=Moralidad con relacion al trato civil=.
Voy á dar algunos detalles sobre dos caractéres singularísimos de la
sociedad francesa, caractéres reflejados en dos palabras; _pardon y
merci; perdon y gracias_.
Un parisiense viene corriendo por una acera y magulla el pié á un
transeunte, vuelve la cara sin detenerse y le dice con la expresion más
fervorosa: _pardon, monsieur_, (perdone usted, caballero).
Sigue de la misma manera, y se da de cara con una señora, ó la da un
codazo que la tulle el brazo ó el pecho: _pardon, madame_ (perdone
usted, señora) y sigue su camino con aire triunfante, como un hombre que
está convencido de que merced á una palabra de etiqueta, tiene el
derecho de ir aporreando á todo el prójimo.
Esto nos ha acontecido varias veces, y mi mujer, al oir _pardon,
monsieur ó madame_, me preguntaba: ¿qué dice?
--Nos pide perdon, respondia yo á mi mujer.--¿Qué diantre de tantos
perdones? Mejor seria que hiciera de modo que no tuviera precision de
ser perdonado, y se dejaran de alharacas que no me quitan la molestia
del empujon, del aplastamiento de narices, ó del magullamiento del
pecho. Realmente, si me magulla un pié, si me disloca un brazo ó si me
aplasta la nariz ¿me curará aquel cumplido estéril? No. ¿Qué significa
aquel perdon, elevado á virtud social?
¡Ay! significa un hecho, como pudiéramos decir una dolencia, el cual se
deja ver en todos los círculos de esta especialísima sociedad. Significa
que la imaginacion crea una fórmula exterior, graciosa, dramática, para
apoderarse impunemente del espacio y hacer su negocio.
Es cultura, se dice.
¡Cómo! Respondo yo, ¡cultura! ¿Concebís la cultura sin el amor al
hombre, sin el respeto al hombre siquiera? ¿Concebís la cultura sin
humanidad? ¿Concebís la cultura sin la mútua conciencia de nuestro sér,
sin la moral humana? ¡Cultura! Esta idea peregrina me ha herido de una
manera particular.
El hombre francés se cree en el caso de estrujar á toda alma viviente,
añadiendo el correctivo del _¡perdon!_ ¿Y qué? ¿Me importará á mí más
que me extraigan del bolsillo un franco ó ciento, que el recibir un
choque de un semejante mio que corre á sus negocios, y para quien valen
más sus negocios que mi pié, mi brazo, mi nariz, mi cabeza? ¡Y qué!
vuelvo á decir: porque aquel franco me lo extrajeran con habilidad, con
gracejo, con ademan afable y ceremonioso, ¿podria decirse que el ladron
era un hombre culto?
Nadie puede decir que no matará á un semejante suyo, á su padre, á su
hijo, por un descuido inevitable; pero el hacer una política, una
etiqueta, de la facultad de magullar al primer nacido, equivale á
usurparme una seguridad que la moral debe garantirme, y juzgadas las
cosas en su verdadera significacion, este hecho no es más disculpable
que la accion del que extrae de mi bolsillo uno ó cien francos con
sutileza y maestría.
Aquí una maestría; allí una ceremonia; en medio una víctima. Que sea
robado, que sea tullido, siempre es víctima.
¡Y qué! repito aún: ¿concebís aquí la cultura? ¿Consiste la cultura en
la manera de hacer mal irresponsablemente?
Si semejante abuso fuera cultura, ¡bien nos iba á lucir el pelo con
ella! Afortunadamente no lo es, como no es salud la muerte que se nos da
en un veneno, por más que se nos brinde con el veneno en copa de oro,
coronada de flores. No, no es cultura. Los que así profanan este nombre,
cometen un crímen que ignoran, y por este lado deben recibir el perdon.
Las flores que circuyen la copa homicida, la copa en que se da un
veneno, no son buenas sino para añadir la traicion á la crueldad, para
añadir un crímen á otro crímen.
Yo preferiria, lo digo con el corazon en la mano, que me magullaran en
silencio, á tener que sufrir aquel revés con la obligacion de callarme,
por respetos á una exterioridad que no evita ni cura; una exterioridad
que da el poder impune de hacerme daño. Y no solamente me hace daño,
sino que me impone el deber de contestar con una cortesía, so pena de
pasar por un hombre avieso y mal educado. _¡Pardon, monsieur! Pas de
quoi, pas du tout_. Usted perdone, caballero.--No hay de qué.
Esto de tener que decirle: _no hay de qué_, cuando uno tendria más gana
de darle un cachete, ó de soltarle una tremenda, será indudablemente muy
francés; pero no tiene pizca de español.
Confieso que no lo puedo remediar, por mas que procuro contenerme y
acomodarme á la necesidad de respetar lo que aquí se respeta. Detesto,
me estomaga el _perdon_ agresivo y atolondrado de los franceses, y mi
mujer lo aborrece aún más, porque mi mujer es más española que yo.
Gracias á que, como habla en español, no la entienden. Si supiera
francés, es casi seguro que nos veriamos en más de un compromiso. Tales
son las rudas claridades con que agasaja á los franceses y á las
francesas con especialidad.
Sin embargo, no debo hacerme el hombre de mundo. Cuando siento un
codazo, ó un aplastamiento de pecho ó de nariz, acompañado de un
afectuoso _pardon, monsieur_, la sangre se me sube á la cabeza, y en mi
cara de hiel y vinagre, deben conocer evidentemente que no soy hijo de
Paris.
En fin, el _elástico_ perdon que aquí se estila, es la receta universal,
la carta blanca, el salvo-conducto que tienen los franceses para hacer
cuanto se les antoja, cuanto se les pone en el magín, sin peligro ni
responsabilidad de ningun género, y hasta sin el inconveniente de faltar
á las reglas urbanas. Es el privilegio de cometer toda clase de
descortesías, sin que caiga sobre el que las comete el apodo de
descortés. Si no supiera que aquí se acata como una fórmula social, lo
tomaria á insulto.
Pero aún es más original y curioso el otro carácter de que hablé:
_¡merci! (¡gracias!)_
Entro á comprar un bollo que vale un sueldo.
Saludo á la persona que despacha, y oigo _merci_.
Echo mano al bolsillo, y oigo _merci_.
Dejo el sueldo sobre el mostrador, y oigo _merci_.
Me despido, y oigo _merci_.
Los lectores que no me conozcan, creerán que exagero. No diré que esto
suceda en todas las tiendas de Paris, pero refiero hechos que me han
sucedido, y acerca de los cuales tengo la evidencia de lo que sucede á
uno propio. Dios no me dé salud si miento.
En la calle de Montmartre, cerca de la calle Feydeau, hácia el bulevar
de los Italianos, hay una bollería. Pues bien, en esa bollería me han
dado cuatro _mercis_ por un bollo que valia un sueldo, ó sea tres
ochavos. ¡Cuatro gracias por tres ochavos! ¡Ni á ochavo por gracia!
Esto me aflige, me contrista, me ahoga; y como no puede menos de ser, me
quita el gusto del trato social. No me gusta una gente tan excesivamente
_graciosa_.
Voy á buscar un pan, un pan que necesito, un pan que vale un sueldo; yo
doy un sueldo del mismo modo que á mí me dan un pan; yo hago el favor
que recibo; propiamente hablando, no hago favor ni me lo hacen, porque
la mutualidad no es favor; porque no es favor el préstamo de la
existencia: ¿por qué esas _cuatro gracias_ que vienen á llenarme de
melancolía, porque vienen á darme cuenta de profundas llagas sociales,
en un pueblo que se llama tan civilizado? ¿Por qué esas _gracias_ que
convierten en un alarde ceremonial y mentiroso la fraternidad que nos
debemos, la verdad eterna del hombre, porque es la verdad de la causa
creadora, la verdad de Dios?
Pero á esto se dice: natural es que suceda tal cosa, en un pueblo donde
la competencia representa tantos intereses y tantos goces. El mercader
de una pobre aldea, no tiene precision de ser _amable_, puesto que en la
aldea no hay más mercancía que la suya; pero en Paris, la _amabilidad_
es el gran secreto de grandes empresas y de muchas familias.
Yo contesto que he estudiado lo que sucede sobre el teatro del suceso, y
no encuentro la explicacion en la competencia.
Centros notabilísimos son tambien Lóndres, Hamburgo, Francfort,
Constantinopla, San Petersburgo, y no sucede lo que en Paris.
Yo comprenderia que la competencia pudiese explicar aquel fenómeno de la
índole francesa, cuando cada uno usara del _merci_ de un modo especial,
cuando cada cual lo revistiera de una forma que le diera la expresion y
el interés de su particular ingenio: más claro, comprenderia lo que se
dice, cuando el uno pronunciara el _merci_ con una corneta, el otro con
un clarinete, el de más allá con bombo ó platillos; pero si todos dicen
el _merci_ con el mismo acento habitual, con el mismo grado de sonrisa
autómata: si el _merci es un mercado comun_, ¿en donde se concibe la
competencia?
--¿Cómo está usted?
--Regular: ¡gracias! ¿Y usted?
--Voy pasando: ¡gracias!
--¿Y su familia?
--No tiene novedad: ¡gracias!
Yo pregunto á los que opinan que la competencia explica este contínuo é
indigesto _merci_: ¿tambien la competencia explica esto en el trato
social íntimo, en el seno de la familia? ¿Tambien la familia y la
amistad son mostradores de mercader? Pues la familia y la amistad
reconocen tambien aquella fórmula.
Pero este fenómeno singularísimo es más trascendental de lo que parece á
primera vista.
¿Qué quiere decir el dar las gracias á un semejante nuestro porque
pregunta por nuestra salud? ¡Poder del cielo! Tambien este cuidado, este
saludo de la moral universal, esta hora solemne y sagrada del corazón
del hombre, tambien esto ha de estar sujeto al compás de un sonido vano,
de una ficcion?
Pues si el vernos objeto de un cuidado tan natural merece las gracias,
cuando adelantemos algo en esta línea de decepcion, ¿quién no concibe
que llegará tiempo en que darémos gracias por no ser saqueados ó muertos
á puñal?
¡No! Este hábito no es ni competencia, ni amabilidad, ni menos cultura.
O es un olvido de las ideas sociales y morales que todos los hombres nos
debemos, ó es el sacrificio de aquellas ideas venerandas, en aras de una
fantasía que crea aquí tambien una forma hipócrita, para hacer bello
aquel sacrificio con los ornatos de un arte servil y egoísta. ¡Tambien
entra aquí el _palaustre_!
Esto es querer dar verdad á la mentira, con el fin de hacer de la
mentira un _ente amable_.
Así lo he sentido mil veces, y el sentimiento es el gran criterio del
alma, el talento casi infalible del corazón.
Yo deploro de todas veras que los españoles corrompan la expresion
franca, majestuosa y solemne de sus saludos, aceptando el afeminado
_merci francés_.
--¿Cómo está usted?
--Bien ó mal. Gracias. ¿Y usted?
--Mal ó bien; gracias.
Aconsejo fervorosamente á la juventud, que deseche esa profanacion de la
sociedad y de la conciencia, y que se atenga á la palabra candorosa,
sencilla, franca, honrada y leal de nuestros padres.
No lo repudio á título de innovacion; yo admito todas las innovaciones
posibles, cuando vienen autorizadas por una razon que las justifique y
las recomiende, aunque los innovadores sean cafres. Repudio aquella
costumbre alambicada, aquel alarde rebuscado y necio, porque
desnaturaliza nuestro trato, despojándolo de su ingenuidad, de su
poesía, de su belleza. Sí; el refinado y tonto _merci_, quita á nuestros
saludos ese aire de jovialidad y de buena fe, ese aire rudo y
caballeresco, grave é hidalgo, que es quizá el carácter más notable, más
original y más bello de nuestra raza.
Jóvenes, creedme; no digais _merci_. Si sois hombres, ese _merci_ tan
blando, tan ficcioso, tan almibarado y melífluo, os convierte en damas,
y os hace feos, porque no hay una cosa más fea que un hombre amadamado,
y sobre todo, amadamado á la francesa. Si sois mujeres, perdeis una gran
parte de vuestro encanto y de vuestra hermosura, porque la principal
hermosura y el principal encanto de las hijas de España, consiste
especialmente en ser españolas. Tal vez vosotras no comprendais esto, y
sin embargo es la verdad. Quitad á vuestros rostros, á vuestros talles,
á vuestras miradas, á vuestras sonrisas, á vuestros saludos, á vuestra
palabra, la originalidad propia de vuestro país, y sereis estátuas
vestidas. Decid _merci_ y sois francesas; no sois lo que sois realmente,
porque vosotras sois españolas. Aquel _merci_ es un postizo, un
adefesio, una caricatura. ¿Por qué poneros caricaturas extranjeras,
cuando las caras nacionales son tan hermosas? ¿Por qué aderezaros con
flores mústias de otro clima, cuando nuestros soles crian en nuestros
campos tantos jazmines y alelíes? Bellísimas jóvenes españolas, no
digais _merci_: os lo suplico por el alma de vuestros difuntos.