De pronto, Pedro volvió en sí: el libro había resbalado de sus rodillas

y yacía en el suelo; con los ojos abiertos y los dientes apretados

convulsivamente, Pedro, inmóvil, yerto y pálido como la imagen del

dolor, se retorcía las manos con desesperación, renegando de su destino,

y lloraba... lloraba...

LA CADENA

--Soy fatalista--prosiguió Enrique,--y creo que cuanto el Destino

escribió en el libro que rige el porvenir de los hombres y de los

mundos, se cumple aquí abajo, sin que nada, ni aun la misma muerte,

pueda evitarlo...

--¿Y qué?--preguntó Gabriela, clavando en los ojos del joven los suyos,

penetrantes como la punta de un bisturí.

--Que nuestra separación estaba prevista desde há tiempo en el índice de

los destinos, y que la hora de la emancipación ha llegado.

--¿Serás capaz de abandonarme?

--Sí.

--¿Sin dolor?

--¡No!... Con gran dolor y quebranto gravísimo de mi alma. ¡Pero te

dejo!...

--¿Para siempre?

Le miraba fijamente, traspasándole con una de esas miradas desesperadas

con que los moribundos se despiden de la luz: él, al principio, sostuvo

aquel mudo escrutinio; luego, desconcertado, bajó los ojos. Después,

haciendo sobre sí mismo un gran esfuerzo, murmuró:

--Sí, para siempre...

Ella lanzó un grito estridente, cual si la arrancasen á túrdigas las

entrañas, y se desplomó en una silla, echándose de bruces sobre una

mesa, ocultando el rostro entre las manos. Escenas como aquella

ocurrieron muchas veces, pero nunca, hasta entonces, tuvo la visión

neta, desgarradora, de que la separación iba á cumplirse. El quedó en

pie, las manos metidas en los bolsillos, inmóvil y rígido dentro de su

gabán abrochado. Hubo un largo silencio. Hasta aquella pobre boardilla

suspendida en el espacio bajo el declive de un tejado, los ruidos de la

calle ascendían confusamente: el viento gemebundeaba en la chimenea; de

las paredes enjalbegadas pendían cromos y viejos retratos de parientes

muertos; sobre la cabeza despeinada de la mujer jadeante de dolor, un

quinqué vertía á raudales su luz fría... Todo ello hablaba á la

imaginación del amador, con la voz dulcemente conmovedora de los

recuerdos: la cómoda, en cuyos cajones las ropas de ella y las suyas

yacieron reunidas varios años, los retratos de todas aquellas personas

muertas, cuya sencilla historia de gente plebeya él conocía; el ramo de

flores secas suspendido en el ángulo de un espejo y que recordaba un día

feliz... Y revivió las dulces noches de invierno pasadas bajo la luz

serena del quinqué, leyendo el mismo libro de amor con las cabezas

juntas, enajenando sus almas en el mismo deseo... Entre las cuatro

paredes de aquella casa y á trueque del corazón que le dieron, Enrique

reconocía haber dejado el suyo en rehenes; sin embargo, urgía destruir

de una vez el vergonzoso pasado, crearse una posición respetable, echar

los cimientos de un porvenir tranquilo y decoroso: para lograr tanto,

iba á casarse con una linda joven, algo patricia, que le traía en dote

medio millón de pesetas.

--Me voy--repitió Enrique;--hora es ya de romper la cadena que nos une:

devuélveme mi retrato y mis cartas.

Gabriela levantó la cabeza mirándole con ojos brillantes, inyectados en

sangre, que la rabia y el dolor inmovilizaban.

--Mañana te los daré.

--¡No; ahora mismo!... Los necesito ahora, en el acto.

Reclamaba lo suyo tan perentoriamente, comprendiendo que, si volvía, ya

no sabría marcharse: ella, sospechándolo así, procuró traerle de nuevo á

su casa, para aprisionarle en el hechizo de aquellas paredes y de

aquellos buenos muebles familiares, y vencerle.

--¿Temes volver?--preguntó Gabriela.

--¿Temor? ¿Y á qué?... Además, no pienso volver. Todo lo que pido puedes

enviarlo á mi casa.

Ella comprendió que la cobardía de su amante le quitaba el último

refugio, la última esperanza, y sus ojos se anegaron en lágrimas.

--Bien está--dijo:--todo se hará según tu deseo.

--Pues... adiós.

--Adiós.

Sin sacar las manos de los bolsillos para despedirse, atravesó la

habitación con paso tácito, hundiéndose en la obscuridad de una puerta:

ella le siguió con los ojos asombrados del morfimano que asiste al mudo

desfile de un cortejo fantástico... Enrique llegó al recibimiento, abrió

la puerta y salió cerrando tras sí. Al ruido que hizo la puerta,

contestó la abandonada con un grito agudo...

Ya en la calle, Enrique echó á andar camino de su casa: en su

atolondrado pensamiento sólo esta idea se agitaba:

«Mi pasado ha muerto: ella no me llamará; yo tampoco puedo ir á verla.

¡Todo ha concluído!...»

Y mientras andaba, aquella frase, horriblemente desoladora, volvía á sus

labios:

«¡Todo ha concluído!...»

Hay una memoria, que los psicólogos llaman sensitiva, en virtud de la

cual, los músculos, obedeciendo el impulso primero de la voluntad, nos

llevan adonde pensamos, aun cuando la cascabelera imaginación esté

preocupada y distraída con otras fantasías. En Enrique, la intensidad de

su preocupación y de su dolor, borraron hasta las últimas

manifestaciones de esta memoria orgánica, y concluyó por no saber adónde

iba ni por dónde andaba...

--¿Qué barrios son estos?--pensó;--¿qué vengo á buscar aquí?...

Y, sin embargo, andaba, andaba... con perfecta inconsciencia de tiempo y

de la distancia, arrastrando la cadena que creyó rota.

Ya era muy tarde; los transeuntes escaseaban, los tranvías habían dejado

de circular; en los quicios de algunas puertas insinuábase la silueta

borrosa de un sereno dormido: al atravesar una plaza desconocida,

Enrique oyó la voz de una mujer que vendía café caliente.

--Debe de estar amaneciendo--pensó.

Prosiguió andando lentamente, á través de la inmensa ciudad dormida bajo

un manto de nieblas... El recuerdo de Gabriela llenaba su memoria,

enloqueciéndole: «Ella me quiere, yo la adoro... y no obstante... ¡todo

ha concluído entre nosotros!... ¡Todo!...»

Empezaba á clarear. De pronto Enrique se halló en una calle que conocía

y delante de una casa que le era muy familiar y muy querida: la casa de

Gabriela: sus piernas, que le condujeron allí tantas veces, le habían

llevado una vez más. Era algo fatal, como el concierto de los astros...

El sereno acudió á abrirle la puerta.

--Buena madrugada, señorito. Hoy se retira usted muy tarde... La

señorita estará impaciente.

Enrique, sin responder, cruzó el zaguán, subió las escaleras y llegó al

cuarto de Gabriela. Ella, que había reconocido sus pasos, salió á abrir

sin darle tiempo á llamar: en su semblante la desesperación y la alegría

pintaban una máscara extraña.

--¿A qué vienes?--preguntó.

Rendido á la Fatalidad, poderosa como la muerte, Enrique, con la voz

velada de los sonámbulos, repuso:

--¿No lo ves?... Como siempre... A dormir contigo...

POR UNA ERRATA

Desde muy joven su imaginación soñó amores difíciles: las novelas del

viejo Lamartine, los versos de _Otello_, las cartas de _Werther_,

deslizaron en la sangre de Julio Riego su ponzoña suicida; cualquiera

mujer le apasionaba con pasión loca que no hubiese dudado ante el

atropello ó violación de lo más santo; tenía el doble anhelo de lo

sublime y de lo raro y envidiaba á Safo más que á Paón; á Safo amante,

ganando la inmortalidad con la trágica elipse que describiera

arrojándose al mar desde el promontorio Léucades.

--¡Morir!--pensaba Julio,--¿qué importa morir, si muriendo perpetuamos

nuestro recuerdo en la memoria del ser desdeñoso y adorado?

Tal era su credo: los desaires de la fortuna robustecieron su opinión;

iba cruzando por el mundo como en éxtasis, el busto rígido, los ojos

esclavizados en la ilusión paradisíaca del supremo amor, alzándose

despreciativamente de hombros bajo la befa de la humanidad miserable que

puede olvidar.

El no sabía hacer esto; por nada hubiese cambiado de ídolo ni de fe;

antes que destruir su altar, era preferible, acabar, como Sansón, entre

los escombros del templo: sólo así lograría la veneración de aquellos

escogidos que erigieron el amor y la fidelidad en religión. Fortalecido

por este criterio, miraba serenamente al tiempo que todo lo trueca y

desune: él no sería uno de tantos; él moriría antes que renegar de su

fe. ¿Qué queréis? El romanticismo ha matado más gente que el arsénico.

La figura de Julio Riego traducía su carácter fielmente: era un tipo

sentimental, delgado, alto y nervioso; el mirar reposado y penetrante,

la frente triste, aguileña la nariz; sus largos cabellos negros se

abullonaban sobre las orejas de su rostro pálido, con palidez mortuoria,

como anegado en la aureola de un martirio previsto: su voz calmosa, sin

timbre, como velada por un suspiro que tuviese atravesado en la

garganta, parecía venir de muy lejos ó de muy hondo.

Pasados tres ó cuatro años de relaciones íntimas, Julio y Mariana

Paredes riñeron. Ella era tiple de zarzuela; un cuerpo hermoso informado

por un espíritu sano y fuerte, enamorado del mundo, que gustaba de reir

á carcajadas bajo el alegre Sol, padre de la Vida. Durante los primeros

meses, la melancolía de Riego interesó su imaginación; la nostalgia es

misterio, porque toda alma triste parece ocultar algo, y el misterio

atrae: después continuó tolerándole por miedo, temiendo que su desvío le

indujese al suicidio; más tarde, la callada presencia de aquel espíritu

tétrico mordido por todas las Furias de la desconfianza, la

desesperación y los celos, llegó á serla intolerable y decidió romper

con él. Aquella vez no ocurriría lo que otras; estaba resuelta á

recobrar su libertad antigua; reñirían para siempre: sus palabras

tendrían autoridad inapelable.

Algo desusado hubo de sugerir á Julio Riego la certidumbre cruel de

quedar despedido irrevocablemente. Fué una mañana, poco antes del

almuerzo, tras una noche que ella pasó durmiendo tranquila de cara á la

pared, y él con un codo apoyado sobre las almohadas y los ojos, llenos

de lágrimas, de par en par abiertos ante las tinieblas de la alcoba;

alcoba triste como nido roto caído al pie del árbol... Se separarían;

Mariana lo acordó así en uso de su voluntad libérrima; ella necesitaba

nuevas impresiones, otra vida, otro hombre... En pie cerca de la puerta,

con el sombrero en la mano, dispuesto ya á marcharse, Julio repuso con

su voz enturbiada por la pena:

--No lo tendrás; ese hombre que deseas no será nunca tuyo. Yo lo

impediré, matándome; no podrás olvidarme; entre él y tú dormirá todas

las noches mi recuerdo; ante tus ojos, el hilo sangriento que brote de

mi herida correrá eternamente.

Mariana Paredes se encogió de hombros; sus vehementes anhelos de tornar

á ser libre endurecían su corazón.

--Puedes hacer tu gusto--murmuró;--cada cual obra según su criterio.

* * * * *

Se despidieron: él iba resuelto á matarse; lo había prometido y los

hombres no deben renegar de su palabra: además, aquel era el único medio

de castigar á la ingrata, lanzando sobre su frívolo vivir la noche

ineluctable del remordimiento. Mariana quedó tranquila, segura de que

Julio Riego no cumpliría su amenaza. Aquella noche, sin embargo, la

joven leyó los diarios atentamente, buscando alguna noticia relacionada

con su amante. No halló nada.

--¡Bien decía yo!--murmuró.

Y de pronto sintióse un poco triste, humillada y como pesarosa de que

aquel hombre no la hubiese amado lo bastante para matarse por ella.

Pasó otro día; Mariana Paredes iba adormeciéndose en la confianza de la

impunidad; aquella era una historia casi olvidada. Por la noche, de

vuelta del teatro, se acostó y cogió un periódico; el sueño comenzaba á

pesar sobre sus párpados; no obstante ojeó los telegramas, una Crónica

de bastidores, otra de política general...

En la sección de noticias, vió la siguiente:

«Ayer se suicidó, disparándose un tiro en el pecho, un joven

decentemente vestido, llamado Julio Pérez.»

No pudo seguir leyendo; el cansancio cerraba sus ojos; el periódico

resbaló de la cama al suelo.

No sucedió más.

Por una errata deslizada en aquel apellido, el sacrificio del pobre

muerto no tendrá historia; las noches de Mariana Paredes no tendrán

pesadillas...

¡Más vale así!

CREPÚSCULO

Cae la tarde; un vientecillo suave arrastra por el suelo húmedo las

primeras hojas secas; las lejanías del paisaje desaparecen tras el vaho

neblinoso que enceniza el cielo; los árboles, de donde huye la vida,

levantan sus ramas con desesperado ademán y su gesto simula responder á

la conciencia que tienen de que la muerte llegará fatalmente para ellos

con la paralización de la savia; los herbazales que visten los recuestos

también están tristes, amarilleando entre el lodo; á lo largo de las

tapias algunas enredaderas alargan sus ramas escuetas; bajo el espacio

triste la tierra toda se estremece en una convulsión agónica.

PERSONAJES: _Ella_; treinta años. Avanza rápidamente, mirando á todas

partes con los hermosos ojos muy abiertos por la impaciencia de ver

pronto al amado, que la espera. Viste sombrero redondo de fieltro y un

gabán varonil, con cuello _Imperio_ y doble hilera de botones, que la

llega á los pies: es alta, elegante y lamida de formas como una amazona

inglesa.

_El_: treinta y cuatro años; gallardo y simpático; su delicado

temperamento de sentimental lo reflejan la mirada distraída de sus ojos,

ensombrecidos por el insomnio; su frente, abrillantada por el nimbo

indefinible de los ensueños; la línea de sus labios que, habiendo

gustado los amargores de la vida, quedaron algo tristes.

EULALIA.--(=Viendo, de pronto, al galán que entretiene su fastidio

leyendo un periódico.=) ¡Niño, ya estoy aquí...!

FERNANDO.--(=Vivamente emocionado.=) ¡Ah, qué impaciencia tan cruel!... Si

yo estudiase metafísica, para representarme el concepto de eternidad

evocaría la duración de las horas que vivo sin ti.

(=Se dan las manos.=)

E.--(=Mirando á todas partes.=) No hay nadie.

F.--(=Mirando también.=) Nadie.

E.--Toma mis labios.

(=Se besan y caminan silenciosos bajo los árboles del paseo. Van cogidos

del brazo, los hombros juntos; sus pies moviéndose acompasadamente,

imprimen á sus cuerpos enamorados el mismo ritmo.=)

F.--(=Despertando bajo el recuerdo de la realidad, amenazadora siempre.=)

¿Y tu marido?

E.--En la Audiencia.

F.--¡Batallando, según costumbre, por enviar gente á presidio!

E.--No sé. Damián es un hombre terrible que, como las cadenas, parece

fabricado exclusivamente para sujetar... para oprimir... Dominar es su

ley; el deber frío y anguloso, su Dios: por vencerlo todo, creo que ha

sofocado el natural amor á sí mismo; ¡no se ama!... (=Con volubilidad.=)

Después de almorzar me fingí enferma, para quedarme sola.--«Bien--replicó

él;--te acompañaré.» Fué morir; Pasaban las horas lentamente; yo pensaba

en ti, en nuestra cita de esta tarde, que iba á fracasar... ¡Qué

martirio! (=Fernando escucha acariciando entre sus manos una de las

enguantadas manecitas de la joven. Ella continúa.=) De pronto salí del

gabinete y momentos después reaparecí diciendo que hallándome mejor,

necesitaba salir.--¿Dónde?--preguntó mi tirano.--A hacer algunas

compras--repuse;--no hay manteles; además, á la doncella le prometí ayer

una blusa y debo cumplir lo ofrecido.--Mejor sería--contestó,--que te

vistieras bien y fueses á visitar á la vizcondesita Matilde, que está

enferma. ¡Debemos cumplir con todo el mundo!... Acepté la proposición

haciendo grandes esfuerzos para disimular mi alegría: aquel era un feliz

pretexto que me facilitaba una hora más de libertad que dedicarte,

mejor y más hermosa para mí, que un rayo de luz. En un santiamén

me puse mi mejor traje y volví al gabinete; Damián, al verme se

levantó.--«Vaya--dijo,--hoy, para mí, es día de asueto; te acompaño.»

¿Cómo rechazarle? Humillé la cabeza y eché á andar con la sombría

resignación del que camina hacia el patíbulo. Cuando llegábamos al

recibimiento, vibró el timbre de la escalera; abro la puerta... ¡Era un

ordenanza que traía... no sé qué papelotes de la Audiencia! Un asunto

urgentísimo.

F.--La causa de algún desgraciado á quién el Código tendrá deseos de

apretar el cuello...

E.--Probablemente. Mas... ¡en fin!... gracias á eso, sea lo que fuere,

estoy aquí. Es una entrevista que tal vez cueste una libertad, cuando no

una cabeza.

(=Vuelven á besarse. Caminan pausadamente, cambiando saludos distraídos

con algunos obreros que vuelven del trabajo. En la línea sinuosa y más

distante del paisaje aparece Madrid, recortándose bajo el cielo

entristecido por los reflejos crepusculares.=)

F.--Te quiero.

E.--No más que yo á ti.

F.--(=Enternecido.=) ¡Carne de mi alma!

E.--(=Con arrebato.=) ¡Alma de mi cuerpo!...

F.--Dame tus labios otra vez.

E.--Tómalos. ¿No son tuyos?... ¿A qué me los pides?...

F.--(=Rodeándola el talle con un brazo.=) ¡Oh!... ¡qué adormecedora, qué

dulce es la canción de los amores!... ¡Cómo pesa sobre los párpados, con

qué arpegios de ensueño roza los oídos!... Y simultáneamente penetra

hasta mis tuétanos y calofría mi espalda con la suave caricia del

terciopelo.

E.--¡Fernando... (=Entorna los párpados y su cabeza mareada por la rara

espuma del contento, busca sobre el hombro del amante un punto de

apoyo.=)

F.--Habla... necesito oirte... dí algo... arrúllame...

E.--(=Sin abrir los ojos.=) ¿Qué quieres que diga?

=Sus cuerpos, estrechamente unidos, tropiezan al andar,

produciéndoles una á modo de trepidación carnal que les calofría de

pies á cabeza. Caminan lánguidamente; diríase que la tierra

benévola les atrae, incitándoles á caer de rodillas; al llegar á

cierto paraje solitario, bajo un grupo de árboles, Eulalia y

Fernando se detienen.=

F.--¿Quieres?... (=En voz muy baja.=)

E.--¿Aquí?

F.--Sí. Sentémonos.

E.--¡Oh, es imposible!

F.--¿Por qué?... Estamos solos.

E.--Sí, pero... ¿y mi traje?

F.--Extenderé sobre el suelo mi pañuelo para que no te manches.

E.--No basta. Y, mira... el piso está enfangado.

F.--(=Pensativo.=) Es cierto.

E.--Seamos juiciosos.

F.--¿Qué remedio?...

(=Se contemplan mezclando sus alientos, mirándose á los ojos ávidamente,

con el vientre y las rodillas y los pies unidos.=)

E.--(=Deseando tranquilizar á su amante.=) Mira, cómo vengo.

(=Le enseña sus botas de tafilete, su magnífico traje de seda color

salmón, su largo gabán de finísimo paño.=)

F.--(=Extasiado.=) ¡Como una reina! (=Pausa.=) Y, sin embargo... perder

estos instantes... es un crimen.

E.--Ya lo sé, rey; pero, ¿qué quieres?... La fatalidad...

F.--¿Me amas?

E.--Más que á nadie.

F.--¿Eres muy feliz entre mis brazos?... (=Empujándola.=) Entonces... ¿Qué

importa lo demás?...

E.--(=Resistiendo.=) Pero... ¿no comprendes?... Estamos en un lodazal.

F.--A tu marido le dices que te caiste; un accidente... un coche que

pasaba... cualquiera cosa.

E.--Eso es lo de menos; un pretexto se busca fácilmente.

F.--Entonces...

E.--Es mi traje, mi sombrero, que representan un capital.

F.--(=Alzándose de hombros.=) ¿Qué vale todo eso, comparado con lo

otro?... Un vestido que se mancha ó que se rompe, puede ser substituído;

¿pero quién recobrará el rato de felicidad que se pierde?

E.--No me vuelvas loca.

F.--Pronto nos separaremos y... ¿quién podrá consolarnos mañana de la

hora feliz que hoy desaprovechamos?...

E.--(=Languideciendo.=) Déjame.

F.--El peinado que se deshace, como el sombrero ó el traje que se

ensucian, constituyen pequeñas desgracias, fácilmente remediables; pero,

¿cuándo ni dónde rescataremos las dulzuras de un feliz momento

perdido?... Dime; ¿en qué bazar podrían los pobres viejos

desencantados, comprar los millares de horas negras en que no amaron?...

Ven, ven... el placer como la alegría, duran poco.

* * * * *

Han pasado treinta años; Fernando ha muerto. Eulalia que, como todos los

viejos, comprende mejor que antes el gran valimiento de la vida,

conserva entre sus más preciosos recuerdos la imagen de aquella tarde

otoñal, húmeda y callada, en que dió noventa duros por un rato de amor.

¡El amor!... Lo que no se compra...

LO HORRIBLE

Beltrán empujó la puerta suavemente y entró: era un mozo membrudo, con

las manos y el rostro atezados por el calor de la fragua; vestía blusa

azul y pantalón de pana; las botas eran de punta cuadrada, grandes y

sólidas; tenía la mandíbula inferior ancha, el cuello grueso; bajo las

cejas, sus ojos duros de perdonavidas miraban con insolencia y desvío.

Al oirle Matilde, su hermana, que parecía meditar junto á la mesa, á la

luz de un quinqué, volvió la cabeza. Beltrán preguntó:

--¿Quién ha venido?

--Don José.

--¡Don José!... ¿Qué quería?

--Nada... saber cómo estaba padre: ni siquiera se sentó; no pasó de la

puerta.

Beltrán clavó en la joven una larga mirada desconfiada y cruel; luego

dijo:

--¿Y padre?

--Peor; apenas puede respirar.

El mozo levantó la cortinilla que cubría una puerta y quedóse inmóvil,

abismando sus ojos en un dormitorio estrecho y obscuro dentro del cual

resonaba rítmicamente el angustioso jadeo de un hombre que se ahogaba.

--¿Qué dice el médico? ¿Tiene esperanzas?

--No. Asegura que recurrimos á él demasiado tarde.

Beltrán se mordía los labios; Matilde lloraba en silencio, sin

parpadear, como lloran las mujeres acostumbradas á sufrir: tenía el

rostro inteligente y pálido, el pelo y los ojos negrísimos: era uno de

esos nerviosos tipos meridionales, esclavos de la impresión y del

momento, en quienes los ángeles del bien y del mal parecen luchar á

brazo partido sobre un puente muy angosto.

--¿Recetó algo?--preguntó el herrero.

--Sí... mira.

Sacó del bolsillo un papel sembrado de signos que Beltrán leyó y releyó

sin comprender.

--¿Cuánto costarán estas medicinas?

--Unas... cuatro pesetas.

--¡Cuatro pesetas!...

--¿De dónde sacarlas, hermano?

Y Matilde miraba á su alrededor; las paredes y los suelos desnudos, la

casa toda, en fin, ahogándose de miseria y dolor bajo el declive rápido

de los techos aboardillados Beltrán miró también, murmurando:

--No sé, no sé...

--Esas medicinas, sin embargo, hay que comprarlas en seguida, á todo

trance.

Aquella receta era para ellos algo santo y precioso, como una promesa.

Pero ¿dónde hallar dinero?... Matilde y Beltrán estaban sin trabajo y la

enfermedad de su padre agotó sus pequeños ahorros; en pocas semanas todo

fué saliendo camino de la prendería ó de la casa de préstamos; fué una

venta infamante, vergonzosa, triste, como la venta de huesos humanos.

Beltrán alzóse de hombros; todas las puertas estaban bien cerradas; la

miseria había tomado todos los caminos.

--¿Qué piensas?--exclamó Matilde;--¿se te ocurre algo?

--No... nada... ¿y á ti?

--Tampoco, pero es preciso discurrir... pronto... pronto... ¡padre se

muere!

--Ya lo sé... ya lo sé... Espera.

Por su memoria desfilaban precipitadamente nombres de vecinos y de

amigos: con ninguno debían contar; eran pobres, tan pobres como ellos, y

los mejores ya les habían socorrido en diferentes ocasiones. El único

que podía ampararles era don José, el propietario, quien, por amor á

Matilde, no les presentaba los recibos de inquilinato desde hacía dos

meses. Beltrán conocía aquella pasión; y la vergüenza de sus favores,

aceptados por él bajo la presión feroz de la miseria, enrojecían su

frente. Una idea negra, una especie de noche, nublaba el pensamiento de

los hermanos, que veían pasar por entre sombras el hambre y el crimen:

Beltrán y Matilde sabían que en los momentos de supremo desamparo los

hombres roban, las mujeres se venden...

La joven, más franca que su hermano, preguntó:

--Si recurriésemos á don José...

Beltrán se acercó á ella temblando violentamente, como potro picado del

tábano.

--¿Qué has dicho?--gritó;--¿recurrir á don José? ¿Qué es eso?... ¿Has

perdido el sentido ó perdiste el honor?... La sola idea de que le hayas

insinuado algo me vuelve loco...

La había cogido por un brazo, apretándoselo entre sus dedos como en un

torno.

Matilde bajó sus ojos anegados en lágrimas; en el silencio resonaba el

isócrono jadeo del moribundo; aquella respiración anhelante de viajero

que va muy cansado. Beltrán callaba, comprendiendo que era necesario

optar entre el presidio y la mancebía. De pronto se decidió.

--¡Bien está!--dijo;--ya sé qué he de hacer; venga la receta... no

perdamos tiempo.

--¿Tardarás?--preguntó Matilde.

--No... volveré pronto... antes de una hora...

Salió precipitadamente, palpándose debajo de la blusa, cerciorándose de

que la navaja estaba en su sitio.

* * * * *

Beltrán anduvo largo rato buscando las calles solitarias; ya no dudaba:

robaría, pues era preciso, y hasta se hallaba propicio á hacerlo sin

vergüenza ni empacho.

De carne y hueso; cuentos · 第 5 / 9 段