Los transeúntes eran escasos: todas las circunstancias parecían
favorecerle; la calle estaba desierta, los portales cerrados, el sereno
dormía en un punto distante.
Al principio, Beltrán juzgaba la lucha inevitable; el asaltado se
defendería, pediría socorro y sería necesario taparle la boca, arrojarle
al suelo, matarle, tal vez... Luego, según iba apreciando el valimiento
y legitimidad de los móviles que le arrastraban á perpetrar aquel
despojo, llegó á creer que su conducta era irreprochable y que el primer
caballero á quien se dirigiese, no bien supiera de qué se trataba, se
apresuraría á favorecerle: todo aquello se le antojaba á Beltrán tan
natural, tan noble, tan conmovedor...
De pronto apareció un individuo solo, bien vestido; llevaba botas de
charol, iba embozado y caminaba lentamente. Beltrán salió á su
encuentro, cruzando la calle: el desconocido se detuvo y miró al
herrero, desconfiando.
--Caballero--dijo Beltrán, haciendo con la cabeza un leve
saludo;--perdone usted mi atrevimiento... pero... mi padre está
agonizando.
El interpelado, ya repuesto, murmuró:
--Dios le ampare, no llevo nada.
Beltrán le miró confuso, y sus mejillas, coloreadas hasta entonces por
la vergüenza, palidecieron: había dicho lo más grave, lo más grande, lo
más terrible que puede confesar un hijo; que su padre se muere... y el
individuo que le oía, lejos de asociarse á su dolor, le escuchaba
impasible, encogiéndose de hombros... La ira cegó sus ojos.
--No--gritó,--yo no pido limosna.
--¿Entonces?...
--Quiero que me de usted cinco pesetas que necesito para pagar una
receta... ¡Lo quiero... son para salvar á mi padre!
Hablando así, zarandeaba á su interlocutor agarrándole por el embozo; el
agredido, irritado por una exigencia que juzgó intolerable, le rechazó
vigorosamente.
--¡Ladrón!--murmuró.
Entonces Beltrán se abalanzó sobre su enemigo, procurando derribarle;
mas el otro, que era mozo y valiente, le echó los brazos al cuello,
mientras procuraba sacar un revólver que sin duda llevaba en el bolsillo
trasero del pantalón. Espoleadas por el coraje, las fuerzas de Beltrán
se centuplicaron, y cogiendo al desconocido por la cintura, le arrastró
hacia un callejón vecino.
--¡Miserable, miserable!--repetía.
El asaltado, viéndose perdido, quiso gritar, pero Beltrán le tapó la
boca, y, asiéndole por el cuello, le derribó en tierra: cayó de bruces,
los brazos presos bajo los pliegues de la capa. En aquel momento Beltrán
oyó ruido de pasos; sin duda venían á prenderle... ¿Qué hacer?... Si
huía, su enemigo correría tras él pidiendo socorro... y se vió atado
codo con codo, y á su padre muerto, y á su hermana, bonita y en la
calle... Fuera de sí, requirió la navaja, y asestó un golpe á su víctima
en la nuca, después otro y otro... muchos... para que no hablase; luego
registró precipitadamente los bolsillos de su chaleco, cogió una moneda,
un duro... ¡uno solo!... y echó á correr desalado.
En el fondo de la calle resonaban voces extrañas que repetían:
--¡A ese... á ese!...
Beltrán corrió mucho tiempo; cuando penetró en una botica llevaba los
labios lívidos y cubiertos de espuma; el terror y el cansancio de la
lucha y de la fuga, dilataban sus ojos.
--A ver--murmuró;--despácheme usted, en seguida... en seguida...
El boticario dejó el periódico que estaba leyendo y se acercó al
mostrador tranquilamente.
--¿Qué es ello?
--Tome usted.
El farmacéutico cogió la receta y la leyó poco á poco, informándose bien
del nombre de las medicinas.
--¿Tardará usted en despacharme?--preguntó Beltrán suplicante;--el caso
es gravísimo.
Le aterraba la idea de que le prendiesen antes de ver á su padre.
No--repuso el boticario,--estas medicinas están hechas.
Marchóse y volvió trayendo dos frasquitos.
--¿Qué valen?--preguntó Beltrán.
--Cuatro pesetas con cincuenta céntimos.
--Cóbrese.
Y arrojó el duro sobre el mármol del mostrador.
El boticario cogió la moneda, la miró atentamente, la hizo resbalar
entre sus dedos, volvió á sonarla...
--Este duro--dijo--es falso...
MARCELA
Desde el quicio de su puerta, Juan Antonio avizoraba todas las tardes á
Marcela, que volvía de la fuente con el pesado cántaro sobre la cabeza,
erguido el talle, las manos en los cuadriles, aumentando con su corto y
menudo andar el picante titubeo de sus caderas poderosas. Juan Antonio
reía embelesado viéndola acercarse: ella pasaba indiferente, plegando
los rojos labios con un depresivo mohín desdeñoso, como si las sonrisas
y las ardientes miradas y todo el apasionado embobamiento del mozo no
fuesen otras tantas pruebas de amor quemadas, á guisa de incienso, en
honor de su perfecta gentileza y bizarría; y cuando se alejaba
orgullosa, inaccesible, pisando corto, y diciendo no, no... con las
caderas, los ojos de Juan Antonio chispeaban de rencor, un
estremecimiento doloroso mordía su carne, y el pliegue trágico de las
venganzas cortaba su frente.
Una tarde, Juan Antonio, no pudiendo dominar las furiosas acometidas de
su pasión, salió del pueblo y fué á sentarse junto á unos bardales por
donde Marcela solía pasar de vuelta de la fuente. La conversación fué
breve, decisiva, como las conversaciones que preparan los duelos á
muerte. Ella empezó diciendo que no le quería y que jamás podría
traicionar á Fermín, su esposo, á quien estaba unida por los vínculos
del cariño y del deber; Fermín era su Dios, su rey; á él se lo debía
todo: la casa que habitaba, las ropas que cubrían su cuerpo...
Y agregó:
--¿Y ahora quiés deshacer el lecho que yo toas las mañanas tiendo y
mullo pa él? ¿Y quiés gozar del cuerpo que él viste y alimenta y agasaja
con tóo lo que tiene?... ¡Vamos, Juan Antonio, que no me conoces!... No
sólo no te quiero, sino que te odio... ¡ya ves!... Que eres mu chico, mu
ruin... ¿sabes?... y que tiés el alma mu fría, cuando no entiendes lo
que digo...
Poco á poco, á tropezones, sofocado por la pasión que le extrangulaba,
Juan Antonio procuró explicar sus celos y los tormentos de aquellas
luchas íntimas que fueron enajenándole hasta obligarle á exigir de
Marcela una explicación definitiva. El no era malo, ni ruin, ni tenía
aquella frialdad de corazón que ella tan injustamente le reprochaba.
--Mi única desgracia consiste--dijo--en haberte conocío mu tarde, cuando
tu libertad y tu corazón y tu cuerpo amadísimo, eran de otro...
Ella le escuchaba impasible, frunciendo el sobrecejo con aire aburrido.
Luego repuso, dando media vuelta y poniéndose otra vez en jarras,
dispuesta á marchar.
--Tóo es inútil, Juan Antonio; yo no quiero, y no hay poderes en el
mundo capaces de torcer mi voluntad... Y no me persigas, no me aburras;
porque si la gente advierte tu cariño y da en murmurar, soy capaz de
contárselo tóo á Fermín, pues antes que deshonrao, quieo verle andando
camino de la horca ó del presidio. No digo más.
* * * * *
Las primeras horas de aquella noche las pasó Juan Antonio entre los
matorrales de un altozano, desde donde se atalayaba un extenso paisaje.
La luna trepaba hacia el cenit anegando las silenciosas extensiones
siderales con los efluvios de su luz plateada: una paz augusta descendía
del cielo sobre los campos dormidos; en el valle blanqueaban las casas
del pueblo, con sus paredes irregulares y sus ventanas, por algunas de
las cuales se filtraba un hilillo de luz; varios caminos vecinales
seguían direcciones diversas, retorciéndose como sarmientos á través de
los campos de labranza, subiendo, bajando, según los altibajos del
terreno; y cerrando el horizonte, casi perdidos en las sombras de la
noche, ondulaba una larga serie de cerros, con sus panzas enormes y sus
altísimas crestas, semejantes á abortos monstruosos de una quimera
geológica.
Juan Antonio, casi echado en el suelo, no apartaba los ojos de la casa
de Marcela, situada mucho más allá, junto al río. Un proyecto diabólico
le había conducido allí. Fermín, que era guardabosque, salía de ojeo
todas las noches entre doce y una de la madrugada, y aquella ocasión era
la por Juan Antonio espiada para deslizarse sin peligro hasta Marcela;
las consecuencias anexas al logro de sus propósitos, no le interesaban.
Durante largo rato permaneció inmóvil, mirando, mirando... con la mirada
angustiosa y fija de los que murieron ahogados. Luego se estremeció,
oyendo resonar en la serena extensión de los campos las doce campanadas
de un reloj lejano.
Entretanto Fermín, sentado sobre un viejo taburete, se calzaba sus
recias botas de campo, disponiéndose á salir.
Marcela le observaba desde el lecho con ojos que el sueño va cerrando.
--¿Te vas?--preguntó.
--Sí.
--No tardes mucho... la noche está fría.
--Ya lo sé. No haré más que llegar al cementerio y volver.
Se había ceñido la cartuchera; después embozóse en una manta, se caló su
ancho sombrero de guardabosque y salió terciándose el fusil á la
bandolera. La llave de su hogar la dejó, según costumbre, junto al
quicio, debajo de la puerta, en previsión de que Marcela quisiera salir
hallándose él ausente; y esta circunstancia era la que había de
facilitar á Juan Antonio el triunfo de sus deseos.
Marcela se había quedado profundamente dormida; de pronto sintió que
abrían la puerta y entre sueños supuso que era su marido quien volvía:
luego oyó unos pasos quedos que se acercaban y entreabrió los párpados;
la obscuridad era completa y tornó á cerrar los ojos.
--Fermín... murmuró.
El lecho crujía: Marcela, medio despierta, repitió balbuceando sin
miedo.
--¿Eres... tú?...
Al sentir que unos brazos la estrechaban por el talle, agregó.
--¡Qué frío vienes!...
El repetido contacto de unos labios que oprimían los suyos y la presión
de unas manos que la sobajeaban con ansia brutal, concluyeron de
despertarla.
--¡Fermín, Fermín!...
Entonces sintió que la dejaban; alguien saltó del lecho y resonaron los
pasos precipitados, inseguros, de un hombre que huía. Marcela se
incorporó en la cama, impulsada por un presentimiento horrible.
--¡Juan Antonio!--gritó.
Y se ratificó en esta creencia al oir que el fugitivo deslizaba
suavemente la llave bajo la puerta, como para borrar con aquella
precaución el rastro de su delito.
Largo rato Marcela permaneció alelada, temblando de rabia y de miedo;
después sintió que abrían la puerta.
--Fermín... ¿eres tú?--preguntó.
--Sí, yo soy...
Mientras él se desnudaba, ella añadió:
--¿Has venido antes?
--¿Cuándo?
--Después de marcharte.
--No. ¿Por qué lo preguntas?
--Por nada; me había parecido...
Al día siguiente, domingo, Marcela y Juan Antonio se encontraron en la
iglesia, junto á la pila del agua bendita: ella le miró de hito en hito,
los ojos retadores, como desafiándole á hablar; él se acercó con aire
insolente y satisfecho, murmurando:
--¿Me encontraste frío anoche?...
Marcela no pudo responderle y se marchó llorando. Aquel día y los
sucesivos los pasó acongojadísima, no sabiendo si devorar su humillación
ó pedir á su esposo el justo castigo de tamaña ofensa; unas veces
pensaba vengarse por sí misma, dando la muerte como ella había recibido
la deshonra, á traición; otras temía que lenguas extrañas enterasen de
lo ocurrido á Fermín, y que éste, interpretando mal el silencio de su
mujer, juzgase criminal complacencia lo que fué sorpresa y
forzamiento...
Al fin optó por confesarse á su marido, refiriéndoselo todo... ¡todo!...
Pues como ella decía: «antes que en ridículo, quieo verle andando camino
de la horca ó del presidio...»
* * * * *
Aquella tarde Fermín y Juan Antonio se vieron en un claro del bosque.
--Estaba esperándote--dijo Fermín.
--¿Pa qué?
--¿No lo presumes? ¿No está diciéndotelo ese corazón que quieo
arrancarte á mordiscos?...
Fermín era ágil, fuerte y más alto que su enemigo, pero Juan Antonio era
recio de cuerpo y tenía hombros cuadrados y brazos membrudos. Los dos
hombres se miraron friamente, midiéndose con los ojos, buscando un sitio
en donde herir: luego, simultáneamente, sin detenerse á sobreexcitar su
enojo con vanas palabras, se arremetieron. Durante algunos momentos
lucharon rabiosamente, sin que las piernas de ninguno de ellos
flaqueasen; luego se separaron y antes de que Juan Antonio pudiese
hurtar el golpe, Fermín se abalanzaba sobre él, traspasándole el cuello
con una faca. El mozo giró sobre sí mismo, dió algunos pasos vacilantes,
y cayó al suelo de bruces, muerto...
Fermín, fuera de sí, echó á correr hacia su casa: Marcela; al verle
entrar demudado y con las manos teñidas de sangre, lanzó un grito y
corrió á su encuentro, mirándole con ojos donde había una pregunta
desesperada.
--Sí--repuso el guardabosque:--le he matao.
Y añadió extendiendo el brazo con gesto trágico:
--Allí está; allí le tienes, frío... ¡Más frío que nunca!... ¡Frío pa
siempre!...
EL BUEN PARECER
La noticia circuló rápidamente por los cafés y las tertulias que cómicos
y autores forman en los saloncillos de los teatros.
A Felisa _la Loba_ la habían matado. Los testigos de la escena
aseguraban haber visto á Felisa bajar de un coche en la calle Peligros,
delante de Fornos; entonces brotó del hueco de una puerta la sombra de
un hombre que, sin duda, estuvo en acecho, esperándola, y que
instantáneamente se arrojó sobre ella; la joven lanzó un grito y cayó
hacia atrás, abriendo los brazos: el matador huyó velozmente, revelando
en la fuga la audacia y el vigor sobrehumanos que demostró en la
agresión, y segundos después los que le vieron herir sólo percibieron su
silueta cobarde esfumándose como un capricho antropomórfico en las
sombras de la noche bajo la rojiza luz incierta de los faroles...
Desde luego se trataba de un crimen pasional. Al principio creyóse que
el asesino era un organillero; luego, por lo que varias amigas de
Felisa dijeron, se supo que era un estudiante...
Enrique y _la Loba_ se conocieron en el arroyo una noche de invierno muy
cruda, muy triste, en que el aburrimiento de ella y la melancolía y
desamparo de él los sugirió, simultáneamente, el capricho de pernoctar
juntos; ella le quiso porque se parecía á un amante que la dejó por
otra: él porque estaba muy solo, muy pobre, y en las horas de
desvalimiento los temperamentos sentimentales padecen, más que el
hambre, la necesidad de la mujer que abriga, que consuela, hablando de
recuerdos dulces y frívolos... Ella era una chula, una verdadera hembra,
apasionada y bravía, enamorada de la fuerza y del valor masculino, de
los machos crudos que parecen ir por el mundo caminando siempre de cara
al presidio: él, mesurado en las palabras y firme en la acción, era
también un valiente persuadido de que cuando dos hombres riñen, uno de
ellos, el más débil, tiene pena la vida.
--¿Tú serías capaz de pegarme en la cara?--solía preguntarle Felisa.
--No--contestaba Enrique;--en la cara note pegaré nunca; si alguna vez
me engañases te rompería el corazón. A las mujeres, los hombres de honor
no deben pegarlas más que una vez...
Pero Felisa no cuidó de tales amenazas y le engañó: y el estudiante, que
había puesto en aquella mujer toda su alma, cumplió lo ofrecido...
Y allí quedó _la Loba_, tumbada en el arroyo, inmóvil. Los ojos
cerrados, mostrando entre sus labios entreabiertos los dientes menudos y
blancos que crispó la agonía, y por los pliegues de su pañuelo manchado
de sangre, aquella garganta blanca y mórbida que se había ofrecido al
deseo tantas veces...
A última hora, en los corrillos del Casino de Madrid, La Peña y otros
Círculos aristocráticos, los padres de la patria, los generales
retirados, los príncipes de la banca, los valetudinarios representantes
de las familias más nobles, comentaban en voz baja, con aire indiferente
y cansado, la trágica muerte de Felisa.
El intenso calor de las estufas de gas quedaba preso en los poros de las
alfombras; sobre la superficie inmóvil de los espejos, las lámparas
eléctricas vertían luz lechosa; alrededor de las mesas de tresillo,
junto á la chimenea adornada por un reloj de bronce, ó reclinados
perezosamente sobre los divanes, los concurrentes habituales del Círculo
comentaban el crimen; y lo hacían poco á poco, con lentitud hipócrita,
entre grandes bocanadas de humo.
--¿Ha oído usted hablar, marqués, del crimen de esta noche?--preguntaba
el veterano general X.
--No; los periódicos nada dicen. Además, no leo la crónica de sucesos;
es una sección repugnante.
--Los periódicos no relatan el hecho porque éste ocurrió entre ocho y
nueve de la noche.
--¡Ah!... ¿Se refiere usted al crimen de la calle de Peligros?
--Sí.
--Algo oí decir. Creo que la víctima fué una muchacha de vida airada...
--Eso me contaron también... no sé donde--añadió el vizconde Z.
Otros dos graves caballeros que ostentaban en el ojal de sus levitas una
cinta roja, hicieron un vago signo afirmativo, demostrando hallarse al
tanto de lo ocurrido.
Bajo la luz fría de las lamparillas eléctricas, sobre el respaldo rojo
de los divanes, aquellas cinco cabezas envejecidas por el tiempo y las
luchas asoladoras de la ambición y del vicio, formaban un cenáculo
extraño de caretas fúnebres.
--¿Y quién era esa desdichada?--preguntó K. al marqués.
--Felisa.
--¿Felisa?... ¡No recuerdo!
--Sí... una moza alta, no mal parecida... á quien llamaban _la Loba_...
--¿Pero usted la conocía, marqués?--interrogó el general.
Y todos los circunstantes, sorprendidos, miraron al marqués, cuya vida
de orgías no era un misterio para nadie.
--No--repuso el interpelado;--yo no la conocí; supondrán ustedes que mi
posición me prohibe tratar á cierta clase de mujeres... Pero he oído
hablar mucho de ella á mi primo Claudio, que fué un gran libertino.
--Dicen que era muy guapa.
--¡Mucho!
--¿Morena?
--Creo que sí; tenía los ojos expresivos, la boca un poquito grande,
pero de labios frescos y rojos.
--¡Acierta usted!... Ahora recuerdo haberla visto varias veces.
--Si es la que sospecho, también la conocía yo, así... de vista.
Siguieron hablando, procurando recomponer entre todos la terrible
escena. Uno de ellos preguntó:
--¿Y quién es el criminal?
--Dicen que un organillero.
--A mí me han asegurado que el matador fué un estudiante.
--¿Le prendieron?
--No.
El vizconde de N., que pasaba por la calle de Peligros á tiempo que el
asesino huía, añadió á la información interesantes detalles. El matador
era un muchacho de regular estatura, decentemente vestido; representaba
tener veinticuatro años.
--¡Pobre inocente!...--exclamaron varios;--¿á quién se le ocurre
perderse por una mujer así?...
Hasta el saloncillo alfombrado, caldeado por las estufas de gas, el
recuerdo de aquel hombre huyendo á través de la noche y de la pobre
muerta con sus carnes yertas anegadas en sangre, penetró como una
corriente de aire frío...
* * * * *
Era una tarde de invierno; sobre las orillas del Manzanares la noche
derramaba tristeza infinita, los árboles enderezaban sus ramas escuetas
hacia el cielo gris; por una parte, cerrando el horizonte, aparecían la
Puerta de Toledo y Madrid, con sus millares de cúpulas y de tejados
perdidos bajo la niebla; en el silencio de los campos, como voz
misteriosa de aquella naturaleza agonizante, resonaban las vibraciones
lentas de una campana.
A la izquierda del puente, junto á un camino húmedo por donde los
chirriones pasan dejando surcos profundos, está el Depósito de
cadáveres: una casita blanca muy triste, con paredes renegridas por el
polvo y la lluvia, que huelen á muerto.
Aquella tarde, casi á la misma hora, llegaron al Depósito dos coches con
portezuelas blasonadas; después, otros dos, luego otro... Y de aquellos
vehículos bajaban caballeros graves, metidos en largas levitas
abrochadas: el general X., el vizconde Z. y el barón K...
--¡Usted por aquí... don Juan!
--¡Y usted, don Luis!... ¡Qué casualidad!
--¡Hola, general!
--¿Viene usted á ver á la pobre Felisa?
--Sí... la curiosidad...
--Pues, entremos.
--Pase usted.
--No, usted.
--¡Oh, muchas gracias; es igual!...
Y, con el sombrero en la mano, todos aquellos viejos libertinos,
hipócritas, iban entrando, andando de puntillas, alargando el cuello,
reconcentrando una mirada estúpida de terror sobre aquel cuerpo que
habían ungido con sus besos, recordando con cierta vergüenza que toda
aquella pobre carne había pasado bajo sus labios...
Felisa, echada boca arriba sobre una mesa de mármol, mostrando su cuello
ensangrentado, parecía escucharles. La luz que caía de un alto ventanal,
bañaba su rostro lívido, proyectando sobre la pared húmeda, cubierta de
verdina, un perfil inmóvil...
REMORDIMIENTO
--¿Saldrás esta noche?--preguntó Matilde secamente.
--Sí--repuso Adolfo Latorre con aire distraído;--debo ir al Círculo;
necesitamos elegir nuevo presidente y varios amigos presentarán mi
candidatura...
--¿Y luego, dónde vas?
--Al café.
--¿Y después?
--¡Qué sé yo!
La conversación desmayaba. Matilde, despechada y celosa, miró á su
amante de hito en hito, queriendo ofenderle, deseando reñir; y Adolfo,
en virtud de misteriosos magnetismos, sentía la intención agresiva de
aquellas miradas. Él también experimentaba deseos de disputar, por pasar
el rato. Hay momentos en que los amantes antiguos no tienen nada nuevo
que decirse, y el mutismo y las miradas interrogadoras del uno, parecen
acusaciones dirigidas á la discreción y cariño del otro; entonces
conviene hablar para romper el encanto siniestro del silencio: en amor
hay silencios más ofensivos que una bofetada.
Estaban concluyendo de cenar; la criada acababa de marcharse después de
servir el café; la lámpara suspendida en el comedio de la habitación
recortaba un círculo luminoso sobre la mesa, con sus botellas de vino á
medio vaciar, sus platos sucios y sus copas que los labios mancharon de
grasa. Adolfo y Matilde continuaron hablando, excitándose mutuamente á
la pelea, poniendo cada vez más acrimonia y torcida intención en sus
palabras: con la diferencia que ella disputaba de buena fe, y él
frívolamente, por decir algo y no aburrirse.
--¿Por qué--preguntó Matilde,--cuando salgas del Círculo no vuelves
aquí?
--Porque saldré muy tarde y á esas horas no hay tranvías. Supongo que no
querrás traerme á pie...
--Hace dos años venías todas las noches, sin que la distancia, ni el
frío, ni la nieve, te importasen un ardite.
--¡Tú lo has dicho!--exclamó Latorre riendo;--¡hace dos años!
Ella levantó la cabeza bruscamente; sus mejillas palidecieron hasta la
lividez; en sus ojos grandes y negros chispeaba el rencor. Adolfo
Latorre sostuvo impasible aquella mirada, lancinante y fría como un
saetazo. De pronto la joven, obedeciendo á un indomable movimiento
impulsivo de todos sus nervios, se levantó, derribando su taza de café.
--Según eso--gritó,--creo que debemos concluir.
Estaba erguida, con una mano apoyada sobre la mesa y el ceño adusto, en
la actitud de una reina absoluta que da órdenes. Adolfo, molestado por
aquella acometividad, repuso fríamente:
--Como gustes.
--¿No te importa reñir conmigo?
--Sí, me importa... y hasta lo siento. Pero no olvides que, cuando más,
lo siento tanto como tú.
--¿Qué quieres decir?
--Que si tienes valor para despedirme... ¿cómo han de faltarme bríos
para dejarte?
--Acaso no tardes en arrepentirte de haber hablado así.
--¡Oh!, si no retiras tus desdenes, yo... ¡créelo!... no retiro los
míos.
Matilde sintió que el dolor y la ira arrasaban sus ojos en lágrimas y
dió media vuelta para marcharse.
--Adiós--dijo.
--Adiós--repuso Latorre;--¿hasta cuándo?
Ella tuvo un momento de vacilación: luego murmuró:
--Hasta nunca.
Y se fué.
Adolfo permaneció inmóvil, estrujando nerviosamente una servilleta entre
sus manos, reconociendo que las palabras de Matilde habían mortificado
bastante su amor propio de hombre que se cree muy querido. Después se
levantó, salió del comedor y fué al recibimiento en busca de su
sombrero. Al pasar por delante del dormitorio de Matilde, oyó llorar á
ésta. La puerta de la habitación estaba cerrada; Adolfo acercó los
labios á la cerradura.
--Me voy...--dijo.--¿Quieres que hagamos las paces?...
Ella replicó colérica, dando firmeza á su, voz:
--No, hemos concluído. ¡Vete!
--¿Para siempre?
--Sí, para siempre... ¡Adiós!...
--¡Tú lo quisiste!--repuso Latorre;--acaso no pueda vivir sin ti, pero,
no importa; adiós... ¡hasta nunca!...