Después mientras bajaba la escalera encendiendo un cigarrillo con aire

tranquilo, pensó:

--¡Bah, cosas de mujeres! Estoy seguro de que mañana viene á buscarme

para que almorcemos juntos...

Aquella noche de Agosto la pasó Adolfo Latorre muy alegremente: primero

en los jardines del Buen Retiro, después en Fornos, cenando con amigos

de buen humor. Volvió á su casa á las tres de la madrugada. Entretanto

la pobre Matilde, transida de dolor, le había escrito una carta que

empezaba diciendo:

«Perdona mis arrebatos; estoy loca, no puedo vivir sin ti...»

Al llegar á su casa, Adolfo Latorre se puso en mangas de camisa y salió

al balcón: el calor era sofocante; bajo un cielo acribillado de

estrellas, Madrid dormía el sueño letárgico de las noches estivales: en

el fondo de la calle que avanzaba en zig-zag, algunos faroles

parpadeaban, ejerciendo sobre Latorre atracción siniestra. Era

inexplicable el hechizo que tenían las piedras del regajo, vistas desde

la altura de aquel piso tercero. Adolfo, algo mareado por los vapores de

la cena, permanecía acodado sobre la barandilla del balcón, é

inconscientemente iba adelantando el busto más y más... como atraído por

un imán diabólico. De pronto perdió el equilibrio y cayó al espacio,

haciendo una contorsión trágica. Su cuerpo fué á estrellarse sobre las

piedras de la acera con un ruido seco; el sereno y algunos transeúntes

que acudieron á socorrerle le hallaron inmóvil, con el cráneo

deshecho...

Al día siguiente los periódicos publicaron el sangriento fin de Adolfo

Latorre bajo el epígrafe: El suicidio de anoche. Para el público aquella

noticia no tenía importancia y la olvidó pronto; Latorre era uno de

tantos desdichados que se suicidan sin decir por qué...

La desesperación, en cambio, de Matilde, no tuvo limites.

--«¡Yo le maté!...»--pensó.

Un remordimiento sombrío embargó su alma; horrorizada de sí misma

renunció al mundo, vistió de luto y gastó su hacienda en obras

caritativas.

Pasaron veinte años.

Un día los guardas del cementerio la encontraron muerta, sobre la tumba

de Adolfo Latorre, con un ramito de flores en la mano...

NOCHE

La locomotora lanzó un silbido autoritario y el tren echó á rodar

cachazudamente, estremeciéndose con un sacudimiento lento y suave, como

un desperezo; luego aceleró su marcha, los coches pasaron veloces unos

tras otros, con sus ventanillas iluminadas, por las cuales se abocetaban

perfiles borrosos de viajeros, y al fin el expreso desapareció en su

vuelta del camino derramando esa tristeza indefinible que deja tras sí

todo lo que huye...

Allá lejos, sepultada en la inmensidad tenebrosa de la noche, quedaba la

estación con sus cuatro paredes renegridas por el humo de las máquinas,

su flaca techumbre de pizarra y su miserable andén de apeadero

provinciano, iluminado por una linterna colgada junto á un reloj.

Dentro, en el saloncillo destinado á la carga y descarga de los

equipajes, había un hombre y una mujer. Ella, acurrucada contra el muro,

entre un maletín de viaje y un lío de ropas, permanecía inmóvil, el

rostro inclinado sobre el pecho, procurando conciliar el sueño: él,

menos fatigado ó más impaciente, paseaba de un extremo á otro, con las

manos metidas en los bolsillos de un viejo gabán que casi le llegaba á

los talones. Al otro extremo del salón, un empleado dormitaba embozado

en su bufanda. Fuera resonaban los silbidos del viento y el murmujeo de

los árboles que agitaban en la sombra sus ramas escuetas.

De pronto el individuo del gabán interrumpió sus paseos parándose

delante de la mujer que dormía.

--¿Sabe usted--dijo--á qué hora pasa la diligencia para Almería?

Ella levantó la cabeza: era una vieja con un semblante que acaso fué

hermoso, pero que los años estropearon, dejándolo marchito y enjuto como

un bagazo.

--Creo--repuso--que sale de aquí á las cinco. La diligencia que yo he de

tomar parte á la misma hora.

El no contestó y reanudó su paseo, andando á largas zancadas, pisando

recio para ahuyentar el frío que le atería los pies. Era un viejo de

mediana estatura, con rostro simpático y un continente imperativo y

desembarazado de gran señor, que parecían protestar de la horrible

estrechez que acusaban la raridad y el mal pelaje de sus vestidos.

Pasaron algunos minutos y el desconocido tornó á prender la hebra con la

viajera. Hablaban lentamente, como á la fuerza, cual si de todos los

males que sufrían el de la conversación fuese el menor. El iba á

Lucainena de las Torres; ella á Lubrín.

--¿De dónde viene usted?--preguntó la vieja.

--De Buenos Aires.

--Allí he vivido yo algunos años... Ahora vengo de Madrid... He viajado

mucho...

--Yo, también.

Hablando, hablando, vinieron en conocimiento de que la suerte les había

llevado casi por los mismos derroteros: los dos estuvieron en París, en

Londres y en América... y aquellas coincidencias provocaron entre ellos

una repentina corriente simpática.

--En la fecha á que usted se refiere--decía él--yo trabajaba en el

teatro Español con don José Roldán.

Ella lanzó un grito de sorpresa.

--¡Cómo!--exclamó--¿usted conocía á Pepe?

--Muchísimo; fué mi maestro.

--¿Y á Rosario Molina?

--También. ¡Pobrecita!... Murió estando yo en París...

La viajera se había levantado y miraba á su interlocutor azorada.

--Claro es--dijo tras una breve pausa,--que si conoció usted á Rosario,

conocería también á su íntimo amigo Daniel Santana, el pintor...

--¿Cómo no?...--interrumpió el anciano admirado de que aquella vieja tan

mal traída por la suerte le hablase de tantas personalidades

ilustres;--Daniel y yo nos quisimos como hermanos...

Contempláronse perplejos, agradeciéndose el inesperado bienestar y suave

contento que mútuamente se proporcionaban.

--Indudablemente--exclamó ella,--nosotros nos conocemos; usted se

llama...

--Mariano Guzmán.

--¡Mariano Guzmán!--repitió la anciana cruzando las manos;--¡oh, sí!...

Hemos hablado muchas veces en el estudio de Daniel... Mas... ¿cómo

conocerle á usted después de tantos años?

Le miraba maravillándose de encontrarle en aquel sitio y tan viejo, con

su gabán raído y salpicado de manchas, sus zapatos desgobernados y su

rostro de hombre muy vivido, macilento y triste... El la observaba

también adivinando sus pensamientos.

--¿Y usted--preguntó--quién es?...

--Elisa Marcial, la modelo que tuvo Daniel para sus cuadros _Safo_ y

_Venus dormida_, premiados con medalla de oro en la Exposición de

París...

Poseído de verdadera emoción, Mariano Guzmán se aproximó á su

interlocutora para examinarla mejor.

--¡Elisa, Elisa!--repetía;--¡ah, que cambiada está usted!... ¡Usted es

la mujer más hermosa que he conocido!...

Hablando así la cogió familiarmente por los hombros, admirado de verla

tan vieja, con su frente rugosa, sus ojos hundidos y su semblante

alargado y marchito por el sufrimiento...

--No hable usted, Mariano--repuso ella en voz baja,--de mi antigua

belleza, ya que ahora sólo soy la caricatura lamentable de lo que fuí:

los años crueles trocaron mi gentileza en fealdad, mis ilusiones en

desencantos, y en miseria mi fastuosa opulencia de otros tiempos.

¡Oh!... de Elisa Marcial ya no resta nada, nada... ¡Ni el recuerdo!

El viejo actor alzó los hombros.

--¡Ni un recuerdo!--murmuró;--dice usted bien... ¡Tampoco se acuerda

nadie de mí!...

Continuaron hablando, repitiendo nombres de camaradas muertos y evocando

sus efímeros triunfos de viejos ídolos abandonados.

Sin hogar, sin familia, sin otra esperanza que la de hallar en sus

pueblos algún pariente que les amparase hasta que viniese para su

desvalida vejez la hora del eterno descanso, olvidaban su porvenir

hambriento y desnudo para mejor evocar aquel pasado luminoso, tan fértil

en aventuras y en ilusiones, que llenaba su vida.

Mariano Guzmán, cuyo nombre figuró en las páginas más brillantes de

nuestro teatro, era una especie de dios caído. Hubo un tiempo en que la

fortuna le acarició y encumbró como á hijo predilecto; los mejores

dramas fueron estrenados por él; los actores imitaban sus actitudes, su

voz, sus gestos, y rindió á muchas mujeres prendadas de su gallarda

apostura y altos merecimientos artísticos... Después, la estrella de sus

aventuras empezó á eclipsarse: vinieron los disgustos con compañeros

poderosos que le envidiaban, las malas contratas, las excursiones

provincianas que tanto gastan y achabacanan á los buenos artistas, los

viajes á América, los amores desgraciados que exprimen el alma...

Insensiblemente fué quedándose sin figura, sin memoria y sin voz; ya no

hallaba aquellas exaltaciones trágicas, aquellos gestos sublimes conque

antaño vencía la silenciosa hostilidad de las muchedumbres; su genio

declinaba. Cuando regresó á Madrid, el público no quiso reconocerle y

tuvo que marcharse. Desde entonces, la vida fué para Mariano Guzmán el

descenso humillante de un Calvario interminable; siempre rodando de un

lado á otro, siempre bajando; hoy un poquito, mañana un poco más... Y al

fin, cansado de tan largo combate, sin dinero, sin hijos, volvía al

miserable pueblecillo de donde cincuenta años antes le sacó su ambición,

con la vaga esperanza de hallar un hermano labrador á quien nunca había

escrito...

Mientras el anciano hablaba, su interlocutora hacía con la cabeza signos

melancólicos de asentimiento.

Ella también había luchado y contribuído eficazmente á la elaboración de

muchas preclaras reputaciones artísticas.

Elisa Marcial fué una de las mujeres más hermosas de su época: la copia

de los cuadros que su guapeza inspiró se vendieron á millares, y no hubo

aficionado para quien el cuerpo de la célebre modelo tuviese secretos:

arrogante y esbelta como la Duval, de Gérome; voluptuosa y sensual como

aquella Adriana, que el genio de Rallí ha legado desnuda á la

posteridad: con sus hombros redondos, sus pechos duros de virgen

salvaje, su talle anillado y sus caderas amplias y mórbidas de mujer

ardiente... Elisa recorrió las principales ciudades europeas, luego fué

á América, en brazos de un millonario brasileño, y cuando regresó á

Madrid, muchos años después, comprendió que la brillante novela de sus

triunfos terminaba.

Había menos luz en sus ojos cansados, menos frescura en sus labios,

menos gallardía en su cuerpo. Varios de sus amantes eran muertos; otros

la trataban con cierto aire de compasiva protección, como á una vieja

amiga con quien sólo puede hablarse de lo pasado; algunos, cuando la

encontraban en la calle, miraban á otra parte, esquivando el trabajo

inútil de saludar á una mujer fea...

--El tiempo--agregó Elisa Marcial--había dispersado la alegre comparsa

de mis amigos y era inútil querer reconquistarles. En ese Madrid,

testigo de mis triunfos gloriosos, quise morir; pero la miseria no me

permite satisfacer este último capricho y regreso á mi pueblo, donde me

espera una sobrina de quien guardo algunas cartas...

No dijo más y aquellos dos náufragos ilustres á quien el espantoso

vendaval de la vida arrojaba sobre la misma playa, se contemplaron en

silencio; un silencio elocuente, lleno de confesiones. Después, él

preguntó:

--¿No tiene usted hijos?

--No.

--Yo tampoco...

Sus amores, como sus triunfos artísticos, fueron estériles. Aquello

parecía una maldición.

--No nos queda nada--agregó Guzmán;--nada... ¡Ni siquiera un hijo que

nos recuerde!

Permanecieron mudos, pensando en aquel Madrid lejano que aplaudió sus

victorias y encumbramientos, y que al verles viejos les arrojaba lejos

de sí. Los escritores pueden holgarse de haber compuesto un libro que

perpetúe su nombre; pero, ¿qué resta de los actores muertos, y qué de

las modelos á quienes el tiempo privó de encantos?

--Todo ha concluído para nosotros--murmuró Guzmán.

--¡Todo--repitió Elisa!

Hablando así, aquella mujer á quien un millonario brasileño sedujo en

París envolviéndola en pieles de marta, tiritaba bajo sus viejos

vestidos agujereados. De repente se oyó ruido de caballos y de coches

que se acercaban.

--Ahí están las diligencias--dijo el actor,--vámonos.

Y salieron. En la penumbra indecisa del amanecer aparecía la carretera

que se alejaba serpeando hacia el horizonte neblinoso. A la izquierda

quedaba la vía férrea sepultada entre dos ribazos, semejante al cauce de

un enorme torrente seco. Las diligencias sólo se detenían allí algunos

instantes, los indispensables para recoger las cartas que hubiese. Los

dos ancianos se contemplaron con angustia, deplorando separarse después

de haber reverdecido tantos recuerdos. Sin embargo, era preciso.

--Adiós, Mariano--dijo ella,--hasta otra vez...

Sus ojos brillaban cubiertos por un velo de lágrimas. El apretó

convulsivamente entre sus manos la mano flaca y yerta de su

interlocutora y se alejó sin responder, avergonzado de que le viesen

llorar. Cada uno parecía llevarse el pasado del otro. Cuando las

diligencias partieron en opuestas direcciones, los dos viejecitos,

asomados á las ventanillas de sus vehículos, agitaron sus pañuelos

dándose el último adiós, dejando tras sí esa melancolía inexplicable de

todo lo que huye...

LO INCONFESABLE

Fué una de esas conversaciones inolvidables, vibrantes, casi trágicas,

que la emoción parece grabar en la memoria á golpe de martillo y de

cincel.

Hablaban de amor; de los que se casan por cariño ó por interés, de los

hombres que traicionan á sus mujeres, de las esposas que burlan á sus

maridos... Esta última variante del diálogo sugestionó la atención de

Luis; su turbulento corazón enamorado y celoso fué exaltándose, y tras

algunas pleguerías y circunloquios retóricos, que procuraron velar la

salvaje vehemencia de los sentimientos, exclamó:

--Dime, ¿tú serías capaz de engañarme?

Ella, riendo, le echó los brazos al cuello.

--¡Yo! ¿Engañarte yo?...--exclamó;--¿has perdido el juicio?...

Luis hizo un gesto vago de hombre experto á quien el mundo enseñó a

dudar de todo.

--¡Oh, no te rías!--dijo--la vida ofrece miríadas de peligros que una

locuela como tú no puede prever, y lazos y añagazas sin número... No

creas que pongo puertas á tu virtud... Pero advierte que si

alambicásemos la historia íntima de los mejores matrimonios, acaso

hallásemos en todos algún secreto horrible; un capitulo inconfesable,

una de esas páginas que no pueden leerse sin rubor... No, Fernanda, todo

no se sabe... Hay muchos adulterios que se conocen, pero también hay

otros que quedan ignorados perpetuamente, crímenes fortuitos, sin poesía

y sin fecha, cuyo afrentoso secreto baja al sepulcro con los criminales.

Y agregó, anhelando obtener un juramento, una promesa, algo, en fin, que

aquietase aquella roedora comezón de su espíritu.

--Responde, Fernanda: si andando los años la fatalidad te colocase en

una de esas situaciones supremas en que el deber perece á manos de la

fuerza, ¿me lo dirías? ¿Tendrías valor para decírmelo?...

Hubo una pausa; la joven, cuyo espíritu inocente se mecía muy lejos de

los siniestros linderos de lo inconfesable, murmuró con ese valor

temerario de los niños:

--Sí, lo diré todo... ¿Por qué no?... Te lo juro.

* * * * *

Mucho tiempo después, Fernanda llegaba al apogeo de su vida y de su

belleza: alta, gruesa y majestuosa como una deidad pagana, con pomposas

caderas desarrolladas por la maternidad y grandes ojos ardientes.

Hasta entonces Fernanda, tanto por cariño como por costumbre, no tuvo

secretos para su marido; había hecho de él su madre, su confesor, hasta

que una vez... conoció lo incomunicable, lo que no puede decirse.

Felipa Godoy, la mejor amiga de Fernanda, tenía un amante á quien sólo

veía de tarde en tardo y á trueque de innúmeros peligros, y necesitaba

una compañera que la sirviese ante su familia de pretexto ó escudo de

salidas. Aquel asunto los dos amantes lo discutieron minuciosamente, y

convinieron en que Fernanda era la única mujer que, por su reserva y

varonil discreción, podía ayudarles.

--Tú la confiesas nuestro secreto sin ambajes--dijo él,--y conmuévela

describiendo la inmensidad de nuestro cariño, los obstáculos que nos

separan, tus sufrimientos... Di también que lo único que solicitamos de

su amistad es que te acompañe alguna que otra vez...

Prosiguió sonriendo con gesto burlón.

--Más adelante y á fin de que estos paseos no la aburran, buscaré algún

muchacho que la acompañe.

Felipa Godoy, que conocía la virtud austera y sin mácula de la joven,

protestó:

--No digas tonterías, no la conoces; Fernanda es incapaz.

--¡Oh, quién sabe!...

--Quiere mucho á su marido.

Pero él continuó refutando victoriosamente aquellas objeciones: era

preciso ser egoísta para triunfar: Fernanda podía cansarse de ayudarles

ó reñir con ellos, en cuyo caso quedaban á merced suya: convenía, por

tanto, tenderla un lazo; así las dos lucharían juntas, movidas por el

mismo interés y el cuerpo de la una garantizaría la salud de la otra.

Felipa Godoy empezó á ejecutar hábilmente todo aquel plan: refirió á su

amiga los secretos pormenores de su pasión, se apoderó de su alma, la

conmovió, la hizo llorar.., y obtuvo cuanto guiso. Fernanda se ofreció

á protegerla: realmente, ella también deseaba estudiar por sí misma

aquel mundo de los amores criminales que sólo conocía de referencias.

Luego vió al amante de Felipa y le pareció simpático y muy galán... Y de

este modo, la inocente casada fué abandonándose por la pendiente

seductora de lo prohibido.

Pocos meses bastaron para que los tres fuesen muy buenos compañeros, y

entre tanto Luis no sabía nada, porque Fernanda no quiso amargar

aquellas escapatorias rompiendo el hechizo del misterio.

El desenlace de aquel enredo, preparado con tanta calma y tan

diestramente, llegó de pronto.

--Mañana por la tarde--dijo Felipa Godoy á su amiga,--Claudio y yo

merendaremos en la Bombilla; probablemente nos acompañará un amigo suyo

y, como supondrás, me aburriré horrorosamente, ¿Quieres venir?...

Fernanda vacilaba.

--No seas perezosa--insistió Felipa;--reiremos mucho, bailaremos y

luego, al atardecer, á casita. ¿Qué te detiene?

Aquello, en efecto, dicho así, no era grave; Fernanda prometió ir... Y

fué...

Julián, el amigo de Claudio, era muy ladino, habilísimo conversador,

buen bailarín; hablaron mucho, bebieron copiosamente... Desde los

primeros momentos Fernanda sintió que algo invisible agarrotaba sus

manos y sus pies, y empezó á perder la confianza en sí misma... Se

ahogaba: en aquel gabinetito tan perversamente aparejado para el amor,

no había bastante aire respirable... A los postres Felipa y Claudio se

besaban sin reserva, y Julián, sentado junto á Fernanda, la hablaba de

amor apasionadamente. Esta, entontecida por los primeros vahos de la

borrachera, se arrojó entre los brazos de su amiga:

--Por Dios--decía sollozando,--no me abandones, no me dejes sola, sácame

de aquí...

Claudio la miró guiñando un ojo picarescamente.

--¿Qué tienes?--preguntó besándola.

--No sé...

--¿Estás enferma?

--No, pero me ahogo... tengo miedo, mucho miedo de quedarme sola...

Vámonos...

Ella ignoraba que las mejores páginas de las novelas amorosas las

escribe el Destino así, muy deprisa. Luego Fernanda y Julián salieron al

patio, á bailar; el aire cálido de aquella tarde de Junio y los rayos

caliginosos del sol, concluyeron de trastornarla. El, entretanto, la

requebraba de amores; ella, con la enloquecida cabeza apoyada en su

hombro, le escuchaba sin comprender...

Cuando volvieron al gabinete, la joven apenas podía moverse; estaba

idiotizada.

--Quédense ustedes aquí--dijo Felipa;--Claudio y yo vamos á bailar...

Fernanda hizo un gesto desesperado, llamando á su amiga; pero Julián

cerró violentamente la puerta y ella quedó á merced de aquella bestia

encelada, terrible, que hablaba de amor...

* * * * *

¡No, jamás tornó á ver al hombre que en un momento de embriaguez la robó

la honra y el sosiego! Pero aunque fué frágil, contra su deseo y la

fuerza disculpaba su caída, Fernanda, batallando á solas con su

remordimiento, no podía disculparse.

¡Ya no era la misma! Había ocurrido algo enorme, lo ignorado, ¡lo

inconfesable!... Recordando la promesa que un día hizo de decírselo todo

á su marido, quiso revelarle también aquello para dar treguas á su

delirante obsesión, y no pudo; un frío mortal paralizaba su lengua: los

conceptos se cristalizaban en el cerebro... Estaba delante de lo

incomunicable, de lo que no puede decirse, de lo que nadie sabe decir...

Y muchos años después, cuando las tres únicas personas poseedoras de

aquel secreto habían muerto, Fernanda, ya vieja, aun no estaba curada de

su remordimiento. La costumbre de fingir la tornó pusilánime, suspicaz y

recelosa; temía que algún accidente imprevisto revelase el criminal

misterio de su vida, y cuando su marido la miraba fijamente, ó cuando

veía á su hija engalanarse para ir al baile, la pobre madre, condenada

voluntariamente al obscuro papel de hembra pasiva, bajaba los ojos

confusa, avergonzada, murmurando:

--¡Dios mío... si lo supieran!...

EL AMIGO

Norberto Brito fué paladín esforzado de la libertad: defendióla en la

prensa, desde la tribuna y, más de una vez, á mano armada, blandiendo un

garrote ó tremolando una bandera á la cabeza de los motines populares, y

por ella vió confiscados sus bienes y padeció injusticias, destierros,

persecuciones y otros fieros reveses y malandanzas.

A consecuencia de un violentísimo artículo publicado en el tercer número

del semanario _El Terremoto_, Norberto Brito fué detenido y llevado en

una cuerda de presos, como salteador de caminos ó solapado hurtador de

relojes, á la Cárcel Celular de Madrid. Al día siguiente, Paulina, su

mujer, y los ocho amigos que con él fundaron y redactaron _El

Terremoto_, acudieron á verle. Brito ocupaba en el departamento de los

políticos la letra K. Era una celda rectangular, con las paredes

estucadas y un amplio portalón abierto sobre una galería bien soleada

por donde iban y venían, la cabeza baja y las manos cruzadas atrás,

otros dos reclusos; el mobiliario lo componían un lecho y un lavabo de

hierro, una mesita y un sólido butacón canongil de elevados brazos y

ancho respaldo.

Allí estaba Brito, de pie, las manos metidas en los bolsillos del

pantalón: á través de la ventana abarrotada del locutorio, aparecía su

silueta elevada, triste y enjuta; rígido dentro de su largo _chaquet_

como un signo admirativo: los negros cabellos cubrían la frente,

llorando sobre el rostro cetrino, aviejado por la desilusión.

Norberto besó las mejillas de su mujer por entre dos barrotes; luego

estrechó las manos de sus compañeros, Daniel Bala, Pedro Rico, Jaime,

Antonio... todos estaban allí mirándole con ojos dilatados por el

interés y la curiosidad. Los más ingenuos quisieron consolarle,

exhortándole á tener resignación y buen ánimo.

Brito, afectando cierta insensibilidad artística, que juzgó del mejor

tono, procuró demostrarles que jamás había estado _tan_ bien. Para el

hombre vulgar, la prisión es un martirio; para el inteligente, para el

pensador, es un refugio. Allí, en la paz del siniestro edificio donde

los reclusos viven como los microbios en los poros de los cuerpos

muertos, el espíritu puede reconcentrarse, el entendimiento y la

imaginación se exaltan, se trabaja mucho mejor, se lee con más

provecho...

--En esta celda--añadió,--prometo escribir dos libros por lo menos.

Aquellas afirmaciones que, á no ser falsas, acusaban un espíritu

varonil, inaccesible al dolor, fueron recibidas de distinto modo;

algunos admiraron la fortaleza de Norberto, otros sonreían incrédulos;

Paulina y Pedro Rico escuchaban amablemente, pues de algo necesitaban

hablar, pero sin emoción, sabiendo cuánto artificio había en el fondo de

todo aquello.

De carne y hueso; cuentos · 第 7 / 9 段