cabalgan dos zamoranos;
las divisas llevan verdes,
los caballos alazanos,
ricas espadas ceñidas,
sus cuerpos muy bien armados,
adargas ante sus pechos,
gruesas lanzas en sus manos,
espuelas llevan jinetas
y los frenos plateados.
Como son tan bien dispuestos,
parecen muy bien armados,
y por un repecho arriba
salen más recios que galgos,
y súbenlos á mirar
del real del rey don Sancho.
Desque á otra parte fueron
dieron vuelta á los caballos
y al cabo de una gran pieza
soberbios ansí han fablado:
--¿Tendredes dos para dos
caballeros castellanos
que puedan armas facer
con otros dos zamoranos
para daros á entender
no face el Rey como hidalgo
en quitar á doña Urraca
lo que su padre le ha dado?
Non queremos ser tenidos,
ni queremos ser honrados,
ni rey de nos faga cuenta,
ni conde nos ponga al lado,
si á los primeros encuentros
no los hemos derribado,
y siquiera salgan tres,
y siquiera salgan cuatro,
y siquiera salgan cinco,
salga siquiera el diablo,
con tal que no salga el Cid
ni ese noble rey don Sancho,
que lo habemos por señor,
y el Cid nos ha por hermanos:
de los otros caballeros
salgan los más esforzados.
Oídolo habían dos condes,
los cuales eran cuñados.
--Atended, los caballeros,
mientras estamos armados.--
Piden apriesa las armas,
suben en buenos caballos,
caminan para las tiendas
donde yace el rey don Sancho;
piden que los dé licencia
que ellos puedan hacer campo
contra aquellos caballeros
que con soberbia han hablado.
Allí fablara el buen Cid,
que es de los buenos dechado:
--Los dos contrarios guerreros
non los tengo yo por malos,
porque en muchas lides de armas
su valor habían mostrado,
que en el cerco de Zamora
tuvieran con siete campo:
el mozo mató á los dos,
el viejo mató á los cuatro;
por uno que se les fuera
las barbas se van pelando.--
Enojados van los condes
de lo que el Cid ha fablado;
el Rey cuando ir los viera
que vuelvan está mandando;
otorgó cuánto pedían,
más por fuerza que de grado.
Mientras los condes se arman
el padre al fijo está hablando:
--Volved, fijo, hacia Zamora,
á Zamora y sus andamios,
mirad dueñas y doncellas
cómo nos están mirando.
Fijo, no miran á mí,
porque ya soy viejo y cano;
mas miran á vos, mi fijo,
que sois mozo y esforzado.
Si vos facéis como bueno,
seréis d’ellas muy honrado;
si lo facéis de cobarde,
abatido y ultrajado.
Afirmaos en los estribos,
terciad la lanza en las manos,
esa adarga ante los pechos,
y apercibid el caballo,
que al que primero acomete
tienen por más esforzado.--
Apenas esto hubo dicho,
ya los condes han llegado;
el uno viene de negro,
y el otro de colorado;
vanse unos para otros,
fuertes encuentros se han dado;
mas el que al mozo le cupo
derribólo del caballo,
y el viejo al otro de encuentro
pasóle de claro en claro.
El Conde, de que esto viera,
huyendo sale del campo,
y los dos van á Zamora
con vitoria muy honrados.
[Ilustración]
XXXIV
Junto al muro de Zamora
vide un caballero erguido,
armado de todas piezas,
sobre un caballo morcillo,
á grandes voces diciendo:
--Vélese bien el castillo,
que al que hallaré velando
ayudaré con mi grito,
y al que hallaré durmiendo
echarle he de arriba vivo;
pues por la honra de Zamora
yo soy llamado y venido.
Si hubiera algún caballero
venga á hacer armas conmigo
con tal que no sea el Cid
ni Bermudo su sobrino.--
Las palabras que decía
el buen Cid las ha oído:
--¿Quién es aquel caballero
que hace el tal desafío?
--Ortuño me llamo, Cid,
Ortuño es mi apellido.
--Acordársete debría,
de la pasada del río,
cuando yo vencí á los moros
y Babieca iba conmigo;
en aquestos tiempos tales
no eras tan atrevido.--
Ortuño de que esto oyera
de esta suerte ha respondido:
--Entonces era novel,
ahora soy más crecido
y usando, buen Cid, las armas
me he hecho tan atrevido.
Mas no desafío á ti
ni á Bermudo tu sobrino,
porque os tengo por señores
y me tenéis por amigo;
mas si hay otro caballero
salga hacer armas conmigo,
que aquí en el campo le espero
con mis armas y rocino.
[Ilustración]
XXXV
Guarte, guarte, rey don Sancho,
no digas que no te aviso
que de dentro de Zamora
un alevoso ha salido;
llámase Bellido Dolfos
hijo de Dolfos Bellido,
cuatro traiciones ha fecho
y con esta serán cinco.
Si gran traidor fué el padre,
mayor traidor es el fijo;
gritos dan en el real
que á don Sancho han mal herido;
muerto le ha Bellido Dolfos,
gran traición ha cometido;
desque le tuviera muerto
metióse por un postigo,
por las calles de Zamora
va dando voces y gritos:
--Tiempo era, doña Urraca,
de cumplir lo prometido.
[Ilustración]
XXXVI
De Zamora sale Dolfos
corriendo y apresurado;
huyendo va de los hijos
del buen viejo Arias Gonzalo,
y en la tienda del buen Rey
en ella se había amparado:
--Manténgate Dios, el Rey.
--Bellido, seas bien llegado.
--Señor, tu vasallo soy,
tu vasallo y de tu bando,
y yo por aconsejarle
á aquel viejo Arias Gonzalo
que te entregase á Zamora,
pues se te había quitado,
hame querido matar
y dél me soy escapado.
Así me vengo, señor,
por ser en el tu mandado,
con deseo de servirte
como cualquier fijodalgo.
Yo te entregaré á Zamora,
aunque pese á Arias Gonzalo,
que por un falso postigo
en ella serás entrado.--
El buen Arias, el leal,
al Rey había avisado
desde el muro del adarve
estas palabras hablando:
--Á ti lo digo, buen Rey,
y á todos los castellanos,
que allá ha salido Bellido,
Bellido un traidor malvado,
que si traición te ficiere
á nos non será imputado.--
Oídolo había Bellido,
que al Rey tiene por la mano:
--Non lo creades, señor,
lo que contra mí ha fablado,
que don Arias lo publica
porque el lugar no sea entrado,
porque él sabe que yo sé
por dónde será tomado.--
Allí le fablara el Rey
de Bellido confiado:
--Yo lo creo bien, Bellido,
el Dolfos, mi buen criado;
por tanto, vámonos luégo
á ver el postigo falso.
--Vámonos luégo, señor,
id solo, no acompañado.--
Apartados del real,
el buen Rey se había apartado
con voluntad de facer
lo que á nadie es excusado:
el venablo que llevaba
á Bellido se lo ha dado,
el cual desque así lo vido
de espaldas y descuidado,
levantóse en los estribos,
con fuerza se lo ha tirado;
diérale por las espaldas
y á los pechos ha pasado.
Allí cayó luégo el Rey
muy mortalmente llagado;
vióle caer don Rodrigo
que de Vivar es llamado,
y como le vió ferido,
cabalgara en su caballo.
Con la priesa que tenía
espuelas no se ha calzado.
Huyendo iba el traidor
tras él iba el castellano,
si apriesa había salido,
á mayor se había entrado;
Rodrigo ya le alcanzaba,
mas viendo á Dolfos en salvo,
mil maldiciones se echaba
el nieto de Laín Calvo:
--Maldito sea el caballero
que como yo ha cabalgado,
que si yo espuelas trujera,
no se me fuera el malvado.--
Todos van á ver al Rey
que mortal estaba echado.
Todos le dicen lisonjas,
nadie verdad ha fablado,
sino fué el conde de Cabra,
un buen caballero anciano:
--Sois mi rey y mi señor,
y yo soy vueso vasallo;
cumple que miréis por vos,
que es verdad lo que vos fablo,
que del ánima curedes,
del cuerpo non fagáis caso;
á Dios vos encomendad
pues fué este día aciago.
--Buena ventura hayáis, conde,
que así me heis aconsejado.--
En diciendo estas palabras
el alma á Dios había dado.
De esta suerte murió el Rey
por haberse confiado.
[Ilustración]
[Ilustración: Muerte del rey D. Sancho]
[Ilustración]
XXXVII
Muerto yace el rey don Sancho,
Bellido muerto le había;
pasado está de un venablo
y gran lástima ponía.
Llorando estaba sobre él
toda la flor de Castilla;
don Rodrigo de Vivar
es el que más lo sentía;
con lágrimas de sus ojos
d’esta manera decía:
--¡Rey don Sancho, señor mío,
muy aciago fué aquel día
que tú cercaste á Zamora
contra la voluntad mía!
Quien te lo aconsejó, Rey,
á Dios ni al mundo temía,
pues te fizo quebrantar
la ley de caballería.--
Y viendo el hecho en tal punto,
á grandes voces decía:
--Que se nombre un caballero,
antes que se pase el día,
para retar á Zamora
por tan grande alevosía.--
Todos dicen que es muy bien;
mas nadie al campo salía.
Témense de Arias Gonzalo
y cuatro hijos que tenía,
mancebos de gran valor,
de gran esfuerzo y estima.
Mirando estaban al Cid,
por ver si lo aceptaría,
y el de Vivar, que lo entiende,
d’esta manera decía:
--Caballeros fijosdalgo,
ya sabéis que non podía
armarme contra Zamora,
que jurado lo tenía;
mas yo daré un caballero
que combata por Castilla,
tal, que estando él en el campo
no sintáis la falta mía.--
Levantóse Diego Ordóñez,
que á los piés del Rey yacía;
la flor es de los de Lara
y lo mejor de Castilla,
con voz enojosa y ronca
d’esta manera decía:
--Pues el Cid había jurado
lo que jurar no debía,
no es menester que señale
quien la batalla prosiga:
caballeros hay en ella
de tanto esfuerzo y valía
como el Cid, aunque es muy bueno,
y yo por tal lo tenía;
mas si queréis, caballeros,
yo lidiaré la conquista,
aventurando mi cuerpo,
poniendo á riesgo mi vida,
pues que la del buen vasallo
es por su Rey ofrecida.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXXVIII
Después que Bellido Dolfos,
ese traidor afamado,
derribó con cruda muerte
al valiente rey don Sancho,
juntáronse en una tienda
los mayores de su campo;
y juntóse todo el real
como estaba alborotado.
Don Diego Ordóñez de Lara
grandes voces está dando,
y con coraje encendido
muy presto se había armado.
Para retar á Zamora,
junto al muro se ha llegado,
y lanzando fuego vivo
d’esta suerte ha razonado:
--Fementidos y traidores
sois todos los zamoranos,
porque dentro d’esa villa
acogistes al malvado
de Bellido, ese traidor,
el que mató al rey don Sancho,
mi buen señor y buen rey,
de quien soy muy lastimado:
que los que acogen traidores
traidores sean llamados;
y por tales yo vos reto,
y á vuesos antepasados,
y á los que traidores son
los pongo en el mismo grado,
y á los panes y á las aguas
de que sois alimentados,
y esto os faré conocer,
ansí como estoy armado,
y lidiaré con aquellos
que no quieren confesallo,
ó con cinco uno á uno,
como en España es usado
que lidie el que á concejo
como yo había retado.--
Arias Gonzalo, ese viejo,
ansí le había fablado,
después que hubo entendido
lo que Ordoño ha razonado:
--Non debiera yo nacer
si es como tú has contado;
mas yo acepto el desafío
que por ti es demandado,
y te daré á conocer
no ser lo que has publicado.--
Y á todos los de Zamora
d’esta manera ha fablado:
--Varones de grande estima,
los pequeños y de estado,
si hay alguno entre vosotros
que en aquesto se haya hallado,
dígalo muy prontamente;
de decillo no haya empacho.
Más quiero irme d’esta tierra
en África desterrado,
que no en campo ser vencido
por alevoso y malvado.--
Todos dicen á una voz,
sin alguno estar callado:
--Mal fuego nos mate, Conde,
si en tal muerte hemos estado;
no hay en Zamora ninguno,
que tal hubiese mandado.
El traidor Bellido Dolfos
por sí solo lo ha acordado:
muy bien podéis ir seguro;
id con Dios, Arias Gonzalo.
[Ilustración]
XXXIX
Ya cabalga Diego Ordóñez,
del real se había salido
de dobles piezas armado
en un caballo morcillo:
va á reptar los zamoranos
por la muerte de su primo,
que mató Bellido Dolfos
hijo de Dolfos Bellido.
--Yo os repto, los zamoranos,
por traidores fementidos,
repto á todos los müertos,
y con ellos á los vivos;
repto hombres y mujeres,
los por nascer y nascidos;
repto á todos los grandes
á los grandes y á los chicos,
á las carnes y pescados
y á las aguas de los ríos.--
Allí habló Arias Gonzalo,
bien oiréis lo que hubo dicho:
--¿Qué culpa tienen los viejos?
¿Qué culpa tienen los niños?
¿Qué merescen las mujeres
y los que no son nascidos?
¿Por qué reptas á los muertos,
los ganados y los ríos?
Bien sabéis vos, Diego Ordóñez,
muy bien lo tenéis sabido,
que aquel que repta concejo
debe de lidiar con cinco
Ordóñez le respondió:
--Traidores heis todos sido.
[Ilustración]
XL
Después que retó á Zamora
don Diego Ordóñez de Lara,
vengador noble y valiente
del rey Sancho, que Dios haya,
su consejo tiene junto
en palacio doña Urraca,
por su hermano dolorida,
por su reto lastimada;
y como la vil envidia
cuanto no merece tacha,
de la virtud enemiga,
peligro de la privanza,
murmuraba maldiciente
de Arias Gonzalo que falta,
sospechando falsamente
que es por mengua su tardanza.
Á aquellos que lo calumnian,
empuñando la su espada,
denodado les responde
Nuño Cabeza de Vaca:
--Aquel civil que presuma
temor, bajeza ó fe mala
de Arias Gonzalo, mi tío,
miente, miente por la barba;
y el que negare el respeto
á sus venerables canas,
á mí que las reverencio
me ponga la tal demanda.--
Estando en esto, el buen viejo
entró grave por la sala,
arrastrando grande luto,
haciendo sus hijos plaza.
La mano á la Infanta pide,
mesura fizo á la Infanta,
saludó á los homes buenos,
y de esta suerte les fabla:
--Noble Infanta, leal concejo,
don Diego Ordóñez de Lara,
que para buen caballero
este apellido le basta,
en vez del Cid don Rodrigo,
que con vos juró alianza,
por la pro de su rey muerto
con infame reto os carga.
Á vuestro cabildo vengo
con estos cuatro en compaña,
ciudadanos, fijos míos,
de Laín Calvo sangre honrada.
Tardóme un poco en venir,
que pláticas no me agradan
cuando los negocios piden
obras, valor y venganza.--
Á una el viejo y sus fijos
los largos capuces rasgan
quedando en armas lucidas;
lloró de nuevo la Infanta,
los viejos graves se admiran,
la Infanta su sér alaba,
porque todos daban voces,
y nadie quien lidie daba.
Arias Gonzalo prosigue
diciendo:--Recibe, Urraca,
mis canas para consejo,
mis fijos para batalla;
dales tu mano, señora,
que su juventud lozana
será invencible, si fuere
de tu mano real tocada.
Honrar á la gente buena,
y esotra común pagarla,
le cumple al rey que desea
domeñar fuerzas contrarias,
y con sangre de don Diego
que se quite aquella mancha:
que á ti y á tu pueblo reta
con tan insufrible infamia;
y si esta sangre, que es buena,
y se ha de vender muy cara,
faltare, su muerte honrosa
viva mantendrá su fama.
Yo seré el quinto y primero
que volveré por la causa,
aunque mi vejez parezca
mocedad noble afrentada.
Al campo me voy, señora,
no me déis por esto gracias,
que el buen vasallo al buen rey
debe hacienda, vida y fama.
[Ilustración]
[Ilustración]
XLI
El hijo de Arias Gonzalo,
el mancebito Pedro Arias,
para responder á un reto
velando estaba unas armas.
Era su padre el padrino,
la madrina doña Urraca,
y el Obispo de Zamora
es el que la misa canta.
El altar tiene compuesto,
y el sacristán perfumaba
á San Jorge y San Román,
y á Santiago el de España.
Estaban sobre la mesa
las nuevas y frescas armas;
dando espejos á los ojos,
y esfuerzo á quien las miraba.
Salió el Obispo vestido,
dijo la misa cantada,
y el arnés pieza por pieza
bendice, y arma á Pedro Arias;
enlázale el rico yelmo,
que como el sol relumbraba,
relevado de mil flores,
cubierto de plumas blancas.
Al armarle caballero
sacó el padrino la espada;
dándole con ella un golpe
le dice aquestas palabras:
--Caballero eres, mi hijo,
hidalgo y de noble casta,
criado en buenos respetos
desde los pechos del ama;
hágate Dios tal que seas
como yo deseo que salgas,
en los trabajos sufrido,
esforzado en las batallas,
espanto de tus contrarios,
venturoso con la espada,
de tus amigos y gentes
muro, esfuerzo y esperanza;
no te agrades de traidores
ni les mires á la cara;
de quien de ti se fiare
no le engañes, que te engañas;
perdona al vencido triste
que no puede tomar lanza,
no dés lugar que tu brazo
rompa las medrosas armas;
mas en tanto que durare
en tu contrario la saña,
no dudes el golpe fiero,
ni perdones la estocada.
Á Zamora te encomiendo
contra don Diego de Lara,
que nada siente de honra
quien no defiende su casa.--
En el libro de la misa
le toma jura y palabra.--
Pedrarias dice:--Sí otorgo
por aquestas letras santas.--
El padrino le dió paz,
y el fuerte escudo le embraza,
y doña Urraca le ciñe
al lado izquierdo la espada.
[Ilustración]
XLII
Aún no es bien amanescido,
qu’el cielo estaba estrellado,
cuando se armaba en Zamora
el buen viejo Arias Gonzalo:
ármanle sus cuatro hijos,
qu’ellos ya estaban armados.
Mientras las armas le ponen
les dice el viejo esforzado:
--De cinco que sois, mis hijos,
escogí sólo los cuatro,
por ser yo el quinto y postrero,
que me hallaré en el campo.
Bien conozco, hijos míos,
que este afán me era excusado,
pues do vosotros estáis
ya yo soy privilegiado;
mas el repto de don Diego
á ninguno había excusado,
ni viejo, chico ni mozo,
ni por nacer ni finado.
Hierbas, aguas, plantas, peces,
todo lo tienen reptado,
y pues él nada reserva,
no quiero ser reservado.
Mirad, hijos, que lleváis
delante al que os ha engendrado;
mirad que dice el refrán
en Castilla muy usado:
«Por su ley y por su rey
»y su tierra, está obligado
ȇ morir cualquiera bueno.
»y mejor si es hijodalgo.»
Mirad, hijos, que lo sois
de sangre d’este mi lado,
y que el honor ó la afrenta
eso queda en vuestra mano.
[Ilustración]
XLIII
Tristes van los zamoranos
metidos en gran quebranto;
reptados son de traidores,
de alevosos son llamados;
más quieren ser todos muertos
que no traidores nombrados.
Día era de San Millán,
ese día señalado;
todos duermen en Zamora,
mas no duerme Arias Gonzalo.
Acerca de las dos horas
del lecho se ha levantado;
castigando está sus hijos
á todos cuatro está armando;
las palabras que les dice
son de mancilla y quebranto:
--Ayúdeos Dios, hijos míos,
guárdeos Dios, hijos amados,
pues sabéis cuán falsamente
habemos sido reptados.
Tomad esfuerzo, mis hijos,
si nunca le habéis tomado;
acordaos que descendéis
de la sangre de Laín Calvo,
cuya noble fama y gloria
hasta hoy no se ha olvidado,
pues que sabéis que don Diego
es caballero preciado,
pero mantiene mentira
y Dios d’ello no es pagado;
el que de verdad se ayuda
de Dios siempre es ayudado.
Uno falta para cinco,
porque no sois más de cuatro,
yo seré el quinto, y primero
que quiero salir al campo.
Morir quiero y no ver muerte
de hijos que tanto amo.
Mis hijos, Dios os bendiga
como os bendice mi mano.--
Sus armas pide el buen viejo,
sus hijos le están armando,
las grevas le están poniendo;
doña Urraca había entrado,
los brazos le echara encima,
muy fuertemente llorando.
--¿Dónde vais, mi padre viejo,
ó para qué estáis armado?
Dejad las armas pesadas,
que ya sois viejo cansado,
y sabéis que si morís,
perdido es todo mi Estado.
Acordaos que prometistes
á mi padre don Fernando
de nunca desampararme
ni dejar de vuestra mano.
--Pláceme, señora mía,
respondió Arias Gonzalo.--
Cabalgara Pedro Arias
su hijo, que era el mediano,
que aunque era mozo de días,
era en obras esforzado.
Dijo:--Cabalgad, mi hijo,
que os esperan en el campo:
vais en tal hora y tal punto
que nos saquéis de cuidado.--
Sin poner pié en el estribo
Arias Pedro ha cabalgado;
por aquel postigo viejo
galopando ha llegado
adonde estaban los jueces
que le estaban esperando.
Partido les han el sol,
dejado les han el campo.
[Ilustración]
[Ilustración]
XLIV
Ya se salen por la puerta,
por la que salía al campo,
Arias Gonzalo, y sus hijos
todos juntos á su lado.
Él quiere ser el primero,
porque en la muerte no ha estado
de don Sancho; mas la Infanta
la batalla le ha quitado,
llorando de los sus ojos
y el caballo destrenzado.
--¡Ay! ruégovos por Dios, dice,
el buen Conde Arias Gonzalo,
que dejéis esta batalla,
porque sois viejo y cansado:
dejáisme desamparada
y todo mi haber cercado.
Ya sabéis cómo mi padre
á vos dejó encomendado
que no me desamparéis,
ende más en tal estado.--
En oyendo aquesto el Conde
mostróse muy enojado:
--Dejédesme ir, mi señora,
que yo estoy desafiado
y tengo de hacer batalla
porque fuí traidor llamado.--
Con la Infanta, caballeros
juntos al Conde han rogado
que les deje la batalla,
que la tomarán de grado.
Desque el Conde vido aquesto
recibió pesar doblado;
llamara á sus cuatro hijos
y al uno d’ellos ha dado
las sus armas y su escudo,
el su estoque y su caballo.
Al primero le bendice
porque era dél muy amado;
Pedrarias había por nombre,
Pedrarias el castellano.
Por la puerta de Zamora
se sale fuera y armado;
topárase con don Diego,
su enemigo y su contrario.
--Sálveos Dios, don Diego Ordóñez,
y él os haga prosperado,
en las armas muy dichoso,
de traiciones libertado.
Ya sabéis que soy venido
para lo que está aplazado,
á libertar á Zamora
de lo que le han levantado.--
Don Diego le respondiera
con soberbia que ha tomado:
--Todos juntos sois traidores,
por tales seréis quedados.--
Vuelven los dos las espaldas
por tomar lugar del campo,
hiriéronse juntamente
en los pechos muy de grado;
saltan astas de las lanzas
con el golpe que se han dado;
no se hacen mal alguno,
porque van muy bien armados.
Don Diego dió á la cabeza
á Pedrarias desdichado;
cortárale todo el yelmo
con un pedazo del casco;
desque se vido herido
Pedrarias y lastimado,
abrazárase á las clines
y al pescuezo del caballo;
sacó esfuerzo de flaqueza,
aunque estaba mal llagado;
quiso ferir á don Diego,
mas acertó en el caballo,
que la sangre que corría
la vista le había quitado.
Cayó muerto prestamente
Pedrarias el castellano.
Don Diego que vido aquesto
toma la vara en la mano,
dijo á voces:--¡Ah Zamora!
¿Dónde estás, Arias Gonzalo?
Envía el hijo segundo,
que el primero ya es finado.--
Envió el hijo segundo,
que Diego Arias es llamado.
Tornara á salir don Diego
con armas y otro caballo,
y diérale fin á aquéste
como al primero le ha dado.
El Conde, viendo á sus hijos
que los dos le han ya faltado,
quiso enviar al tercero,
aunque con temor doblado.
Llorando de los sus ojos
dijo:--Vé, mi hijo amado,
haz como buen caballero
lo que tú eres obligado:
pues sustentas la verdad,
de Dios serás ayudado;
venga las muertes sin culpa
que han pasado tus hermanos.--
Hernán D’Arias, el tercero,
al palenque había llegado;
mucho mal quiere á don Diego,
mucho mal y mucho daño.
Alzó la mano con saña,
un gran golpe le había dado;
mal herido le ha en el hombro,
en el hombro y en el brazo.
Don Diego con el su estoque
le hiriera muy de su grado,
hiriéralo en la cabeza,
en el casco le ha tocado.
Recudó el hijo tercero
con un gran golpe al caballo,
que hizo ir á don Diego
huyendo por todo el campo.
Así quedó esta batalla
sin quedar averiguado
cuáles son los vencedores,
los de Zamora ó del campo.
Quisiera volver don Diego
á la batalla de grado;
mas no quisieron los fieles,
licencia no le han dado.
[Ilustración]
XLV
Por aquel postigo viejo,
que nunca fuera cerrado,
ví venir pendón bermejo
con trescientos de á caballo.
En medio de los trescientos
viene un monumento armado,
y dentro del monumento
viene un ataúd de palo,
y dentro del ataúd,
venía un cuerpo finado,
qu’era el de Fernando d’Arias,
el hijo de Arias Gonzalo.
Llorábanle cien doncellas,
todas ciento hijosdalgo,
todas eran sus parientas
en tercero y cuarto grado:
las unas le dicen primo,
otras le llaman hermano,
las otras decían tío,
otras le llaman cuñado,
sobre todas lo lloraba
aquesa Urraca Hernando.
¡Y cuán bien que las consuela
ese viejo Arias Gonzalo!
--¿Por qué lloráis, mis doncellas?
¿Por qué hacéis tan grande llanto?
No lloréis así, señoras,
que no es para llorallo;
que si un hijo me han muerto
aquí me quedaban cuatro;
no murió por las tabernas,
ni á las tablas jugando;
mas murió sobre Zamora
vuestra honra bien guardando;
murió como caballero,
con sus armas peleando.
[Ilustración]
PARTE TERCERA
ÉPOCA DE ALFONSO SEXTO
Destierro del Cid
[Ilustración]
XLVI
En Santa Águeda de Burgos,
do juran los hijosdalgo,
le tomaban jura á Alfonso,
por la muerte de su hermano.
Tomábasela el buen Cid,
ese buen Cid castellano,
sobre un cerrojo de fierro
y una ballesta de palo,
y con unos Evangelios
y un crucifijo en la mano.
Las palabras son tan fuertes
que al buen rey ponen espanto:
--Villanos mátente, Alfonso,
villanos que no fidalgos,
de las Asturias de Oviedo,
que no sean castellanos;
mátente con aguijadas
no con lanzas ni con dardos,
con cuchillos cachicuernos,
no con puñales dorados;
abarcas traigan calzadas,
que no zapatos con lazo;
capas traigan aguaderas,
no de contray ni frisado;
con camisones de estopa,
no de holanda, ni labrados;
cabalguen en sendas burras,
que no en mulas ni en caballos;
frenos traigan de cordel,
que no cueros fogueados;
mátente por las aradas,
que no en villas ni en poblado;
sáquente el corazón vivo,
por el siniestro costado,
si no dices la verdad,
de lo que eres preguntado,
sobre si fuíste ó no
en la muerte de tu hermano.--
Las juras eran tan fuertes
que el rey no las ha otorgado.
Allí habló un caballero,
que del rey es más privado:
--Haced la jura, buen rey,
no tengáis d’eso cuidado,
que nunca fué rey traidor,
ni papa descomulgado.--
Jurado había el buen rey
que en tal nunca fué hallado;
pero también dijo presto,
malamente y enojado:
--¡Muy mal me conjuras, Cid!
¡Cid, muy mal me has conjurado!
Porque hoy le tomas la jura
á quien has de besar mano.
Vete de mis tierras, Cid,
mal caballero probado,
y no vengas más á ellas
dente este día en un año.
--Pláceme, dijo el buen Cid,
pláceme, dijo, de grado,
por ser la primera cosa
que mandas en tu reinado;
por un año me destierras,
yo me destierro por cuatro.
Ya se partía el buen Cid
á su destierro de grado
con trescientos caballeros;
todos eran hijosdalgo,
todos son hombres mancebos,
ninguno allí no había cano,
todos llevan lanza en puño,
con el fierro acicalado
y llevan sendas adargas
con borlas de colorado,
y no le faltó al buen Cid
adonde asentar su campo.
[Ilustración]
[Ilustración: La jura en Santa Gadea]
[Ilustración]
XLVII
En las almenas de Toro,
allí estaba una doncella,
vestida de negros paños,
reluciente como estrella;
pasara el rey don Alonso,
namorado se había d’ella.
Dice:--Si es hija de rey
que se casaría con ella,
y si es hija de duque
serviría por manceba.--
Allí hablara el buen Cid,
estas palabras dijera:
--Vuestra hermana es, señor,
vuestra hermana es aquella.
--Si mi hermana es, dijo el rey,
fuego malo encienda en ella:
llámenme mis ballesteros,
tírenle sendas saetas,
y á aquel que la errare
que le corten la cabeza.--
Allí hablara el Cid,
d’esta suerte respondiera:
--Mas aquel que la tirare
pase por la misma pena.
--Ios de mis tiendas, Cid,
no quiero que estéis en ellas.
--Pláceme, respondió el Cid,
que son viejas y no nuevas;
irme he yo para las mías,
que son de brocado y seda,
que no las gané holgando
ni bebiendo en la taberna;
ganélas en las batallas
con mi lanza y mi bandera.
[Ilustración]
XLVIII