PARIS CURIOSO.

=Dia primero=.

Advertencia del autor.--Llegada á Paris.--Omnibus.--Travesía.---Hotel

Español.--Luisa Noel.--Hotel de los Extranjeros.--Restaurant.--Garçones.

--Mi barbarie.--Fin del dia.

Mi querido lector; despues de meditar despacio sobre el asunto, he

resuelto modificar el plan que me habia propuesto seguir. Antes de

presentarte, monda y lironda la historia de esta prodigiosa ciudad, creo

conveniente que nos acompañes por estas calles, por estas plazas, por

estos paseos, por estos cafés, por estos hoteles, por estos teatros, por

estas tertulias: es decir, por este bullicioso y deslumbrador laberinto.

Creo necesario que experimentes nuestra hambre, nuestra sed, nuestro

frio; que presencies los sendos codazos y empujones que nos dan, y el

suave y risueño _perdon_ con que los almibaran. En fin, creo necesario

que imagines con nuestra fantasía, que pienses con nuestra inteligencia,

que sientas con nuestro corazon, que esperes con nuestra esperanza; si

es posible, que vivas con nuestra propia vida, uniéndote á todas

nuestras impresiones, haciéndote parte en nuestra causa, á fin de que

te familiarices con esta sociedad, de que cobres cariño á este

personaje. Si esto no sucediera, su historia te importaria muy poco, y

yo me veria privado de la ayuda de tu buen deseo. En este mundo no

queremos sino lo que nos cuesta algun trabajo, algun sacrificio, algun

dolor, y por eso te ruego que nos acompañes por todas partes, que todo

lo veas, que todo lo oigas, que todo lo toques, que de todo te enteres,

que participes por completo de nuestros trabajos, de nuestros

sacrificios y de nuestros dolores. Despues de esto, es bien seguro que

tendrás interés en saber la historia de esta ciudad que tanto has

paseado, y que tanto te ha llevado y traido como palillo de barquillero.

Dividiré nuestras excursiones en _dias_, y cada dia llevará á la cabeza

un resúmen de todos los asuntos en él contenidos, para que, de un solo

golpe de vista, puedas vislumbrar el espacio que has de correr. Entremos

en asunto.

Despues de ochenta y cinco horas de encajonamiento en la diligencia,

desde Madrid hasta Bayona, y en los trenes, desde Bayona hasta Paris,

molidos, muy molidos, más que molidos, casi magullados, llegamos á la

estacion del Mediodía á las seis y media de la tarde. Nuestras miradas

se dirigian codiciosamente hácia adelante, buscando á Paris, como el

peregrino que llega á Sion al declinar la tarde, busca con los ojos

desencajados los torreones de Jerusalen. ¡Cómo nos latia el corazon!

¡Paris! ¡Ya vamos á llegar á Paris! En efecto, la cúpula del Panteon y

la veleta de la iglesia de los Inválidos (segun nos dijeron) se

destacaban arrogantes á través de la atmósfera. Esta parte poética de

los viajeros, es sin disputa una de las emociones más bellas de la vida.

Un ómnibus inmenso nos lleva desde la estacion del ferro-carril á no sé

qué calle. En este momento atravesamos uno de los más dilatados y

concurridos bulevares que surcan esta gran capital. Por la izquierda se

descubre un magnífico paseo; por la derecha se descubren

instantáneamente varias arcadas de los puentes que decoran el rio. El

primer coche de alquiler que hallamos, tiene escrito el número 8.976;

el primer ómnibus, de los destinados al tránsito de la ciudad, lleva el

número 2.637. Un rumor contínuo de carruajes y de personas nos va

circuyendo por todas partes, como si en todas partes existiese el mismo

Paris. Si al despertar hubiera percibido aquel estrépito incesante,

habria dicho seguramente que me encontraba en una fábrica, entre el

movimiento de muchas máquinas de vapor. Mis ideas se alargan con mi

vista á través de ese laberinto de chimeneas y de torres, y se pierden

con ellas sobre esa techumbre sin fin. Mi mujer y yo nos mirábamos sin

cesar como dos bobos.

¡Grandiosa creacion, en verdad, si sobre ella no tendiese sus alas

negras un ángel terrible; el egoismo!

Pero sin duda la Providencia quiere valerse de ese egoismo como de una

palanca que remueve á la humanidad, para empujarla luego hácia sus fines

predestinados.

Un sacerdote protestante nos acompañaba. El ómnibus paró, y el sacerdote

desapareció con su equipaje. Nuestro _locomotor_ prosiguió su marcha, y

al cabo de un cuarto de hora de camino á través de las calles de esta

Babilonia europea, el guia nos anunció que allí estaba el hotel indicado

por el caballero español que nos habia recibido en el ferro-carril.

Dejamos el ómnibus, y un mozo comenzó á subir el equipaje. Pasamos el

piso entresuelo y llegamos al principal; un principal bastante alto por

señas: el mozo proseguia subiendo.

--¿Dónde va usted? le grité desde el primer tramo del piso tercero,

porque el entresuelo era todo un piso.

--_Montez, monsieur, s'il vous plaît; c'est ici, c'est ici_. (Tened á

bien subir, señor; es aquí, es aquí.)

Llegamos al piso cuarto: el mozo proseguia subiendo. Yo dije á mi mujer

que venia á mi brazo sin comprender lo que pasaba: ese hombre nos quiere

arrebatar sin duda al Paris que está en la tierra, para llevarnos á otro

Paris que estará en el cielo ..._aunque ignoro si podrá subir tan

arriba.

En el primer tramo del piso cuarto me detuve.

--Mozo, no subo más.

--_Montez, monsieur, montez; nous y sommes._ (Subid, señor, subid; ya

estamos.)

--Mozo, no subo aun cuando estemos, le respondí en francés.

En esto apareció un caballero ... digo mal, no apareció; nosotros

llegamos á divisarlo por entre las barandas doradas del otro piso, es

decir, del piso quinto. Aquel caballero, amo del hotel Español, tuvo la

bondad de bajar adonde nosotros estábamos.

--Pido á usted auxilio, le dije sonriendo, contra las intenciones de su

criado, que sin duda pretende conducirnos á las estrellas.

--Es que no hay habitacion desocupada en los otros pisos.

--Entonces, contesté, no podemos tener el gusto de permanecer en su

casa. Una afeccion nerviosa que padezco, me impide habitar un piso

quinto.

--Perdone usted, es piso cuarto.

--Pues bien, me impide habitar un piso cuarto.

--Un piso cuarto con entresuelo, añadió mi mujer, y nos dimos á bajar la

escalera diciéndole: sírvase usted prevenir al criado que traiga el

equipaje, nosotros le gratificarémos, y rogamos á usted nos disimule

esta molestia.

El amo del hotel bajó al otro rellano.

--Ya que ustedes no pueden quedarse aquí, les recomendaré á una casa

española.

--¿Qué piso? pregunté.

--Principal; calle Vivienne, casa de Luisa Noel.

--Enhorabuena; si es piso principal, estamos conformes y le damos á

usted las gracias.

Dos criados de la fonda condujeron el equipaje desde la calle de

Richelieu á la de Vivienne, que están contiguas, núm. 45.

Llegamos á la primera puerta y yo hice alto, mientras que los mozos

continuaban subiendo la escalera.

--¿Dónde va usted? volví á preguntar.

Los criados me respondieron que aquel piso era el entresuelo, y que

Luisa Noel habitaba en el principal.

Subimos al piso principal.

Luisa Noel no estaba en casa; los criados de la fonda dejaron allí el

equipaje, y mi mujer y yo tomamos posesion de dos sillas en actitud de

esperar á la señora. No habian trascurrido dos minutos, cuando se dejó

ver una criada que nos dijo en buen español:

--Si ustedes quieren ver la habitacion que está vacante, pueden hacerlo;

y en el caso de acomodarles, dispongan de ella, sin perjuicio de que

luego se concierten con el ama.

Esta proposicion nos agradó en extremo, ansiosos como estábamos de

descansar, y la criada nos pareció una mujer de mucho talento.

Dos criados de Luisa Noel se apoderaron del equipaje y empezaron á subir

escaleras.

La criada seguia á los criados. Mi mujer seguia á la criada. Yo seguia á

mi mujer. Subí el primer tramo maquinalmente; pero al llegar allí me

acordé de mis nervios, no podia suponer que en Francia hubiese dos pisos

principales, uno abajo y otro arriba, y creí llegada la ocasion de

preguntar de nuevo:

--¿Dónde va usted, señora?

--Es aquí, es aquí.

--Perdone usted; el caballero que nos recomienda nos dijo que su ama de

usted vivia en un piso principal.

--Sí, señor; pero en el piso principal no hay habitacion desocupada.

Suban ustedes, vean ustedes el cuarto, y luego podrán resolver.

Antes subia maquinalmente; ahora subia por amabilidad; pero un hombre no

debe ser amable: el hombre no debe robar ese secreto á la mujer.

Subimos dos tramos, y hénos aquí en pleno piso segundo con entresuelo;

pero los criados y la criada continuaban subiendo escaleras.

--¿Dónde va usted, mujer de mis pecados?

--Es que en el piso segundo no hay habitacion vacante. Suban ustedes;

esto no es alto para Paris.

--Para Paris no será alto, señora, pero mis nervios no tienen el gusto

de Paris; Paris no me ha dado otros nervios, y con permiso de Paris, he

resuelto volverme al piso principal.

--Suban ustedes otro poco, es aquí; verán ustedes qué vista tiene. Si no

les acomoda, bajarán; pero examinen siquiera la habitacion.

Esto lo decia en alta voz desde el piso tercero con entresuelo, es

decir, desde el piso cuarto. Mi mujer me miraba como consultando mi

resolucion, hasta que la hice seña de que subiese. El diablo me tentó

aquel dia por ser amable, ó tal vez la amabilidad _parisiense_ se me

habia entrado de súbito por los poros del alma.

Subimos tres tramos; tres tramos muy lustrosos, muy limpios, muy

decentes; pero muy largos. En fin, eran tres tramos para un hombre á

quien los tramos matan, que habia subido en menos de una hora veinte y

cuatro tramos, sin contar noventa y tres horas de encajonamiento en la

diligencia y en el tren.

Puedo asegurar que no sé cómo era la habitacion. La cabeza se me caia, y

todo rodaba en torno mio, como si me hallase en alta mar. Pocas veces me

he visto asaltado de un malestar que más me afligiese. Mi mujer lo

conoció inmediatamente, y cogidos del brazo, empezamos á bajar la

escalera, detrás de la criada. Aquello era el descenso de la cruz, pero

siquiera era el descenso.

El equipaje quedó en las alturas.

No habiamos esperado media hora en el piso principal, cuando llegó Luisa

Noel.

Esta señora nos recibió con muy buenas maneras en una magnífica sala; la

conversacion comenzó á preludiarse; pero yo puse fin á los preludios

diciendo:

--Señora, ¿usted no tiene habitacion en el entresuelo ó en el principal?

--No, señor, no la tengo.

--Entonces no podemos estar en su casa, por más que lo sintamos.

--En Paris no es alto un piso tercero.

--Señora, no es cuestion de Paris; es cuestion de una enfermedad de que

adolezco con gran pena mía ... y en resumidas cuentas, tenga usted la

bondad de prevenir á sus criados que me traigan el equipaje á donde

encuentre un piso principal, entresuelo, bajo, aunque sea un sótano ó

una cueva.

Luisa Noel llamó sonriendo á dos criados, y nos envió al hotel del

Tirol, calle de Montmartre, á cincuenta pasos de la calle

Vivienne.--Eran las siete y media de la tarde.

Llegamos al hotel del Tirol; pero este hotel, en medio de las cosas

buenas que pueda tener, y que no le quiero disputar, tiene una escalera

tan estrecha, tan _nimiamente_ estrecha, que me resolví á no subirla.

Las aventuras anteriores me habian hecho cobrar horror á las escaleras,

aún siendo espaciosas y excelentes.

Hénos otra vez á cielo raso sobre las losas del imperial Paris.

Al salir del portal del hotel en cuestion, alcancé á divisar un

reverbero, en cuyo cristal ví este rótulo: _hôtel des étrangers, rue

Teydeau, 3_. (Hotel de los Extranjeros, calle de Teydeau, número 3.)

Hice seña á los mozos del equipaje de que me siguieran, y antes de un

minuto estaba hablando con los _garçones_ del hotel.

--_¿Combien voulez-vous payer?_ (¿Cuánto quiere usted pagar?)

--Quiero pagar lo que sea necesario para que me abran ustedes las

puertas de ese entresuelo (habia un entresuelo desocupado), y háganme

ustedes el favor de darse prisa.

La señora del hotel salió _du bureau_ (de la oficina: aquí todo

establecimiento público tiene su oficina) y dispuso que se nos

franqueara la habitacion. La señora del hotel es gruesa, de alguna edad,

y fea. Á mí me pareció un ángel, ó como dijera un novelista moderno, una

vírgen aérea de Rafael ó de Murillo. Mi buena y sufrida mujer y yo

subimos dos tramos, compuestos de 23 escalas, y nos encontramos en un

entresuelo lindísimo, con dos balcones á la calle y perfectamente

arreglado, como todas las habitaciones francesas.

Los criados de Luisa Noel hicieron entrega del equipaje, recibieron su

tanto, y se marcharon con los mozos de nuestro hotel; cerré la puerta,

me eché sobre el sofá, me quité el sombrero y arrojé un suspiro. Me

parecia mentira que Paris me diera un entresuelo. ¡Bienaventurado Paris!

¡Bienaventuradas escaleras!

Despues que hubimos descansado un instante, nos lavamos, y aún con el

polvo del camino encima, salimos á dar una vuelta, como suele decirse.

Bajamos por la calle Feydeau, torcimos á la derecha, y á pocos pasos nos

hallamos en la plaza de la Bolsa, cuyo suntuoso palacio descubrimos

confusamente entre dos luces.

Ibamos por el ángulo del Norte, y al fulgor de las luces de un café,

denominado de las Arcadas, vi escrito en una esquina _restaurant

Champeaux_. Anduvimos más, y al principio de la fachada de otro

edificio, ayudado por cuatro tubos de gas que la decoraban, volví á leer

_Champeaux_, y más adelante, en letras mayores, _restaurant Champeaux_,

y en el otro extremo, _Champeaux_, y muy abajo, casi rayando con la

acera, _restaurant Champeaux_.

No pude menos de decir á mi mujer:

--Cosa notable debe ser ese buen _restaurant Champeaux_, cuando tan de

manifiesto se pone, sin temor de que se le descubran las faltas. Vamos á

comer, y empujamos la puerta del dicho _Champeaux_.

Véanos el lector en un salon pequeño, pero adornado de espejos

magníficos, de magníficos tubos de gas, y de mesas muy blancas, con un

servicio esmerado y gracioso. Segun la expresion general, parecia una

taza de plata.

No bien nos habiamos sentado en el ángulo de la izquierda, cerca de un

espejo donde nos reflejábamos con platos, cubiertos y mesa, cuando nos

vimos rodeados de tres mozos. Todos tres iban vestidos de negro, frac,

corbata blanca, cabeza perfumada, y una servilleta en la mano. Yo quise

hacer señas á mi mujer de que se levantara, á fin de abandonar el

_restaurant Champeaux_; pero no era tiempo. _Los caballeros garçones_

nos habian sitiado, y no habia más remedio que sostener el sitio.

Pero ¿por qué queria yo abandonar el brillante salon, aquella brillante

coquetería del civilizado Paris? Lo queria abandonar por dos razones.

Primera: porque hay cosas que son como la carne que está podrida; tienen

un olor que las denuncia. Yo veia lo que me iba á suceder en el gracioso

_restaurant Champeaux_. Segunda: porque no queria ser servido por

caballeros de frac negro, corbata blanca y cabellos de dama galante. Y

cuidado, que no soy yo el que niega á un criado, ni á nadie, el derecho

que tiene de emplear su dinero como mejor lo entienda, comprándose frac

verde ó azul, y una corbata negra ó amarilla. Cuando un criado, lo mismo

que un magnate, se empeña en ser ridículo, sobre su opinion pesa su

ridiculez, así como sobre la opinion del payaso cae la confusion

burlesca de los colores que entran en su vestido. Suyo es su dinero,

suya su opinion, suya su responsabilidad; á quien toca la empresa, toca

el peligro, y hasta aquí nada tengo que reparar ni que oponer. Pero el

que se quiera hacer de un criado un estado ceremonial; que se quiera

hacer de la servidumbre una carta aristocrática; que de un _restaurant_

se pretenda hacer un centro de etiqueta, etiqueta que por respetos

tradicionales se sufre hoy difícilmente en una recepcion de embajadores:

en menos palabras, que del acto simple y neto de comer en una casa

pública, se pretenda hacer una especie de besamanos palaciego, es una

cosa que me repugna y me entristece. ¿No tenemos bastante todavía?

¿Queremos añadir el privilegio del frac y la corbata en el servicio de

una fonda?

Yo conozco que la mesa es una hora de recreo para muchas personas:

conozco que quien va á comer pagando su dinero, no debe ver nada que le

repugne; esto es muy justo; pero del aseo á una etiqueta impropia; de la

decencia al coquetismo; de un servicio decoroso á un servicio refinado y

_tonto_; tonto, si no fuera otra cosa peor, hay una distancia que

ninguna razon puede llenar. Yo estaria conforme con estas prácticas,

cuando una conquista civilizadora hubiera rescatado al _mozo_ del

cautiverio en que lo tiene la conciencia de este mismo pueblo; cuando de

la matrícula social se hubiera borrado la palabra degradante _garçon_;

pero la palabra _garçon_ está escrita aquí, tiene aquí su esfera propia,

constante, determinada: la palabra _garçon_ lleva en sí el pensamiento

de una raza ilota, menos ilota que la de Esparta; ilota, hasta donde

puede consentirlo la civilizacion de nuestros dias; pero ilota, sierva.

La opinion de Paris me da el derecho de golpear sobre esta mesa,

gritando: _¡mozo!_ é impone al mozo el imprescindible deber de acudir,

diciendo: _¡señor!_ El frac negro, la corbata blanca y la cabeza

perfumada en el _mozo_, no son el signo de una conquista reparadora en

la vía del derecho, no suponen una humanidad que se enaltece

enalteciendo al hombre; que glorifica al hombre, glorificando el

pensamiento de un principio hacedor y universal; no es la historia,

redimida á precio de sangre y de virtud en el Evangelio; redimida en la

cruz á precio de una verdad sublime, de un dolor sublime tambien, de una

paciencia más sublime todavía; no es la historia cristiana que entrega

al mundo el dia magnífico de la moral, no: no es el santo eso que veis

ahí; es un trozo de mala madera que se viste de santo, para que sobre el

ribete de su peana caiga la ofrenda del necio creyente.

Una ventaja tiene esta hipocresía maliciosa de Paris: el rico deja en

todas partes una porcion de lo que le sobra.

Ya sabe el lector las dos razones que tenia para querer salirme del

restaurant Champeaux. Una razon era de _hacienda_, porque sabia que

aquello era un juego de cubiletes, que se trataba de escamotear, y que

mi humildísimo y trabajadísimo bolsillo iba á ser el escamoteado. Otra

razon más poderosa indudablemente, era de sentimiento. Me repugna, me

repugna, quiera Dios que me repugne siempre, verme servido por

caballeros, á quienes me es lícito injuriar con el apóstrofe de

_garçones_.

La presencia de dos personas que traen aún encima el polvo del camino,

en un gabinete de elegancia y buen tono, no pudo menos de producir en

los asistentes cierta sensacion impregnada á la vez de lástima y de

burla. Afortunadamente mi mujer y yo conocemos bastante bien lo que

valen dos francos: con dos francos se compran unos guantes color de

caña.

Nos avinimos, pues, á purgar el _delito de ser inconvenientes_, y

perdonamos sin pesadumbre aquel inocente conato de la cultura

parisiense.

Sobre esto dijimos algunas palabras mi mujer y yo, y los _caballeros

garçones_ que nos circuian estrechamente, formando en el espejo un grupo

de cinco personas, una mesa y varios cubiertos, fallaron de propia

autoridad que debiamos ser italianos. En este idioma nos preguntaron qué

queriamos comer.

--Perdonen ustedes señores, no me atreví á llamarlos garçones; no somos

italianos: somos gentes que querémos comer, y que agradecerémos á

ustedes infinito que nos traigan pronto la lista de la fonda.

--Usted perdone, respondió uno de ellos; (_pardon, monsieur_) y trajo la

lista.

Pedimos poco.... ¿Cómo pedir mucho, quien pide con miedo? ¿Cómo no tener

miedo, quien se ve bloqueado de luces, fraques, corbatas blancas, y

untos aromáticos, mientras que su bolsillo baja la cabeza, y oye

estremeciéndose como el reo á quien se va á leer la sentencia? Pedimos

poco, pero al fin pedimos....

Vino la cuenta, y ¡eso si! en una cuartilla de papel azul, formando

aguas, sin contar el borde dorado, leí 27 _francos_. Eché mano al

bolsillo para pagar, y entre tanto decia para mis adentros: si yo he

venido aquí con el fin de comer, no más que de comer; ¿qué necesidad

tengo de pagar un papel azul, con canto dorado y aguas inglesas? ¿Qué

necesidad tengo de pagar una lista encuadernada en forma de libro, con

una cubierta magnífica? ¿Por qué he de pagar un frac que no me pongo, y

una corbata que no he tocado, y una pomada que no he olido? Pero el

cubilete estaba delante, el prestidigitador detrás, yo en medio, y mis 27

francos debian ser escamoteados sin recurso.

Despues de pagar, saqué un cigarro como para reponerme del ataque

sufrido; pero uno de los _caballeros garçones_ acudió presuroso

diciendo: _il n'est pas permis de fumer ici_. (No se permite fumar

aquí.)

Salimos del _restaurant Champeaux_ á las nueve y media.

Mi mujer me dijo: lo que nos han puesto no vale diez francos. Hazme el

favor de no volver á entrar en ninguna fonda, ni restaurant, ni almacen,

ni aún taberna que huela á cosa de _Champeaux_.

Yo medité un momento camino de casa, y dije á mi mujer:

--No es Paris el bárbaro: los bárbaros somos nosotros. Los bárbaros son

los extranjeros que no conocen á Paris, y que siendo pobres se van á la

mesa de los ricos: que despreciando la vanidad, van á ocupar la silla de

los vanidosos: que teniendo su espíritu más alto que esa civilizacion

enfermiza y servil, llaman á la puerta de los _civilizados_. Los

bárbaros, somos nosotros, que en vez de buscar hombres que nos den de

comer, pagamos tributo á los _caballeros garçones_ y á los cubiletes de

buen tono. Pero no, no eres bárbara tú que me sigues, como la sombra al

cuerpo: el bárbaro soy yo. Toda barbarie se ha de pagar en este mundo,

porque la ley moral es la más infalible y providente de todas las leyes:

no me digas nada; ya pagué. ¡Dichosa barbarie la que no cuesta más que

27 francos!

Llegamos á casa, mi mujer se acostó, yo escribí las aventuras

anteriores, despues me fuí á la cama, y así terminó el dia primero.

=Dia segundo=.

Mi amargor de boca.--Jeannin, sucesor de Sellier.--Recado de la señora

del hotel.--Paseo á pié.--Extravagancias de una cosa que en Paris se

llama gusto civilizado.--Sueldo francés.--Calcetines.--Sortija.--Chaleco.

--Pipa.--Sombrero de paja.--Programa.--Rótulos.--Cocina francesa.

--Fin del dia.

Me desperté á las siete de la mañana, sentí un grande amargor de boca, y

no pude menos de atribuirlo al _restaurant Champeaux_. En cambio el buen

_Champeaux_ se saborearia regaladamente con la memoria de mis pobres

francos.

Tengo la costumbre de levantarme muy temprano, siguiendo el prudente

consejo de Franklin. Hoy es dia excepcional; me levanto á las ocho

dadas. Despues de lavarme y ponerme á cubierto del frio, porque hace

frio, abro la ventana de mi gabinete y me fijo en un rótulo que distingo

en la esquina de enfrente: _Jeannin, sucesor de Sellier_. Yo creí

naturalmente, á mi me pareció que era naturalmente; creí, repito, que se

trataba de algun personaje famoso en materia de ciencias ó artes, y

tenia cierta curiosidad por adquirir noticias acerca del personaje que

yo me fraguaba. _Jeannin_ es lo que nosotros llamamos un tabernero. Esta

especie no dejó de causarme ciertamente extrañeza, y volví á conocer que

tambien en esta ocasion no era bárbaro Paris, sino el extranjero que

condena rutinariamente lo que no es conforme á su educacion y á sus

hábitos.

En realidad ¿por qué una taberna no ha de ser capaz de crédito, crédito

en que está cifrada la fortuna de una ó más familias? ¿Por qué un

tabernero no ha de llamarse sucesor de otro que alcanzó fama, fama

justificada por su diligencia y probidad? Luego que las cosas pasan á

ser industria pública; luego que de la oficina en que se crean pasan á

la oficina que se venden, ¿qué excelencia puede alegar el que vende

instrumentos de matemáticas sobre el que vende azumbres de vino?

Nosotros llevariamos á bien que se escribiese en una enseña: _Jeannin,

óptico ó químico, sucesor de Sellier_, y mirariamos con cierta intencion

satírica el que se dijese: _Jeannin, tabernero, sucesor de Sellier_.

Creo que el vicio no está en los franceses, sino en nosotros que

confundimos el vender con el crear, la operacion del cambio con la

operacion del talento. Los franceses creen, y creen muy bien, que la

venta es igual á la venta, y que tan vender es vender un Cristo de plata

como un jarron de china.

Siga el buen _Jeannin_ siendo sucesor de Sellier, el cielo le dé muchos

sucesores afortunados, y ojalá que los taberneros de mi país hicieran

consistir su orgullo en ser depositarios de una herencia de probidad y

de decoro.

El lector no llevará á mal que yo me pare en estas menudencias, ya

porque estas menudencias, son faces características en donde se refleja

la vida de un pueblo, ya tambien porque tengo necesidad de apreciar

estas cosas, con el fin de educar mis sentimientos propios. No lo hago

por enseñar á quienes saben más que yo; sino por enseñarme y corregirme

á mí mismo.

La señora del hotel me envia á un criado con el objeto de decirme que el

gabinete me cuesta siete francos todos los dias. Esto me hace ver que

hay muchos _Champeaux_ en Paris. Es una cosa que raya en prodigio el

talento con que está dispuesta esta sociedad, para que el extranjero se

vuelva á su casa sin un cuarto.

A pesar de la prevencion con que vivo, estoy seguro de que el famoso

_restaurant Champeaux_ no es otra cosa que el primer hilo de toda una

red.

Teniendo en cuenta lo que he de gastar en carruaje, gratificacion en la

visita de sitios públicos y reservados, casa, comida, teatros, _cafés

cantantes_, amen de las frecuentes _eventualidades y galanterías_ de

Paris, comienzo á sospechar que durante los tres primeros meses, me

bastarán apenas ocho napoleones diarios. ¡Ay de mí!

Mi mujer y yo nos vestimos, y por la vez primera nos vemos en las calles

de Paris en medio del dia, _en plein jour_, como aquí se dice.

No es posible atravesar algunos de los puntos céntricos, sin encontrarse

con muchos repartidores de papeles.

El uno anuncia una liquidacion definitiva, por valor de 300 ó 400 ú 800

mil francos; otro participa una rebaja de un 40 por 100, á consecuencia

de disolucion de sociedad, de retiracion del comercio ó de muerte: otro

va á cerrar sus salones de Invierno: otro va á franquear sus salones de

Estío. Aquí hay un gabinete _perfectamente confortable_, donde se ponen

dientes; allí se restauran las encías; allá nos ofrecen quijadas, ó

narices, ó piernas, ú ojos artificiales, todo con una baratura, una

comodidad y un buen gusto que encanta. No he visto aún ningun papel

donde se prometa estañar la vejiga, como si fuera un pedazo de hoja de

lata; pero no desespero de saber dónde se ponen trozos de pulmon. Aquí

se pone todo, todo absolutamente, menos corazon y cabeza.

Un tabernero se revela al público de este modo: _me apresuro á

participaros que he tenido la feliz idea (l'heureuse pensée) de formar

un establecimiento vinícola (vinicole), único en Francia, donde sereis

servidos como en ninguna parte, no sólo por la circunstancia de ser el

empresario cosechero en grande (en gros), sino tambien por reunir

treinta ó cuarenta años de experiencia y estudio. Escribid por el

correo._ El amo de un restaurant asegura que por 70 céntimos (22

cuartos), da un almuerzo de los más _convenientes_, y que el servicio se

hace en vajilla de plata. Que el servicio sea en vajilla de plata, ó en

vajilla de zinc, poco importa: él estaba en el caso de anunciarse

pomposamente, y dice que es de plata.

En el boulevard Montmartre hay un letrero enorme; en que se brindan

dientes por 5 _francos cada uno, prévia una garantía de diez años_.

¡Dónde estará el diente al cabo de diez años, y aquel á quién se puso, y

el mismo que lo puso!

_La antigua casa de Michaud_ (aquí todo el mundo se denomina _casa,

antigua casa, casa única_), se presenta como la sola casa de Paris, que

pone á nuestro arbitrio y disposicion _una dentadura completa (un

dentier complet)_ por la suma de 150 francos, reuniendo las mejores

condiciones de actividad y duracion (_de travail et de durée_).

En una de las travesías del boulevard de Beaumarchais, se ve un gran

rótulo, donde se promete un menjuge para hacer _salir el pelo á todo el

mundo_, con el bien entendido de que no se recibe paga alguna, hasta

despues de haber obtenido el resultado. El objeto es que acuda gente; lo

demás queda reservado á otro menjuge que sólo ellos conocen. _La charla_

en los mercaderes es aquí un verdadero y misterioso menjuge, una

operacion química, velada por el arte de un hechicero. Orfila era un

niño de teta, como suele decirse.

En Paris no se escapa ningun bicho viviente; ni el oidium, ni las

pulgas, ni las liendres, ni las chinches. Levante los ojos el que pasea

por estas espaciosas y magníficas calles, lea ciertos cuadros que están

expuestos en los almacenes y tiendas de comestibles, y se convencerá de

que sólo la _negligencia en soltar unos cuantos sueldos, puede tolerar_

el desacato de que haya pulgas en el mundo. ¡Cuántos millones

necesitaria un solo individuo, si la esaltase la humorada de creer en lo

que le dice este pueblo volátil, adornado no obstante de tan grandes

dotes, abismado no obstante bajo el peso de tantas flaquezas!

Visitemos las tiendas de pieles, y encontrarémos, perfectamente

disecados, leones, panteras, tigres, leopardos, hienas, lobos, zorras,

castores; en fin, un gabinete de zoología. No he visto ratas; pero no

extrañaria alzar la cabeza y darme de hocicos con una enorme culebra

boa, puesta en una urna de cristal, á lo largo de un escaparate.

¡Tal es el deseo que aquí hay de llamar la atencion y causar impresiones

teatrales! Seguramente no se contentan con la simple impresion

artística: claro es que el _sueldo_ es la suprema aparicion que se

vislumbra en el fondo de estas admirables sombras chinescas; pero es un

sueldo particular, un sueldo francés, que necesita estudiarse mucho para

comprenderlo; que no podrá nunca comprenderse, si se estudia de un modo

aislado. Es necesario poner la observacion en todas las partes de este

gran todo, para que lleguemos á divisar qué clase de _sueldo_ es el que

está depositado en el fondo de esta inmensa urna. Aquí entra en todo,

como uno de los elementos más poderosos, como la primera vitalidad del

país, como carácter de raza, la fantasía. Aquí tiene todo un algo

fantástico, el sueldo tambien. Aquí todas las cosas se cobijan bajo un

manto de coquetismo, tambien el sueldo. Paris no querria, le concedo

esta idealidad noble y generosa, un sueldo grosero, ignorante, idiota,

no; no quiere el oro que se da por ir al teatro, con el fin de ver las

maniobras de un hechicero, de una bruja, si las hubiera: busca siempre y

en todas partes la satisfaccion de su genio artístico; _su sombra

chinesca_. Fenómeno admirable en verdad. Los pueblos menos artistas por

naturaleza, son los que más se dan al arte por instinto y por

educacion. Por esto mismo los oradores suelen tener la pasion funesta de

querer ver escrito lo que hablan. Su palabra es su única belleza, y no

se contentan con ser bellos. La escritura es un postizo que los afea,

que los ridiculiza más de una vez, y están contentos con su fealdad y su

ridiculez. El genio tiene sus arcanos, como tiene el abismo cavidades

ocultas, y aquí encuentro yo uno de sus arcanos más curiosos.

Todo respira aquí contra el arte, contra el arte único que conoce la

humanidad, contra esa poesía santa y sublime que nos hace sentir el

bien, la verdad y el amor, bajo la relacion de la belleza; pero de una

belleza espontánea, impregnada en todo, en el ademan, en la mirada, en

el movimiento, en la voz, en el cielo, en el aire, en la luz, hasta en

el susurro de los árboles mecidos por la brisa. Yo no encuentro esa

poesía fácil, ese arte infuso, por decirlo así, en ninguna parte de esta

magnífica ciudad. Llevemos una estátua de las Tullerías ó del Luxemburgo

á un paseo de Roma, y seguramente parecerá más bella, más estátua, más

arte; es decir, más sentimiento, porque sentimiento es el arte, así como

verdad es la ciencia, utilidad la industria, ó justicia el derecho

humano.

¡Qué espectáculo tan interesante nos ofrece un centro tal de creaciones!

Aquí unos calcetines por ocho cuartos; allí una sortija de dos ó tres

mil duros; ahora un chaleco hecho que se da por una peseta; despues una

pipa de ocho mil reales, como la que hay en la plaza de la Bolsa, número

3. Al fin de la calle de Montmartre, cerca de San Eustaquio, corbatas de

seda por poco más de dos reales; en la calle de Richelieu, un sombrero

por doscientos duros.

Seguramente habrá mil contrastes más raros; pero no puedo hablar sino de

lo que he visto en veinte y cuatro horas que vivo en Paris, y me parece

que una regular indulgencia no podria exigirme más.

He ajustado la cuenta del importe á que suben los sombreros de paja que

hemos visto, segun el número anunciado en los depósitos y su precio

corriente, y resulta que no bajará de doce a catorce millones de

reales. Es verdad que no creo completamente en el anuncio de los

almacenistas, porque aquí nada es lo que parece, ni se fia tanto en la

bondad intrínseca de la cosa, como en su brillante manifestacion. Como

ya dije, aquí todo tiende á poetizarse, aunque nada tenga una verdadera

poesía. Es menester contar, para no engañarse, con la realidad del

objeto y sus aspiraciones poéticas. El cubilete es verdad; el

prestidigitador es mentira, ó si queremos llamarle verdad, habremos de

llamarle verdad fantástica, verdad mentirosa, verdad en que la verdad

sufre un escamoteo.

Una de las cosas más dignas de observarse en este gran horno de

fundicion social, es hasta qué punto agita los entendimientos: quiero

decir, las imaginaciones, porque la imaginacion es el gran entendimiento

de los franceses, la competencia industrial y mercantil.

El mercader de ropas hechas pone á los sastres _como hoja de peregil_:

el sastre viste al mercader de ropa de pascua; y no sabemos qué admirar

más, si la ironía del mercader ó la del sastre. En punto á comprar y

vender, todo el mundo es poeta á su modo, literato, erudito. En el

bulevar de la Poisonnière ó de San Dionisio, he visto hoy una especie de

programa en que uno se presenta como candidato á la diputacion, alegando

por título que vestirá á las mujeres mejor y más barato que ninguna casa

de Paris. _¿Qué mayores ventajas podeis hallar en un diputado_, dice á

los electores, _que la de contentar á vuestras mujeres_? Esto no pasa de

ser una broma, pero es una broma de un gusto enteramente parisiense.

Pasan de quince ó veinte lienzos de pared en que hemos divisado, á una

altura de quinto ó sexto piso, el anuncio de la _Ville de Paris_, calle

de Montmartre, núm. 74. Es seguro que en tales avisos ha empleado un

capital considerable. Calcule el lector que para anunciarse en algunos

lienzos de pared, ha necesitado poner andamios ó empalizadas.

No puede darse el caso de caminar por algun punto sin darse de cara con

un letrero, con una enseña, con un aviso; como si el aviso fuese el aire

que aquí se respira, el espíritu que todo lo mueve, el hornillo que

todo lo calienta. Nos metemos en un carruaje; allí está el rótulo del

diente, del pelo, de las píldoras, del agua prodigiosa: nos introducimos

en los lugares más escusados, toda vez que sean del dominio público;

allí están las píldoras ó el unto tambien. El aviso, el decir _aquí hay

esto ó lo otro_, es el arca predestinada donde se ha refugiado este Noé

con toda su familia.

Esto parece exagerado al que no lo presencia; pero sepa el que dude, que

una de las tareas que más dan que hacer á la policía de Paris, consiste

en especificar los sitios en donde no se pueden fijar anuncios, citando

el artículo del reglamento que lo prohibe. Así sucede, que lo más común

es encontrarse con letreros que dicen: _défense d'afficher, prohibicion

de fijar avisos_. De modo, que hasta la policía, queriendo evitar los

rótulos, _rotulea_ tambien.

Y por rotulear de todos modos, hay quien se anuncia _gratis_, (gracia

estraña en Paris en donde el céntimo está pegado á toda cosa, así como

el agua del bautismo corre sobre la frente del bautizado).

A orillas del Mercado Nuevo hemos visto un anuncio en que se dice con

letra bastardilla: «curso gratuito de piano, calle de Argel, núm. 3,

enfrente del jardin de las Tullerías.»

_A la pensée._ (Al pensamiento.) Esto vi en un almacen del bulevar

Montmartre (ó en sus inmediaciones), y tiré del brazo á mi mujer como

tocado de una curiosidad poderosa. ¿Qué pensamiento será este? decía

para mí. Llegamos: era una zapatería.

_Al bello pensamiento. (A la belle pensée.)_ Esto ví escrito en una de

las cajas que están expuestas en la esquina de la calle _Les filles

Saint Thomas_, y me ví asaltado del mismo conato curioso. Me aproximé,

ví: era una caja de confites.

_Hautes nouveautés_! (Altas novedades.) Esto leí en los cristales de un

almacen de la calle de Vivienne, y tales títulos no pueden menos de

sorprender. Fuimos allá, lo que nos habia cautivado el ánimo era una

coleccion de manguitos, camisolines, chambras y cofias.

Pero uno de los anuncios en que más me he fijado, acaso por su

_exterioridad relumbrona, por su oratoria esencialmente francesa_, es

uno que hemos visto en la encrucijada que forman la calle Vivienne y las

Hijas de Santo Tomás, en uno de los ángulos de la plaza de la Bolsa.

Tengo el anuncio copiado en mi cartera, y casi presumo que al lector no

le desagradará verlo, aunque no respondo de su completa fidelidad. Acaso

hay algun letrero en chimenea, rendija ó resquicio que nosotros no hemos

podido divisar. Lo que desde la calle se ve, es lo siguiente:

Arriba, muy arriba:

_Al palacio de cristal.--Vestidos para hombres_.

Más abajo:

_Palacio de cristal_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres_.

Más abajo:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo, sobre cristales:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres_.

Esto se ve estando situado el espectador en lo interior de la Plaza

de la Bolsa.

Ahora situémonos en la calle Vivienne, y descubrirémos; arriba:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres_.

Más abajo:

Especialidad en trajes de niños_.

Sobre la puerta:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo:

_Precio fijo_.

Más hácia la derecha:

_Trajes hechos y á la medida_.

En otra puerta:

_Al palacio de cristal_.

En los cristales:

_Precio fijo_.

Más hacia la derecha:

_Trajes hechos y á la medida_.

Por otra calle:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres, niños y libreas_.

En los cristales:

_Trajes de casa y de librea_.

En un recodo que hace la calle:

_Al palacio de cristal_.

Más arriba:

_Al palacio de cristal.--Vestidos para hombres y niños_.

Más abajo, en un cuadro de hoja de lata ó de metal dorado:

_Vestidos para hombres y trajes para niños_. Este aviso está en francés,

inglés y aleman.

Sobre otra puerta:

_Al palacio de cristal.--Ropas de casa_.

A la izquierda de la misma puerta:

_Precio corriente de las libreas_; y mencionan diez y ocho objetos de

traje, por valor de 739 francos.

A la derecha, sobre cristales:

_Entrada de los obreros_.

Más á la derecha, sobre una muestra:

_Entrada de los obreros_.

Despues de tomada esta nota, veo una enseña en el extremo del primer

balcon que da á la calle de las Hijas de Santo Tomás, la cual decía:

_Vestidos para mujeres y niños_.

A su lado, casi en medio de dicho balcon, se ve tambien una gran placa

dorada alrededor y bronceada en el fondo, donde tiene las armas

francesas, ó un trofeo semejante. En la placa se divisa este rótulo en

elegantes letras cinceladas: _Comision imperial_. 1855.

Si tanto palacio, y tanto cristal, y tanto hombre, y tanto niño, y tanto

traje pudiera tener realidad animada, discurra el lector si podria

formarse todo un pueblo de trajes, de niños, de hombres, de cristales y

de palacios.

¿Cuánto habrá gastado esa casa en los anuncios? Digo lo que antes dije

de la _Ville de Paris_: es seguro que ha consumido un capital de alguna

cuantía.

Hemos comido en un famoso _restaurant_ de la calle de Richelieu, porque

es necesario ver estas celebridades (ver significa pagar), y nos

volvimos á nuestro hotel á las once dadas de la noche.

Mañana correrémos los bulevares de Montmartre, de los italianos, de las

Capuchinas, de la Magdalena; bajarémos por la calle Real, siguiendo

despues la calle de Rívoli, hasta el _Hotel de Ville_, y dando un

vistazo á las Tullerías, Plaza de la Concordia, campos Elíseos, y arco

de la Estrella, monumento suntuoso, que no cuesta á Paris menos de 39 ó

40 millones de reales.

Termino este día manifestando un incidente que tiene angustiada á mi

mujer, y que, en verdad sea dicho, á mí no me tiene de buen humor. Desde

que he llegado á Paris, no como; no porque no tenga ganas de comer, sino

porque estas salsas me repugnan.

La cocina francesa tiene gran fama, no se la quito, no soy perito en la

materia; pero lo soy en punto á conocer mi paladar y mi estómago, y digo

en _pleno Paris_, que echo muy de menos mis pichones de la plaza de

Herradores, el guisado que me aliñaba mi mujer, y mi clásico vino de

Valdepeñas.

O los manjares no se conocen, á fuerza de aderezarlos y _embellecerlos_,

porque hasta en los potes de la cocina quiere establecer su reinado _la

poesía francesa, el impertinente é inexorable palaustre,_ ó el diablo no

puede con ellos á fuerza de estar duros, permítame Paris esta ruda

expresion española.

El vino extranjero es carísimo, el vino común del país es malísimo para

mi gusto, y vuelvo á decir que doy razón, mucha razon á las perdices, á

los pucheros y al vino de mi tierra.

En materia de comer y de beber, sépalo el magnífico Paris, soy castizo

español. Le felicito por sus glorias; pero soy español, bien que en

otras muchas cosas ...no soy francés. Y mi mujer dice: ni yo francesa.

¡Dios me libre!

Así finalizó el día segundo.

=Dia tercero=.

Progresos de mi mujer.--Melancolía.--Nuevos rótulos.--Anuncio de la

Union agrícola.--Costumbre de las señoras de Paris.--Sangre fria de los

hombres.--Achaques de raza.--La soga.--Una mujer en la calle de

Richelieu.--La mujer francesa.--Medallas.--Prodigio del genio

francés.--Más rótulos.--Baston de Richelieu.--Plaza de la

Concordia.--Arco de la Estrella.--Campos Elíseos.--Vuelta al Hotel.

Mi mujer va haciendo admirables progresos en el idioma francés. Á las

mujeres las dice _monsieur_ y á los hombres _madame_: al _quilógramo_,

medida de áridos, lo llama _litro_, medida de líquidos: el bulevar, es

el _restaurant_ y el restaurant es el bulevar, y así en otras cosas.

Está muy afligida, porque dice que le sucederá lo que al otro: olvidó el

español y no aprendió el francés.

Salimos á las nueve de la mañana. Mi mujer y yo nos vemos asaltados por

esa melancolía indefinible, que no puede menos de experimentarse cuando

se llega á una ciudad tan populosa. El individuo parece absorberse en el

grupo que le circuye por todas partes, y se halla como privado de la

conciencia de su dignidad y de su poder. No quiero decir que pierda

realmente su personalidad en la familia, en la ciencia, en el arte, en

la industria, en la religion, en el derecho, no: una entidad absoluta no

se pierde por combinaciones accidentales. Lo que digo es que el

individuo se siente pequeño ante lo mismo que él ha creado: el artífice

se anonada ante su propia obra. En este caso sucede al hombre lo que al

grano de arena en medio de un desierto muy dilatado. Un grano de arena y

otro grano de arena forman el desierto; pero el grano se ve perdido

entre los horizontes de aquella inmensa soledad.

El individuo experimenta que otra fuerza mayor le reasume, una fuerza

extraña, indiferente, que no le hace amar, que no le educa el corazon,

que no lo civiliza para la gran moral de este mundo: no lo absorbe el

cariño, sino el número, este número no es la vida; porque el individuo

se siente con vida tambien, y esta emocion confusa le comunica una

tristeza que no se puede definir. No basta el bullicio, ni la agena

alegría, ni los espectáculos más pomposos, para que deje de estar

triste. Nunca debe ser más terrible el morir que cuando se oye cantar, y

por una razon idéntica, sucede que la música no distrae, sino que daña,

á las personas que padecen aflicciones profundas.

El extranjero está pesaroso, este pesar es una arruga de su alma, por

decirlo así, que apenas se divisa en su semblante; pero el pesar existe,

tiene su significacion muy trascendental, y para apreciarla debidamente,

es indispensable poner el pié en tierra extranjera. No, no vale el genio

sin el sentimiento experimental que nos descubre ciertas distancias en

la insondable matemática de la vida. El talento sin la experiencia, sin

sentimiento práctico, sin la estética particular de los lugares y de los

hombres, es lo que la trasparencia del cristal sin los rayos del foco:

es lo que nuestra vista sin la chispa eléctrica de la luz. Para

evaporarse, no basta que un licor sea espirituoso: es indispensable que

salga de la cavidad de su redoma es indispensable que la atmósfera

inflame sus poros bajo el contacto de la luz del cielo.

¡Cuánto quiere decir este dolor confuso que experimentamos en medio de

este enorme bullicio! ¡Cuánto deberia hacernos meditar y sentir! El

hombre da unos cuantos pasos, atraviesa una linde que es tierra tambien,

y se halla desterrado y proscripto en la humanidad. ¡Ay! ¡cuántas

lágrimas amarguísimas serian necesarias para purgar este inmenso pecado!

Pero para algo muy grande, muy solemne, muy humano, muy caritativo, debe

reservar estas cosas la justicia de Dios.

Esto es una urna velada por el impalpable crespon de todos los siglos.

¿Quién sabe el voto que en esa urna misteriosa depositará un dia la

Providencia!

--No lo verás tú, se me dice.

--Sí lo veré; lo veré en ese sentimiento que me hace infinito,

profesando amor á los hombres; en ese sentimiento que me hace inmortal

esperando en la ley de Dios. Lo veré, sí, lo veré, lo veo hoy, lo ve mi

esperanza.

Hemos visitado la calle y bulevar de Montmartre, el de Beaumarchais, San

Martin, Temple, Poisonnière, Italianos, Capuchinas y Magdalena.

Es sorprendente el estruendo que se percibe por donde quiera que se va,

trabajo prodigioso que en todas partes se revuelve y se agita, creacion

incesante que se desarrolla en tantas esferas, para dejarse luego ver

bajo formas tan gigantescas y variadas. ¿Cómo no? Es un coloso el que se

mueve: cada movimiento no puede menos de presentar una faz del coloso.

Uno es sastre del rey de Holanda, otro del de Cerdeña; otro manifiesta

una medalla del emperador de Prusia ó de Austria; tal almacen se titula

proveedor de _María Cristina_, como he visto en la calle _arrabal_ de

San Honorato. Aquí una tienda de gusto chinesco; allí otra de gusto

árabe, persa, griego ó ruso. Hotel de Francia, de Inglaterra, de

Holanda, de Rusia, de Prusia, de Austria, de Turquía, de Italia, de

América, de Europa, café ó estaminet del Universo; todo hierve y refluye

aquí, como toda la sangre se mueve y se trabaja en el corazon. No he

visto ningun hotel de Africa ó de la Oceanía; pero esto no es decir que

no lo haya. Parece imposible que no exista en Paris una fonda, café ó

cosa equivalente, que lleve por título: _café, fonda, pastelería ó

taberna_ de las costas de Oro. No seria esto más raro que un anuncio de

la Union Agrícola, puesto en verso rimado de once sílabas, tan contadas

como los dedos de la mano. Y no se crea que esto es pulla. He visto

aquel anuncio singular en una empalizada, cerca del lujoso edificio que

se está levantando en la misma calle donde finalizan las Tullerías y el

Louvre, y que es la décimo-tercera alcaldía de Paris. ¿Llegará dia en

que los poemas épicos se escriban en prosa tabernaria?

Una particularidad hemos notado mi mujer y yo. La pasion dominante en

las parisienses de mediano y alto coturno, consiste ... ¿en qué dirá el

lector? Consiste en alzarse muellemente el traje aunque no haya lodo.

Sin duda es un golpe de estado, aplicado á grandes razones de etiquetas.

Otra particularidad más curiosa hemos descubierto tambien. Apenas habrá

pueblo en el mundo en que los hombres vuelvan la cara con más sangre

fria, y se queden mirando con más formalidad los piés y las piernas de

las transeuntes. Esto viene de una raíz muy honda: viene de cierto

temperamento que es el carácter más distintivo del pueblo francés. No

hay casta social donde con tanta gravedad y tanto aplomo se hagan cosas

ridículas. No es decir que en los demás países no se caiga en ridículo;

más para este ridículo hay una risa: aquí no se rien. Y cuidado que no

se dejan de reir por hipocresía ó por estudio, sino porque creen de

buena fe que el asunto no merece reirse; porque están _patrióticamente_

convencidos de que no puede haber cosa ridícula, siendo _cosa francesa_.

Pero tal vez no tengo razon en decir que este hábito es lo que más

caracteriza al pueblo francés. Acaso esto viene de más adentro: acaso la

formalidad cómica de los franceses para el ridículo, es una simple

derivacion de otro carácter más universal, porque está más en el

interior de su genio: su genio, que todo lo devora; que todo lo devora,

conservándose intacto: que todo lo devora, sin devorarse jamás á sí

mismo: su genio, decia, le lleva hoy á consumar un hecho cualquiera;

pero á las veinticuatro horas este hecho está devorado y corre tras

otro. ¿Cuál es este otro? Un hecho nuevo, una nueva emocion, un nuevo

trabajo, el jornal de otro dia; el plato de hoy; quizás una emocion

contraria, acaso el plato que le envenena; pero la ley es devorar, la

necesidad es sentir lo que no se ha sentido; la pasion es no envejecer

en una idea, en un sentimiento, en una institucion: hoy una institucion,

otro dia la contraria. Hé aquí el ridículo; práctica este ridículo, no

sólo con formalidad, sino con ahínco, con efusion, con la efusion

ardiente y generosa del que trabaja, para satisfacer las inspiraciones

de su genio.

Antes que ridículo, el pueblo francés es voluble. Aquí encuentro yo el

carácter radical; todo lo demás es derivacion, corrientes de este

manantial oculto, gestos de este rostro escondido.

Creen, y creen bien, que una brisa estancada no seria buena para mecerse

sobre las florestas de un paraíso; creen, y creen mal, que lo primero es

renovar el aire, sin consultar si el aire nuevo está más dañado. Francia

es un águila, que para recibir ambiente nuevo, abre y golpea las alas

sin cesar; aquí se concentra la suma mayor de su vida: que un milano

venga y se oculte bajo aquellas alas impacientes, no importa: que el

águila se torne en cuervo ó buho, toda vez que el buho sacuda las plumas

para que las penetren los nuevos gérmenes de la atmósfera, no importa

tampoco.

Pero estoy fuera de lugar: estas apreciaciones pertenecen á otra parte

de estos apuntes.

No hallamos pobres que pidan, ni niños jugando por las calles. Las

clases que se manifiestan al público respiran bienestar y decencia.

¿Pero es todo esto verdad? ¡Ay!

En la plaza de la Bolsa hemos hallado dos jóvenes de veinte ó

veinticinco años, que saltaban en una cuerda, juego que en Andalucía se

llama de la _soga_. Lo mismo hacia en la calle Feydeau una mujer que

tenia varios hijos.

En la calle de Richelieu, una mujer se ataba las enaguas blancas,

adoptando apenas reserva alguna, sin que esto causara maravilla á los

transeuntes.

Aquí las mujeres, aún siendo jóvenes, entran y salen, van y vienen, en

la seguridad de que nadie las molesta ni las restringe. Se ve á la mujer

en el campo, dirigiendo hábilmente un carruaje, con su blanca y aseada

papalina, llevando las riendas de un elegante cabriolé en el paseo

público, detrás del mostrador en el café, en la tienda, en el

escritorio, en todas partes, posesionada siempre de la porcion de

humanidad que la ha dado una conciencia que yo respeto, por más que se

torne contra la poesía oriental de la mujer: una conciencia que no la

usurpa lo que la ha dado la verdad adorable de la creacion.

Estudiado Paris en esta tendencia, no parece un pueblo oriundo de los

latinos, herederos, como Atenas, de la esclavitud de la mujer asiática.

Así sucede que la mujer francesa, desarrollada en todas las faces de la

vida social, tiene un aire de dignidad, de fuerza, de albedrío, y un

grado de despejo y de inteligencia que nos maravilla.

El amo de una _rotiserie_, de una taberna, de una lechería, de un

pequeño almacen, podrá no ser acaso un _monsieur_: el ama es todo una

_madame_ ó señora. La mujer de Paris trabaja tanto como el hombre, tiene

mejor sentido que él, vive más honrada que él, no por la galantería

jactanciosa de los tiempos hidalgos, sino por los oficios que presta, y

esto explica en gran modo las creaciones casi fabulosas de esta rica

ciudad.

La poblacion inútil que en otros países consume lo que la poblacion útil

trabaja y crea, es sumamente reducida en el Norte de Francia, dejando

aparte la organizacion del órden oficial.

Creo que la parte mas sana de la civilizacion francesa, el progreso más

notable que aquí encuentro, consiste en el personalismo que se ha

otorgado á la mujer, aunque esto suceda á costa de la mujer misma, la

cual gana en representacion lo que pierde en belleza, porque perder

belleza es perder idealidad. La mujer oculta en el fondo de su casa,

como el arcano de la familia, es mucho más bella que la expuesta al

público detrás de un mostrador de mercader, mezclada y confundida con el

precio de lo que compra y vende. La mujer árabe no es tan hermosa por su

hermosura como por su misterio. Propiamente hablando, no es mujer; es

una fantasía, una especie de agüero ó hechizo que no seria nada, si no

despertase en nuestra alma el sentimiento de lo maravilloso, como nada

seria el encantamiento sin el encanto. La mujer se convierte en una

maravilla, en un monumento; parece rodearse de ese prestigio

inexplicable que circuye á una estátua; nos llama á sí con la atraccion

eléctrica que en nosotros produce el arco Iris; no es mujer, repito: es

una melancolía delicada, un arte sublime, un gran poder, porque el

elemento maravilloso, ese algo fantástico á que suele darse tan poco

sentido, es un poema armonioso é infinito que la naturaleza ha grabado

en nuestro corazon.

La fantasía es el complemento del hombre, como el éter es el complemento

del espacio. La fantasía llena al hombre, como el éter llena la creacion

entera. No os riais, vosotros que no creeis en la imaginacion, para

tributarla homenaje á cada momento, cuando menos os lo parece, como

aspirais la atmósfera cuando menos os apercibís. ¡No os riais de ese

éter divino, destinado á no dejar vacío ningun hueco en el ánfora de la

vida; no os riais!

Sin embargo de esto, que es verdad, que yo creo verdad, verdad

confirmada por la experiencia de siempre, juzgo que la mujer ha venido

al mundo para realizar fines sociales, en armonía con la moral y con el

derecho: juzgo que ahí está la expresion más profunda de su existencia;

no quiero que al arcano de la casa la comunique esa belleza que la da en

Oriente una tradicion que la hace bella para hacerla esclava; una

idealidad que la hace misteriosa para hacerla gemir; un Corán que la

torna en perfume para que ese perfume dé incienso á un ídolo; no, no

quiero esa poesía que es poesía, como es artístico el sarcasmo que se

logra ejecutar con arte. Quiero que la mujer salga á luz, porque la luz

fué tambien creada para ella. Quiero que el misterio la niegue la

hermosura asiática, para que reciba la hermosura humana de manos de su

propio destino, de manos de la razon universal; de manos de la

Providencia.

Quiero que la mujer sea el guardian doméstico, pero sin dejar de ser

entidad religiosa, moral, política, industrial, si conviene, porque la

casa está dentro de la sociedad, y quiero que la mujer no se tenga en

menos que la casa. Quiero que sea madre; venero este carácter santo,

este santo sacrificio de amor; pero quiero que no deje de ser mujer.

Quiero que sea mujer; pero que no deje de ser _sujeto humano_. Todo

reina en la verdad de la naturaleza; quiero el reinado de la mujer.

Aquí se está en camino de lograrlo, y esta civilizacion que por ella

aboga, es sin disputa lo que más me reconcilia con un pueblo que tiene

otros usos, otro lenguaje, otra manera de sentir, y cuya sociedad no

puede sernos completamente grata. No sé si es historia; pero entre un

español y un francés, hay algo que riñe.

Almorzamos en la calle Vivienne á las doce dadas, y dirigimos nuestras

visitas á diferentes travesías de los bulevares.

Apenas se encuentra establecimiento comercial de alguna importancia, en

donde no aparezca, en puerta ó balcon, algun privilegio manifestado en

pequeña ó grande medalla imperial. Hay carros que van _empavesados de

emperadores en bronce_. Si á todos los metales donde está el busto de

Napoleon III se les pudiera dar vida, seguramente habria bastante para

formar todo un vasto imperio compuesto solamente de emperadores.

Aparte del gusto que esto revela; aparte del sabor que esto deja en la

conciencia del que va examinando el mecanismo oculto de esta poblacion

colosal; aparte la contradiccion que se echa de ver inevitablemente

entre la Francia histórica y la Francia presente, entre la memoria y el

hecho; este tumulto de medallas y privilegios no me parece extraño,

sentada la competencia que es natural en un gran centro comercial y

fabril. Pero como este centro comercial y fabril tiene muchos libros

escritos, muchas y memorables jornadas políticas, muchas y gigantescas

revelaciones sociales: como la existencia de todos los pueblos se

reasume en dos grandes soluciones: lo que se escribe y lo que se obra,

lo que se recuerda y lo que se siente; encuentro desnivel entre el Paris

de tanta medalla y el Paris de tanto recuerdo; entre la solucion de la

historia y la solucion de la presente sociedad. La memoria y el

sentimiento pugnan y se repelen, á lo menos en mi juicio y en mi

conciencia.

En Lóndres veré más medallas, muchas más medallas, y no lo extrañaré

ciertamente. Pero estoy seguro de no hallar muchos breves de

indulgencias papales, y hé aquí la superioridad de la Inglaterra sobre

la Francia: la superioridad lógica, consecuente, de buen sentido: la

historia y la máquina que se mueven al par; todo el pueblo inglés

dirigido á un fin, más ó menos plausible, pero que no sale jamás de las

condiciones que se ha impuesto: cruel quizá, inmoral acaso; pero lógico.

La indulgencia pontificia en Lóndres es la indulgencia imperial en

Paris. Aquí hay indulgencias; es bien seguro que en la otra parte del

Estrecho no las habrá.

Los franceses tienen grandes títulos ante la opinion del mundo entero;

podrán tenerlos todos, menos el de la lógica; esa suprema geometría del

albedrío que va midiendo y nivelando progresivamente el ayer y el hoy,

la historia y la emocion, la emocion y el hecho.

La Francia, empero, no debe quejarse: alguna parte flaca habia de tener,

cuando tiene otras sobre las cuales se levanta tan grande, tan rica y

tan fuerte.

Sólo en una cosa me parece lógico el pueblo francés: no voy á decir que

sólo es lógico en ser voluble, porque esto ya se sabe. Una nacion, como

un individuo, es siempre lógica; providencial y santamente lógica, en

materia de no ahogar su genio; en tender dia y noche á que su genio

triunfe. ¿Cómo el hombre dado al retiro no ha de buscar la soledad?

¿Cómo el goloso no ha de buscar el plato en que sueña? ¿Cómo un

enamorado no ha de pensar en la mujer que ama?

La Francia es voluble, lo ha sido hasta hoy, porque la volubilidad es su

talento; la cifra que Dios escribe al pié de cada cuna. Tal vez la

educacion de la experiencia, un prodigio del estudio y del arte,

modifique mañana ese talento y le abra otro camino; pero esto será la

empresa de mañana, y yo no hago aquí la biografía de la Francia futura.

El pueblo francés es solamente lógico en aparentar que tiene olvidada á

la Inglaterra. Ya he dicho que Paris es un cartel inmenso. Si al

arbitrio particular quedara, el mercader parisien pondria anuncios de

sus géneros hasta en _la cabeza de un calvo_. ¿Cuántas vidas serian

necesarias para leer todos los rótulos y papeles impresos que bullen sin

cesar por esta Babel? Sin embargo, (¡Providencia del patriotismo!) no he

hallado un solo letrero en que se recomienden los artículos de la

industria inglesa, de la primera industria del mundo conocido.

Esta sensatez en materia de consecuencia me maravilla, y me da motivo

para decir que el pueblo francés es voluble, hasta el punto de

contradecir su propio carácter.

Las enseñas mercantiles é industriales son para mí un objeto de gran

distraccion.

_Al zapato galante. (Au soulier galant)_:

_A la Sílfide_. ¿Quién no habia de creer que se trataba de algun baile?

Pues no, la Sílfide es un restaurant, una Sílfide gastronómica, una

Sílfide que se engulle cinco ó seis platos por cinco ó seis pesetas.

_Al buen pastor_. ¿Quién no habia de creer que se trataba de alguna

hermandad ó cofradía? Pues tampoco: el buen pastor es un rico almacen de

géneros, sito en la calle de San Sulpicio, núm. 21, si no yerra un

anuncio que he visto cerca del Panteon.

Entre los objetos curiosos que hemos notado, no puedo menes de hacer

mérito de un _baston de Richelieu_, expuesto al público en el pasaje de

los Panoramas, en una galería que debe ser la de Feydeau, tienda núm. 6.

Quise conocer su valor en venta, y la señora del establecimiento me dijo

que el precio último era mil francos. Si aquel baston es en efecto del

memorable cardenal, alma de Luis XIV y de su siglo, del Luis XIV de la

política francesa, como varias personas me lo han asegurado, me creo con

derecho para decir que la Francia es poco _arqueóloga y hasta poco

francesa_, si se quiere; cosa extrañísima. ¿Cómo aquel baston, reliquia

anticuaria y social, no pasa á uno de los ricos y preciosos Museos de

Paris? No por mil francos, no por un millon de francos, consentirian los

ingleses que pasara á manos de extranjeros un baston de cualquiera de

sus personajes históricos. Si yo no codiciara en este mundo otra cosa

que un talego de oro, me consideraria feliz poseyendo un baston de

Cromwel, de Milton, Shakspeare, de cualquier Richelieu inglés, ora

político ó literario.

A pesar de la reiterada afirmacion de aquella señora, y de las formales

aseveraciones de dos franceses, no me atrevo á creer que aquel baston

fuera efectivamente de Richelieu. ¿Cómo no habia de recelar la Francia

que se lo llevaran los _ingleses_, que es como si dijéramos los moros?

¿Cómo los moros (para Francia) no se lo hubieran llevado ya?

Perdóneme la señora del almacen, perdónenme los dos caballeros

parisienses; yo no lo creo; en honra de Francia, no lo debo creer.

A las seis comimos en el _hotel de Madrid_ (comer para mí es sentarme á

la mesa) y nos dirigimos inmediatamente hácia la Magdalena, palacio

griego convertido en templo cristiano.

Desde los altos y espaciosos pórticos de aquel templo, veiamos á un

mismo tiempo la calle Real, la hermosa plaza de la Concordia, las

entenas y cables de un bergantin surto en el Sena, y uno de los palacios

que adornan la otra orilla del rio.

No es una vista pintoresca y expresiva, como las de Génova, como las de

Nápoles, como las de Roma, como las de Granada, Córdoba ó Sevilla: no es

una belleza italiana, griega, española; no es una naturaleza artística,

por decirlo así; un arte naturalmente monumental, pero es una belleza

grandiosa.

Avanzamos hasta el principio de la plaza y el espectáculo cobró mayores

dimensiones. Hé aquí el boceto.

Dos fuentes riquísimas en escultura y agua, circuidas por una especie de

celaje de polvo, porque tal es la impetuosidad con que el agua brota: en

medio de las fuentes, un obelisco egipcio colosal: en torno á la plaza,

grandes pedestales con las estátuas de las principales ciudades del

reino, sembradas todas las distancias por gruesas farolas de bronce:

hácia adelante, el Paris de la otra orilla del Sena, con su aspecto

feudal, sus palacios que parecen castillos, sus casas y sus árboles

corpulentos y verdes: hácia atrás, los dos palacios que limitan

lateralmente la calle Real, y en su fondo el gran templo de la

Magdalena, circuido de suntuosas columnas estriadas: á la izquierda, el

jardin de las Tullerías, dividido por una verja, coronada á intérvalos

de águilas doradas, entre dos pedestales que sostienen caballos de

mármol; luego un surtidor del jardin que arroja el agua á la altura de

un cuarto ó quinto piso, formando mil ondulaciones caprichosas á

impulsos del viento; despues varias calles de árboles simétricos, á

través de otras fuentes, hasta cerrarse el horizonte con la fachada del

palacio imperial, corriendo una extension de novecientos á mil pasos: á

la derecha, los campos Elíseos, por entre cuya hilera de árboles se

dilata la vista, hasta detenerse en el arco triunfal de Napoleon,

creacion enorme de la riqueza y del entusiasmo.

Luego que hubimos satisfecho los primeros conatos de admiradora

curiosidad, paseando los ojos tardíamente sobre aquel grandioso panorama

del arte humano, no del arte francés, digimos á nuestro _necesario

fiacre_ que nos llevara al arco de la Estrella.

Un coche es aquí un personaje de primera categoría, la gran carta de

recomendación y el gran amigo del extranjero.

El buen fiacre cogió el trote camino del arco, á través del

aristocrático palacio de la Industria, del aristocrático palacio de la

democracia (la democracia tiene un palacio casi enfrente del palacio del

Emperador); á través tambien de los _cafés cantantes de estío_, del

gracioso castillo de las flores, del jardin _Maville_, del jardin de

invierno, del circo de la Emperatriz, y de casas modernas que son las

más bellas que he visto.

Despues de correr un espacio de cuatrocientas ó quinientas varas,

extension aproximativa de los campos Elíseos, nos encontramos bajo la

bóveda central de aquella apoteosis espléndida de Napoleon, el arco del

Triunfo. Desde aquel arco descubriamos, á una distancia de un cuarto de

legua, el bosque de Bolonia, cuyo camino aparece sembrado de árboles y

elegantes quintas, que le comunican un aspecto muy grato, aunque no

bastante pintoresco; porque yo entiendo por pintoresco lo que es

variado, caprichoso, y sobre todo caprichoso de un modo agreste.

Vemos á la vez el arco del Triunfo, el dilatado bosque de Bolonia, el

Obelisco de la Plaza, mientras que nadando sobre la copa de los árboles

que pueblan el jardin de las Tullerías, allá, como una nube medio

perdida en el horizonte, como el amago de una borrasca, como la

aparicion indecisa de una sombra, se levanta trémulamente, segun la

ilusion óptica, la torre negra del Palacio Imperial. De manera que

mirábamos, casi simultáneamente, el monumento triunfal levantado á la

Francia revolucionaria y conquistadora, el monumento del Egipto

usurpado, y el monumento de la segunda Francia imperial: un triunfo, una

usurpacion y un misterio: el arco, el obelisco y las Tullerías.

Eran casi las ocho; y apenas podia distinguir el nombre de los generales

y batallas del imperio, batallas y nombres escritos en las altas paredes

de aquella pirámide.

No soy tan entusiasta de Napoleon como otros muchos. Le admiro más por

sus desafueros y sus vicios que por sus virtudes y sus glorias: si

viviera le apostrofaria vigorosamente en estas páginas. Estando muerto,

siendo historia, le acato. Bajo estas bovédas colosales, bajo esta

colosal inspiracion de un pueblo entusiasta, le venero. Su evocacion es

aquí una sombra que me conmueve, que me ilustra, que me moraliza, que

hace hervir mi alma bajo la inmensa idea del hombre. Sí, venero á

Napoleon bajo este arco, bajo este mausoleo de su ceniza histórica, como

no puede menos de venerarse la memoria de los Faraones tiranos en

presencia de las pirámides egipcias. Sí, le venero; y el que quiera

saber cuán poderoso es el genio artístico embelleciendo la historia

social, un genio embelleciendo á otro genio, un siglo embelleciendo á

otro siglo, la humanidad embelleciendo al hombre: el que quiera saber de

qué modo una piedra halla el camino de nuestro corazon, que venga y

contemple este arco.

Eran ya las nueve cuando nos dirigiamos hácia la plaza de la Concordia,

con el objeto de seguir la calle de Rívoli hasta la casa de la Ciudad ú

hotel de Ville.

Antes de penetrar en la calle, quisimos ver la perspectiva que

presentaban los campos Elíseos iluminados, así como la plaza de la

Concordia.

¡Espectáculo magnífico por cierto! Desde dentro del jardin de las

Tullerías, alcanzábamos á ver en dos filas simétricas los muchos faroles

de gas que alumbraban los campos Elíseos, hasta el mismo arco de la

Estrella, presentándose á nuestros ojos aquellas dos filas como dos

columnas flotantes de fuego. A la izquierda, por entre los árboles,

asomaban furtivamente centenares y centenares de luces, unas formando

pórticos y fachadas, otras sembradas por entre los árboles del paseo,

luces que iluminaban uno de los cafés cantantes de verano. Á la derecha

se descubrian tres grupos brillantes, que eran otros tantos cafés de

canto, en cuyas fachadas habia juegos de gas que representaban varios

caprichos, entre otros, un águila con las alas abiertas y caidas, como

si remedara un lloron.

Excepto la entrada de los emigrados en la plaza del Vaticano, entre un

bullicio indefinible de pueblo y millares de hachas encendidas, así como

la iluminacion instantánea de la cúpula de la gran Basilica en la noche

de San Pedro: exceptuadas estas dos ocasiones, repito, no he

experimentado nunca un sentimiento en que más participara de esa especie

de éxtasis con que adormece nuestro ánimo la percepcion de lo

maravilloso.

A lo dicho debe juntarse que el tránsito continuo de coches con faroles

encendidos por la plaza de la Concordia, causando un desnivel constante

entre sus luces y las luces de los campos Elíseos, de la plaza y de los

cafés, comunicaba á todo el grupo el aspecto extraño de una hoguera que

parece que pasa y que no acaba de pasar, mientras que al rumor de las

fuentes y de los coches, iba unida confusamente la voz de hombres y

mujeres que cantaban en los cafés vecinos.

Mi mujer estaba encantada. Tenia razon: aquello parecia un bosque

hechicero. ¡Si todo fuera así!

Eran casi las diez, estábamos muy léjos de la calle de Feydeau, nos

encontrábamos muy cansados, yo tenia que escribir esta reseña, y

determinamos dejar para otro día la visita de la calle de Rívoli, hasta

el palacio del ayuntamiento, y si el tiempo lo da, hasta la plaza de la

tan célebre _Bastilla_.

Estamos en casa á las diez y media, despues de siete horas de fiacre.

Mi mujer dice que nuestro gran viaje comenzó al llegar á Paris. Tambien

tiene razon. Las mujeres tienen razon en muchas cosas.

Yo acabo esta revista cerca de la una, y así doy fin al dia tercero.

=Día cuarto=.

Artículo, recuerdos, pesares.

He empleado toda la mañana en escribir un artículo para _La América_,

porque es necesario no descuidar la bolsa, que sufre por aquí tantos

ataques rudos. Pero he notado que mientras que escribia, y mientras que

me paseaba por la habitacion, el recuerdo de las muestras y rótulos que

he visto ayer, me tiene casi completamente preocupado. Sin querer, sin

apercibirme, repito á mi mujer varios letreros que me acuden á la

memoria, y sin querer tambien aquel recuerdo me entristece. Esta

tristeza que experimento tiene una historia que seria muy larga de

contar; muy larga y muy penosa.

¡Cuántas ilusiones nos forjamos! ¡Y qué caras nos cuestan algunas

ilusiones! ¡Qué triste es á veces ver la realidad! ¡Ay! Hubo un tiempo

en que estuve encantado, y ahora la realidad me desencanta. Hubo un

tiempo en que yo volvia los ojos á Paris, como quien espera un

milagro.... ¡Qué inocencia!

_¡Al Pensamiento!_ Y me hallo que es una zapatería. ¡Al bello

pensamiento! Y me doy de cara con una caja de confites. ¡A la sílfide! Y

me encuentro de manos á boca con un _grasiento restaurant_. ¡A la gran

industria del siglo! Y es un salon de limpia-botas. ¡Al dulce céfiro! Y

es un almacen de quincalla. ¡A la estrella del Mediodía! Y es quizá una

tienda de tapones de corcho. ¡Al buen pastor! y es un almacen de

baratijas ó una tienda de comestibles.

Esto no me divierte; al contrario, me repugna, me fastidia, casi me

sonroja; sí, casi, casi me da vergüenza. Creo que semejantes desatinos

son contra el respeto que debe merecernos la opinion pública, contra el

decoro que todos debemos á la formalidad, contra la cortesia universal

que debe el hombre al buen sentido. ¡Zapato galante! ¿Cómo y en qué? ¿De

qué modo puede un zapato tener galantería? ¡Al pensamiento! ¿Quién es un

fabricante de calzado para hablarnos del pensamiento? ¿Qué pensamiento

puede encerrarse en su zapatería? ¿Ni quién es tampoco un fabricante de

confites para hablarnos de pensamientos bellos? ¿Qué sabe él lo que es

un pensamiento bello? ¿Qué belleza de pensamiento puede esconderse en

sus confituras? ¿Ni qué tiene que ver el céfiro con un almacen de

quincalla, ni el poner betun en las botas con la gran industria del

siglo, ni una sílfide con una fonda, ni un almacen de tapones de corcho

con la estrella del Mediodía, ni una tienda de comestibles, en donde se

vende aceite, vinagre y velas de sebo, con el buen pastor, con ese buen

Pastor que es una personificacion religiosa, un símbolo moral, una

especie de poder divino? ¿Qué es esto? ¿Dónde estamos?

Los españoles serémos menos cultos; pero somos más circunspectos, más

sérios, más formales. Serémos africanos, serémos hotentotes, bien; pero

no podemos hacer un arte de la humorada de divertir al mundo con

chocarrerías. Esta gravedad cómica y esta jovialidad trágica que tienen

los franceses para decir los mayores disparates con la esplendidez más

pomposa, hasta con cierto engreimiento, hasta con cierta altanería, es

una cosa que me subleva y me amargura. Al ver tan pueriles frivolidades,

antes que vivir en Paris, preferiria vivir en una choza, enclavada en el

fondo de un bosque, aunque fuese un bosque de la selva Negra.

¡Ay! y quizá la Europa, tal vez el mundo, espera de este pueblo la

revolucion moral de un principio, la constitucion de un pensamiento, la

pauta y la fórmula de un sistema! ¡La Europa y el mundo esperan acaso de

esta ciudad una idea, una conducta, un código!

¡Ay! Hubo un tiempo en que yo lo esperaba tambien. ¡No habia estado en

Paris!

Si faltando la ayuda del pueblo francés, para esa revolucion

trascendental, lenta, difícil, concienzuda, prudente, á la vez

convencida y demostrada; si faltando la ayuda de Paris para esa

laboriosa transformacion, tuvieran todos los pueblos de la tierra que

cavar su sepulcro, pueblos de la tierra, pueblos del mundo, empezad á

cavar vuestra sepultura. Esa revolucion no saldrá de aquí. Ignoro si

saldrá de los hijos del Cáucaso, de los agrestes y bárbaros Kalmukos;

pero creo que no ha de salir de los franceses.

Paris es una vieja que se mira al espejo, se ve el rostro lleno de

arrugas y de lacras, y coge compotas, coge menjunges, coge untos, y se

adoba y se alisa la cara, como el albañil alisa una pared.

Esta cultura es una tiniebla iluminada por un fuego fátuo; es una sombra

herida exteriormente por una luz que viene de abajo, que no viene de

arriba, que alumbra por fuera, que no alumbra por dentro. Esta cultura

es una civilizacion endeble, flaca, postiza, enferma, que quiere

engalanarse para que no se vea lo asqueroso de la enfermedad, como los

tísicos proyectan viajes y romerías cuando sienten en la garganta la

agonía de la muerte. Esta cultura tan decantada, tan brillante, tan

coqueta; esta civilizacion tan adornada, tan entrometida, tan

jactanciosa, es una púrpura que cubre una llaga; es la sonrisa con que

el cortesano oculta el cáncer de sus envidias y de sus odios, la flor

desgraciada con que se corona la copa de un veneno. Esta cultura es una

civilizacion que vive á expensas de la verdad y del ser de las cosas; de

esa verdad que Dios ha puesto en todas partes; la verdad con que el humo

sube, con que baja la piedra, con que la luz alumbra, con que la lava

quema, con que la catarata corre, con que el huracan arrebata; esa

verdad que es el gran enigma, el gran principio, la gran ciencia, el

dogma sempiterno de la creacion. Esta cultura es una civilizacion que

triunfa a costa de la ciencia de Dios, y Dios no puede permitir que este

pueblo sea el pueblo de la humanidad. ¡No! no puede ser el maestro del

mundo, un pueblo que llama gran industria del siglo á la operacion de

lustrar las botas, y céfiro á una tienda de quincalla, y estrella del

Norte ó del Mediodía á un almacen de tapones de corcho, y buen pastor á

un despacho de aceite y de vinagre, y sílfide á un mesón, y pensamiento

á una zapatería, y bello pensamiento á unos confites.

Blondas exquisitas, exquisitos bordados, jabones trasparentes, pomadas

perfumosas, untos embrujados para que nazca el pelo, muñecos

graciosísimos, preciosos juguetes, cuquerías envidiables; eso, sí: una

revolucion moral, lenta, constante, trabajosa, concienzuda; un trabajo

profundo y difícil; una creacion lógica, extensa, trascendental; una

cosa grave, formal, seria, eso, no.

¡Cuánto más ha de hacer mi pobre España, esa España que los franceses

llaman salvaje; que los franceses han comparado á la Morería! ¡Cuánto

más ha de hacer en favor de la humanidad! ¡Cuánto más ha de hacer para

que se cumplan en el mundo los ocultos designios de la Providencia! El

tiempo lo dirá.

¡Yo esperó de Paris el mejoramiento político y social! ¡Me arrepiento,

señor! Ni el social, ni el político, ni el filosófico, ni el científico,

ni el religioso, ni el artístico, ni el literario, ni el industrial, ni

el comercial, ninguno, ninguno verdaderamente formulado, ninguno en la

alta escala de la ciencia, del derecho y de la moral.

Encantarnos, entusiasmarnos, aturdimos, sí. Hacernos buenos y felices,

no.

Hay un calderero, madre,

Que alarma á la vecindad,

Y toda la gente acude

A los porrazos que da.

Este antiguo cantar español viene de molde, en cierto modo, á las cosas

de este fabuloso Paris. Es un gran caldero que aturde al mundo, y el

mundo atribulado acude á los golpes.

[Ilustración: Arco del Triunfo.]

[Ilustración: La Magdalena.]

=Dia quinto=.

La Magdalena.

A las siete y media de la tarde tuvimos que pedir auxilio al fiacre, y

nos dirigimos á la Magdalena. ¡Hermoso edificio! ¡Fábrica suntuosa! Al

contemplar aquel enorme grupo, me parece que no estoy en Paris. Creo que

me han hecho viajar estando dormido, y que despierto en Grecia. La

Magdalena es un fastuoso palacio griego, no un templo cristiano. Un

templo es la casa de Dios, destinado á despertar en nuestro espíritu la

emocion religiosa. Donde no hallo la emocion religiosa, no hallo el

templo, y la Magdalena, ese precioso y espléndido alcázar, no despierta

en mi alma aquella emocion casi divina. Contemplándolo, siento el

entusiasmo de la admiracion, no la veneracion de la fe: creo ver

estátuas de héroes, no efigies de santos: me acuerdo de Alejandro, de

César, de Anníbal; no me acuerdo de Dios: me ecuerdo de Chipre y de

Vénus; no me acuerdo del monte Calvario, ni del Redentor, ni de la

Vírgen, ni de la Magdalena: me acuerdo de la gloria; no me acuerdo de la

Pasion.

La Magdalena es un _magnífico anacronismo_, un palacio asombroso y una

mala basílica; un gran alcázar y una mala iglesia; un gran templo gentil

y un mal templo cristiano.

Le estoy viendo delante de mí, le estoy contemplando durante cuatro ó

cinco minutos, quiero concentrarme, quiero abstraerme, quiero venerar,

quiero que la idea de un ente supremo deje caer sobre mi alma una sombra

inmensa; no puedo conseguirlo. Las musas me llaman, la fábula griega me

distrae, los bosques de la isla de Calipso me hablan de amor; veo

flores, mujeres, altares profanos; huelo perfumes embriagadores; diviso

florestas, cuyas sombras parecen ocultar misterios lascivos; oigo á lo

léjos un ruido que me intranquiliza, que me seduce; pero que me seduce

como nos seduce una maga ó una circe. Cedemos al placer, pero cedemos

suspirando: nuestros sentidos están alegres; nuestro corazon está

triste. En una palabra, mirando ese rico palacio ateniense, lo veo todo,

menos la lágrima de la Magdalena, aquella lágrima escondida y humilde,

fervorosa y santa; aquella lágrima que es una poesía más sublime que la

más sublime poesía de todos los poetas del mundo; la poesía del

Calvario.

¡Cómo la piedra nos enseña tambien! ¡Qué historia más grande es la

arquitectura! El libro puede escribirse de dos modos, en papel y en

mármol. La imprenta existió siempre: antes se llamó Fidias; luego se

llamó Guttemberg.

Estudiando ese alcázar que me llena de admiracion, se comprende la

infinita superioridad del Cristianismo sobre todas las religiones del

Asia, de la Grecia antigua y de la antigua Roma, no sólo en materia de

dogma, de ciencia, de política y de moral, sino hasta en materia de

arte. Chateaubriand decia muy bien: el mismo bronce, la ruda campana,

nos inspira cierta melancolía dulce y religiosa, cierto éxtasis

indefinible, cuando es intérprete de los sentimientos cristianos.

La poesía cristiana no nos ofusca, no nos arrebata; nos llama, nos

atrae, nos acaricia: no nos seduce; nos persuade; no nos alucina, nos

duerme.

La poesía cristiana, el arte cristiano, no es brillante, deslumbrador:

es grave, severo, recatado. Es una figura que se cubre á medias con un

velo. La parte que vemos, hace que nos enamoremos de ella, y la amamos.

La parte que no logramos ver, nos hace adivinar un prodigio, y la

adoramos.

El paganismo no hacia más que amar, porque no veia más que formas. El

Cristianismo ama y adora al mismo tiempo, porque al mismo tiempo ve

cuerpo y alma, formas y prodigios, tierra y cielo, humanidad y Dios.

El arte gentil habla á los sentidos, al corazon y á la fantasía.

El arte cristiano habla al sentimiento, á la conciencia y á la fe.

El arte gentil conoció la poesía del placer.

El arte cristiano conoce y siente la poesía del dolor.

El arte pagano tenia mujeres.

El arte cristiano tiene Marías y Magdalenas.

Bajo el arte asiátiaco y griego, cerramos los ojos y vemos bacanales.

Bajo el arte del Cristianismo, cerramos los ojos y vemos vírgenes.

La gentilidad nos abate; el Cristianismo nos enaltece. Segun la feliz

expresion de Pascal, el paganismo _nos trae_, el Cristianismo _nos

lleva_. El uno viene, el otro va.

Pues volviendo al edificio que tengo delante, nos alucina; no nos llama;

pertenece al arte gentil, no al arte cristiano; es una especie de

idolatría; no un culto; no una adoracion; tendré que decirlo otra vez:

es un _brillante anacronismo_. El culto divino no hubiera perdido casi

nada, si se hubiera llevado á cabo el pensamiento de Napoleon, que

queria convertirlo en templo de la gloria. Como templo de la gloria,

admirable; como templo cristiano, no habla á mi inteligencia y á mi fe,

por más que me haga latir el corazon.

Ahí, en donde ahora se levanta ese precioso monumento ático, no

existian, hace siete siglos, más que prados, pastores y ovejas, ¡Quién

lo habia de decir entonces!

El edificio que contemplo sucedió á una iglesia, edificada el siglo XV

por Cárlos VIII, en la cual este príncipe estableció la cofradía de la

Magdalena, de donde trae orígen el nombre actual de ese monumento. Y la

iglesia de Cárlos VIII, sucedió á una granja y capilla que en el siglo

XII construyó un obispo de Paris, en donde los cristianos de aquel

tiempo orarian indudablemente con más fervor, que los cristianos del

siglo XIX oran en ese régio alcázar. En torno á la capilla y á la granja

de aquel prelado, se fué formando un barrio populoso, conocido en la

historia con el nombre de _ciudad del Obispo, ville-l'Evèque_.

Mucho despues, la ciudad del Obispo entró á formar parte de Paris, y

habiéndose verificado la apertura de la calle Real, determinaron

construir el actual templo de la Magdalena, enfrente del palacio de

Borbon y de la plaza de Luis XV. Este monarca principió la obra, la

cual, atravesando la Revolucion, el Imperio y la Restauracion, llegó á

Luis Felipe, que la puso la última piedra.

Nos aproximamos un poco. La entrada es verdaderamente régia, gallarda,

arrogante. El gran pórtico del Mediodía, que es el que vemos, está

coronado por hermosos frontones triangulares, y adornado de un bajo

relieve de 35 á 40 metros de anchura, sobre 7 ú 8 de altura, en el cual

se ve á Santa Magdalena echada á los piés del Salvador, teniendo á su

derecha la fe, la esperanza y la caridad, y á su izquierda, casi

revueltos y confundidos, los siete pecados capitales. Así al lado

derecho como al izquierdo, divisamos otras figuras. Las de la derecha

deben ser bienaventurados, que guardan las tres virtudes teologales, y

las de la izquierda parecen ser figuras de réprobos, imágen de los siete

pecados.

Nos acercamos más. La enorme puerta principal, toda de bronce, es un

trabajo de mérito notable; una obra maestra. Allí se ven, simbólica y

admirablemente explicados los diez mandamientos de la ley escrita, por

medio de figuras del antiguo Testamento. Aquella grande historia,

escrita en bronce, me ha llenado de asombro, no tanto por su hábil

ejecucion, como por su vasta y feliz inteligencia.

Un paseo por Paris, retratos al natural · 第 17 / 46 题