ya se parte de Castilla;
por mando del rey Alfonso
lleva su mensajería
á Almucanis, ese moro
rey de Córdoba y Sevilla,
para que le dé las parias
pasadas que le debía.
En Sevilla estaba el Cid
faciendo á lo que venía.
Mudafar, rey de Granada,
á Almucanis mal quería;
caballeros castellanos
Mudafar consigo había;
son de los más estimados
que había dentro en Castilla;
don García Ordoño el uno,
que conde todos decían;
Fernán Sánchez era el otro,
yerno del rey don García;
y Lope Sánchez, su hermano,
estaba en su compañía;
y otro caballero honrado,
Diego Pérez se decía.
Ellos con grandes poderes
con el Mudafar venían
contra Almucanis el rey,
que pechero es de Castilla.
El Cid, cuando aquesto supo,
mucho pesado le había;
enviárale sus cartas
y en ellas así decía:
«Que non vengan con su gente
»contra el reino de Sevilla,
»que es pechero al rey Alfonso,
»con quien amistad tenía:
»y si lo quieren facer,
»que su Rey ayudaría
ȇ Almucanis su vasallo,
»que otra cosa no pedía.»
Recibido han las cartas,
mas en nada las tenían;
entran en tierras del rey,
del rey moro de Sevilla,
Quemando van y estragando
fasta Cabra, aquesa villa.
El Cid, cuando aquesto supo,
contra ellos se partía;
moros llevaba consigo,
cristianos los que podía.
Las huestes se habían juntado,
el Cid mataba y hería:
muy reñida es la batalla,
durado ha casi un día,
fasta que venciera el Cid
y en huída los ponía.
Á caballeros cristianos
el buen Cid muchos prendía;
de moros non había cuenta
los que cautivado había.
Tres días tuviera presos
los cristianos que vencía;
volvióse con gran despojo
á Sevilla, do partía;
Almucanis dió las parias
y á Castilla se volvía.
Mucho plugo al rey Alfonso
de lo que el Cid fecho había,
y de aquel día adelante
al Cid _Campeador_ decían.
[Ilustración]
[Ilustración]
XLIX
Fablando estaba en el claustro
de San Pedro de Cardeña
el buen rey Alfonso al Cid
después de misa, una fiesta.
Trataban de las conquistas
de las mal perdidas tierras
por pecados de Rodrigo,
que amor disculpa y condena.
Propuso el buen rey al Cid
el ir á ganar á Cuenca;
y Rodrigo, mesurado,
le dice desta manera:
--Nuevo sois, el rey Alfonso,
nuevo rey sois en la tierra;
antes que á guerra vayades
sosegad las vuesas tierras.
Muchos daños han venido
por los reyes que se ausentan,
que apenas han calentado
la corona en la cabeza,
y vos no estáis muy seguro
de la calunia propuesta
en la muerte de don Sancho
sobre Zamora la vieja;
que aún hay sangre de Bellido,
magüer que en fidalgas venas,
y el que fizo aquel venablo
si le pagan fará treinta.--
Bermudo en lugar del rey
dice al Cid:--Si vos aquejan
el cansancio de las lides
ó el deseo de Jimena,
idvos á Vivar, Rodrigo,
y dejadle al rey la empresa;
que homes tiene tan fidalgos
que non volverán sin ella.
--¿Quién vos mete, dijo el Cid,
en el consejo de guerra,
fraile honrado, á vos agora,
la vuesa cogulla puesta?
Subid vos á la tribuna
y rogad á Dios que venzan,
que non venciera Josué
si Moisés non lo ficiera.
Llevad vos la capa al coro,
yo el pendón á las fronteras,
y el rey sosiegue su casa
antes que busque la ajena;
que non me farán cobarde
el mi amor ni la mi queja,
que más traigo siempre al lado
á Tizona que á Jimena.
--Home soy, dijo Bermudo,
que antes que entrara en la regla,
si non vencí reyes moros
engendré quien los venciera;
y agora, en vez de cogulla,
cuando la ocasión se ofrezca
me calaré la celada
y porné al caballo espuelas.
--¡Para fugir, dijo el Cid,
podrá ser, padre, que sea;
que más de aceite que sangre
manchado el hábito muestra!
--Calledes, le dijo el rey,
en mal hora, que no en buena,
acordársevos debía
de la jura y la ballesta;
cosas tenedes, el Cid,
que farán fablar las piedras,
pues por cualquier niñería
facéis campaña la iglesia.--
Pasaba el Conde de Oñate
que llevaba la su dueña,
y el rey, por facer mesura,
acompañóla á la puerta.
[Ilustración]
L
Si atendéis que de los brazos
vos alce, atended primero
si no es bien que con los míos
cuide subirvos al cielo.
¡Bien estáis afinojado,
que es pavor veros enhiesto,
que asiento es, asaz debido,
el suelo, de los soberbios!
¡Descubierto estáis mejor,
después que se han descubierto
de vuesas altanerías
los mal guisados excesos!
¿En qué os habéis empachado,
que dende el pasado invierno
non vos han visto en las Cortes,
puesto que Cortes se han fecho?
¿Por qué, siendo cortesano,
traéis la barba y cabello
descompuesto, y desviada,
como los padres del yermo?
¡Pues aunque vos lo pregunto,
asaz que bien os entiendo!
¡Bien conozco vuesas mañas
y el semblante falagüeño!
Querréis decir que cuidando
en mis tierras y pertrechos,
non cuidades de aliñarvos
la barba y cabello luengo.
Al de Alcalá contrallasteis
mis treguas, paz y concierto,
bien como si el querer mío
tuviérades por muy vueso.
Á los fronterizos moros
diz que tenéis por tan vuesos
que os adoran como á Dios;
¡grandes algos habréis d’ellos!
Cuando en mi jura os hallasteis
después del triste suceso
del rey don Sancho, mi hermano,
por Bellido traidor muerto,
todos besaron mi mano
y por rey me obedecieron;
sólo vos me contrallasteis
tomándome juramento.
En santa Gadea lo fice
sobre los cuatro evangelios,
y en el ballestón dorado,
teniendo el cuadrillo al pecho.
Matárades á Bellido
si ficiérais como bueno,
que no ha faltado quien dijo
que tuvisteis asaz tiempo:
fasta el muro lo seguisteis,
y al entrar la puerta dentro
¡bien cerca estaba quien dijo
que non osasteis de miedo!
Y nunca fueron los míos
tan astutos y mañeros
que cuidasen que don Sancho
muriese por mis consejos.
Murió, porque á Dios le plugo
en su juicio secreto,
quizá porque de mi padre
quebrantó sus mandamientos.
Por estos desaguisados,
desavenencias y tuertos,
con título de enemigo
de mis reinos vos destierro.
Yo tendré vuesos condados
fasta saber por entero,
con acuerdo de los míos,
si confiscárvolos puedo.
¡Non repliquedes palabra,
que vos juro por San Pedro
y por San Millán bendito
que vos enforcaré luégo!--
Estas palabras le dijo
el rey don Alfonso el Sexto,
inducido de traidores,
al Cid, honor de sus reinos.
[Ilustración]
LI
Téngovos de replicar
y de contrallarvos tengo,
que no han pavor los valientes
ni los non culpados miedo.
Si finca muerta la honra
á manos de los denuestos;
menos mal será enforcarme
que el mal que me habedes fecho.
Yo seré en tierra homildoso
á guisa de vueso siervo,
que teniendo los mis brazos
cuido alzarme sin los vuesos.
Cúbranse y non vos acaten
los ociosos falagüeños,
que magüer yo non lo soy
me puedo cubrir primero.
Dos vegadas hubo Cortes
desde antaño por invierno,
diz que por la pró común
ó por los vuesos provechos.
Vos en León las ficisteis,
pero yo en los campos yermos,
faciendo las mías, desfice
del contrario los pertrechos.
Lo fecho en Alcalá vedes,
non lo que fice primero;
y es mal juzgador quien juzga
sin notar todo el proceso.
Folgá que el moro de allende
respete mis fechos buenos,
que si non me los respeta
non vos guardará respeto.
¡Asaz me semejáis blando
porque de tiempo tan luengo
de apretarvos en la jura
vos duele el escocimiento!
Mentirá el que me achacare
del traidor Dolfos el tuerto,
pues sabedes lo que fué
y lo que fice en el reto;
además que sin espuelas
cabalgué entonces por yerro.
¡Vencen pesadas falsías
al noble y sencillo pecho!
Y pues gasté mis haberes
en prez del servicio vueso,
y de lo que hube ganado
vos fice señor y dueño,
non me lo confiscaredes
vos ni vuesos consejeros,
que mal podredes tollerme
la facienda que non tengo.
De hoy más seré facendoso,
pues hoy de vos me destierro,
y de hoy para mí me gano,
pues hoy para vos me pierdo.--
Estas palabras decía
el noble Cid respondiendo
á las querellas injustas
del rey don Alfonso el Sexto.
[Ilustración]
LII
Escuchó el rey don Alfonso
las palabras halagüeñas
del Cid en su despedida
cuando se partió á la guerra,
y dijo á sus infanzones:
--Hoy deja nuestras banderas
el home más animoso
que sangre de moros riega:
y aunque parezca osadía
el fablar con tantas veras,
non fueron atrevimientos,
supuesto que lo asemejan.
Los amoríos del alma
en el pecho do se encierran
lealtad y amor, con su rey
tienen para hablar licencia.
Alongado va al destierro,
y veo que en su presencia
es sólo un home el que parte
y mil voluntades lleva;
y cuido que un buen guerrero,
cuando de su rey se ausenta,
reprochado de su corte,
se ha de tener á la ajena;
que de un edificio grande,
si se le rompe una piedra,
por sólo su desencaje
se suele venir á tierra.
No hay folgarse entre los reyes,
que nunca los reyes fuelgan,
cuidando el pro de sus reinos
y haciendo en los lueñes guerra.
Si fidalgos con la espada
por su rey en lides entran,
el rey con espada y alma
anda, padece y pelea.
¡Gran lidiador es el Cid!
¡fuerte y noble en gran manera!
Pero si no es homildoso
de Dios y del rey, ¿qué espera?
Conviene que el Cid se alongue,
y dirán en lueñes tierras
que Alfonso face justicia
y en castigo á nadie excepta.
[Ilustración]
[Ilustración]
LIII
Don Rodrigo de Vivar
está con doña Jimena
de su destierro tratando,
que sin culpa le destierran.
El rey Alfonso lo manda,
sus envidiosos se huelgan,
llórale toda Castilla,
porque huérfana la deja.
Gran parte de sus haberes
ha gastado el Cid en guerra;
no halla para el camino
dinero sobre su hacienda.
Á dos judíos convida,
y sentados á la mesa
con amigables caricias
mil florines les pidiera.
Díceles que por seguro
dos cofres de plata tengan,
y que si dentro de un año
no les paga, que la vendan,
y cobren la logrería
como concertado queda.
Dióles dos cofres cerrados,
entrambos llenos de arena,
y confiados del Cid
dos mil florines le prestan.
--¡Oh necesidad infame,
á cuántos honrados fuerzas
á que por salir de ti
hagan mil cosas mal hechas!
¡Rey Alfonso, señor mío,
á traidores das orejas,
y á los fidalgos leales
palacios y orejas cierras!
Mañana saldré de Burgos
á ganar en las fronteras
algún pequeño castillo
adonde mis gentes quepan;
mas según son de orgullosos
los que llevo en mi defensa,
las cuatro partes del mundo
tendrán por morada estrecha.
Estarán mis estandartes
tremolando en las almenas;
caballeros agraviados
hallarán guarida en ellas;
y por conservar el nombre
de tus reinos, que es mi tierra,
los lugares que ganare
serán Castilla la Nueva.
[Ilustración]
[Ilustración]
LIV
Ese buen Cid Campeador,
que Dios en salud mantenga,
faciendo está una vigilia
en San Pedro de Cardeña;
que el caballero cristiano
con las armas de la Iglesia
debe de guarnir su pecho
si quiere ganar las guerras.
Doña Elvira y doña Sol,
las dos sus fijas tan bellas,
acompañan á su madre
ofreciendo rica ofrenda.
Cantada que fué la misa,
el abad y monjes llegan
á bendecir el pendón,
aquel de la Cruz bermeja.
Soltó el manto de los hombros,
y en cuerpo, con armas nuevas,
del pendón prendió los cabos
y d’esta suerte dijera:
--Pendón bendecido y santo,
un castellano te lleva,
por su rey mal desterrado,
bien plañido por su tierra.
Á mentiras de traidores
inclinando sus orejas,
dió su prez y mis fazañas:
¡desdichado dél y d’ellas!
¡Cuando los reyes se pagan
de falsías halagüeñas,
mal parados van los suyos,
luengo mal les viene cerca!
Rey Alfonso, rey Alfonso,
esos cantos de sirena
te adormecen por matarte:
¡ay de ti si no recuerdas!
Tú Castilla me vedaste
por haber folgado en ella,
que soy espanto de ingratos,
y conmigo non cupieran.
¡Plegue á Dios que no se caigan,
sin mi brazo, tus almenas!
Tú que sientes, me baldonas;
sin sentir, me lloran ellas.
Con todo, por mi lealtad
te prometo las tenencias
que en las fronteras ganaren
mis lanzas y mis ballestas;
que venganza de vasallo
contra el rey, traición semeja,
y el sufrir los tuertos suyos
es señal de sangre buena.--
Esta jura dijo el Cid,
y luégo á doña Jimena
y á sus dos fijas abraza;
mudas y en llanto las deja.
[Ilustración]
LV
Ya que acabó la vigilia
aquel noble Cid honrado,
y dejó á doña Jimena
y á sus dos fijas llorando;
á la vista de San Pedro
en un espacioso llano
dijo, con grande denuedo,
á los que le están mirando:
--Quinientos fidalgos sois
los que me heis acompañado,
á quien no diré lo mucho
que os obliga el ser fidalgos;
pero, pues que me destierra
el Rey por injustos casos,
faced cuenta, mis amigos,
que todos vais desterrados,
y que han de guardar mi honra
vueso valor y mi brazo,
que aunque él ha sido injusto,
no lo han de ser sus vasallos,
antes derramar la sangre
por vencer á los contrarios.--
Todos responden:--Buen Cid,
vueso hablar es excusado,
pues basta que nos mandéis
para quedar obligados.--
Por tierras de moros entran,
muchas batallas ganando,
rindiendo muchos castillos,
y reyes atributando.
Tanto pudo el gran valor
de aquel noble Cid honrado,
que en poco tiempo conquista
hasta Valencia llegando
donde alcanzó gran tesoro;
y un gran presente ha enviado
al ingrato rey Alfonso
de cien hermosos caballos,
todos con ricos jaeces
de diferentes bordados,
y cien moros, que los llevan
de las riendas, sus esclavos,
y cien llaves de las villas
y castillos que ha ganado,
y también al rey envía
cuatro reyes sus vasallos:
aqueste presente lleva
Ordoño, su gran privado.
[Ilustración]
[Ilustración]
LVI
Ese buen Cid Campeador
de Zaragoza partía,
sus gentes lleva consigo,
y la su seña tendida
para correr á Monzón,
á Huesca también corría;
á Onda con Almenar
estragado los había.
El rey Pedro de Aragón
muy gran pesar recibía
cuando supo que el buen Cid
tan cerca de sí yacía.
Apellidara sus gentes,
muchas son en demasía;
llegado han á Piedra Alta,
sus tiendas fincar facía:
á ojos está del Cid,
mas para él no venía.
El Cid salió de Monzón
con doce en su compañía,
á holgarse por el campo,
armados de buena guisa.
Los de ese rey de Aragón
le tuvieron puesta espía;
caballeros eran ciento
y cincuenta, que á él salían.
El Cid lidiara con todos,
como bueno los vencía:
siete son los caballeros
y caballos que prendía,
los otros huyen del campo,
que aguardarle no querían,
los presos piden merced,
que los suelte le pedían:
el Cid, como es muy honrado,
lo que piden concedía.
[Ilustración]
[Ilustración]
LVII
Adofir de Mudafar
á Rueda en guarda tenía
por el buen rey don Alfonso,
que conquerido la había.
Almofalas, ese moro,
con sobrada maestría
metióse dentro el castillo,
con él alzado se había:
Adofir, cuando lo supo,
al rey su mensaje envía,
pidiéndole su socorro
para recobrar la villa.
El rey envió á Ramiro
y á ese conde don García,
con muchas gentes armadas,
que van en su compañía.
El moro, cuando lo supo,
dijo el castillo daría
á ese buen rey don Alfonso,
y que á otro no quería.
Convidóle á comer
por hacelle alevosía
allá dentro del castillo;
el rey temido se había.
El infante don Ramiro
con el Conde en compañía
entraron para comer,
que ir el rey no quería;
mas luégo que entraron dentro
á entrambos quitan la vida,
con otros que van con ellos,
y al rey mucho le dolía.
Túvose por deshonrado,
y al Cid sus cartas envía,
que estaba cerca de allí
desterrado de Castilla.
Rodrigo, que vió el mensaje,
para el rey luégo venía:
caballeros fijosdalgo
acompañado lo habían.
Cuando lo vido el buen rey,
su perdón le concedía.
Contóle lo acontecido,
que le vengue le pedía,
y que con él se viniese
á su reino y señoría.
El Cid le besó las manos
por el perdón que le hacía;
mas no lo quiso aceptar
si el Rey no le prometía
de dar á los fijosdalgo
un plazo de treinta días
para salir de la tierra,
si algún crimen cometían,
y que fasta ser oídos
jamás los desterraría,
nin quebrantaría los fueros
que sus vasallos tenían,
nin menos que los pechase
más de lo que convenía,
y que si lo tal ficiese,
contra él alzarse podían.
Todo lo promete el rey,
que en nada contradecía,
y á Castilla caminando,
Rodrigo el cerco ponía.
Al moro que tal mal fizo
por gran fambre lo prendía,
y á todos los más traidores
al rey luégo los envía.
El rey los ha recibido,
d’ellos fizo gran justicia,
y mucho agradece al Cid
el presente que le hacía.
[Ilustración]
LVIII
Ceñid los membrudos brazos
al cuello que bien os quiere,
por ser asaz de tal dueño,
que el mundo otro par no tiene.
Non rehuyáis de abrazarme,
que brazos de home tan fuerte
desentollescen mis tierras,
y las de moros tollescen.
Facedlo, que bien podéis,
é cuidá non me manchedes,
que aún finca en las vuesas armas
la sangre mora reciente.
No atendáis tuertos que os fice,
pues tan buen precio merecen,
que non quise en mi servicio
homes á quien sirven reyes.
Si vos desterré, Rodrigo,
fué porque á moros que crecen
desterréis sus fechorías,
y las vuesas alto vuelen.
Non vos eché de mi reino
por falsos que vos mal quieren,
sí porque en tierras ajenas
por vos mi poder se muestre.
De Álvar Fáñez, vueso primo,
recebí vueso presente,
no en feudo vueso, Rodrigo,
sinon como de parientes.
Las banderas que ganasteis
á sarracenos de allende,
por vuesa mandadería
en San Pedro las veredes.
La vuesa Jimena Gómez,
que tanto vos quiso siempre,
porque la desmaridé
mil pleitos contra mí tiene.
Non escuchéis sus querellas
cuando á mí las enderece,
que á las fembras más astutas
cualquier enojo las vence.
Acudid en su presencia,
que cuido que vos atiende
más ganosa de vos ver
que vos venides de verme;
que si malos consejeros
facen oficios que suelen,
en cambio de saludarme
atenderédes mi muerte.
Non la atendáis, home bueno,
ansí os valga San Llorente,
y riñas de por San Juan
sean paz que dure siempre.
Prended al cuello los brazos,
que vuesos brazos bien pueden
prender en paz vueso rey,
pues en guerra cinco prenden.--
El rey don Alfonso el Sexto
le dice esto al Cid valiente,
que de lidiar con los moros
victorioso á su rey vuelve.
[Ilustración]
[Ilustración]
LIX
Fablando estaba en celada
el Cid con la su Jimena
poco antes que se fuése
á las lides de Valencia:
--Bien sabéis, dice, señora,
cómo las nuesas querencias
en fe de su voluntad
muy mal admiten ausencia;
pero piérdese el derecho
adonde interviene fuerza,
que el servir al rey lo es
quien noble sangre semeja.
Faced en la mi mudanza
como tan sesuda fembra,
y en vos no se vea ninguna,
pues venís de honrada cepa.
Ocupad las cortas horas
en catar vuesas faciendas;
un punto no estéis ociosa,
pues es lo mismo que muerta.
Guardad vuestros ricos paños
para cuando yo dé vuelta,
que la fembra sin marido
debe andar con gran llaneza.
Mirad por las vuesas fijas,
celadlas; pero no entiendan
que algún vicio presumís,
porque faréis que lo entiendan.
No las apartéis un punto
de junto á vuesa cabeza,
que las fijas sin su madre
muy cerca están de perderla.
Sed grave con los criados,
agradable con las dueñas,
con los extraños sagaz,
y con los propios severa.
Non enseñéis las mis cartas
á la más cercana dueña,
porque no sepa el más sabio
cómo paso yo las vuesas:
mostradlas á vuesas fijas,
si non tuvierdes prudencia
para encubrir vuestro gozo,
que suele ser propio en fembras.
Si vos consejaren bien
faced lo que vos consejan,
y si mal vos consejaren,
faced lo que más convenga.
Veinte y dos maravedís
para cada día os quedan,
tratadvos como quien sois,
non enduréis la despensa.
Si dineros vos faltaren
faced como no se entienda,
enviádmelos á pedir,
non empeñéis vuestras prendas.
Buscad sobre mi palabra,
que bien fallaréis sobre ella
quien á vuestra cuita corra,
pues yo acudo á las ajenas.
Con tanto, señora, adios,
que el ruido de armas resuena.--
Y tras un estrecho abrazo,
ligero subió en Babieca.
[Ilustración]
[Ilustración]
LX
Apretada está Valencia,
puédese mal defensar,
porque los almoravides
no la quieren ayudar.
Viendo aquesto un moro viejo
que solía adivinar,
subiérase á un alta torre
para bien la contemplar.
Cuánto más la mira hermosa,
más le crece su pesar.
Sospirando con gran pena,
aquesto fué á razonar:
--¡Oh Valencia! ¡Oh Valencia,
digna de siempre reinar!
Si Dios de ti no se duele,
tu honra se va apocar,
y con ella las holganzas
que nos suelen deleitar:
las cuatro piedras caudales
do fuíste el muro á sentar,
para llorar, si pudiesen,
se querrían ayuntar.
Tus muros tan preminentes,
que fuertes sobre ella están,
de mucho ser combatidos
todos los veo temblar;
las torres que las tus gentes
de lejos suelen mirar,
que su alteza ilustre y clara
los solía consolar,
poco á poco se derriban
sin podellas reparar;
y las tus blancas almenas,
que lucen como el cristal,
su lealtad han perdido
y todo su bel mirar;
tu río tan caudaloso,
tu río Guadalaviar,
con las otras aguas tuyas
de madre salido ha;
tus arroyos cristalinos
turbios ya siempre vendrán,
tus fuentes y manantiales
todos secados se han;
tus verdes huertas viciosas
á ninguno gozo dan,
que la raíz de sus hierbas
bestias roído las han;
tus prados de cien mil flores
olores de sí no dan,
mustios andan y marchitos,
sin color ni olor están;
aquel honrado provecho
de tu playa y de tu mar,
en deshonra y daño torna,
¡mal te puede aprovechar!
Los montes, campos y tierras
que tu solías mandar,
el humo de los sus fuegos
tus ojos cegado han.
Es tan grave tu dolencia
y tanta tu enfermedad,
que los hombres desesperan
de salud poderte dar.
¡Oh Valencia! ¡Oh Valencia!
Dios te quiera remediar,
que muchas veces predije
lo que agora veo llorar.
[Ilustración]
[Ilustración]
LXI
Cercada tiene á Valencia
ese buen Cid castellano,
con los moros que están dentro
cada día peleando:
muchos ha muerto y prendido
y á otros ha cautivado.
Al real del buen Rodrigo
un caballero ha llegado:
Martín Peláez ha por nombre,
Martín Peláez, asturiano:
muy crecido es en el cuerpo,
en los miembros arreciado.
Aqueste es de buen donaire,
pero muy acobardado:
halo mostrado en las lides
y batallas do se ha hallado.
Mucho le pesó al buen Cid
cuando lo vido á su lado;
no es para vivir con él
hombre tan afeminado.
Un día entrara el buen Cid,
y con él los sus vasallos,
en batalla, con los moros
pelean como esforzados.
Allá va Martín Peláez
bien armado y á caballo:
antes de dar el torneo
al real había tornado;
fuése para su posada
cubierto y disimulado.
En ella anduvo escondido
hasta que el Cid ha tornado;
dejó muertos muchos moros,
á ellos ganara el campo.
El Cid se sentó á comer,
como tiene acostumbrado,
solo en su cabo á una mesa,
y en el su escaño asentado,
y en otra sus caballeros,
los que tiene por preciados:
con aquestos nadie come
sino los más afamados.
Así lo ordenó el buen Cid
por facerlos esforzados,
y que cada uno procure
facer fechos estimados
para comer á la mesa
de Álvar Fáñez y su hermano.
Bien cuidó Martín Peláez,
que non vió el Cid lo pasado,
y así las manos se lava,
á la mesa se ha sentado
donde está don Álvar Fáñez
con la compaña de honrados.
El Cid se fué para él,
y del brazo le ha trabado,
diciendo:--Non sois vos tal
para en tal mesa sentarvos
con esos parientes míos,
á quien vos podáis llegarvos;
más valen que yo ni vos,
que son buenos y aprobados;
sentadvos á la mi mesa,
comed conmigo á mi plato.--
Con mengua de entendimiento
no creyó que es baldonado,
asentóse con el Cid
á su mesa y á su lado,
y el Cid con grande cordura
esta reprensión le ha dado.
[Ilustración]
LXII
Por la mano prende el Cid,
no con rigor ni con saña,
al joven Martín Peláez
que fuyó de la batalla,
y por mejor reprendelle
de su cobardía mala,
se sienta á su mesa y dice
con amorosas palabras:
--Yantemos en uno juntos,
que non he sabor ni gana
que yantedes con los grandes
que han ganado con su espada;
yantad en esa escodilla,
que el uno al otro se llama,
yo por no ser bueno os quiero
á mi lado y á mi estancia:
los que allí con Álvar Fáñez
con él se asientan y yantan,
ganaron con sus proezas
la mesa y perpetua fama.
Con la sangre de enemigos
es bien lavar nuestras manchas
que en el honor han caído
rindiendo la vida y almas.
Vergoñosa vida atiende
aquel que valor le falta,
magüer que haya su facienda
de los mejores de España.
Miémbresevos de los fechos
pasados que ha fecho en armas
mi amigo Pedro Bermúdez,
y cuán bien su espada talla.
Aguisémonos de guisa
que ninguno tuerto faga,
ni los moros valencianos
puedan afrentar sus lanzas.
Facer lo que home es tenudo
de toda culpa descarga,
porque allí no hay fallimiento
de lo que la honra encarga.
Esto dicho, el Cid callóse,
y la comida acabada,
mandó tocar las trompetas,
y que se pongan en armas,
y los moros valencianos
con las gentes asturianas
traban una escaramuza
encendiendo nueva saña.
Corrido Martín Peláez
de las pasadas palabras,
hizo cosas aquel día
que al Cid admiran y espantan;
tanto, que aquel vencimiento
á Martín Peláez se daba.
Los moros su nombre temen,
con que ganó lauro y palma.
[Ilustración]
[Ilustración]
LXIII