II.

=Moralidad de Paris con relacion á la opinion=.

Esta moralidad es tan escrupulosa como la que se observa con respecto á

las leyes, aunque proviene de causas distintas.

¡Cuántas manifestaciones engañosas! ¡Cuánta observacion, cuánto deseo y

cuánta buena fe se necesitan para penetrar en el interior de este

laberinto, y ver los hechos como son en sí!

¿Nos dejamos un paraguas, un pañuelo, un bolsillo, en algun café,

tienda, quizá teatro? Pues volvamos y allí estará.

¡Moralidad asombrosa! se exclama.

Poco á poco, amigos mios. No niego que esto es preferible á vernos

asaltados por una partida de beduinos ó de turcomanos, pero nosotros nos

guardarémos muy bien de llamarlo virtud. Le llamarémos habilidad;

virtud, no. ¿Por qué no? Vamos á explicarnos; pero, lector mio, con tu

vénia, hablarémos en adelante en singular.

Yo tengo una tienda, un café, un teatro, una fonda. Sin el favor de la

opinion pública, esto es, sin crédito exterior, sin probidad aparente,

sin esa probidad que sale á la calle vestida de colorea muy vivos, como

los payasos, para que la gente se pare á verlos: sin la moralidad de la

opinion en un gran centro de competencia, claro es que me arruino.

¿Pues qué hago? Agenciar dia y noche aquel favor, aquella condicion

necesaria para que yo adelante y goce; mejor dicho, procurarme sin

descanso aquella mercancía indispensable para que sea un mercader feliz.

¿Vale más mi crédito que un paraguas, un pañuelo, un bolsillo, un

billete? Pues tome usted el billete, el bolsillo, el paraguas. ¿Vale más

mi mercancía que la de usted? Pues tome usted su mercancía.

Pero si el bolsillo contuviera bastantes monedas para asegurar de una

vez mi fortuna; si el billete fuera un talon contra el Banco de Lóndres,

y representara una cantidad que hiciera imposible la ruina; si la

mercancía de la tienda, del café ó de la fonda, valiese menos que la del

bolsillo ó el billete de usted, ¿cree usted que el hombre moral de Paris

dejaria de ajustar la cuenta por los dedos; cree usted que dejaria de

anotar en el libro de entrada la partida mayor?

No niego que habrá muchas y honrosas excepciones: no condeno la

intencion virtuosa de uno ó mil individuos. Hablo de la temperatura

general que, en mi juicio, tiene aquí la conciencia.

Esta verdad se descubre más fácilmente en los cocheros. La ley ofrece

una recompensa pecuniaria, y en otros casos una mencion honorífica, al

conductor de un carruaje público que presente en las oficinas de la

policía los objetos olvidados en su carruaje. Los objetos devueltos en

este año suman un valor de 43.000 duros.

Pero ¿qué sucede en realidad? ¿Que sentido tienen estos alardes de

pureza y de abnegacion ante la moral verdadera, ante la emocion íntima

del alma, esa emocion que siente el bien, y que tiene bastante con

sentirlo, como mi corazón ama la belleza, y tiene bastante con amarla?

¿Qué significan esos 43.000 duros devueltos á la policía de esta ciudad?

Significan lo siguiente; y cuidado que no hablo de memoria, sino por

experiencia.

Si el objeto olvidado no valia la pena de que la policía premiase al

_cochero honrado_, el cochero honrado hizo noche de aquel objeto.

Si el objeto valia mucho mas que la recompensa pecuniaria ó la mencion

honorífica, el objeto no pareció tampoco.

¿Pues qué objetos son los que parecen? Parecen aquellos que no valen

menos ni más que el premio ó la mencion; no parecen más mercancías que

las que convienen al negocio.

Al volver una tarde de Passy, tomamos un coche cerca de las barreras del

arco del Triunfo; era de dos asientos, y un amigo que nos acompañaba

tuvo la bondad de subirse al pescante, mientras que mi mujer y yo

ocupábamos el interior del carruaje.

No hacia diez horas que nos habiamos comprado un sobretodo de goma,

forrado de merino, y que podia usarse tanto para las lluvias como para

servir de sobretodo.

Llegamos al hotel de Buenavista; subimos; á poco notamos que el amigo se

habia dejado el sobretodo en el pescante; el cochero no pareció por

nuestro hotel, ni el sobretodo pareció tampoco por las oficinas de la

policía. Me consta, porque estuve á saberlo, contra la voluntad del

interesado, que se hubiera creído en pecado mortal si un sobretodo le

obligara á mover un pié ó á despegar un labio.

En fin, depuradas las cosas en el crisol de la verdad, la virtud de

Paris con respecto á la opinion pública, seria una hipocresía, un

fraude, un dolo, si no fuera un comercio hábil, una industria que

participa de cierto hechizo para explotar al hechizado; ¡_palaustre

tambien_!

La conciencia se escribe y se suma: el guarismo mayor es el más moral.

¿No hay guarismo? Pues no hay nada.

¿Y dónde no sucede lo mismo? se replica.

Yo contesto que no sucede lo mismo en la mayor parte del mundo; yo

contesto que esa disposicion del sentimiento y de los hábitos, es una

especialidad francesa, al menos una especialidad parisiense. Aquí, la

alucinacion de la fantasía se ejerce sobre todo, hasta sobre el tul de

unos manguitos, hasta sobre los pliegues que se dan á una tela

cualquiera: ¿cómo no ha de ejercerse sobre las deliberaciones y las

costumbres?

Lo que aquí se llama moralidad, se llama en otras partes astucia,

destreza, _comprar y vender entendiendo el oficio_.

Yo no condeno tanto el hecho, como su falsa manifestacion y su falso

alarde. Llámenlo negocio, empresa, mercado: llámenlo como quieran,

moral, no. Eso no es la moral; _la cara de carton no es la cara de

carne_. La moral no se escribe sino sobre el código eterno de una verdad

que no se suma, que no se palpa: una verdad lúcida, inocente, afectuosa

y bella como el recuerdo de una madre; alta, noble, expansiva y

universal como la idea de Dios.

Un paseo por Paris, retratos al natural · 第 10 / 46 题