=Moralidad francesa con relacion á la política=.
Entre los infinitos hechos que nos ofrece esta incansable sociedad,
elegirémos únicamente uno: _el pauperismo_: esto es, la pobreza como
hecho social, como manifestacion pública.
El actual emperador dijo: _el cristianismo abolió la esclavitud; la
democracia francesa abolió el pauperismo_.
Esto dijo el Emperador; pero su dicho no pasó á ser realidad en la
práctica. No condeno de ningun modo la buena intencion que puede
abrigarse en aquel deseo; conozco que el deseo es, por sí solo, una gran
virtud, una virtud inmensamente venerable, porque es lo que más nos
acerca á Dios; pero cuando el deseo no se cumple, cuando no halla una
fórmula práctica en su aplicacion, es una verdadera teología. Esto
sucedió al actual Emperador de los franceses, al proclamar tan absoluta
y confiadamente la extincion de la mendicidad. Fué teólogo, no hombre
político, porque la política quiere hechos, realidades, aplicaciones
evidentes de los principios que se proclaman, y el deseo del Emperador
no tiene aplicacion alguna, no tiene aquí ninguna realidad trascendente
en la organizacion de los hechos sociales.
Decir: _quiero que no haya pobres_, sin establecer el sistema que se
necesita para realizar aquel pensamiento, es como decir: _quiero que el
aire no se nivele_, cuando no se hiciera lo que debia hacerse, para que
fuese imposible el nivel atmosférico. De otra manera, habrá pobres, como
el aire se nivelará, como sucederá todo lo que la necesidad moral de las
cosas haga que suceda, diga lo que guste el Emperador de los franceses;
porque sobre la voluntad del Emperador, están las leyes universales que
todo lo gobiernan, á los emperadores tambien.
Eso de que en Francia no hay mendigos, es gana de hablar. Los franceses
lo pueden decir; los extranjeros no lo deben creer.
En este punto no hay otra realidad, que la existencia de una ley que
prohibe el pauperismo. Existe la ley; nada más que eso. El cumplimiento
de esa ley, es aparente, ficcioso; un golpe de _palaustre francés_.
Efectivamente sucede que no se mendiga por las calles; lo que nosotros
llamamos mendigar. Los pobres franceses no dicen: _deme usted una
limosna por Dios_; pero dicen y hacen cosas que producen idénticos
resultados.
Un ciego, una ciega, un manco, un tullido, va por la calle en una
máquina ó sobre un animal: canta, ó refiere una historia, ó reza, ó toca
un violin, un organillo ó unas chirimías, y el transeunte le socorre.
Claro es que la persona que auxilia á aquel desgraciado, no le da una
moneda en pago de la historia que cuenta, ni del instrumento que toca,
ni del canto con que tal vez desgarra los oídos; sino que lo hace por
caridad. Aquella moneda que le ha dado es una limosna, una verdadera
limosna. El pobre francés no ha dicho: _socórrame usted por el amor de
Dios_; pero lo ha expresado á su modo, de un modo perfectamente análogo.
_No pide pidiendo; pero pide cantando_; realmente pide; realmente es
mendigo; realmente pasa su vida implorando la caridad de zoca en
molondra.
Aquí hay mendigos como en España, con la diferencia de que allí el pan
es pan, y el vino es vino, y aquí ni el vino es vino, ni el pan es pan.
Hay mendigos; pero de un talante particular, á la moda, con su
intríngulis y su busilis, el busilis que aquí reina en todo con dominio
absoluto: mendigos de buen tono, de relumbron, con su poesía acomodada
al género, con su aparato artístico: es decir, mendigos con la cara
lavada por el palaustre de estas tierras; _mendigos franceses_.
¡Ay! se dice que el pauperismo se ha extinguido en Francia; se dice que
en Francia no hay pobres. ¡Ojalá! No seré yo el que deplore que
tuviésemos la santa obligacion de admirar á nuestros vecinos tan
cristiana conquista; no seré yo el que me lastime de tener que emular
esa gran fortuna á los franceses, no. Sobre la ojeriza trivial de pueblo
y de historia, venera mi alma todo lo que puede enjugar una gota de
llanto. ¡Ojalá que en Francia no se conociesen las lágrimas de la
miseria, y que el mundo entero, toda la tierra, España tambien, tuviese
un libro en donde estudiar ese caritativo secreto, ese bálsamo milagroso
de profundas llagas sociales!
Pero ¡ay! repito. Si fuese posible que de un golpe, de una sola vez,
como circula el fluido eléctrico, como corre la luz, apareciera á
nuestros ojos el interior de las boardillas de este fastuoso Paris; si
de un golpe se presentaran ante nosotros todas las cuitas de esta
sociedad artificial; si cayeran sobre nosotros todas las lágrimas que
una miseria honrada y venerable vierte aquí, ¡cuántas calles se
inundarian de llanto! ¡Cuántas calles irian de acera á acera! ¡Ah! Es
bien seguro que el Emperador nadaria en lágrimas, y que romperia, pálido
y tembloroso, la ley jactanciosa que ordena QUE EN FRANCIA NO HAYA
POBRES.
Sí, hay pobres, hay miseria, hay llagas, hay dolores, hay lamentos; yo
he raspado con el dedo la mezcla lisa que pone el palaustre, para que
parezca bonita la parte exterior de las paredes; yo he quitado esa
mezcla postiza, ese falso aliño, esa cara embustera; he penetrado más
allá; me he visto dentro.... Para la ley no hay pobres; para la moral,
sí; para los extraneros que tienen corazon, sí.
Antes habia mendicidad; no habia más que eso; no habia más que una cosa:
ahora hay dos. La mendicidad, y una estéril y vana prohibicion. Ahora
hay una mendicidad prohibida, una mendicidad afrentada; pero los
pueblos, como los individuos, no pueden vivir sin su genio particular, y
aquella ley, de puro ornato, de adobo y no otra cosa, era necesaria para
dar á ese pueblo el relumbron que imperiosamente necesita el genio
francés. ¡Pecador de mí! Ahora me explico yo por qué los franceses son
tan aficionados á la luz eléctrica. Ahora me explico del mismo modo, que
Paris sea la ciudad más alumbrada, más brillante del universo. Todo lo
que tire á luces, y reflejos, y visos, y prismas, entra de lleno en el
gusto francés.
La ley aboliendo el pauperismo, no es más que un reflejo de ese
cristal; un golpe mágico de aquel palaustre, un chiste de aquel cómico.
Deberia hablar tambien de la moralidad de Paris con relacion á la
ciencia y al dogma; pero las originalidades que en este punto ha tenido
Francia son tan extravagantes, tan atrevidas, tan francesamente
atrevidas y descocadas (perdóneme Paris este castizo nombre español),
que casi sospecho que no cabrian en la medida de nuestro país. Estoy
seguro de que habia de lastimar muchas orejas, muchos entendimientos,
muchas, muchísimas conciencias, y no escribo este libro para causar
lástimas.
Para muestra, y nada más que con el fin de que sirva de muestra,
presentaré un ejemplo de ciencia y otro ejemplo de religion.
El hecho de ciencia es el siguiente, hecho que acaso ignoran muchos
franceses de alto coturno, y que yo sé por una de esas inesperadas
dichas que se ofrecen al extranjero.
Un viejo ilustre, muy ilustre y muy venerable, tambien hay viejos
venerables en Francia, óigalo el Sr. Dumas; un viejo que habia sido
maestro de Luis Napoleon, antes de ser Luis Napoleon III, llevó cierto
libro á Luis Napoleon, cuando ya era Luis Napoleon III, Emperador de los
franceses.
El viejo de que hablamos era el honrado, valeroso, austero y lealísimo
senador Vieillard, maestro y amigo del Emperador. Cuando el imperio se
puso á votacion en el Senado, el Senado en peso, todo el Senado
entusiasta y unánime, le prestó su sufragio. En medio de la general
aclamacion, una voz seca, grave, segura y poderosa, dejó helados á los
senadores, al público y al Emperador mismo: aquella voz inexorable,
aquel acento de la conciencia, de la amistad y del cariño, aquella
palabra que parecia ser la palabra yerta y metálica de un cadáver, dijo
clara y resueltamente: ¡NO! Quien pronunció este no tremendo fué el
senador Vieillard. El único senador tal vez que era amigo de Napoleon,
un amigo grande, un amigo digno, uno de esos amigos que valen la pena de
que un hombre nazca para que pueda honrarse con tal amistad, fué tambien
el único que votó en contra del imperio. Napoleon, no obstante,
continuó queriéndole y respetándole hasta el fin de sus dias. El voto
contrario del maestro, y el respeto constante del discípulo, son cosas
que hacen tanto honor al discípulo como al maestro.
Llega su última hora al honrado viejo, hallándose en San Cloud el
Emperador; le participan que el senador Vieillard está agonizando; corre
á Paris, acude á casa del moribundo, penetra en la alcoba, Vieillard
espira, y Napoleon recibe el aliento postrero de aquel grande hombre; de
aquel hombre ignorado hoy, pero que es sin disputa uno de los caractéres
más bellos con que puede honrarse la historia moderna.
La verdad, lector mio, Napoleon no es santo de mi devocion, como decimos
por nuestras tierras. Si te dijera que le queria, te diria un embuste;
no le quiero, la verdad ante todo; tengo muchísimas razones para no
quererle; pero desde que supe que vino de San Cloud para recoger el
último suspiro de un viejo ilustre, de un hombre verdadero y honrado, no
le quiero tampoco, no le puedo querer; pero no le odio. Si tuviera que
perdonarle, en honra de la noble memoria del senador Vieillard, le
perdonaria.
Ahora preguntaré: ¿se cumplió el testamento del senador Vieillard? Creo
que no. ¿Por qué? Acaso Luis Napoleon lo sabe, acaso lo ignora, pero la
verdad es que la última voluntad del difunto no se cumplió. Me parece
oir á un lector que dice: pues ¿qué sucedió en esto? Amigo mio, ahora no
podemos entrar en explicaciones. Ignoro si podré tocar este punto en
algun pasaje de este libro; en este momento no puede ser.
Pues volviendo á la historia, decía que el senador Vieillard llevó un
libro á Napoleon. Dicho libro tenia un epígrafe en la portada, acerca
del cual llamó Vieillard toda la atencion de su antiguo discípulo.
Napoleon leyó, volvió á leer, miró á su maestro, leyó otra vez, pensó
luego un rato, hasta que por fin dijo: _c'est trop hardi; mais c'est
vrai_. Esto es muy atrevido, pero es verdad. ¿Qué calcula el lector que
decia el epígrafe? Decia lo siguiente: _le dieu de l'antiquité n'est
plus. Aujourd'hui, l'humanité c'est Dieu_. El Dios de los antiguos no
existe; hoy, la humanidad es Dios, ó la humanidad es el Dios moderno.
El Emperador dice que esto es verdad, yo pido perdon al Emperador, y con
su vénia creo que es mentira. Yo creo que antes, lo mismo que ahora, y
ahora lo propio que despues, la humanidad no ha sido, no es, no será, no
puede ser nunca el Dios del mundo, ni de sí misma, ni de nadie, ni de un
triste gusano, porque la humanidad no ha creado á nadie, ni al triste
gusano, ni á sí misma, ni al mundo, ni puede hacer, ni decir una palabra
en punto á marcar el último destino de las cosas, ese dia misterioso y
sagrado, ese enigma supremo, oculto y recogido en el pensamiento del
soberano artífice. Con perdon del Emperador, creo que los modernos no
tienen otro Dios que los antiguos, porque ni los antiguos ni los
modernos pueden cambiar de Dioses, como el año muda de estaciones, ó
como nosotros mudamos de camisa, ¡Qué! Cuando no podemos mudar de
arenas, de playas, de mares, de ambiente, de nubes, de estrellas, de
soles, ¿quieren los franceses que mudemos de causa suprema? Cuando no
podemos mudar de ojos, de cejas, ni aún de pestañas, ¿quieren los
franceses que mudemos de Dios?
Pero seamos justos ante todo. ¿Os parece, lectores mios, que el autor
del libro ha querido decir tal dislate, y que el Emperador ha podido
prestarle asenso? No. En esto, como en todo lo que aquí pasa, media
cierta poesía fantasmagórica, cierta fascinacion aérea. Lo que el autor
ha querido decir, lo que el Emperador ha podido creer, es una cosa
semejante á la que sigue: «la revelacion del principio supremo en la
antigüedad, era, por ejemplo, el milagro. La revelacion de aquel
principio sumo en los tiempos modernos, es el análisis, el experimento,
el compás, el exámen, el axioma, la demostracion, más claro, la razon
humana. En la antigüedad no existian más que castas teológicas, la idea
de Dios era la que exclusivamente reinaba. En los tiempos modernos hay
castas sociales; al lado de la excelsa idea de un Dios, reina en el
mundo la idea del hombre. En la antigüedad como en nuestra era, como en
todas las eras posibles, Dios representa el génesis de la sustancia;
hoy el hombre representa el génesis de la forma.» Esto, y no otra cosa
es lo que el autor de aquel libro quiso decir, y lo que el Emperador
pudo creer; pero si se hubiera expresado como yo lo he hecho, aquella
idea hubiera entrado en la gerarquía de las cosas oscuras, humildes y
plebeyas, no hubiera valido la pena de que un Vieillard llevase el libro
á un emperador, y de que un Emperador bajara la cabeza y pensase, y de
que volviera á estar cabizbajo y pensativo.
El autor sabria que se hallaba en una sociedad entusiasta por los
relumbrones, y diria para sus adentros: ¿sí? pues allá va ese magnífico
y sorprendente relumbron. EL DIOS DE LA ANTIGÜEDAD HA PASADO; LA
HUMANIDAD ES EL DIOS MODERNO. Y las gentes se miran unas á otras, se
agrupan, se hablan al oído, cuchichean, y el libro corre de boca en
boca, de pensamiento en pensamiento, de bolsillo en bolsillo; el autor
crece, se hace de moda, _se hace francés_, y hé aquí realizado el adagio
de que fray Modesto nunca llegó á guardian. Esto, que es una verdad en
todos los pueblos del mundo, es verdad y media en este país de las ALTAS
NOVEDADES. _En el Paris curioso_ verémos hasta qué punto se abusa aquí
de la expresion heráldica: ¡ALTA NOVEDAD! La primera vez que mi mujer y
yo vimos ese pomposo y campanudo rótulo, impreso en letras elegantísimas
sobre los vidrios de un escaparate, nos aproximamos con cierta avidez....
¡Ni el diablo inventa lo que los franceses! ¿Qué dirán mis lectores
que era el objeto anunciado al público de una manera tan altisonante y
rabiosa, por decirlo así? Pero estamos fuera de lugar. Estas noticias
tocan de derecho al _Paris curioso_, y no debemos perjudicar esta
segunda parte de nuestros humildes apuntes.
Vamos al otro ejemplo de que hablé; al ejemplo de dogma. Bastará decir
en este punto que la Francia ha corrido el espacio que media entre
proclamar: NO HAY DIOS, hasta celebrar misa en un altar cristiano, que
está precisamente sobre las cenizas y la estátua de Voltaire. En efecto,
el Panteon, ese suntuoso mausoleo que el pueblo francés ha levantado á
sus grandes hombres, se habilitó hace poco para templo cristiano, y el
altar en que un sacerdote católico dice misa diariamente, viene á caer
sobre la tumba del más furioso de todos los enciclopedistas; es decir,
sobre la tumba del más furioso de los protestantes franceses.
No llevo á mal que la Francia _reconocida_ haya levantado aquel suntuoso
mausoleo á sus grandes hombres; no llevo á mal tampoco que Voltaire sea
un grande hombre que ocupe un lugar en el espléndido mausoleo de su
patria; lo que digo es que me huele _á cosa francesa_, una cosa que pica
y que escuece, el que un sacerdote católico diga misa sobre los
sepulcros de Voltaire y de Diderot. Digo que es refinadamente _francés_,
refinadamente chispeante y fosfórico, el que las tumbas de Voltaire y de
Diderot ocupen su puesto en un mausoleo cristiano, y que en ese mausoleo
cristiano no hayan entrado las cenizas de un Bossuet, de un Flechier, de
un Bourdaloue, de un Fenelon. Este es positivamente el fenómeno que
menos he podido explicarme, un fenómeno que me aturde. Sobre una rareza
tan extraordinaria, he pedido noticias á personas muy competentes; pero
todas se encogen de hombros y murmuran algunas palabras á media voz.
Ahora ya no pregunto á nadie. Las singularidades de esta calaña no
tienen explicacion posible en el individuo francés; están explicadas
únicamente por el carácter general del país; por el carácter, por el
genio, por la necesidad de todos; están explicadas ... por la Francia.
Otros muchos ejemplos notables se me ocurren, en historia
principalmente; pero si me dejase llevar iria muy léjos; sumamente
léjos, y no puedo dar tanta extension á esta primera parte, cuando me
está esperando la segunda, que debe ser mucho más larga, y bastante más
entretenida.
He examinado la moralidad de Paris, en las varias esferas sociales, y en
todas partes he hallado una misma tendencia, un mismo secreto, una misma
cifra: _relumbron, efectos cómicos ó trágicos, caras muy lavadas y
bonitas por fuera, palaustre_. Mucho bombo y mucho platillo, para que
acuda gente, para que el corro sea muy grande, y pueda hacer negocio el
que maneja los cubiletes.
Pero á esto se dirá: ¿cómo se explica que un arte postizo, domine de
tal modo en el mundo? Es muy sencillo, contesto yo. El que quiera verse
seguido de centenares y centenares de personas, vístase de azul, de
encarnado, de amarillo, de verde, de blanco y de negro; cúbrase la
cabeza con plumas de pavo real, de cuervo, de buitre, aunque sea de
gallo ó de gallina; si no hay plumas, póngase la cola de una zorra, ó
cosa semejante; toque luego un chinesco, un tambor, una gaita; toque
unas trévedes ó un almirez, sino tiene á mano otros instrumentos; toque
con fuerza, haga ruido, mueva estrépito, mucho estrépito, alarme las
orejas de todo el mundo.... No tengais cuidado, no irá solo.
No quiero decir que esta gran ciudad es un payaso, no. De ser payaso,
habría que confesar que era un payaso muy _magnífico_. Me he valido del
símil anterior, como pude haberme valido de otro cualquiera, para dar á
entender el misterio con que Paris domina al mundo. El misterio consiste
en que da á todos sus guisados una salsa picante, que excita el paladar,
que lo estimula, que lo llama, que lo _emboba_; que lo mata luego, pero
que lo provoca antes, y esto basta para el consumo de la cocina.
Y ¿qué significa esa salsa picante? Esa salsa picante es el cáustico que
se pone sobre un tumor; es el cauterio que se aplica á una llaga; es la
fuente que se abre á un ético; es la cantárida que se receta á un pecho
podrido. Ya no basta el sér de las cosas, y se busca el sér de los
adobos. No basta la verdad, y hay que acudir á la mentira. No basta la
naturaleza, y tienen que implorar la ayuda de la mágia. No basta el
encanto del arte, y tienen que llamar la fantasmagoría del artificio. No
basta el rey, y tienen que acudir al reyezuelo. La salsa picante de los
franceses significa una cosa algo peor que el soñado puñal de la soñada
Manola de Madrid; algo peor que la soñada mata y el soñado facineroso,
de que nos habla el _brillante y reluciente_ Alejandro Dumas; algo peor
que las soñadas jícaras como dedales, en que toman el chocolate los
españoles; peor tambien que la soñada señorita española, que como dice
el mismo novelista, exclamaba cándida y apasionadamente: _¡mi amado
toro!_ Aún cuando todo eso fuera verdad, aún cuando existiese en nuestro
país una señorita que requebrase á un toro con el epiteto de _amado_, y
matas que ocultaran facinerosos, y dedales que sirviesen de jícaras, y
puñales que á manera de ligas, decorasen las medias de la Manola de
Madrid; aún cuando realmente existiera ese enjambre de desatinos, esa
porcion de sueños extravagantes y risibles de una imaginacion que tiene
fiebre; pues, sí, señor Dumas, mi muy querido novelista señor Dumas; aún
cuando todo eso existiese en España, creo que seria menos malo que lo
otro que existe en Paris, menos malo tambien que la calentura que usted
padece de decir, de contar poéticas _graciosidades_, á fin de embaucar á
sus paisanos, para que le escuchen con la boca abierta, y aflojen _los
sueldos_ de la suscricioncilla. Sí, señor novelista; creo que es más
fácil purgar el desierto de beduinos, arrojar los cafres de las costas
de oro, y poblar de hombres la Nueva Zelanda en que viven los
antropófagos, que purgar á Paris de esa civilizacion engañosa, de ésa
fascinadora cultura, de esa idolatría _chillona_ que comprende tan bien
el secreto de hacerse admirar.
=Resúmen de esta série. =
Voy á reasumir en pocas palabras todo lo expuesto sobre la moralidad,
sobre la tan _cacareada_ moralidad del pueblo parisiense: Tal vez me
hago insufrible á mis lectores; pero esto es una operacion de cirujía, y
todos tenemos la obligacion de ser pacientes hasta donde podamos
aguantar. Cuando, él lector no pueda más, tiene el recurso de quemar mi
libro.
Noto aquí, ni puedo ni debo ocultarlo, una grande armonía entre la ley
pública y la conducta privada, entre la sociedad y el individuo.
No hallo, la he buscado inútilmente por todas partes; no veo la
moralidad de la intencion, esa moralidad interior, absoluta, que existe
por sí, que tiene bastante con ella misma; esa moralidad que nace de
nuestro albedrío, de nuestra voluntad, de nuestra deliberacion, de
nuestro deseo, este deseo que es la virtud más alta y más grande con que
Dios enaltece al hombre; no veo, no hallo, no vislumbro la moralidad del
sentimiento que ama lo justo y lo virtuoso, por el placer magnánimo de
amar la justicia y la virtud. No veo, no hallo la verdadera y única
moralidad.
Hallo y veo una virtud que es virtud mientras que ve un castigo; que
puede ser vicio, que lo es frecuentemente, cuando se ve sola, léjos de
la ley y de su pena, léjos de la opinion y de su fama; una virtud que
obra bien, siempre que no puede obrar mal impunemente.
Hallo y veo una hábil hipocresía.
Hallo y veo un egoismo sábio.
En fin, hallo y veo un _palaustre_ que lava esta cara como las lava
todas.
Creo, pues, que Paris es un pueblo inmoral; inmoral de un modo picante,
novelesco, fantasmagórico; inmoral de una manera delicada, graciosa, aún
artística: sobre todo, de una manera relumbrona, dramática, teatral.
Brillante, muy brillante, muy reluciente, muy bonito, muy fascinador,
todo lo que se quiera; pero inmoral; tan inmoral, que ha logrado el
prodigio de _civilizar_ la _inmoralidad_; el prodigio asombroso de hacer
de la inmoralidad una _cultura_ célebre.
Esto dice á Paris y al señor novelista Dumas, un infeliz cafre de
allende el Pirineo.
Si eso es civilizacion, quiero que mi país sea salvaje.
Si eso es ser culto, quiero que mi país sea bárbaro.
Si por eso el Africa ha de principiar en los Pirineos, que principie en
buen hora, y Dios la dé mucha _fortuna_, mucha salud, _y que á mi no me
olvide_, como decia el autor del Quijote.
=SERIE SEGUNDA=