aquese buen rey Fernando;
siete años duró el cerco,
que jamás lo hubo quitado,
porque el lugar es muy fuerte,
de muros bien torreado.
No hay vianda en el real,
que todo lo habían gastado.
Ya quieren alzar el cerco,
al Rey monjes han llegado
de aquese gran monasterio
que nombrado era Lormano,
que con trabajo crecido
habían mucho trigo alzado,
mucho mijo y aun legumbres,
y al Rey todo se lo han dado,
rogándole no alce el cerco,
que darían vianda abasto.
El Rey se lo agradeció,
tomó lo que le fué dado,
partiólo por sus campañas,
viandas les han abondado;
quebrantaron muchos muros,
los moros se han amistado.
Dádose habían al Rey
la villa y todo su algo;
sólo fincan con las vidas,
que el Rey se las ha otorgado.
En tanto que dura el cerco
un romero había llegado,
que viene de allá de Grecia
al apóstol Santiago.
Astiano había por nombre,
obispo es intitulado:
faciendo estaba oración
ante el Apóstol muy santo.
Astianos oyó decir
que el apóstol Santiago
entraba en las grandes lides
armado y en un caballo
á pelear con los moros
en favor de los cristianos.
El Obispo que lo oyó
muy mucho le había pesado:
--Non le digáis, caballero,
pescador era llamado.--
Y con esta gran porfía
dormido se había quedado.
Santiago se le aparece
con llaves en la su mano,
y con muy alegre rostro
dijo:--Tú faces escarnio
por llamarme caballero,
y en ello tanto has cuidado.
Vengo yo ahora á mostrarte
porque no dudes en vano.
Caballero soy de Cristo,
ayudador de cristianos
contra el poder de los moros,
y d’ellos soy abogado.--
Estando en estas razones
traído le fué un caballo;
blanco era y muy hermoso.
Santiago le ha cabalgado
guarnido de todas armas,
limpias, blancas, relumbrando;
y á guisa de caballero
á ayudar va al rey Fernando,
que yace sobre Coímbra
había ya siete años.
--Y con estas llaves mismas,
dijo, que llevo en mis manos,
abriría yo el lugar;
mañana el día llegado
daréselo yo al Rey,
que lo ha tenido cercado.--
Y en aquesta propia hora
al Rey lo había entregado.
Nombróse Santa María
la mezquita que han hallado,
consagrándola en su nombre;
y en ella se había armado
caballero don Rodrigo
de Vivar, el afamado.
El Rey le ciñó la espada;
paz en la boca le ha dado,
no le diera pescozada
como á otros había dado,
y por hacerle más honra
la Reina le dió el caballo,
y doña Urraca la infanta
las espuelas le ha calzado.
Novecientos caballeros
don Rodrigo había armado;
mucha honra le hace el Rey,
y mucho fuera loado,
porque fuera muy valiente
en ganar lo que es contado,
y en otros muchos lugares
que á su Rey ha conquistado.
[Ilustración]
XVII
Por el val de las Estacas
el buen Cid pasado había;
á la mano izquierda deja
la villa de Constantina.
En su caballo Babieca
muy gruesa lanza traía;
va buscando al moro Abdalla,
que enojado le tenía.
Travesando un antepecho,
y por una cuesta arriba,
dábale el sol en las armas
¡oh qué bien que parecía!
Vido ir al moro Abdalla
por un llano que allí había,
armado de fuertes armas,
muy ricas tropas traía
dábale voces el Cid,
d’esta manera decía:
--Espérame, moro Abdalla,
no demuestres cobardía.--
Á las voces que el Cid daba
el moro le respondía:
--Muchos tiempos há, buen Cid,
que esperaba yo este día,
porque no hay hombre nacido
de quien yo me escondería;
porque desde mi niñez
siempre huí cobardía.--
--Alabarte, moro Abdalla,
poco te aprovecharía;
mas si tú eres lo que dices
en esfuerzo y valentía,
sé que á tiempo eres venido
que menester te sería.--
Estas palabras diciendo
contra el moro arremetía;
encontróle con la lanza,
en el suelo le derriba;
cortárale la cabeza,
sin le hacer descortesía.
[Ilustración]
XVIII
En Zamora está Rodrigo,
en corte del rey Fernando,
padre del rey sin ventura
á quien llamaron don Sancho,
cuando llegan mensajeros
de los Reyes tributarios
á Rodrigo de Vivar,
al cual dicen humillados:
--Buen Cid, á ti nos envían
cinco reyes tus vasallos
á te pagar el tributo
que quedaron obligados;
y por señal de amistad
te envían más cien caballos,
veinte blancos como armiños
y veinte rucios rodados;
treinta te envían morcillos
y otros tantos alazanos,
con todos sus guarnimientos
de diferentes brocados,
y á más á doña Jimena
muchas joyas y tocados,
y á vuestras dos fijas bellas
dos jacintos muy preciados;
dos cofres de muchas sedas
para vestir tus fidalgos.--
El Cid les dijera:--Amigos,
el mensaje habéis errado,
porque yo no soy señor
adonde está el rey Fernando:
todo es suyo, nada es mío,
yo soy su menor vasallo.--
El Rey agradeció mucho
la humildad del Cid honrado,
y dijo á los mensajeros:
--Decidles á vuestros amos
que aunque no es rey su señor,
con un rey está sentado,
y que cuanto yo poseo
el Cid me lo ha conquistado;
y que yo estoy muy contento
en tener tan buen vasallo.
El Cid despidió á los moros
con dones que les ha dado,
siendo dende allí adelante
el Cid, Ruíz Díaz llamado,
apellido, entre los moros,
de hombre de valor y estado.
[Ilustración]
[Ilustración]
XIX
Á concilio dentro en Roma
el Padre Santo ha llamado.
Por obedecer al Papa
este noble rey Fernando
para Roma fué derecho,
con el Cid acompañado.
Por sus jornadas contadas
en Roma se han apeado:
el Rey con gran cortesía
al Papa besó la mano,
y el Cid y sus caballeros,
cada cual de grado en grado.
En la iglesia de San Pedro
don Rodrigo había entrado,
do vido las siete sillas
de siete reyes cristianos,
y vió la del Rey de Francia
junto á la del Padre santo,
y á la del Rey su señor
un estado más abajo.
Fuése á la del Rey de Francia,
con el pié la ha derribado;
la silla era de marfil,
hecho la ha cuatro pedazos,
y tomó la de su Rey
y subióla en lo más alto.
Habló allí un honrado duque,
que dicen el Saboyano:
--Maldito seas, Rodrigo,
del Papa descomulgado,
porque deshonraste un Rey,
el mejor y más preciado.
Oyendo el Cid sus razones
d’esta manera ha fablado:
--Dejemos los reyes, Duque;
y si os sentís agraviado
hayámoslo entre los dos;
de mí á vos sea demandado.--
Allegóse cabe el Duque,
un gran rempujón le ha dado;
el Duque sin responder
se quedó muy mesurado.
El Papa cuando lo supo
al Cid ha descomulgado;
sabiéndolo el de Vivar
ante el Papa se ha postrado.
--Absolvedme, dijo, Papa;
sino, seráos mal contado.--[1]
[1] Los antiguos editores no tuvieron reparo en imprimir esta
irreverente al par que contradictoria demanda, que hubieron de
mirar como una niñada sin trascendencia del mozo Rodrigo. Por lo
demás, ya se ha visto que no sólo estas palabras sino el hecho en
sí mismo son de todo punto fabulosos. (Véase Prólogo, pág. 6.)
[Ilustración]
[Ilustración]
XX
En los solares de Burgos,
á su Rodrigo aguardando,
tan en cinta está Jimena
que muy cedo aguarda el parto,
cuando además dolorida
una mañana en di-santo
bañada en lágrimas tiernas
tomó la pluma en la mano,
y después de haberle escrito
mil quejas á su velado,
bastantes á domeñar
unas entrañas de mármol,
de nuevo tomó la pluma
y de nuevo tornó al llanto,
y d’esta guisa le escribe
al noble rey don Fernando:
«Á vos, mi señor el Rey,
»el bueno, el aventurado,
»el magno, el conqueridor,
»el agradecido, el sabio,
»la vuesa sierva Jimena,
»fija del conde Lozano,
ȇ quien vos marido disteis,
»bien así como burlando,
»desde Burgos os saluda,
»donde vive lacerando.
»Las vuesas andanzas buenas
»llévevoslas Dios al cabo.
»Perdonadme, mi señor,
»si no os fablo muy en salvo;
»que si mal talante os tengo
»non puedo disimulallo.
»¿Qué ley de Dios vos enseña
»que podáis por tiempo tanto,
»cuando afincáis en las lides,
»descasar á los casados?
»¿Qué buena razón consiente
»que á un garzón bien domeñado,
»falagüeño y homildoso
»le mostréis á ser león bravo?
»¿Y que de noche y de día
»le traigáis atraillado
»sin soltalle para mí
»sino una vez en el año?
»Y esa que me le soltáis,
»fasta los piés del caballo
»tan teñido en sangre viene
»que pone pavor mirallo;
»y cuando mis brazos toca
»luégo se duerme en mis brazos.
»En sueños gime y forceja,
»que cuida que está lidiando.
»Apenas el alba rompe
»cuando lo están acuciando
»los esculcas y adalides
»para que se vuelva al campo.
»Llorando vos lo pedí,
»y en mi soledad cuidando
»de cobrar padre y marido,
»ni uno tengo ni otro alcanzo;
»que como otro bien no tengo
»y me lo habedes quitado,
»en guisa le lloro vivo,
»cual si estuviera finado.
»Si lo facéis por honralle,
»mi Rodrigo es tan honrado
»que no tiene barba, y tiene
»cinco reyes por vasallos.
»Yo finco, señor, en cinta,
»que en nueve meses he entrado,
»y me podrán empecer
»las lágrimas que derramo.
»Non permitáis se malogren
»prendas del mejor vasallo
»que tiene cruces bermejas,
»ni á rey ha besado mano.
»Respondedme en puridad
»con letras de vuesa mano,
»aunque al vueso mandadero
»le pague yo su aguinaldo.
»Dad este escrito á las llamas,
»non se faga de palacio,
»que á malos barruntadores
»non me será bien contado.»
[Ilustración]
XXI
Pidiendo á las diez del día
papel á su secretario,
á la carta de Jimena
responde el Rey por su mano.
Después de facer la cruz,
con cuatro puntos y un rasgo,
aquestas palabras finca
á guisa de cortesano:
«Á vos, Jimena la noble,
»la del marido envidiado,
»la homildosa, la discreta,
»la que cedo espera el parto,
»el Rey, que nunca vos tuvo
»talante desmesurado,
»vos envía sus saludes
»en fe de quereros tanto.
»Decisme que soy mal rey
»y que descaso casados,
»y que por los mis provechos
»non curo de vuesos daños;
»que estáis de mí querellosa
»decís en vuesos despachos,
»que non vos suelto el marido
»sino una vez en el año,
»y que cuando vos lo suelto,
»en lugar de falagaros
»en vuesos brazos se duerme,
»como viene tan cansado.
»Si supiérades, señora,
»que vos quitaba el velado
»por mis enamoramientos,
»fuera con razón quejaros;
»mas si sólo vos lo quito
»para lidiar en el campo
»con los moros convecinos,
»non vos fago mucho agravio.
»Á non vos tener en cinta,
»señora, el vueso velado,
»creyera de su dormir
»lo que me habedes contado;
»pero si os tiene, señora,
»con el brial levantado...
»no se ha dormido en el lecho
»si espera en vos mayorazgo.
»Y si en el parto primero
»un marido os ha faltado,
»no importa, que sobra un rey
»que os hará cien mil regalos.
»Non le escribedes que venga,
»porque aunque esté á vueso lado
»en oyendo el atambor
»será forzoso dejaros.
»Si non hubiera yo puesto
»las mis huestes á su cargo,
»ni vos fuérais más que dueña,
»ni él fuera más que un fidalgo.
»Decís que vueso Rodrigo
»tiene reyes por vasallos;
»¡Ojalá como son cinco
»fueran cinco veces cuatro!
»Porque teniéndolos él
»sujetos á su mandado,
»mis castillos y los vuesos
»no hubieran tantos contrarios.
»Decís que entregue á las llamas
»la carta que me habéis dado;
»á contener herejías
»fuera digna de tal pago;
»mas si contiene razones
»dignas de los siete sabios,
»mejor es para mi archivo
»que non para el fuego ingrato;
»y porque guardéis la mía
»y non la fagáis pedazos,
»por ella á lo que pariérdes
»prometo buen aguinaldo.
»Si fijo, prometo dalle
»una espada y un caballo,
»y dos mil maravedís
»para ayuda de su gasto.
»Si fija, para su dote
»prometo poner en cambio
»desde el día que naciere
»de plata cuarenta marcos.
»Con esto ceso, señora,
»y no de estar suplicando
ȇ la Virgen, vos alumbre
»en los peligros del parto.»
[Ilustración]
[Ilustración]
XXII
Salió á misa de parida
á San Isidro en León
la noble Jimena Gómez,
mujer del Cid Campeador.
Para salir, de contray
sus escuderos vistió;
que el vestido del criado
dice quién es el señor.
Un jubón de grana fina
la bella dama sacó,
con fajas de terciopelo
picadas de dos en dos;
de lo mismo una basquiña
con la mesma guarnición,
donas que le diera el Rey
el día que se casó,
y con los cabos de plata
un muy rico ceñidor,
que á la Condesa su madre
el Conde en donas le dió.
Lleva una cofia de papos
de riquísimo valor,
que le dió la infanta Urraca
el día que se veló;
dos patenas lleva al cuello,
puestas con mucho primor,
con San Lázaro y San Pedro,
santos de su devoción,
y los cabellos que al oro
disminuyen su color,
á las espaldas echados,
de todos hecho un cordón.
Lleva un manto de Contray,
porque las dueñas de honor,
mientras más cubren su rostro,
más descubren su opinión.
Tan hermosa iba Jimena,
que suspenso quedó el sol
en medio de su carrera
por podella ver mejor,
y á la entrada de la iglesia
al rey Fernando encontró,
que para metella dentro
de la mano la tomó.
Dijo el Rey:--Noble Jimena,
pues el buen Cid Campeador,
vueso dichoso marido
y mi vasallo mejor,
que por estar en las lides
hoy de la iglesia faltó,
á falta del brazo suyo
yo vuestro bracero soy,
y á aquesa fermosa infanta,
que el cielo divino os dió,
mando mil maravedís
y mi plumaje el mejor.--
Non le agradece Jimena
al Rey tanto su favor;
que le ocupa la vergüenza,
y á sus palabras la voz.
Las manos quiso Jimena
besarle y él las huyó:
acompañóla en la iglesia,
y á su casa la volvió.
[Ilustración]
XXIII
Acababa el rey Fernando
de distribuir sus tierras
cercano para la muerte
que le amenaza de cerca,
cuando por la triste sala,
de negro luto cubierta,
la olvidada infanta Urraca
vertiendo lágrimas entra;
y viendo á su padre el Rey
con debida reverencia,
de hinojos ante la cama
la mano le pide y besa;
y después de haber mostrado
con tierno llanto sus quejas,
mostrando la voz humilde
así la Infanta se queja:
--Entre divinas y humanas
¿qué ley, padre, vos enseña
para mejorar los homes
desheredar á las fembras?
Á Alfonso, Sancho y García,
que están en vuestra presencia,
dejáis todos los haberes
y de mí non se vos lembra;
non debo ser vuestra fija,
que os forzara si lo fuera
á tener de mí lembranza
la vuesa naturaleza.
Si legítima non soy
magüer que bastarda fuera,
de alimentar los mestizos
habedes naturaleza.
Y si ansí non es, decid:
¿qué culpa me deshereda?
¿qué desacato vos fice
que tal castigo merezca?
Si tal tuerto me facéis,
las naciones extranjeras
y los vuesos homes buenos
¿qué dirán cuando lo sepan?
Que non es derecho, non,
ni tal es razón que sea
pudiendo ganalla en lides
dar á los homes facienda.
Si tierras no me dejáis
iréme por las agenas,
y por cubrir vueso tuerto
negaré ser fija vuesa.
En traje de peregrina
pobre iré, mas faced cuenta
que las romeras á veces
suelen fincar en rameras.
Sangre noble me acompaña,
mas cuido que mi nobleza
como extraña olvidaré
pues que por tal me desechas.--
Tales palabras habló
y esperando la respuesta
dió principio al tierno llanto
poniendo fin á sus quejas.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXIV
Atento escucha las quejas
de su fija doña Urraca
el noble rey Don Fernando
desafuciado en la cama.
De su libertad se pena,
va á responder y no habla
que enmudece hasta á los reyes
una mujer libertada;
mas por poder juntamente
responder y remediada,
arrancó palabras, antes
que se le arrancara el alma.
--Si cual lloras por facienda,
por la mi muerte lloraras
non dudo, querida fija,
que mi vivir se alargara.
¿Qué lloras, sandia mujer,
por las tenencias humanas
pues ves que de todas ellas
sólo llevo hoy la mortaja?
Á este restante de vida,
que me queda, rindo gracias,
pues que sólo en él consiste
el dejar tú de ser mala.
Cuando parta, iré derecho
á la celestial morada,
pues me ha sido purgatorio
el fuego de tus palabras.
Á tus hermanos envidias,
mas non atiendes, cuitada,
que con la renta les dejo
obligación de guardalla.
Ellos con mucho están pobres,
y tú estás rica sin nada,
porque las nobles mujeres
entre paredes se pasan.
Que eres mi fija confieso,
pero saliste liviana:
en liviandades pensé
al tiempo que te engendrara.
Parióte madre honorosa
mas entregáronte á un ama
que con tus palabras muestras
era la leche villana.
Dices que á tierras ajenas
te irás; pero no me espanta
que la que se va de lengua
á ser infame se vaya.
Mas por si puedo atajar
tu denuedo y tus palabras,
tras de las mandas que he fecho
quiero facer otra manda.
No quiero dejarte pobre
porque lo dicho non fagas,
que aunque eres noble mujer
eres muy determinada.
Por tuya dejo Zamora
muy guarnecida y torreada,
que para tus desvaríos
convienen fuertes murallas.
Homes buenos hay en ella
para servirte y guardalla;
de sus consejos te fía
y de mis tesoros gasta.
Si guardé tal posesión
bien hube de ti membranza;
ténla tú de que semejes
á tu sangre y á tu casta:
á quien te quite Zamora
la mi maldición le caiga.--
Todos responden amen,
sino Don Sancho, que calla.
[Ilustración]
XXV
Doliente se siente el Rey,
este buen rey don Fernando;
los piés tiene hacia el oriente
y la candela en la mano.
Á su cabecera tiene
arzobispos y perlados,
á su man derecha tiene
á sus hijos todos cuatro.
Los tres eran de la Reina
y el uno era bastardo:
ese que bastardo era
quedaba mejor librado.
Arzobispo es de Toledo,
maestre de Santiago,
abad era en Zaragoza,
de las Españas primado.
--Hijo, si yo no muriera
vos fuérades Padre Santo,
mas con la renta que os queda
vos bien podéis alcanzarlo.--
Ellos estando en aquesto
entrara Urraca Fernando,
y vuelta hacia su padre
d’esta manera ha fablado.
[Ilustración]
XXVI
Morir vos queredes, padre,
sant Miguel vos haya el alma;
mandástedes vuestras tierras
á quien bien se os antojara.
Diste á don Sancho á Castilla,
Castilla la bien nombrada;
á don Alonso á León
y á don García á Vizcaya.
Á mí, porque soy mujer,
dejáisme desheredada.
Irme he yo por estas tierras
como una mujer errada,
de lo que ganar pudiere
haré bien por vuestra alma.--
Allí preguntara el Rey:
--¿Quién es esa que así habla?
Respondiera el Arzobispo:
--Vuestra hija doña Urraca.
--Calledes, hija, calledes,
no digades tal palabra,
que mujer que tal decía
meresce de ser quemada.
Allá en Castilla la Vieja
un rincón se me olvidaba,
Zamora había por nombre,
Zamora la bien cercada;
de una parte la cerca el Duero,
de otra, Peña tajada,
del otro la Morería;
¡Una cosa es muy preciada!
¡Quien os lo tomare, hija,
la mi maldición le caiga!
Todos dicen amen, amen,
sino don Sancho, que calla.
[Ilustración]
PARTE SEGUNDA
ÉPOCA DE SANCHO SEGUNDO
Cerco de Zamora
[Ilustración]
XXVII
Rey don Sancho, rey don Sancho,
cuando en Castilla reinó,
¡las barbas que le salían
y cuán poco las logró!
Á pesar de los franceses
los puertos de Aspa pasó;
siete días con sus noches
en campo los aguardó.
Y viendo que no venían
á Castilla se volvió.
Matara al Conde de Niebla
y el condado le quitó,
y á su hermano don Alonso
en las cárceles echó.
Después que le tuvo preso
un pregón hacer mandó
que el que rogase por él
que le diesen por traidor.
No hay dama ni caballero
que por él rogase, no,
si no fuera una su hermana
que al buen Rey se lo pidió.
--Rey don Sancho, rey don Sancho,
hermano mío y señor,
cuando yo era pequeña
sé que un dón me prometió;
agora que soy crecida,
señor, otorgadmeló.
--Pedidlo vos, mi hermana,
mas con una condición;
que no me pidáis á Burgos,
á Burgos ni á León,
ni á Valladolid la rica,
ni á Valencia de Aragón;
cualquier otra cosa, hermana,
no se os ha de negar, no.
--Señor, yo no pido á Burgos,
á Burgos ni á León,
ni á Valladolid la rica,
ni á Valencia de Aragón;
lo que pido es á mi hermano,
que le tenéis en prisión.
--Pláceme, le dijo, hermana,
mañana os le daré yo.
--Vivo le habéis de dar, vivo,
vivo, que no muerto, no.
--Mal háyades vos, hermana,
y quien tal os consejó;
que mañana de mañana
muerto te lo diera yo.--
[Ilustración]
[Ilustración]
XXVIII
Llegado es el rey don Sancho
sobre Zamora, esa villa;
muchas gentes trae consigo,
que haberla mucho quería.
Caballero en un caballo,
y el Cid en su compañía,
andábala al rededor,
y el Rey así al Cid decía:
--Armada está sobre peña
tajada toda esta villa,
los muros tiene muy fuertes,
torres há en gran demasía,
Duero la cercaba al pié,
fuerte es á maravilla,
no bastan á la tomar
cuántos en el mundo había;
si me la diese mi hermana,
más que á España la querría.
Cid, á vos crió mi padre,
mucho bien fecho os había;
fízoos mayor de su casa
y caballero en Coímbra
cuando la ganara á moros.
Cuando en Cabezón moría,
á mí y á los mis hermanos
encomendado os había;
jurámosle allí en sus manos
facervos merced cumplida.
Fíceos mayor de mi casa,
gran tierra dado os tenía,
que vale más que un condado,
el mayor que hay en Castilla.
Yo vos ruego, don Rodrigo,
como amigo de valía,
que vayades á Zamora
con la mi mensajería,
y á doña Urraca mi hermana
decid que me dé esa villa
por gran haber ó gran cambio,
como á ella mejor sería.
Á Medina de Rioseco
yo por ella la daría,
con todo el Infantazgo,
y también le prometía
á Villalpando y su tierra,
ó Valladolid la rica,
ó á Tiedra, que es buen castillo;
y juramento la haría
con doce de mis vasallos
de cumplir lo que decía;
y si no lo quiere hacer,
por fuerza la tomaría.--
El Cid le besó la mano,
del buen rey se despedía,
llegado había á Zamora
con quince en su compañía.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXIX
Entrado ha el Cid en Zamora,
en Zamora, aquesa villa,
llegado ha ante doña Urraca,
que muy bien lo recibía;
dicho le había el mensaje
que para ella traía.
Doña Urraca que lo oyó
muchas lágrimas vertía,
diciendo:--¡Triste cuitada!
don Sancho ¿qué me quería?
No cumpliera el juramento
que á mi padre fecho había;
que aun apenas fuera muerto,
á mi hermano don García
le tomó toda su tierra
y en prisiones lo ponía,
y cual si fuese ladrón
agora en ellas yacía.
También á Alfonso mi hermano
su reino se lo tenía;
huyóse para Toledo,
con los moros está hoy día.
Á Toro tomó á mi hermana,
á mi hermana doña Elvira;
tomarme quiere á Zamora,
¡gran pesar yo recibía!
Muy bien sabe el rey don Sancho
que soy mujer femenina,
y no lidiaré con él;
mas á furto ó paladina
yo haré que le dén la muerte,
que muy bien lo merecía.--
Levantóse Arias Gonzalo
y respondido la había:
--Non lloredes vos, señora;
yo por merced os pedía
que á la hora de la cuita
consejo mejor sería
que non acuitarvos tanto,
que gran daño á vos vendría.
Hablad con vuesos vasallos,
decid lo que el Rey pedía,
y si ellos lo han por bien
dadle al Rey luégo la villa.
Y si non les pareciere
facer lo que el Rey pedía,
muramos todos en ella,
como manda la hidalguía.
La Infanta tuvo por bien
facer lo que le decía;
sus vasallos la juraron
que antes todos morirían
cercados dentro en Zamora
que no dar al Rey la villa.
Con esta respuesta el Cid
al buen Rey vuelto se había;
el Rey, cuando aquesto oyó,
al buen Cid le respondía:
--Vos aconsejasteis, Cid,
no darme lo que quería,
porque vos criásteis dentro
de Zamora aquesa villa.
Y á no ser por la crianza
que en vos mi padre facía,
luégo os mandara enforcar;
mas de hoy en noveno día
os mando vais de mis tierras
y del reino de Castilla.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXX
El Cid fué para su tierra;
con sus vasallos partía
para Toledo, do estaba
Alfonso cuando fuía.
Los condes y ricos homes
al rey don Sancho decían,
no perdiese tal vasallo
y de tanta valentía
como es Rúy Díaz el Cid,
qu’es muy grande su valía.
El Rey vido qu’es muy bien
facer lo que le decían;
y fablando á Diego Ordóñez,
mandóle que al Cid le diga
que se venga luégo á él,
que como bueno lo haría,
y que le haría el mayor
de los que en su casa había.
Ordoño fué tras del Cid,
su mensaje le decía.
El Cid se había aconsejado
con los suyos que tenía
si haría lo que el Rey manda:
su parecer les pedía.
Que se vuelva al Rey, dijeron,
pues su disculpa le envía;
el Cid con ellos se vuelve.
El Rey cuando lo sabía
dos leguas salió á él,
quinientos van en su guía.
El Cid, cuando vido al Rey,
de Babieca descendía;
besóle luégo las manos,
para el real se volvía
y todos los castellanos
gran placer con él habían.
[Ilustración]
XXXI
Apenas era el Rey muerto
Zamora ya está cercada;
de un cabo la cerca el Rey,
del otro el Cid la cercaba.
Del cabo que el Rey la cerca
Zamora no se da nada.
Del cabo que el Cid la aqueja
Zamora ya se tomaba.
Doña Urraca en tanto aprieto
asomóse á una ventana,
y allí de una torre mocha
estas palabras fablaba.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXXII
Afuera, afuera, Rodrigo,
el soberbio castellano,
acordársete debría
de aquel buen tiempo pasado
cuando fuíste caballero
en el altar de Santiago.
Cuando el rey fué tu padrino,
tú, Rodrigo, el afijado;
mi padre te dió las armas,
mi madre te dió el caballo,
yo te calcé las espuelas
porque fueras más honrado;
pensé de casar contigo,
no lo quiso mi pecado.
Casástete con Jimena,
fija del conde Lozano:
con ella hubiste dinero,
conmigo hubieras Estado,
porque si la renta es buena,
muy mejor es el Estado.
Bien casástete, Rodrigo,
muy mejor fueras casado;
dejaste fija de rey
por tomar la de un vasallo.--
En oir esto Rodrigo
quedó dello algo turbado;
con la turbación que tiene
esta respuesta le ha dado:
--Si os parece, mi señora,
bien podemos desviallo.
Respondióle doña Urraca
con rostro muy sosegado:
--No lo mande Dios del cielo,
que por mí se haga tal caso:
mi ánima penaría
si yo fuese en discrepallo.--
Volvióse presto Rodrigo
y dijo muy angustiado:
--Afuera, afuera, los míos,
los de á pié y los de á caballo,
pues de aquella torre mocha
una vira me han tirado.
No traía el asta el fierro
el corazón me ha pasado,
ya ningún remedio siento
sino vivir más penado.
[Ilustración]
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XXXIII