Acabada la batalla

por el de Vivar pedida,

contra los aleves condes

que le afrentaron sus fijas,

el noble rey don Alfonso

que el suceso honroso estima

que haya sido por el Cid,

como el que tenía justicia,

con los tres fuertes guerreros,

que por él lidiado habían

y alcanzado la victoria,

así escribe al Cid Rúy Díaz:

«Á vos, el Cid castellano,

»el de la espada temida,

»pestilencia de los moros

»y defensa de Castilla;

»á vos, á quien guarde el cielo

»en próspera y larga vida

»para que estemos seguros

»de la enemiga morisma;

ȇ vos el rey don Alfonso

»salud por esta os envía,

»como vueso más amigo

»aunque enemigos resistan.

»El suceso del combate

»que se ha hecho en esa villa

»de Carrión, por el orden

»que se dió en las Cortes mías,

»os lo escribo por mi mano,

»y va con mi sello y firma,

»porque sea testimonio

»verdadero y sin malicia,

»y que en la edad venidera

»cómo fué, se entienda y diga,

»sin que amistad ó respetos

»hagan que acorten ó añidan.

»Luégo que fueron las Cortes

»en Toledo concluídas,

ȇ esta villa nos partimos

»por los dos condes pedida.

»Su demanda dió sospecha

»por ser en su tierra misma,

»que tierra que cría aleves

»no sin recelo se pisa.

»Yo aseguré este recelo

»porque á los tres que venían

»por vos, á lidiar con ellos,

»guardé con la guarda mía.

»Siempre los tuve delante,

»conociendo bien que había

»de la parte de los condes

»más traición que valentía.

»Llegó el plazo y día asignado

»en que habían de ser vistas

»la justicia y la razón

»lidiar con la alevosía.

»Hízose un fuerte palenque

»cerrado, y puestos encima

»asientos y seis jüeces,

»y enfrente mi real silla.

»Á todo estuve presente,

»porque en mi ausencia no digan

»que el rostro escondí al efecto

»en que el honor vueso iba,

»porque no fablen aquellos

»que vueso daño codician,

»que os falta el rey don Alfonso

»como no os faltó en la vida,

»aunque por malditos medios

»traidores nos revolvían

»vuesa lealtad condenando

»con envidiosas mentiras.

»Advertido d’este engaño,

ȇ maldades conocidas

»les cerré el oído á aquellos

»que os condenaban en vida.

»He querido que entendáis

»que su maldad entendida

»hago el honor vueso mío,

»cual lo mostré en la conquista;

»que yo propio y á mi lado

»metí los tres que venían

ȇ defender vuestra causa

»que yo llamo propia mía.

»Puestos por mí en el palenque

»los dos condes á la mira,

»y Suer González su tío,

»llegaron, cual convenía,

»de fuertes armas cubiertos

»con muy grande compañía

»de parientes y de amigos

»y el pueblo que los seguía.

»Cuando yo ví tanta gente

»que en torno á todos seguía,

»temí el seguro no fuese

»el robo de las Sabinas.

»Mandé sentar á los jueces

»y yo tomando mi silla,

»sosegado el alboroto,

»fué de mí esta razón dicha:

»Condes, las fijas del Cid

»por vos sin causa ofendidas

»con la traza más soez,

»que se ha visto ni hay escrita,

»demandaron la venganza

»de su afrentosa ignominia

»al Cid su padre, que al punto

»salió á ella por sus fijas.

»Pidió campo á todos tres,

»para que en él fuese vista

»como quedaba su ofensa

»con la sangre vuesa, limpia.

»Respondisteis que con él

»la batalla, que os pedía,

»no queríades hacer

»porque yo lo ayudaría;

»que enviare á quien quisiese

»que sobre la causa misma

»por vos ficiese batalla

»según fueros de Castilla.

»Estos tres nobles guerreros

»el Cid por su parte envía,

»que ya en el campo os aguardan,

»os retan y desafían.

»Haced vuestra obligación

»que es lo que os fuerza y obliga,

»que es tiempo que las razones

ȇ las armas se remitan.

»Quisiéronme dar respuesta;

»y de mí no siendo oída,

ȇ dar principio al combate

»fueron, aunque lo temían.

»Partióles el campo luégo

»un rey de armas, con insignias

»del terrible ministerio

»que administrándoles iba.

»De tres en tres en sus puestos

»se pusieron, recogidas

»las riendas á los caballos,

»las lanzas apercibidas.

»Contra el conde don Fernando

»que á la victoria se aplica,

»Martín Antolínez fué

»fuego echando por la vista.

»Á don Diego el otro hermano,

»que encendió la horrible cisma,

»le cupo Pero Bermúdez

»para la batalla esquiva;

»Nuño Bustos de Linzuela,

»ardiendo en honrosa ira,

»se opuso con Suer González

»autor de la alevosía.

»Cuando ví tres contra tres

»en dos hileras distintas,

»la lid de los Curiacios

»se me figura que vía.

»Á este punto el ronco són

»de la trompa les avisa

»que dén principio á la lid

»para el fin que pretendían.

»Arremetieron á una

»todos, la señal oída,

»cada cual con el contrario

»que enfrente de sí tenía.

»Don Fernando y Antolínez

»que igualmente se herían,

»quebraron juntos las lanzas;

»firmes quedan en las sillas;

»mas desnudando á Colada,

»después de muchas feridas,

»que Antolínez le dió al Conde

»con destreza y valentía,

»le dió un golpe en lo más alto

»del yelmo, que las hebillas

»faltaron y la cabeza

»fué en dos partes dividida.

»Derribóle del caballo,

»y el suyo dejando, encima

»del cuello se puso en pié,

»y el acero al pecho afirma.

»Á este punto un gran ruido

»se alzó y una vulgar grita,

»pidiendo no le matase

»cumpliendo con que se rendía.

»Fué poderoso el clamor

»de aplacar la ardiente ira

»del vencedor animoso,

»para dejallo con vida;

»mas puesto sobre él de piés,

»á Pedro Bermúdez mira

»que traía al conde don Diego

»sin valor con que resista.

»Dióle un golpe con Tizona,

»después de tener rompidas

»las lanzas, y fué tan fuerte

»que hombre y caballo derriba.

»Pidióle misericordia,

»pidiendo en merced la vida,

»confesando su maldad,

»diciendo que se rendía.

»No dió oído á sus plegarias,

»mas la fiera espada hinca

»por el alevoso pecho,

»con que dió fin á su vida.

»El valiente Nuño Bustos

»y Suer González querían

»cada uno de por sí

»la victoria de aquel día.

»Duró mucho este combate,

»mas la justicia divina

»dió victoria á Nuño Bustos

»como á quien tenía justicia;

»atravesó á su contrario

»de parte á parte, y fué grima

»verle venir del caballo

»cayendo la boca arriba.

»Con esto acabó el combate,

»y los vencedores gritan

»si había que hacer más,

»ó más traidores que rindan.

»Respondiéronles que no,

»que la victoria tenían

»ganada como valientes

»sin haber quien se lo impida.

»Dos cajas y un pregonero

»puestos á este punto encima

»del palenque, resonaron

»y la victoria os aplican.

»El rey de armas con mi guarda

»á los vencedores guían

»adonde los aguardaba

»yo y toda mi compañía.

»Luégo dieron los jueces

»sentencia definitiva,

»que por traidores infames

»de honor los inhabilitan.

»Esta sentencia fué al punto

»confirmada, y queda escrita

»para que pueda dar fe,

»sin la mía, con seis firmas:

»buen Cid, esto es lo que pasa,

»sin que falte, ni se añida,

»sin que odio ni amistad

»fagan que otra cosa escriba.

»Ved si no quedáis contento,

»y queréis que se prosiga

»contra todo su linaje

»sin dejar persona viva.

»Encomendadme á Jimena

»y abrazadme á vuesas fijas

»y decidles que de nuevo

»su causa tomo por mía.»

[Ilustración]

[Ilustración]

XCII

Erguíos, no estéis postrado,

que no es justo ni razón

que esté ante mí de finojos

quien reyes afinojó.

Cubrid las canas honradas

de grande prez y valor,

y del más leal vasallo

que tuvo rey ni señor.

Quedaos á yantar conmigo,

que me faréis gran favor,

y me tendrán las viandas

d’este yantar mejor pro.

Y desque hayamos yantado,

vos quiero facer favor

de contaros de la enmienda

del tuerto de Carrión.

Mas quiero facerlo luégo:

sabed que le plugo á Dios

de guardarles sendos reyes

á Elvira y á doña Sol:

seré en las bodas padrino,

pues casamentero soy

porque para fijas vuesas

los tales padrinos son.

Álvar Fáñez de Minaya

vueso presente nos dió,

yo y nusco le recibimos

con gran talento y amor,

y por primeras mercedes

bien dignas de quien vos sois

mando que no haya cadera

en vuesa comparación,

si no fuere, cual yo, rey,

ó dignidad superior.--

Esto dijo el rey Alfonso

á ese buen Cid Campeador.

[Ilustración]

PARTE QUINTA

ÚLTIMOS AÑOS Y MUERTE DEL CID

[Ilustración]

XCIII

Llegó la fama del Cid

á los confines de Persia,

cuando andaba por el mundo

dando razón de quién era;

y como lo oyó el Soldán,

y supo bien la certeza

de los hechos del buen Cid,

un presente le apareja.

Cargó copia de camellos

de grana, púrpura y sedas,

oro, plata, incienso y mirra,

con otras muchas riquezas,

y con un pariente suyo,

de los de su casa y mesa,

le envía al Cid el presente

diciendo d’esta manera:

--Dirás á Rúy Díaz el Cid,

que el Soldán se le encomienda,

que de sus nuevas oir

le tengo grande querencia,

y por vida de Mahoma,

y de mi real cabeza,

que le diera mi corona

sólo por verle en mi tierra:

y que aquese dón pequeño

reciba de mi grandeza,

en señal que soy su amigo,

y lo seré hasta que muera.--

El moro tomó el camino,

y en poco llegó á Valencia,

pidiendo licencia al Cid

para hablarle en su presencia.

El Cid salió á recibirlo

antes de saltar en tierra,

y cuando lo viera el moro,

de verle delante tiembla.

Empezó á darle el recaudo,

y como á darlo no acierta

de turbado, el Cid le toma

la mano y así dijera:

--Bien venido seas, el moro,

bien venido á mi Valencia:

si tu Rey fuera cristiano,

fuera yo á verle á su tierra.--

Con estas y otras razones

á la ciudad ambos llegan,

adonde los ciudadanos

ficieron muy grande fiesta.

El Cid le mostró su casa,

á sus fijas, y á Jimena,

de que el moro está espantado

viendo tan grande riqueza.

Estúvose algunos días

el moro holgándose en ella,

hasta que se quiso ir,

y pidió para ir licencia.

En retorno del presente

que del Soldán recibiera,

otras cosas le envía el Cid,

las cuales allá no hubiera.

Despedido que fué el moro,

Rodrigo con su Jimena

se quedó y con sus dos fijas

dando á Dios gracias inmensas.

[Ilustración]

XCIV

Estando en Valencia el Cid

de trabajos muy cansado,

cansado de tantas guerras

como por él han pasado,

nuevas al Cid son venidas

que le ponen en cuidado,

que el rey Búcar, fuerte moro,

sobre Valencia ha llegado.

Treinta reyes trae consigo;

valientes son, esforzados,

muchas gentes trae consigo

de á pié son, y de á caballo.

Echado estaba el buen Cid,

en la su cama acostado;

pensando estaba cuidoso

en hecho tan afamado,

suplicando á Dios del cielo

que siempre esté de su bando,

y de peligro tan grande

con honra lo saque salvo.

Cuando el Cid no se cató

un hombre vido á su lado,

el rostro resplandeciente,

cano, crespo y muy honrado,

tan blanco como la nieve,

con color muy sublimado:

díjole:--¿Duermes, Rodrigo?

Recuerda y está velando.--

Díjole el Cid:--¿Quién sois vos

que lo habedes preguntado?

--Sant Pedro llaman á mí,

príncipe del apostolado;

vengo á decirte, Rodrigo,

otro que no estás cuidando,

y es que dejes este mundo,

Dios al otro te ha llamado,

y á la vida que no há fin

do están los santos holgando.

Morirás en treinta días,

desde hoy que esto te hablo.

Dios te quiere mucho, Cid,

y esta merced te ha otorgado;

y es que después de tú muerto

venzas á Búcar en campo:

tus gentes habrán batalla

con todos los de su bando.

Esto será con la ayuda

de mi hermano Santiago,

y él verná á la batalla;

ya se lo tiene mandado.

Tú, Rodrigo Campeador,

haz enmienda á tu pecado,

porque muerto que tú seas

á la gloria seas llevado,

que Dios por amor de mí

todo aquesto ha ordenado,

porque honraste mi casa,

do Cardeña era nombrado,--

Cuando lo oyó el buen Cid,

gran placer había tomado:

saltó luégo de su cama,

de rodillas humillado,

para le besar los piés

al buen Apóstol honrado.

Dijo Sant Pedro á Rodrigo:

--Aqueso ya es excusado,

que á mí no podrás llegar,

no te trabajes en vano;

mas ten por cosa muy cierta

aquesto que te he contado.--

Esto dicho, el buen Apóstol

á los cielos se ha tornado;

Rodrigo quedó contento,

alegre con lo pasado,

dando á Dios crecidas gracias

por lo que le había otorgado.

[Ilustración]

XCV

En Valencia estaba el Cid

doliente del mal postrero,

que agravios en pechos nobles

pueden mucho más que el tiempo.

Á su cabecera tiene

religiosos y hombres buenos,

y en torno de su persona

sus amigos y sus deudos,

cuyos semblantes mirando

de dolor y cuita llenos,

con tan sesudas razones

así conhorta su duelo.

--Bien sé, mis buenos amigos,

que en tan duro apartamiento

no hay causa para alegraros,

y hay mucha para doleros;

pero mostrad mi enseñanza

contra los adversos tiempos,

que vencer á la fortuna

es más que vencer mil reinos.

Mortal me parió mi madre,

y pues pude morir luégo,

lo que el cielo dió de gracia,

non lo pidáis de derecho.

No muero en tierras ajenas,

en mis propias tierras muero,

cuanto más que siendo tierra

es propia heredad del muerto.

No siento el verme morir,

que si esta vida es destierro,

los que á la muerte guiamos

á nuestra patria volvemos.

Tan sólo llevo en el alma

que en poder de un rey vos dejo

en quien vos podrá empecer

ser míos, ó ser ya vuesos.

Que trate bien mis soldados

pues le defienden sus reinos,

y crea á piernas quebradas

más que á sabios consejeros.

Que traiga siempre en balanza

el castigo con el premio,

que la lealtad de vasallos

virtud pone, y pone miedo.

Que estime un noble leal

más que muchos falagüeños,

que de muchos homes malos

non puede facer un bueno;

y á quien menester hubiere,

nunca le faga denuestos,

ni pague servicios propios

por pareceres ajenos.

Y non fablo de agraviado,

antes le quedo debiendo,

que las sinrazones suyas

fueron mis merecimientos.--

En esto entrara Jimena,

cuyo desamparo viendo,

ellos se enjugan los ojos,

y el Cid dejó el parlamento.

[Ilustración]

XCVI

Aquese famoso Cid

de Vivar triste yacía;

San Pedro le apareció,

que se apareje decía

para ir al otro mundo,

cerca la muerte tenía;

treinta días, que no más

le dijo que viviría.

Levantóse gran mañana;

junto á su caballería

llorando de los sus ojos

d’esta manera decía:

--Parientes míos leales,

y amigos que ende había,

bien se vos acordará

cómo ese rey de Castilla,

don Alfonso mi señor,

á mí destierro ponía,

y por la vuestra mesura

tuvístesme compañía.

Dios nos hizo gran merced,

y él siendo la nuestra guía,

vencimos muchas faciendas;

cristianos, moros vencían.

Quisieron ellos quitarme

la merced que Dios me hacía;

pero non pudo ninguno

seguir tan mala porfía;

loado el nombre de Cristo

á Valencia conquería.

Á hombre del mundo yo

señorío no debía,

sino al buen rey don Alfonso,

al cual mucho yo quería.

Que supiera que mi cuerpo

tan poco durar había,

en verdad vos digo yo;

que ya el fin es de mi vida.

Treinta días, que no más,

mi cuerpo el alma ternía;

siete noches han pasado

que visiones me seguían;

Diego Laínez mi padre,

y mi hijo aparecían;

dicen: «Mucho habéis durado

en aquesa triste vida;

vayámonos á las gentes

que perdurable vivían.»

Yo no creo estas visiones;

mas mi muerte es cedo aína.

Ya sabéis cómo el rey Búcar

contra nos cierto vernía;

treinta y seis reyes de moros

trae en su compañía;

pues tan gran poder como este

defenderse non podría

sin que vos gane á Valencia;

mas yo vos consejaría

como lo venzáis en campo

antes de ser mi partida,

y como Jimena Gómez,

vosotros con valentía

á Castilla vos volváis

sin que nadie vos lo impida.

[Ilustración]

[Ilustración]

XCVII

La que á nadie no perdona,

á reyes ni á ricos homes,

á mí, fincado en Valencia,

llegó á mi puerta y llamóme;

y fallándome dispuesto

á su voluntad conforme,

fago así mi testamento,

y mi voluntad al postre:

«Yo, Rodrigo de Vivar,

»llamado por otro nombre

»el bravo Cid Campeador

»de las morismas naciones,

»el alma encomiendo á Dios

»que en su reino la coloque;

»y el cuerpo, fecho de tierra,

»mando que á su centro torne;

»y después que sea finado,

»con los untos de los botes

»que me endonó el rey de Persia

»le unten, compongan y adoben;

»y puesto sobre Babieca

»tras mi seña y mis pendones,

»lo enseñedes al rey Búcar

»y á todos sus valedores.

»Y mando que á mi Babieca

»lo sotierren y lo adofen,

»non coman canes caballo

»que carnes de canes rompe;

»y para facerme obsequias

»se junten mis infanzones,

»los de mi pan y mi mesa,

»los buenos conqueridores;

»y á la santa cofradía

»del rico Lázaro pobre,

»mando el prado de Vivar,

»ende, aquende, y sus quiñones.

»Item, mando que no alquilen

»plañideras que me lloren,

»bastan las de mi Jimena

»sin que otras lágrimas compre.

»Y en San Pedro de Cardeña

»junto al santo Pescadore

»me fabriquen un fosal

»con su túmulo de bronce.

»Item, mando que al judío,

»que engañé estando tan pobre,

»lo que pesare él de arena

»le dén de plata otro cofre.

»Y á Gil Díaz tornadizo,

»que de moro á Dios volvióse,

»le mando mis femolarias,

»mis corazas y quijotes.

»El noble rey don Alfonso

»y el buen obispo don Lope,

»y mi sobrino Álvar Fáñez

»sean mis cabezadores:

»y lo demás de mi haber

»se reparta entre los pobres,

»que son entre el hombre y Dios

»padrinos y valedores.»

[Ilustración]

[Ilustración: Muerte del Cid]

XCVIII

Banderas antiguas tristes

de victoria un tiempo amadas,

tremolando están al viento,

y lloran aunque no hablan.

Sonaban las roncas voces

de las destempladas cajas,

y los pífanos soberbios

calles y plazas arrancan.

Estábase el Cid Campeador

humilde y manso en la cama,

y sujeto á la inclemencia

de la vengativa Parca.

Hizo traer las reliquias

de las victorias pasadas

y mandó que le trujesen

sus compañeras espadas.

Y desque fueron traídas

levantábase en la cama;

tomándolas en sus manos

les dijo aquestas palabras:

--Colada y Tizona mía

no colada, mas calada

por mil contrarios arneses,

y por mil contrarias armas

¿cómo os hallaréis sin mí?

¿á quién os dejaré en guarda

que no manche vuestro honor

pues que tan fácil se mancha?

Y luégo en diciendo aquesto

mandó que á Babieca traigan

que quiere verle primero

que comience su jornada.

Entró el caballo más manso

que una corderilla mansa;

abriendo los anchos ojos

como si sintiera, calla.

--Ya me parto, caro amigo,

quien os gobierna, ya falta;

quisiera pagaros bien;

pero recibid por paga

que con los fechos que he fecho

será, inmortal vuestra fama.

Y no diciendo más que eso

la muerte tira una jara.

[Ilustración]

[Ilustración]

XCIX

Las obsequias funerales

celebra doña Jimena

de Rodrigo de Vivar

en San Pedro de Cardeña,

juntamente con sus fijas,

á quien el cielo hizo reinas,

satisfaciendo el agravio

no debido á su inocencia.

Pone el cuerpo en una tumba,

más que su esperanza negra,

y así llorando le dice,

como si vivo estuviera:

--¡Oh amparo de los cristianos!

¡rayo del cielo en la tierra!

¡azote de la morisma!

¡de la fe de Dios defensa!

¿No sois aquel que jamás

os vieron la espalda vuelta

los disfrazados amigos

que causaron vuestra ausencia?

¿No sois el que, desterrado

por palabras lisonjeras,

allanó para su rey

mil castillos y fronteras?

¿No sois vos quien sujetó

á la ciudad de Valencia,

y el que venció en seis batallas

sin alma mil almas fieras?

¡Ay, amarga soledad,

cómo al sufrimiento enseñas

á sufrir contra justicia

tan penosa y triste ausencia!--

No pudo pasar de aquí

la madre de la nobleza,

que sobre el cuerpo cayó

desmayada, ó casi muerta.

[Ilustración]

C

Mientras se apresta Jimena

con algunos de los suyos

para partir de Valencia

con el silencio nocturno,

y los nobles castellanos,

más valerosos que muchos,

con fingidas alegrías

velan los soberbios muros;

Álvar Fáñez de Minaya,

don Ordoño y don Bermudo,

para la batalla aprestan

del Cid el cuerpo difunto.

No le visten la loriga

que él en las lides trujo,

por cumplir lo que mandó

en su postrimero punto.

De pergamino pintado

le ponen yelmo y escudo,

y en medio de dos tablones

el embalsamado bulto,

y de un cendal claro y verde

vestido un tabardo justo,

al pecho su roja insignia,

honor y asombro del mundo.

Unas calzas de colores,

guarnecidas de dibujo,

en lienzo crudo pintadas

y ellas son de lienzo crudo.

El derecho brazo alzado,

al menos cuánto se pudo,

en la mano su Tizona

el limpio fierro desnudo.

D’esta guisa le aprestaron,

y cuando aprestado estuvo

pavor les dió de miralle,

¡tal se muestra de sañudo!

Trujeron pues á Babieca

y en mirándole se puso

tan triste, como si fuera

más razonable que bruto.

Atáronle á los arzones

fuertemente por los muslos

y los piés á los estribos

porque fuesen más seguros.

Y á la lumbre del lucero,

que por verle se detuvo,

con su capitán sin alma,

salieron al campo juntos,

donde vencieron á Búcar

sólo porque á Dios le plugo,

y acabando la batalla,

el sol acabó su curso.

[Ilustración]

[Ilustración]

CI

Vencido queda el rey Búcar

con todos sus allegados

de la campaña del Cid

en el campo valenciano.

Para Castilla caminan,

el buen Cid era finado,

caballero va en Babieca

con los suyos á su lado.

No llevaba armas ningunas,

sino sobre sí unos paños:

los que no saben su muerte,

por vivo lo habían juzgado.

Cada vez que hacen jornada

quitábanlo del caballo,

quedaba yerto y derecho

en la silla cabalgado.

La buena Jimena Gómez

su mensaje había enviado

á los parientes del Cid

para que vengan á honrallo,

y también á sus dos yernos,

que eran reyes coronados.

En tanto que ellos venían

Álvar Fáñez ha fablado

que pongan el cuerpo muerto

en ataúd y tapado,

y con púrpura le cubran

con clavos de oro clavado.

No quiso doña Jimena,

y así los ha razonado:

--El Cid tiene el rostro hermoso,

los ojos muy aseados,

mientras está d’esta suerte

no hay para que sea mudado;

que mis yernos folgarán

y mis fijas en su cabo,

de verlo cómo ahora está,

que non su cuerpo enterrado.--

Todos hubieron por bien

lo que Jimena ha ordenado;

don Sancho, y también García,

están al Cid aguardando,

y media legua de Olmedo

todos se habían juntado.

Ese buen rey de Aragón

caballeros tiene armados,

al revés traen los escudos

de los arzones colgados;

las capas traían negras,

¡muy grande duelo mostrando!

Las capillas traen tendidas,

según uso castellano.

Doña Sol y las sus dueñas

estameña han cobijado:

gran duelo querían hacer,

mas su madre lo ha vedado,

porque así lo mandó el Cid

y así ha de ser obrado.

El rey y la su mujer

para el Cid habían llegado;

ambos las manos le besan,

de lo ver se han espantado,

que no semejaba muerto,

sino vivo y muy honrado.

Muchos vienen á lo ver

de Castilla, ese reinado;

también vino don García,

rey d’ese reino navarro:

consigo trae su mujer,

fija del buen Cid loado;

las manos besan al Cid,

muchas lágrimas llorando;

todos van para San Pedro,

porque allí le han enterrado.

Aquese buen rey Alfonso,

que ha sabido lo pasado,

de Toledo se partiera

y á San Pedro había llegado.

Saliéronle á recibir

los al Cid emparentados;

mucha honra fizo el rey

al cuerpo del Cid honrado;

mandó que no se enterrase,

sino que el cuerpo arreado

se ponga junto al altar,

y á Tizona en la su mano;

así estuvo mucho tiempo,

que fueron más de diez años.

[Ilustración]

[Ilustración]

CII

En Sant Pedro de Cardeña

está el Cid embalsamado,

el vencedor no vencido

de moros ni de cristianos.

Por mando del rey Alfonso

en su escaño está asentado,

su noble y fuerte persona

de vestidos arreado;

descubierto tiene el rostro,

de gran gravedad dotado,

su blanca barba crecida

como de hombre estimado;

la buena espada Tizona

puesta la tiene á su lado:

no parece que está muerto,

sino vivo y muy honrado.

Siete años estuvo así,

como está ya razonado;

por su alma, que es en gloria,

hacen fiesta cada año.

Á ver su cuerpo tan bueno

mucha gente se ha llegado,

fuera de donde está el Cid

la fiesta se hizo un año;

su cuerpo quedaba solo,

ninguno le ha acompañado.

Estando d’esta manera

un judío había llegado;

cuidando estaba entre sí

d’esta suerte razonando:

--Este es el cuerpo del Cid

por todos tan alabado,

y dicen que en la su vida

nadie á su barba ha llegado.

Quiero yo asirle d’ella

y tomarla en la mi mano;

que pues aquí yace muerto,

por él no será excusado;

yo quiero ver qué fará,

si me pondrá algún espanto.--

Tendió la mano el judío

para hacer lo que ha pensado,

y antes que á la barba llegue,

el buen Cid había empuñado

á la su espada Tizona,

y un palmo la había sacado.

El judío que esto vido

muy gran pavor ha cobrado

tendido cayó de espaldas,

amortecido de espanto.

Halláronlo allí caído

los que en la iglesia han entrado;

agua le echan por el rostro,

para facerlo acordado,

y vuelto que fuera en sí

todos le han preguntado

qué cosa fuera la causa

de verlo tan mal parado.

Él luégo les declaró

la causa de lo pasado.

Todos dan gracias á Dios

por el milagro contado,

en se acordar que su siervo

no quiso fuese ensuciado

por mano de aquel judío

que tan mal lo había pensado.

Cristiano se volvió luégo,

Diego Gil era llamado:

fincó en servicio de Dios

en San Pedro el ya nombrado,

y en él acabó sus días

como cualquier buen cristiano.

[Ilustración]

[Ilustración]

CIII

Romancero selecto del Cid · 第 7 / 8 段