excarcelación como de algo problemático y remoto; los amigos le
embromaron delicadamente, recordándole su estado de forzosa viudez;
Pedro Rico miró á Paulina mordiéndose los labios: ella reía impávida:
era una mujer delgada y pequeña, con unos ojos glaucos y fríos, de una
frialdad cínica. Norberto, manteniendo su empeño de parecer raro y
fuerte, tornó á asegurar que jamás sospechara la cárcel tan hospitalaria
y agradable. Esta escena, con ligerísimas variantes, se repetía
diariamente: Brito siempre aparecía impasible, moviéndose tras los
barrotes de la ventana como un pájaro extraño; su cuerpo, sin embargo,
sufría la doble acción debilitante de la quietud y de la sombra, y sus
manos iban resfriándose: las manos, por el contrario, de sus compañeros,
que gozaban la vida de la libertad y del sol, estaban calientes.
La cárcel ocupa en el plano de Madrid una situación excéntrica, y los
caminos que á ella conducen, no obstante ser hermosos y bien soleados,
padecen la huella ó impresión de algo triste. Lentamente, los amigos de
Norberto comenzaron á cansarse de visitarle todos los días: primero
faltó Antonio, quien achacaba su alejamiento á perentorios quehaceres;
luego Jaime...
Ante aquella deserción, Brito, siempre estoico y magnánimo, se cruzaba
de brazos; la humanidad es ingrata.
--Lo raro sería--agregaba parodiando á Heine,--que los amigos nos
acompañasen en la desgracia.
Pasó el verano y el otoño iba ya de vencida; el viento era frío, las
nubes encharcaron las calles; la cárcel, vista desde arriba, con su
enorme mole obscura, debía de parecer un galápago gigantesco, muerto
sobre el barro.
Los presos políticos pueden ser visitados todas las tardes hasta las
cuatro. Dos redactores de _El Terremoto_ que aun iban diariamente á
cambiar con Brito un apretón de manos, se aburrían de aquel dilatado
homenaje amistoso: la celda, con su locutorio atravesado por un largo
banco de vieja gutapercha, llegó á parecerles una oficina donde nada
inesperado ni agradable podía aguardarles. Siempre experimentaban
impresiones idénticas; sus pisadas resonaban bulliciosas bajo la altiva
rotonda de la escalera; los espesos muros trasudaban hielo y pesadumbre;
los empleados de la penitenciaría examinaban á los visitantes de extraño
modo como maravillándose de que aun tuvieran valor y constancia para ir
hasta allí, aconsejándoles también con aquella mirada, que no
sostuvieran tal empeño, pues todo sacrificio era inútil.
Arriba, en el locutorio K, las conversaciones no variaban: Brito,
siempre recibía á sus compañeros del mismo modo: en pie, agarrado á los
barrotes de la ventana, aparentando una entereza de ánimo que la
flacidez y tristura de su rostro desmentían. A veces hablaban de los
amigos que ya no concurrían allí tildándoles de ingratos; pero todos,
íntimamente, les envidiaban, admirando su despreocupación para
emanciparse de aquel vano y enojoso deber social.
Una tarde de Diciembre salían de la cárcel Paulina, Daniel y Pedro Rico.
--¡Qué pocos vamos quedando!--exclamó Pedro;--el mal tiempo y la
distancia han reducido los amigos de Norberto á monos de la mitad.
--Así es--repuso Daniel.
Luego se despidió, subiendo precipitadamente á un tranvía que pasaba.
Paulina y Pedro Rico continuaron andando lentamente, callados, la vista
fija en el suelo, como se sigue á los muertos. Sobre las calles húmedas,
desde el cielo sembrado de nubecillas blancas, un sol de invierno vertía
su luz amarilla.
--Estoy triste--dijo ella;--¿quiere usted acompañarme á dar un paseo?
El repuso estremeciéndose:
--Vamos por donde usted guste.
La adoraba en silencio; con los ojos se lo dijo muchas veces; ella lo
sabía y también le amaba. Fué aquel un paseo muy dulce, lleno de
voluptuosidades exquisitas y nuevas. Paulina habló de Norberto: era un
hombre frío que la acarreó con su humillante despego disgustos
innúmeros; ella necesitaba cariño y reverdecer su juventud, procurándose
una pasión, una gran pasión que saciase las ambiciones del codicioso
pensamiento. Pedro asentía acercándose á ella, disfrutando la vecindad
de aquel cuerpo fácil. Tan agradable paseo lo repitieron en los días
sucesivos; las tardes eran tibias, el sol caía á plomo sobre los caminos
poblados de chiquillos y niñeras, con delantales blancos. Daniel Bala
había escrito á Norberto asegurándole hallarse enfermo de cuidado y
rogándole imputase á esto, que no á indiferencia ó censurable olvido, su
ausencia y eclipsamiento.
Ella apretó más las ligaduras que ya unían á Pedro Rico con el preso:
Norberto reconocía que su compañero era un hombre de corazón y un
camarada excelente, ya que en el hospital y en la cárcel, según el
adagio, es donde se conocen los amigos buenos. De esto habló con su
mujer varias veces; la joven afirmaba levemente moviendo la cabeza,
pensando que si los otros se marcharon fué porque ella no les retuvo.
Todos los días, al salir de la cárcel, Pedro y Paulina, seguros de su
impunidad, paseaban los campo de la Moncloa. Una tarde regresaron á
Madrid casi de noche, y él estaba muy pálido y ella muy roja... y con
los cabellos manchados de tierra. La primavera volvía; los árboles
comenzaban á cubrirse de brotes nuevos; de pronto, en la lejanía del
nebuloso horizonte, apareció la cárcel, imponente tras sus altos
murallones de ladrillo.
--Allí está--murmuró la joven.
Rico repuso:
--No mires, déjale...
Y siguieron adelante, oprimiéndose las manos.
Aquel íntimo enredo de amor pasó; Norberto Brito nada supo, y cuando
habla de Pedro, la emoción más sincera nubla su voz.
--Jamás olvidaré sus favores--dice;--cuando estuve preso, no dejó de ir
á verme ni un solo día. Es mi mejor amigo.
EN PRESIDIO
El acusado, sentado en el fatal banquillo por donde pasan los que un
arrebato de codicia ó de cólera puso fuera de la ley, escuchaba el
terrible informe acusatorio del fiscal con los ojos fijos en la tierra,
que le atraía como reclamando ya la inmediata posesión de aquella pobre
carne condenada al patíbulo. Era un mozo de veintiocho á treinta años,
moreno, con cejas fuertes y pupilas brillantes y sangrientas como
brasas; la cabeza cuadrada y terca, los hombros anchos, las manos cortas
y gruesas de matador que no tiembla al herir...
El fiscal terminaba su discurso pidiendo para Gerardo López la pena
capital. El crimen del acusado era una de esas terribles hazañas que, de
cuando en cuando, rompen la uniformidad de la vida diaria, calofriando
la sociedad con un estremecimiento de horror. La tarde del crimen,
Gerardo llegó á su casa inopinadamente, cuando todos le creían en la
fábrica; la puerta estaba entornada; aquello le sorprendió... Dentro, en
la pequeña habitación que servía simultáneamente de gabinete y comedor,
resonaban las confusas voces de un hombre y una mujer. El marido avanzó
cautelosamente sobre la punta de los pies, conteniendo el aliento... Al
llegar al término del pasillo, reconoció á los que con tanta vehemencia
y misterio discutían: eran su mujer y don Cleto, el casero, á quien
adeudaban tres meses de alquiler: él, sofocado por el torvo deseo carnal
que le oprimía la garganta, jadeaba asegurando que todo aquello tendría
fácil arreglo si ella era complaciente... La esposa le rechazaba
enérgicamente, sintiendo que aquella innoble proposición flagelaba su
rostro como un látigo. Entonces don Cleto arremetió á la joven
empujándola hacia un sofá. Este fué el momento elegido por Gerardo López
para perpetrar su crimen: sin pensar que á la generosidad de su víctima
debía haber dormido bajo techado aquellos tres últimos meses, cayó sobre
ella derribándola al primer mazazo de sus manos hercúleas; luego le
cogió por el cuello, arrastrándole, magullando su ensangrentada cabeza
contra los muebles y, finalmente, le mató arrojándole á la calle desde
la altura de un cuarto piso...
El fiscal allegaba y zurcía malévolamente cuantos puntos eran más ó
menos hostiles al acusado; pues Gerardo estaba seguro de la fidelidad de
su mujer, sus celos no tenían disculpa ni explicación legítima: López,
en vez de ceder á la ira, debió limitarse á despedir al casero y
presentar contra él la oportuna denuncia; para algo vivimos en una
sociedad civilizada y bajo el amparo de códigos sabiamente compuestos...
El abogado defensor comenzó su discurso coronándolo con párrafos
brillantes y ampulosos enderezados á conmover la honrada sensibilidad
del Jurado.
Gerardo López no era un criminal, sí un hombre de arrestos y de honor:
examinó sus antecedentes sin tacha y su existencia metódica, consagrada
al trabajo y al cariño de aquella mujer que era todo su bien, su
familia, su consuelo y su esperanza; y luego pintaba con frases cortadas
y duras, como golpes de escoplo, el trágico cuadro de la lucha: al
propietario, crapuloso y obsceno, invocando, para vencer la honrada
resistencia de la pobre obrera, sus títulos de acreedor, y cayendo
después bajo los puños de Gerardo López, que defendía lo suyo, la mujer
que era para él deleite y arrimo, compañera santa en sus fieros combates
por el pan, consoladora como un amigo, bondadosa como una madre...
Al llegar cierto momento en que el abogado invocaba el derecho
indiscutible que su defendido tenía para hacer lo que hizo sin acordarse
del Código que, como todo lo reglamentado, es muerto y frío, Gerardo
López, fuera de sí, le interrumpió para exclamar:
--¡Sobre todo, antes que hombres civilizados... somos... hombres!
No supo decir otra cosa, pero él se entendía; su defensor también le
comprendió y aquella interrupción le sugirió una improvisación
elocuente. Gerardo, sin más luz que la de su buen instinto, había dado
en el hito: «antes que hombres civilizados... somos... hombres;» seres
que saben sentir intensamente, y querer hasta el sacrificio heroico y
odiar hasta el crimen; de poco sirven los códigos cuando la pasión se
revuelve y estalla. En los trances supremos, el instinto independiente y
dominador del macho primitivo despierta; ¿qué hombre, viendo amenazados
el honor ó la vida de su madre ó de su esposa, podría reprimir el
impulso vengativo de todos sus nervios para invocar fríamente el socorro
de la ley?...
El fiscal se levantó á ratificar; su despiadada inspiración tuvo
párrafos de terrible y abrumadora elocuencia; el Jurado se declaraba en
su favor; Gerardo López fué condenado á cadena perpetua.
* * * * *
Pasaron muchos años; don Víctor, el fiscal que envió á Gerardo á
presidio, se había retirado del foro para casarse y dar á los últimos
años de su vida algún reposo.
A pesar de sus cincuenta y cuatro años, don Víctor se conservaba fuerte
y erguido dentro de su levita negra, amplia y larga; vivía en un
hotelito, cerca del Hipódromo, en medio de su vasto jardín con callejas
enarenadas y frutales que la primavera cubría de flores; Joaquina, su
mujer, que apenas contaba veinte mayos, parecía adorarle y su temprana
juventud le prometía herederos robustos que, por ciertos indicios
inequívocos, no tardarían en llegar.
Muchas noches don Víctor, sentado ante su mesa de trabajo y rodeado de
estantes atiborrados de libros, recordaba aquel pasado de luchas que iba
alejándose, como algo que se hunde en una noche sin fin; á veces
Joaquina le acompañaba, leyendo una novela bajo la luz del quinqué. Don
Víctor, sumido en delicioso emperezamiento, comparaba su existencia
actual, tranquila y feliz, con las luchas de otros días. A su alrededor,
dormidos en la penumbra de los estantes, reposaban los centenares de
volúmenes que guardaban cuanto acerca de las injusticias y derechos
humanos se ha escrito, y en los cuales él aprendió el ingrato arte de
mandar gente á presidio ó al patíbulo: á ratos, evocando los bizarros
extremos de su verbo brillante y frío como la cuchilla de una
guillotina, le asaltaba el temor de haber sido cruel, y reconstituía
escenas: el reo sentado en el banquillo, con la cabeza caída sobre el
pecho, cual si la oratoria implacable del fiscal le patease el cráneo; y
él en pie, empujando sañudamente hacia el castigo la conciencia de los
jueces. Pero no; él siempre fué justo; él nada legisló; se había
circunscripto á ser el representante de la legalidad, la encarnación del
Código, la voz temerosa de aquellos libros cerrados. Sí; él fué justo y
bueno: sin esto no se concebía que el Destino recompensase sus afanes
pretéritos rodeándole ogaño de tantos agasajos: aquella mujer joven,
dulce y bonita, aquel hotel que en las noches estivales dormía bajo la
luz blanca de la luna, entre un bosque de frutales y sobre un odorante
tapiz de flores era el condigno premio á sus esfuerzos en pro de la
humanidad honrada.
Y don Víctor creía que su felicidad sería eterna, como el suplicio de
los condenados á cadena perpetua.
Transcurrieron doce años; el anciano fiscal, embebecido en el cariño de
su mujer y la crianza de su hijo único, no visitaba á sus viejos
compañeros, que también le habían olvidado; su antiguo prestigio era
agua pasada.
Un día, al regresar á su hotel á hora desusada, le impresionó
dolorosarnente oir en su gabinete un murmullo indefinible de
conversaciones y de risas: don Víctor subió las escaleras de puntillas;
Joaquina hablaba con un hombre á quien el fiscal procuró inútilmente
reconocer por la voz: don Víctor se deslizaba lo largo del pasillo, y al
llegar á la puerta de su despacho se detuvo y aplicó el oído... Oyó una
frase amor, luego otra... y sus mejillas ardieron con el incendio de la
vergüenza y de la ira. Fuera de si allanó la habitación, babeando,
agitando los brazos, como un oso herido que zarpea. El amante cobarde
huyó, saltando por la ventana, Joaquina, abnegada y heroica, protegió su
fuga, colocándose tras él, defendiéndole con su cuerpo. Don Víctor, se
arrojó sobre ella, la derribó al suelo, pateó su vientre, sus entrañas
traidoras, oprimió su garganta hasta estrangularla. Después se levantó
aturdido, pero satisfecho de sí mismo, pareciéndole respirar mejor, y
paseó en torno suyo una mirada estúpida, sin comprender el mudo lenguaje
de aquellos centenares de volúmenes que le acusaban recordándole que la
venganza de todas las afrentas, como él tantas veces había dicho, no
estaba nunca entre las manos del ofendido, sino en los tribunales de
justicia... Pero, pasados algunos minutos, don Víctor creyó oir aquella
voz que llenaba su juventud, y por primera vez el anciano fiscal tembló,
reconociéndose injusto y frió y cruel...
Don Víctor fué preso; sus antiguas relaciones no le favorecieron; el día
de la sentencia el representante de la ley le atacó furiosamente y la
defensa fué mala. Don Víctor fué condenado á tres años de presidio.
La noche en que el viejo fiscal llegó á la penitenciaría, le impresionó
un semblante moreno, de ojos ardientes y grandes y poderosas cejas, al
que estaba seguro de haber visto otra vez...
--¿Es usted Gerardo López?--preguntó.
--Sí, señor.
El antiguo recluso, á su vez, reconoció en aquel viejecillo á quien la
fatalidad parecía haber encorvado repentinamente, al fiscal que le
condenó.
--Y usted--dijo,--¿es don Víctor?...
Don Víctor comprendía entonces lo que jamás pudo entender; y las
palabras con que el obscuro presidiario había querido defenderse
volvieron á su memoria.
--Aquí estamos los dos--exclamó el viejo magistrado;--tenía usted razón
al decir que, antes que hombres civilizados... somos... hombres. Sí, fuí
injusto con usted; no me guarde por ello rencor. Deme usted la mano...
LA CARTA
La anciana penetró en el despacho caminando ágilmente, con paso
infantil, alocado y ligero.
--Esta era la habitación favorita de mi pobre esposo--dijo;--todo está
según él lo dejó: la mesa de escribir, los estantes cargados de libros
que nadie ha vuelto á manosear desde entonces, la chimenea ante la cual
solía sentarse cuando ya estaba enfermo, á calentarse los pies; el
sillón Voltaire donde dormía las siestas, y la panoplia con las espadas
y los floretes que el generoso Ricardo descolgó tantas veces para
defender propios y ajenos errores. ¡Oh, no puedo recordar sin pánico
aquellas mañanas en que, tras una noche de ausencia, le veía llegar muy
pálido y con los puños de la camisa salpicados de sangre!...
En el testero principal de la habitación, y sobre un diván, había un
retrato al óleo de Ricardo Valdés. La pátina del tiempo había
obscurecido la pintura, y la cabeza, de color terroso, surgía del fondo
negro, con su frente ancha, su nariz aguileña, su bigote donjuanesco,
retorcido y largo, como los que cortan el rostro de los guerreros de
Velázquez; los ojos grandes, desencantados y burlones... Aquel retrato
recordaba al turbulento aventurero de antaño, procaz, enamorado,
vagabundo, que después de casarse huyó de Madrid poniendo el porvenir de
sus hijos y la felicidad de su mujer á los pies de una bailarina...
Rápidamente pasó por mi memoria la silueta de aquel hombre cuya historia
fué unida á la mía durante muchos años, y luego imaginé sus últimos
momentos terribles de cardíaco, pasados allí, bajo el rayo de sol que
ahora calentaba inútilmente el sillón vacío, junto á la esposa que
presenciaba la catástrofe desesperada, jadeante de dolor, después de
perdonarle todas sus culpas.
--Sí, fué bueno--dijo Teresa, que sin duda iba leyendo en mis ojos mis
pensamientos;--¡pobre mío!... Nunca podré absolverme de los
remordimientos que, bien involuntariamente, le causé... Ricardo, con sus
locuras, me atormentó mucho, pero también mis penas le herían de
soslayo, y estos sufrimientos que al fin le restituyeron á mis brazos,
aceleraron su muerte...
Después añadió con el atolondrado regocijo del niño que va á enseñarnos
una caja de juguetes nuevos:
--Venga usted: aquí, en esta gaveta, conservo varios recuerdos suyos:
retratos, pañuelos y una carta... carta deliciosa, que me escribió desde
París, poco antes de volver á España, herido ya mortalmente por la
enfermedad que había de robármele. Nadie sería capaz de quitarme este
papel; en sus renglones vive el alma de Ricardo, á veces impetuosa,
sentimental á ratos, siempre generosa y noble. ¿Quiere usted leer?...
Y me alargaba un pliego de papel escrito con una tinta que ya pardeaba:
carta dulce y triste, de arrepentimiento y de amor, que había recibido
muchos besos y sobre la cual se derramaron muchas lágrimas...
Decía así:
París, Mayo 18...
«Pronto hará cinco años que nos separamos, y durante este largo espacio
de tiempo, apenas si se han cruzado entre nosotros una docena de cartas.
«¡Oh mía, mía!... ¿Crees que te he olvidado?...
¡No!... En medio de mis viajes y del abominable catálogo de mis locuras,
tu recuerdo vivía en mí inspirándome la dulce confianza de que hay entre
nosotros algo muy grande, indestructible, que nada, ni aun el mismo
Destino, puede romper. ¡Ah!... ¿Por qué no decírtelo, cuando estas
verdades crueles pueden servirte de infinita consolación?... ¡Sí, quiero
que lo sepas!... Siempre había en la voz de mis queridas una inflexión
que recordaba la tuya: ésta tenía tus ojos, ardientes y melancólicos de
abandonada; aquélla tus cabellos negrísimos, estotra tus labios y tus
dientes; y por las noches, cuando me hallaba á solas en mi lecho después
de gozar una alegría que siempre tuvo algo de postizo, tu imagen
amadísima volvía á mi memoria poco á poco, acariciándome con el suave
perfume de tiempos lejanos, como una de esas sencillas oraciones que
aprendímos siendo niños y que nunca se olvidan... Y aquella oración
decía que tú me amabas también, que tus labios y tus brazos siempre
estaban abiertos para mí...
»¿Me engañaré? ¿Será posible que el recuerdo de las horas felices que
disfrutamos juntos haya muerto en tu alma? Estoy enfermo, mía; el
corazón me duele mucho; me ahogo... ¡Déjame volver á ti!...
»Te escribo desde un café del boulevard; son las diez de la mañana y
estoy solo; por la puerta entornada penetran ráfagas de aire tibio,
bocanadas alegres, vigorizadoras, de la primavera que vuelve; el sol de
Mayo ha disipado las nubes, convirtiendo el suelo en un charco de añil.
»¡Te quiero, mía!... Este último invierno, con sus días de nieve y sus
bacanales nocturnas, pasadas en los comedores reservados de las fondas,
dejó en mi memoria una impresión tristísima: recuerdo las mesas, con sus
manteles salpicados de vino, la silueta de los camareros silenciosos,
que salían llevándose los platos sucios y cerrando la puerta con el pie,
y las figuras de mis amigos: ellas tumbadas sobre los divanes, con los
corpiños entreabiertos y los cabellos desrizados, caídos sobre la
frente; ellos muy blancos, muy pálidos, con esa palidez cadavérica que
agranda los ojos, levantando en alto sus copas de _champagne_, brindando
y riendo, con alegría fúnebre de Pierrot... todo ello moviéndose en el
nimbo gris de las pesadillas.
»Pero aquéllo pasó, la primavera está ahí, y con la nueva sangre torna á
circular por mis venas el ardiente deseo de volver á ti: deseo tu alma,
hermana gemela de la mía, y codicio tu cuerpo, que á través de los años
y de la distancia, surge otra vez ofreciéndome el hechizo de las
ilusiones insaciables.
»¡Mía... deja que te llame así!... Necesito acariciar la esperanza de
volver á retratarme en tus ojos y que éstos sabrán mirarme sin tristeza
ni reproches; que tus manos jugarán con mis cabellos, que tus labios
húmedos espantarán de mi frente los malos pensamientos, que sentiré
sobre mi rodilla el peso y el dulce calor de tu cuerpo amadísimo; ¡oh,
la muerte no me asustará si, cuando llegue, me encuentra dormido entre
tus brazos!
»Adiós, mía; perdona el mal que te hice y ámame. Tengo sed de ti.»
Cerré la carta doblándola por los mismos antiguos dobleces que ya tenía,
y se la devolví á Teresa. Ella dijo:
--Separada de mis hijos por la distancia y de mi marido por la muerte,
esta carta constituye mi única consolación, la flor de mi juventud, la
voz adormecedora del ayer, el amuleto con que Ricardo borró todo el daño
que me hizo...
Mientras hablaba, los ojos de la pobre anciana brillaban en el fondo de
sus cuencas iluminados por un regocijo extraño; y yo la veía animarse,
sonreir desde el desamparado invierno de su vejez á la lozana juventud
perdida.
--¿No es cierto--añadió,--que esta carta es muy hermosa?
--Sí--repuse,--muy hermosa; consérvela usted...
* * * * *
Sólo yo conozco el secreto de aquella carta que quince años antes
Ricardo Valdés había escrito delante de mí.
Aquella mañana Ricardo redactó dos cartas; una cariñosa y ardiente, para
la bailarina amada de su alma; y otra correcta, fría, plagada de lugares
comunes, para su esposa. Luego incurrió en la distracción, harto
frecuente, de cambiar los sobres. Yo, que había sorprendido el engaño,
se lo advertí.
--De todos modos--contestó Ricardo sonriendo,--ninguna de las
interesadas hubiese podido sospechar mi equivocación, pues acostumbro á
no llamarlas nunca por sus nombres...
--En tal caso--exclamé--no deshagas el engaño; deja que la casualidad
realice sus planes. De todo esto puede resultar un gran bien.
Hubo una pausa.
--¡Quién sabe!--murmuró Ricardo pensativo;--¡acaso tengas razón!...
Y el trueque quedó hecho.
¡Pobre Teresa! Si ella hubiese sabido...
DECLARACION
Noche primaveral. Sobre el velador hay un elegante quinqué de mármol,
vestido por amplia pantalla de muselina azul; de las paredes cuelgan
tapices estilo Watteau, con pastores y emperifolladas princesitas que se
enamoran sobre un fondo gris: los muebles son de felpa, bajos y muelles;
sutil esterilla de junco cubre el suelo; en el comedio de la habitación,
suspendidos del techo por invisibles cabellos rubios, varios pájaros
disecados parecen sostenerse sobre sus alas extendidas; desde el balcón
abierto se abarca un ancho trozo de mar, mar calmoso cuyas olas
fosforean con vago y melancólico cabrilleo bajo la luz lunar. Del
horizonte asciende el gemido inmenso de la marea; suspiro doloroso que
llena el espacio remontándose hasta la región inaccesible de las
estrellas inmóviles.
_Personajes_:
ELISA.--Treinta años, viuda. Regular estatura, pelo y ojos negrísimos,
labios tristes, frente distraída, más que reflexiva. Ocupa una mecedora
junto al balcón.
CLAUDIO.--Cuarenta años; elevada estatura, semblante de Greco, largo y
seco; uno de esos rostros ascéticos que las ideas fijas empalidecen. Sus
miradas curiosean el espacio.
ELISA.--¿En qué piensa usted?
CLAUDIO.--No sé... oía...
E.--¿Qué?
C.--Al mar.
E.--Las olas hablan, ¿no es cierto?