C.--A ratos; esos diálogos que el hombre sostiene con la Naturaleza

dependen del observador, de sus nervios, del momento psicológico que

atraviese... A veces los pajarillos, el viento, las nubes, dicen cosas

agradables, sin trascendencia, que hacen amable la vida; otras, de noche

especialmente, el mar y los cielos parecen revelarse á nosotros cual si,

temerosos de quedar eternamente ignorados, pretendiesen descubrirnos el

secreto de lo incognoscible, de lo que nunca podrá saberse...

E.--¿Y ahora?... ¿Qué dicen las olas?...

C.--¡Oh!... ¿Cómo quiere usted que yo reduzca á palabras lo que apenas

cabe en la amplitud de mi pensamiento? El mar y los astros que sobre él

se reflejan, son para mí imagen ó fiel trasunto del amor, ideal supremo

del espíritu. Todos los hombres de imaginación llevamos un prototipo

femenino que provoca y presido la germinación de nuestros amores; cada

cual tiene su Julieta, su Beatriz... ¿De dónde surgió esa mujer,

arquetipo fantástico de toda belleza y de toda virtud?... ¡Quién sabe!

Probablemente nació con nosotros, y luego adquirió forma con la lectura

del libro de versos que hojeamos una noche de fiebre, ó con el retrato

de la diosa desnuda que vimos en la biblioteca de nuestro padre siendo

niños... Más tarde, el recuerdo de ese ideal nos acosa, nos sigue á

todas partes y creemos verlo en cuantas mujeres tropezamos, porque á

todas ellas alcanza su luz. «¡Esta es!»... Decimos llenos de júbilo y no

sosegamos hasta obtener su amor; y después, desvanecida la ofuscación

del primer momento, el alma desolada murmura: «¡No, no era ella!...

¿Comprende usted? La pasión siempre es única; sólo varia la forma ó el

objeto en que dicha pasión se complace, así vemos brillar en todas las

olas la luz del mismo astro; mas como no hay en ellas nada estable ni

sólido, su mentiroso cristal varía y la ilusión huye, y con ella la

serena luz robada á los cielos.

E.--De modo que las mujeres son para usted... olas...

C.--Esto es, olas del mar humano; olas poderosas que acarician, que

suelen llevarnos muy lejos y que, como las del Océano, pueden darnos ó

quitarnos la vida.

E.--Olas que pasan...

C.--Que pasan llenándonos de amargura el alma, pues sólo reflejan

fugitivamente la luz del astro que nuestra generosa imaginación colgó

muy alto, en la serena región donde los huracanes pasionales no llegan.

(=Pausa.=)

E.--¡Pobre Claudio! ¡Usted es un náufrago! (=El la mira sorprendido, ella

prosigue.=) Un náufrago que bracea desesperadamente contra el turbión que

le arrastra.

C.--(=Con tristeza.=) ¡Tal vez!

E.--¿Qué edad tiene usted?

C.--Más de cuarenta años.

E.--¡Cuarenta años!... A esa edad todavía el corazón y los músculos

conservan su vigor, pero la ilusión y la fe, brújulas ó divinos orientes

del espíritu ya se han apagado, y el horizonte obscuro es una amenaza,

una promesa siniestra. ¡Si usted hallase un leño, un salvavidas á que

unirse!...

C.--(=Mirándola sorprendido, como despertando de un sueño.=) Ya le he

hallado.

E.--(=Con súbita alegría.=) ¿Es posible?

C.--Sí.

E.--¿Quién?

C.--¡Oh!... (=La mira de modo singular, y luego baja los ojos

avergonzado.=)

E.--(=Tristemente.=) ¡Bah! ¿Para qué saberlo? Esa mujer... será una de

tantas; reflejo que se extingue, ola que pasa...

C.--No, Elisa; se engaña usted; á mi edad la fantasía, domada por los

desengaños, no forja ilusiones. La mujer de que hablo... es la soñada,

el ideal, la estrella que yo coloqué muy alto, allá arriba... en el

cielo, donde nos esperan todos los seres queridos que ya han callado...

(=Pausa.=)

E.--¿Y ella, le quiere á usted?...

C.--(=Vacilando.=) No sé.

E.--¿Nunca la descubrió usted su pasión?

C.--Nunca.

E.--¿Y ella, sabe que usted la ama?

C.--(=Con firmeza.=) Sí.

E.--¡Es raro!...

(=Le mira de hito en hito; él desvía los ojos, confuso.=)

E.--¿Hace mucho tiempo que la trata usted?

C.--Dos años.

E.--¡Lo mismo que á mí!

C.--(=Ruborizándose, temiendo haber dicho demasiado.=) Precisamente.

E.--(=Sondeándole astutamente.=) Pues... pasión que tanto se oculta y

recata, no puede ser firme.

C.--Al contrario.

E.--¿Cómo?

C.--Porque ese amor es una esperanza... ¡mi última esperanza!... y el

temor de perderla me aterra. Soy como jugador que malgastó un capital,

como padre que perdió muchos hijos: la desgracia me acobarda, el recelo

de que esa ilusión se convierta en desengaño y no en realidad, refrena

mi impaciencia: ella es mi último duro, el último hijo que puedo

perder...

E.--(=Pensativa.=) Comprendo su pensamiento. No obstante, yo, en su caso,

no sabría esperar; ¡es tan cruel la incertidumbre!...

(=Pausa. En el silencio el rugido del mar llena los horizontes como eco

apocalíptico de una voz lejana.=)

E.--Hable usted, Claudio, sea franco conmigo.

C.--¿Qué más puedo decir?

E.--¿Conozco yo á esa mujer?

C.--(=Titubeando.=) Sí.

E.--¡Ah!... ¿Quién es?

C.--Elisa, perdóneme usted, no puedo decirlo...

E.--Basta. ¿Cómo es? ¿Se parece á mi?

C.--Sí... (=Con arrebato.=) ¡Oh sí!... ¡Mucho!

E.--¿Tiene mi estatura?

C.--Sí.

E.--¿Y el pelo?

C.--Como usted.

E.--¿Y los ojos?

C.--Como usted.

E.--(=Fingiendo admirarse.=) ¡Es extraño!... ¡Dijérase que soy yo misma.

(=Pausa. Las mejillas de Claudio echan fuego.=) ¿Y en el carácter también

se parece á mí?

C.--También.

E.--¿Su nombre?... (=El la mira suplicante.=) ¡Tiene usted razón!... Había

olvidado que debo saberlo.

C.--(=Tragando saliva.=) Por ahora no; mañana...

E.--¿Mañana, sí?

C.--Sí.

E.--(=Riendo.=) ¡Es usted un hombre original!

C.--No se burle usted de mi cortedad; es que así, de sopetón... no

podría... no sabría decírselo...

E.--¿Y mañana?

C.--Mañana... le enviaré á usted su retrato.

E.--¡Ah!... (=Sorprendida.=) ¿Tiene usted su retrato?

C.--No.

E.--Entonces...

C.--Es decir... (=Tartamudeando.=) Es... ¿cómo explicarme?... es un

retrato que... sólo usted puede ver.

E.--No comprendo.

C.--Ni yo acierto á expresarme mejor. (=Levantándose.=) Adiós. Elisa.

E.--¿Quedamos, pues, en que mañana quedará despejada la incógnita?

C.--(=Con firmeza.=) Sí.

E.--¿Palabra de honor?

C.--Palabra de honor.

(=Se despiden estrechándose las manos largamente.)=

Al día siguiente Elisa recibió el retrato prometido. Venía dentro de un

estuche. Era un espejito de mano.

UN CUENTO RARO

Yo dirigía, por aquella fecha, un periódico diario de gran circulación.

Era una madrugada de Enero: me hallaba en mi despacho, escribiendo á

vuela pluma la _última hora_. Los suelos estaban alfombrados, los

cortinajes de las ventanas corridos; en el hogar ardía un buen fuego de

tuero y encina; el quinqué con pantalla verde puesto sobre mi mesa de

trabajo, proyectaba á su alrededor un cono luminoso: las manecillas de

un grave reloj de bronce colocado en la chimenea, bajo un almanaque de

pared, marcaban las tres de la madrugada.

La puerta del despacho abrióse lentamente y un ordenanza anunció la

llegada de un caballero que deseaba hablar conmigo.

--¿Quién es?--pregunté.

--No sé; no quiso decir su nombre. Asegura que necesita verle á usted

para un asunto urgentísimo y de mucha importancia...

--Está bien; que pase.

Permanecí mirando impaciente á la puerta, irritándome contra el

desconocido importuno que venía á interrumpir mi trabajo. Luego mi mal

humor cesó, trocándose en un sentimiento de curiosidad que había de ir

en aumento. El recién llegado era un hombre alto, extraordinariamente

delgado, preso en un gabán azul. Representaba cuarenta años: tenía la

frente grande, el rostro enjuto, la barba canosa y mal cuidada, la nariz

aguileña, los labios desencantados y finos; sus ojos miraban con esa

expresión penetrante y fría de los marinos viejos acostumbrados á

interrogar el horizonte...

Saludóme con una leve inclinación de cabeza, y sin más ambages se acercó

presentándome una docena de cuartillas.

--Tome usted--dijo,--es un cuento, acaso una historia... que acabo de

escribir.

--¡Un cuento!--repetí admirado de que viniesen á ofrecerme á tales horas

un retazo de amena literatura.

--Sí--añadió mi interlocutor sin inmutarse,--un cuento precioso,

originalísimo, que debe publicarse en el número de mañana.

--¡Usted está loco!--exclamé riendo, más sorprendido que irritado de

aquella exigencia;--á hora tan avanzada de la noche los periódicos

diarios sólo pueden admitir telegramas y noticias de gran actualidad é

interés general.

--Es que mi cuento tiene actualidad...

--En ese caso...

Alargué la mano y cogí las cuartillas que el desconocido continuaba

ofreciéndome. Le dí aquella contestación ambigua que á nada me

comprometía, para que se fuese y quedarme tranquilo. El así lo

comprendió, porque repuso:

--¿Cumplirá usted su palabra?...

Y me miraba, registrándome con los ojos el pensamiento. Yo, creyendo

realmente habérmelas con un loco, contesté:

--Sí.

--¿Lo promete usted por su fe de caballero?

--Lo prometo... siempre que el artículo sea bueno.

--Entonces me voy tranquilo; el artículo es bueno; se publicará...

Dió algunos pasos para marcharse; de pronto se detuvo dándose una

palmada en la frente, recordando algo muy importante:

--Mi cuento--dijo,--no está concluído, pero no importa... voy á

terminarlo dentro de un momento; falta sólo una cuartilla, la última.

Cuartilla que traerán, caso de que yo no pudiese volver, antes de media

hora.

Y sin darme tiempo á contestar, saludó y salió del despacho como una

sombra, sin ruido.

--Decididamente--pensé--ese hombre está loco.

No obstante, cogí su artículo y empecé á leer. Era un cuento

autobiográfico muy raro, escrito con estilo enérgico y fácil, salpicado

de incongruencias deslumbrantes, que esclavizaron mi atención. Lo leí

rápidamente, de un tirón. Se trataba de un viejo libertino que, la noche

del último día de Diciembre, había querido epilogar la larga historia de

sus azarosos amores y romper definitivamente con todo su pasado. Para

ello colocó sobre la mesa de su despacho el baulito donde desde hacía

muchos años, venía guardando los trofeos que de sus diferentes mujeres

iba conquistando; retratos, pelo, guantes, cintas; flores marchitas,

restos melancólicos de primaveras remotas, zapatitos de seda que

recordaban algún baile de máscaras... El desengañado burlador quería

conservar cuanto perteneció á la amada muerta, á la inolvidable, y

romper el resto. De pronto, su mano febril tropezó con la arquilla, ésta

cayó al suelo y los recuerdos de aquellos viejos amores quedaron

confundidos y revueltos en galimatías inexplicable. ¿Cómo descubrir

entre los numerosos rizos de diferentes cabelleras morenas y rubias los

que pertenecieron á la muy amada? ¿Cómo guardar el pelo de una mujer que

no quiso? ¿Cómo tirar al arroyo los cabellos de la que amó?... Y el

burlador sentía la desesperación trágica, desgarradora como un zarpazo,

del fanático que ve caer á sus pies y saltar en pedazos una imagen

bendita.

«Desde hace tres días--añadía el autor del cuento--vivo en una

incertidumbre cruelísima que trastorna el concierto de mis ideas. ¿Dónde

estarán los cabellos de la muerta?... La silueta macabra del suicidio

bailotea ante mis ojos y sonríe, mostrándome sobre su semblante de ébano

unos dientes muy blancos y unos labios muy rojos, que convidan con el

último beso...»

No pude seguir; el regente de la imprenta llegaba pidiendo original.

--¿Cuántas columnas faltan para completar el número?--pregunté.

--Tres.

--Toma ese cuento y que vayan componiéndolo; falta una cuartilla que irá

en seguida...

Permanecí solo, el ceño fruncido bajo la impresión poderosa de aquellas

cuartillas extrañas, recordando el semblante lívido y enjuto de su

autor, y sus ojos inmóviles que parecían inspeccionar lo definitivo...

Después volví á la realidad, abismándome en el examen prosaico de los

telegramas que iban llegando. Eran las cuatro de la madrugada. Pasó otra

media hora. El regente reapareció pidiendo la última cuartilla del

cuento... Me quedé perplejo, no sabiendo qué hacer; el desconocido no

había vuelto; la tirada del periódico iba á retrasarse por una

tontería...

En aquel momento llegó el _reporter_, que venía del Juzgado de guardia

con las últimas noticias.

--¿Qué hay?--pregunté.

--Poca cosa; un incendio en la calle de... y el suicidio de un

caballero.

--¿Un hombre de cuarenta años, alto, delgado, vestido con un gabán

azul?...

--Sí; ¿cómo sabe usted?...

Entonces lo comprendí todo; yo mismo redacté la noticia; aquella

cuartilla era la que faltaba. El hombre raro no me había engañado: su

cuento estaba hecho.

LA COMEDIANTA

Echado afanosamente sobre la barandilla del palco, con los ojos muy

abiertos y la mirada inmóvil del desdichado que siente la angustiosa

atracción de los abismos, Claudio Roldán espiaba las movimientos de

Matilde, la actriz prodigiosa en quien hallaban eco todas las notas de

la gama sentimental: el cariño y el odio, la duda y la fe, los arrebatos

del deseo y el amor reservado y discreto de las vírgenes....

Matilde estaba en la plenitud de sus facultades y en el apogeo de su

belleza. Su voz, clara y dulce, resonaba en el teatro con inflexiones

suaves, resbalando cariciosa sobre la cabeza de los espectadores

atentos; luego, en los recitados, la tiple se metamorfoseaba en

verdadera actriz; el genio hermoseaba sus ojos; una sonrisa dulce, como

promesa de amor, embellecía sus labios; su rostro brillaba bajo el casco

de sus cabellos rizosos y sus ademanes adquirían elegancia y desenfado

encantadores... Y mientras Matilde representaba, Claudio Roldán,

fascinado, iba acercándose á la barandilla del palco, adelantando el

busto, alargando el cuello con un embeleso en que había algo fatal.

Aquella pasión fué creciendo, ponzoñosa y devoradora como un cáncer, y

Claudio ya no pudo resistir la tentación de conocer personalmente á

Matilde. Un actor amigo suyo se ofreció á presentarle, y aquella misma

noche, durante un entreacto, Roldán fué al cuarto de la actriz. Era un

gabinete monísimo, tapizado de azul, sobre cuyas paredes la luz de una

lamparilla eléctrica vertía suave resplandor nimbado.

La presentación fué breve y expresiva:

--Aquí tiene usted á Claudio Roldán, escritor de gran corazón, buen

amigo y buen artista...

Claudio encomió la hermosura y el talento de la actriz; ella respondía

sonriendo, halagada, entornando los párpados modestamente; y estaba

seductora con sus ojos perversos de mujer muy vivida, que todo lo sabe,

su entrecejo pensativo, su traviesa naricilla de artista y sus labios

finos, alegres y dulces, como un epitalamio...

Aquella primera entrevista sirvió de prólogo á otras muchas, y lo que en

un principio fué afición discreta y suave, trocóse bien pronto en

furioso deseo. Claudio amó á Matilde con pasión frenética: amó sus ojos

negrísimos, sus labios que, á pesar del fuego calcinante de las

pasiones, se mantenían purpurinos y frescos como los de una virgen que

nunca ha besado; la dulce expresión de su rostro, siempre propicio á la

risa; su cuello oculto bajo la brillante cascada de sus cabellos negros;

su cuerpo prodigioso, ramillete de femeniles hechizos... Claudio amó

todo esto en Matilde, y contribuyó á fortalecer su pasión la perfecta

identidad moral y física que halló entre la actriz y la mujer que

inspiró sus primeros amores y que murió llevándose á la tumba la dorada

primera juventud de Claudio Roldán. La presencia de Matilde retrotraía á

la memoria del escritor los años pasados; volvió á sentirse mozo y á

reconocerse capaz de vencer la corriente fatal de las cosas, tornando á

vivir lo ya vivido, si, como suponía, Matilde se prestaba á ayudarle.

Durante varias noches consecutivas, Claudio Roldán fué al cuarto de la

actriz resuelto á descubrir el misterio de su cariño; pero nunca se

atrevió, acobardado bajo la mirada zahorí de aquella mujer en cuya

historia no se insinuaba el recuerdo de ninguna pasión, y que siempre

parecía recibirle con cierto agasajo desdeñoso y burlón. Al fin,

convencido de que no sabía hablarla, resolvió escribirla: fué una carta

admirable que compendiaba todo un drama de amor. En ella se advertían

contradicciones encantadoras. Temiendo la posibilidad de que la actriz

contestase á su declaración con una negativa rotunda, el tímido amante

disimulaba el verdadero alcance de sus deseos con una modesta petición.

«Yo, pobre y obscuro, ¿cómo he de abandonarme á la ilusión de llegar á

usted, rica, feliz y envuelta en el nimbo glorioso de sus triunfos

artísticos?... No, Matilde, yo no aspiro á tanto: mis ambiciones se

reducen á conversar con usted algunas horas; no en su cuarto, donde

nunca faltan visitantes importunos que me molestan, sino por ahí, á

solas, donde pueda yo dar libre curso al flujo tempestuoso de mis

pensamientos.

»No desoiga usted mi ruego, Matilde; usted es artista y los artistas se

deben al público; y, pues usted procura agradar y divertir á los

espectadores que acuden al teatro, ¿por qué no había usted de resignarse

á divertirme á mí solo algunos momentos?... Aparte de que usted no será

para mí necio divertimiento ni pasatiempo vano, sino preciosísimo rayo

de luz, de cuyo benéfico calor quedarán en las yertas lobregueces de mi

vida imperecedero recuerdo...»

Continuaba hablando de su melancólica existencia de artista pobre, de

sus ambiciosos ensueños, no realizados aún, y agregaba:

«Necesito que pasemos una tarde juntos, como si fuésemos amantes: yo la

esperaré en un coche de alquiler que nos llevará á un café de los

arrabales. Ya sé que tiene usted coche propio, mas no puedo subir á él;

porque ese coche lo compró usted con el dinero que ganó divertiendo al

público, y estoy celoso de esas ráfagas de deseo que palpitan en el

aplauso de las multitudes: creo que en ese vehiculo, sobre cuyos muelles

asientos usted se adormece cuando sale del teatro, yo me ahogaría...

Durante esas tres ó cuatro horas que su bondad me otorgue, hablaré

libremente... es decir, hablaremos; porque también necesito que usted me

trate como á un viejo amigo, y nos tutearemos, si su condescendencia

para conmigo llega á tanto... Y si durante esta conversación soy tan

menguado que no acierte á decir á usted nada que la interese, tiene

usted derecho para despedirme...»

Cuando aquella noche Claudio Roldán se presentó en el cuarto de Matilde,

ésta le recibió sonriendo:

--He leído su carta--dijo;--es usted un hombre original.

--¿Y accede usted á mi deseo?

--Sí... ¿por qué no?... Los artistas, como usted advierte muy

discretamente, nos debemos al público.

Roldán no supo qué responder, estremeciéndose de cabeza á pies con un

sacudimiento delicioso, cual si acabase de recibir en la espalda una

ducha de felicidad. Luego, queriendo cerciorarse de que sus oídos no le

habían engañado, preguntó:

--¿Cuándo nos vemos?

Ella frunció el lindo entrecejo, dudando.

--Espere usted... Mañana, no tengo ensayo; pues... mañana mismo.

--¿Dónde?

--En la plaza del Rey, á las dos de la tarde.

Lo dijo con afabilidad desdeñosa, como quien no da importancia á lo que

dice.

Al día siguiente, en efecto, se vieron. El esperaba desde hacía largo

rato cuando ella llegó; iba ataviada con elegancia y sencillez, como una

burguesita de buen gusto.

--Esto--dijo, estrechando cordialmente la mano que Claudio le

ofrecía,--viene á ser algo así como una función de tarde.

El la miró receloso y feliz: después subieron al coche. Durante el

paseo, Claudio estuvo conversador, apasionado, elocuente...

--Tú eres--decía,--el ideal que yo perseguí tantos años, y si tuve

relaciones con otras mujeres, fué porque en ellas creía hallarte. Todas

tenían algo tuyo: unas, tus ojos, brillantes y agudos; otras, tu ingenio

picante, de variados recursos, ó tu frente pequeña, bombeada,

embellecida por el arco pensativo de tus cejas; ó tu boca de rojos y

cariñosos labios, llenos de piedad, ó tus manos, entre cuyos dedos

infantiles algún hechicero puso el difícil secreto de todas las

voluptuosidades... Por eso te quiero tanto, Matilde, porque tú sola, con

ser tan pequeña, comprendías cuanto de hermoso y adorable mi experiencia

fué hallando en las demás mujeres.

Ella le escuchaba sonriendo, y en la penumbra del coche sus ojos

parpadeaban con expresión indescifrable, desesperante... De pronto

Claudio creyó que la actriz le engañaba, y exclamó:

--Pero... ¿oyes lo que digo? ¿Es cierto que me quieres?

--Sí.

--¿Es cierto que mis palabras despiertan en tu alma un eco simpático?

--Sí.

La miró de hito en hito, temiendo haberse franqueado tanto con aquella

mujer que nunca había querido. En el café, Claudio Roldán estuvo más

sereno y su conversación fué menos arrebatada, más íntima. Hablaba en

voz baja, oprimiendo entre sus manos las manos de la actriz; luego

intentó una caricia algo más atrevida: la joven le contuvo suavemente:

--¡Ambicioso!--dijo,--¿no estás contento aún?

Claudio la miró con ojos bañados en lágrimas de agradecimiento infinito.

--¡Tienes razón!--murmuró;--me has hecho muy feliz; el recuerdo de esta

cita durará lo que dure mi vida...

Quedó silencioso, la cabeza caída sobre el respaldo del diván, mirando

al techo.

--Hablemos--dijo Matilde.

--No--repuso Claudio,--mejor estamos así; hay estados de alma

intraducibles, estados que se sienten, pero que no se oyen... Déjame...

Ella le miró sonriendo, con risa compasiva. Luego dijo:

--¿Vámonos?

Roldán levantó la cabeza bruscamente, atónito, como quien despierta de

un sueño profundo.

--¿Ya?--dijo.

--Sí, son las siete.

El se encogió de hombros.

--Bien--murmuró;--como quieras...

Tornaron á subir en el coche, que les esperaba á la puerta del café, y

Matilde dió al cochero las señas de su casa.

--¿Cuándo volveremos á vernos?--preguntó Claudio.

El rostro de la actriz expresó una sorpresa perfectamente estudiada.

--¡Cómo!--dijo;--¿vernos, como hoy, á solas?

--Sí.

--¡Ah, eso... nunca!...

Claudio la miró con ojos inmóviles, brillantes; ojos de loco que no

pestañea; sus labios lívidos temblaban. Matilde continuó:

--Yo me he limitado á complacerle en todo cuanto usted ha solicitado de

mí...

--De suerte que esto ha sido...

--Una comedia.

--¡Una... comedia!

--Sí.

Claudio Roldán, anonadado, no supo qué responder. La joven agregó:

--Usted me decía en su carta que «los artistas nos debemos al

público...» y yo, como actriz, accedí á su deseo. Usted era para mí...

un espectador; un espectador á quien aprecio mucho, y para cuyo recreo

he representado la comedia del amor durante algunas horas.

Y añadió tras una breve pausa:

--Separémonos, Claudio. El telón ha bajado ya; la representación ha

concluído.

Barcelona.--Noviembre, 1899.

FIN

INDICE

Págs.

Introducción 5

Odio mortal 7

Agonía 13

Aguafuerte 19

La muerta 25

Discreteos 31

Gluck, el inimitable 35

La herencia de un gran hombre 41

A obscuras 47

La ocasión 55

La hija del Sol 65

Idolos caídos 73

La abuela 79

Entre ellas 87

Germinal 93

La cadena 99

Por una errata 105

Crepúsculo 109

Lo horrible 115

Marcela 123

El buen parecer 131

Remordimiento 137

Noche 143

Lo inconfesable 151

El amigo 157

En presidio 163

La carta 171

Declaración 177

Un cuento raro 183

La comedianta 189

End of Project Gutenberg's De carne y hueso; cuentos, by Eduardo Zamacois

De carne y hueso; cuentos · 第 9 / 9 段