de lo que el Cid ha fablado,
d’ello cobró gran vergüenza,
d’ello está muy ocupado.
Fuése para su posada,
triste estaba y muy cuitado
viendo cómo el Cid ha visto
su cobardía tan claro,
por lo cual no consintió
que coma con los honrados
propónese ser valiente
ó de morir en el campo.
Otro día salió el Cid,
junto á Valencia ha llegado;
salieron luégo los moros
á ferir en los cristianos:
llegan denodadamente
con los esfuerzos sobrados.
Martín Peláez fué el primero
que la lid había entrado,
y firió tan recio en ellos
que á muchos ha derribado.
Allí perdió todo el miedo,
muy gran esfuerzo ha cobrado,
peleó valientemente
mientras la lid ha durado:
unos mata y otros hiere,
hizo en ellos grande estrago.
Los moros dicen á gritos:
--¿De dó ha venido este diablo?
¡Hasta aquí no le hemos visto
tan valiente y esforzado!
Á todos nos hiere y mata,
del campo nos ha lanzado.--
Por las puertas de Valencia
á los moros ha encerrado,
los brazos hasta los codos
en sangre lleva bañados;
ninguno hay tal como él
si no es el Cid afamado.
Los moros fueron vencidos,
Peláez se había tornado,
esperándole está el Cid
fasta que fuera llegado:
con muy crecido placer
Rodrigo lo había abrazado;
díjole:--Martín Peláez,
vos sois bueno y esforzado,
non sois tal que merezcáis
de hoy más conmigo sentaros,
asentaos con Álvar Fáñez,
que era mi primo hermano,
y con estos caballeros,
que son buenos y estimados,
que los vuesos buenos fechos
siempre serán bien mentados;
seréis d’ellos compañero,
sentaros heis á su lado.--
De aquel día en adelante
fizo fechos muy granados
de esforzado caballero,
bueno como el más preciado.
Aquí se cumplió el proverbio
entre todos divulgado,
«que el que á buen árbol se arrima
»de buena sombra es tapado.»
[Ilustración]
LXIV
Partíos ende los moros,
non pongáis mientes en al,
cuidá de los doloridos
y los muertos soterrad;
decidles á los cuitados
y á las cuitadas contad,
que el saber nueso en la guerra
es humildoso en la paz;
poned la fucia en facer
que me vengan á fablar,
porque les diga mi boca
toda la mi voluntad,
que non quiero sus faciendas
nin se las he de tirar,
nin para mis barraganas
sus fijas he de tomar,
que yo non uso mujeres
sinon la mía natural,
que en San Pedro de Cardeña
yace agora al mi mandar;
y mándovos yo, Álvar Fáñez,
si he poder de vos mandar,
vais por ella y por mis fijas,
mis fijas otro que tal.
Llevad treinta marcos de oro
con que se puedan guiar
para venir á Valencia
á la ver y á la gozar;
llevá otros tantos de plata
para San Pedro y su altar,
y entregadlos á don Sancho,
que ende yace por abad;
y al nobre rey don Alfonso,
mi buen señor natural,
llevá doscientos caballos,
bien guarnidos al mi usar;
y á los honrados judíos
Raquel y Vidas llevá
doscientos marcos de oro,
tantos de plata y non más,
que me endonaron prestados
cuando me partí á lidiar
sobre dos cofres de arena
debajo de mi verdad:
rogarles heis de mi parte
que me quieran perdonar,
que con acuita lo fice
de mi gran necesidad;
que aunque cuidan que es arena
lo que en los cofres está,
quedó soterrado en ella
el oro de mi verdad.
Pagáles la logrería
que soy tenudo á les dar
del tiempo que su dinero
he tenido á mi mandar;
y vos, Martín Antolínez,
le iredes á acompañar,
y las mis buenas venturas
á mi Jimena contad.
Diréis al rey don Alfonso
que me empreste su juglar,
porque á mi Jimena agrada
mucho el tañer y cantar.--
Aquesto dijera el Cid
después que ya entrado ha
en Valencia victorioso,
pues conquerido la ha.
[Ilustración]
LXV
Desterrado estaba el Cid
de la corte y de su aldea
de Castilla por su rey,
cansado de vencer guerras,
y en las venturosas armas
apenas las manchas secas
de la sangre de los moros
que ha vencido en sus fronteras;
y aun estaban los pendones
tremolando en las almenas
de las soberbias murallas
humilladas de Valencia,
cuando para el rey Alfonso
un rico presente ordena
de cautivos y caballos,
de despojos y riquezas.
Todo lo despacha á Burgos,
y á Álvar Fáñez que lo lleva,
para que lo diga al rey,
le dice d’esta manera:
«Díle, amigo, al rey Alfonso,
»que reciba su grandeza
»de un fidalgo desterrado
»la voluntad y la ofrenda,
»y que en este dón pequeño
»solamente tome en cuenta
»que es comprado de los moros
ȇ precio de sangre buena;
»que con mi espada en dos años
»le he ganado yo más tierras
»que le dejó el rey Fernando,
»su padre, que en gloria sea;
»que en feudo d’ello lo tome
»y que no juzgue á soberbia
»que con parias de otros reyes
»pague yo á mi rey mis deudas;
»que pues él como señor
»me pudo quitar mi hacienda,
»bien puedo yo como pobre
»pagar con hacienda ajena;
»y que juzgue que en su dicha
»son delante mis enseñas
»millaradas de enemigos
»como ante el sol las tinieblas;
»y espero en Dios que mi brazo
»ha de hacello rico, mientras
»la mano aprieta á Tizona
»y el talón fiere á Babieca;
»y en tanto mis envidiosos
»descansen, mientras les sea
»firme muralla mi pecho
»de su vida y de sus tierras,
»y entreténganse en palacio,
»y guárdense no me vendan,
»que del tropel de los moros
»soltaré una vez la presa
»y llegarán su avenida
ȇ ver entre sus almenas;
»y defiendan bien sus honras
»como manchan las ajenas;
»y si les diere en los ojos
»lo que les dió en las orejas,
»verán que el Cid no es tan malo
»como son sus obras buenas,
»y si sirven á su rey
»en la paz como en la guerra
»mentirosos lisonjeros
»con la espada ó con la lengua;
»y verá el buen rey Alfonso
»si son de Burgos las fuerzas,
»los caminos de ladrillo
»ó los ánimos de piedra:
»que le suplico permita
»se pongan esas banderas
ȇ los ojos del glorioso
»mi Príncipe de la Iglesia,
»en señal que con su ayuda
»apenas enhiestas quedan
»en toda España otras tantas,
»y ya me parto por ellas;
»y le suplico me envíe
»mis fijas y mi Jimena,
»d’esta alma sola afligida
»regaladas dulces prendas;
»que si nó mi soledad,
»la suya al menos le duela,
»porque de mi gloria goce
»ganada en tan larga ausencia.»
Mirad, Álvaro, no erréis:
que en cada razón de aquestas
lleváis delante del rey
mi descargo y mi limpieza.
Decidlo con libertad,
que bien sé que habrá en la rueda
quien mis pensamientos mida
y vuesas palabras mesmas.
Procurad que aunque les pese
á los que mi bien les pesa,
no lleven más que la envidia
de mí, de vos ni de ellas;
y si en mi Valencia amada
no me hallareis á la vuelta,
peleando me hallarédes
con los moros de Consuegra.
[Ilustración]
[Ilustración]
LXVI
Llegó Álvar Fáñez á Burgos
á llevar al rey la empresa
de cautivos y caballos,
de despojos y riquezas.
Entró á besarle la mano
después de darle licencia,
y puesto ante él de rodillas
este recaudo comienza:
--Poderoso rey Alfonso,
reciba vuesa grandeza
de un fidalgo desterrado
la voluntad y la ofrenda.
Don Rodrigo de Vivar,
fuerte muro en tu defensa,
por envidia desterrado
de su casa y de su tierra,
pide que con libertad
hable puesto en su defensa
y así quiero, por no errar,
decir sus palabras mesmas.
Dice: «que este dón pequeño
»toméis solamente en cuenta,
»que es ganado de los moros
ȇ precio de sangre buena;
»que con su espada en dos años
»te ha ganado el Cid más tierras
»que te dejó el rey Fernando,
»tu padre, que en gloria sea;
»que en feudo d’esto lo tomes
»y no juzgues á soberbia
»que con parias de otros reyes
»él pague á su rey sus deudas;
»y pues tú como señor
»le quitaste su facienda,
»que bien puede como pobre
»pagar con facienda ajena.
»Que fíes en Dios y en él,
»que te ha de hacer rico, mientras
»la mano aprieta á Tizona
»y el talón hiere á Babieca.
»Y que gustes que en San Pedro
»se pongan estas banderas
ȇ los ojos del glorioso
»Gran Príncipe de la Iglesia,
»en señal que con su ayuda
»apenas enhiestas quedan
»en toda España otras tantas,
»y ya se parte por ellas.
»Que te suplica le envíes
»sus fijas y su Jimena,
»del alma triste afligida
»regaladas dulces prendas.
»Y si nó su soledad,
»la suya al menos te duela,
»para que su gloria goce
»ganada en tan larga ausencia.»
No quisiera haber errado,
que en cada palabra d’estas
te traigo, rey, de Rodrigo
su descargo y su limpieza.--
Apenas dió la embajada
cuando la envidia revienta
de envidiosos lisonjeros
y corredores de orejas.
Movióse un conde agraviado
y díjole al rey: Tu alteza
no dé crédito á estas cosas,
que son engaños que ceban.
Querrá ahora el Cid Rodrigo
con esto que te presenta,
venirse á Burgos mañana
á confirmar tus ofensas.--
Caló Álvar Fáñez la gorra,
y empuñando en la derecha,
tartamudo de coraje,
le dió al conde esta respuesta:
--Nadie se mude ni hable,
y el que se moviere atienda
que le fabla el Cid presente,
pues yo lo soy en su ausencia;
y cuando en mi pobre esfuerzo
cupiere alguna flaqueza,
la gran firmeza del Cid
me ayuda desde Valencia.
No le venda ningún falso
ni sus lisonjas le vendan,
que d’él y de mí, en su nombre,
no aseguro la cabeza.
Y tú, rey, que las lisonjas
acomodas y aprovechas,
haz de lisonjas murallas
y verás cómo pelean.
Perdona que con enojo
pierdo el respeto á tu Alteza,
y dame, si me has de dar,
del Cid las queridas prendas:
á doña Jimena digo,
y á sus dos hijas con ella,
pues te ofrezco su rescate
como si estuvieran presas.--
Levantóse el rey Alfonso
y á Álvar Fáñez pide y ruega
que se sosiegue, y los dos
vayan á ver á Jimena.
[Ilustración]
LXVII
Victorioso vuelve el Cid
á San Pedro de Cardeña
de las guerras que ha tenido
con los moros de Valencia.
Las trompetas van sonando
por dar aviso que llega,
y entre todos se señala
el relincho de Babieca.
El abad y monjes salen
á recibirlo á la puerta,
dando alabanzas á Dios
y al Cid mil enhorabuenas.
Apeóse del caballo,
y antes de entrar en la iglesia
tomó el pendón en sus manos
y dice de esta manera:
--Salí de ti, templo santo,
desterrado de mi tierra;
mas ya vuelvo á visitarte
acogido en las ajenas.
Desterróme el rey Alfonso
porque allá en Santa Gadea
le tomé el su juramento
con más rigor que él quisiera.
Las leyes eran del pueblo,
que no excedí un punto d’ellas,
pues como leal vasallo
saqué á mi rey de sospecha.
¡Oh envidiosos castellanos,
cuán mal pagáis la defensa
que tuvisteis en mi espada
ensanchando vuestra cerca!
Veis aquí os traigo ganado
otro reino y mil fronteras,
que os quiero dar tierras mías
aunque me echáis de las vuestras;
pudiera dárselo á extraños,
mas para cosas tan feas
soy Rodrigo de Vivar,
castellano á las derechas.
[Ilustración]
LXVIII
Aquese famoso Cid
con gran razón es loado;
ganada tiene á Valencia,
de moros la ha conquistado;
en ella está su mujer,
fija del conde Lozano.
Doña Sol y doña Elvira
poco há que habían llegado
de San Pedro de Cardeña,
do el Cid las había dejado.
Estando el Cid á placer
nuevas le habían llegado
que el gran Miramamolín,
rey de Túnez coronado,
venía á se la quitar
con gran gente de á caballo;
cincuenta mil eran éstos,
los de á pié no tienen cabo.
El Cid, como era valiente,
y en armas tan aprobado,
basteció bien los castillos,
y en todo puso recaudo;
esforzó sus caballeros
como lo había acostumbrado.
Subiera á doña Jimena,
y á sus fijas en su cabo,
en una torre más alta
que en el alcázar se ha hallado.
Miraron contra la mar,
los moros están mirando,
viendo cómo armaban tiendas
á gran priesa y gran cuidado.
Al rededor de Valencia
grandes alaridos dando,
tañendo sus atambores
los aires van penetrando.
Doña Jimena y sus fijas
gran pavor habían cobrado,
porque jamás habían visto
tantas gentes en un campo.
Esforzábalas el Cid,
de aquesta suerte fablando:
--No temáis, doña Jimena,
y fijas que tanto amo;
mientras que yo fuere vivo
de nada tengáis cuidado,
que los moros que aquí vedes
vencidos habrán quedado,
y con el su gran haber,
fijas, os habré casado,
que cuantos más son los moros,
más ganancia habrán dejado;
y las bocinas que traen
y ante vos se habían tocado,
servirán para la Iglesia
d’este pueblo valenciano.--
Viendo entonces que los moros
por las huertas se han entrado
derramados y esparcidos,
sin orden y á mal recaudo,
á don Álvar Salvadores
le dijo:--Sed luégo armado,
tomaréis doscientos homes
de á caballo aderezados,
y haced una espolonada
contra los perros paganos,
porque Jimena y sus fijas
vean que sois esforzado.--
Salvadores lo cumpliera
como el Cid lo había mandado.
Dió de tropel en los moros,
de las huertas los ha echado:
firiendo iban en ellos,
firiendo van y matando
hasta dentro de las tiendas
que los moros han armado.
De allí se tornaron todos,
doscientos moros matando
preso queda Salvadores,
que por ser aventajado
se metió tanto en los moros,
que lo habían cautivado:
sacóle el Cid otro día,
los moros desbaratando.
[Ilustración]
PARTE CUARTA
DESLEALTAD Y CASTIGO DE LOS INFANTES DE CARRIÓN
LXIX
Considerando los Condes
lo que el de Vivar vale,
y que su fama se aumenta
por las fazañas que face,
al rey don Alfonso piden
que con sus fijas les case,
porque ser yernos del Cid
es bien que puede estimarse.
El Rey, por facelles bien,
luégo le envió un mensaje
que se viniese á Requena
para que con él lo trate.
Rodrigo, vista la nueva,
dió d’ello á Jimena parte;
que en tal caso las mujeres
suelen ser muy importantes.
Sabido, no gustó d’ello,
y dijo al Cid:--Non me place
de emparentar con los Condes,
magüer sean de linaje;
mas fágase ende, Rodrigo,
lo que á vos más os agrade,
que no hay mengua de consejo
do está el Rey y vos estades.--
Rodrigo partió á Requena,
y también el Rey se parte
juntamente con los Condes
porque el Cid los vea y fable.
Después de dicha una misa,
delante el Rey y los grandes,
por don Jerónimo, obispo,
con muchas solemnidades,
el Rey al Cid apartó
de todos los circunstantes,
y estas palabras propuso
con gravedoso semblante:
--Bien sabedes, don Rodrigo,
que os tengo amor asaz grande,
y por vuestras cosas cuido
con solicitud bastante;
por ende habéis de saber
que fice aqueste viaje
por fablaros de un negocio,
que importa con vos se fable.
Los condes de Carrión
me han rogado que vos trate
en que les déis vuesas fijas,
y que con ellas los case,
que estarán agradecidos
si esta merced se les face,
porque es gran razón se estimen
fijas que son de tal padre.
Codician vuesa amistad,
atienden al trato afable,
aman mucho vuesas cosas,
y estiman á vuesa sangre.--
Agradeció el Cid entonces
al Rey la merced tan grande,
y díjole se sirviese
de todo lo que á él tocase,
que d’él, de fijas, de haberes,
ficiese lo que mandase;
que él no casaba á sus fijas,
mas las da que se las case.
Dióle el Rey gracias por ello
y mandó les entregasen
ocho mil marcos de plata
para el día en que se casen;
y al tío de las doncellas,
que era el buen don Álvar Fáñez,
mandó el Rey que las tuviese
fasta que se desposasen.
Luégo el Rey llamó á los Condes,
y mandó que le besasen
las manos al Cid Rúy Díaz,
y le fagan homenaje.
Ficiéronlo así los Condes
delante el Rey y los grandes,
y convidó el Cid á todos
porque en sus bodas se hallen.
Partióse el Rey á Castilla,
y el de Vivar con él parte,
y á dos leguas mandó el Rey
que no pasen adelante.
Fuése Rodrigo á Valencia,
donde quiso se juntasen
los Condes y caballeros,
porque las bodas se acaben.
Cuando el Cid los vido juntos,
díjole á don Álvar Fáñez
que lo que el Rey le mandó
luégo al punto efectuase;
que trajese á sus sobrinas,
y que á los condes ó infantes
que llaman de Carrión
al punto las entregase.
Diéronselas, y los Condes
con amorosas señales
dieron muestras del contento
que d’este suceso nace,
porque es tan fuerte el amor,
y son sus efectos tales,
que lo publican los ojos,
aunque la lengua lo calle.
Fizo el Obispo su oficio,
dió bendiciones y paces,
hubo fiestas ocho días
de cañas, toros y bailes;
dió grandes dones el Cid
á los Condes y magnates,
que aquel qu’es grande en sus fechos
suele ser en todo grande.
[Ilustración]
[Ilustración]
LXX
Acabado de yantar,
la faz en somo la mano,
durmiendo está el señor Cid
en el su precioso escaño:
guardándole están el sueño
sus yernos Diego y Fernando,
y el tartajoso Bermudo,
en lides determinado.
Fablando están juglerías,
cada cual para hablar paso,
y por soportar la risa
puesta la mano en los labios,
cuando unas voces oyeron
que atronaban el palacio,
diciendo:--¡Guarda el león!
¡Mal muera quien lo ha soltado!--
No se turbó don Bermudo,
empero los dos hermanos
con la cuita del pavor
de la risa se olvidaron,
y esforzándose las voces
en puridad se hablaron,
y aconsejáronse aprisa
que no fuyesen despacio.
El menor, Fernán González,
dió principio al fecho malo,
en zaga el Cid se escondió
bajo su escaño agachado.
Diego, el mayor de los dos,
se escondió á trecho más largo
en un lugar tan lijoso,
que no puede ser contado.
Entró gritando el gentío,
y el león entró bramando,
á quien Bermudo atendió
con el estoque en la mano.
Aquí dió una voz el Cid,
á quien como por milagro
se humilló la bestia fiera,
humildosa y coleando.
Agradecióselo el Cid,
y al cuello le echó los brazos,
y llevólo á la leonera
faciéndole mil falagos.
Aturdido está el gentío
viendo lo tal, no acatando
que ambos eran leones,
mas el Cid era más bravo.
Vuelto, pues, á la su sala,
alegre y no demudado,
preguntó por sus dos yernos,
su maldad adivinando.
Bermudo le respondió:
--Del uno os daré recaudo,
que aquí se agachó por ver
si el león es fembra ó macho.--
Allí entró Martín Peláez,
aquel tímido asturiano,
diciendo á voces:--Señor,
albricias, ya lo han sacado.--
El Cid replicó:--¿Á quién?
Él respondió:--Al otro hermano,
que se sumió de pavor
do no se sumiera el diablo.
Miradle, señor, dó viene,
empero faceos á un lado,
que habéis, para estar par dél,
menester un incensario.--
Desenjaularon al uno,
metieron otro del brazo,
manchados de cosas malas
de boda los ricos paños.
Movido de saña el Cid
á uno y á otro mirando,
reventando por fablar,
y por callar reventando,
al cabo soltó la voz
el soberbio castellano,
y los denuestos les dijo
que vos contaré despacio.
[Ilustración]
LXXI
Non quisiera, yernos míos,
haber visto tal guisado,
cual el d’este mal suceso,
magüer cuido algún gran daño.
¿Son éstas ropas de bodas?
¡Haya mal grado el diablo!
¿Qué pavor ha sido el vuestro,
que habéis fecho tal recaudo?
Teniendo las vuesas armas,
¿por qué fugisteis entrambos?
¿Non estábades conmigo
para siquiera mirallo?
Pedisteis al Rey mis fijas
cuidando de valer algo,
non fice mi voluntad,
mas fice en el su mandado.
¿Vosotros sodes los novios
para mi vejez guardados?
¡Buena vejez me daredes
siendo tan afeminados!
No quiero pasar de aquí,
que si miro lo pasado
reviento de pesadumbre
considerando este caso.--
Estas palabras el Cid
les dijo muy enojado
por haber así fuído
del león los dos hermanos:
agraviáronse los Condes,
y con él quedan odiados.
[Ilustración]
LXXII
Si de mortales feridas
fincare muerto en la guerra,
llevadme, Jimena mía,
á San Pedro de Cardeña:
y así buena andanza hayades
que me fagades la huesa
junto al altar de Santiago,
amparo de lides nuesas.
Non me curedes plañir,
porque la mi gente buena
viendo que falta mi brazo
non fuya y deje mi tierra.
Non vos conozcan los moros
en vuestro pecho flaqueza,
sino que aquí griten armas,
y allí me fagan obsequias:
y la tizona que adorna
esta mi mano derecha,
non pierda de su derecho,
ni venga á manos de fembra.
Y si permitiere Dios
que el mi caballo Babieca
fincare sin su señor,
y llamare á vuesa puerta,
abridle y acariñadle
y dadle ración entera,
que quien sirve á buen señor,
buen galardón dél espera.
Ponedme de vuesa mano
el peto, espaldar y grevas,
brazal, celada y manoplas,
escudo, lanza y espuelas;
y puesto que rompe el día
y me dan los moros priesa,
dadme vuesa bendición
y fincad enhorabuena.--
Con esto salió Rodrigo
de los muros de Valencia
á dar la batalla á Búcar.
¡Plegue á Dios que con bien vuelva!
[Ilustración]
LXXIII
La venida del rey Búcar
á la ciudad de Valencia
está consultando el Cid
con muchos homes de cuenta.
Estando en aquesta fabla
han entrado por la puerta
sus yernos, disimulando
la traición que asaz le ordenan.
Asiento les diera el Cid
á la su mano derecha,
él temblando de atrevido,
y ellos tiemblan de flaqueza,
que los ánimos cobardes
carecen de fortaleza.
En estas fablas estando,
toda la gente trae nuevas
con cajas, pífanos, trompas,
de cómo los moros llegan.
Subióse el Cid con los suyos
á una torre tan soberbia
como son sus pensamientos,
que igualan á las estrellas.
Puesto de pechos el Cid
en las soberbias almenas,
miraba el rey que ha llegado
con el ejército y tiendas,
de que sus cobardes yernos
ya se temen y recelan.
El Cid ha sido avisado
que un recaudo del rey llega;
bajóse por recebillo,
sin bajar su fortaleza.
Á las razones del moro
atiende el Cid con prudencia,
y turbado de su aspecto
le dice d’esta manera:
--El rey Búcar, mi señor,
ha venido de su tierra
á deshacer el gran tuerto
con que tú le tienes ésta.
Envíatela á pedir,
y en viendo que no la dejas,
te apercibe á la batalla,
y procura defendella.--
Oídas estas razones,
no faciendo d’ellas cuenta,
alegre responde el Cid,
mostrando mucha clemencia:
--Díle al rey que se aperciba,
que yo pondré mi defensa;
Valencia me cuesta mucho
y no pienso salir d’ella,
porque he pasado en ganalla
muy grandes cuitas y penas.
Gracias infinitas doy
á la infinita grandeza
que me otorgó la vitoria
en tan peligrosa guerra;
á solo Dios lo agradezco,
y á la sangre y gente buena
de mis parientes y amigos,
que también mucho les cuesta.--
El moro se despidió,
cobarde en ver su presencia,
y temeroso de oirle,
al rey le lleva la nueva.
El Cid se queda ordenando
cosas sobre esta facienda,
y conoció de sus yernos
la cobardía que encierran.
Mandóles que se quedasen
porque no prueben sus fuerzas.
Ellos temerosos d’esto,
corridos de tal afrenta,
le dicen que han de ir con él
á tan peligrosa empresa.
Juntas las gentes del Cid
sus haces trazan y ordenan;
todos salen al real,
y el Cid con tanta braveza,
que los moros temerosos
sus haces juntan apriesa.
Al són de pífano y cajas
la batalla se comienza,
animándolos Rodrigo
que lleva la delantera;
con su gente puesta en orden
la batalla les presenta.
Embístense ambas las partes,
y en la batalla sangrienta
diez y ocho reyes prende,
y á todos ellos prendiera;
mas poniendo á los piés alas,
desembarazan la tierra,
y aunque costó mucha sangre
durando tan grande pieza,
la victoria llevó el Cid,
y con ella entró en Valencia.
Recibiólo la ciudad
con aplauso y buena estrena,
deséanle mil saludes
para su amparo y defensa,
y él contento y muy alegre
se va á ver á su Jimena.
[Ilustración]
[Ilustración]
LXXIV
En batalla temerosa
andaba el Cid castellano
con Búcar, ese rey moro,
que contra el Cid ha llegado
á le ganar á Valencia
que el buen Cid ha conquistado.
Los condes de Carrión
en ella se habían hallado,
y contra un infante de ellos
Fernán González llamado,
un moro viene corriendo
con fuerte lanza en su mano;
fuerte muestra el moro ser
según viene denodado.
El conde, que vido al moro
huyendo va por el campo.
No lo había visto ninguno
para que sea publicado,
sino fuera don Ordoño:
escudero es muy honrado
que del buen Cid es sobrino
de Pedro Bermudo hermano.
Ordoño fué contra el moro,
con su lanza lo ha encontrado,
y firiéndolo en los pechos
pasólo de lado á lado.
El pendón que va en la lanza
todo sale ensangrentado;
el moro cayera muerto,
don Ordoño se ha apeado
y el caballo que traía
con las armas le ha tomado.
Llamó á su cuñado el conde,
esto le estaba hablando:
--Cuñado Fernán González,
tomad vos este caballo,
decid que al moro matasteis
que en él venía cabalgando;
que en días que yo viviere
non diré yo lo contrario,
non faciendo vos por qué
siempre se estará encelado.--
Estando en estas razones
el buen Cid había llegado,
á un moro venía siguiendo
y muerto le ha derribado.
Don Ordoño dijo al Cid:
--Señor, este yerno honrado
que por bien os ayudar
un moro mató en el campo
de un golpe que le dió,
suyo fizo este caballo.--
Mucho le plugo al buen Cid
de lo que le había contado,
cuidando decir verdad
mucho á su yerno ha loado.
Juntos van por la batalla,
firiendo van y matando,
y en moros que los aguardan
haciendo van grande estrago.
[Ilustración]
[Ilustración]
LXXV
Tirad, fidalgos, tirad
á vuestro trotón el freno,
que en fuir de aquese modo
mostráis el pavor del pecho.
De un home solo fuís,
mirad que no es de homes buenos
fuir en tal lid de un moro
donde hay tantos que lo vieron.
Si non queredes morir,
como buen fidalgo, á fierro,
non viváis entre fidalgos
que fincan contino muertos.
Tornadvos luégo á Valencia,
que si non facéis más qu’eso,
también saldrán á lidiar
las damas que quedan dentro.
¡Mal andanza vos dé Dios!
Pues con aspecto tan feo
así en público fuís,
¿qué vos dirán en secreto?
¡Mal la doctrina tomastes
de mi tío, vuestro suegro,
pues non mancháis la Tizona,
deshonrando el honor viejo!
Decides que sois fidalgos,
¡pues yo vos juro á San Pedro
que tales desaguisados
non facen fidalgos buenos!
Las armas traéis doradas,
non las regaléis, mancebos,
porque son fierros dorados
que publican vuestros yerros.
Tomad aquese caballo
del moro que yace muerto,
y decid que le vencistes,
que de callar os prometo.
Galanes sois entre damas,
sed valientes entre perros,
porque non digan de vos
á los que os han parentesco.
Y adios, que quiero partirme,
porque el Cid mi tío es viejo,
y le quiero ir á ayudar,
pues no le ayudan sus yernos.--
Esto dijo el buen Bermúdez
porque el infante don Diego
en la Vega de Valencia
fuyó de un moro gran trecho.
[Ilustración]
[Ilustración]
LXXVI