=Moralidad de Paris con relacion á la ley=.
Llegamos á Paris á las tres de la tarde, y no faltaba mucho para
oscurecer, cuando entrábamos en un hotel, llamado de los Extranjeros, á
tiro de pistola de los magníficos bulevares. Comimos luego en un lujoso
y _aéreo Restaurant_, situado en la Plaza de la Bolsa, cuyo dueño se
llama como jamás olvidaré, _Champeaux_. Ignoro si este nombre puede
tener para los oídos franceses alguna poesía; pero sé muy bien que es un
nombre célebre, prosáica y dolorosamente célebre para mi afligido
bolsillo, como verá el lector en el PARIS CURIOSO.
A las diez salimos del famoso _Restaurant-Champeaux_, y por señas que mi
mujer y yo caminábamos sin decirnos oste ni moste. ¿Por qué tal
silencio? Preguntará tal vez algun curioso. ¡Ay, lector, lector de
nuestra alma! Ordinariamente no hablamos, despues que somos ...
sorprendidos. La escena del _Restaurant_ nos dejó mudos. De vuelta, por
fin, en nuestro hotel, quiso mi mujer acostarse y notó con harta
estrañeza que los dos balcones de nuestra habitacion no tenian maderas,
y que á una de las vidrieras faltaba el pestillo. Es decir, notó con
extrañeza que dormir allí era dormir en medio de la calle, á pública
subasta, como decimos por allá. Se trataba de un piso entresuelo muy
bajo, no habia puerta en los balcones que daban á la calle, uno de los
cierros de cristales carecia de pestillo.... ¿Cómo era posible que mi
mujer, la más medrosa de las mujeres, se resignara á pegar los ojos en
un cuarto, expuesto al antojo del primer transeunte?
Llamo al _garçon_, y le digo que se habian olvidado sin duda de poner
las maderas á los balcones, y que una de las vidrieras no cerraba. El
_garçon_ se sonrió compasivamente. Hace cuarenta años, me dijo, que este
hotel existe; tal como está hoy estuvo siempre, y todavía no se cuenta
que haya sucedido la menor tentativa de robo.
_¡Bah! no tenga usted miedo. (¡N'ayez pas peur, allez!_) Y diciendo esto
se marchaba.
--Oiga usted, le grité con resolucion: ¿es decir, que nos hemos de
quedar de este modo?
--El amo responde de lo que suceda.
--Perdone usted; el amo no puede responder de que me degüellen, y si
esto aconteciera, me importaria muy poco que su amo respondiese.
El garçon soltó una carcajada con el mayor aplomo, cual si creyera que
yo queria tener con él un rato de solaz, y desapareció como un cohete.
Referí á mi mujer lo sucedido, y mi mujer determinó pasar, la noche
cerca de los cristales, reservándose mudar de habitacion al dia
siguiente.
Yo calculé que la sinrazon no estaba en el amo del hotel, sino en
nosotros. Esto es una costumbre del país, costumbre que no tiene aquí
peligro alguno: ¿por qué prestar oídos al temor infundado de un
extranjero, en cuya nacion se vive de otro modo?
¿Por qué presumir que nosotros dos estimamos más nuestros bienes y
nuestras vidas, que los centenares de hombres que diariamente se
hospedan en este mismo hotel? ¿Por qué presumir que el amo habia de
exponerse á perder los muchos objetos de valor que decoran nuestra
vivienda? ¿Por qué presumir que un establecimiento tan importante, podia
aceptar el riesgo de desacreditarse en una hora, supuesto un robo ó un
asesinato?
Yo preferiria que estos balcones tuviesen maderas; preferiria que los
transeuntes no tuvieran la tentacion contínua de ver dos balcones á su
disposicion, dos balcones que pueden tocarse con la mano; pero visto que
esto es aquí un hecho normal, me parece tan extravagante y tan ridículo
querer otra cosa, como lo seria en Constantinopla el pretender que cada
casa no fuese un palacio encantado.
En fin, mi mujer se acostó, por obediencia, y no cerró los ojos hasta
que observó que estaba muy entrado el dia. Pero luego que nos habituamos
á la vida nueva, tanto el dinero como los relojes quedaban sobre la mesa
ó sobre el armario, casi á la vista del que pasara por la calle.
Excusado fuera decir que nadie vino á desposeernos ni á matarnos.
Hemos atravesado varias veces todo Paris: jamás hemos tenido noticia de
un robo á mano armada, de un asesinato, de un tumulto de ninguna
especie. Sólo hemos presenciado una riña entre dos hombres en la calle
de Buenavista _(Beauregard)_, disturbio que duró un momento y que no
tuvo consecuencias desagradables. Trato, pesos, medidas, comestibles,
todo se ajusta perfectamente á la ley.
Estudiado Paris en otras tendencias, apenas se concibe, ó se concibe
como concebimos un prodigio, la existencia de ese escrupuloso nivel
entre la conducta social del que obedece, y la voluntad del que manda.
Este nivel es evidente, y sólo la ignorancia, la preocupacion ó el odio
pueden desconocerlo.
Hemos estudiado con el mayor esmero esta faz de la civilizacion
parisiense, y debemos decir que muy rara vez hemos visto que una
manifestacion pública del individuo, esté en discordancia con el
precepto de la sociedad: es decir, con las leyes escritas.
No falta quien haya atribuido este resultado á la vigilancia de la
policía; pero esta manera de juzgar no es la que más revela un
conocimiento sazonado de las cosas.
La policía, como todo hecho represivo, podrá evitar casos particulares,
accidentes de localidad y de hora; no producir un caso general, unánime,
con rarísimas excepciones. Aquí es una disposicion general de los ánimos
y de las costumbres no herir la propiedad, en cuanto esta propiedad está
garantida por una proclamacion formal de la ley.
Para que esta disposicion de los ánimos y de las costumbres fuese
resultado de la vigilancia de la policía, fuera menester que cada
individuo tuviera un vigilante tan unido á él como el pié á su huella,
lo cual nos llevaria á suponer la existencia de tantos espías como
ciudadanos. Esto es absurdo.
Cuando un pueblo es tan inmoral que cada uno de sus hijos necesita un
espía para no ser asesino ó ladron, no hay fuerzas humanas que impidan
que el individuo de aquella sociedad sea ladron ó asesino. El espía no
puede hacer otra cosa que añadir á la suma un guarismo nuevo. El
ciudadano criminal tendria necesidad de un cómplice: este cómplice seria
su propio guardian, la policía, el espionaje. El espionaje, pues, sólo
serviria para dar autoridad á los crímenes, ó para sucumbir en la lucha.
Sí, la policía tendria que ser cómplice, ó robada y asesinada por el
ladron y por el asesino.
¿Quién lo duda? Cuando un cáncer se apodera de todo nuestro cuerpo
¿dónde encontrareis carne sana que oponer á la carne cancerosa? Si el
cáncer está en todas partes, si hay que cortarlo todo, ¿en qué punto
concebís la vida? ¿De qué manera concebís la vida en una carne que debe
cortarse?
Esto no puede ser, y no pudiendo ser en ningun país del mundo, no hay
razon para que sea en Paris. No, no es la policía. Policía hay en
Austria, y la criminalidad es incomparablemente mayor. La Inglaterra
mantiene hoy menos policía que el imperio francés, y la Inglaterra es un
país más morigerado que Francia. Menos policía tiene Bélgica, mucha
menos, y las costumbres de aquel país son bastante mejores que las del
pueblo que examino. En caso parecido se encuentran la Holanda, algunos
Estados alemanes, las Ciudades Libres y la Suiza.
Cerdeña tiene menos policía que Nápoles, y Nápoles es más criminal que
Cerdeña en una proporcion fabulosa.
No, la policía es un hecho puramente exterior, y de este orígen no
pueden provenir las altas razones morales, religiosas, políticas y
económicas, que marcan los grados de sociabilidad en todos los pueblos
de la tierra, sociabilidad que es el gran círculo donde todos los hechos
humanos se contienen, las costumbres tambien.
No; la represion hace lo que una argolla. La argolla no tiene la virtud
de convertir á los malvados. La argolla no es un poder humano, un poder
moral; mata, no educa.
Pues ¿de dónde procede la religiosidad del pueblo francés en atemperarse
al precepto público? Sobre esto dirémos despues unas cuantas palabras.
Ahora no hacemos más que exponer hechos, y el hecho es que aquella
religiosidad exterior se manifiesta de una manera incuestionable. Vamos
ahora á ver las cosas de otro modo.