, inmensa, llena de valentía, de fuerza y majestad. No es una
majestad ingénua, bíblica, inocente; no es esa majestad sencilla y
candorosa que saca su encanto del espíritu; no es una majestad
cristiana; es una majestad poderosa, esplendente, fantástica, agorera;
una majestad que saca su encanto de la forma; una majestad del arte
pagano; pero indudablemente estas formas tienen algo imponente,
majestuoso y grande.
Aquellas bóvedas silenciosas, quietas y como amontonadas sobre sí
mismas, aquella techumbre formidable que parece estar suspendida por el
genio del hombre, no nos trae esperanzas del cielo, no nos trae palabras
y consuelos de otra vida mejor, pero nos da una grande idea de la
tierra. Aquí todo respira grandeza, atrevimiento, orgullo. Sí, orgullo,
porque creaciones tan fastuosas como esta, nos inspiran el sentimiento
de la emulacion, casi de la envidia. ¡Cuántos hombres no escalarían la
tierra, si pudiesen, para hallar luego un trono en este palacio! Aquí
pensamos en el sitio de Troya, en Aquiles y Ulises, en Hector y Eneas;
aquí no pensamos en Providencia, ni los ángeles, ni en bienaventuranza.
Por este camino vamos á Chipre, no á Jerusalen. ¡Con cuánto talento
queria Napoleon convertir esta iglesia en templo de la Gloria!
Nos dirigimos al altar mayor, y este gran monumento me confirmó más en
mi juicio. El grupo principal, la exaltacion de la Magdalena, esculpido
con la esplendidez y la frescura que el genio audaz de Marochetti sabe
dar á sus obras, representa á nuestro Señor, á la Santa, á los Apóstoles
y á los Evangelistas, y alrededor de este grupo cristiano, en torno á
este hogar religioso, rodeando esta familia bendita, vemos el arte
griego, la poesía mitológica, que nos ofrece una infinidad de
personajes, desde el bautismo del rey Clovis, hasta el Concordato de
1802. Constantino, Clovis, Santa Genoveva, Carlomagno, Godofredo, Juana
de Arco, reyes, héroes, Napoleon, el cardenal Gonsalvi; razas distintas,
gustos diversos, diversos caractéres, civilizaciones contrarias: todo
está revuelto y mezclado aquí, como se mezclan en un nicho las cenizas
de varios difuntos. Eso no es una exaltacion de la Santa; eso es una
galería de historia: eso no es un cuadro religioso; es una pintura
social: eso no es un altar del Cristianismo; es el trofeo de una nacion.
Aquí reina la Francia, no el Redentor del mundo; reina el artista, no el
sacerdote; reina el hombre, no reina Dios. No comprendo cómo la gente
reza aquí. Yo no podria rezar. Frescos brillantes de Ziegler, suelos
magníficos de mármol, cielos rasos preciosamente cincelados bajo la
direccion de Derre; todo llama y provoca la materia; todo incita
nuestros sentidos; todo es contra la poesía del templo, porque todo es
contra la poesía del alma; sobre todo, contra la poesía austera y
sublime de la Cruz. Si Santa Magdalena se levantara de la tumba, es bien
seguro que se persignaria escandalizada de que la adorasen aquí; es bien
seguro de que miraria en este templo, lo que un aleman miraba en la
Basílica de San Pedro de Roma: UNA DELICIOSA TENTACIÓN.
Salimos de la Magdalena entre alegres y tristes, y á los veinte ó
veinticinco pasos nos volvimos, como para dominar el conjunto de aquel
alcázar esplendoroso. Su vista es agradable, armoniosa, poética, casi
imponente. Mirado por fuera el edificio, tiene algo solemne, porque lo
grande tiene tambien su solemnidad. Su plano forma un rectángulo de 70 á
80 metros de longitud, sobre 20 á 25 de latitud, mientras que alrededor,
sobre un basamento de 50 ó más metros, corre un perístilo ó galería de
cincuenta y dos columnas gigantescas entre las cuales se ven muchas
estátuas, con el nombre del santo y el del escultor. Esto confirma más y
más mi anterior idea. Si ese templo no es una exposicion de bellas
artes, ¿á qué viene el nombre del artista? Si es un lugar de veneracion,
¿á quién tenemos que venerar sino al santo? El escultor pone tambien su
nombre; es decir, pide su parte de devocion, de culto; reclama tambien
su parte de limosna á la fe del creyente. El escultor quiere reinar al
lado del héroe de la Iglesia. Esas estátuas representan dos santidades:
el santo y el artífice.
El lector debe ser un tanto indulgente conmigo, porque escribo sin
preparacion, y sin corregir una palabra de lo que trasmito al papel. Veo
una cosa, y sin más antecedentes que verla, digo buenamente lo que se
me ocurre, ó lo que siento. Esto tiene el inconveniente del descuido que
debe notarse en la obra, pero tiene, en cambio, la ventaja de la
ingenuidad más estricta y de la más perfecta exactitud.
De vuelta al hotel, nos encontramos en la puerta á la señora, que nos
preguntó, con una sonrisa muy amable, si veniamos de visitar algun
monumento. Sí, señora, la contesté. Venimos de la Magdalena.
--_¿Que vous semble-t-il? ¿Qué le parece á usted?_ preguntó la señora,
avivando un tanto los ojos, y marcando mucho las palabras, con cierta
expresion orgullosa.
--Me parece, señora, la contesté, que aquello es un lugar de triunfo y
de alegría, no de sacrificio, de meditacion y de recogimiento. Es una
Vénus, no una Magdalena; un festin, no una lágrima. Si ese monumento no
fuese tan magnífico, seria menos palacio; pero seria más iglesia.
Diciendo y haciendo, cogí la escalera, y la señora se quedó mirándome,
como una persona que piensa y que no acaba de comprender su propio
pensamiento.
=Día sexto=.
Calle de Rívoli, casa de la Ciudad, columna de Julio, arco del Triunfo,
campos Elíseos.--¿Se vive aquí mejor que en otros puntos?
Luego que se empezaron á encender los faroles en la ciudad, nos
dirigimos á la calle de Rívoli.
Figúrese el lector la situacion siguiente: puesto en la plaza de la
Concordia, frente á la Magdalena, se ven dos palacios: uno es el
ministerio de Marina y de las Colonias: el otro corresponde á diferentes
particulares, los cuales le dieron la forma de palacio para que formara
un grupo simétrico con el de Marina.
Demos ahora la izquierda á la Magdalena, y hallarémos que entre el
ministerio de Marina y el jardin de las Tullerías, palacio del mismo
nombre y el Louvre, media un espacio de 30 ó 35 pasos, que se extiende
hasta la plaza de la Bastilla, en una extension de media legua poco más
ó menos.
Hé aquí, pues, el panorama: hácia la derecha (en primer término) jardin,
palacio de las Tullerías, unido al palacio del Louvre: hácia la
izquierda, una hilera simétrica de casas de tres y cuatro pisos, aunque
todas con la misma altura, formando arcadas bastante espesas, hasta la
verja en que el Louvre concluye.
En segundo término, hileras de casas á derecha é izquierda, simétricas
en la forma, no en la direccion; despues un torreon colosal con jardin;
luego la casa de la Ciudad con plaza extensa; por último, nuevas casas
hasta la calle de San Antonio, la cual se prolonga hasta la plaza de la
Bastilla.
Esto es lo que se llama calle de Rívoli. Tiene de 300 á 400 edificios,
de 300 á 400 arcos, de cada uno de los cuales pende á la misma altura un
farol de gas: está surcada por 76 calles, entre las que cuento la plaza
Real, con el palacio Real enfrente, y el bulevar de Sebastopol.
Si á esto se añade que casi todos los pisos bajos son establecimientos
de lujo, iluminados con profusion, así como las 76 travesías, no será
difícil representarse el panorama que ofrecerá de noche la calle de
Rívoli.
Aún despues de ver los campos Elíseos y la plaza de la Concordia, la
hermosa galería de Rívoli no puede menos de ofrecer un espectáculo
notable, algo penoso, si se quiere, porque nos agobia con la impresion
que causa en nuestro ánimo toda obra grandiosa.
Así que salimos á la plaza de la Concordia, divisamos, entre el juego de
muchas luces particulares, un surco contínuo de fuego, tirado á cordel;
á medida que el coche avanzaba, veiamos escaparse, como apariciones
fugitivas, la rica y espaciosa calle de Castiglioni, divisando como un
relámpago la enorme columna de Vendome; la plaza y la fachada del
palacio Real, iluminadas perfectamente, el anchuroso bulevar de
Sebastopol, con sus dos hileras de faroles que se van juntando á medida
que la mirada se prolonga, hasta que se pierden en un montecillo de
luces trémulas, á una distancia que parece de ocho ó diez millas; el
gigantesco torreon negro, con su jardin alrededor, como una azucena
sembrada al pié de una roca deforme; el palacio de la Ciudad y su plaza,
alumbrada por grandes faroles, la caserna de Napoleon, hasta llegar á la
Bastilla, plaza extensa, menos brillante que la de Vendome ó la de las
Victorias; pero no menos interesante como teatro histórico. Aquí la
escena cambia de aspecto; de un círculo de luz y de bullicio, pasamos á
un círculo de meditacion y de melancólica poesía. Hay luces que vienen á
reflejarse en nuestros ojos: hay luces tambien que vienen á reflejarse
en nuestra alma. En este sentido, la Bastilla está más alumbrada que los
almacenes del Rívoli.
En medio de la plaza distinguimos una gran columna que remata en un
globo, sobre el cual asienta sus piés una figura. De cuando en cuando,
un reflejo salia de la columna y nos heria confusamente, pareciéndonos
descubrir como letras doradas. Así era, en efecto, segun nos informaron
varios transeuntes. Aquellas letras perpetúan el nombre de las personas
que sufrieren el cautiverio de la Bastilla, de la alta prision de
Estado, de aquella Inquisicion de la edad media, de aquel Gólgota
religioso y político.
Mis lectores saben que todos los pueblos han tenido _plaza de la Greve_,
su horca y su verdugo, su argolla de hierro: la castracion en casi toda
el Asia primitiva; la concha del ostracismo en Grecia; el monte Taygeto
en Esparta; el monte Calvario en Judea; la roca Tarpeya en la Italia
antigua; el Santo Oficio en la Italia moderna; la _Bastilla_ en Paris.
El azote del mandarin chino ha viajado mucho por la tierra; puso los
piés en Francia, y se llamó Bastilla en el siglo XIII, así como antes se
habria llamado de otra manera, porque es claro que las edades
anteriores, todas las edades humanas tuvieron tambien su _Bastilla_.
Pero otra edad humana vino, la Bastilla desapareció, cayó bajo los
golpes de la piqueta revolucionaria, y sobre sus escombros se levantó
grande y valerosa la columna de Julio. Al monumento del siglo XIII
sucedió el monumento del siglo XVIII: el Capitolio se levantó sobre la
roca ensangrentada del monte Tarpeya. La figura que remata ese
monumento, es el genio de la Libertad.
Ahí, donde ahora se eleva esa columna como una plegaria se eleva al
cielo, estuvieron las jaulas de hierro, construidas en forma de embudo,
para que el prisionero no pudiera permanecer sino encorvado. ¡Cosa
singular! Á un hombre le pesa emplear dos varas de bronce con el fin de
que su cautivo pudiera respirar de pié derecho, cuando la Providencia
habia creado para aquel cautivo toda esa inmensidad que flota entre la
Bastilla y las estrellas.
Allí fuéron víctimas de la tenebrosa política de Luis XI, Guillermo de
Llarancourt, obispo de Verdun, Jaime de Armagnac, duque de Nemours y el
conde de Saint-Pol.
Allí fué tambien decapitado Cárlos de Contant, convencido de traicion
hácia la Francia.
Allí fué del mismo modo condenado á muerte el conde de Lallytollendal,
cuya inocencia se reconoció cuando era ya tarde. Allí, en ese Santo
Oficio político de la edad media, gimieron sucesivamente Basompierre, el
gran Condé, el famoso Fonquét, su amigo y secretario Palisson, el docto
Sacy, el duque de Laurum, marido de la nieta de Enrique IV, el mariscal
de Richelieu, el tristemente célebre marqués de Sade, el cardenal Rohan,
el caballero Mazers de Latude, Bruno de la Condamine, y últimamente, un
hombre que hizo mucho ruido en el mundo, la gloria y el escándalo, la
fábula y la admiracion de su siglo; un hombre filósofo, teólogo,
estadista, geógrafo, erudito, matemático, novelista, filólogo, poeta; un
mónstruo de talento y de audacia; el hombre del talento más vario y más
indefinible que ha puesto los piés sobre la tierra; ahí estuvo Voltaire.
Escribió una sátira contra el regente, y lo encerraron en la Bastilla.
Pero me olvidaba de que esa Bastilla cuenta en sus anales un personaje
más famoso aún que el mismo Voltaire, para las tradiciones de aquel
edificio. Este personaje es el _hombre de la máscara de hierro_,
llamado y conocido así, acerca del cual no pudo la historia averiguar
nada, mientras que la poesía popular se contentó con divertir al vulgo,
inventando cuentos y consejas. El _hombre de la máscara de hierro_ es un
arcano añadido á los tantos misterios de que fué teatro aquel monumento
misterioso.
¡Cuán majestuosa se alza ante mí esa piedra monumental, encarnacion ayer
de las antiguas castas, encarnacion más tarde de la política y del arte
modernos!
Aquella piedra se representa en mi fantasía como el gigante desterrado
de un siglo, á quien otro siglo da razon en una hora de verdad y de
entusiasmo.
¡Quién habia de decir á Felipe Augusto y á Luis XI que las ruinas de
aquel Santo Oficio habian de servir para la construccion del _puente
nuevo_, el más popular, el más _liberalizado_ de Paris! ¡Cuántos senos
ocultos tiene la historia de la humanidad!
Nos volvimos á nuestro _fiacre_, y nos vimos de nuevo entrar en la calle
de Rívoli, deshaciendo el camino andado. Al llegar al hotel de Ville,
nos apeamos y corrimos la vista por la fachada de aquel importante
edificio, colocado enfrente de la puerta principal.
El nuevo sitio en que nos encontramos guarda tambien su poesía tétrica,
terrible; instructiva y moralizadora como el monumento de Felipe Augusto
y de Luis XI, porque no hay poesía inútil, sobre todo cuando es
terrible. El sitio en que nos encontramos fué la _Bastilla de otra
edad_; menos lógica, en cambio más cruel.
Sobre el mismo suelo en que ahora tenemos los piés, fuéron arrastrados y
descuartizados _Ravaillac_, _Cartouche _y _Damiens_; sus miembros
palpitantes ensangrentaron este suelo que ahora pisan sus nietos con
indiferencia. Aquí tambien rodaron las cabezas de dos mujeres, dos
mujeres funestamente célebres, dos envenenadoras: _la Boisin_ y _la
Brinvilliers_.
Seguimos la calle de Rívoli, subimos por la Magdalena y nos hallamos en
el bulevar de este nombre, divisando á poco los bulevares de las
Capuchinas, Italianos, Montmartre, Poisonnière y una parte del de San
Martin. Esta nueva vista no es tan simétrica y artificial como la de
Rívoli; pero es más extensa, más graciosa y más alegre, de más efecto.
Aquí hay más expansion, más capricho, más fantasía: es decir, hay más
creacion individual.
El Rívoli es una galería del Estado.
Los bulevares son inmensas galerías del pueblo.
Millares y millares de variados tubos y reverberos iluminan las tiendas,
los cafés, los hoteles, los casinos: otros tantos millares y millares de
luces se reflejan en los espejos interiores, que tienen casi todos los
establecimientos públicos, produciendo una especie de _vision mágica_;
mientras que los faroles de los centenares de carruajes que van y vienen
en un oleaje contínuo, convierten aquellos espaciosos bulevares en una
atmósfera oscilante de luz.
Difícil será hallar en el mundo una ciudad más alumbrada que Paris. Hay
muchos establecimientos que emplean centenares de luces, y tratándose de
los _cafés-conciertos_, es tarea no muy fácil el contarlas. Pero de todo
eso que se ve, de ese foco brillante que por todas partes aparece, que
por todas partes se filtra, que más de una vez se descubre á lo léjos,
debe rebajarse una mitad. La mitad es debida al juego teatral de los
espejos interiores; debida á la mágia parisiense.
Aquí todo tiende á ser mágico; hasta la bota con que pisamos el lodo
inmundo: la misma bota, el mismo zapato, la humildad aplicada al vestido
del pié, lleva aquí detrás su cortejo, su galantería; _au soulier
galant_. Por eso Paris, sin dejar de ser una ciudad importantísima, es
una ciudad aparente; artísticamente mentirosa, artísticamente exagerada,
exageradamente culta.
Llegamos al hotel cerca de las diez, y mi mujer y yo digimos: Paris es
un mónstruo muy bello, sobre todo muy iluminado: su morada seria
deliciosa sin coches: con coches, viene á ser un infierno vivo.
Suponiendo que la poblacion avecindada y la flotante suba á millon y
medio de almas, que ciertamente no bajará, creo que á cada quince
personas podria tocar un carruaje: creo que en Paris no hay menos de
cien mil carruajes de todas matrículas y cataduras. Hablando solamente
de los coches públicos, puedo asegurar que he llegado á ver hasta el
número once mil y tantos.
¡Feliz yo si hubiera tantas perdices como las de mi plazuela de
Herradores, tantos pucheros como mi olla de Madrid, tantas botellas como
las de mi clásico manchego!
Voy á terminar este dia con una pregunta: ¿se vive aquí mejor que en
otras partes?
Estos grandes centros no son otra cosa que hornos de fundicion social,
donde se depuran las creaciones que hacen falta al mundo: no son centros
de dicha; son talleres de necesidad. Estas ciudades hacen lo que la
mujer cuando nos inspira fuertes pasiones: pasiones que sirven para
purgar con fuego la escoria que llevamos en el corazon.
No envidieis esto, hombres sencillos, que pasais la vida girando en
torno de vuestra aldea, como da vueltas la paloma alrededor de su nido:
el espíritu humano es como el ambiente: siempre se nivela. Dios no ha
puesto los goces supremos de la vida en los resplandores de un vidrio,
ni en el espacio de una calle, ni en la hermosura de una plaza, de un
paseo ó de un arco triunfal. El hombre tiene su monumento en donde tiene
su inteligencia, sus creaciones, su familia; donde tiene la patria que
le ha dado quien dió astros al cielo. ¿Qué cristal más brillante que el
sol? ¿Qué mejor prisma que una estrella? ¿Qué fábrica más espaciosa que
vuestros campos? ¿Qué arco triunfal más suntuoso y más magnífico que el
firmamento?
En todas partes está el hombre: en todas partes respira Dios. ¿Qué Paris
tan grande como Dios y el hombre?
No, no envidieis esto. Yo lo trocaria por vuestros bosques silenciosos,
sino tuviese marcada mi tarea de pequeño obrero en estos grandes hornos
de fundicion.
En resúmen, el hombre tiene aquí placeres de opinion y de fantasía que
vosotros no conoceis; como teneis vosotros goces de calma y de
naturaleza que no se conocen aquí. El hombre se aproxima incautamente
al horno y se quema; como en la aldea se aproxima imprudentemente al
arroyo y se ahoga.
Solo de un modo podriais ser más desgraciados que los habitantes de esta
Babilonia, que me aturde: teniéndoles envidia.
=Dia sétimo=.
Casa de Ciudad, arco del Triunfo, Obelisco.
Mis queridos lectores, ayer os he hablado de las Casas Consistoriales y
del arco del Triunfo, y os debo algunas palabras sobre ambos monumentos,
representantes de célebres y poderosas tradiciones políticas de este
país. El palacio de la Ciudad es el representante de las tradiciones del
Municipio; el arco de la Estrella es el representante capital de las
tradiciones del Imperio; un gran trofeo representando una grande
historia; un coloso representado por otro coloso.
A las cinco comimos en el restaurant del pasaje de los Panoramas;
volvimos á casa á las cinco y media, dejo á mis compañera en el hotel,
entretenida en escribir á sus amigas de Madrid y Valencia, salgo á la
calle, vuelo á la plaza de la Bolsa, tomo un coche, y á las seis menos
diez minutos me tiene situado delante de la casa de la Villa.
Apartemos ahora los ojos de ese edificio; volvamos con el pensamiento al
siglo XIV, dejándonos atrás quinientos años, y en el lugar en donde
ahora se levanta ese alcázar grandioso, hallarémos una pobre casa,
llamada _la casa de la Greve_, ó _la casa de los Pilares_, aludiendo á
los pontones de madera que sostenian su mezquina fachada, ó bien la casa
de _los Delfines_ (de los Príncipes), aludiendo sin duda á que aquel
edificio habia pertenecido á los príncipes de Viennois.
[Ilustración: Casas Consistoriales.]
[Ilustración: Plaza de la Concordia.]
Dejemos ahora la humilde casa de los Pilares ó de la Greve, costeemos
los bordes solitarios del Sena, y encontrarémos, casi fundada sobre las
corrientes del rio, una morada más humilde aún. Esa morada oscura, ese
castillo viejo y ruinoso, eso que parece más bien la barraca de unos
pescadores, es el local de la Municipalidad de Paris: _el locutorio de
los paisanos ó del pueblo, le parloir aux bourgeois_. La Municipalidad
quiso entonces mejorar de vivienda, y resolvió comprar la casa de la
Greve. En efecto, un preboste ó corregidor de los mercaderes, el famoso
Estéban Marcel, á quien dedicarémos una página en la reseña histórica de
Paris, compró la casa de los Pilares por la cantidad de 2.880 libras, en
7 de Julio de 1357, y á ella se trasladó el Ayuntamiento, ocupando el
trono el rey Juan. Pasan doscientos años, la pobre casa de los Pilares
no puede con el peso de los infinitos y memorables acontecimientos de
que fué teatro durante dos siglos; aquella pobre casa amenaza ruina en
el reinado de Francisco I, y el Cabildo de Paris, que habia dejado la
barraca del Sena para ocupar la casa de los Delfines, concibe ahora el
pensamiento de derribar la antigua casa de los Delfines, para levantar
un palacio que corresponda á la importancia de la corporacion y de la
ciudad. Llegó el 15 de Julio de 1533, y Pedro Viole, preboste de los
mercaderes, seguido de los síndicos y regidores de la ciudad, puso
solemnemente la primera piedra del futuro palacio, entre el clamoreo de
las campanas de San Juan y de Santiago de la Giferia. El edificio se
terminó en 1836; bajo Luis Felipe, que deberia llamarse en la historia
_el rey completador_.
La vista de este alcázar deja en nuestro ánimo una impresion particular,
en que influye, menos indudablemente el género de su arquitectura, que
el carácter de su historia, el gusto, por decirlo así, de sus recuerdos,
la arquitectura de su pasado, esa arquitectura que está más allá de la
piedra que vemos.
No es un edificio del renacimiento, ni del feudalismo, y sin embargo,
nos parece que tiene algo del feudalismo y del renacimiento; algo del
siglo X y del siglo XIV. Tiene lo que debe tener un palacio; no tiene
nada de lo que tiene una abadía ó un convento, y sin embargo, menos que
la idea de palacio me suministra la idea de una abadía, con su pórtico,
sus columnas, sus ventanas, sus torreones y las esbeltas y atrevidas
agujas de sus para-rayos, que parecen ser veletas de un templo. Sin
dejar de tener la gravedad de la magnitud, el aire espléndido de la
grandeza, la magnificencia liberal de la pompa, encontramos en ese
alcázar algo festivo, algo risueño, algo popular. Es un noble, un
magnate, un monarca, que sin dejar de ser monarca, magnate ó noble,
tiene algo del antiguo preboste de los mercaderes. Sin dejar de ser un
palacio grandioso, un monumento colosal, tiene algo de la humilde casa
de los Pilares, algo de la pobre barraca del Sena, del primitivo
_locutorio_; algo de aquello que pasó para la arquitectura, que no ha
pasado, que no pasará nunca para el espíritu del hombre; sobre todo,
para el espíritu de los pueblos. Hay algo popular que arranca de ahí,
que de ahí se desprende y viene á buscar al espectador.
El palacio del Ayuntamiento forma un extensísimo paralelógramo,
flanqueado por dos pabellones intermedios y cuatro pabellones en los
ángulos.
Encima de la entrada principal, que da á la plaza, se ve un
bajo-relieve, ejecutado en bronce, el cual representa á Enrique IV
montado á caballo. El patio está circuido de graciosos pórticos, y
exornado por una estátua de Luis XIV, obra de Coysevox, reliquia
preciosa para el arte, que la aprecia más que las numerosas estátuas de
los hijos célebres de Paris, que decoran el frontis de este opulento
alcázar.
En la fachada del Norte, que cae al Sena, se ven doce estátuas
alegóricas, y al pié, verde, humilde y gracioso, un jardincito limitado
por una verja, la cual lo separa del borde del rio. No es una
perspectiva arrebatadora; pero es ingénua, cándida, inocente como los
recuerdos de la niñez. Al ver esos hierros, esa verdura y las aguas del
Sena, parece que vemos al Paris feudal, y nos acordamos naturalmente de
Abelardo y Eloisa.
Tal es el edificio por fuera; visto por dentro, no es un edificio, sino
un mundo fascinador. Son notabilísimas la sala de los Arcades, el salon
del Emperador, el de la Paz, el de las Cariatides, el del Zodiaco, la
galería de piedra, la de las fiestas, adornada con una profusion que
excede á todo exagerado encarecimiento, y el salon de las artes. Pero
más que todos esos fastuosos salones, más que todas esas ricas
exposiciones de la entusiasta imaginacion de un pueblo brillante y
fantástico, más que todos esos fatigosos alardes de lujo y de riqueza,
hieren y cautivan nuestra atencion tres salas extensísimas, casi
desnudas, silenciosas, solemnes: la sala del trono, con sus doce enormes
arañas, destinada primitivamente á las recepciones, á los banquetes y
festines, y las dos salas de los _Prebostes_, de esos magistrados del
pueblo, de esos reyes de la ciudad, de esos alcaldes absolutos que eran
los amos de Paris, como los padres de la edad media eran los amos de su
familia, como los señores feudales eran los amos de su feudo y de su
castillo. El preboste era el guardian de aquel convento; era el abad de
aquella abadía.
La sala del trono, con cierto aire de grave y reposada aristocracia, con
la elocuencia imponente, venerable y austera de la antigüedad, con la
fantasía lúgubre y poderosa del pasado: y las dos salas de los
prebostes, con cierto aire de cordialidad y de franqueza, de barbarie
agreste y de recta justicia, con esa mistura de desenfado y de
miramiento que veneramos en los antiguos, el desenfado del hombre rudo,
y el miramiento religioso del hombre de bien; esas tres salas, que
pudieran llamarse _de los cristianos viejos_, nos atraen magnéticamente
con dos emociones distintas: la emocion de la historia, y la emocion de
la poesía; esa poesía que va unida al orígen de todas las cosas, porque
la infancia, la niñez, es naturalmente poética; la poesía que tiene la
cuna, en donde la madre cria á sus hijos. Aquí pensamos y sentimos;
todas esas figuras caen á un mismo tiempo sobre nuestra cabeza y nuestro
corazon.
La casa de la Villa como agradecida á sus buenos padres, como si no
quisiera divorciarse de la pobre casa de la Greve, y de la húmeda
barraca del Sena, como la familia que pone en la sala principal de su
casa el retrato de sus mayores, como el hijo que guarda la cuna en que
su madre le crió; la casa de la noble villa de Paris (la gratitud y la
lealtad son dos virtudes nobilísimas) nos presenta en estos dos inmensos
salones, en estas dos inmensas galerías históricas, los bustos de varios
prebostes del pueblo, desde Evreux, que _capitaneó_ el cabildo de Paris
en 1205, hasta Tradaine, que reinó, por decirlo así, en 1705.
Esta reverencia hácia el pasado, este saludo á nuestros mayores, este
gusto de historia y este sentimiento de poesía, son cosas que me
encantan en todas partes; en Paris tambien: he pasado un rato delicioso,
y no puedo pagar esta deuda del alma, sino dando mi humilde enhorabuena
á los creadores de este palacio, y al pueblo que lo guarda, que lo
venera y que lo admira.
¡Adios, afortunados mármoles, que nos representais hombres sencillos,
valerosos y honrados! ¡Adios, mármoles, que dais testimonio de que
existieron en el mundo la barbarie, la valentía, el cumplimiento de la
palabra, la lealtad y la buena fe! ¡Adios bustos! ¡Adios prebostes!
¡Adios, cristianos viejos! ¡Adios, vosotros que fuisteis aquí, lo que
los antiguos alcaldes fuéron en mi patria! ¡Dios os tenga en su reino,
que harto merecen la gloria eterna, los que siendo incultos, supieron
ser cristianos!
Hasta aquí he hablado de la historia de la piedra. Ahora tengo que decir
dos palabras acerca de la historia del libro.
Ahí, en medio de esa sala del trono, el pueblo de Paris, puesto de
rodillas, saludó á Enrique IV y á Luis XIV.
Ahí, en medio de esa sala del trono, en donde Paris arrodillado saludó á
Enrique IV y á Luis XIV, se instaló la Comision revolucionaria del
memorable 10 de Agosto.
Ahí organizó la rebelion que la hizo triunfar de un monarca, encerrado
en las Tullerías.
Ahí, en medio de esa sala del trono, en donde una crísis turbulenta
arrancó á un monarca de su palacio, cayó herida y exánime la revolucion
con Robespierre en el memorable dia 9 de Thermidor.
Ahí, en ese balcon de la fachada principal, se asomó el general
Lafayette, presentando al duque de Orleans, que luego se llamó Luis
Felipe.
Ahí, en los tramos de esa magnífica escalera, casi debajo del balcon en
que Luis Felipe habia sucedido á otro rey, el movimiento del 48 presentó
al tribuno y poeta Lamartine la bandera republicana, esa bandera que
sucedió á Luis Felipe, como Luis Felipe habia sucedido á Cárlos X.
Esta plaza, la plaza de la Greve, cuyo nombre hace brotar en nuestra
fantasía tantos espectros ensangrentados, sirvió de lugar á las públicas
ejecuciones hasta 1830.
Si esas piedras pudiesen decir lo que han visto; si esta tierra pudiese
hablar, ¡cuántos crímenes, cuántas agonías, cuantas lágrimas, cuántos
gemidos, cuántos arcanos y cuántos y cuán graves remordimientos vendrian
á caer sobre la conciencia de Paris!
Me quité el sombrero ante el ilustre y orgulloso sucesor de la casa de
los Delfines y de la barraca del Sena, me metí en el coche: _al arco de
la Estrella_, grité al cochero, y á los quince ó veinte minutos me
encontraba bajo esta pirámide colosal, bajo este enorme catafalco.
Pero me olvidaba de una coincidencia que me hirió de un modo muy raro. Á
los trescientos ó cuatrocientos pasos de la casa de la Ciudad, vi un
edificio grande, muy grande, negruzco, pesado, macizo, como si estuviese
apilado sobre sus cimientos: un palacio lóbrego, que parece más bien una
fortaleza, ó una prision de Estado. Era el palacio de las Tullerías. Y
dije para mí: no en balde se encuentra este palacio en la misma línea
que la casa de la Ciudad; no en balde se hallan en una misma zona
geográfica, bajo un meridiano, por decirlo así. Esos dos monumentos
históricos y políticos son dos poderes, dos recuerdos, que se miran y se
provocan. Las Tullerías son la morada del silencio, de la ceremonia y de
la reserva. El palacio del Ayuntamiento es la morada de la discusion, de
la franqueza y de la libertad. Esta es la casa de la tradicion; aquella
es la casa de la historia. Son dos tronos, en el de aquí se sienta el
rey; en el de allí se sienta el pueblo. Aquí reina la Monarquía; allí
reina la Francia. Pero vamos al trofeo de Napoleon.
Llego al arco de la Estrella á las siete y cuarto. El sol acaba de
ponerse, y brilla el Occidente á las últimas ráfagas del astro del dia,
sin embargo de que ya se insinúan las primeras sombras de la noche,
formando esa atmósfera vaga é indecisa, medio brillante y medio turbia,
en que no sabemos si miramos luces ó sombras. Pero yo habia logrado mi
objeto. No queria sino dominar de una mirada aquel maravilloso conjunto;
no quería sino recibir la impresion de aquel enorme promontorio, y veo
perfectamente hasta los menores detalles.
Este coloso que contemplo es el arco de más magnitud de que habla la
historia. Acaso Babilonia, Tebas, Nínive ó Mitilene ofrecieron á la
admiracion de aquellos siglos un arco más grande; pero esos monumentos,
si existieron, se han perdido para la historia.
Los cimientos de este arco monstruoso, sublimemente monstruoso, tienen
cerca de 9 metros de profundidad, segun el cochero me asegura, más de 54
de longitud y 27 de latitud. Su elevacion raya en 50 metros, sobre una
latitud de 44 y un espesor de 22 ó 23. Napoleon puso la primera piedra
en 15 de Agosto de 1806, y se terminó en 1832, bajo Luis Felipe.
Las sombras de la noche empiezan á indicarse, dejando en el aire cierto
tinte oscuro, como si empañasen el ambiente. En este momento se
encienden los faroles de la gran plaza, cuyo centro ocupa este
gigantesco panteon histórico, y la luna aparece á poco, entre nubes
ligeras, por detrás de los árboles de las Tullerías, de las fuentes y
del obelisco de la plaza de la Concordia.
La fachada principal del arco está decorada por dos trofeos simbólicos:
el uno representa la partida, y el otro la vuelta del ejército. Otros
dos emblemas exornan la fachada opuesta, que mira á Neuilly: la
resistencia y la paz.
Entre la imposta del arco principal y el cornisamento, se ven cuatro
hermosos bajo-relieves, los cuales figuran las exequias de Marceau, la
batalla de Aboukir, dada en 1798, en ocasion en que Murat hace
prisionero al bajá de Roumelia; el puente de Arcola, tomado
portentosamente por Napoleon en medio del fuego enemigo, y la toma de
Alejandría, á fines del siglo XVIII.
Un bajo-relieve de Marocheti, que representa la batalla de Jemmapes, en
1792, orna el frontis lateral del Norte, y otro bajo-relieve, que
representa la batalla de Austerlitz, orna la fachada lateral del
Mediodía.
Arriba, sobre el friso, como una corona que está ciñendo una cabeza, se
ven grupos inmensos, los cuales figuran la ida y la vuelta de los
ejércitos franceses. ¡Cuánta belleza!
Palmas, cabezas de Medusa, coronas, famas de Pradier, rótulos,
victorias, todo completa la ilusion del triunfo. Así como en la
Magdalena no puede pensarse en los santos, aquí no se puede dejar de
pensar en los héroes. Si la Magdalena fuese una basílica como este arco
es un trofeo, si el espíritu de la religion dominase tanto en aquel
alcázar, como el espíritu de la heroicidad y del entusiasmo domina en
esta poderosa creacion, la Magdalena seria un gran templo.
Penetré en el arco, y escritos sobre las anchurosas paredes y sobre las
altísimas bóvedas, divisé los nombres de noventa y tantas victorias,
además de las representadas en los bajo-relieves del frontis, de
trescientos ochenta y cuatro generales, y de varios cuerpos de division
que tomaron parte en las guerras de la Revolucion y del primer Imperio.
Este arco prodigioso es la verdadera divinizacion de Bonaparte. El alma
no puede menos de formar una idea muy grande, muy atrevida, muy
gigantesca, una idea casi maravillosa, casi fantástica, del hombre que
con ese monton de mármoles da las gracias á sus compañeros de lucha, de
triunfo y de gloria; porque esa enormísima y espléndida pirámide no es
otra cosa que las gracias que da un general á sus fieles y valientes
soldados. La gratitud que así se insinúa, podrá no ser muy fervorosa;
pero es magnífica.
Yo permanecia embobado leyendo en las paredes y en las bóvedas los
nombres memorables de los generales y de las batallas, cuando la luna
se oscurece repentinamente, ocultándose en un celaje espeso, la luz de
los faroles de la plaza no penetraba por el arco, y me vi envuelto en
sombras, pareciéndome que me encontraba en el fondo de un grande osario.
El arco habia dejado de ser un trofeo, para convertirse en un panteon.
En este momento la luna se despeja, ilumina la sombra que me rodeaba, y
quitándome instantáneamente el punto de vista, me pareció que el arco se
movia, y que avanzaba, con todos sus huéspedes y sus combates, hácia la
plaza de la Concordia. Yo me creí arrostrado por aquel empuje
descomunal, figurándoseme que iba en el vientre de un mónstruo deforme.
Sentí escalofrios en toda la espalda, y con los cabellos erizados y un
estremecimiento nervioso que no podia evitar, salí á cielo raso. Cien
magníficas farolas alumbraban la plaza del arco del Triunfo; están
encendidos todos los faroles que se extienden, en dos líneas simétricas,
hasta el jardin de las Tullerías; veo á lo léjos tres variados grupos de
luces, como si fuesen otras tantas hogueras: eran los tres cafés
cantantes de los Campos Elíseos; veo tambien profusamente iluminada la
puerta del baile de Mabille, del castillo de las flores.... Esto no es
un paraje público, no es un paseo; es un teatro; más que un teatro, una
especie de encantamiento. Esta perspectiva es una de esas imaginaciones
con que los poetas han idealizado los valles y los bosques de la
Normandía; esto es un lago de hadas; una fantasía de Osian, no tan
delicada, no tan tierna, no tan expresiva, no tan grata al espíritu;
pero brillante, deslumbradora, francesa, parisiense, es decir,
dramática.
Subí al coche, y bajamos pausadamente á través de los Campos Elíseos,
hasta la plaza de la Concordia. Allí me apeé, y me dirigí hacia las
fuentes. La luna caia sobre los borbotones de agua y de espuma, y daba á
la nube de agua que las fuentes arrojan, la diafanidad y el brillo del
nácar, de la concha ó del cristal, mientas que en medio de las dos
fuentes, emblemático y silencioso, se levantaba el monumento de otras
edades, la creacion de otra raza, el peregrino de otras religiones, un
viajero de otros climas, de climas remotos y poéticos; el obelisco de
Loupsor, cerca del Cairo. Al llegar al pié del obelisco, volví los ojos
instintivamente como para ver si descubria el arco del Triunfo, lo
descubrí en efecto como desde la mar se descubre un monte, y una idea
ardiente cruzó como un rayo por mi imaginacion. Me figuré que los dos
monumentos se miraban; me figuré que dos mundos distintos y contrarios
sacudian el polvo de su honda tumba, para pedirse cuentas ante la
historia: me figuré ver el Asia y la Europa, Mahoma y Jesucristo,
Sesostris y Napoleon. Clavado al pié de aquel trofeo de otras victorias,
procuré ver si podia distinguir algun geroglífico, á favor de los rayos
de la luna, deseando probar el efecto que produciria en mi inteligencia.
Despues de empinarme sobre la punta de los piés, y de estirar el cuello;
despues de esforzar á un mismo tiempo los ojos y la voluntad, alcancé á
distinguir una figura, que era una especie de cuadrilátero, emblema tal
vez de los cuatro elementos. Pasaron cuatro ó cinco minutos, y no sabia
cómo desasirme del encanto que me tenia sujeto á las paredes de aquella
mágica columna. Y allí me preguntaba: ¿por qué el obelisco cautiva de
tal modo nuestra atencion?
Escritores notables son de parecer que el interés que el obelisco nos
inspira procede de la circunstancia de ser una columna, compuesta de una
sola pieza; más claro, de la circunstancia de ser una maravilla de
mármol. Para estos escritores no hay otra razon que la magnitud, la
forma, el arte, la arquitectura. Esto explica algo; pero está muy
distante de explicarlo todo. No, no es únicamente la arquitectura. ¿Qué
arquitectura tiene una cruz? Sin embargo, halle el hombre más
indiferente una cruz humilde en medio de un desierto, en el silencio de
la soledad; mire aquella cruz que le está diciendo que allí descansan
las cenizas de un hermano suyo, como sus cenizas descansarán mañana en
otra parte, y el hombre se destoca, palidece ó reza. Visitemos un valle
frondoso, y entre flores verdes y lozanas, encontremos una flor
marchita. ¿Qué arquitectura tiene esa pobre flor? Sin embargo, al mirar
la flor seca, no podemos menos de suspirar; aquella flor se mústia como
se marchita nuestra vida, como se marchitan nuestras ilusiones, nuestros
amores, nuestras esperanzas, nuestros sueños, nuestros delirios. Aquella
flor seca es la historia de nuestro corazon, un eco que resuena
hondamente en nuestra alma. No es una flor del valle; es una memoria, un
sentimiento, un vaticinio de la vida; es una poesía triste, una poesía
que hace llorar.
El obelisco no nos atrae, no nos llama, no nos interesa, no nos seduce,
sino porque es una especie de escritura sagrada, un geroglífico que no
comprendemos, un pensamiento que no adivinamos, el símbolo de una
creencia, un símbolo de fe, un símbolo de religion. No es el arte, no es
la arquitectura, no es la forma, no es la magnitud lo que nos llama en
ese monumento emblemático; es la religion, el misterio, el espíritu.
Aquello es un arco; esto es una plegaria.
Aquello es un trofeo; esto es un enigma.
Allí admiro el orgullo de un hombre.
Aquí venero el arcano de una esperanza.
Esto es más que aquello, lo ha sido, lo es, lo será eternamente, porque
para la idea de Dios el tiempo es una escala que, no tiene tramos. El
geroglífico misterioso de Sesostris, es más que la soberbia fastuosa de
Napoleon. Sí, repetia yo interiormente, el obelisco me atrae más que el
arco, porque _esto es más que aquello_, y al pronunciar estas palabras
me volví, y alcancé á ver, como una aparicion trémula, casi flotante, el
suntuoso pórtico de la Magdalena, que parecia nadar sobre sus columnas.
Entonces, sin poder resistir á mis ideas, dije en alta voz: _y aquello
es más que esto_; la iglesia cristiana es más que el obelisco asiático;
la caridad del Redentor del mundo es más que el misterio de Sesostris.
Me dirigí al coche, al mismo tiempo que el cochero avanzaba hácia mí,
porque habiéndome oído hablar, se imaginó que le llamaba, ó quizá que
estaba maniático ó que me habia vuelto loco.
--_¿Est-ce que vous m'appelez, monsieur? (¿Me llama usted, señor?)_
--_Pas du tout. (No.)_
--_Mais j'ai entendu.... (Es que he oído....)_
--_Je n'ai rien dit. Á l'hôtel des Étrangers! (Nada he dicho; á la fonda
de los Extranjeros)_, y me metí en el coche. No habian pasado quince
minutos, cuando me apeaba en la calle de Feideau. Mi pobre mujer me
esperaba asomada al balcon, significando cierta impaciencia, pagué al
cochero y subí la escalera como un relámpago.
--¿De dónde vienes?
--De la casa de la Ciudad y del arco del Triunfo.
--¿Y qué traes?
--Muchas cosas, muy grandes y muy buenas.
Mi mujer tomó una friolera y se acostó. Yo empecé á escribir esta
desaliñada Revista, que me entretuvo hasta la una y media. Pero no
quiero terminar este dia sin dar parte al lector de que tengo una
curiosidad, casi un deseo, casi una ilusion: la ilusion de visitar un
monumento de Paris; un monumento en que he pensado muchas veces, que he
creido ver desde España, porque uno cree ver todo aquello que le hace
sentir, y algo ve realmente, puesto que el corazon tiene tambien ojos;
un monumento que amo mucho, tanto como si fuera de mi país, aunque los
monumentos no tienen países. El arte es como el sol: donde brilla allí
reina; tiene por patria todo lo que alumbra.
Al acostarme, vi que mi mujer estaba despierta. ¿Cuándo visitarémos, la
dije, el edificio de que te he hablado tantas veces?
--En la semana entrante, contestó mi mujer.
--En la semana entrante, respondí yo; queda convenido.
Hoy es miércoles; de modo que tenemos seis ó siete dias para darnos en
cuerpo y alma por esas plazas y calles de Dios, por esos cafés, por esos
teatros, por ese bullicioso y reluciente laberinto, á caza de
impresiones y curiosidades de sociedad. Despues volverémos á la historia
y á la piedra, alternando con cuadros de costumbres, de carácter, de
raza, por decirlo así, hasta que logremos formar una idea provechosa de
este fabuloso conjunto. Si no hallo el camino de agradar al lector,
acháquelo á falta de talento y de habilidad, no á falta de intencion, de
deseo y hasta de cariño.
=Dia sétimo=.
Vistas de Paris.
Un amigo viene á buscarnos muy de mañana, y á propuesta suya, hemos
empleado casi todo el dia en ver á Paris desde tres puntos diferentes:
desde lo alto del arco del Triunfo, desde una orilla del Sena, y desde
las alturas de Montmartre.
La vista desde el arco es extensa, varia, pintoresca, rica, grandiosa.
Paris entero se ve desde allí, como se distinguen todas las figuras de
un panorama bien descrito.
La vista del Sena es más delicada, más graciosa, más elegante. Hay allí
algo poético, algo ideal. Una parte de Paris se nos ofrece como si
estuviera cimentada sobre los arcos de los puentes; parece un pueblo que
vive y se mueve sobre un rio, y esto causa una impresion extraña y
agradable.
Por fin, la vista desde las alturas de Montmartre no tiene que ver nada
con las otras. Es una perspectiva especial, en que apenas sabemos lo que
miramos. Desde aquellas alturas no es Paris, sino el embrion de una
ciudad de un millon de almas; una mesa revuelta de veletas, agujas,
torreones, cúpulas, campanarios. Al fijarnos en aquel grupo indefinible
é interminable, creemos que unas casas se han edificado encima de otras,
y que Paris está como hacinado, como arrollado sobre sí mismo. Es un
todo revuelto, deforme, confuso, extravagante, casi sublime.
Los tres grabados que acompañan sobre el asunto, dan una idea exactísima
de cada una de las situaciones indicadas. Figúrese el lector que está
viendo á Paris en miniatura desde las alturas de Montmartre, desde el
arco del Triunfo, y desde una orilla del Sena.
[Ilustración: Vista de Paris desde la cima del arco del Triunfo.]
[Ilustración: Vista de Paris desde una orilla del Sena.]
=Dias octavo, noveno y décimo=.
Dos dias de encierro.--Provisiones.--Los libros de mi mujer.--Un
español.--Compras.--Patriotismo de mi compañera.--Carácter capital de
las mujeres.
Llueve á cántaros, y hemos invertido dos dias en asuntos privados. Mi
mujer ha dispuesto el equipaje y yo he escrito á mis buenos amigos de
España, más un artículo para _La América_, titulado, _filiacion de los
partidos en política_.
La cuestion de comida nos preocupa muy sériamente, é ignoro á dónde
irémos á parar. Desde que salí de Madrid no he hecho una verdadera
digestion, y ya mi estómago principia á volverse contra su sueño. No
entienda el lector que somos dados á la gula; no se trata de gozar sino
de vivir, y cosa es esta para no ser mirada de cualquier modo.
Buscando recursos contra esta penuria artificial, mi mujer y yo hemos
ido al pasaje de los Panoramas, que dista pocos pasos de nuestro hotel,
y nos hemos provisto de jamon dulce, salchichon, una caja de sardinas
escabechadas, un cestillo de fresas y pan. Un tabernero de la acera de
enfrente, el buen _Jeannin_, nos ha enviado dos botellas de vino Macon
(á 20 cuartos el cuartillo), y una lechera de la vecindad nos ha hecho
el favor de enviar á su niña con un cuartillo de leche de vaca.
Los fiambres no podrán ser el alimento de muchos dias, al menos para mí;
pero son el recurso de hoy.
Mi mujer está empeñada en que con tres litros de cinta tiene bastante
para aderezarse el sombrero. Despues de querer la cinta por litros, que
es como si dijéramos por azumbres ó por celemines, estoy viendo que
cualquier dia va á pedir un _metro_ de vino.
Esta mañana hice cierta pregunta á un caballero que encontramos cerca de
la fuente de Moliére, calle de Richelieu; el caballero me contestó que
no me comprendia porque era de otras tierras. Esto lo dijo en español. Á
mi mujer le pareció que habia sacado la lotería.
--¿Es usted español? ¡Bendito sea el cielo! Venga usted acá, hable usted
español, hablemos español: apenas vuelva á España, estaré hablando el
español durante un mes seguido.
Aquel caballero debia marcharse al dia siguiente, y nos dió las señas de
su habitacion en Barcelona, en el Lóndres de España; un Lóndres tan
activo, tan laborioso, tan inteligente, tan moral como Lóndres; tan
desgraciado como Barcelona.
Mi mujer estaria aquí todo lo bien que puede estar una mujer léjos del
país de sus afecciones, de sus conocimientos y de sus hábitos, cuando
comprendiera y hablara el idioma: no hablándolo ni comprendiéndolo, vive
mártir ó poco menos. No poder hablar es para la mujer una contínua
irritacion, una perdurable indigestion de palabras y de deseos, una
especie de _hidrofobia_. Quien inventó el silencio, no tuvo necesidad de
inventar infierno para las mujeres.
Sin embargo, es cosa de la Providencia que no sepa francés, porque si lo
supiera, ¿qué dirian los franceses al oirse llamados _animales_ á cada
momento?
--_Pero, hombre, ¿no ves qué bestias son estas gentes?_ Hé aquí una de
las frases más indulgentes de mi compañera. Los llama bestias, porque no
entiende su idioma.
Hemos empleado una gran parte de la mañana en hacer varias pequeñas
compras.
_Mi mujer._ Compremos ahora un ovillo de hilo.
_Yo._ Es que yo ignoro cómo se llama el ovillo en francés.
_Mi mujer._ Pues, compremos trencilla para atar las botas.
_Yo._ Es que yo ignoro cómo se llama la trencilla en francés.
_Mi mujer._ Pues compremos siquiera los camisolines.
_Yo._ Es que ignoro tambien cómo se llaman los camisolines en francés.
_Mi mujer._ Llevemos al menos los manguitos.
_Yo._ Es que ignoro cómo se llaman los manguitos.
En resumidas cuentas, tuvimos que volver al hotel, y tomar una porcion
de notas del Diccionario. ¡Trencilla, ovillo, manguitos, camisolines! He
pasado hoy el estrecho de Magallanes en plena tempestad.
Nuestra venida á Francia me ha hecho comprender un sentimiento que yo no
conocia en mi compañera, al menos desarrollado en tan grande escala. Mi
mujer es una patriota acérrima, intransigente, absoluta. No oye hablar
de España sin que la sangre se la suba al rostro. ¡Ay del mundo si su
voluntad se cumpliera! ¡España pesaria como una cadena de bronce sobre
el cuello de la humanidad!
Bien es verdad que el amor á su país, lo que llamamos nuestro país, no
es el atributo de una mujer, sino de la mujer, especialmente cuando se
ha educado en uno de esos pueblos en donde imperan aún las costumbres
del Asia. En el amor ardiente, imaginativo, vaporoso, poético, que la
mujer profesa á su tierra natal, hay un algo que pone la naturaleza, y
otro algo que ponen la educacion y el hábito.
Evidentemente, la mujer está llamada por la naturaleza á no poder vivir
sin una pasion efectiva; su ciencia grande, su gran vida tiene por
centro el corazon. Por esto mismo es la destinada á concebirnos en sus
entrañas y á darnos su sangre con placer. No bastaba el tierno alimento
con que nos nutre. La mision de la madre, esa mision augusta, la más
augusta que el cielo encomendó al género humano, no es una tarea
mecánica; la tarea autómata de sacar el pecho y llevarlo á la boca del
hijo, no: es una tarea de cariño, de efusion, de delicia; es una tarea
santamente providencial.
La ley de la mujer es amar, amar desde luego, lo primero que ve, lo
primero que oye; porque lo primero que oye y que ve la hace sentir, y en
la mujer sentir es amar.
Ve la flor, y ama la flor. Canta un ave, y ama aquel ave. ¿Cómo no se ha
de enamorar de su país, cuando se enamora de las flores que ve crecer,
de las aves que oye cantar? ¿Cuántas mujeres no han vertido lágrimas
amargas bajo la impresion del arrullo tardío y doloroso de una tórtola?
En esta estructura sentimental é imaginativa de la mujer; en este
carácter radical y profundo, entra indudablemente la naturaleza.
Nuestras madres son por naturaleza afectivas, y como el afecto obra
instantáneamente sobre la fantasía, son tambien por naturaleza
fantásticas, pero si la naturaleza pone una parte, la educacion y el
hábito ponen otra, como antes dije.
La sociedad histórica tiene hasta hoy dos revelaciones capitales: la
sociedad egipcia y la sociedad humana; es decir, la sociedad referida á
la tradicion, y la sociedad referida á la misma sociedad.
Estas dos transiciones históricas están reflejadas en todas las faces de
la humanidad; por consecuencia en todas las faces de la mujer.
_Mujer asiática y mujer social: mujer religiosa y mujer política._
La mujer sepultada en su casa desde que nace hasta que muere; la mujer á
quien se representa como un vacío insondable el espacio que media entre
la cuna y el sepulcro; que está acostumbrada á mirar en aquel vacío un
ataud, cuya gasa negra no puede suspender; una madre, una esposa, una
hija que tiene el hábito de enamorarse hasta del espejo en que se
contempla, hasta de la vajilla en que come, hasta del dedal de su
costurero: esa mujer cuyo destino está cifrado en amar lo que ve, y no
ve otra cosa que el misterio que la rodea; esa mujer que se habitúa á
enamorarse de su propio misterio, no puede menos de ser ardientemente
patriótica, porque es ardientemente doméstica. Yo he conocido á una
señora que lo guardaba todo en un gran cofre que tenia, como si fuera
una reliquia preciosa: hasta la cáscara de los huevos, y más de un vivo
podria atestiguar la verdad de este caso. Diga ahora conmigo el lector:
¿qué significacion podria tener en la casa de esa señora el nombre
humanidad? Ese nombre allí hubiera sido una palabra peregrina, intrusa,
repugnante. ¿Qué sitio del cofre habia de ocupar? La palabra _mundo,
humanidad, género humano_, no ocupaba en el cofre sitio alguno: la
cáscara de huevo, sí; esta cáscara valia más para la señora que el
género humano, que el mundo, que toda abstraccion, que todo idealismo
por más universal y grande que fuese.
Hé aquí la mujer asiática; la mujer del primer período histórico; la
esclava del marido, el misterio profano de la familia, el perfume
quemado en los altares de Faraon.
Pero esa mujer halla abiertas un dia las puertas de su casa; sale á la
calle, la permiten salir; habla, piensa, obra; oye pensar, ve hacer;
entra en la revolucion de las opiniones y de los derechos; la nueva
moral la auxilia; la nueva religion la llama; se asocia, por fin, á la
vida pública; por fin, _se asocia_; siente este vínculo, siente la
relacion social, como antes sintió el cariño á la aguja con que cosia:
comprendiendo y sintiendo la razon que la une á un pueblo, á una raza
política, comprende y siente por intuicion lógica las razones que
existen para que una raza se asocie á otra raza; para que un pueblo
llame hermano á otro pueblo, y de escala en escala, de idea en idea, de
emocion en emocion, de regocijo en regocijo, de dignidad en dignidad:
¡sí! de virtud en virtud, de alteza en alteza, en su cerebro y en su
corazon se va criando una figura alentada y noble, una síntesis que no
es otra cosa, en resúmen, que la idea y el sentimiento de su propio sér,
extendido á toda su esfera, á su magnánima nacionalidad; á la
nacionalidad de un poder que creó para un mundo un cielo y una tierra.
En toda el Asia, en toda la Turquía de Europa, en Italia, en Grecia, en
casi toda España, en Portugal, en la mayor parte de América; en la
América tradicional por hábito, aunque sea social por instituciones que
no han tenido tiempo de renovar la faz política; en todos esos pueblos
enumerados la mujer pertenece al primer período: es egipcia; es la
esclava del Faraon que se llama marido; familia, hogar; es la flor que
se cria en el jardin para que la huela su amo.
La mujer alemana (en una gran parte de aquel país), la mujer francesa y
la de algunos puntos de los Estados-Unidos del Norte americano,
pertenecen al período segundo: son el sepulcro de Jesucristo
reconquistado por una cruzada que se llama civilizacion, como podria
llamarse derecho, justicia, amor, dogma.
En estos pueblos las mujeres son casi hombres: hombres afectuosos,
imaginarios, tiernos: hombres como pueden serlo una madre y una hija,
porque la naturaleza no puede mentir; pero personalidades humanas,
verdaderos poderes en la familia, en la opinion, en el derecho, en las
creaciones sociales; _personas de razon_, porque la educacion no puede
dejar de enaltecer, libertando al esclavo; porque la libertad es la
sancion divina del albedrío; porque el albedrío es la sancion divina del
hombre; porque el hombre es la sancion divina de la sociedad; la
libertad es el mismo Dios que se filtró en nuestra conciencia: _sed
semejantes á mí_, quiere decir _sed libres_. «Si no sois libres, nos
dice Dios, ¿con qué virtud me vais á amar?»
Es indecible la complacencia con que estudio á las mujeres de Paris. No
conozco la representacion de la mujer inglesa y rusa, y este es uno de
los motivos porque más deseo visitar á Lóndres y San Petersburgo. Á una
mujer debo toda mi vida, y natural parece desquitarme de semejante
deuda, consagrándola una pequeña parte de aquella vida tan empeñada.
Reasumo este asunto diciendo que mi mujer es muy patriótica, porque es
muy doméstica: quiero decir, porque pertenece á la historia asiática. Ve
en su país una humanidad más excelente, un Israel profético, y es una
Judit que ama su tierra, como Judit amaba su Betulia.
Yo trabajo por hacerla cristiana; pero ella está conforme con ser el
enigma escondido en el palacio de Faraon; digo mal, en el palacio de dos
Faraones: uno es España.
Probablemente ninguno de los dos serémos muy tiranos con ella.
Nos dirigimos á las Tullerías y al Louvre, atravesamos el inmenso patio
de este inmenso alcázar, torcimos á derecha para tomar el Puente Nuevo;
á poco estábamos en el muelle de Voltaire, y luego en la famosa calle de
la Universidad. Por allí anduvimos á la ventura durante tres cuartos de
hora, atravesando calles y callejuelas, como para ver si notábamos esa
especie de gusto _clásico_ que debe reinar en unos lugares donde manda
la ciencia. Efectivamente, hay aquí algo de la vida revuelta del
estudiante, y del silencio austero del aula. Yo creia percibir cierto
aroma de pensamiento, cierto olor de libro; así se lo dije á mi mujer,
la cual movió pomposamente la cabeza, en señal de una negacion monda y
lironda, lisa y llana.
--Yo no huelo nada, dijo mi compañera; lo único que huelo es que mis
piernas se cansan ya, y que debíamos aproximarnos á las Tullerías para
tomar asiento en los sillones imperiales.
--¡Enhorabuena! contesté yo, pero me parece que deberias mostrarte más
respetuosa con esta antigüedad científica, porque has de saber que te
encuentras en lo que se llama _el barrio latino_, un barrio muy célebre,
aunque no sea sino por los muchos grandes hombres que aquí se han
formado, que de aquí han salido para ilustrar al mundo, y que pisaron
estas mismas piedras que pisamos nosotros en este momento.
--Pues con perdon de esos grandes hombres, contestó mirándome mi mujer,
y de las piedras que esos grandes hombres pisaron, te digo y te repito
que estoy cansada, y que si no nos vamos á las Tullerías, me tendré que
sentar en medio de esta acera.... Al decir esto, se paró como si
quisiera dar más fuerza á su argumento, cuando oimos los agudos
chillidos de un perro, que salia casi ardiendo de un portal de enfrente.
Era un perro de lana; habia entrado sin duda en la cocina, alguna chispa
habia saltado de los hornillos, la lana habia prendido fuego, y el pobre
animal salia á la calle medio ardiendo y chillando de un modo horrible.
El amo le seguia, llevando en la mano derecha un baston ó cosa
semejante. El pobre animal retrocedia, avanzaba, ladraba, se mordia á sí
mismo, chillaba, gruñia, y cuanto más se meneaba, más se encendia la
lana. El amo le llamaba, y queria apagar el fuego, pasando el baston á
raíz de la piel; pero el palo le lastimaba las quemaduras, y el perro
aturdido hacia ademan de morder al amo, con una rabia y un
atolondramiento indefinibles. El amo entonces extendia el palo, como
para rechazar al animal, y el infeliz perro, al notar que su amo le
amenazaba con el baston.... ¡Oh ejemplo que asombra! ¡Oh virtud que
aturde! ¡Oh lealtad que debia dar vergüenza á los hombres! Aquel pobre
perro que se quemaba vivo, que se mordia á sí propio, que tenia la rabia
del frenesí, al notar que su amo le amenazaba con el palo, pegaba el
vientre al suelo y lamia el extremo del baston. Este ejemplo de
abnegacion sublime, de sublime heroicidad, nos enterneció de tal modo
que nos aproximamos resueltamente; otros vecinos acudieron, y entre
todos, en embrion, en tropel, apagamos el fuego con las manos y con los
pañuelos del bolsillo. Yo estaba entre aquella gente, y hablaba á todos
como si fueran individuos de mi familia. Despues que apagamos el fuego,
dije al amo que debia untar las quemaduras con manteca sin sal, y no
bien hube acabado de pronunciar estas palabras, cuando una jóven de
catorce ó diez y seis años echó á escape, y trajo un papel con bastante
porcion de manteca. La juventud es tan ardiente como generosa. El amo
sujetaba al perro, y á despecho de sus alaridos y convulsiones, le
untamos bien todas las quemaduras. Luego, temblando de dolor, entró en
su casa detrás del amo. Una de las mujeres que asistieron al lance, dijo
algunas palabras á mi compañera, que la contestó en buen castellano: _no
la entiendo á usted_. Aquella mujer que _no comprendió_ que mi mujer no
la _comprendia_, se me quedó mirando, como si esperase que yo la
explicara el asunto. _Mi señora ha contestado á usted_, la dije, _que no
entiende el francés_. La mujer se quedó parada, y echaba unos grandes
ojazos á mi compañera, al mismo tiempo que exclamaba con mucho asombro:
_¡Madame ne comprend pas le français! ¡La señora no entiende el
francés!_ Esto queria decir: ¿esa señora no sabe el francés y está en
Francia? ¿Cómo lo va á pasar ignorando la lengua del país? ¿Pero, de
dónde viene esa señora que no sabe el francés? Yo que comprendí
perfectamente toda la intencion de aquella mirada, y que me sentí algo
picado por la _negra honrilla_ de mi compañera, la dije con un marcado
aplomo: _Madame ne comprend pas vôtre langue, ainsi que vous ne
comprenez pas la langue de Madame. (Esta señora no comprende la lengua
de usted, así como usted no comprende la lengua de esta señora.)_ Y
luego añadí: _Madame ne comprend pas la langue de votre pays; mais elle
comprend une autre langue plus necessaire, plus universelle, plus
savante: la langue de la charité. (Esta señora no entiende el lenguaje
de este país; pero entiende otro lenguaje más_ _necesario, más
universal, más sabio: el lenguaje de la caridad.)_
Esta salida convenció á la buena mujer: _oui, monsieur; oui, monsieur_
(sí, señor; sí, señor), decia repetidamente, y se fué haciéndonos una
reverencia. En efecto, la caridad es una religion que hace á todos los
hombres hermanos.
Nos dirigimos al muelle de Voltaire, y á los pocos minutos entrábamos,
cogidos del brazo, por el Puente Nuevo. Aquí presenciamos otra escena,
de un interés muy superior. Los héroes de la nueva aventura son un
campesino, su mujer y un muchacho como de veinte años, poco más ó menos.
El matrimonio se dirigia hácia la parte del Luxemburgo, mientras que el
jóven caminaba hacia las Tullerías; pero tanto el hombre como la mujer,
la mujer particularmente, volvian la cara con frecuencia para mirar al
jóven; el jóven la volvia tambien, y en el movimiento tardío y
embarazoso de los tres, no era cosa difícil adivinar que aquellas buenas
gentes se separaban con dolor. Por fin, la labriega vuelve el semblante,
el muchacho lo vuelve al mismo tiempo, sus ojos se encuentran, entre
ellos pasó lo que Dios sabe; corre la mujer hácia el jóven, el jóven
corre hácia la mujer, se abrazan estrechísimamente y rompen á llorar;
pero á llorar de un modo que era capaz de quebrantar las piedras.
Nosotros, con el corazon desgarrado al oir aquellos sollozos, nos
quedamos estáticos delante de aquel grupo interesantísimo. El labriego
aturdido siguió á su mujer, y á los cuatro ó seis pasos de distancia,
bajó la cabeza y dejó caer ambos brazos. Parecia un difunto que se tenia
de pié. ¡Qué arte tan sábio es el amor! ¿Qué Rachel, qué actriz del
mundo, hubiera corrido como corrió aquella mujer, hubiera dado aquel
abrazo como aquella mujer lo dió, y hubiera arrancado á llorar como
lloraba la infeliz campesina? ¿Ni qué Talma, ni que Latorre, hubiera
bajado la cabeza, y dejado caer los brazos con la ruda y austera poesía
con que lo hizo aquel pobre paleto? ¡Ah! Los padres son los grandes
actores, los eminentes trágicos, cuando llega la hora solemne de verter
lágrimas por sus hijos. Excuso decir á mis lectores que la labriega era
la madre, y el labriego el padre del muchacho. A este tocó la suerte de
soldado, habia ingresado en caja, se quedaba en Paris, y aquel abrazo,
dulce y desgarrador al mismo tiempo, era la despedida. Mi compañera y yo
no tuvimos ánimo de presenciar el desenlace, y seguimos nuestro camino,
penosamente impresionados de aquella aventura.
--Mira, me dijo mi mujer; este muchacho irá ahora á la guerra; quizá un
jefe indiscreto le manda asaltar un castillo, y tal vez muere en aquella
empresa temeraria. Y pasará un dia y otro dia, y acaso la madre le
guarda la silla en que solia sentarse, y no quiere que nadie ocupe el
lugar de la mesa que él ocupaba. Y pasa un mes, y pasa un año; la madre
esperará á su hijo, y el hijo no entrará por la puerta de la casa de sus
padres, ni se sentará en la silla en que antes se sentaba, ni ocupará el
lugar de la mesa que ocupó desde niño. Un hombre extraño le ha mandado
morir, y ha muerto. Un hombre extraño ha robado aquel hijo á su madre; á
esa madre que lo ha concebido, que lo ha criado, que lo amaba con todas
las veras de su corazon, que se estaba mirando en él como en un espejo.
La madre sabrá al cabo que su hijo murió en la guerra, y su alma gemirá
para siempre en un abismo de perdicion y de amargura. ¡No, no! añadió mi
mujer vivamente; los hombres son injustos, haciendo ciertas cosas sin
consultar el voto de las madres. Ninguna guerra se debia emprender, sin
oir antes el consejo de una gran asamblea de mujeres. Es bien seguro que
de ese modo no habria tantas guerras. Yo dije sonriendo á mi mujer:
¿para qué más guerra que una gran asamblea de mujeres? Luego añadí: tal
vez sucederá á ese muchacho lo que tú acabas de decir; pero ¿quién sabe
si va á Sebastopol contra la Rusia, y es el primer soldado que clava la
bandera en la torre de Malacoff, salvando á Europa en las alturas de
Crimea?
--¿Es decir, arguyó mi mujer, que tú estás porque haya guerras en el
mundo?
--No, hija mia, respondí yo; yo no estoy porque haya en el mundo guerras
injustas, egoistas, tiránicas; pero estoy por las guerras que se hacen
en nombre de la civilizacion, del derecho y de la moral. Y ¿la sangre
que se derrama y humedece la tierra? dirás tú. Y ¿el rayo que cae de
las nubes y nos devora? digo yo. Ese rayo que nos devora, es
indispensable para purgar el aire de los malos miasmas que lo infestan;
sin ese rayo destructor, el ambiente nos mataria. Pues bien, la sangre
que se vierte en una guerra justa, es indispensable del mismo modo, para
que los hombres comprendan lo que están obligados á hacer, para que se
guarde la justicia. Aquella sangre es como el agua de salud con que se
riega el árbol de la libertad de los pueblos; es el Jordan de ese
bautismo; bautismo costoso, pero santo, como es santa la lágrima que
aquella buena madre vierte al despedirse de su hijo, por más que aquella
lágrima la queme los ojos y la desgarre el corazon. Cuando llega la hora
en que el hombre debe sufrir, no hay otro recurso que disponer el alma
para el sufrimiento, y cuanto más sufrimos, cuantos más dolores
experimentamos, más sagrado es nuestro dolor. Sí, amiga mía, la sangre
que se vierte en ciertas batallas, es como el rayo que viene á purgar el
ambiente de otro horizonte, el aire de otra atmósfera: es un dolor que
debemos sufrir, cuando llega la hora de los dolores; es una lágrima que
otra madre derrama por sus hijos. La madre que lloraba en el puente
Nuevo, se llama mujer. La madre que llora en los campos de ciertas
batallas, se llama moral, se llama historia, se llama destino, se llama
Providencia. Y á esto sin duda se refiere San Pablo cuando dice: _la
letra con sangre entra_; y cuenta, hija mia, que San Pablo es al mismo
tiempo un grande hombre, un gran santo, un gran apóstol, y la
inteligencia más práctica y organizadora que ha conocido el mundo.
Conversando así como buenos amigos, llegamos á la esquina de la calle
del Acaso (Rue du hasard), y vemos un letrero que dice: _restaurant de
Santa Teresa_. Teresa se llamaba mi madre, y la veneracion y el respeto
que debo á ese nombre, me decidieron repentinamente. Tiré del brazo á mi
compañera, que comprendió luego mi intencion y aprobó mi idea con
alegría, porque siente hácia mi buena madre el mismo respeto que yo.
Comimos una sopa, dos platos de carne, uno de pescado, otro de verdura y
unas fresas. El criado que debia servir nuestra mesa no estaba allí, y
nos sirvió una hija de la casa, con amable y graciosa galantería. Es una
jóven blanca, muy blanca, rubia, esbelta, flexible, de mirada apacible é
ingénua. Seguramente no es francesa del Norte, debe ser de Tolon: es
decir, de un punto que raye con Italia. Es un tipo perfectamente
italiano. Tiene la candidez de la juventud, la gracia de una juventud
bella, y la seduccion de una actriz. Pegada al mostrador hay una silla,
y sentado en la silla hay un hombre, tipo perfectamente parisiense. Con
perdon del francés y de mi compañera, digo y declaro que ella me gusta
más que él. El buen parisiense no la quita ojo, y la buena francesa del
Mediodía le manda tambien de cuando en cuando alguna miradilla furtiva,
picaresca, como robada. Esto quiere decir que esos dos tipos diferentes,
representan un tipo comun, íntimo, idéntico; un tipo que conviene á
todas las fisonomías, á todas las naciones, á todos los siglos, á todas
las razas: el tipo de amantes. ¡Dios los haga buenos casados! Luego que
concluimos de comer, llamamos á nuestra linda servidora, pagamos, nos
levantamos y nos despedimos, empeñando palabra formal de que iriamos á
comer con mucha frecuencia. En esto sale una señora de grande cara, de
tez muy morena y vellosa, de pecho enorme, de vientre más enorme aún,
pequeña, aplastada, casi roma, de tal manera, que más que mujer parecia
una bola, una urca, una abutarda. Se adelantó hácia nosotros, y el
vientre caminaba dos ó tres palmos delante de ella. Yo me acordé del
célebre soneto de Quevedo que principia:
Erase un hombre á una nariz pegado,
porque, en efecto, la situacion era muy semejante; aquí se trata de
Una mujer pegada á una barriga.
El parisiense se levantó, la mujer rechoncha y la niña nos despidieron
hasta la puerta, coreando un saludo de doscientas ó trescientas
gracias, unas detrás de otras. Las gracias son el género más barato de
Paris. Vale menos que el aire, que el agua y que la luz. ¡Qué baratura
de género!
--Pero, señor, me decia mi mujer al salir: ¿puedes tú comprender que esa
muchacha tan flexible y graciosa, pueda ser hija de ese fenómeno?
¡Milagros del amor!
Llegamos á casa cerca de oscurecer, y hemos pasado una buena parte de la
velada recordando tres cosas: la señora del restaurant, el abrazo del
puente Nuevo, y el perro que ardia; aquel animal que se quemaba y lamia
el baston de su amo. No lamia la mano del dueño; no lamia sus piés; sino
un palo que le lastimaba y que le heria; pero que era el palo con que le
castigaba el que le daba de comer. Víctor Hugo ha dicho:
La virtud que en el mundo está en destierro,
Hombre no pudo hacerse ... y se hizo perro.
=Dia duodécimo=.
Bustos de azúcar y de chocolate.--Hombres que no debian
comer.--Apuros.--Primer restaurant del pasaje de los Panoramas.--Segundo
restaurant.--Vajilla de Luis Felipe.--Francia.--Inglaterra.--Pequeño
restaurant de Lóndres.
Empiezo este dia por dos curiosidades que hemos visto ayer, y que nos
causaron suma extrañeza. En los escaparates de una confitería en la
calle de San Honorato descubrimos un Pio IX de azúcar, y en la esquina
del gran hotel del Louvre, hácia la plaza del Palacio Real, un Napoleon
de chocolate, montado á caballo.
Digo la verdad, sin embargo de no ser pontífice ni emperador, no me
sabria bien que una escultura tan original confiase el secreto de mi
fama al chocolate y al azúcar. No faltará lector que crea que me doy á
inventar ciertas especies, con el objeto de zaherir la sociedad
francesa, halagando así nuestro espíritu nacional. Á esa duda, que yo me
imagino, contesto que si alguno, francés ó español, me prueba que
adultero el menor detalle, la minuciosidad que menos signifique,
consiento desde luego que se me tenga por una persona deshonrada.
Afirmo, bajo mi palabra de honor, que hemos visto aquellos bustos
originales en los lugares indicados; el de azúcar, en una de las
confiterías de la calle de San Honorato, y el de chocolate, en la
esquina del gran hotel del Louvre.
Pero estaban admirablemente ejecutados, se dirá. Sí, por cierto,
contesto yo; admirablemente ejecutados; pero lo hábil de la ejecucion no
quita al hecho su natural é inevitable extravagancia, porque es una cosa
extravagante que el chocolate y el azúcar, objetos puramente privados,
artículos puramente domésticos, se vean convertidos en sustancia
artística. Es extravagante, es y no puede menos de ser ridículo, que la
escultura, el arte divino de Miguel Angel, se nos muestre en un
escaparate de confites. Pero, lo tendré que decir mil veces: cuando
llega la hora de ganar dinero á trueque de un efecto cómico, los
franceses no respetan á emperadores, ni á pontífices, ni á Miguel Angel,
ni á nadie del mundo. Creo que si la idea de la eternidad pudiera
prestarse á un relumbron, el hombre francés la expondria sin escrúpulo
en un escaparate. Estaria bien sitiada, con algun adorno gracioso,
herida por algun reflejo brillante, rodeada de algun golpe mágico, eso
sí, pero la idea sagrada de la eternidad estaria expuesta al público
curioso en los escaparates de un mercader. Tal vez este retrato es algo
atrevido; pero bien sabe Dios que es UN RETRATO AL NATURAL.
Vuelvo á la reseña de este dia.
La Providencia hubiera hecho al mundo un bien muy grande, no habiendo
dado necesidades materiales á los hombres que se consagran á la vida
intelectual, especialmente tratándose de aquellos que son peregrinos en
el presente; peregrinos que, con el báculo de la verdad en la mano y una
esperanza valerosa en el corazon, cogen hoy espinas que mañana se
convierten en flores, y sirven de corona á las generaciones venideras.
Estos hombres, estos mártires de la historia, estos santos de la
conciencia, estos sacrificios sagrados de donde saca el mundo su fuerza
mejor, debian tener bastante con su culto, como el alambique que
contiene un fluido eléctrico, tiene bastante con aquel fluido. Estos
hombres debian estar dotados de una existencia elemental como la tierra,
como el agua, como el aire: debian ser luces á quienes bastara su
natural calórico: debian vivir y conservarse por su propia virtud, de la
misma manera que la esperanza vive y se conserva por virtud intrínseca y
divina del deseo: debian vivir y conservarse en su espíritu, en su
esencia, en esa misteriosa infusion de la mente hacedora, como el
perfume de una flor vive y se conserva en los poros sutiles de sus
tallos.
A más de un escritor debia bastar su oficio, como basta su claustro al
monje. ¿Qué son algunos escritores, sino monjes de otro convento,
frailes de otra religion? ¡Ay! no está en esto lo penoso de la órden,
sino en que son monjes sin claustro.
En efecto, difícilmente se concebirá una situacion más terrible que la
del hombre que dedica su vida entera al esclarecimiento y propagacion de
una verdad; de una verdad extraña todavía á la civilizacion particular
del siglo ó del pueblo en que vive. Todo lo ha puesto en manos de su
idea: vigilias, patrimonio, salud, amor, destino.... ¿Para qué? Para oir
en una hora, en un momento, la voz de una mujer, de una hermana, de una
madre: _mira que no tenemos que comer; mira que no podemos pagar al
casero; mira que es necesario abandonar esos papeles indigestos, y
buscar recursos_, tal vez pedir, quizá sufrir la afrenta de quien vale
menos, porque sirve menos, porque está mucho más distante de los altos
fines que la vida humana tiene que cumplir en el mundo.
¿Qué se hace? Dejar los papeles (el vulgo de las mujeres los llama
_papeluchos_) y buscar dinero; pedirlo; sentir en el rostro el calor
tremendo de la vergüenza.
¡Qué poco meditan sobre esto los legisladores que condenan al escritor,
como se condena al malhechor ó al vago!
¡Ay! La tierra que pisa ese hombre, el palmo de tierra donde pone su
planta, esa piedad que debe á la creacion, está mojada de su sudor y de
su sangre. ¿Quereis que á eso se junte la argolla del presidio? ¿Tambien
ha de comer la vitualla en el patio inmundo de una cárcel? El que está á
su lado es un ratero, un traidor, tal vez un asesino; él es el misionero
del alma, el apóstol de la verdad, el astro de la vida, el cáliz de la
revelacion; un cáliz donde se custodia una chispa del pensamiento
providencial que mide y gobierna el universo: el que está á su lado es
un maldiciente, un perjuro, un espía; él es el sacerdocio del porvenir;
un siglo grande que no cabe en su siglo; un pueblo muy grande que no
cabe en su pueblo; la ley de los hombres que no cabe en la ley de un
hombre; él es la victoria que se inmola para hacer bien al hijo de su
propio sacrificador.
¡Ay! Pónganse los legisladores la mano sobre su conciencia; mediten un
instante dentro del secreto de su corazon; miren por un momento esa cuna
donde ahora dormitan sus hijos; esos hijos á quienes aman, esos hijos
que serán hombres á su vez; esos hijos que en su dia serán padres; esos
hijos á cuya descendencia no ha dado nadie un monton de cenizas para que
sobre él deje caer la frente helada; esos hijos que son una cifra
infinita en el cálculo de la Providencia: lean los legisladores en ese
arcano por un momento, un momento más; no les pido más tiempo que el
necesario para ver un cometa que aparece repentinamente en los aires:
vuelvan los ojos á esas criaturas que ahora dormitan, esas criaturas que
mañana se educarán, que mañana aprenderán moral y ciencia, que
aprenderán de este modo á ser hombres en el libro del presidiario; esas
criaturas que tarde ó temprano han de recibir el bautismo bajo la concha
del escritor que come y vive con el asesino y con el espía.
¡Ay! Todo lo ha puesto en manos de una idea: vigilias, patrimonio,
salud, amor, destino: tambien la libertad; es un preso: tambien la
honra; es un infame.
¡Ay! Si un hijo del legislador, uno de esos hijos que ahora duermen bajo
la leve gasa que cubre su semblante; si ese niño llega á ser un hombre
de sabiduría, de lealtad, de abnegacion; si llegase á ser el propagador
de una verdad mayor que su siglo, el conductor de un fluido para el que
la vida de hoy no tiene tubo ni alambique; si debiese al destino el don
soberano de tener genio; es decir, el don de una virtud suprema, porque
no hay genio sin virtud, no hay genio deshonrado, no hay genio infame,
porque no existe _el talento de picar, porque la víbora no tiene
talento_: si en el testamento de la predestinacion universal, recibiera
ese niño aquella manda gloriosa y divina ¿qué diria el legislador, qué
diria el padre, cuando supiera que su hijo comia la vitualla del
presidio con el espía, con el asesino, con el traidor, con el ratero?
¡Ay! Pongan una mano sobre los latidos de su corazon, y que respondan
una vez: ¿es eso justo?
Todo lo dan: ¿han de dar hasta la honra, como la madre que falta de
alimento, da al hijo sus lágrimas?
¿Pero por qué hay hombres que propagan ideas mayores que su siglo ó su
pueblo?
¡Escrúpulo curioso en verdad! ¿Por qué hay rayos que purgan la
atmósfera? ¿Por qué hay volcanes que purgan la tierra? ¿Por qué hay
torrentes que se precipitan y corren cubiertos de espuma? ¿Por qué hay
tubos que conducen el fluido eléctrico? ¿Por qué hay chispa eléctrica?
¿Qué me decis á mí de todo eso? ¡Preguntádselo á Dios!
No es nuestra ciencia; es una ciencia mucho más alta. Propiamente
hablando, es la ciencia.
He dicho algo á mi compañera sobre lo bueno que seria á ciertos hombres
el poderse mantener con la virtud espiritual del pensamiento; el vivir
de una manera infusa, _por revelacion_, pero mi compañera me responde
que en vano doy que hacer á mi fantasía, porque no hay más medio que
resignarse á la _calamidad de comer_. Ella dice que el mismo fuego
necesita sustancia que lo nutra, que el mismo aire parece ser el
alimento de la atmósfera, como la atmósfera parece ser el alimento del
espacio. Dice que la chispa escondida dentro del pedernal necesita un
golpe para salir; pero yo no puedo consolarme. El pedernal no anda
rodando por las aceras de Paris, á caza de un guisado que no tenga
harina, y de un trozo de carne que no esté dura y ensangrentada, y de
una botella de vino que no esté agrio, amargo, salado, picante, y no sé
cuantas cosas más.
He dicho todo esto, porque la cuestion de comer se hace cada dia más
apremiante y amenazadora. Los fiambres no bastan á un estómago débil
como el mio, especialmente cuando está acostumbrado á otro método; el
método de una mujer inteligente, cuidadosa y que debe quererme algo,
segun las muestras.
En fin, la imaginacion de la comida (uso la palabra imaginacion para
quitar á la palabra hambre lo que tiene de bajo y grotesco) nos reasume,
nos absorbe, nos tiraniza.
Salimos á la calle con el fin de probar fortuna. Entramos en una galería
del pasaje de los Panoramas, y vemos un aviso en que se ofrece dar de
almorzar bien (_confortablemente_) por dos francos.
No anduvimos más. Nos sentamos en una mesa del rincon, y á los pocos
minutos teniamos dos platos delante y una botella de vino Macon. Un
plato es de carne y otro de pescado. La carne está dura, muy dura; el
pescado tiene salsa blanca, muy blanca; el vino es amargo, muy amargo.
Hice á mi mujer una seña, ella resistia por miramiento á los cuatro
francos; pero otra señal la decidió, y salimos como habiamos entrado;
digo mal salimos con 82 sueldos menos, pues á los 80 de estatuto tuve
que añadir dos de propina; aunque la propina es un estatuto tambien..
En otra galería del mismo pasaje, nos dimos de cara con otro rótulo que
promete tres platos fuertes, vino de Burdeos y sorbete al fin, todo por
tres francos.
Subimos al piso principal; al entrar nos dieron una contraseña, y á poco
se presenta un garçon con frac negro y corbata blanca. Bajo el influjo
de la primera impresion creí hallarme en el memorable restaurant
Champeaux, plaza de la Bolsa, é hice involuntariamente ademán de irme,
pero la memoria de los tres francos me detuvo. Nos sirven una buena
sopa, un plato de gallina, dos entremeses, una botella de Burdeos
inferior; y al llegar á los postres, el elegante garçon entra con una
batea llena de primores: porciones de manteca, ruedas delgadas de
salchichon, peras, ciruelas, rábanos muy pequeños, dulces y otras
curiosidades. Nosotros nos imaginamos ver abiertas las puertas del
paraíso terrenal. Mi mujer empezó á proveerse, tomando sin duda revancha
de los contratiempos sufridos, cuando el garçon la dice en un tono muy
bajo y muy meloso:
--Perdone usted señora: no se pueden tomar más que dos porciones á
eleccion. (_Pardon, madame: on ne peut prendre que deux portions au
choux_.)
--Ya me parecia, me dijo mi mujer, que esto era demasiada suerte para
nosotros.
--Si usted quiere tomar más porciones, añadió el garçon, será aparte....
--¡Gracias! ¡gracias! contestó mi mujer precipitadamente, como si
temiera ver un papel de aguas inglesas con 27 francos en medio.
Mi compañera tomó manteca y una fruta del tiempo; yo tomé tres porciones
de fruta, dos que tocaban á mi cubierto, y una que me tocaba á mí por no
tomar sorbete.
Mi mujer tomó el suyo, pagamos y nos salimos á la calle, y cualquiera
hubiera conocido en nuestras caras que estábamos de mejor humor. Pero
aquello era caro para la comida normal, y proseguimos nuestras
excursiones.
Despues de mucho discurrir al azar, _oliendo donde se guisa_,
atravesamos una de las galerías del Palacio Real, y en un bazar de
porcelana hemos visto un juego de platos, que perteneció á Luis Felipe.
Acerca de la autenticidad no hay duda alguna, puesto que los platos son
de lo mejor que se hace en la famosa fábrica de _Sevres_, y tiene en el
fondo la corona y nombre de _Luis Felipe_. Esto nos induce á dar crédito
á la señora del almacen de los Panoramas, sobre el baston de Richelieu,
puesto que lógico parece que descuide el baston del cardenal, quien
descuida la vajilla de un rey. Se conoce que la nobleza francesa tiene
poco gusto tradicional; lo cual quiere decir poco gusto de si misma,
poca conciencia de su ejecutoria, poca sensatez. ¿Cómo seria posible que
un lord consintiese que decorara el escaparate de un mercader, una
vajilla que hubiese servido en la mesa de uno de sus monarcas?
La Francia, siendo inmensamente más grande que la Gran Bretaña por la
ley de la naturaleza, no debe entrar en lucha con el pueblo inglés:
tiene una desventaja capitalísima; es menos lógica, como ya he dicho, y
la lógica es un poder inmenso; sino inmenso, es un formidable poder: La
Francia lo tiene; pero la Inglaterra lo tiene mayor. Francia tiene uno;
el del país, el poder social. En el Reino Unido hay un millon de lores y
de hombres de gobierno ó de empresa: hé aquí un millon de poderes; el
privilegio portentoso de una casta política, la cual, pordioseando por
todo el mundo conocido, hace que todo el mundo conocido la pida limosna.
La Inglaterra es la especialidad más rara que se ha verificado en la
historia, el fenómeno más curioso de estos tiempos fenomenales. Caerá
sin duda, caerá mañana, porque hoy representa lo que representaba el
mundo que cayó, el mundo que no pudo menos de caer, que caerá siempre y
en todas partes que tenga creaciones análogas; que tenga ídolos sociales
que adorar. La casta antigua le llamó mago, por ejemplo; el mago inglés
se llama cañon, pólvora, buque, lord, renta, capital; pero de cualquier
modo es la antigua casta, el mago persa ó el brahman indio.
_Esto caerá, como cayó aquello_, reproduciendo las sublimes palabras de
Víctor Hugo.
La Inglaterra caerá; pero no caerá sino como cae una masa enorme: caerá
como cayó el templo de Belo, como cayó el coloso de Rodas, como cayó el
Partenon de Grecia, ó el Capitolio de Italia, como caerán las Pirámides
de Egipto; como caen los milagros del hombre.
Comimos en el pequeño restaurant de Lóndres, cerca de la fuente de
Molière. Á más de lo que ofrecen por franco y medio, pedí un pichon, el
cual me ha costado 9 reales. Advierta el lector que hay pichones por 14
sueldos. Me han llevado 31 por aderezarlo, algo más del 200 por 100.
Vaya esta especie AL PARIS MORAL. Mi mujer dice que no volverá más, lo
cual quiere decir que no volverémos los dos.
De vuelta hácia casa, hemos presenciado cierto alboroto, acaecido en una
taberna de la calle de Richelieu. Dos suizos empezaron á discutir sobre
religion. El uno era del canton del Tesino, y defendia el culto
católico. El otro era de uno de los cantones protestantes, y defendia el
culto reformado. La disputa acabó por tirarse las copas á la cara, y no
debieron andar por el aire las copas solamente, sino alguna botella,
porque uno de los contrincantes tenia una herida bastante profunda,
hácia la quijada derecha.
Recomiendo al jóven que haya de salir de su casa, especialmente de su
país, que no olvide el consejo que voy á darle: guárdese muy bien de
hablar nunca de su religion y de su patria. Son los dos asuntos que
ofrecen un peligro más general y más inevitable. No hay hombre que no
esté persuadido de que su Dios y su país son los mejores de la tierra.
Disputad con él sobre todo; pero no le toqueis su país y su Dios. ¡De
cuántos lances he sido testigo, y cuántas cabezas se han roto, y cuántos
hombres han ido al Campo Santo por una imprudencia de este género!
Llegamos á casa y dije á mi mujer:
--Mañana es lunes; mañana principia la semana que aplazaste para la
visita del monumento que tanto anhelo visitar. ¿Cuándo lo visitamos? Mi
compañera me miró sonriéndose, y con la magnanimidad orgullosa del que
otorga una gracia ó concede un perdon, responde á secas:
--Mañana.
--¡Dios te lo pague! contesté yo muy satisfecho.
=Dia décimo tercero=.
Almuerzo.--Coche.--Nuestra Señora de Paris.--Hija deshonrada.--Comida de
campo.
Salimos del hotel á las diez y media. Despues de veinte minutos de
marcha forzada, nos vemos en la calle de la Grand'Batelière. Hácia el
comedio de la calle, encontramos un restaurant de _mediano coturno_, y
allí hemos almorzado, no muy bien, por seis francos y algunos sueldos de
propina. Volvimos á caminar á la aventura, y ya cansados, cerca del
pasaje de Jouffroi, tomamos un bienhechor _fiacre_.
--_¿Où allons-nous? ¿Á dónde vamos?_ Gritó el cochero desde el pescante.
--_A Notre Dame, á Nuestra Señora_, contesté desde dentro, é
inmediatamente el carruaje comenzó su marcha.
Hace media hora larga que atravesamos un verdadero laberinto de calles,
unas espaciosas y claras, otras húmedas, estrechas y sombrías. Apenas
habrá un espectáculo más original, más extraño y curioso, que estudiar
una poblacion como Paris desde la portezuela de un carruaje. Cada calle
nueva, cada nueva plaza, cada barrio distinto, cada diferente localidad,
se nos presenta como si fuese un lienzo que se va desdoblando de un
interminable panorama. Uno espera á cada momento que se concluya; espera
salir á cielo raso; espera ver campos, árboles, montañas, llanuras;
espera verse libre de aquella red que lo va circuyendo por todas partes,
y vienen calles y más calles, callejuelas y más callejuelas, plazas y
más plazas, y llega un instante en que nos sentimos fatigado el pecho, y
cansada la respiracion. No tuve la curiosidad de ver cuánto tardamos en
la travesía; pero á mí me pareció sumamente larga. Excuso decir que á mi
mujer la pareció infinitamente más larga que á mí, porque no se fija en
las cosas con la intencion de estudiar y aprender, sino con el ahinco,
franca y netamente español, de hacer burla de los franceses, y el
aliciente de la murmuracion dura poco. La murmuracion es como la salsa
de la visita; mi mujer no halla en mí una compañera con quien murmurar,
y así es que se aburre.
[Ilustración: Frontis de Nuestra Señora.]
[Ilustración: Plaza de la Bastilla.--Columna de Julio.]
Despues de torcer millares de esquinas, y cuando ya casi teniamos
turbada la vista de tanto mirar á izquierda y derecha, asomamos á una
explanada que nos pareció alegre y deliciosa; luego atravesamos un
puente; dirigimos precipitadamente una mirada á lo largo del rio,
iluminado por los rayos de un sol de Junio, llegamos á la márgen
opuesta, caminamos unos momentos.... ¡NOTRE DAME! ¡NUESTRA SEÑORA! Gritó
el cochero con voz reposada y severa, como si su acento participase de
lo venerable del lugar que nos anunciaba. Al oir el anuncio del cochero,
experimentamos cierto sentimiento religioso, y otra sensacion que
difícilmente podria explicarse. Es una sensacion parecida al miedo.
Cuando nos hallamos al pié de un monumento célebre, de uno de esos
monumentos que muchas veces hemos creido ver, que nos ha hecho sentir,
que nosotros queremos como si fuera un individuo de nuestra familia, un
individuo más grande que los otros, porque nuestra imaginacion lo ha
divinizado á su manera: cuando sabemos que nos vamos á dar de cara con
ese personaje misterioso, con ese ídolo de nuestra fantasía, con esa
vaga creacion de nuestros recuerdos, parece que nos preocupa la misma
idea que embarga nuestro ánimo, en el momento de recibir á un sábio, á
un santo, á un apóstol, á un héroe, á un poeta; es decir, á un prodigio.
Nuestra admiracion es una mágia que adoran muchos magos, ó bien es un
mago que adora muchas mágias, y Nuestra Señora de Paris era para
nosotros una especie de hechicería; hechicería sagrada, venerable,
augusta, pero hechicería.
--¡Anda! dije á mi mujer, con el mismo tono con que la hubiera dicho:
_el mago nos espera_.
Saltamos del carruaje, y nuestra ávida y respetuosa mirada se fijó en el
frontis de la gran basílica. Aquella fachada es pintoresca, festiva,
graciosa, sin dejar de ser grave, religiosa y solemne. Hay allí ese
espíritu aventurero, esa galantería varia y confusa, esa poesía
melancólica, apasionada, infantil, inocente, pero arrebatadora, de los
edificios de la edad media, ora sea un templo, ora un palacio, ora un
castillo, ora una cárcel. Aquella poesía indefinible no es un carácter
de este ó del otro estilo arquitectónico; no es una revelacion del arte;
sino una revelacion de aquella edad, el arte especial de aquellos
siglos; una emocion de aquellos hombres y de aquellos tiempos, una
verdadera emocion histórica.
Las treinta y cuatro columnas, altas, delgadas y sencillas, que
sostienen la plataforma de esta gran fábrica, dan al edificio una gracia
ateniense, fantástica, aérea; parece que nadan por la atmósfera.
Aquellas columnas tienen la arrogancia atrevida y la idealidad
misteriosa del obelisco.
Yo permanecí algun tiempo, sin moverme, sin poderme mover, como si
sintiese agobiada mi alma bajo el peso de tantos recuerdos y
tradiciones. En efecto, esa catedral que ahora contemplo, esa masa
enorme, quieta, silenciosa, insensible; pero tan elocuente y tan
entusiasta en medio de su silencio y de su quietísmo; ese monton de
piedras que estoy viendo, es como el testimonio de otra raza, de otro
pensamiento, de otro dogma, de otro mundo.
Este lugar, decia yo para mí, formaba parte de la antigua _Citè_. Este
magnífico y caprichoso templo sucedió á una iglesia cristiana, levantada
en el siglo IV al primero de los mártires, á San Estéban. Á este San
Estéban, á esta humilde y primitiva basílica del cristianismo, único
monumento religioso de la _Citè_, unió otra iglesia el rey Childeberto,
hijo de Clovis, á instancias del obispo San German, bajo la advocacion
de _Nuestra Señora_, de donde trae su orígen el nombre actual de esta
suntuosa metropolitana de Paris.
Y la iglesia de San Estéban, así como la basílica del hijo de Clovis,
habia sucedido á un templo pagano, levantado á Júpiter durante el
reinado de Tiberio. Mucho despues, á mediados del siglo XII, un hombre
ilustre, un oscuro hijo del pueblo que ganó la mitra á fuerza de
talento, de virtudes y de piedad, Mauricio de Sully, concibió el
pensamiento de construir la iglesia que ahora admiro. Un solo hombre
principió esta obra gigantesca; siete siglos la terminaron.
Aquí han trabajado sucesivamente el Papa Alejandro III, que puso la
primera piedra en 1163, Felipe Augusto, el Cardenal de Noailles, Juan de
Montaigu, Felipe el Hermoso, San Luis, Luis XIV, Luis Felipe y Napoleon
III.
Bajo _La Convencion_, Nuestra Señora de Paris se vió convertida en
_templo de la Razon_.