VI.

=Moralidad de Paris con relacion al arte=.

Ante todo, tengo que poner en su lugar una opinion que juzgo importante.

En el arte moderno francés hallo cierto arranque social, que ha abierto

una grande era á la literatura, y que con el tiempo empujará al arte

hácia su expresion más trascendental, al menos más en armonía con el

espíritu de nuestra época. Este es un hecho capitalísimo; es un gérmen

que puede modificar maravillosamente el porvenir, y fuera injusto negar

sus esperanzas al trabajo del hombre francés. Pero como en este

capítulo no juzgo el elemento social del arte, sino que lo considero

únicamente en su relacion con las ideas morales, me parece que basta

esta salvedad.

El exámen de todas las obras artísticas de este pueblo, necesitaria la

vida laboriosa de más de un escritor, y el espacio de muchos volúmenes.

Dejo, pues, aparte el fardo inmenso de demasías, de licencias, de

crímenes, hasta de obscenidades, de que el teatro y la novela se han

hecho órgano en este país tantas veces, con un talento tan singular, y

me concretaré á un pasaje de un libro que han leido todos, que todos

conocen, de que la Francia está inundada, de que están inundadas la

Europa y la América. Hablo del _Montecristo_: hablo de ese libro

terrible, que hace de este mundo un sopor, una cueva encantada, un

brevaje oriental, una _bellísima diablura_. Ciertas gentes se han

empeñado en hacer ver que la diablura puede ser bella, que las brujas

pueden ser artistas. Hablo de esa nueva caballería andante, más ridícula

y más absurda que la del mismo Amadís de Gaula; esa caballería en que no

hay de real y positivo sino el trastorno y el escarnio de las virtudes

más sagradas del hombre.

Estamos en la escena en que un hijo aconseja á su padre con la mayor

formalidad.... (Imposible parece que Dios nos haya dado formalidad para

tales cosas. En este sentido, nuestra razon tiene misterios que

horrorizan, como tiene el abismo cavidades que nos espantan.)

Decia que un hijo aconseja á su padre que _se debe matar_. ¿Por qué?

Porque es comerciante, ha experimentado un revés en sus intereses, está

tocando la necesidad de una bancarota, y este descalabro le infamará á

él y á sus hijos. Pero ¿no hay remedio? Sí; el hijo se lo ofrece, se lo

propone, se lo aconseja, se lo exige. El remedio ... ES MATARSE.

Matándose, se habilita el banquero, el hombre muere honrado, y el padre

lega esta honradez á su familia. ¿No es bastante? ¿Debe el pobre viejo

dudar? ¿No dice bien el hijo? ¿No tiene razon Alejandro Dumas?

Hijo desdichado, hijo á quien el cielo no dió conciencia, sino para

hacerte probar el placer tremendo de desgarrarla, como no dió organismo

á la lombriz sino para hacerla probar el placer asqueroso de revolcarse

dentro del cieno; hijo desdichado, ven acá y oye á un hombre que no

tiene el genio de Alejandro Dumas, pero que tiene más corazon, que tiene

más genio; porque no hay genio fuera del sentimiento de la verdad y de

la virtud, porque no hay belleza fuera del sentimiento que busca el

bien. No, no hay genio en la lombriz. Alejandro Dumas nos llama

africanos á los españoles; enhorabuena. Preferimos ser tan bárbaros á

ser tan _cultos_. No queremos ser tan civilizados como él, ni como tú,

hijo infame y bastardo.

Hijo desdichado, ven acá y oye. Tu padre te ha dado la vida: ¿eres tú

quien ahora le aconseja que levante el brazo contra la suya?

De su amor recibiste tu primer amor: ¿eres tú quien ahora pones en su

mano un puñal?

Si tu padre cae en la bancarota, tú vas á vivir infamado: ¿eres tú quien

quiere que se mate para evitar tu infamia? ¿Eres tú quien crees que tu

egoismo vale más que la vida del que te ha consagrado su existencia?

¡Pero oye aún! Si tú crees que la desgracia de tu padre te va á dejar

sin honra, si lo crees así, si de ello estás convencido, ¿por qué no

eres tú el suicida? Responde, hijo cobarde, ¿por qué no eres tú quien

coge el puñal? ¿Por qué tu padre ha de ser víctima de una opinion tuya,

de un juicio tuyo? ¿Por qué ha de ser el caballero andante de tus ideas

romancescas?

¡Pero oye todavía! ¿Quién te ha dicho que un banquero se infama, porque

un infortunio que él no puede evitar le hace caer en la ruina? ¿Quién te

ha dicho que no hay honradez en el infortunio? ¿Quién te lleva á ver una

prostitucion en la desgracia? ¿Quién te ha dicho que Dios no se venga de

hombres como tú, dando al dolor una esperanza, un deseo, un suspiro

ferviente, una corona, una santidad? ¿Quién te ha dicho, responde, que

la Providencia no ha dado poesía al lamento amoroso y casto de la

tórtola?

Tu padre se arruina. ¡Y qué! ¿No hizo esa fortuna en otro tiempo? ¿Tenia

quizá alguna escritura en que la eternidad le prometia amparar sus

buques ó sus billetes?

Hoy pierde lo que ganó ayer. ¿Quién te ha dicho que la pérdida, como la

ganancia, es otra cosa que un accidente en la vida de un comerciante? Y

por un accidente de la vida, ¿buscas un puñal contra la vida? ¿Quieres

sacrificar el cielo á un celaje? ¿Quieres sacrificar el mar á una ola?

¡Ay! Á la gota de sangre que cae de un dedo, ¿quieres sacrificar el

corazon? Á la lágrima que cae de los ojos, á este soplo del aroma húmedo

de nuestra alma, ¿quieres sacrificar el alma toda?

Hijo desdichado, si tu destino es quemar tu conciencia y tu corazon,

quémalos, en silencio, ocúltate como se oculta el mago ó el hechicero

para dar cabo á sus maniobras; escóndete; pero no te valgas de la luz

para quemar la conciencia del mundo, vertiendo esas chispas en un libro.

Despues de esto ¿qué extraño tiene lo que se ve en el drama _Antony_,

del mismo Dumas? ¿Qué extraño tiene que Antony penetre en la alcoba con

una señora casada, en el momento de caer el telon, mientras que los ojos

del público, atravesando aquel telon, ven la obscenidad convertida en

fiesta, en declamacion y poesía, en bella-arte, en teatro? Despues que

un hijo aconseja á su padre que coja un puñal y lo bañe en sangre de sus

venas (sea cual fuere el motivo) ¿qué extraño tiene que el oído del

público, pasando á través del telon, oiga la respiracion convulsiva y

torpe del adulterio? ¿Qué mayor adulterio que el parricidio?

Pero esto se lee, esto gusta, esto recorre el mundo, esto hace fortuna,

reputacion, gloria ... en España tambien. ¡Qué desventura!

Pero ¿podrás negarle, se me dice, la habilidad en la ejecucion? ¿Podrás

negarle su belleza en la forma?

¿Podreis negar á los lagartos, respondo yo, la belleza de su piel verde?

¿Podreis negársela á los cocodrilos? ¿Podreis negar á la culebra la rica

variedad de sus brillantes y sedosas escamas?

¿Esa es vuestra belleza? ¿Ese es vuestro arte? ¿Por qué no haceis de un

cocodrilo un actor? ¿Por qué no haceis de una serpiente una actriz?

Basta de esto, mis queridos lectores. Tapémonos ambas orejas, contra el

graznido áspero y soez de ese cuervo que dice al mundo: oid en mi

graznido el gorgeo dulce y apasionado de la calandria y del ruiseñor.

El arte francés, generalmente hablando, lleva en sí el trastorno más

radical y más profundo de las ideas morales; el trastorno propio de una

sociedad que, á precio de ruido y de oro, embrolla sin escrúpulo las

verdades más venerandas del entendimiento y de la conciencia.

Oropel, luces, relumbrones, escenas cáusticas, contrastes imposibles,

aventuras maravillosas y disparatadas, alarmantes; pero que cautivan,

que seducen, que nos arrastran á despecho nuestro; sobre todo, _lavar la

cara de las cosas, mover el palaustre_; hé aquí la expresion más

constante y más universal del arte francés. La idea que más domina en el

escritor de Paris, es la de hacer de modo que á los lectores de sus

_novelas_ se les haya de dar un par de sangrías, aún antes de concluir

la tremenda lectura. Si quisiéramos citar ejemplos en comprobacion de

esta verdad, necesitariamos escribir centenares de tomos, como ya dije.

Acato la rica erudicion de un Thiers, de un Littré, de un Guizot; acato

la vastísima ciencia del eminente Augusto Conte; acato la hechicera

literatura de un Chateaubriand, de un De Lamartine, de un Balzac, de una

Cotin, de un Víctor Hugo; acato y amo la poesía fácil, ingénua,

encantadora del inspirado Beranger; acato el valeroso y fecundo arte, el

pincel arrebatador del inmenso Horacio Vernet; acato con profunda

veneracion á ese gran hombre, que ha dejado de ser pintor en el mundo

para ser monarca de los espléndidos salones de Versalles; acato á ese

Horacio Vernet, al humilde y modesto artista, que es más que Luis XIV en

las régias salas de aquel opulento y maravilloso palacio; acato á esos

genios de la Francia; no es mi ánimo negar que la Francia tenga sus

genios; pero estúdiese aquí el organismo que el arte tiene; estúdiense

con detencion y con cuidado sus manifestaciones generales, las

manifestaciones del pueblo francés, y no podrá menos de llegarse á la

conviccion más completa de la rigorosa exactitud de nuestros retratos.

Pero ¿y esos genios de que acabas de hablar? ¿Esos genios, como todos

los genios del mundo, contesto yo, no son la sociedad francesa; los

genios no tocan al pueblo en donde nacen; un don del cielo no tiene otra

cuna que el espacio que coge todo el cielo. El genio del hombre es como

la luz de los astros: su pueblo es el orbe, la creacion entera, la obra

del principio supremo, la patria de Dios.

Y aún á propósito de esos mismos genios, podriamos decir algo; algo que

probaria incontestablemente la verdad de mis opiniones. El carácter de

raza, el bautismo de nacionalidad, esa especie de limo que la nacion en

donde nacemos y vivimos pega á nuestra alma y á nuestras costumbres: esa

herencia de pueblo y de familia es un hecho tan poderoso y tan

inevitable, que si estudiamos con el necesario talento la forma exterior

del arte de Thiers, de Guizot, de Chateaubriand, de Balzac, de De

Lamartine, de Víctor Hugo, de madama Cottin, del mismo Horacio, de ese

ilustre pintor que tanto admiro; aún de Beranger, de ese nobilísimo

poeta que tanto venero; hasta si pasamos á la ciencia del inagotable

Augusto Conté, de ese coloso que tanto me asombra: si estudiamos la

forma exterior del arte de esos genios; si nuestro espíritu tuviera el

ojo penetrante que se necesita para distinguir ciertos colores, ciertos

tintes, ciertas sombras confusas y remotas: más claro, cierto hábil

relumbron, cierto viso dramático, cierta cara lavada por el _palaustre

francés_; si tuviéramos la necesaria habilidad para descubrir esos

delicadísimos detalles, juraría por mi alma, que aún en el arte de

aquellos grandes hombres encontraríamos la _hechicería francesa_. No

exceptúo ni á Bossuet, ni á Fenelon, ni á Condillac, ni á Bordaloue, ni

al severo y tajante Rousseau. No hablo de un hombre muy extraordinario y

muy célebre; un hombre que ha logrado más fama que todo un pueblo; no

hablo de Voltaire. Voltaire, como Diderot y casi todos los de la

memorable Enciclopedia, es un perfectísimo francés: francés en alma y

cuerpo; en pensamiento y obra; en juicio y palabra.

No exceptúo á nadie, ni al mismo preceptista y mirado Boileau.

Un paseo por Paris, retratos al natural · 第 14 / 46 题