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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha respetado la ortografía del original —que difiere ligeramente
de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
* Las notas a pie de página se han conservado en el mismo lugar que
en el libro impreso, y con la misma numeración.
* Se han añadido ilustraciones de adorno al final de todos los poemas,
pese a que en el original impreso sólo aparecen donde queda
suficiente espacio libre.
* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente, para evitar
interrumpir un poema.
ROMANCERO DEL CID
ES PROPIEDAD
ROMANCERO SELECTO
DEL CID
CON UN PRÓLOGO DE
D. MANUEL MILÁ Y FONTANALS
Catedrático
de la Universidad de Barcelona, presidente honorario de la Academia
de Buenas Letras, etc., etc.
Ilustración de
_Werner, Foix, Gómez Soler y Xumetra_
Grabados de KAESEBERG y GÓMEZ POLO
[Ilustración]
_BARCELONA_
BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS»
DANIEL CORTEZO Y C.ª, _Ausias March, 95_
1884
[Ilustración]
Establecimiento tipográfico-editorial de DANIEL CORTEZO Y C.ª
[Ilustración]
PRÓLOGO
I
La historia literaria nos señala, como objeto de incomparable
nombradía, á los héroes que ocupan el primer lugar en las grandes y
poco numerosas epopeyas, hijas legítimas del genio de un pueblo. Al
retratar el poeta venusino, y por cierto con colores nada halagüeños,
el carácter de Aquiles, no encuentra epiteto que mejor le cuadre que
el de _celebrado_ (_honoratum_). Igual calificativo pudiera aplicarse
á los dos héroes predilectos de las tradiciones heróicas de Francia y
España. «El Cid, dice el docto Puymaigre[1], es tan popular allende
los Pirineos, como aquende lo fué Roldán.» Y, en verdad, si el nombre
del paladín francés traspasó inmediatamente los linderos de su tierra
natal, y se extendió por dilatadísimas comarcas, los españoles han
recordado el del héroe de Vivar con sin igual perseverancia, y ni
un solo día ha dejado de ser proverbial y propuesto como dechado de
guerreros y patricios.
Rodrigo ó Rúy Díaz el de Vivar, llamado también el Castellano y el
Campeador y más comunmente el Cid (nombre de origen arábigo que
significa Señor), hijo de Diego Laynez, descendiente del juez de
Castilla Laín Calvo, nació en Burgos ó en la próxima aldea de Vivar
á mediados del siglo XI. Hubo de figurar ya en los últimos tiempos
del primer Fernando. Le armó caballero y le nombró su alférez Sancho
II, á quien, después de la batalla de Golpejares, aconsejó el Cid que
atacase al victorioso y ya descuidado ejército de su hermano Alfonso
VI de León. Consta que venció en singular batalla á un sarraceno y á
un pamplonés. Acaso ya por entonces casó con doña Jimena, hija del
conde de Oviedo.
Muerto Sancho por Bellido Dolfos en el cerco de Zamora, doce
caballeros, entre los cuales se contaba Rodrigo, exigieron del nuevo
rey de Castilla Alfonso VI que jurase no haber tenido parte en la
muerte de su hermano. Asistió el Cid algún tiempo en la corte,
pero por el recuerdo de la jura ó por otro motivo de desazón ó por
hablillas de los envidiosos, fué desterrado al finalizar el año 1081
ó poco más tarde.
Fuése Rodrigo á Barcelona y luégo á Zaragoza, donde entró á reinar
Al-Mutamin. Sirvió á éste victoriosamente contra su hermano el rey de
Denia, favorecido por los soberanos de Aragón y Barcelona. Siguió el
Cid unido al hijo y sucesor de Al-Mutamin, con cuyo auxilio rechazó
á los Almoravides, llamados por Al-Kaadir, rey de Valencia, sitiando
después esta ciudad. Tres veces se allegó á Alfonso, pero no tardaban
en separarse, saliendo la tercera nuevamente desterrado.
Muerto Al-Kaadir y entronizado el traidor Ben-D’yajaf, después de
varios incidentes y de haber rechazado la invasión del Almoravide
Abou-Becr, se apoderó el Cid de Valencia (1094). Mostróse al
principio clemente, pero luégo condenó al fuego á Ben-D’yajaf y
otros musulmanes. Alcanzó nuevas victorias, mas derrotado por los
almoravides su pariente y amigo Álvar Fáñez y parte de su propio
ejército, murió de pesadumbre (1099). Su viuda tuvo que dejar á
Valencia después de haberse mantenido en ella dos años. Salieron los
cristianos en procesión con el cadáver de Rodrigo, el cual, como
también después el de Jimena, fué sepultado en San Pedro de Cardeña.
Le sobrevivieron sus dos hijas, Cristina, casada con Ramiro infante
de Navarra, y María que lo fué con Berenguer Ramón III de Barcelona.
La historia no nos presenta al Cid como héroe sin mancha: no siempre
se mostró vasallo reverente, y su energía se convirtió á veces en
crueldad, su prudencia en astucia; pero atesoró grandes cualidades
que le valieron la admiración de amigos y enemigos musulmanes, uno
de los cuales le proclamó prodigio del Señor. Sus victorias, de que
se aprovechó toda la cristiandad, su vida aventurera y hazañosa y
sus prendas personales y domésticas le convirtieron, á no tardar, en
héroe de épicas tradiciones.
Pocos años después de su muerte, si no ya en vida, según opina Baist,
fué el Cid celebrado en un poema latino, y consta que á mediados del
siglo XII era ya cantado con el nombre de _Mio Cid_.
Dos son los poemas ó cantares de gesta relativos á este célebre
personaje histórico que se han conservado. El que versa sobre hechos
más antiguos, publicado en nuestro siglo por Mr. Francisque Michel,
ha sido llamado la _Crónica Rimada_ ó el _Poema de las mocedades del
Cid_ y pudiera llamarse simplemente _El Rodrigo_, pues tal es el
nombre que da constantemente al héroe. Este poema cuenta la historia
fabulosa de la juventud de Rodrigo, la cual comprende la muerte dada
á un supuesto conde de Gormaz, injuriador de su padre, su casamiento
con Jimena, hija del mismo conde, sus primeras victorias ganadas á
caudillos árabes y la imaginaria expedición á Francia, á donde, según
se supone, acompañó al rey D. Fernando, para oponerse al tributo que
á Castilla exigían los monarcas extranjeros.
El otro cantar, llamado comunmente el _Poema del Cid_, fué publicado
en el pasado siglo por el Pbro. Don Tomás Sánchez, y pudiera
distinguirse de _El Rodrigo_, apellidándole _El mio Cid_, pues
así denomina al de Vivar. Menos apartado que aquél de la realidad
histórica, es, á nuestro ver más antiguo, y nos presenta un héroe,
nada muelle ni apocado, pero grave y comedido, sin los impetuosos
arranques atribuídos á sus mocedades. Refiere las hazañas del Cid
después de su último destierro, la toma de Valencia, el casamiento,
sin duda alguna fabuloso, de sus hijas con los infantes de Carrión,
la cobardía de éstos y el mal tratamiento que dan á sus esposas, las
cortes convocadas por Alfonso, la sentencia pronunciada contra los
infantes y los nuevos casamientos de las hijas del Cid con el infante
de Aragón (así dice) y el de Navarra.
Fueron narrados también en cantares perdidos, el testamento y la
muerte de don Fernando, el cerco de Zamora, la muerte de don Sancho y
la jura de Alfonso.
La _Estoria de Espanna_ ó _Crónica general_ compuesta ó más bien
dirigida por Alfonso X, que contiene un gran depósito de relatos
históricos y poéticos de la vida del Cid, ha conservado otras
tradiciones, que sin duda no fueron cantadas, tales como la de haber
el Cid libertado á don Sancho en Santarem, y amonestado y corregido
al cobarde Martín Peláez en el cerco de Valencia y las del converso
Gil Díaz y demás que dan cima á la biografía del héroe.
Leves rastros de alguna otra tradición se perciben en la _Crónica
particular del Cid_, que por el intermedio de la _de Castilla_
redactada en tiempo de Alfonso XI, proviene, según observó un ilustre
crítico, de la obra histórica del Rey Sabio[2].
II
En la época de la formación de los romances, llegó el Cid á ser
el héroe predilecto de estas composiciones populares que tanto
valimiento alcanzaron. Fué además el único de cuyos romances se
publicó una colección especial, empresa llevada á cabo por Escobar en
su _Romancero é Historia del muy valeroso caballero el Cid, Rúy Díaz
de Vivar_, impreso por primera vez en 1612 en Alcalá. Esta colección
comprende 102 romances, algunos de los cuales tomó Escobar del
_Cancionero_ publicado en Amberes, primero sin fecha y por segunda
vez en 1550, otros de los compuestos ó publicados por Sepúlveda y
Timoneda, y, finalmente, y en mayor número, del _Romancero general_,
añadiendo algunos que, como los últimos, pertenecen al género de
romances nuevos ó artísticos. La colección de Escobar ha sido impresa
en España á lo menos diez y ocho veces, y no pudo eclipsarla, antes
bien quedó poco menos que desconocida la publicada en 1626 en
Barcelona por Francisco Metje con el título de _Tesoro escondido de
todos los más famosos romances así antiguos como modernos del Cid...
con romances de los siete infantes de Lara_[3].
Los romances del Cid (y en esto no fueron únicos) inspiraron
composiciones dramáticas, siendo sin duda las primeras las dos tan
famosas de Guillén de Castro. Á éste siguió Pedro Corneille en varias
escenas de su celebérrima tragedia del Cid, si bien al defender el
carácter que había atribuído á Jimena, adujo la autoridad, no del
dramático español, sino la de dos romances. La obra de Corneille
fué el principal origen de la fama del Cid fuera de España. En la
llamada _Bibliothèque universelle des Romans_ (2.º volumen del mes de
Julio de 1783) se publicó una versión bastante libre (por Couchut?)
de varios romances del héroe de Vivar. Esta traducción fué puesta
también libremente en lengua alemana por el famoso Herder cuyo libro
se divulgó en gran manera entre sus compatricios. Han dado éstos, sin
embargo, más fieles traducciones y publicado de nuevo los originales
J. (Julius) con un prólogo castellano y una biografía del héroe por
Müller, Keller que aumentó á Escobar y Carolina Michaelis que ha
reunido 205 romances.
Todos los comprendidos en la colección selecta que damos á luz se
leen en el incomparable _Romancero general_ de Durán á excepción
del _Yo me estando en Valencia_ y del _Junto al muro de Zamora_
que descubrieron Wolf y Hofmann en el segundo tomo de la _Silva
de romances_ de Zaragoza, publicándolo en su _Primavera y Flor
de romances_, y del _Banderas antiguas tristes_ que proviene del
_Tesoro_ de Metje y ha publicado Köhler en su _Herder’s Cid_ con
variantes del _Jardín de amadores_[4]. Nuestra elección no ha seguido
exclusivamente un criterio estético. Hemos procurado en especial
dar al lector una narración seguida, evitando, con alguna excepción
casi necesaria, la repetición de un mismo hecho. Entre dos romances
de igual asunto, no siempre hemos preferido el más antiguo, como
hubiéramos hecho en una colección de índole científica, sino el más
satisfactorio en su género. Al que nos tildase de haber omitido
alguno de los viejos y admitido un gran número de los artísticos,
contestaríamos además que varios de los últimos han adquirido gran
celebridad y se echarían de menos en un _Romancero del Cid_, y que
algo se ha de atender, en una publicación como la presente, al gusto
del mayor número de lectores.
Pertenecen á la clase de los llamados primitivos y que con más ó
menos rigor son acreedores á este título los: 6, _Cavalga Diego
Laínez_; 7, _Día era de los Reyes_; 17, _Por el val de las Estacas_;
19, _Á concilio dentro en Roma_; 25, _Doliente se siente el rey_; 26,
_Morir vos queredes, Padre_; 27, _Rey don Sancho, rey don Sancho_;
31, _Apenas era el rey muerto_; 32, _Afuera, afuera, Rodrigo_; 33,
_Riberas del Duero arriba_; 34, _Junto al muro de Zamora_; 35,
_Guarte, guarte, rey don Sancho_; 36, _De Zamora sale D’Olfos_; 39,
_Ya cabalga Diego Ordóñez_; 43, _Tristes van los zamoranos_; 45, _Por
aquel postigo viejo_; 46, _En Santa Águeda de Burgos_; 76, _Helo,
helo por do viene_; 83, _Por Guadalquivir arriba_; 84, _Tres cortes
armara el rey_; 85, _Yo me estando en Valencia_. En estos romances,
por lo común bellísimos, hállanse el corte popular y la expresión
ingenua que no pudo después imitar el arte, y no tan sólo en los
asuntos, pero aun en los pormenores guardan preciosas reliquias
de los antiguos cantares, transformados á menudo por la fantasía
popular y algunas veces por la inventiva del poeta no menos que por
el influjo de las crónicas. En el 46 se nota la mención de trajes
relativamente modernos.
Los romances, 8, _Reyes moros en Castilla_; 9, _De Rodrigo de
Vivar_; 14, _Sobre Calahorra esta villa_; 15, _Muy grandes huestes
de moros_; 28, _Llegado es el rey don Sancho_; 29, _Entrado ha el
Cid en Zamora_; 30, _El Cid fué para su tierra_; 56, _Ese buen Cid
Campeador_; 57, _Adofir de Mudafar_; 68, _Aquese famoso Cid, Con gran
razón_ etc.; 74, _En batalla temerosa_; 94, _Estando en Valencia el
Cid_; 96, _Aquese famoso Cid De Vivar_ etc.; 101, _Vencido queda
el rey Búcar_; 102, _En Sant Pedro de Cardeña_ son de la colección
de Sepúlveda; el 13, _Celebradas ya las bodas_, está fundado en
otro del mismo origen. Estos romances, que han debido incluirse
para completar la narración, no son sino transcripción versificada
de la crónica: mas aunque ayunos de inspiración poética, agradan
por lo que conservan de las antiguas narraciones. El 60, _Apretada
está Valencia_, aunque anterior á los de Sepúlveda y más arcáico
en la forma, pertenece también á la clase de los tomados directa y
literalmente de la historia escrita.
Los demás romances de esta colección son de los que se llamaron
nuevos y que la crítica ha denominado artísticos.
No diremos de ellos lo que dijo Marcial de sus epígramas, pero no
cabe duda en que los hay medianos y algunos maleados en sumo grado
por los vicios á que propende este género, es decir, la afectación
de antigüedad en el lenguaje y el abuso de una fecundidad razonadora
y palabrera. No obstante, en general puede afirmarse que son bien
hechos y de agradable lectura y se ve que los poetas no sólo
atendían al lucimiento de su ingenio, sino que miraban con cierto
respeto y seriedad el asunto. Algunos particularmente son verdaderas
joyas del arte; tales como el 2, _Cuidando Diego Laínez_, donde
con tanta viveza y maestría se expone la prueba que hace de sus
hijos el sucesor de Laín Calvo; el 5, _Llorando Diego Laínez_ de
tan dramático efecto; los 10, _Á Jimena y á Rodrigo_ y 11, _Á su
palacio de Burgos_, recomendables por su gracia y por la viveza (ya
que no por la exactitud arqueológica) de sus descripciones; el 12,
_Domingo por la mañana_ que parece hecho para competir con el 11; el
20, _En los solares de Burgos_ y 21, _Pidiendo á las diez del día_,
notables, según observación de Federico Schlegel, por su delicada
ironía; el 22, _Salió á misa de parida_, modelo acaso del 12 y que
emula si no vence á los 10 y 11; los 23, _Acababa el rey Fernando_,
y 24, _Atento escucha las voces_, tan preciosos en su género que
no hemos podido desecharlos, á pesar de ofrecer el mismo argumento
que dos bellísimos primitivos; el 41, _El hijo de Arias Gonzalo_,
modelo de sentimientos caballerescos y de elegante sencillez; el 49,
_Fablando estaba en el claustro_ que forma un cuadro completo en que
parece adivinarse la decoración románica; el 67, _Victorioso vuelve
el Cid_ que tan bizarra apostura y tan discretas razones atribuye
al héroe; el 70, _Acabado de yantar_ que con bien escogidos toques
cómicos pinta la cobardía de los infantes; el tan sentido 78, _Al
cielo piden justicia_; el 82, _Recibiendo el alborada_ que participa
de la gala de los moriscos, etc.--Dígase lo que quiera, pero algo
han de tener estas composiciones, cuando muchos de sus versos quedan
perennemente grabados en la memoria de quien los leyó y saboreó en
edad temprana[5].
De las diversas épocas á que pertenecen los romances (aunque menos
apartadas entre sí de lo que muchos han opinado) se deriva para
las obras componentes del _Romancero del Cid_ una divergencia de
estilos en gran manera opuestos á la idea de los que lo propusieron
como prueba y ejemplo de epopeyas formadas por una serie de breves
cantares. Esta misma divergencia desagradará sin duda á quien busque,
con ánimo severo, una construcción regular y homogénea; mas puede
contribuir al deleite del que prefiera una perspectiva curiosa y
variada.
Motivo más formal de aprecio se halla en el valor relativamente
moral é histórico del mismo _Romancero_. Se extrañará la primera
calificación, que damos únicamente como relativa, si se atiende
al primer hecho ruidoso que se atribuye al Cid (fundado en
preocupaciones que la recta razón desaprueba) y á los ímpetus de su
bravío carácter, con respecto al monarca y aun al sumo Pontífice[6]:
todo lo cual proviene de las fabulosas narraciones transmitidas
por el poema de _El Rodrigo_; mas fuera de esto y si se atiende al
efecto general, se ve retratado el Cid como varón de nobilísimo
carácter, defensor de la fe, de la patria y de la familia, amador
del derecho, bueno para los suyos y rendido en el fondo á un
monarca que no siempre le trataba con justicia. Por otra parte,
levísimas supresiones han bastado para que resultase una expresión
constantemente limpia y decorosa[7].
Por lo que hace á la parte histórica ¿quién negará que se han
entrometido muchas ficciones en la vida poética de nuestro héroe?
Es fabulosa la reyerta de Diego y su hijo con un Gormaz (ó Lozano ó
mejor lozano) que nunca ha existido, y toda la expedición de Fernando
y de Rodrigo á lejanas tierras; eslo también, aunque con más visos
de verosimilitud, el casamiento de los infantes de Carrión, y distan
mucho de ser auténticas la mayor parte de anécdotas que de los
posteriores años se refieren. Mas casi todos los personajes, un gran
número de hazañas, el hecho importantísimo de la toma de Valencia, la
resistencia á los almoravides, las desavenencias y reconciliaciones
con Alfonso y un cierto ambiente general que en los romances se
respira, son verdaderamente históricos.
Por tales dotes, menos comunes de lo que se creyera en narraciones
de esta clase, por el sinnúmero de bellezas poéticas que sólo muy
someramente hemos indicado, por el interés é incomparable variedad
de las situaciones queda justificada la predilección de propios y
extraños por el _Romancero del Cid_, que el célebre estético Hegel
(en demasía célebre como filósofo) puso por encima de los demás
ciclos poéticos populares y equiparó á un collar de perlas.
MANUEL MILÁ Y FONTANALS.
NOTAS DEL PRÓLOGO
[1] _Petit Romancero._
[2] Lo que acaba de leerse es brevísimo resumen de nuestro libro
_De la poesía heróico-popular castellana_, pág. 219 á 270. Desde
la última á la 300 se estudian el origen y la índole de los
romances viejos del Cid.
[3] Véase Durán, II, 682, para el _Romancero_ de Escobar y sus
trece reimpresiones españolas, hasta la mutilada de González de
Reguero (no Roquero), Madrid, 1818, á las cuales deben añadirse
una de Barcelona, otra de Palma y dos de Madrid, posteriores.
Acerca del _Tesoro_ de Metje, véase el mismo Durán y Köhler
_Herder’s Cid_. Añadiendo á esta colección las diez y ocho
impresiones españolas del Escobar, las colecciones de Julius,
Keller, Durán (1.ª y 2.ª edición) y Michaelis, sin contar las
muchas repeticiones de romances aislados de nuestro héroe en
colecciones generales, tendremos que el presente _Romancero_ (ó
_Romancerillo_) del Cid es, cuando menos, el vigésimo quinto.
[4] Hemos cambiado el segundo verso de este romance que decía:
_Victorias un tiempo amadas_ en _De victoria un tiempo amadas_,
siguiendo la corrección propuesta por Damas Hinard.
[5] No pretendemos que los nombrados son los únicos romances
artísticos de mérito entre los del Cid. Aun en los que lo tienen
en grado inferior, suele haber rasgos notables; por ejemplo el
64: _Partíos ende los moros_ ofrece el siguiente, hablando de las
arcas entregadas á los judíos Raquel y Vidas:
Que aunque cuidan que es arena
lo que en los cofres está,
quedó soterrado en ellos
_el oro de mi verdad_:
rasgo que, si mal no recordamos, atribuyó Dozy á un depurado
idealismo moderno y al ingenio del poeta francés Delavigne, que
lo adoptó en su drama titulado _Les filles du Cid_.--No hemos
nombrado entre los mejores romances el 75: _Tirad, fidalgos,
tirad_, á pesar de ser obra de Lope de Vega y de no carecer de
ingenio, ni incluido siquiera en la colección el celebrado _Al
arma, al arma sonaban_, que lleva el n.º 745 en el _Romancero_ de
Durán, cuyo estribillo
Rey de mi alma y d’ esta tierra conde
¿Por qué me dejas? ¿Dónde vas? ¿Adónde?
pareció al ya citado Dozy digno de un mal _libretto_ de ópera;
así como se nos antoja que lo tuvo presente Cervantes al poner en
boca de Altisidora:
Cruel Viriato, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe, allá te avengas.
[6] El satírico Francisco Sánchez en su libro _La verdad en un
potro_ y _Cid resucitado_, encaminado á censurar las patrañas
que del Cid se referían, enójase especialmente de los supuestos
desacatos al Padre Santo. No son éstos históricos ni pudieron
serlo, pues no hubo tal expedición á Francia ni á Roma; ni el
Cid, por lo que sabemos, salió en su vida de España.
[7] La de seis versos que pertenecen, no al Cid sino á los
infantes de Lara, en el romance 7, de cuatro ingenuos con exceso
en el 25 y de dos harto groseros en el 85.
[Ilustración: Romancero del Cid]
PARTE PRIMERA
ÉPOCA DE FERNANDO PRIMERO
Mocedades del Cid
[Ilustración]
I
Non me culpedes si he fecho
mi justicia y mi deber,
magüer que siendo pequeño
me nombraste por jüez.
Entre todos me escogistes
por de más madura sién,
porque ficiese derecho
de lo fecho mal y bien.
Non fagáis desaguisado
si al robador enforqué,
que en homes este delito
no causa ninguna prez.
Como de veras me pago,
de las burlas non curé,
que el que pugna por la honra
enemigo d’ella fué.
Atended que la justicia,
en burlas y en veras, fué
vara tan firme y derecha
que non se pudo torcer.
Verdad, entre burla y juego,
como es fija de la fe,
es peña que al agua y viento
para siempre está de un sér.
Miémbraseme que mi abuelo,
en buen siglo su alma esté,
muchas veces me decía
aquesto que agora oiréis:
«El home en sus mancebías
siempre debiera aprender
á facer siempre derecho
cuando en más burlas esté.»
Así fice esta vegada;
yo cuido que fice bien,
que sigo un abuelo honrado
que nadie se quejó dél.--
Esto decía Rodrigo
afinojado ante el Rey,
delante los que juzgaba
antes de los años diez.
[Ilustración]
II
Cuidando Diego Laínez
en la mengua de su casa,
fidalga, rica y antigua
antes que Íñigo Abarca;
y viendo que le fallescen
fuerzas para la venganza,
porque por sus luengos días
por sí no puede tomalla,
no puede dormir de noche,
nin gustar de las viandas,
ni alzar del suelo los ojos,
ni osar salir de su casa,
nin fablar con sus amigos,
antes les niega la fabla,
temiendo que les ofenda
el aliento de su infamia.
Estando, pues, combatiendo
con estas honrosas bascas,
para usar d’esta experiencia,
que no le salió contraria,
mandó llamar á sus hijos,
y sin decilles palabra,
les fué apretando uno á uno
las fidalgas tiernas palmas;
no para mirar en ellas
las quirománticas rayas,
que este fechicero abuso
no era nacido en España.
Mas prestando el honor fuerzas,
á pesar del tiempo y canas,
á la fría sangre y venas,
nervios y arterias heladas,
les apretó de manera
que dijeron:--Señor, basta
¿Qué intentas ó qué pretendes?
Suéltanos ya, que nos matas.--
Mas cuando llegó á Rodrigo,
casi muerta la esperanza
del fruto que pretendía,
que á do no piensan se halla,
encarnizados los ojos,
cual furiosa tigre hircana,
con mucha furia y denuedo
le dice aquestas palabras:
--Soltedes, padre, en mal hora,
soltedes en hora mala,
que á no ser padre, no hiciera
satisfacción de palabras;
antes con la mano mesma
vos sacara las entrañas,
faciendo lugar el dedo
en vez de puñal ó daga.--
Llorando de gozo el viejo
dijo:--Fijo de mi alma,
tu enojo me desenoja,
y tu indignación me agrada.
Esos bríos, mi Rodrigo,
muéstralos en la demanda
de mi honor, que está perdido,
si en ti no se cobra y gana.--
Contóle su agravio, y dióle
su bendición y la espada
con que dió al Conde la muerte
y principio á sus fazañas.
[Ilustración]
III
Pensativo estaba el Cid
viéndose de pocos años,
para vengar á su padre
matando al conde Lozano.
Miraba el bando temido
del poderoso contrario,
que tenía en las montañas
mil amigos asturianos;
miraba cómo en las Cortes
del rey de León Fernando
era su voto el primero,
y en guerras mejor su brazo.
Todo le parece poco
respecto de aquel agravio,
el primero que se ha fecho
á la sangre de Laín Calvo.
Al cielo pide justicia,
á la tierra pide campo,
al viejo padre licencia,
y á la honra esfuerzo y brazo.
Non cuida de su niñez;
que en naciendo, es costumbrado
á morir por casos de honra
el valiente fijodalgo.
Descolgó una espada vieja
de Mudarra el castellano,
que estaba vieja y mohosa
por la muerte de su amo;
y pensando que ella sola
bastaba para el descargo,
antes que se la ciñese,
así le dice turbado:
--Faz cuenta, valiente espada,
que es de Mudarra mi brazo,
y que con su brazo riñes,
porque suyo es el agravio.
Bien sé que te correrás
de verte así en la mi mano;
mas no te podrás correr
de volver atrás un paso.
Tan fuerte como tu acero
me verás en campo armado;
tan bueno como el primero
segundo dueño has cobrado;
y cuando alguno te venza,
del torpe fecho enojado,
fasta la cruz en mi pecho,
te esconderé muy airado.
Vamos al campo, que es hora
de dar al conde Lozano
el castigo que merece
tan infame lengua y mano.--
Determinado va el Cid,
y va tan determinado,
que en espacio de una hora
quedó del Conde vengado.
[Ilustración]
[Ilustración]
IV
Non es de sesudos homes,
ni de infanzones de pro,
facer denuesto á un fidalgo
que es tenudo más que vos;
non los fuertes barraganes
del vuestro ardid tan feroz
prueban en homes ancianos
el su juvenil furor;
no son buenas fechorías
que los homes de León
fieran en el rostro á un viejo,
y no el pecho á un infanzón.
Cuidarais que era mi padre
de Laín Calvo sucesor,
y que no sufren los tuertos
los que han de buenos blasón.
Mas ¿cómo vos atrevisteis
á un home, que sólo Dios,
siendo yo su fijo, puede
facer aquesto, otro non?
La su noble faz ñublasteis
con nube de deshonor,
mas yo desfaré la niebla,
que es mi fuerza la del sol;
que la sangre dispercude
mancha que finca en la honor,
y ha de ser, si bien me lembro,
con sangre del malhechor.
La vuesa, Conde tirano,
lo será, pues su fervor
os movió á desaguisado
privándovos de razón.
Mano en mi padre pusisteis
delante el Rey con furor;
cuidá que lo denostasteis,
y que soy su fijo yo.
Mal fecho fecisteis, Conde,
yo vos reto de traidor;
y catad si vos atiendo
si me causaréis pavor.
Diego Laínez me fizo
bien cendrado en su crisol;
probaré en vos mi fiereza
y en vuesa falsa intención.
Nos vos valdrá el ardimiento
de mañero lidiador,
pues para vos combatir
traigo mi espada y trotón.--
Aquesto al conde Lozano
dijo el buen Cid Campeador,
que después por sus fazañas
este nombre mereció.
Dióle la muerte y vengóse,
la cabeza le cortó,
y con ella ante su padre
contento se afinojó.
[Ilustración]
[Ilustración]
V
Llorando Diego Laínez
yace sentado á la mesa,
vertiendo lágrimas tristes
y tratando de su afrenta;
y trasportándose el viejo,
la mente siempre inquiëta
de temores muy honrados,
va levantando quimeras,
cuando Rodrigo venía
con la cortada cabeza
del Conde, vertiendo sangre,
y asida por la melena.
Tiró á su padre del brazo,
y del sueño lo recuerda,
y con el gozo que trae
le dice de esta manera:
--Veis aquí la yerba mala
para que vos comáis buena;
abrid, mi padre, los ojos
y alzad la faz, que ya es cierta
vuesa honra, y ya con vida
os resucita de muerta.
De su mancha está lavada
á pesar de su soberbia;
que hay manos que no son manos,
y esta lengua ya no es lengua.
Yo os he vengado, señor,
que está la venganza cierta
cuando la razón ayuda
á aquel que se arma con ella.--
Piensa que lo sueña el viejo,
mas no es así, que no sueña,
sino que el llorar prolijo
mil caracteres le muestra;
mas al fin alzó los ojos,
que fidalgas sombras ciegan,
y conoció á su enemigo
aunque en la mortal librea.
--Rodrigo, fijo del alma,
encubre aquesa cabeza,
no sea otra Medusa
que me trueque en dura piedra,
y sea tal mi desventura
que antes que te lo agradezca
se me abra el corazón
con alegría tan cierta.
¡Oh conde Lozano infame!
El cielo de ti me venga,
y mi razón, contra ti,
ha dado á Rodrigo fuerzas.
Siéntate á yantar, mi fijo,
do estoy, á mi cabecera,
que quien tal cabeza trae
será en mi casa cabeza.
[Ilustración]
[Ilustración]
VI
Cabalga Diego Laínez
al buen Rey besar la mano;
consigo se los llevaba
los trescientos hijosdalgo.
Entre ellos iba Rodrigo,
el soberbio castellano;
todos caminan á mula,
sólo Rodrigo á caballo;
todos visten oro y seda,
Rodrigo va bien armado;
todos espadas ceñidas,
Rodrigo estoque dorado;
todos con sendas varicas,
Rodrigo lanza en la mano;
todos guantes olorosos,
Rodrigo guante mallado;
todos sombreros muy ricos,
Rodrigo casco afinado,
y encima del casco lleva
un bonete colorado.
Andando por su camino,
unos con otros hablando,
allegados son á Burgos;
con el Rey se han encontrado.
Los que vienen con el Rey
entre sí van razonando;
unos lo dicen de quedo,
otros lo van publicando:
--Aquí viene entre esa gente
quien mató al conde Lozano.--
Como lo oyera Rodrigo,
en hito los ha mirado;
con alta y soberbia voz
d’esta manera ha hablado:
--Si hay alguno entre vosotros
su pariente ó adeudado
á quien pese de su muerte,
salga luégo á demandallo;
yo se lo defenderé,
quiera á pié, quiera á caballo.
Todos responden á una:
--Demándelo su pecado.--
Todos se apearon juntos
para al Rey besar la mano;
Rodrigo sólo quedó
encima de su caballo.
Entonces habló su padre,
bien oiréis lo que ha hablado.
--Apeaos, hijo mío,
besaréis al Rey la mano,
porqu’él es vuestro señor,
vos, hijo, sois su vasallo.--
Desque Rodrigo esto oyó
sintióse muy agraviado;
las palabras que responde
son de hombre muy enojado.
--Si otro me lo dijera,
ya me lo hubiera pagado;
mas por mandarlo vos, padre,
yo lo haré de buen grado.--
Ya se apeaba Rodrigo
para al Rey besar la mano;
al hincar de la rodilla
el estoque se ha arrancado.
Espantóse d’esto el Rey
y dijo como turbado:
--Quítate, Rodrigo, allá,
quítateme allá, diablo;
que tienes el gesto de hombre
y los hechos de león bravo.--
Como Rodrigo esto oyó
apriesa pide el caballo;
con una voz alterada
contra el Rey así ha hablado:
--Por besar mano de rey
no me tengo por honrado;
porque la besó mi padre
me tengo por afrentado.--
En diciendo estas palabras
salido se ha del palacio;
consigo se los tornaba
los trescientos hijosdalgo.
Si bien vinieron vestidos,
volvieron mejor armados;
y si vinieron en mulas,
todos vuelven en caballos.
[Ilustración]
[Ilustración: Jimena á los piés de Fernando I]
[Ilustración]
VII
Día era de los Reyes,
día era señalado
cuando dueñas y doncellas
al Rey piden aguinaldo,
si no es Jimena Gómez,
hija del conde Lozano,
que puesta delante el Rey
d’ esta manera ha hablado
--Con mancilla vivo, Rey,
con ella vive mi madre;
cada día que amanece
veo quien mató á mi padre
caballero en un caballo
y en su mano un gavilane;
otras veces un halcón
que trae para cazare,
y por me hacer más enojo
cébalo en mi palomare;
con sangre de mis palomas
ensangrentó mi briale.
Enviéselo á decir;
envióme á amenazare.
Rey que no hace justicia
no debía de reinare,
ni cabalgar en caballo,
ni espuela de oro calzare,
ni comer pan en manteles,
ni con la Reina holgare,
ni oir misa en sagrado
porque no merece mase.--
El Rey de que aquesto oyera
comenzara de hablare:
--¡Oh válame Dios del cielo!
quiérame Dios consejare:
si yo prendo ó mato al Cid,
mis Cortes se volverane;
y si no hago justicia
mi alma lo pagarae.
--Tén tú las tus Cortes, Rey,
no te las revuelva nadie,
y al que á mi padre mató
dámelo tú por iguale,
que quien tanto mal me hizo
sé que algún bien me haráe.--
Entonces dijera el Rey,
bien oiréis lo que dirae:
--Siempre lo oí decir
y agora veo que es verdade,
que el seso de las mujeres
que non era naturale:
hasta aquí pidió justicia
ya quiere con él casare;
yo lo haré de muy buen grado,
de muy buena voluntade.
Mandarle quiero una carta,
mandarle quiero llamare.--
Las palabras no son dichas,
la carta camino vae,
mensajero que la lleva
dado la había á su padre.
--Malas mañas habéis, Conde,
no os las puedo yo quitare,
que cartas que el Rey os manda
no me las queráis mostrare.--
--No era nada, mi hijo,
sino que vades alláe,
quedaos vos aquí, mío hijo,
yo iré en vuestro lugare.--
--Nunca Dios tal cosa quiera
ni Santa María lo mande,
sino que adonde vos fuéredes
que allá vaya yo delante.
[Ilustración]
[Ilustración]
VIII
Reyes moros en Castilla
entran con gran alarido;
de moros son cinco reyes,
lo demás mucho gentío.
Pagaron por junto á Burgos,
á Montes-d’Oca han corrido,
y corriendo á Belforado,
también á Santo Domingo,
á Nájera y á Logroño,
todo lo habían destruído.
Llevan presa de ganados,
muchos cristianos cautivos,
hombres muchos y mujeres
y también niñas y niños.
Ya se vuelven á sus tierras
bien andantes y muy ricos,
porque el Rey ni otro ninguno
á quitárselo han salido.
Rodrigo, cuando lo supo
en Vivar, el su castillo,
mozo es de pocos días,
los veinte años no ha cumplido.
Cabalga sobre Babieca
y con él los sus amigos;
apellidara á la tierra:
mucha gente le ha venido.
Gran salto diera en los moros;
en Montes-d’Oca, el castillo,
venciera todos los moros
y prendió los reyes cinco.
Quitárales la gran presa
y gentes que iban cautivos;
repartiera las ganancias
con los que le habían seguido;
los reyes trajera presos
á Vivar, el su castillo;
entrególos á su madre,
ella los ha recibido,
soltólos de la prisión,
vasallaje han conocido,
y á Rodrigo de Vivar
todos lo han bendecido.
Loaban su valentía;
sus parias le han prometido;
fuéronse para sus tierras
cumpliendo lo que habían dicho.
[Ilustración]
IX
De Rodrigo de Vivar
muy grande fama corría
cinco reyes ha vencido,
moros de la morería.
Soltólos de la prisión
do metidos los tenía;
quedaron por sus vasallos,
sus parias le prometían.
En Burgos estaba el rey
que Fernando se decía.
Aquesa Jimena Gómez
ante el buen Rey parecía;
humilládose había ant’él
y su razón proponía:
--Fija soy yo de don Gómez,
que en Gormaz condado había;
don Rodrigo de Vivar
le mató con valentía.
La menor soy yo de tres
hijas que el Conde tenía,
y vengo á os pedir merced
que me hagáis en este día,
y es que aquese don Rodrigo
por marido yo os pedía.
Ternéme por bien casada,
honrada me contaría,
que soy cierta que su hacienda
ha de ir en mejoría,
y él mayor en el estado
que en la vuestra tierra había.
Haréisme así gran merced,
hacer á vos bien vernía,
porqu’es servicio de Dios
y yo le perdonaría
la muerte que dió á mi padre,
si él aquesto concedía.--
El Rey hobo por muy bien
lo que Jimena pedía:
escrebiérale sus cartas,
que viniese, le decía,
á Plasencia, donde estaba,
qu’es cosa que le cumplía.
Rodrigo, que vió las cartas
que el rey Fernando le envía,
cabalgó sobre Babieca,
muchos en su compañía:
todos eran hijosdalgo
los que Rodrigo traía;
armas nuevas traían todos,
de una color se vestían;
amigos son y parientes,
todos á él le seguían.
Trescientos eran aquellos
que con Rodrigo venían.
El Rey salió á recibirlo,
que muy mucho lo quería.
Díjole el Rey:--Don Rodrigo,
agradézcoos la venida,
que aquesa Jimena Gómez
por marido á vos pedía,
y la muerte del su padre
perdonada os la tenía.
Yo vos ruego que lo hagáis,
d’ello gran placer habría;
hacervos he gran merced,
muchas tierras os daría.
--Pláceme, Rey mi señor,
don Rodrigo respondía,
en esto y en todo aquello
que tu voluntad sería.--
El rey se lo agradeció;
desposados los había
el Obispo de Palencia,
y el Rey dádole había
á Rodrigo de Vivar
mucho más que antes tenía,
y amóle en su corazón,
que todo lo merecía.
Despidiérase del Rey,
para Vivar se volvía;
consigo lleva su esposa,
su madre la recebía.
Rodrigo se la encomienda
como á su persona misma;
prometió como quien era
que á ella no llegaría
hasta que las cinco huestes
de los moros no vencía.
[Ilustracion]
[Ilustración: Bodas del Cid y Jimena]
X
Á Jimena y á Rodrigo
prendió el Rey palabra y mano
de juntarlos para en uno
en presencia de Laín Calvo.
Las enemistades viejas
con amor las olvidaron,
que donde preside amor
se olvidan muchos agravios.
El Rey dió al Cid á Valduerna,
á Saldaña y Belforado
y á San Pedro de Cardeña,
que en su hacienda vincularon.
Entróse á vestir de boda
Rodrigo con sus hermanos;
quitóse gala y arnés
resplandeciente y grabado.
Púsose un medio botarga
con unos vivos morados,
calzas, valona tudesca
de aquellos siglos dorados:
eran de grana de polvo
y de vaca los zapatos,
con dos hebillas por cintas
que le apretaban los lados;
camisón redondo y justo
sin filetes ni recamos,
que entonces el almidón
era pan para muchachos;
con jubón de raso negro,
ancho de manga, estofado,
que en tres ó cuatro batallas
su padre lo había sudado.
Una acuchillada cuera
se puso encima del raso,
en remembranza y memoria
de las muchas que había dado;
una gorra de Contray
con una pluma de gallo;
llevaba puesto un tudesco
en felpa todo forrado;
la tizona rabitiesa,
del mundo terror y espanto,
en tiros nuevos traía,
que costaron cuatro cuartos.
Más galán que Gerineldos
baja el Cid famoso al patio,
donde Rey, Obispo y Grandes
en pié estaban aguardando.
Tras esto bajó Jimena,
tocada en toca de papos,
y no con estas quimeras
que agora llaman hurracos.
De paño de Londres fino
era el vestido bordado;
unas garnachas muy justas
con un chapín colorado;
un collar de ocho patenas
con un San Miguel colgado,
que apreciaron una villa,
solamente de las manos.
Llegaron juntos los novios,
y al dar la mano y abrazo,
el Cid, mirando la novia,
le dijo todo turbado:
--Maté á tu padre, Jimena,
pero no á desaguisado;
matéle de hombre á hombre
para vengar cierto agravio.
Maté hombre, y hombre doy;
aquí estoy á tu mandado,
y en lugar del muerto padre
cobraste marido honrado.--
Á todos pareció bien,
su discreción alabaron,
y así se hicieron las bodas
de Rodrigo el castellano.
[Ilustración]
[Ilustración]
XI
Á su palacio de Burgos,
como buen padrino honrado,
llevaba el Rey á yantar
á sus nobles afijados.
Salen juntos de la iglesia
el Cid, el Obispo y Laín Calvo,
con el gentío del pueblo
que les iba acompañando.
Por la calle adonde van
á costa del Rey gastaron
en un arco muy polido
más de treinta y cuatro cuartos.
En las ventanas alfombras,
en el suelo juncia y ramos,
y de trecho á trecho había
mil trovas al desposado.
Salió Pelayo hecho toro
con un paño colorado,
y otros que le van siguiendo,
y una danza de lacayos.
También Antolín salió
á la jineta en un asno,
y Peláez con vejigas
fuyendo de los mochachos.
Diez y seis maravedís
mandó el Rey dar á un lacayo,
porque espantaba á las fembras
con un vestido de diablo.
Más atrás viene Jimena,
trabándola el Rey la mano,
con la Reina, su madrina,
y con la gente de manto.
Por las rejas y ventanas
arrojaban trigo tanto,
que el Rey llevaba en la gorra,
como era ancha un gran puñado;
y á la humildosa Jimena
se le metían mil granos
por la marquesota al cuello,
y el rey se los va sacando.
Envidioso dijo Suero,
que lo oyera el Rey, en alto:
--Aunque es de estimar ser Rey,
estimara más ser mano.--
Mandóle por el requiebro
el Rey un rico penacho,
y á Jimena le rogó
que en casa le dé un abrazo.
Fablándola iba el Rey,
mas siempre la fabla en vano,
que non dirá discreción
como la que faz callando.
Llegó á la puerta el gentío,
y partiéndose á dos lados,
quedóse el Rey á comer
y los que eran convidados.
[Ilustración]
XII
Domingo por la mañana
cuando el claro sol salió
más alegre que otras veces
por gozar de la ocasión,
don Rodrigo de Vivar
el que la palabra dió
de casarse con Jimena,
ese día la cumplió.
Y para ir á la iglesia
á tomar la bendición,
por mostrar lo que valía
¡oh qué galán que salió!
Que de raso columbino
llevaba un rico jubón,
calza colorada y justa,
porque su gusto ajustó,
bohemio de paño negro,
de raso la guarnición,
la manga larga y angosta
con capilla de buitrón;
jaqueta lleva de raja
y en ella mucho brahón,
y las faldetas tan cortas
que se parece el jubón;
lleva un cinto tachonado,
de plata los cabos son,
pendiente lleva del cinto
un doblado mocador.
Zapatos lleva de seda
de un amarillo color,
abiertos y acuchillados
porque era acuchillador.
Un collar de piedras y oro
que al muerto suegro sirvió;
la gorra lleva con plumas,
y un labrado camisón,
y la tizonada espada
á quien él mucho estimó;
de terciopelo morado
los tiros y vaina son.
Todos los grandes le aguardan,
cuántos en la corte son;
sale el Cid y hácenle campo
porque era Cid Campeador.
El Rey le lleva á su lado,
que en hacerlo adivinó
que de otros muy mucho reyes
Rodrigo le hará señor.
Todos le llevan en medio
en orden y procesión,
y para ir á la iglesia
todos se mueven á un són.
[Ilustración]
XIII
Celebradas ya las bodas
á do la corte yacía
de Rodrigo con Jimena,
á quien tanto el Rey quería,
el Cid pide al Rey licencia
para ir en romería
al Apóstol Santiago,
porque así lo prometía.
El Rey túvolo por bien,
muchos dones le daría;
rogóle volviese presto,
que es cosa que le cumplía.
Despidióse de Jimena,
á su madre la daría,
diciendo que la regale,
que en ello merced le haría.
Llevaba veinte fidalgos
que van en su compañía;
dando va muchas limosnas
por Dios y Santa María;
y allá en medio del camino
un gafo le aparecía
metido en un tremedal,
que salir dél no podía.
Grandes voces está dando;
por amor de Dios pedía
que le sacasen de allí,
pues d’ello se serviría.
Cuando lo oyera Rodrigo
del caballo descendía;
ayudólo á levantar
y consigo lo subía,
lleváralo á su posada,
consigo cenado había;
ficiéranles una cama,
en la cual ambos dormían.
Hacia allá la media noche,
ya que Rodrigo dormía,
un soplo por las espaldas
el Gafo dado le había
tan recio, que por los pechos
á don Rodrigo salía.
Despertó muy espantado;
al Gafo buscado había;
no le hallaba en la cama;
á voces lumbre pedía.
Traídole habían lumbre
y el Gafo no parecía.
Tornádose había á la cama,
gran cuidado en sí tenía
de lo que le aconteciera;
mas un hombre á él venía
vestido de blancos paños;
desta manera decía:
--¿Duermes ó velas, Rodrigo?
--No duermo, le respondía;
pero, dime tú, ¿quién eres,
que tanto resplandecías?
--San Lázaro soy, Rodrigo,
que yo á fablarte venía.
Yo soy el Gafo á que tú
por Dios tanto bien facías.
Rodrigo, Dios bien te quiere,
y otorgado te tenía
que lo que tú comenzares
en lides ó en otra vía,
lo cumplirás á tu honra
y crecerás cada día.
De todos serás temido,
de cristianos y morisma,
y que los tus enemigos
empecer no te podrían.
Morirás tú muerte honrada,
tu persona no vencida;
tú serás el vencedor,
Dios su bendición te envía.--
En diciendo estas palabras,
luégo desaparecía.
Levantóse don Rodrigo,
y de hinojos se ponía:
dió gracias á Dios del cielo,
también á Santa María,
y ansí estuvo en oración
hasta que fuera de día.
Partióse para Santiago,
su romería cumplía;
de allí se fué á Calahorra,
adonde el buen Rey yacía.
Recibiéralo muy bien,
holgóse de su venida;
lidió con Martín González,
en el campo le vencía.
[Ilustración]
[Ilustración]
XIV
Sobre Calahorra, esa villa,
contienda se ha levantado,
entre el buen rey de León,
llamado el primer Fernando,
y Ramiro de Aragón,
cuyo reino es el nombrado,
que ambos los reyes dicen
que es villa de su reinado.
Por quitar muertes y guerras,
los reyes han acordado
que lidien dos caballeros,
cada uno de su bando;
y el que de aquestos venciese,
que su rey la haya á su mando.
Fernando nombró á Rodrigo
de Vivar, el muy nombrado;
Ramiro á Martín González,
muy valiente y esforzado.
Armados ambos que son,
en el campo son entrados;
en haciendo la señal,
muy recio se han encontrado;
quebraron ambos las lanzas,
quedaron muy lastimados,
mal feridos de los fierros,
de los encuentros pasados.
Martín le dijo á Rodrigo,
de esta suerte le había hablado:
--Mucho, Rodrigo, vos pese
de haber sido tan osado
de entrar conmigo en batalla
de do saldréis mal pagado;
que aquesa vuesa cabeza
aquí quedará en el campo:
non volveréis á Castilla,
ni á Vivar, el vuestro Estado,
ni Jimena vuestra esposa
jamás vos verá á su lado,
aunque dicen que la amáis,
y que d’ella sois amado.
De las palabras que ha dicho,
mucho á Rodrigo ha pesado,
y con saña muy crecida
ansí le había hablado:
--Sois, Martín, buen caballero,
notad lo por vos hablado:
aquesas vuestras palabras
no son de hombre esforzado,
que aquesta lid comenzada,
por manos se habrá librado,
non por razones livianas,
de que sois tan abastado.
En la mano de Dios es
lo que habéis vos razonado,
y él dará la honra á quien
viere qu’es bien empleado.--
Dijo, y con crecido enojo
para él se fué denodado;
muchas heridas le dió,
en tierra lo ha derribado.
Don Rodrigo se apeó,
la cabeza le ha cortado,
y la sangre de su espada
luégo la había limpiado.
Las rodillas por el suelo,
las manos puestas en alto,
muchas gracias daba á Dios,
que tal victoria le ha dado;
y díjoles á los jueces,
esto les ha preguntado:
--¿Queda aquí más por hacer
para que sea del reinado
de mi señor, Calahorra,
sobre que se ha batallado?--
Respondieron todos juntos:
--No, caballero esforzado,
que en la batalla pasada
el derecho le es quitado
á Ramiro, aquese rey,
que decía ser de su Estado.--
Fernando abrazó á Rodrigo,
tiénenlo por estimado:
del Rey era muy querido,
de todo el mundo loado.
[Ilustración]
XV
Muy grandes huestes de moros
á Extremadura corrían:
captivan muchos cristianos;
acorro ninguno habían.
Á Rodrigo de Vivar
los acorra le pedían;
don Rodrigo, como bueno,
sus gentes luégo apellida.
Amigos son y parientes
todos los que le venían:
en busca va de los moros,
la su seña va tendida.
Él iba por capitán,
sobre sí buena loriga;
cabalga sobre Babieca;
placer es de ver cuál iba.
Animando va los suyos:
--Nadie muestre cobardía;
pues que todos sois hidalgos
de los buenos de Castilla,
muramos como valientes;
aquí es bien perder la vida.--
Entre Atienza y Sant Esteban
que de Gormaz se decía,
alcanzado habían los moros;
lid campal habían ferida.
Don Rodrigo los venció;
libra la gente captiva:
quitábales los ganados,
siete leguas les seguía.
Tantos mató de los moros,
que contarse no podían:
gran haber ganara d’ellos,
captivos en demasía;
doscientos son los caballos
que á don Rodrigo cabían;
cien mil marcos el despojo;
él todo lo repartía
entre toda la su gente
comunmente, sin cobdicia.
Á Vivar se había tornado
con gran honra que adquiría;
de todos es muy loado,
y del Rey á maravilla.
[Ilustración]
[Ilustración]
XVI