=Moralidad en industria y comercio=.
¡Consecuencia admirable del temperamento! La fantasía es en Francia, en
Paris sobre todo, un elemento tan general y tan absorbente, que no hay
un solo círculo que no invada; ni uno solo, esté donde quiera y como
quiera. Aquel elemento penetra en todas partes, hasta en la industria,
hasta en sus elaboraciones más apartadas de la idealidad y de lo bello;
hasta en el calzado. Examinemos este zapato de señora. La punta remeda
un pico de ave; el tacon se va adelgazando progresivamente en forma de
espiral. ¿Remata así el pié de las mujeres? El tacon es una cosa propia
para servir de base; una base conforme al zancajo? ¿Es un zapato eso que
vemos, una figura acomodada á nuestro pié? No; de ninguna manera. Es un
capricho, una imaginacion, un efecto dramático, un golpe teatral. Es un
zapato, como es vestido lo que se pone el arlequin: es otro golpe del
_universal palaustre_.
Niego redondamente que este zapato pueda durar arriba de dos ó tres
noches de tertulia ó de baile, y niego tambien que haya mujeres que
consigan equilibrarse sobre ese _balancin_, sin ensayarse para este
ejercicio, como se ensayan los alcides para equilibrarse sobre la
maroma. Pero tal vez no tengo razon. El genio francés, esa estética
fabulosa que inspiró al artífice del zapato, la forma casi aérea que
tiene, habrá inspirado del mismo modo á las mujeres la habilidad de
usarlos sin riesgo. Es una especialidad de este temperamento, _un género
de este país_.
Al ver el calzado parisiense en estos hermosos escaparates, no he podido
menos de decirme repetidamente: si una mujer tuviera el pié como es el
zapato que aquí miro, ¿qué nombre daríamos á aquel pié? seguramente lo
llamariamos fenómeno, aborto, extravagancia.
Hé aquí la industria francesa: á fuerza de ser delicada, sutil,
vaporosa, es una industria fenomenal. La diosa Vénus salió de Chipre,
viajó por el mundo, y se hizo idolatrar aquí en la elaboracion de la
materia. Tratar de hacer algo en Paris, es tratar de hacer una Vénus, un
ídolo, una melodía. Alguna vez esta melodía deja escozores en el oído;
acaso esto sucede más de alguna vez; pero la melodía brotó, se operó el
prodigio; ¿qué significa lo demás? ¡_Siempre el palaustre_!
Excusado fuera entrar ahora en consideraciones sérias para demostrar la
significacion que esto tiene en el órden de las ideas morales.
En el calzado que hemos visto, está sacrificada la realidad á la
ilusion, lo mas á lo menos; es decir, está sacrificada la verdad á la
mentira, la naturaleza al artificio, el pié al zapato, las mujeres al
pié. Repito que es una idolatría como otra cualquiera, y no necesito
decir si la idolatría es ó no inmoral.
Hablar de la industria equivale á hablar del comercio. Un día pasábamos
por la calle de Richelieu y vimos un magnífico chal bordado de oro. Yo
tenia gana de saber su precio, así como de ver el arreglo interior del
almacen, y propuso á mi mujer que entráramos. Nos resolvimos por fin, y
al penetrar en un portal, que más bien anunciaba la casa de un noble que
el almacen de un comerciante, vimos dos lacayos vestidos de librea.
Naturalmente, creimos que aquellos dos lacayos esperaban á sus señores,
á quienes suponiamos ocupados en hacer compras. Creiamos mal. Los dos
centinelas heráldicos que allí encontramos, eran dos lacayos de la casa;
la librea al servicio de la mercancía; el blason feudal dando crédito á
la materia francesa. El ridículo es tambien crédito, cuando el crédito
nace de una ridiculez.
Los dos lacayos nos hicieron una marcada cortesía, procurando no
deslucir la gravedad y el tono erguido de sus cuellos, decorados por las
indispensables corbatas blancas. Nosotros contestamos al saludo como si
quisiéramos decirles: ¿qué teneis que ver con nosotros? O como decimos
en castellano: ¿quién os ha dado velas para este entierro?
Pero los dos vigías, venciendo valerosamente nuestro desden, se
aproximaron á nosotros y nos suplicaron que les dijésemos el fin que nos
llevaba. Yo tuve un momento dé vacilacion, casi de resistencia; iba ya á
decirles que nada tenia que arreglar con sus señores, cuando principié á
comprender.
--¿No es esta la entrada del almacen en donde está expuesto un chal
bordado de oro?
--Sí señor.
--Pues deseamos ver ese chal y saber su precio.
Uno de los lacayos tiró inmediatamente de una campanilla, y nos rogó
que pasáramos á otro piso. Subimos dos rellanos de una escalera
elegantemente alfombrada, y ya vimos en el piso principal á un caballero
que nos esperaba. Este caballero nos volvió á preguntar qué queriamos, y
oído que hubo nuestra respuesta, tira del cordon de otra campanilla,
enviándonos al piso segundo. ¿En que acabará esto?
Mi mujer y yo nos creiamos en el teatro de la Opera cómica.
Llegamos al piso segundo, en cuyo rellano nos aguardaba un tercero en
discordia, y cerca del umbral de la puerta una señora de mediana edad,
vestida con sencillez y gusto.
Nos explicamos en pocas palabras, entramos en un elegantísimo salon, y
antes de tres segundos, teniamos delante un chal como el que habiamos
visto en el escaparate.
El caballero y la señora nos observaban como si quisieran, entrar en el
secreto de nuestra voluntad, de nuestras ideas, más que todo en el
secreto de nuestros bolsillos, y yo me reputé obligado á valerme de una
mentira. ¿Cómo no mentir en un país, cuya astuta mirada taladra hasta
los huesos, como ciertos ácidos corrosivos?
Nosotros habiamos salido de casa para almorzar: íbamos, pues, en traje
de almuerzo, y nuestro aliño no podia sostener con honra la aspiracion
de comprar chales de cinco mil y pico de francos; ó sea una cantidad
casi superior á la que nosotros teniamos en Paris.
Tuve que decirles que un noble de la Habana me habia dado el encargo de
comprar algunos artículos de lujo, con el objeto de disponer el regalo
de boda para una de sus hijas. Mi mujer llevaba el sombrero de camino,
eramos extranjeros, yo tenia cierto color árabe ó americano, el color de
los hijos de un clima meridional; despues de cuatro ó cinco dias de
viaje en estío: en fin, notaron que cubria mi cabeza un sombrero de
jipijapa, la _etimología_ de este sombrero era evidente, y la ilusion
fué tan completa como era evidente el orígen de mi sombrero. Nos
creyeron de lleno americanos, y de la Habana por añadidura.
Favor del cielo! No bien oyó aquella señora que traia encargos de un
noble de la Habana, y que se trataba de un regalo de boda, cuando empezó
á desdoblar blondas y encajes, empedrando nuestras orejas de miles de
francos. Ahora cogia una riquísima manteleta, se la ponia sobre los
hombros y daba una vuelta majestuosa por todo el gracioso salon; despues
echaba mano á un velo y volvia á pasear, dando á su cabeza y á su talle
todo el aire posible para producir el efecto artístico; luego tocó el
turno al chal dorado, y dejaba caer la espalda hacia atrás, con el fin
sin duda de que la punta del pañuelo lamiera la alfombra, y formara así
alguna honda de buen gusto y algun reflejo deslumbrador. En esto acude
el caballero que se habia ausentado, y empieza á desdoblar ante nuestros
ojos una preciosa coleccion de pañuelos de India y de Persia, adobándola
con la salsa de los tantos y cuantos millares de francos.
Antes nos creiamos en el teatro de la Opera cómica; ahora creiamos
asistir á un juego de manos ó cosa semejante. Nosotros deslizábamos de
cuando en cuando una mirada hacia la puerta, como si quisiéramos decir:
¿Cuándo nos verémos en la calle? Estábamos sudando como pollos.
La situacion se hizo ya tan embarazosa, que ni mi mujer ni yo sabiamos
qué hacer. Al cabo, tuve que pretextar una ocupacion apremiante,
balbuceando alguna frase de admiracion y de complacencia; pero no nos
dejaron ir sin recabarnos la promesa de que volveriamos despacio para
tener una noticia más cabal del surtido del establecimiento, y poder
hacer con más acierto los encargos del noble de la Habana.
Nosotros nos rendimos, capitulamos á su sabor, tomamos dos tarjetas con
orlas y dorados, y nos dimos en cuerpo y alma á bajar la escalera.
¿Cuándo estaremos en la calle? me decia mi mujer. ¡Jesus qué calor!
Estoy sofocada. Yo no hacia más que oir; estaba ocupado enteramente en
bajar, en el ánsia de salir á la calle y de tomar el fresco.
Llegamos al portal, los lacayos nos cobijaron con una mirada maestra; no
vieron bulto ni cosa alguna que lo valiese; se convencieron de que nada
habiamos comprado, de que habiamos sido inútiles _á sus señores_, de que
la librea habia sido nula, y creyeron prudente ó estratégico retirar el
saludo.
¡Gracias á Dios! Ya estamos en la calle de Richelieu. Comparada la calle
al salon de donde salimos, podemos decir que estamos en el reino de la
verdad. ¡Oh delicia!
¡Qué objeto tan curioso es estudiar á un pueblo en estas minuciosidades
que tanto significan, aunque no sea sino porque jamás engañan! Retratar
con este pincel, es retratar al natural, y por eso he dado este título á
mis pobres apuntes.
¿Pero por qué sucede que despues de un lance semejante, nos invade
primero la risa y despues la tristeza? Esto sucede, porque la verdad no
deja nada impune, porque no existe una evidencia más infalible que la
ley moral. Esta ley nos castiga, castiga al hombre, castiga su pecado, y
¿quién no baja la cabeza ante el castigo? ¿Quién no dobla la espalda
bajo el peso de los azotes?
El comercio de Paris, lo digo otra vez, es lo que la industria:
fantasmagoría, aparato, _altas novedades_; es el zapato aéreo en otro
sentido; _palaustre tambien_.
Encargo al extranjero que nunca se llegue á comprar un objeto que lleve
este rótulo: FANTAISIE (fantasía), sino tiene marcado el valor. Cuando
esto no sucede, el comerciante parisiense se creerá _autorizado_ para
exigir el doble ó triple de lo que vale, porque la FANTASÍA, nombre que
aquí quiere decir _ingenio, invencion, maravilla, prodigio_, no está
sujeta á tarifa alguna. Se trata de vender una creacion ingeniosa, y el
ingenio no tiene límites: lo que no tiene límites no tiene precio, y de
aquí la infinita elasticidad del cálculo francés. ¡Pobre del extranjero
que olvide este encargo ó que tome á empresa el echarla de generoso!
Voy á terminar este ligerísimo bosquejo, haciendo notar una rareza que
me ha herido de una manera singularísima.
Todos saben que Francia es un pueblo dotado de ciertos instintos de
igualdad política, igualdad que tiene tantos monumentos en su historia,
que tanto trabaja su espíritu, que no deja de tener alguna forma
práctica en la constitucion social y en las costumbres; hasta en el
establecimiento del imperio. No obstante, la industria y el comercio de
este país son enteramente aristocráticos.
Por el contrario, todos saben que la desigualdad gerárquica, la casta
social, es en Inglaterra un principio tan indiscutible y sagrado como un
capítulo de dogma. Sin embargo, la industria y el comercio de Inglaterra
son enteramente democráticos.
Paris, el demócrata, viste á los ricos de casi toda Europa, y de una
gran parte de América.
Lóndres, el magnate, viste á los pobres de casi todo el globo.
El pobre busca al rico: este es Paris.
El rico busca al pobre: este es Lóndres.
No hay contradiccion. Hay habilidad. Tratándose del otro lado del
estrecho, hay más: _habilidad y lógica_; esto es, _habilidad inglesa_,
un miasma atmosférico que no tiene igual en el espacio, desde el cielo á
la tierra, desde la tierra hasta el abismo. Estoy deseando ir á Lóndres,
para poder establecer una comparacion concienzuda entre estos dos
grandes centros, que son sin disputa los dos pueblos más influyentes de
nuestro siglo, y los dos primeros rivales de la tierra.