III.

=Moralidad de Paris con relacion á las costumbres=.

En una de las tiendas contiguas al pasaje de la calle Montmartre, cerca

del Mercado Nuevo, han llevado á mi mujer diez sueldos por unas

trencillas que cuestan dos en la plaza de las Victorias, siendo estas

últimas tal vez de mejor calidad.

Notaron que era extranjera, y la llevaron cinco veces más de lo justo.

En el pasaje de los Panoramas compramos un frasco de vinagre de olor, un

pomo de aceite y algunas pastillas. Yo creí equivocadamente que el

frasco valia dos francos y medio, y pagué á razon de esta suma. Pero no

valia más que uno y medio; la señora que despachaba se apercibió sin

duda del exceso de un franco, (la mujer francesa se apercibe de todo) y

se contentó con añadir una pastilla, como si se tratara de un regalo con

que nos obsequiaba.

La pastilla valia seis sueldos, de modo, que fué moral regalando una

pastilla que me costaba dos veces más de lo que valia.

En la calle de Montmorency hay una casa particular donde se come

(_cuisine bourgeoise_); hemos asistido á la mesa redonda varios dias, y

constantemente nos han llevado mucho más que á los comensales franceses.

El garçon del hotel de los Extranjeros me pidió un franco diario por el

arreglo de la habitacion, al cabo de dos meses de nuestra estada allí.

Ni la señora me habló de ello jamás, ni el garçon me dijo una palabra,

sin embargo de que á él pagaba la habitacion cada quince dias, y de que

no me daba una carta, ni me traia recado alguno sin que le gratificase

en el acto.

¿Qué cosa más natural que advertirme de ello cuando entré en el hotel?

¿Qué cosa más justa y más sencilla que decirme: «paga usted siete

francos por la habitacion y uno por el servicio?» ¿Y si yo no hubiera

tenido más que los siete francos, único compromiso que contraje?

Y cuando gratificaba todos los dias al criado, ¿qué cosa más natural que

haberme dicho: «advierta usted que estas gratificaciones no le desquitan

de un franco diario que ha de darme por el arreglo de la habitacion?»

Pues nada; calló durante sesenta y siete dias, y hubiera callado más

tiempo á no haber notado que queriamos mudar de hotel. Entonces me lo

dijo con una sangre fria, con un aplomo, _con una conciencia de su buen

derecho_, que yo le escuchaba y no comprendia qué queria decirme.

¡Cuitado de mi! Me mudaba por ahorrarme 50 francos mensuales, y aquel

hombre me pedia 67. ¿Qué es esto?

Yo tengo el defecto de que doy demasiada importancia al no quejarme, al

sufrir en silencio; pero esta vez no quise callar. Se trataba de 67

francos que me hacian falta, se trataba además de que era extranjero, de

que era español; casi todas las cuestiones son para nosotros en Francia

cuestiones de decoro, y me di á bajar la escalera con el fin de hacer

saber á la señora lo que ocurria.

La señora no estaba, pero estaba el _señor_, el cual me recibió de una

manera amabilísima, porque creyó tal vez que iba á pagar; pero luego que

se hubo enterado del asunto, _de l'affaire_, como dicen aquí, frunció el

entrecejo, agrió la voz, y se ladeó un poco, cual si quisiera

significarme que mi reclamacion era cosa que él se echaba á la espalda.

Yo me hice francés en aquel momento y no dejé de mano _mi negocio_.

--Por siete francos me ajusté, le dije; los he pagado, nada debo.

--En mi hotel hay costumbre de pagar aparte el servicio de la

habitacion.

--Usted es muy dueño de establecer en su hotel todas las costumbres que

le parezcan convenientes, pero no de establecer costumbres con la

condicion de que yo las he de pagar, cuando las ignoro.

--Todos las pagan, caballero, y nadie murmura.

--Pues contra lo que hacen todos, digo á usted, que ni usted ni nadie

puede perjudicarme por una ignorancia de que no tengo culpa.

--Yo no tenia necesidad de advertir á usted acerca de nada ...

--Ni yo de pagar.

Diciendo esto, salí del gabinete de recepcion, donde nos encontrábamos,

y subí á mi Cuarto, dispuesto á dejar el hotel en el momento mismo.

Apenas habiamos empezado á poner en órden nuestro equipaje, cuando

llamaron á la puerta. Era la señora. ¡Triste de mí!

--Siento-mucho, me dijo, que usted se haya incomodado ...

--Perdone usted, señora: yo no me incomodo por mí: hacen que me

incomode.

--¿No pensaba usted dar nada al criado?

--Le he dado más de seis duros, durante nuestra estancia en este hotel.

--¿Pero no pensaba usted gratificarle cuando se marchara?

--Sí, señora; pensaba darle cinco ó diez francos; tal vez cincuenta,

acaso ciento, si hubiera creido que los merecia; pero no pensaba tener

obligacion de dar 67, cuando nada se me ha advertido, cuando nada sé,

cuando por el contrario tengo necesidad de saber lo que he de pagar,

porque mi bolsillo no es infinito....

--Pues bien; hágalo usted por mí, dé usted al criado la mitad de lo que

ha pedido.... ¿Qué menos ha de dar usted que medio franco por arreglar

la habitacion?

En fin, entró la parte mágica, y _la funcion_ me costó seis napoleones

cumplidos.

¿Con qué objeto exponerse á escalar puertas ó balcones, cuando hay el

arte necesario para hacerlo mágicamente?

En el bulevar de la Buena Nueva me compré una levita de verano por 35

francos. El amo del establecimiento quitó la enseña donde estaba escrito

el precio, y nos dió la levita perfectamente envuelta en un gran papel.

Yo le di dos piezas de 20 francos, y esperaba que me diera la vuelta;

pero el amo no pensaba en tal cosa.

Tuve que preguntarle cuál era el precio de la levita para arrancarle los

5 francos que sobraban. Tal vez aquel hombre obraba distraidamente; esto

podia suceder; no quiero hacerle reo sin tener entera conviccion; pero

los varios lances análogos que me han sucedido, me dan el derecho de

consignar aquí este escrúpulo, para que valga lo que la sensatez del

lector juzgue regular.

Muy pocas cosas puedo decir acerca de la prostitucion de esta ciudad

extraordinaria.

Los lectores saben que la prostitucion se considera aquí como una

industria, industria que tiene su matrícula, que está bajo la vigilancia

del gobierno, pagando en trueque una contribucion.

La policía da á las mujeres públicas dos _horas de reclamo_; desde las

nueve hasta las once de la noche. Es un espectáculo sumamente curioso,

aparte lo que tiene de aflictivo, el sentarse en un balcon de una de las

travesías que conducen á los grandes centros, y ver pasar y repasar á

estas mujeres, desempedrando las aceras. Andan de una manera prodigiosa.

Cualquiera diria que caminan sobre resortes ó por influencia magnética.

Son un torrente á que abren el dique, y anda en dos horas lo que estuvo

parado en las veinte y dos de cautiverio.

No se contentan con insinuarse por su manera especial de moverse, ni con

_cecear_ á los transeuntes, sino que los llaman, los detienen, los

exhortan, como un candidato catequiza á los electores. Esto no deja de

tener su ventaja, porque la mujer pierde el prestigio que la da el

recato, aunque sea un recato hipócrita, y la prostitucion ofrece así

menos peligros.

La mujer no es temible sino en cuanto nos hace sentir, y no nos hace

sentir sino en cuanto nos ofrece una belleza recatada; la prostituta

vulgar en Paris es feísima en este sentido. ¡Cuánto más temible es la de

Italia, especialmente la de Roma!

Una noche saliamos mi mujer y yo del pasaje de los Panoramas. Mi mujer

se habia quedado algo detrás, mientras que una ramera que estaba de

acecho en la calle de Montmorency se dirigió hácia mí como una

exhalacion, _volcánicamente_, y me dijo con la mayor dulzura:

_voulez-vous venir avec moi?_ ¿Quiere usted venirse conmigo?

Mi mujer asomaba en este instante. Yo contesté á mi invasora: _parlez

avec madame s'il vous plaît_. Hable usted con mi señora, si le parece

bien.

La prostituta echó hácia atrás con la velocidad de una carretilla.

Yo conté á mi mujer lo sucedido, y mi compañera se sonrió de la manera

como una mujer suele sonreirse en tales casos.

Hay una casa en Paris (no quiero ser cómplice de ella ni aún revelando

el nombre), en la que no se puede entrar sino prévia la entrega de 60

francos, ó sean doce napoleones, que ingresan en los fondos del

establecimiento.

Paris es la ciudad del coquetismo y de los efectos dramáticos. Pues

bien, estoy seguro de que no hay magnate ni extranjero en Paris que

tenga una casa montada con más lujo, con más alarde, con más profusion;

sobre todo, con un gusto más refinado, más incitante, más deslumbrador.

Estilo árabe, estilo persa, estilo griego; doraduras, bordados,

reflejos, prismas; todo está allí mezclado y confundido formando una

region de hadas ó de huríes.

Una prostituta es hija de un banquero que se arruinó, la otra es hija de

un alto empleado que ya no vive; otra de un coronel ó de un general que

vino á menos. Esta sabe el inglés; aquella el aleman; la otra el

español, el italiano ó el ruso.

Allí es de ver cómo una prostituta, estudiado el temperamento de su

víctima, le devuelve un billete de cien francos que de ella recibió, con

el objeto de ganar su ánimo y apoderarse de toda su cartera.

Allí es de ver la suma habilidad con que la elegantísima _mademoiselle_,

convence á un hombre, de que jamás ha experimentado la pasion que su

talento y su profunda simpatía la han hecho concebir.

Allí es de ver como la reina de aquel sarao frota dulcemente la mano de

un hombre, cual si quisiera persuadirle empleando por razon el calórico

de la electricidad: allí es de ver la ingenuidad maravillosa, la

admirable inocencia, con que exclama, dando á su acento la expresion

tardía y entrecortada del patético: _¡Que je suis malheureuse!_ ¡Qué

desgraciada soy!

Esto quiere significar: ¡qué desgraciada me ha hecho tu amor!

O bien esto otro, que está más en relacion con las intenciones de

aquellas _eminentes actrices_: ¿cómo podrás pagarme el mal que me has

hecho?

Hay prostitutas que salen de allí para ser personajes en el gran mundo.

Yo he visto una, á quien un ruso dió, durante muchos años, veinticinco

mil francos mensuales.

La prostitucion de la casa de que hablo, está elevada á ciencia, á bella

arte, á gran tono: ¿lo querrán creer mis lectores? Está elevada á una

especie de adivinacion, á una especie de agorería. Hablar allí de la

piedra filosofal, de la cuadratura del círculo ó del movimiento

contínuo, es una cosa casi natural.

La prostituta de aquella casa, adivina el corazon de sus clientes, como

conocía Gall los órganos cerebrales del hombre.

¡Cuántos misterios curiosísimos y dolorosos encierra aquel Eden de la

corrupcion! ¡En cuántos presupuestos de familias ricas de Paris, tiene

un guarismo aquel Eden infame!

Sí, muchos hombres casados del mismo Paris, están ajustados anualmente

con la dueña del establecimiento: esto es, tienen un palco allí, como lo

tienen en el teatro de la grande Opera, en los Italianos ó en el Circo.

Por último, yo no tengo noticia de una casa igual, y no extraño que el

jóven, profano á la vida de las grandes ciudades, pierda allí el sentido

y se dé en cuerpo y alma al diablo de aquella tentacion. Es el talento

que la víbora tiene en saber picar; pero indudablemente hay allí un

talento asombroso. Yo no hallo palabras que expresen la memoria que deja

aquel _encantamiento maldito_, sino diciendo que es una CIVILIZACION QUE

ESPANTA.

¿A quién podria ocurrirse (y termino con esta especie) que la dueña del

establecimiento en cuestion, es una gran señora? Pues nada más cierto.

He oído decir á muchas personas que la corrupcion de Paris, en el

sentido indicado, es un hecho muy natural, atendida la circunstancia de

que á este pueblo afluyen todas las naciones del mundo.

Algo concedo á esta consideracion; creo tambien que hay vicios orgánicos

en la existencia de los grandes centros, de los grandes focos, de las

grandes acumulaciones. Creo tambien que la centralizacion causa daños

hasta en el censo de poblacion; pero esta creencia no me explica todo lo

que aquí veo.

¿Qué virtud atribuirémos á una pastora que vive aislada en el fondo de

un bosque? ¿Ha de ser impura con la soledad, con los árboles, con las

flores, con el ambiente? ¿Ha de ser impura con las tórtolas ó con los

faisanes? Sin vicio no hay virtud; como sin Ocaso no hay Oriente, como

no hay martirio sin lucha.

¿Es Paris corrompido porque hay lucha? No; la lucha es necesaria; pero

es necesario que sea una lucha moral, una lucha virtuosa, una lucha como

no lo es en este gran centro. No está el mal en que una piedra ruede;

esto es natural, providente, moralísimo: el mal está en que ruede hácia

el abismo; en que ruede hácia donde no debe rodar; en que ruede para

precipitarse.

La corrupcion de Paris consiste en que es el pueblo más ingenioso de la

tierra, y en que emplea su ingenio, al menos durante el tiempo que

atravesamos, en falsear artísticamente las leyes morales.

No, no es vicioso porque se mueve, sino porque se mueve mal.

En todas partes sucede lo mismo, con la diferencia de que hay peor

sentimiento, porque hay más hipocresía. Esto dicen los hijos de Paris.

Yo contesto á los hijos de Paris que se engañan. No me maravilla que

busquen esta solucion á sus pecados; pero se engañan.

En ninguna parte del mundo tiene la prostituta la instruccion y la

fascinacion teatral que en Paris: en ninguna parte del mundo tiene la

fantasía tantas imágenes y tantas formas para embellecer la fealdad: en

ninguna parte del globo conocido se hace de la prostitucion una especie

de apoteosis ó de reinado.

No hay más hipocresía en los demás países: hay menos ingenio, aplicado á

dar encanto á los goces ilícitos, á dar esplendidez á la sensualidad que

se embriaga. Hay más ignorancia cuando se trata de llamar á la

imaginacion para que haga de una ramera un personaje, una heroina, casi

una gloria, _una celebridad_.

Hay menos talento en hacer de un vicio una aristocracia. Digo otra vez,

y lo diré mil veces, que profeso por máxima de vida social el respeto

al hombre, sea quien fuere, aunque sea un mendigo, aunque sea un reo,

aunque sea un ajusticiado, y que respetando al individuo, con mayor

razon respetaré á los pueblos, en quienes hallo individuos más

respetables, á fuera de mayores. No me propongo lastimar á Paris; sino

manifestar lo que entiendo justo.

En los demás países se sabe menos en materia de convertir el vicio en

una hechicería, y ¡bendito el mármol que no rueda, cuando el rodar sólo

ha de servir para llevarlo al precipicio! ¡Bendito el arrullo de la

tórtola, que no sabe atraernos con la mirada venenosa de la serpiente!

Un paseo por Paris, retratos al natural · 第 11 / 46 题