Bajo el Consistorio, la secta de los teofilántropos estableció aquí su

culto.

En 1801 tuvo lugar el famoso y raro concilio, á que asistieron ciento

veinte _obispos constitucionales_.

Bajo el Consulado, se restableció el culto católico, prévios una misa y

un _Te Deum_, pomposamente celebrados en presencia de los tres cónsules.

En 1804, el Papa Pio VII puso la corona del Imperio sobre la cabeza del

gran Napoleon.

Aquí tiene el lector la historia artística y social de NUESTRA SEÑORA DE

PARIS, de este gran libro escrito en piedra.

Pasadas estas primeras impresiones, atravesamos el umbral de la

basílica. Necesitaria escribir un año, si tuviese que hacer la

descripcion de los infinitos y curiosos detalles de escultura que

encierra este templo. En este sentido, _Nuestra Señora de Paris_ es

quizá el monumento más rico y más precioso de la edad media. Tanta

estátua, tanto dentellon, tanta columna, tanto relieve, tanto arabesco,

tanta profusion de trabajo, le quita belleza, porque le quita sencillez;

le quita majestad, porque le quita simetría; pero lo que le quita como

arte, se lo da como historia; lo que le quita como iglesia, se lo da

como conservatorio ó museo. No es una gran arquitectura; pero es un gran

libro.

Ciento veinte pilares sostienen las lujosas bóvedas; hemos contado

veintisiete capillas, y admiro los bajo-relieves, en bronce dorado, del

altar mayor, un precioso grupo de mármol, que representa el descenso de

la cruz, la estátua de la Vírgen, la de San Cristóbal, de nueve ó diez

metros de altura, y otro grupo de mármol llamado _el voto de Luis XIII_,

que representa una cruz de piedra blanquísima, medio cubierta por un

paño con una maestría notable; al pié de la cruz aparece sentada la

Vírgen María, teniendo en sus brazos al niño Jesus. Á cada lado de la

Vírgen, se ven las figuras de Luis XIII y Luis XIV, que presentan una

corona á la madre del Salvador. La escultura de estos verdaderos

monumentos no pertenece á la escuela del edificio, por decirlo así;

contradicen la lógica del arte; en una palabra, son otros tantos

anacronismos, pero al cabo son preciosísimas creaciones de una

civilizacion santa y grande, creaciones de un arte sublime, de un arte

sin segundo, del arte cristiano, y nuestra fantasía, nuestro sentimiento

y nuestra inteligencia se ven fascinados por un encanto irresistible. En

un paraíso, tan lleno de esperanzas y de armonías, el alma no piensa; se

embriaga y duerme.

Hemos admirado tambien las maderas y el enrejado del coro, los cuadros

de Luis de Bologne, de Touvenet, de Hallé, de Coypell y de Felipe de

Champagne; los opulentos mausoleos del conde de Harcourt, del cardenal

de Belloy, de.... En fin, he admirado tantas cosas, que si las hubiera

de decir, seria menester que escribiera un libro, como dije antes. Pero

aunque sea de paso, no quiero dejar de hacer mencion de una pintura que

nos ha impresionado vivamente. No recuerdo en qué sacristía he visto

aquel cuadro; pero recuerdo que lo he visto para no olvidarlo jamás.

Este cuadro representa al venerable monseñor Affre, al caritativo y

valeroso arzobispo de Paris, herido gravemente por una bala en las

barricadas del célebre arrabal de San Antonio, en Junio de 1848, y la

bala que se ha extraido de la sangrienta y mortal herida. Hay una verdad

tan ingénua, _tan provocativa_, por decirlo así, en la pintura y un

interés tan grande en el asunto, que el espectador no puede menos de

quedarse clavado ante aquel lienzo. Aquello es una triple epopeya, una

para el arte, otra para la sociedad, otra para la fe.

La gran campana de Nuestra Señora de Paris, la mayor que hay en Francia,

pesa treinta mil libras, ó sea mil doscientas arrobas. Como la _María_

de Sevilla, sólo deja oir su voz grave y solemne en los grandes

sucesos, ó en las grandes festividades.

Pero aún no he hablado de una de las curiosidades más notables que se

encuentran en este curiosísimo monumento. Me refiero al maderámen de la

techumbre, cubierto por mil doscientas treinta y seis planchas de plomo,

cuyo peso no baja de cinco mil quintales.

Pero se hacia tarde y la cabeza principiaba á dolerme. Habiamos dado

demasiado pasto á la inteligencia, á la imaginacion y al sentimiento;

experimentaba irresistiblemente la necesidad de respirar al aire libre,

de espaciar la vista por el horizonte, é hice una señal imperativa á mi

mujer. Salimos y subimos al coche.

--_A l'hôtel Saint-Antoine, rue Beauregard; al hotel de San Antonio,

calle de Buenavista_, dije al cochero.

Al poco tiempo atravesábamos el puente, y mi mujer y yo nos mirábamos

sin hablar, como si hubiésemos dado cima á una grande empresa, tan

grande, que no nos dejaba ni aún aliento para abrir la boca.

El grupo de la Vírgen y del niño Jesus, es una de las cosas que nos han

dejado una emocion más agradable y más duradera. Esto no procede

únicamente de la maestría de la ejecucion, de la habilidad del artista,

sino de otro arte más poderoso, más rico, más maestro, más grande; de un

arte que está dentro de aquellas concepciones, y que da vida al mármol y

al mismo escultor. En aquellas estátuas hay ese viso de ingenuidad, de

candidez, de fervor é inocencia que encontramos en el Evangelio, en ese

libro que tantos cristianos ignoran, que tan pocos cristianos leen, que

tan pocos cristianos estudian, que tan pocos cristianos entienden; sobre

todo, que tan pocos cristianos practican. En aquellas estátuas se ve

algo del carácter más santo y expresivo que conoce la historia; algo del

tipo más bello, más noble y generoso que venera el mundo; algo de la

Vírgen María. La Vírgen María quiere decir: candor, pasion y fe:

inocencia, dolor y esperanza. La Vírgen María lleva en sí la idea y la

encarnacion de todo un mundo nuevo, es una civilizacion que vale por

todas.

Cuando calculé que ya íbamos á entrar en las calles, me asomé por la

portezuela, y dirigí un saludo con la mano a _Nuestra Señora de Paris_,

como quien se despide de un amigo.

Pasamos muchas calles, muchas plazas, muchas travesías, muchas

callejuelas, que no parecen de Paris, y al atravesar la calle del famoso

y novelesco Temple, presenciamos, á despecho nuestro, una escena muy fea

y muy repugnante. ¡El egoismo es la más voraz de todas las fieras, el

más rastrero de todos los reptiles, el más asqueroso de todos los

insectos! Estando avecindado entre los hombres, Dios no tuvo necesidad

de crear un infierno para este mundo. Un padre, halagado por ciertas

esperanzas de lucro, habia vendido la honra de la menor de

sus tres hijas. Aquel hombre (no merece que le demos el nombre venerando

de padre) aquel hombre egoista, idiota, cruel, bajaba la cabeza y fumaba

su pipa negra. La pobre de su hija, muchacha como de catorce ó quince

años, le reconvenia furiosamente en medio de la calle. Estaba pálida

como una muerta, desgreñada como una loca, trémula y llorosa como una

mujer deshonrada. Allí oimos cosas que no olvidarémos, y de que no

podemos dar parte á nuestros benignos lectores.

Llegamos, por fin, á nuestro hotel. Pagué al cochero siete francos, uno

de propina, y subimos á nuestra habitacion, que nos pareció el templo de

la Paz. ¡Qué silencio tan apacible! ¡Qué dicha!

Repuesto un poco de esa especie de sopor ó letargo que causa en nuestro

ánimo la admiracion, principié á meditar sobre lo que habia visto,

mientras que mi mujer se ponia un traje de casa. La verdad, me veo

turbado; apenas puedo desenredar, si así puede decirse, las primeras

ideas y sensaciones. Si en este instante me preguntaran si he visto una

iglesia, un alcázar, un panteon ó un baluarte, casi no sabria qué

responder.

Efectivamente, _Nuestra Señora de Paris_ nos deja una memoria confusa,

tan confusa como deliciosa, porque confuso y delicioso es el arte misto

que allí impera. Aquel arte no es un monarca, es un tirano, pero un

tirano creador y espléndido.

Al ver el monumento de que hablo, sentimos lo que cuando hallamos muchas

huellas como amontonadas y confundidas. El rastro confundido no es un

rastro; pero la mente lo adivina. El pensamiento tiene tambien sus

goces, y aquella adivinacion es el primero de los goces intelectuales.

La suntuosa catedral de Paris no tiene esos techos despejados, claros,

altísimos, atrevidos y majestuosos de la catedral gótica: no tiene

tampoco esas bóvedas aplanadas, casi chatas, esa atmósfera oscura, ese

horizonte misterioso de la mezquita árabe; no tiene la esbeltez, la

elegancia, la virilidad, la pompa sencilla y sublime del palacio griego

y toscano. No tiene nada de eso, y todo eso se encuentra allí; si no se

encuentra, se conjetura, se presiente, se distingue á lo léjos. Allí se

ven mezclados y confundidos el Oriente, la Grecia y la Italia; el

palacio, la mezquita y la iglesia. Esto no se ocurre desde luego; pero

despues que se reflexiona sobre aquel precioso mosáico, sobre aquella

_bellísima barbarie_, sobre aquella _hermosa monstruosidad_, encontramos

una especie de mesa revuelta, en que no sabemos qué admirar más, si la

belleza de las partes, ó el curioso desórden y la rica y fecunda

discordancia del conjunto. Gentilidad, cristiandad, feudalismo,

renacimiento, arte moderno, todo está allí, como están los haces de miés

en una era, desde Júpiter hasta Childeberto, desde Childeberto hasta

Mauricio de Sully, desde Mauricio de Sully hasta San Luis, desde San

Luis hasta el actual Napoleon. No perdiéndose Nuestra Señora de Paris,

no se pierde una gran parte de la historia y del arte de Francia.

Por último, no debo escatimar al nobilísimo edificio que hemos visitado,

ya que somos deudores de tan gratos recuerdos, un elogio que, á mi modo

de ver, significa mucho. Despues de estar poetizada _Nuestra Señora de

Paris_ por el genio de Víctor Hugo, que es un gran genio, _Nuestra

Señora de Paris_ parece poética.

Hemos resuelto no salir á la calle para comer. Eso de comer á lo

transeunte, á lo bohemio, como si dijéramos al salto de mata, nos

fastidia y nos entristece. Hemos llamado á la hija de la lechera, y la

hemos encargado salchichon, jamon dulce, sardinas de Nantes, una libra

de fresas, un panecillo y una botella de vino Macon.

Mientras que la muchacha nos trae los recados, yo escribo esta revista á

la manera que se persigna un cura loco.

La chica llama, mi mujer abre, la muchacha entra, deja nuestro avío, se

va, mi compañera pasa la llave, y nos quedamos solos. ¡Qué hermosa es la

casa en que vivimos! ¡Qué hermosa es la familia! ¡Qué hermoso es el

amor! ¡Qué hermosa tambien es la tranquilidad!

En este sentido, Paris nos ha hecho un gran regalo. En Madrid nos

inquietaba un tanto la policía; aquí vivimos en la más perfecta y

envidiable calma.

Lector, si el cofre que tienes en tu casa te produce inquietudes

profundas; si el cofre que tienes en tu casa te turba el sueño, créeme,

tira el cofre á la calle. Pasa por todo, menos por intranquilizar tu

espíritu. La tortura del sentimiento y la violencia ejercida sobre

nuestra alma, son las dos tiranías más insoportables de este mundo. Esto

nos advierte que hay una gran verdad, un gran secreto, una gran ciencia;

esto nos advierte que hay un espíritu, y que ese espíritu, esa

exhalacion que no se toca, que no se ve, que no se mide, que no se

compra ni se vende, es el gran poder de la tierra, el sumo Pontífice de

la vida humana.

Sobre la cubierta de mármol blanco de la cómoda, sin mantel, ni

servilletas, ni cuchillos, ni tenedores, ni platos, hemos colocado

oportunamente el salchichon, el jamon dulce, las sardinas, las fresas,

la botella de vino, la de agua y el pan. Aún cuando comemos en casa,

esto nos parece una comida de campo. La libertad con que comemos, nos

hace creer que nos encontramos en una romería, entre tomillo y alelíes.

Hemos comido opípara y deliciosamente, y aquí doy fin al dia décimo

tercero, porque seria muy difícil darle mejor final.

=Dia décimo cuarto=.

El sueldo de la paralítica.--Mis humos caballerescos.--Establecimiento

de caldo.--Comida compuesta de tres sopas, de tres platos de carne, de

tres legumbres y de tres postres, á franco y medio por persona.--Muñecas

que hablan.--Aleluyas.--Almuerzo.--Estéban Lesperut.--Comida.--Soberbia

de mi mujer.--Café cantante titulado la Francia Musical.--Teatro de la

Gran Opera.--Opera francesa.--Zarzuela española.--Harem europeo.

Salimos muy temprano en busca de algun _restaurant_ que nos acomode,

bajo el doble aspecto de estómago y bolsillo. Es indudable que lo hay;

¿qué no hay aquí? Sí, lo hay, digo yo á mi mujer; pero mi mujer me

contesta: ¿dónde está? De esto se trata.

No distábamos treinta pasos de nuestro hotel, cuando oigo que me

llamaban. Era una pobre muy anciana, á quien habian tirado un sueldo

desde un balcon. La pobre estaba paralítica, no podia agacharse para

recoger la limosna, y con este fin me habia voceado. La señorita que

arrojó el sueldo miraba desde el balcon de un piso segundo, como para

ver el desenlace de aquella pequeña aventura. Estoy seguro, de que en

España no me habria ocurrido el menor escrúpulo en este instante; pero

me hallo en país extranjero; esta circunstancia es una voz de alerta que

clama siempre en torno nuestro, y me ví asaltado por un sentimiento

singular, muy singular en mí. La señorita miraba desde arriba, la pobre

esperaba que yo la sirviese, como era justo y natural; pero yo

experimenté entonces que en los españoles existe una mezcla de genio

aleman y de genio romano; una mezcla de pensamiento y de fantasía, de

concentracion y de ligera idealidad, que describe maravillosamente ese

temperamento moral que nosotros llamamos _hidalguía española_.

¡Desdichado de mí! ¡Cuánto me resta que aprender! ¡Cuánto ignoro! Yo no

me creia _hidalgo_: no suponia en mí ese espíritu caballeresco que

caracteriza un siglo y una raza; el siglo feudal y la raza latina; y

ahora me encuentro con que ignoraba lo que sucedia en mí propio.

Indudablemente tengo algo de raza y de feudo, y de ello pudiera ser

testigo la mendiga. En vez de recoger el sueldo, como ella me suplicaba

y como esperaba la señorita del balcon, la dí dos sueldos y proseguí mi

marcha, aparentando que no habia comprendido.

Ignoro qué impresion haria en mis espectadoras _mi rebeldía

caballeresca_; pero ello es que yo caminaba tan ufano como si hubiera

hecho una conquista. Pasada aquella ráfaga de caballerismo, empezó á

preocuparme la idea de si habria cometido una falta de caridad, una

falta tanto más reprensible cuanto que la habia cometido con una pobre

anciana.

Mi mujer quiso disuadirme diciendo:

--¿De qué puede quejarse? La has dado el doble de lo que ella te pedia.

--No, respondí á mi mujer. Puede quejarse de mi soberbia, de mi soberbia

con una vieja paralítica. La he dado el doble; pero el dar no prueba que

se da bien, puesto que muchas veces la simple dádiva envuelve una

afrenta; á veces se da la deshonra.

Si yo estuviese paralítico, si suplicase á un transeunte que me cogiera

un cigarro que se me hubiese caido al suelo, y el transeunte me diera

dos cigarros suyos, yo no aceptaria de ningun modo su presente, y le

llamaria orgulloso, presumido, insensato tal vez. Yo no le pedia los dos

cigarros que me da, sino un servicio que no me hace, una obligacion que

no cumple; si tú quieres llamar á esto caridad, es una caridad que no me

otorga, que me niega con cierto alarde de virtud; pero al cabo me la

niega, y yo veria en su alarde de virtud un alarde de vanidad.

Mi mujer me miraba con cierta maravilla, al observar la séria

importancia que yo daba á un accidente tan pasajero; pero yo estaba

herido por una especie de remordimiento, y no pude menos de proseguir:

si aquella mendiga no hubiese perdido, como el hábito horrible de la

miseria, la justa apreciacion de su decoro, si no hubiese sacrificado su

dignidad al embrutecimiento que sigue siempre al desamparo y á la

abyeccion; si con la sensibilidad de su cuerpo no hubiese perdido la

sensibilidad de su conciencia; si aquella infeliz vieja viviese para la

vida del espíritu, como vive para la vida del abandono, seguramente

hubiera despreciado la donacion de mi soberbia, la jactanciosa caridad

de mi egoismo; seguramente hubiera despreciado una limosna que no

escucha un ruego natural; que da dos monedas, y camina ufana porque ha

sido altanera y cruel. Si la pobre inválida existiese para el

sentimiento de lo que es, como existe para el sentimiento de lo que

sufre, seguramente me hubiera afrentado.

--No, amiga mía, no: si otra cosa crees, te engañas: al menos, mi

corazon me dice que te engañas. Todos somos hermanos, ante la religion

que nos llama por boca de un viejo: más hermanos todavía, ante la

sublime fraternidad de la desgracia y del dolor.

He hecho mal, muy mal, y me pesa. Yo he debido coger el sueldo, dárselo

á la inválida, sin perjuicio de añadir mis dos sueldos, ó lo que me

hubiera parecido oportuno. He ofendido á la paralítica, y la pido

perdon.

Mi mujer hizo ademan de replicarme, sin duda para tranquilizar mis

escrúpulos, porque tiene demasiado sentimiento moral para no comprender

que la razon estaba de mi parte; quiso contestarme, repito; pero tuve la

suerte de que se me ocurriera una observacion, á la cual no resiste

nunca una mujer.

--Supon, le dije, que tú no conocieras á tu madre; supon que esa mendiga

fuera tu madre, ¿habriamos hecho lo que hicimos?

No, es bien cierto que no. ¿Y con qué derecho exigirias tú que un hombre

accediera á las súplicas de tu madre tullida, porque tu madre puede

tullirse, cuando tú creyeras que yo he hecho bien no accediendo á las

súplicas de aquella inválida, aquella inválida que tambien puede tener

hijos, como tu madre te tuvo á tí; aquella inválida de la cual tú

pudiste ser hija?

Mi mujer contestó:

--Es verdad.

Al desembocar en la espaciosa calle de Montmartre, vi un letrero hácia

la derecha que decia: _Établissement de bouillon_. (Establecimiento de

caldo.)

Esta especie, es decir, el que el caldo diese lugar á que hubiera

establecimientos, y establecimientos tan importantes como el que vemos,

es un hallazgo que nos asombra. Nos aproximamos, vimos varias frutas y

dulces en almíbar que están expuestos en los escaparates; pero echamos

de ver que hay jarros de flores á cada lado de la entrada principal, y

esta circunstancia, unida á la de ser un punto muy céntrico, nos da mala

espina acerca de sus condiciones económicas. No quisiéramos un

restaurant tan cerca del de _Champeaux_; pero allí entra multitud de

personas, se titula _Establecimiento de caldo_, y hemos resuelto hacer

una nueva experiencia.

No es aún hora de almorzar; seguimos la calle de Montmartre hasta la

calle paralela á la de Rousseau, y tiramos por ella hácia la plaza de

las Victorias, donde mi mujer tenia que comprar algunas frioleras; si

bien no son frioleras para mí, puesto que me ponen en un potro, á causa

de ignorar sus nombres en francés. Tambien es cierto que los ignoro en

español.

Al subir por la acera derecha de dicha calle, vemos un aviso en que se

lee: _en el piso principal de esta casa, se da una comida (un diner),

compuesta de tres sopas á eleccion, tres platos de carne, tres de

legumbres y dos postres, todo por franco y medio_. El precio nos pareció

sumamente arreglado, resolvimos comer allí, tomamos nota de la calle y

número de la casa, y caminamos hácia la plaza de las Victorias.

Mi mujer hizo provision de hilos, sedas, agujas y trencillas; nos

dirigimos á la Bolsa con el fin de aproximarnos al restaurant de la

calle Montmartre, atravesando el pasaje que llaman de Vivienne, nombre

que toma de la calle en que está. En este pasaje hemos visto una

curiosidad que no ha dejado de impresionarnos. Hay una porcion de

muñecas grandes, con un excelente colorido, ojos perfectos, una

cabellera naturalísima, y que tienen la facultad de articular varias

palabras, merced á un cilindro interior. Á este cilindro se le da

movimiento por un resorte que está debajo de la tabla que sirve de base

á la muñeca, de modo que el espectador no se aperciba á primera vista

del secreto de aquella operacion.

Hay una que dice: _me llamo María y hablo mejor que mi hermana. (Je

m'appelle Marie et je parle mieux que ma soeur_.)

Otra dice: _mi abuela me ha dicho que pasaré el próximo estío en el

campo. (Ma grand'mère m'a dit que l'été prochain je serais à la

champagne_.)

Otra muestra un dechado con la mano derecha, y dice: _este es el premio

que he ganado en mi colegio. (Voilà le prix que j'ai remporté dans mon

collége_.)

Esta curiosidad que parece tan admirable, tiene sin embargo una

explicacion facilísima, si vale creer en lo que se me ha dicho. El

cilindro que está en el interior de la muñeca produce la articulacion de

las sílabas, como el que está dentro de un organillo produce la

articulacion de las notas musicales, dando un sentido perfecto á la

composicion.

En el mismo lugar hemos visto unas aleluyas con motivo de los

miriñaques. Estas aleluyas son un verdadero drama cómico, y bastarian

para demostrar la excelencia del carácter francés, para el ridículo,

cuando aquel carácter necesitára de nuevos testimonios. Hay situaciones

verdaderamente oportunas, como aquella en que un marido ve á su mujer

dentro del miriñaque, y suponiendo que no podria oirle á la distancia

que el miriñaque hacia necesaria, la está hablando con una bocina.

Salimos del pasaje, atravesamos luego la plaza de la Bolsa, y á los

pocos momentos entrábamos en el _Establecimiento de caldo_, calle de

Montmartre, número 43. He dicho que entrábamos, y esto no es exacto en

rigor. Pretendiamos entrar; pero nos detuvieron, á fin de proveernos de

unas papeletas, sin las cuales no está permitida la entrada. Yo quise

preguntar al _contralor_, que así se llama el empleado que da las

targetas, sobre el uso á que las habiamos de destinar; pero los

franceses son todos adivinos en el _instante soberano_ de hacer un

negocio. El contralor comprendió desde luego mis dudas, y se contentó

con decirme: _allez, monsieur, allez_. (Vaya usted, señor, vaya usted.)

Estas palabras tienen en francés una significacion más eficaz que en

castellano, por lo mismo que significan una especialidad francesa.

_Allez, monsieur, allez_, quiere decir: _anda, anda, que allá dentro te

arreglarán_; ó bien esto otro: _estoy haciendo mi vendimia; ¿no ves,

majadero, que tengo un racimo en la mano? No seas impertinente, anda y

déjame en paz_.

La palabra _monsieur_ (señor) tiene un sentido muy gracioso en la frase

citada. Viene á significar una cosa muy parecida á la palabra castellana

_tonto_, que de paso sea dicho, es una de las grandes bellezas de que

tanto abunda nuestro rico y hermoso idioma. En efecto, el sonido sordo y

tardío de este vocablo, suministra la idea exacta de un entendimiento

que se despereza, que abre la boca con trabajo, que balbucea un nombre

con la lentitud ébria del que se duerme: en el sonido de la palabra

_tonto_ hay algo parecido al de la de _sapo_, y esta única relacion es

más que suficiente para darla una propiedad y una fuerza admirables.

Pues bien, _allez, monsieur, allez_, quiere decir al pié de la letra:

_anda, tonto, anda_.

Yo lo comprendí como lo digo; pero este insulto era un secreto de

lenguaje; era un insulto que tenia en su abono el genio de una lengua

que hablan en todo el mundo doscientos millones de hombres, y no habia

otro remedio que bajar la cabeza y andar.

Entramos en el primer salon del establecimiento y nos sentamos cerca de

una mesa de mármol, limpia y lustrosa, sin manteles ni servilletas.

En la targeta que nos dieron á la entrada, están notados todos los

artículos disponibles en el establecimiento, con el precio de cada uno

al márgen.

La servilleta es el primero de aquellos artículos, y cuesta un sueldo

por cada comida.

Pedimos servilletas y sopa de pasta, llamada aquí _pâte d'Italie_ (pasta

de Italia) y la criada que nos sirvió, que criadas son todas las que

sirven, sacó su lápiz negro, y con el desenfado de un maestro en el

oficio, hizo dos rayas en el artículo servilleta, y otras dos en el

artículo sopa.

Luego pedimos chuletas de carnero, y volvió á hacer dos marcas en el

artículo correspondiente.

Lo mismo sucedió respecto de las demás cosas que pedimos. Concluido el

almuerzo, pregunté á la sirviente qué debia hacer con aquella targeta

tan decorada.

--_Monsieur, allez au comptoir, s'il vous plaît. Señor, sírvase usted ir

al mostrador_, y señalaba á un mostrador que estaba á la izquierda de la

puerta principal, ocupado por dos señoras sentadas.

Estas señoras eran las oficinistas. Me llegué á la que se hallaba más

próxima á nuestra mesa, cogió la targeta sin mirar, sumó con la

velocidad del relámpago, y estampó la suma y un sello con tinta

encarnada. La pregunté si allí debia pagar, me contestó afirmativamente

y me dió la vuelta de una moneda de diez francos. El almuerzo nos habia

costado cinco francos y trece sueldos, próximamente once reales á cada

uno, incluso una botella de vino.

Al salir dimos la targeta al contralor, cuyo oficio consiste en darlas

en blanco, y recibirlas con el sello encarnado; penetramos á duras penas

á través de la gente que entraba, y, quede aquí escrito en gloria de

_Duval_, amo del establecimiento, esta comida ha sido la menos

repugnante á nuestro gusto, por ser la que menos repugna á la cocina

española. Este hallazgo nos alentó con la seguridad de que en Paris no

nos moriríamos de hambre por falta de mesa, y resolvimos solemnizarlo

yendo á un café cantante, desde las seis hasta las ocho de la noche, y

al teatro de la Gran Opera, desde las ocho y media hasta las doce.

Teniamos noticia de tres cafés cantantes: el de la _Francia musical_,

hácia el bulevar de la Buena Nueva; el de _Moka_, en la calle de la

Luna, y el del _Concierto_, calle de Montmartre.

El más importante es el de la _Francia musical_, exceptuando los tres

que hay abiertos en los Campos Elíseos, durante el verano, y adonde no

podriamos ir, teniendo pensado asistir á la Opera. Nos hemos decidido

por el de la _Francia musical_.

Disponiendo así el plan del dia, nos dirigiamos al paseo del Palacio

Real, de donde pasamos á los jardines que decoran los costados de las

Tullerías, por la parte del Sena, con el objeto de evitar el calor. Allí

nos sentamos; yo no sabia que me sentaba en sillas imperiales, porque

luego supe que todos aquellos asientos pertenecian al palacio y eran

gratis. ¡Cosa extraña en Paris, en donde el hombre paga hasta la luz que

Dios da de balde al gusano!

Casi tocando con la silla de mi mujer, estaba sentado un viejo militar,

de una gran talla, con cabello muy blanco y una de las barbas más

venerables que en mi vida he visto. Nos oyó hablar, y nos dirigió en el

acto la palabra, con ese aire de jovialidad afectuosa con que tratamos á

un individuo de nuestra familia. Hablaba en castellano, de un modo

violento; pero que se dejaba comprender.

El anciano que nos dirigió la palabra es un veterano del primer Imperio;

hizo en España toda la guerra del año ocho con el grado de capitan.

Tiene ochenta y tres años. Su mujer y una hija están en el departamento

de Lion, su hija es la directora de correos en una cabeza de partido, y

viene á Paris con el fin de buscar empleo á otro hijo que tiene, _á su

Hipólito_, antes de morirse, hora que cree cercana.

Todo esto nos lo dice en menos de cinco minutos, y nos habla con la

misma expansion y el mismo júbilo que si fuéramos, mi mujer la

_directora de correos_, y yo su Hipólito.

Estéban Lesperut, así se llama, toca ese grado de lucidez interior, en

que el hombre toma la costumbre de amar el pensamiento de la muerte,

como si se tratara del último misterio que su destino le ordena

descifrar; en que el hombre se ofrece á nuestra fantasía de un modo

semejante á la idea de silencio, de espíritu, de historia, de

inmortalidad casi, en que el hombre es el canto del tiempo, colocado

entre el mundo y Dios, como una estátua está colocada entre el genio de

un artífice y los ojos del que la mira.

El buen Lesperut, el cariñoso y honrado Lesperut, abre los ojos con

esfuerzo, procura dar vigor á su pupila, sonrie expansivamente, y nos ve

y nos escucha con un regocijo que nos tiene encantados.

¡Con qué efusion recitaba las cartas que habia recibido de una Isabel,

de quien conservaba recuerdos amorosos! ¡Con qué cordialidad hablaba

tambien de una doña Gertrudis, ama de un abogado de Salamanca! Aquel

hombre parecia vivir en aquellos instantes con una doble vida.

En Lesperut hemos encontrado un compatriota, un verdadero amigo, un

padre. Nos ama como ama el recuerdo de su juventud, de sus proezas, de

sus glorias. Ama á los españoles como ama la memoria de su primer

emperador. Cuando habla de estos sucesos, habla y llora.

Se acercaba la hora de comer, y tuvimos el sentimiento de abandonar su

compañía, no sin prometernos comer juntos al dia siguiente en el

restaurant de San Jacobo, calle de Rívoli.

No habian trascurrido diez minutos, cuando nos hallábamos en la casa en

donde debiamos comer por franco y medio cada cubierto.

Al entrar volvimos á leer: tres sopas á eleccion, tres platos de carne,

tres legumbres y tres postres. Tanta baratura nos aturdia.

Subimos, y la señora del establecimiento nos improvisó una mesa aparte,

en una habitacion que estaba á la izquierda, contigua á la estancia

destinada á los fumadores. Los dos salones que servian de comedor,

estaban llenos de parroquianos.

Esta circunstancia nos confirmó más en la idea de la baratura.

Aquella señora nos sirvió desde luego media botella de vino á cada uno,

el pan correspondiente y una sopa de pasta. Luego nos preguntó qué carne

queriamos. Nosotros pedimos chuletas de carnero, como para disponer el

estómago. Vinieron las chuletas inmediatamente, no parecian malas, y mi

mujer dejó escapar una mirada de intencion hácia mí, como si quisiera

decirme: _amigo mio, esto es otra cosa; este Paris no es aquel Paris_.

Comimos las chuletas, y quedamos dispuestos para los otros dos platos de

carne. Pero ¡pecadores de nosotros! Nos habian servido una sopa: ¿y las

otras dos que ofrecia el aviso?

La señora entró á saber qué legumbres queriamos.

¿Y los otros dos platos de carne? ¿Se quedarán donde se quedaron las dos

sopas? Vino un doble plato de judías sin salsa, y me preguntó qué

postres eran de nuestro gusto.

Pero ¿y las legumbres que faltaban?

Mi mujer no pudo contenerse por más tiempo.

--¿Qué es esto? me dijo. ¿Dónde están las tres sopas, los tres platos de

carne y las tres verduras?

Yo me encogí de hombros y esperé.

La señora entró con dos ciruelas casi verdes, y dos plumas. Las plumas

equivalen á los palillos que usamos en España, aunque tienen un doble

oficio. Ofrecer un plato con plumas, significa lo que significaba el

lego cuando nos miraba con el saco de la limosna abierto.

Aquellas plumas eran una sentencia. Resuelta y decididamente, la comida

se habia terminado. No habia más.

Segun nuestro modo de ver las cosas, nos habian escamoteado dos sopas,

dos platos de carne, dos de legumbres y dos postres, ó sea las dos

terceras partes de la comida: ¡otra vez el doscientos por ciento!

Mi mujer queria á todo trance que pidiera alguna explicacion sobre el

hecho, haciéndolo cuestion de _energía española_; pero yo miré el asunto

de otro modo.

Las explicaciones que me den, dije yo para mi capote, no me valdrán un

plato; perderé el tiempo, gastaré saliva, se me indigestará lo poco que

he comido, y habré hecho méritos para que me tengan por cafre ó por

moro, sobre todo si anda por aquí el Sr. Dumas.

Nada; no hay más recurso que pagar; tener muy presente esta casa, y

bajar la escalera.

Llamé á la señora, la dí una moneda de diez francos, me trajo la vuelta,

dejé unos sueldos (mi mujer hizo un gesto terrible) y salimos de la

habitacion.

Al bajar las primeras escaleras, no pude menos de decir sorprendido á mi

compañera:

--¿Así te vienes?

Estaba tan atribulada y tan soberbia, tan _españolamente soberbia_, que

se habia dejado el sombrero en una percha del comedor.

A las siete subiamos las espaciosas escaleras del café la _Francia

musical_, entre vistosos jarrones de flores y grandes espejos que nos

retratan á uno y otro lado.

La concurrencia comenzaba entonces, y tuvimos ocasion de colocarnos

enfrente del pequeño teatro que hay en el fondo, cerca de la orquesta,

de que formaba parte un negro muy elegante y muy lustroso.

Probablemente aquel negro ganará más que los otros músicos, puesto que

es de más efecto dramático.

Una jóven, que ha venido sola, se llega á la orquesta y cruza dos

palabras con el director. Despues pasea los ojos ávidamente por la

concurrencia, como si se gozase en recibir todas las miradas.

Es una _dama del teatro, una actriz, una artista_.

La compañía consta de tres damas y de tres galanes.

Las damas son: tiple, _carácter ligero_ y carácter cómico.

Galanes: tenor, barítono, bufo.

La orquesta preludia y la concurrencia se anima.

Un garçon de frac negro y corbata blanca se acerca á nuestra mesa. Mi

mujer pide un té, y yo una copa de Madera con bizcochos.

La orquesta rompe, se abre la puerta del fondo del teatro, y aparece la

jóven que vimos venir sola, presentada por el tenor, el cual la trae

cogida de la mano con el mayor refinamiento.

El principio fué muy desgraciado para nosotros.

¿No es esa la jóven que entró aquí sola á presencia de todo el mundo?

Pues si aquí vino sola, si sola se iria hasta el fin de la tierra, ¿por

qué ese coquetismo de que la acompañe el tenor ante un público que está

convencido de que no tiene necesidad alguna de compañía? El público sabe

que _aquella dama_ _no se perderá en el camino_: ¿por qué contradecir

ese convencimiento que tiene el público, cuando lo tiene con _razon_?

No, señor, se dice: cuando aquella jóven entró en el café, no era dama

del teatro. Ahora lo es, y la cultura tributa ese homenaje á la mujer, á

la actriz y al público.

Yo no lo creo así. Creo que el arte da belleza, no moral. Creo que la

moral nació con la opinion de la mujer, y que es injusto sacrificar la

mujer á la artista, cuando la mujer es la grande artista de la

naturaleza.

Si la mujer pudo entrar sola en el café, la cantatriz puede salir sola

al teatro, porque ambos son hechos sociales que caen igualmente bajo la

jurisdiccion de las opiniones.

Más claro, veo en ese refinamiento un coquetismo, una ridiculez, y creo

que la ridiculez y la coquetería no son un homenaje tributado al

público, ni á la actriz, ni á la mujer.

El tenor se retiró haciendo cortesías exageradas, y ella quedó en la

escena inclinada hácia el público, como la red que baja al fondo para

rastrear algo.

_La actriz_ no se engañaba; el público aplaudió.

En seguida cantó un aire nacional con bastante voz, con bastante gusto é

inteligencia, pero haciendo mohines que destruian en nosotros el efecto

del canto.

_La prima donna_ da fin á su papel, se inclina respetuosamente ante el

público, el público aplaude otra vez, se abre de nuevo la puerta del

fondo, y aparece el tenor, el cual se la llevó como la trajo.

Despues de mediar un entreacto de orquesta, asoma el tenor. Este tenor

es un hombre muy alto, delgado, inmóvil, con un gran bigote tan inmoble

como sus piernas.

Cantó con voz llena y poderosa; pero en aquel sonido no habia más que

voz.

Sigue al tenor la dama de _carácter ligero_, calificacion que la viene

de molde, atendido el contínuo movimiento de sus piés.

Es una mujer de veinte y ocho á treinta años, baja, un tanto gruesa, lo

que se llama rechoncha, y que no puede estar quieta un instante, como

el gorrion que salta sin cesar cuando busca algun cebo á su pico.

Esta mujer me suministra la idea exacta de lo que se llama en Andalucía

_un aire respingon_.

Cantó una tonadilla, con su acompañamiento de momos y saltos, saludó al

público; es decir, al café, con mucha efusion y cierto gracejo ... nada

más.

Hé aquí ahora al galan de carácter ligero. Esto no lo hubiera dicho al

verlo salir, porque creí que se habia invertido el órden de la funcion.

Creí que aquel hombre era el _carácter cómico_, el bufo, el payaso. ¡Qué

gestos! ¡Qué gritos! ¡Qué contorsiones! Pero la puerta del fondo se

abre, como sale una bala del cañon. ¿Qué es eso que asoma? ¿Qué es ese

bulto que sale corriendo, voceando, con el sombrero calado hasta las

orejas, y con un frac cuyas estrechas puntas van golpeando sobre los

talones de aquel bulto?

_Es el actor cómico_. Este actor canta, ladra, ahulla, corre, brinca,

salta, se estira, se encoge, se pone de cuclillas, de cuatro piés.... En

fin, el hombre que al juzgar de las cosas se deje llevar de las primeras

impresiones, no debe venir á los cafés cantantes, sino despues de haber

estudiado todas las relaciones de esta sociedad originalísima. Si los ve

antes, juzgará mal.

Lo único que puedo decir, es que al presenciar estas escenas tengo dolor

de estómago. ¡Tan verdadera, tan filosófica y tan expresiva es la

palabra española _estomagar_! ¡Sí, óigalo Francia, esta culta y poderosa

Francia! _Estoy estomagado_.

--No, señor, vuelven á decir los franceses.

Hay muchos hechos que no son tanto cuestion de lógica, como de costumbre

ó de país. Para no extraviarse en la apreciacion de las manifestaciones

sociales de este pueblo, es indispensable saber cómo este pueblo vive.

Despues de un dia de diligencia y de trabajo, el hombre francés come y

viene al café, como quien asiste á un recreo. No le hableis ahora de

nada sério, de nada grave, de nada moral. No le hableis de nada que

pueda preocuparle y alterarle la digestion. Para eso tiene diez ó doce

horas al dia.

Esto se dice; pero no hallo en todo eso una razon que me convenza. Desde

luego opino, y es una opinion muy profunda en mí, una opinion en que yo

fundo el gran axioma de la vida humana: opino, decia, que no veo

cuestiones de país ó de costumbre contra las eternas cuestiones de la

lógica: desde luego creo que la lógica es el país universal, la única

costumbre necesaria. Si sobre la tierra existiese un pueblo que tuviera

el poder de trastornar con sus prácticas y costumbres las ideas

sustanciales de lo bueno, de lo verdadero, de lo justo, aquel país seria

una diablura, una infamia, una apostasía. No, señores franceses; la

Francia está dentro del globo, está dentro de la humanidad, está dentro

de los fines providenciales, como una pulsacion de mis sienes tiene su

causa en mi cerebro, como una idea de mi alma está dentro de mi juicio.

No; no hay países morales para contradecir el grandioso decálogo que una

razon unánime ha escrito sobre las leyes del universo. Si alguno de

vosotros cree que vuestro país tiene ese privilegio trastornador,

entienda que el tal privilegio fuera una herejía.

Vosotros os vais al café con el objeto de recrearos. Nada más justo;

especialmente despues de muchas horas de aplicacion y de virtud. Pero

¿de qué manera os recreais? ¿Oyendo maullar? ¿Viendo que un hombre se

convierte en gato, para que vuestra digestion no se turbe? Pues ¿qué

digestion es la vuestra, que sólo se hace bien contemplando que un

semejante vuestro se degrada? ¿Creeis por ventura que no es degradacion

para un hombre el hacer oficios de lobo, puesto que ese hombre aulla?

¿No ois los aullidos? ¿Eso os recrea? ¿Eso ayuda vuestra digestion,

señores franceses?

--¡Así nos recreamos!

--¡Ah! Si no teneis más razon que esa, me callo.

Un hombre ponia candentes unas varas de hierro, las cogia con la

necesaria precaucion, se acercaba de un modo imprevisto á sus criados, y

les quemaba las piernas, los brazos ó el cogote. Los criados saltaban,

gritaban, hacian gestos, y aquel hombre se distraia tambien con aquellos

gestos, con aquellos saltos, con aquellos gritos.

--_Así me recreo yo_, podria contestaros aquel hombre.

No os disputo el derecho de divertiros; sino el derecho de divertiros

contra lo que se debe al decoro, á la moral, al hombre, porque no hubo,

ni hay, ni habrá nunca derecho para obrar contra el hombre, contra la

moral, contra el decoro; de la misma manera que no hubo, ni hay, ni

puede haber luz en el espacio para derramar las tinieblas en nuestra

pupila.

Recrearos, sí: recrearos á costa de un semejante vuestro que hace el

gato, el perro, el gallo, la gallina, el lobo, hasta el cocodrilo, si

cupiera: no, mil veces no. Eso no es recreo, porque no es arte, porque

no es humanidad, porque no es ni decencia.

--Si aquí vivieras algun tiempo, le contesta: si aquí perdieras ese

gusto extranjero que te presenta como repugnantes los hábitos de esta

sociedad, acabarias por asistir á estos espectáculos y por recrearte

como nosotros.

Tampoco me convence esta prueba. En una ocasion padecí vigilias, hasta

el punto de estar diez y siete dias sin dormir un instante. El médico me

aconsejó el ópio; yo me negué, y recuerdo que el médico me decia: si

usted se acostumbrara á usar de aquel narcótico, lo usaria al cabo como

ahora puede usar de los dátiles, por ejemplo.

Puedo acostumbrarme á los cafés cantantes, como puedo acostumbrarme al

ópio, al veneno, á la disolucion. ¿De qué manera?

Relajando mis aptitudes físicas y morales; destruyendo en mi

organizacion la ley natural, el dogma de mi sér.

Si hay razon para decir que me acostumbraria á una accion degradada, y

que llegaria á gozar en ella, habrá razon tambien para que el bandolero

me diga: _vente con nosotros, desecha escrúpulos, no temas. Luego que te

acostumbres, nuestra vida errante te hará gozar con los peligros de una

hazaña; nuestra cueva te parecerá tan hermosa como un palacio; te

creerás un héroe, como nos lo creemos nosotros_.

Si vale raciocinar de esta manera, no hay criterio en el mundo.

Aún considerado únicamente como recreo, como _medio de digestion_, mi

estómago se levanta mal humorado, y es un testigo que depone

inexorablemente contra un espectáculo semejante.

Sin embargo de que no soy francés, haria cualquiera sacrificio á trueque

de lograr que este pueblo no _digiriera alegremente_, que este pueblo no

hallara goces al presenciar que un hombre se agacha, se pone en cuatro

piés y ladra como un perro.

¡Contradicion inconcebible! Yo comprenderia que esta degradacion no

repugnara, cuando la persona degradada fuera un inglés, un cafre, un

indio; pero ¿cómo no he de acostumbrarme cuando es un hijo de esta

nacionalidad tan celosa de su reputacion?

Digo del payaso de estos cafés cantantes, lo que del verdugo. Para

persuadirme de la inconveniencia social de que existan prácticas tales,

me basta saber que hacen de un hombre un oficio infame y burlesco, una

sátira.

En nombre de la conciencia humana y del genio de nuestro país, suplico á

España que importe en buen hora la costumbre del café cantante; nada más

natural que se recree y se civilice oyendo cantar en un café, quien no

puede ir al teatro: esto tiene una gran influencia moral, puesto que

levanta el sentimiento de la clase trabajadora, y la da decoro, porque

la da estimacion de sí misma, y la separa de hábitos viciosos, únicos

donde antes hallaba la satisfaccion de ciertos goces, goces que son la

recompensa inevitable de muchas horas de fatiga: traiga en buen hora un

recreo digno y moralizador; pero de ninguna manera el payaso; de ninguna

manera la sátira.

Si tras de lo uno ha de venir lo otro, que se queden ambos allá. Por mi

parte, renuncio á ese legado de una civilizacion falsa y ruin, una

civilizacion que merece este nombre, como merece el bandolero la

calificacion de héroe.

Venga el canto; venga la bella arte; vengan la moralidad y la

instruccion de una cultura poderosa; la cultura del sentimiento; que no

venga la infamia. Doloroso es que allí quede; pero más doloroso seria

que allí se quedara y aquí viniera.

Sentiria un vivo pesar, si viese alguna vez reproducida en mi país esta

costumbre degradante.

¡Qué! ¿Juzgas quizá que tu país es más morigerado que Francia?

No; no creo eso. Creo que los españoles de hoy son más dados al crímen

que los franceses; creo que en España se cometen muchos más delitos,

creo que la ventaja á favor de este pueblo es muy notable; pero creo,

sin embargo, de que en España hay más sentimiento moral, más gérmen de

conciencia, más virilidad y más fortaleza en nuestras acciones. Creo que

veria en aquel payaso un artificio servil y grotesco; _un buen humor_

que no haria las mejores migas con el respeto que nos debemos por

nuestra propia dignidad. Esta es la palabra, á mi modo de ver. Me parece

que los españoles somos más _amantes de nuestra dignidad_.

Nuestra tierra está peor cultivada; sí, doy la razon á Francia en este

sentido; pero mal cultivada y todo, me parece que si se escarba se

encuentra más jugo.

¿Cómo se explica ese fenómeno?

No es este el lugar de la explicacion.

Pagamos un franco por el té, otro franco por la pequeña copa de vino de

Madera, y otro por los bizcochos, el doble de lo que dichos artículos

valian. Yo los hubiera dado con gusto, á no haber mediado _el hombre que

ladraba_. Esta memoria me amargará toda la vida el corazon.

A las ocho estábamos en la calle de Lepelletier, ante el teatro de la

Grande Opera.

El local en donde se expenden los billetes está lleno, aún no han

abierto el despacho, y no hay más remedio que ir á contaduría, sin

embargo de que cada asiento nos costará un franco ó dos sobre la tarifa

ordinaria.

Esto está dispuesto con intencion. Abren el despacho general media hora

antes de comenzar el espectáculo, y este tiempo basta difícilmente para

expender los billetes de las localidades baratas. Así sucede que casi

todas las localidades de preferencia tienen que buscarse en contaduría,

pagando un sobrecargo de cuatro, ocho y hasta diez reales por asiento,

lo cual monta á una suma muy respetable en el trascurso de una

temporada.

Un jóven saboyano nos guió á contaduría, y nos proveímos de dos asientos

de palco principal, únicos que quedaban pareados, mediante once pesetas

cada uno.

Penetramos en el teatro, cuyo pórtico no deja de tener cierto aspecto de

majestuosa austeridad. Una escalera espaciosa y bien iluminada nos

conduce al piso primero. La sala de descanso, aunque provisional y un

tanto estrecha, ofrece una vista imponente. Tiene de longitud toda la

anchura del teatro, longitud que aparece triple por el juego de espejos

en las extremidades; está alumbrada con profusion y decorada con

sencillez y gusto.

La presencia repentina de esta gran sala impresiona muy bien.

Los pasillos son anchos, hay tanta luz como si estuviéramos en medio del

dia, y todos los contornos exteriores de la escena suponen un interior

brillante. La impresion decae en este sentido, y decae mucho. La vista

interior del teatro de la Grande Opera, está muy distante de llenar la

ilusion de que el extranjero se deja ganar al subir la escalera, al

atravesar los pasillos, y al prolongar una ojeada casi respetuosa á lo

largo de la brillante sala de descanso.

La gran elevacion del teatro le comunica cierto aire solemne, pero

sombrío, patético. Parece más teatro de tragedia que de canto y de

baile.

Los patios de nuestros teatros, tan bulliciosos, tan variados, tan

bellos, no tienen en este notable edificio un lugar que se le parezca.

En vez de butacas, hay banquillos mezquinos y espesos. Las señoras no

tienen allí entrada; de modo, que no se alcanza á ver sino un grupo

uniforme, silencioso, triste. Parece que aquello está ocupado por un

solo hombre; un hombre que se hacina de la misma manera en todas partes.

Los palcos son cortos y profundos, lo cual hace que la concurrencia no

se pueda mostrar completamente, comunicando al todo la gracia de la

variedad y la grandeza de la muchedumbre. Lo único que produce un efecto

verdaderamente teatral, es el anfiteatro, circuido de graciosas barras

doradas, con lujosos asientos accesibles á la mirada de los

espectadores.

Esto no es decir que el teatro de la Grande Opera no sea un magnífico

coliseo, tanto por su extension, como por sus trabajos de pintura,

escultura, dorado, y por su excelente y bien servida escena. Lo que digo

es, que este magnífico coliseo no se presenta á nuestros ojos tan

magnífico como lo habia imaginado nuestra fantasía; como debia serlo,

atendida la importancia de una ciudad como Paris.

Este teatro no está á la altura de las Tullerías y del Louvre, del

Panteon, de la Magdalena, de Nuestra Señora de Paris, del Luxemburgo,

del Cuerpo Legislativo, del Senado, del Arco de la Estrella, de la

Bolsa, de las Casas Consistoriales ó del Palacio de la Industria.

No temo decirlo. Esta gran ciudad no tiene un teatro; lo tendrá, el

nuevo teatro será tal vez el primero del mundo en riqueza y arte, pero

hoy no lo tiene.

Cuando se gira en un espacio grande, todas las distancias parecen

pequeñas; acaso mi cálculo se equivoca; pero comparada la idea que tengo

del teatro Real de Madrid, con la impresion que este coliseo produce en

mi ánimo, el teatro Real se me ofrece más rico, más animado, más

hermoso, más deslumbrador: me deja más el gusto de lo que debe ser un

teatro.

No hablo de la propiedad y del servicio de la escena. Creo que es muy

superior la que aquí miro, no sólo en ornato, sino especialmente en

carácter. Aquí cada decoracion es lo que debe ser, y no se halla

minuciosidad que no esté satisfecha cumplidamente.

Esta noche se repite la ópera _El Profeta_, puesta en escena cincuenta y

ocho veces, lo cual supone que ha dado lugar á una entrada por valor de

cuatro ó cinco millones de reales.

La poesía es francesa; la música, francesa; los cantantes, franceses.

Es verdad que este espectáculo no tiene el sabor de la ópera italiana.

Digo de la poesía, de la música y aún del canto, lo que antes dije de

las estátuas; lo que diria de las nubes, de las flores, hasta de los

granos de arena. En Italia todo es más bello, porque todo tiene la

triple belleza del cielo, de la tierra y de la historia. Sí, Italia es

más bella hasta en sus infortunios, en sus ruinas, en sus lágrimas; pero

bello es tambien un pueblo cuya infatigable creacion ha sabido dotarse

de una escuela que no está en su índole; una escuela en cuya formacion

ha tenido que lograr del deseo y del trabajo, lo que le negaban la

tradicion y el genio: bella es esta Francia agrupando á sus hijos bajo

el sentimiento generoso de un arte suyo. Yo la aplaudo, la honro, la

venero tambien; yo saludo con entusiasmo esta solemnidad, producto

increible de tantos conatos y tantos esfuerzos, mientras que deploro que

una generacion más poética, más artística, más árabe, fluctúe todavía

entre la degradacion del drama y de la ópera. Deploro que España, la

Italia del Océano, como la Italia es la España del Mediterráneo, ande

todavía á vueltas con esa confusion, con esa algarabía que se llama

_zarzuela_.

En este momento viene á mi memoria el teatro de Jovellanos, y ¡cuan

mezquino me parece!

No obstante, hay que ser justos. Tengo para mí, como cosa evidente, que

la zarzuela es una mezcla impura y hasta repugnante para toda persona

que tenga la emocion del arte verdadero; pero si la zarzuela ha de hacer

en España lo que el _vaudeville_ ha hecho en Francia; si consideramos en

ella un medio que ha de conducirnos á la posesion del verdadero arte,

tenemos que aceptarla como una elaboracion nacional que ha derribado una

antigua taberna, para levantar un nuevo coliseo; una elaboracion que

representa ya una gran suma de intereses y de profesiones; una

influencia poderosa que comunicará á la muchedumbre un gusto

transitorio, el cual la empujará hácia el gusto definitivo: esto es,

hácia la _ópera española_. Á este fin deben dirigirse todos los

esfuerzos. Si así no sucede, nos sobrará razon para decir que anda por

medio la ignorancia ó el egoismo. Entre tanto, más vale algo que nada.

El adagio que dice _para poca salud más vale ninguna_, es

anti-cristiano, es inmoral.

La ópera _El Profeta_ se ha ejecutado, no con esa liberalidad inspirada

y espléndida del genio italiano; pero sí con una grande maestría, no

sólo en la parte de canto, sino en el servicio de la escena y en las

disposiciones dramáticas de los grupos.

En cuanto al libreto, baste decir que es un drama francés: hábil, muy

hábil; pero acompañado perfectamente _de sombras chinescas_. Aquí se

canta, se baila, se reza, se siega la míes, se recoge y se patina. La

operacion de patinar duró arriba de cinco ó seis minutos, y el público

unánime aplaudió á toda orquesta. Es verdad que patinaron

maravillosamente; pero mientras que corrieron patines, yo vi correr

patines; pero no vi la ópera. En resumidas cuentas, la ópera fué acaso

lo que menos aplaudió el auditorio.

Soy el primero en reconocer su habilidad singularísima á este arte; pero

estoy viendo que tanta habilidad no consiste las más de las veces, sino

en causar efectos contra la verdad de las cosas. _Hagamos sentir,

despertemos impresiones nuevas, y lo demás salga por el postigo._

La accion pasa en Holanda; en Holanda hay lagos helados; sobre estos

lagos patinan los hijos del país. Pues bien, ensayemos diez ó doce

parejas de ambos sexos durante quince ó veinte dias, y demos este nuevo

espectáculo al pueblo parisiense. Los patines tienen que ver con la

accion que se representa, como yo con el califa de Badgad; pero si la

ópera no tiene que ver, tiene que ver la empresa, tiene que ver el

público que aplaude á los _patineros y patineras; el público que digiere

agradablemente viendo patinar; esto conviene al negocio_, y el arte

calla, cede, entra en el club, se hace cómplice. En cambio se hace rico.

Es un drama á que conviene este doble título: RICO Y CÓMPLICE.

No niego á la escuela francesa grandes arranques, grandes gérmenes de

progreso, intencion deliberada y profunda alguna vez, pero la lógica y

la conciencia, el juicio y la moral, salen generalmente con los tiestos

en la cabeza.

El lector supondrá que no he venido á la Grande Opera, con el sólo

objeto de ver la ópera y el teatro, cuando hay otros objetos dignos de

curiosidad y de estudio. Me trae el deseo de conocer, aunque no sea sino

á vista de pájaro, la sociedad de alto coturno.

Con este fin estuve muchas veces en la gran sala de descanso, y atravesé

otras tantas los pasillos y las avenidas del anfiteatro y palcos

principales.

Entre algunos ornatos de un efecto bien comprendido ¡cuántas composturas

exageradas y ridículas! ¡Cuántos disfraces! ¡Cuántas máscaras! Recuerdo

que una señorita llevaba en la cabeza un aderezo, que difícilmente

podria pasar en la cabeza de un caballo de gala.

Es indispensable asistir á estas escenas prácticas de la vida, para

aprender, á costa de dolor y de hastío, cuán fecunda y moralizadora es

la naturaleza.

Sin quererlo nosotros, ¡con qué evidencia se aprende aquí que los

postizos en la mujer hermosa, sólo son buenos para desfigurar su

hermosura: que los postizos en la mujer fea, sólo son buenos para añadir

un realce nuevo á su fealdad!

¡Con qué lucidez comprendemos aquí que una mujer sencilla no puede ser

nunca repugnante, porque no puede repugnarnos una belleza!

¡Pasion desdichada! ¡Cuántas mujeres se arruinan buscando fealdad en el

ridículo, mientras que el cielo las da gratis la belleza de la

sencillez!

¡Yo siento esta evidencia en medio de este foco deslumbrador, y bendigo

al genio providente que hace del tiempo un vaso indestructible, en donde

deposita la emanacion divina de su verdad!

Salimos del teatro á las doce y media. Esperamos que la calle de

Lepelletier se despejase un poco de los infinitos carruajes que la

ocupaban, y yo no podia menos de decirme entre tanto, al mismo tiempo

que contemplaba el frontispicio de la Grande Opera: ¡qué poco sabrá más

de un espectador las intrigas y los misterios que se disputan las horas

del dia y de la noche, bajo la techumbre de esa enorme bóveda!

Ahí, en ese teatro, en ese harem de Europa, se revuelven trescientas ó

cuatrocientas bailarinas, redoma donde queda encantada una gran parte de

la aristocracia de Paris. ¿Comprendeis de este modo que el director de

ese teatro sea uno de los primeros personajes de esta ciudad casi

fabulosa?

No puedo decir más.

Llegamos al hotel á la una, y así terminó el dia décimo cuarto.

=Dia décimo quinto=.

Lesperut.--Anatomía de la vejez.--Restaurant de la calle de

Montesquieu.--Elemento sajon.--Elemento árabe.--Restaurant de San

Jacobo.--Historia de un magnate francés.--Pesares de Lesperut.--Proyecto

de visitar á Sevres y Versalles.

Lo primero que hemos hecho al despertamos, ha sido hablar del viejo

Lesperut. Su memoria nos preocupa extraordinariamente. Hemos hablado

mucho de su aire franco y cariñoso, de la trasparencia que creimos ver

en su cútis, de una diafanidad especial que está pintada en todo su

semblante, como si participara en cierto modo de la inmensidad de la

muerte. De idea en idea, de reflexion en reflexion, hemos llegado á

hacer casi una anatomía de la vejez.

Cuando proyecté escribir estos apuntes, ofrecí al lector en mi

conciencia no ocultarle nada de lo que yo pensase y sintiese. Estas

insignificantes reflexiones pertenecen tambien á mis benévolos y

queridos lectores.

Yo creia hasta ahora que en la vejez no habia más que un período. El

viejo Lesperut me ha enseñado que existen dos, y por señas que son bien

diferentes.

En el primer período descubro cuatro caractéres dignos de un estudio

curioso y apasionado. ¿Quién no ha visto canas en la cabeza de su padre

ó de su abuelo? ¿Quién no ha de tratar con un anciano? Yo puedo decir

que en las siguientes consideraciones me ha guiado menos el juicio que

la pasion. En la memoria inextinguible de mi padre, amo la memoria de un

viejo.

¿Cuáles son los cuatro caractéres de que hablé?

La reserva, la intolerancia, la censura y el egoismo.

La reserva es el producto de los desengaños.

La intolerancia es el resultado inevitable del que ha aprendido; pero

que ya no puede aprender, y vuelve los ojos tenazmente hácia lo que

aprendió. Sin esto, no sabria nada ó casi nada: ¿cómo ha de conformarse

en creer que la vida no ha dejado en sus canas ninguna ciencia, cuando

esas canas representan la ciencia de la vida? Sus cabellos blancos y

sedosos son oráculos para él. ¿Quién va á persuadir á un oráculo contra

sus profecías?

Así como la intolerancia viene del juicio, de la inteligencia, la

censura viene del sentimiento. La censura es la intolerancia del

corazon, como la intolerancia es la censura del discurso.

El viejo no puede sentir, no puede gozar, y reniega de aquello que ya no

puede poseer. Desea, pero desea en balde, y este mismo deseo le hace

apóstata de los bienes que está deseando. Es como el amante que ama con

tal delirio, que da veneno al propio objeto de su amor.

El viejo no puede gozar; y cree que en el goce no están las condiciones

morales y elevadas de la vida; cree que es un sueño, una decepcion, un

frenesí: hé aquí el censor perpétuo de la juventud.

El egoismo es el carácter más universal y más profundo de la vejez,

porque se refiere á objetos que tocan más inmediatamente su existencia.

La reserva, la intolerancia y la censura se refieren á la opinion

extraña: el egoismo asienta su pié sobre el instinto de la conservacion,

es como una gota que cae del manantial de la vida.

El viejo observa que la vida se va, y cuanto más léjos la ve, con más

ánsia la quiere seguir. No le disputeis eso, no disputeis con él para

persuadirle de que sus ojos no deben ver, de que su sangre se debe

helar, de que sus sienes no deben latir; para persuadirle de que esa

creacion cuyas maravillas arrancan una fervorosa y sublime plegaria de

su boca trémula, debe desaparecer en un instante ante la aparicion

enlutada de un ataud. No le hableis sobre el particular; si le hablais,

vereis que el viejo se frota las manos y encoge los hombros en señal de

conformidad religiosa; pero si penetráramos en su alma, veriamos que se

frota las manos para despertar el calórico, ese calórico que parece ser

en los ancianos la esencia íntima del deseo. El viejo aparentará

conformarse, os sonreirá, si conviene; pero estad seguros de que en

aquel momento os odia; estad seguros de que una sonrisa de hiel vierte

una lágrima sobre su corazon.

¡Ay del mundo, si se rociára la cabeza con aquella lágrima!

No le hableis al viejo del sepulcro, por la misma razon que no debeis

hablar al niño de la cuna.

Haced de modo que una criatura diga á un viejo: _¿abuelito, qué hará

usted en la sepultura?_

_¿Abuelito, hacia usted muchas travesuras cuando era niño?_

Estudiad la cara del viejo al oir estas dos preguntas, y este estudio

nos dirá más que toda la filosofía teórica.

Hay otra razon para que el anciano sea egoista en el primer período.

Vuelve la vista, descubre un gran espacio de tiempo, cree dominarlo,

cree poseerlo, en esta posesion está toda su vida, y su vida es suya. El

anciano se juzga amo de ese tiempo que él ha medido, como el geómetra se

juzga amo de su compás. El anciano dice en sus adentros: _todo eso es

mio_; ¿quién es ninguno de estos recien venidos, de esos forasteros, de

esos imberbes, para disputarme la religion de mi memoria, mi memoria que

es mi cendal de lágrimas y mi corona de laurel, mi martirio y mi poesía.

_Todo eso es mio, el que lo toque es un profano._ Sabe que el hablar

tiene sus peligros, y calla: hé aquí la reserva. Cree que vivir es

saber; él ha vivido; mas está persuadido de que sabe más, y no ceja un

punto: hé aquí la intolerancia. Cree tambien que lo que su Hacedor no le

concede, no debe ser bueno en ningun otro hombre; su Hacedor le niega

las pasiones activas y fogosas, la voluptuosidad, el deleite, la

emulacion, la fantasía, y ve en todos los goces anteriores otros tantos

hechos rebeldes. Hé aquí la censura.

Repara que el vaso en que bebe se queda vacío, entonces siente doble

sed, y tiene doble prisa en llenarlo. ¿Seria necesario que para

conseguirlo se transformara el mundo entero? Pues transfórmese el mundo;

pero llénese el vaso. Hé aquí el egoismo.

Por otra parte, ha pisado más tiempo la tierra, el sol ha herido más

tiempo su pupila, las melodías de la naturaleza han halagado más su

oído; en una palabra, ha existido más, y ama más la existencia, como á

medida que más amamos, más nos acostumbramos á amar lo que sentimos, y

nos apasionamos más de este sentimiento, porque la pasion no es otra

cosa que un afecto elevado á costumbre. Hé aquí tambien el egoismo.

Pero hay otro período en que el viejo tiene la conciencia de que se

muere, en que siente morirse; conciencia depurada á fuerza de dolor,

como vemos que el humo de una hoguera se va depurando á fuerza de arder:

el viejo pierde la sensacion grosera, como el fuego pierde el humo

negro, á proporcion que se va quemando la parte leñosa del combustible:

su oído se dispone á escuchar otras armonías; la soledad misteriosa y

profética del sepulcro hiere su corazon; piensa en esto como se oye una

poesía ó un canto á lo léjos, entre las brumas de una noche tranquila:

la cara del anciano adquiere una expresion ingénua, inocente, diáfana:

su aliento parece ser un soplo más sutil que el aire de la atmósfera, un

soplo que sube como el aroma de las flores: mira, y ante sus ojos parece

agitarse el velo religioso que nos oculta cómo se vive más allá!

El viejo de este último período, es el ministro de la revelacion y de la

calma; la conciencia que se toca y se oye á sí misma: es el ángel de la

esperanza que se despide del ángel de la vida, aunque la esperanza es

vida tambien. Perdóname, lector, estas fastidiosas digresiones.

Salimos de casa á las diez, y discurriendo casi maquinalmente por la

calle de Montesquieu, notamos que entraban y salian muchas personas del

número 6. Nos aproximamos, dirigimos hácia el interior del piso bajo una

mirada escudriñadora, y desde luego convinimos en que aquel edificio

debia ser una iglesia ó bien un teatro. Pero examinando un momento la

entrada, vimos que á la derecha del portal habia una mujer partiendo

ostras. Decididamente, esto no puede ser ni teatro ni iglesia. Miro á lo

alto de la entrada y descubro una enseña con este rótulo:

_Establecimiento de caldo_. Yo lo leia y no me parecia prudente creerlo;

mi mujer no lo creia tampoco.

Penetramos.... ¿Cuál no fué nuestra admiracion? Véanos el lector en una

inmensa sala, cuyo techo está sostenido por delgadas y elegantes

columnas de hierro. Hácia los lados hay dos filas de mesas de granito

rojo. En la fila que circuye las paredes del establecimiento, cada mesa

está separada por un aparato de madera bruñida, imitando biombos, con el

objeto de impedir las corrientes del aire. Cada mesa tiene un mecanismo

que provee á los comensales del agua de Selz, composicion que tiene por

objeto quitar la crudeza al agua del rio, sin embargo de estar

purificada. Enfrente de cada mesa hay un espejo de buen tamaño. En medio

de la sala se ven dos torreones, como si fueran pedestales, decorados

exteriormente por lozas finas. La parte superior de aquellos pedestales

ó torreones está coronada de flores del tiempo, y por una figura de

bronce, la cual arroja hácia lo alto un hilo de agua.

Rodéanles una verja circular, por entre cuyos hierros alcanzamos á ver

los aparatos de cocina.

En fin, aquellos torreones, lo que nosotros creiamos altares, no son

otra cosa que las chimeneas de aquel enorme establecimiento; altares

consagrados á otro culto no tan elevado, pero no menos indispensable. Es

bien seguro que no hay un templo en todo Paris, que cuente con una

cofradía más constante, mas exacta, más fiel.

En los cuatro ángulos de aquel magnífico coliseo, porque coliseo parece,

se hallan cuatro escaleras espaciosas, las cuales, conducen al piso

principal, en donde hay otro órden de mesas, dispuestas como abajo.

Tiene una puerta grande de entrada, y dos laterales para la salida.

Enfrente hay un hombre sentado que da las papeletas; en cada puerta

lateral hay otro que las recibe con el sello encarnado, en señal de que

la cuenta se ha satisfecho.

A izquierda y derecha están los mostradores de la oficina, y en cada uno

dos señoras sentadas para la suma de las papeletas y la impresion del

sello.

De manera que el personal del establecimiento consta del jefe, de tres

contralores, cuatro señoras oficinistas, diez cocineras, veinticinco

criados y multitud de dependientes, hasta el número de ciento diez

individuos.

Caben holgadamente en ambos pisos quinientos ó seiscientos comensales, y

no bajan de cuatro mil los que componen la parroquia ordinaria,

produciendo un ingreso de 25 á 30.000 reales diarios.

El amo de este restaurant increible, lo es tambien del de la calle de

Montmartre, mencionado ya, y de otros cuatro establecidos en diferentes

puntos de Paris.

Resta saber á mis lectores que el poseedor de esta gran fortuna es un

carnicero, el carnicero Duval, y que todo esto le ha venido de la

carnicería.

Trabajo cuesta comprender cómo un comercio de esta índole, ha podido

darle ganancias para irse creando una renta diaria de 8 á 10.000 reales.

El mismo Duval proyecta actualmente abrir una carnicería, por la parte

de la Magdalena, en cuyo decorado y utensilios se gastará sobre un

millon. Las vasijas para contener las cabezas de las terneras, serán de

plata, y su peso no bajará de veinte arrobas cada una, sólo lo cual

supone un valor de veinte mil duros, inclusa la mano de obra.

Bien es verdad que Paris carece de ejemplos análogos. El pasaje de

Vero-Dodat, que vale algunos millones de francos, pertenece hoy á la

viuda de un salchichero.

Imposible parece que una ciudad tan ideal, tan fantástica, tan

exquisitamente poética, haga ricos de tal manera á los vendedores de

salchichas y de lenguas de vaca; aunque este vendedor de lenguas de

vaca, y aquella vendedora de salchichas, no son vendedores de cualquier

modo: son artistas tambien.

Séanlo ó no, yo me guardaria muy bien de tomar esta circunstancia en

desdoro del pueblo francés.

Duval es carnicero, y bajará al sepulcro. El ama del pasaje de

Vero-Dodat es salchichera, y salchichera se irá á la sepultura. Aquí

encuentro yo ese carácter consecuente, austero, honrado y laborioso, que

distingue á los pueblos del Norte, á la raza sajona.

Si aquello ocurriera en algunas provincias de España, la salchichera se

llamaria _la señora condesa de Vero-Dodat_, y el carnicero _el señor

conde de la Cola Bermeja, del asta de ciervo_ (por no decir de toro), ú

otra cosa por el estilo, y las familias de estos pobres magnates, ni

sabrian ser magnates ni salchicheros; no sabrian ser nada, no serian

nada, y hé aquí el cero conteniendo en su redondez negativa todas esas

cifras sociales.

A los hijos del carnicero sucederia lo que hoy sucede á muchos _hijos de

la historia, á muchos hijos de Pelayo_ que yo conozco, y de quienes no

quisiera acordarme, como no se queria acordar nuestro Cervantes del

lugar de la Mancha.

¿Qué era el feudalismo, la gerarquía de los señores, sino la holganza

convertida en virtud suprema, en una especie de cánon sagrado?

Y ¿qué razon hay para llamar señor á quien nada útil hace, que para nada

sirve, que á nada bueno aspira; que pone un brazo sobre otro brazo, y

contempla así la obra universal, que así paga la deuda inmensa que

contrajo desde que abrió los ojos á la luz, desde que recibió la caridad

de tantos séres? ¿Qué razon hay para llamar virtud á una nulidad, para

llamar sabiduría á un idiotismo?

Los españoles serian muy inferiores con su _condesa de Vero-Dodat_, á

los franceses con el nombre sencillo y honrado de su _salchichera_.

En muchas provincias de nuestro país no se piensa sino en ganar cinco ó

seis mil duros, para comprar un baston de borlas y hacer el doctor, ó el

paseante en córtes.

Esta es la verdad, y tengo una sagrada obligacion de no ocultarla á

nadie, especialmente á quien el consejo puede aprovechar, á quien tiene

tambien obligacion de corregir sus vicios.

Y cuidado, que no soy yo de los que creen que este achaque de nuestro

país viene del clima: esto es, de una necesidad de la naturaleza, de una

hora mala que nos ha tocado en el reparto del dia providencial, no.

El clima de España no es de tal índole que el español deba abrir la boca

y estirar los brazos, como los que moran en la orilla del Ganges; que

deba dormirse como el natural de los valles de Cachemira; que deba

evaporar su vida entre ópios, mujeres y aromas, como los árabes del

Yemen.

Aquel achaque de algunas provincias de nuestro país, no procede tanto

del clima, ni del genio de nuestra raza, raza tan activa, tan enérgica,

tan creadora; la raza de Aténas y de Roma absorbiendo al mundo; no

procede tanto de ese orígen, repito, como del cruzamiento de castas

diferentes, de sus tradiciones y de sus hábitos.

En nuestro país domina más que en Francia ese idealismo oriental; esa

atmósfera vaporosa de los asiáticos, la religion del éxtasis absoluto;

orientalismo que unido á nuestro genio por la dominacion morisca y

árabe, produjo una casta mestiza, indefinible; más indefinible en España

que en pueblo alguno de la Europa: la casta de donde salieron el

caballero andante, la dama idolatrada de los torneos, el aventurero de

lanza en ristre, el poeta druida, el trovador guerrero, peregrino y

apasionado; la casta que empezó á deslindarse en dos grandes períodos de

hazañas heróicas y de crueldades terribles; dos períodos representados

en primer término por dos hombres muy célebres, el Cardenal Cisneros y

D. Juan de Austria.

La famosa batalla de Lepanto no es otra cosa que el deslinde de dos

caractéres confundidos; el deslinde entre el genio latino y el genio

asiático, entre la Europa y el Oriente.

Pero tengo que dar de mano á otras muchas consideraciones, que acaso no

se adaptan á la índole de los cuadros que aquí me propongo bosquejar.

Decia que nuestros conatos de ocio y de caballerismo fantástico no

proceden del clima, sino de la mezcla de sangre y del imperio de la

costumbre.

Llevad el pueblo catalan á la Andalucía, y el pueblo catalan será

laborioso; no lo será tanto como viviendo entre peñascos de donde ha de

arrancar el pan que come y el vellon que viste; pero será siempre

trabajador.

Haced que el pueblo vascongado ocupe la Grecia ó la Italia, y le vereis

emprendedor siempre, siempre atareado, siempre moviéndose y realizándose

en todas las esferas de su actividad.

¿Por qué? Porque los vascongados y los catalanes, así como los

mallorquines, tienen más elemento germánico, más raza scita, más hábitos

de aquel elemento, más tradiciones de aquella raza.

Por el contrario, Andalucía, Valencia, Murcia, Alicante, el mismo

Aragon, tienen más de ese hombre que se acuesta á lo largo de un diván,

que abre la boca para aspirar las brisas de la tarde, que sujeta á veces

la respiracion porque la ahogan los perfumes, que empaña el aire con las

bocanadas voluptuosas de su pipa, ó que se disputa á la experiencia de

la vida, cerrando sus ojos entre las ruinas veneradas de un mausoleo,

bajo la copa de un ciprés, á la sombra de una palmera.

Los franceses son más sajones; están más depurados de la raza árabe, en

cuanto á la industria y al comercio, aunque en cambio han exagerado la

voluptuosidad del Oriente en las creaciones del arte.

Los españoles caminan hácia allá, caminan á grandes jornadas, de una

manera fabulosa; pero la Francia les lleva un siglo en este viaje. La

verdad, en su puesto. Así pago, así paga _un cafre de allende el

Pirineo_, el insulto cobarde de un novelista mal educado y aturdido.

Almorzamos bastante bien en el _establecimiento de caldo_ de la calle de

Montesquieu, y á las seis y media de la tarde entrábamos en el

restaurant de San Jacobo, calle del Rívoli, en donde ya nos esperaban el

viejo Lesperut y su hijo Hipólito, teniéndonos reservados dos asientos

en su mesa. El venerable veterano se levantó inmediatamente que nos vió

entrar, y nos alargó una mano trémula; pero que aún conserva el santo

calor del cariño.

No habiamos terminado los primeros cumplidos, cuando el viejo tenia los

ojos arrasados en lágrimas.

La comida fué mala, muy mala para nuestro gusto; pero una circunstancia

la salvó: estaba embellecida por la amistad, por la franqueza decorosa y

por la buena fe.

Entre los diferentes sucesos que referimos al anciano, no omitió mi

mujer la aventura de los tres platos de carne, de las tres sopas, de las

tres legumbres y de los tres postres.

Lesperut nos dijo que no habiamos sufrido engaño alguno, puesto que

aquello era una costumbre admitida en Paris.

Aquel aviso significa que los comensales tienen tres platos diferentes,

de los cuales pueden elegir el que más les guste.

Lesperut se sonrió luego y añadió con extrema bondad: desde luego se

ocurre que no habrá inventado esa costumbre ningun extranjero.

En efecto, la costumbre en cuestion no es ni puede ser otra cosa que una

añagaza, inventada por el cálculo nacional para alucinar al hombre no

conocedor del país. Yo no puedo suponerme tan inexperto, que vaya á

presumir que sólo yo he sido víctima de aquella argucia. ¡Cuántas aves

de paso habrán caido en las mismas redes!

Terminado por fin aquel banquete de familia, Lesperut se empeñó en

llevamos al café que da vista al paseo del Palacio Real. Yo abrigaba el

mismo proyecto, pero no tuve títulos para disputarle el derecho de

agasajarnos. Estaba en su país, en su casa: él era el patron.

Al bajar la escalera del restaurant, el viejo soldado se cogió del brazo

de mi mujer, con esa perfecta posesion con que un padre ó un abuelo se

coge del brazo de su hija ó de su nieta.

Lejos de causarme inquietud ó embarazo alguno aquella buena fe cordial y

espansiva, sentia veneracion y regocijo. Lesperut creia á no dudar que

en aquel instante le acompañaba la _administradora de correos_, á quien

ama con gran ternura, y no habia motivo para desencantarle de aquella

ilusion virtuosa.

Estuvimos en el café hasta las ocho, y despues nos fuimos á sentar en

una espaciosa glorieta que hay en medio de aquel paseo animadísimo, arca

de la fuente donde los niños echan barquichuelos, ocupacion que es de mi

gusto.

El viejo nos contó la siguiente historia, nutrida de detalles y

pormenores que yo creo conveniente omitir, en gracia de la brevedad.

Habia ó hay un magnate francés, á quien las adversidades políticas

llevaron emigrado á Lóndres. Allí contrajo relaciones con una señora, de

la cual tuvo varios hijos, y á quien consumió una fortuna que consistia

en diez y ocho ó veinte millones de reales.

Los tiempos mudaron, el emigrado pudo volver á su país, la suerte coronó

sus fines, y juzgó llegada la hora de casarse, pero no con la inglesa,

no con la madre de sus hijos, que permanecia en su país.

Sabedora la inglesa de los proyectos de su antiguo amante, vuela á

Paris, habla con la futura esposa del personaje de esta aventura, la

dice que no solicita que el padre de sus hijos les cumpla una promesa

que habia empeñado tantas veces, sino que reclama el influjo de ella

para que el padre no prive á sus hijos de la fortuna que tenian, y de la

que les habia desposeido el antiguo emigrado de Lóndres.

Se ignora lo que hizo la futura esposa del magnate en cuestion; lo que

se sabe es que á los pocos dias de esta entrevista, la inglesa recibia

una órden de destierro, sin obtener auxilio alguno.

El magnate se casó por fin con la mujer que habia elegido últimamente, y

tuvo de ella un hijo. Pero este hijo, por cierta circunstancia que debo

callar, no deja satisfechas las aspiraciones de su padre, y hay quien

espera que por último repudiará su esposa.

Si esta mujer influyó cruelmente contra la inglesa; si desconoció y

afrentó de aquel modo los sagrados derechos de una mujer burlada y de

una madre empobrecida; si esto es así (yo no lo afirmo, me guardaria muy

bien de afirmarlo); si despues de esto aquella mujer se ve repudiada; si

la nueva madre se encuentra defraudada y perdida en su corazon, puede

decirse que la maternidad vino á suplir la falta de la ley que no

castiga sino los delitos menos horrorosos, los delitos del débil y del

pobre. Puede decirse que la maternidad, ese bautismo santo, esa hora

divina de la mujer, vino á vengar en una esposa y en una madre el

desafuero perpetrado en una madre y en unos hijos.

¡No hay que hacer de la vida un convidado de piedra, porque á lo mejor

habla la sombra de D. Gonzalo!

Mi mujer y yo hemos tenido un pesar grave. Á través de la más delicada

reserva, entre palabras de consuelo con que el buen Lesperut se anima,

hemos penetrado que su hijo Hipólito le ocasiona sinsabores profundos.

¡Pobre viejo! ¿Quién habia de presumir que bajo aquella barba, blanca

como la nieve, lustrosa y limpia como el raso, debian ocultarse las

penas que causa un hijo desagradecido y volátil?

Desde este momento pierde Hipólito una gran parte de nuestra estima.

Al despedirnos de Lesperut, le manifestamos que no podriamos vernos al

dia siguiente, porque habiamos determinado ir á visitar la famosa

fábrica de Sevres, pasando desde allí á Versalles, tanto para ver su

gran palacio y sus magníficos museos, como para recibir algunas

impresiones de una escuela célebre, muy célebre, muy justamente célebre:

la escuela _del pintor Vernet_.

Estábamos en el hotel á las doce. Tomamos un poco de salchichon y de

jamon en dulce, más una copa de macon por remate. ¡Poder de Dios, qué

vino! Ni es ágrio ni amargo, y es amargo y ágrio, y tiene otra cosa que

no sé definir.

Apostaria la cabeza á que no fué este vino el que bebió el capitan

Gerardo Lobo cuando escribia:

Ahogo despues mis anhelos

En ese licor divino

A quien otros llaman vino,

Porque vino de los cielos.

Siempre que bebo ... no, esto no es beber; es atragantar. Siempre que

atraganto una copa, tengo que parodiar por fuerza las últimas palabras

de Bruto.

¡Oh virtud, sombra vana, esclava del azar,

Ay del que en tí creyó!

_¡Oh vino, hiel mestiza que me haces patear.

Ay del que te bebió!_

Lector mio, hasta la vuelta de Sevres y de Versalles.

=Dia décimo séptimo=.

Sevres.--Las dos figuras.--Importancia social y artística de una fábrica

de porcelana.--Versalles.--Sus Museos.--La escuela Vernet.--Impresiones

varias.--Vuelta á Paris.--Encuentro en los Campos Elíseos.

A las ocho de la mañana estamos en la plaza de la Concordia, con el fin

de tomar el ómnibus que á las ocho y media parte para Versalles,

haciendo escala en Sevres.

Nos proveemos de dos billetes de interior, ocupamos nuestros asientos,

la hora se acerca, los viajeros se dan prisa, la bocina del conductor da

la señal, muévese el carruaje y los Campos Elíseos quedan á la derecha.

He dicho carruaje, y en verdad que no es este el nombre que más le

cuadra.

El ómnibus que nos conduce es una lancha cañonera, y una tribu que anda

dentro de una casa de palo. En el imperial van veinte pasajeros, otros

veinte en el interior, dos conductores en el pescante, y uno en la

escalera de caracol con que termina el ómnibus, por donde se sube al

imperial.

Siendo generalmente llano el camino de Paris á Versalles, la compañía de

estos ómnibus ha hecho construir una vía férrea, la que no sólo evita

peso á los caballos, sino que facilita extraordinariamente la velocidad.

A la hora y media, minuto más ó menos, estamos en Sevres.

La historia y descripcion de la fábrica nacional de porcelana

establecida en este punto, haria necesario un tratado completo sobre la

materia, tarea que no cabe en el plan que me propuse al escribir estos

estudios.

Con tal motivo, advierto á mis lectores, que no me fijo tanto, ora en la

historia de los hechos, ora en su importancia privada, como en la

influencia social que puedan ejercer, acerca de lo cual juzgo yo por las

sensaciones que en mí producen.

Entre los magníficos jarrones, floreros y varios utensilios de vajilla

que hemos visto, voy á hacer mencion de dos figuras que pertenecen á

otro género.

La primera representa á un viejo sentado en un sillon, y á una jóven de

pié, presentándole una jícara de chocolate.

La segunda representa á una jóven sentada como el viejo, y á un

jovencito que la ofrece un presente de amor.

Las cuatro figuras tienen tules ó encajes estrechos en los remates de

sus vestidos, segun el gusto de la época.

La persona que nos conducia nos preguntó, señalando á los tules que

decoraban los remates de aquellos trajes:

--_¿Qué creen ustedes que es esto?_

Yo respondí:

--Creo que es un tul que se ha unido á la porcelana.

Pregunté á mi mujer, y mi mujer creia como yo que era tul.

Nuestro guia se sonrió en señal de triunfo, diciéndonos que no lo

habiamos mirado bien.

Nos fijamos más; pero no conseguimos sino ratificarnos en la idea

anterior de que aquello era encaje.

Aún á trueque de quebrantar los estatutos de la casa, la persona que nos

conducia nos permitió que tocáramos el ribete en que nosotros veiamos

positivamente una blonda.

Tocamos; aquel tul no era tul, sino porcelana. Mi mujer y yo

permanecimos un poco cortados, puesto que repetidamente hicimos muestras

de no creer lo que aseguraba nuestro guia.

Le habiamos desmentido de una manera que le honraba, porque honraba al

establecimiento; á veces un mentís es una victoria; pero al cabo le

habiamos desmentido.

Vamos ahora al efecto de las figuras.

Al ver al viejo sentado en su poltrona, con la espalda un tanto caida

sobre el pecho; con la frente un tanto caida tambien, como si las canas

la agobiasen: al ver sus ojos que de soslayo y furtivamente miran á la

muchacha como el milano mira á la tórtola, reflejando de un modo tan

característico _la sábia malicia de la experiencia_; al estudiar la cara

de aquel hombre, cuya mirada fraudulenta parece pasearse sobre la jóven,

no pudiendo adivinar nosotros si se entristece, ó si se extasía

devorando un goce que ha muerto en su organizacion, pero que vive y que

palpita en su memoria y en su ansiedad: al mirar aquel corazon que ya no

late en aquella vejez; al mirar aquella vejez que late aún en aquel

corazon: más todavía; al contemplar las piernas del viejo, cruzada la

una sobre la otra, mientras que la derecha parece moverse como si

quisiera decirnos: _¡quién habia de pensarlo! ¡Quién habia de pensar que

aquellos tiempos pasaran tan pronto!_

Al estudiar tambien la actitud de la jóven que está de pié á su lado; al

estudiar aquel aire confuso y vacilante, como si se hallase cercada por

la mirada ávida del viejo, semejante á la cierva que oye gritos por

todas partes y no sabe de qué modo huir, ni á qué punto correr: al

estudiar el efecto admirable con que inclina la mano derecha que tiene

la taza, mientras que la taza se ladea y va á verterse el chocolate; al

comprender aquel doble efecto de la mano, doble digo, porque su

inclinacion procede tanto del peso natural del plato y de la jícara,

como de aquella especie de aturdimiento que la atribulaba: al contemplar

estas figuras un hombre dotado de la emocion del arte, no puede menos de

llegar á la evidencia perfectísima de que ni la escultura ni la pintura

harian más.

Vamos al otro grupo.

La jóven está sentada en una silla; pero sentada como se sienta una

muchacha que vive menos en sus órganos que en su sentimiento; como se

sienta una mujer que todavía no ha amado, y cuya aspiracion suprema es

amar; como se sienta esa mujer cuando tiene delante al hombre que ama.

No se sabe si está sentada en una silla, ó si flota en el aire, como se

mece un nido en el árbol, cuando lo agita el viento.

Mira hácia abajo, mientras que con el dedo pulgar y el índice coge un

pliegue sutil en su falda. Entreabre y frunce los labios con violencia,

como si temiera que se la va á escapar su secreto; y significando de un

modo confuso la duda, el rubor y esa fantasía indecisa de un deseo

vírgen, de un primer deseo; esa alucinacion con que nos seduce la

idealidad milagrosa de una esperanza que nunca se ha sentido; la

alucinacion que nos causa el agüero de un mago, cuando creemos en la

mágia.

La situacion embarazosa y complicada de la jóven, contrasta vivamente

con la sinceridad ingénua y cándida que destella el rostro de su amante.

¡Qué grupos tan portentosamente comprendidos, tan portentosamente

ejecutados!

En fin, cualquiera que vuelva los ojos á estas figuras, pronunciará

indudablemente las mismas palabras que llevan escritas al pié de cada

grupo.

Un paseo por Paris, retratos al natural · 第 19 / 46 题