el moro por la calzada,
caballero á la jineta
encima una yegua baya;
borceguíes marroquíes
y espuela de oro calzada,
una adarga ante los pechos,
y en su mano una azagaya.
Mira y dice á esa Valencia:
--¡De mal fuego seas quemada!
Primero fuíste de moros
que de cristianos ganada.
Si la lanza no me miente,
á moros serás tornada,
y á aquel perro de aquel Cid
prenderélo por la barba:
su mujer doña Jimena
será de mí captivada,
y su hija Urraca Hernández
será la mi enamorada:
después de yo harto d’ella
la entregaré á mis compañas.--
El buen Cid no está tan lejos
que todo no lo escuchara.
--Venid vos acá, mi fija,
mi fija doña Urraca;
dejad las ropas continas,
y vestid ropas de Pascua,
á aquel moro hi-de-perro
detiénemelo en palabras,
mientras yo ensillo á Babieca
y me ciño la mi espada.--
La doncella muy fermosa
se paró á una ventana;
el moro desque la vido
d’esta suerte le fablara:
--¡Alá te guarde, señora,
mi señora doña Urraca!
--¡Así faga á vos, señor,
buena sea vuestra llegada!
Siete años há, rey, siete,
que soy vuestra enamorada.
--Otros tantos há, señora,
que os tengo dentro en mi alma.--
Ellos estando en aquesto,
el buen Cid ya se asomaba.
--Adios, adios, mi señora,
la mi linda enamorada,
que del caballo Babieca
yo bien oigo la patada.--
Do la yegua pone el pié
Babieca pone la pata;
el Cid fablara al caballo,
bien oiréis lo que fablaba:
--¡Reventar debía la madre
que á su hijo no esperaba!--
Siete vueltas la rodea
al derredor de una jara;
la yegua, que era ligera,
muy adelante pasaba
fasta llegar cabe un río
adonde una barca estaba.
El moro desque la vido
con ella bien se folgaba;
grandes gritos da al barquero
que le allegase la barca:
el barquero es diligente,
túvosela aparejada;
embarcóse presto en ella,
que no se detuvo nada.
Estando el moro embarcado,
el buen Cid se llegó al agua,
y por ver al moro en salvo
de tristeza reventaba;
mas con la furia que tiene
una lanza le arrojaba,
y dijo:--¡Coged, mi yerno,
arrecogedme esa lanza,
que quizá tiempo verná
que os será bien demandada!
[Ilustración]
LXXVII
De concierto están los condes
hermanos Diego y Fernando;
afrentar quieren al Cid
y han muy gran traición armado.
Quieren volverse á sus tierras,
sus mujeres demandando,
y luégo les dice el Cid
cuando las hubo entregado:
--Mirad, yernos, que tratedes
como á dueñas hijasdalgo
mis hijas, pues que á vosotros
por mujeres las he dado.--
Ellos ambos le prometen
de obedecer su mandado.
Ya cabalgaban los Condes
y el buen Cid ya está á caballo
con todos sus caballeros
que le van acompañando:
por las huertas y jardines
van riendo y festejando;
por espacio de una legua
el Cid los ha acompañado:
cuando d’ellas se despide
lágrimas le van saltando.
Como hombre que ya sospecha
la gran traición que han armado,
manda que vaya tras ellos
Álvar Fáñez, su criado.
Vuélvese el Cid y su gente,
y los Condes van de largo.
Andando con muy gran priesa
en un monte habían entrado
muy espeso y muy oscuro,
de altos árboles poblado.
Mandan ir toda su gente
adelante muy gran rato;
quédanse con sus mujeres
tan solos Diego y Fernando.
De sus caballos se apean
y las riendas han quitado.
Sus mujeres que lo ven
muy gran llanto han levantado
apéanlas de las mulas
cada cual para su lado;
como las parió su madre
ambas las han desnudado,
y luégo á sendas encinas
las han fuertemente atado.
Cada uno azota la suya
con riendas de su caballo;
la sangre que d’ellas corre
el campo tiene bañado;
mas no contentos con esto,
allí se las han dejado.
Su primo que las hallara,
como hombre muy enojado
á buscar los Condes iba;
y como no los ha hallado,
volvióse presto para ellas,
muy pensativo y turbado:
en casa de un labrador
allí se las ha dejado.
Vase para el Cid su tío,
todo se lo ha contado;
con muy gran caballería
por ellas ha enviado.
De aquesta tan grande afrenta
el Cid al rey se ha quejado;
el rey como aquesto vido
tres Cortes había armado.
[Ilustración]
LXXVIII
Al cielo piden justicia
de los Condes de Carrión
ambas las fijas del Cid,
doña Elvira y doña Sol.
Á sendos robles atadas
dan gritos que es compasión,
y no las responde nadie
sino el eco de su voz.
El menosprecio y la afrenta
sienten, que las llagas non;
que es dolor á par de muerte
en la mujer un baldón.
Tal fuerza tiene consigo
la verdad y la razón,
que hallan en los montes gentes,
y en las fieras compasión.
Á los lamentos que hacen
por allí pasó un pastor,
por donde no puso pié
cosa humana si ahora non.
Danle voces que se acerque,
y él no osa de pavor,
que son hijos de ignorancia
el empacho y el temor.
--Por Dios te rogamos, home,
que hayas de nos compasión,
así tus ganados vayan
siempre de bien en mejor;
nunca les falten las aguas
en el estío y el calor,
las hierbas no se les sequen
con la helada y con el sol;
tus tiernos fijuelos veas
criados en bendición,
y peines tus blancas canas
sin dolencia ni lesión,
que desates nuestras manos,
pues que las tuyas no son
como las que nos ataron,
de malicia y de traición.--
Estando en estas palabras
el buen Ordoño llegó
en hábito de romero
de orden del Cid su señor:
prestamente las desata
disimulando el dolor.
Ellas que lo conocieron
juntas lo abrazan las dos;
llorando las dice:--Primas,
secretos del cielo son
cuya voz y cuya causa
está reservada á Dios.
No tuvo la culpa el Cid,
que el Rey se lo aconsejó;
mas buen padre tenéis, dueñas,
que vuelva por vueso honor.
[Ilustración]
LXXIX
Elvira, soltá el puñal,
doña Sol, tiradvos fuera,
non me tengades el brazo,
dejadme, doña Jimena:
non me tolláis el rencor,
que me empacha la vergüenza,
que todas mis fechorías
manchen mis suertes siniestras.
¡Á mis fijas, falsos Condes,
y á mis acatadas dueñas,
canes, facéis tales tuertos,
tenudas en lueñas tierras!
¡Á mí, que vos dí humildoso
mis fijas, cuando os las diera
de mil pulidas garnachas
guarnidas y ricas prendas!
Endonevos mis espadas,
lo mejor de mi facienda,
y en dos mil maravedís
me empeñara yo en Valencia;
cadenas de oro de Arabia
con buenos ingenios fechas,
que en la su mandadería
me enviara el Rey de Persia;
caballos os dí ruanos,
y para en plaza seis yeguas,
sendas capas de contray
con los aforros de felpa;
¡y en pago de mis fiducias,
y en pago de mis recuestas,
me las enviades, Condes,
azotadas sin vergüenza,
sus albos cuerpos desnudos,
ligadas sus manos bellas,
sus crenchas desmelenadas,
sus tristes carnes abiertas!
¡Voto hago al Pescador
que gobierna nuestra Iglesia,
y mal grado haya con él
cuando le fable en Cardeña,
si en Fromesta y Carrión,
Torquemada y Valenzuela,
villas de vuesos condados,
queda piedra sobre piedra!
Antolínez testimonio,
Peláez vino con ellas;
yo vos pondré la caluña
tal que atemorice en vella;
que con ella y mi razón,
ellos y sus parentelas
han de fincar á mis manos,
á mis agravios desfechas.
Camperos tiene el buen rey
que vos apañen y prendan;
fágame justicia en todo
y tendré mi espada queda.--
Esto fabló y dijo el Cid,
y cabalgando en Babieca
partió de Valencia á Burgos
á dar al rey su querella.
[Ilustración]
LXXX
Lloraba doña Jimena
á sus solas con el Cid
la afrenta de sus dos fijas,
y así comenzó á decir:
--¿Cómo es posible, señor,
siendo temido en la lid,
que os afrentasen dos homes
no siendo bastantes mil?
Y si aquesto no vos duele,
ved que á mi padre perdí
por ser vos tan vengativo
en las cosas que sentís.
Considerad vuesas fijas,
aquesas que yo parí,
que non son fijas prestadas,
sinon de vos y de mí.
Es bien que aquesto miredes
y que esa gente ruín
non se atreva á facer tal
sabiendo que sois el Cid,
pues no fallarán salida
para poderse eximir.
¡Si es bien que aqueso sintades
farto os he dicho, sentid!--
[Ilustración]
LXXXI
Después que una fiesta fizo
al santo y divino Pedro,
aquel que africanos moros
pagaron tributo y pecho,
hizo una junta en su casa
de parientes y homes buenos,
y como juntos los vido,
el buen Cid les dijo aquesto:
--Bien sabéis, amigos míos,
la fazaña de mis yernos;
¡bien me pagaron las obras
que en Valencia hice por ellos!
Con riendas me las pagaron,
no teniendo rienda en ellos
de ponellas en mis fijas
azotadas en desiertos;
y agora el rey de León
dice por su mandadero,
que dentro de treinta días
tengo de estar en Toledo.
Así vos suplico y pido,
aunque no es menester ruegos
para amigos tan leales
teniendo fidalgos pechos,
non se fable allá en las Cortes,
nin perdamos el respeto
al rey, que non es razón
juzgando bien y derecho.
Non se descomida nadie
non fablando en nuestros fechos;
que yo pondré la demanda
de lo que les dí primero,
la facienda, plata y oro,
las espadas, amen d’eso,
y pediré el desacato
que á mis fijas les ficieron.
[Ilustración]
[Ilustración]
LXXXII
Recibiendo el alborada
que viene á alegrar la tierra,
tocaban á recoger
seis clarines por Valencia.
Don Rodrigo de Vivar,
el buen Cid, su gente apresta
para partir á Toledo,
que á Cortes el rey le espera.
Ya la plaza del palacio
está de gente cubierta,
de escuderos y fidalgos
esperando que el Cid venga.
Él sale ya de la sala,
ya está en medio la escalera,
y sálenle á acompañar
sus dos fijas y Jimena.
Abrázalas cortésmente,
y ruégales que se vuelvan,
que en ver presentes sus fijas
tiene presente su afrenta.
Descendió fasta el zaguán
donde estaba su Babieca,
que de ver triste á su amo
casi siente su tristeza.
Salió en cuerpo hasta la plaza
armado con armas negras,
sembradas de cruces de oro,
desde la gola á las grevas.
Vió su gente tan lucida,
y en la ventana á Jimena,
y por facer lozanía
puso al caballo las piernas.
Llevó los ojos de todos,
y al cabo de la carrera
quitó á Jimena la gorra
y tocaron las trompetas;
todos siguieron tras él,
¡cuán lucida gente lleva!
pues alegre el sol de vellos
en las armas reverbera.
Caminan por sus jornadas,
y á la vista de Requena
detuvo la rienda el Cid,
que no quiso entrar en ella.
Acordóse en aquel punto
que allí fué la vez primera
que le llamó el sexto Alfonso
estando él quieto en ella.
Con grave y severa voz,
levantando la visera
y afirmando en los estribos,
la dice d’esta manera:
--Teatro de mi deshonra,
do se hizo la tragedia
en que mis aleves yernos
fueron los autores de ella;
principio de mi desdicha,
do sin ser jueves de Cena
comieron con faz doblada
ambos Judas á mi mesa;
al rey vo á pedir justicia,
ruego á Dios que no la tuerza,
que á postre de mi venganza
no estaréis en mi frontera.--
Y llevado de furor
puso al caballo las piernas,
contra la flaca muralla,
que de verle airado tiembla.
[Ilustración]
LXXXIII
Por Guadalquivir arriba
cabalgan caminadores,
que, según dicen las gentes,
ellos eran buenos hombres:
ricas aljubas vestidas,
y encima sus albornoces;
capas traen aguaderas,
á guisa de labradores.
Daban cebada de día
y caminaban de noche,
no por miedo de los moros,
mas por los grandes calores.
Por sus jornadas contadas
llegados son á las Cortes;
sálelos á recibir
el rey con sus altos hombres.
--Viejo que venís, el Cid,
viejo venís y florido.--
--No de holgar con las mujeres,
mas de andar en tu servicio;
de pelear con el rey Búcar,
rey qu’es de gran señorío,
de ganalle las sus tierras,
sus villas y sus castillos;
también le gané yo al rey
el su escaño tornido.--
[Ilustración]
LXXXIV
Tres Cortes armara el rey,
todas tres á una sazón,
las unas armara en Burgos,
las otras armó en León,
las otras armó en Toledo,
donde los hidalgos son,
para cumplir de justicia
al chico con el mayor.
Treinta días da de plazo,
treinta días, que más non,
y el que á la postre viniese
que lo diesen por traidor.
Veinte y nueve son pasados,
los condes llegados son;
treinta días son pasados,
y el buen Cid no viene, non.
Allí hablaran los condes:
--Señor, dadlo por traidor.--
Respondiérales el rey:
--Eso non faría, non,
que el buen Cid es caballero
de batallas vencedor,
pues en todas las mis Cortes
no lo había otro mejor.--
Ellos en aquesto estando
el buen Cid allí asomó
con trescientos caballeros:
todos fijosdalgo son,
todos vestidos de un paño,
de un paño y de una color,
si no fuera el buen Cid,
que traía un albornoz;
el albornoz era blanco,
parecía emperador,
capacete en la cabeza,
que relumbra como el sol.
--Dios vos mantenga, buen rey,
y á vosotros sálveos Dios,
que non fablo yo á los condes,
que mis enemigos son.--
Allí dijeron los condes,
fablaron esta razón:
--Nos somos fijos de reyes,
sobrinos de emperador;
¿merescimos ser casados
con fijas de un labrador?--
Allí hablara el Cid,
bien oiréis lo que fabló:
--Convidáraos yo á comer,
buen rey, tomástelo vos,
y al alzar de los manteles
dijistes esta razón:
Que casase yo mis fijas
con los condes de Carrión.
Diéraos en respuesta
con respeto y con amor:
Preguntarélo á su madre,
su madre que las parió,
preguntarlo he yo á su ayo,
al ayo que las crió.
Dijérame á mí el ayo:
Buen Cid, non lo fagáis, non,
que los condes son muy pobres,
y tienen gran presunción;
mas por non contradeciros,
buen rey, ficéralo yo.
Treinta días duraron las bodas,
que non quisieron más, non.
Cien cabezas yo matara
de mi ganado mayor;
de gallinas y capones,
buen rey, non lo cuento, non.
[Ilustración]
LXXXV
Yo me estando en Valencia,
en Valencia la mayor,
buen rey, ví yo vuestra seña
y vuestro honrado pendón.
Saliera yo á recibirle
como vasallo á señor.
Enviásteme una carta
con un vuestro embajador
que diese yo las mis hijas
á los condes de Carrión.
No quería Jimena Gómez
la madre que las parió;
por cumplir vuestro mandato
otorgáraselas yo.
Treinta días duran las bodas
treinta días que más non;
y un día estando comiendo
soltárase un león.
Los condes eran cobardes,
luégo piensan la traición:
pidiéranme las mis hijas
para volver á Carrión,
como eran sus mujeres
entregáraselas yo.
¡Ay en medio del camino
cuán mal paradas que son!
Hallólas un caballero
(¡déle Dios el galardón!)
á la una dió su manto
y á la otra su ropón.
Hallólas tan mal paradas
que de ellas hubo compasión.
Allí respondieron los condes
una muy mala razón:
--Mentides, el Cid, mentides,
que non éramos traidores.
Levantóse Pero Bermúdez
el que las damas crió,
y al conde que esto hablara
dióle un grande bofetón.
Allí hablara el rey
y dijera esta razón:
--Afuera, Pero Bermúdez,
no me revolváis quistión.
--Otórganos campo, rey,
otórganoslo, señor,
que con muy gran dolor vive
la madre que las parió.--
Ya les otorgaba el campo
ya les partía el sol.
Por el Cid va Nuño Gustos,
hombre de muy gran valor,
con él va Pero Bermúdez
para ser su guardador.
Los condes como lo vieron
no consienten campo, non.
Allí hablara el buen rey
bien oiréis lo que habló:
--Si no otorgáis el campo
yo haré justicia hoy.
Allí hablara un criado
de los condes de Carrión:
--Ellos otorgan el campo
mañana en saliendo el sol.
Allí hablara el buen Cid
bien oiréis lo que habló:
--Si quieren uno á uno
ó si quieren dos á dos.
Allá va Nuño Gustos
y el ayo que las crió.
Dijo el rey:--Pláceme ¡oh Cid!
y así lo otorgo yo.
Otro día de mañana
muy bien les parten el sol,
los condes vienen de negro
y los del Cid de color.
Ya los meten en el campo,
de vellos es gran dolor;
luégo abajaban las lanzas
¡cuán bien combatidos son!
Á los primeros encuentros
los condes vencidos son
y Gustos y Pero Bermuez
quedaron por vencedores.
[Ilustración]
[Ilustración]
LXXXVI
Digádesme, aleves Condes,
¿qué fallasteis en mis fijas,
y cuándo tener cuidasteis
dueñas de tan alta guisa?
¿Por aventura con ellas,
los fidalgos de Castilla,
qué baldones vos han dado?
¿En qué vueso honor vos quitan?
Por madre han á mi Jimena,
la mi doña Sol y Elvira;
de tal madre, ¿qué enseñanza?
¿nin qué fembras de tal vida?
En dote vos dí con ellas
los haberes que tenía,
y las mis ricas espadas,
que menos falla mi cinta;
mas fambrientas las tenedes,
non yantan como solían,
que siempre fechos cobardes
dan escasas las feridas.
Yo vos las demando, Condes,
ante el rey que ende nos mira,
porque á Colada y Tizona
no es bien que aleves las ciñan.
Non son heredadas, non,
sino en batallas tenidas
de entre lanzas, y con sangre
mis armas todas teñidas.
En los robledos de Tormes
me la dejades vertida;
mas la de dueñas atales
ved que varones no estiman.
Non por ende me afrentades
por ser mis fijas queridas,
que aunque son mi sangre, estaba
en vuesas mujeres mismas.
Con todo, vos reto, Condes,
por facer la sangre limpia;
porque el golpe del agravio
no hay miembro que no lastima.
Tenudo soy á facello
por vuesa honra y la mía;
que la mancha del honor
sólo con sangre se quita.--
Estas palabras el Cid
á sus dos yernos decía,
levantado del escaño,
la mano á la barba asida.
[Ilustración]
LXXXVII
Después que el Cid Campeador
pidió derecho del tuerto
porque fueron emplazados
los Condes para Toledo,
el rey don Alfonso el Bravo,
aquel que con gran denuedo
al foradar de la mano
tuvo siempre el brazo quedo,
mandó que dentro en tres meses
pareciesen en Toledo,
é fincasen por traidores
ellos y el conde don Suero.
Mandó que se fagan Cortes,
y se junten á ellas cedo
sus grandes y ricos homes,
que quiere tomar su acuerdo,
que si los Condes son nobles,
Alfonso es rey de derecho;
magüer que el Cid en honor
es honrado caballero.
Antes de cumplir el plazo
todos á Cortes vinieron,
y el Cid trujo en su compaña
novecientos caballeros.
Salió el rey á recibirlo
á dos leguas de Toledo;
unos de envidiosos callan,
otros dicen que es exceso.
Los palacios de Galiana
mandó el rey estén compuestos,
las paredes de brocado
y el suelo de terciopelo.
Junto á la silla del rey
su escaño del Cid pusieron,
de que mofaban los Condes
profanando y zahiriendo.
Sentados en corte todos,
fabló el rey á sus porteros:
--Mándovos que callen todos,
infanzones y homes buenos;
vos, el Cid, decid su culpa,
y ellos defiendan su pleito;
librarse vos ha justicia
con que quedéis satisfecho.
Seis alcaldes vos señalo
de mi casa y mi consejo,
y que todos ellos juntos
juren por los Evangelios
que cuidarán de ambas partes
asaz de entender el pleito,
y entendido, juzgarán
sin pasión, amor ni miedo.--
Levantóse luégo el Cid
y sin más alongamientos
pide le dén sus espadas
Tizona y Colada luégo.
El rey miraba los Condes
qué responden atendiendo,
pero ninguna razón
en su defensa dijeron.
Los jueces mandan las dén
sin ningún detenimiento;
magüer hubieron pavor
entregarlas no quisieron.
El rey dijo:--Descorteses,
volvédselas á su dueño,
que supo mejor ganallas
de los moros de Marruecos.--
Ya cobradas las espadas,
dos mil marcos de dinero
les pide, y todas las joyas,
que les dió en los casamientos.
Unánimes los jüeces,
de común consentimiento
les condenan á que paguen
de contado todo el precio.
Comenzó de nuevo el Cid,
los ojos como de fuego,
y el rostro como una gualda,
á demandalles el tuerto.
[Ilustración]
LXXXVIII
El temido de los moros,
aquella gloria de España,
el que nunca fué vencido,
el rayo de las batallas,
ese buen Cid Campeador,
defensor de nuestra patria,
espejo de capitanes,
y de traidores venganza,
en las Cortes de Toledo,
do le fueron entregadas
ante el Sexto rey Alfonso
por los Condes las espadas,
así fablaba con ellas
sin hartarse de mirallas:
--¿Dó estáis, mis queridas prendas?
¿Á dó estáis, mis prendas caras?
No caras porque os compré
por dinero, oro ni plata;
mas caras porque os gané
con el sudor de mi cara,
al rey moro de Marruecos,
siendo Valencia cercada;
á vos gané, mi Tizona,
que vos traía en su guarda;
y al conde de Barcelona
á vos os gané, Colada,
cuando les tomé á los moros
los castillos de Brianda.
Yo nunca os fice cobardes,
antes por la fe cristiana
en la sarracena gente
os traje siempre cebadas.
Á los Condes mis dos yernos,
por ser joyas tan preciadas,
vos dí, y ellos ¡mal pecado!
os tienen de orín manchadas.
Non érades para ellos,
que vos traían afrentadas,
por de dentro muy fambrientas,
por de fuera pavonadas.
Libres estáis de las manos
que os traían cautivadas,
el Cid os mira en las suyas,
donde seréis más honradas.--
Dijo y á Pedro Bermúdez,
y á don Álvar Fáñez llama,
y manda que se las guarden
mientras las Cortes duraban.
[Ilustración]
LXXXIX
Á vosotros, fementidos
Condes de villano pecho,
como traidores al Rey
á entrambos juntos vos reto.
Mis fijas os dí, traidores,
pero non, que en ello miento,
al Rey las dí que las diese
á quien él fuese contento.
Á él se fizo esta injuria,
á él se fizo este avieso,
y él las recibió por fijas,
yo á vosotros por mis yernos.
Por ser fecha á mi señor
esta injuria, por él vuelvo,
que el que há vasallos honrados
ellos le enmiendan sus tuertos.
Con mujeres tenéis manos;
¡por Dios, bravos caballeros,
si al veros con el rey Búcar
no fuérais de piés tan prestos!
¡Pero bien dice el refrán
que hay tan valientes guerreros
por los piés, como por manos,
y vosotros sois de aquestos!
¡Oh cuánto diérais agora
por fallar otros dispuestos,
tales como los fallasteis
cuando los leones sueltos!
Faced cuenta son leones
los que en este pecho siento,
que es un león cada agravio
fecho en un honrado pecho.
Agradecédselo al Rey,
que le veo y le respeto;
¡pero pagarlo heis, villanos,
si no es que os subáis al cielo!
Mas non subiréis, cobardes,
que es Dios grande justiciero,
y no consiente traidores
sin castigo de sus yerros;
cuanto más que la Colada
y la Tizona yo entiendo
vos serán tal purgatorio,
que vais d’esta culpa absueltos.
[Ilustración]
XC
En las Cortes de Toledo
que el buen rey Alfonso hacía
para dar derecho al Cid,
que querellado se había
de los condes de Carrión,
sus yernos que ser solían,
porque á sus buenas mujeres
deshonrado las habían,
vuelto le han sus dos espadas,
el su haber también volvían.
El Cid por grandes traidores
á ambos retado había;
los infantes no responden
á lo que el buen Cid decía.
El rey dijo á los infantes
qué era lo que respondían.
Diego González, el uno,
al rey así le decía:
--Ya, señor, sabéis que somos
de los buenos de Castilla;
dejamos nuesas mujeres
porque no nos merecían;
casar con fijas del Cid
gran deshonra nos traía.--
Los del Cid no respondieron,
que el Cid mandado tenía
que si él no lo mandase
ninguno fablar debía.
Ordoño, sobrino suyo,
era el que respondía:
--Calla tú, Diego González,
que eres de gran cobardía;
muy valiente eres de lengua,
mas esfuerzo no tenías,
y en esa tu falsa boca
ninguna verdad había.
Lémbrate cuando en Valencia
en la lid que el Cid facía
echaste á fuir de un moro,
y el moro bien te seguía,
y yo le salí al encuentro
muerto en tierra lo ponía,
díte su caballo y armas
y al Cid entender facía
que tú mataste aquel moro
que aquel caballo traía.
Yo lo hice por te honrar,
por casar con la mi prima;
alabástete tú d’esto,
yo lo otorgaba á tu guisa,
nunca salió de mi boca
fasta hoy que lo decía,
y si agora lo publico
es por tu gran villanía;
y sepan cuando en Valencia,
cuando el león que ende había
se soltó de donde estaba,
tú, porque á esconderte ibas,
rompiste el manto y el sayo
que cobijado tenías,
por entrar bajo un escaño
que en el aposento había.
No digo cómo tu hermano,
que es aquel que me veía,
cayó con notable miedo
en parte do no debía.
Así, señor rey Alfonso,
á tu Alteza yo decía
que este día fuera bien
demostrar su valentía,
no en los robledos de Tormes,
do ferido habían mis primas,
mujeres de tal linaje,
que muy más que ellos valían,
que si yo ende estuviera
cometerlo no osarían.
Ficieron como cobardes,
yo se lo combatiría;
no ficieron como buenos,
como manda la hidalguía.
Muy feble es facer tal cosa
ningún home de valía,
y poner mano en mujeres
non es de caballería.
[Ilustración]
[Ilustración: Cortes de Alfonso VI en Toledo]
XCI