cristales la lluvia rimaba su canción, la dulce canción hermana del
sueño: la habitación estaba á obscuras, sin otra luz que el pobrísimo
resplandor crepuscular que caía del cielo; todo callaba en aquel
gabinete apercibido ya á los rigores del invierno; con su suelo
alfombrado y sus cortinajes de pesado terciopelo, cerrando el paso al
frío. Allá lejos, en las profundidades de la casa, resonaban el chirrido
alegre del aceite que hervía en las sartenes, y el ruido de platos y
voces infantiles...
¿Quién hubiera creído que en el corazón de aquel confortable hogar
burgués y tras la santa y castísima frente de la abuela Francisca, la
muerte de _Pelo-Rojo_ despertaría un recuerdo tenaz?...
Y, no obstante, así era: Francisca, ligando los datos biográficos que de
la bailarina aparecieron desperdigados por la prensa, durante aquellos
días, imaginaba conocer su historia exactamente: la veía saliendo de
España, llegando á París, donde las locuras de un sportman, que se mató
por ella la pusieron en moda; y luego en Londres, disputando á las
cortesanas inglesas el oro de sus amantes; después en Monte-Carlo y
Niza, donde corrió el Carnaval con una carroza cuajada de rosas
valencianas... Y más tarde, en París otra vez, siempre pródiga,
caprichosa, indócil, dejando las comodidades de su hotel por los
estudios de Montmartre. A _Pelo-Rojo_ la conocían en todas las
delegaciones: se embriagaba y reñía con otras mujeres; adoraba á los
hombres de arrestos que no saben amenazar sin herir; la gran pasión de
su juventud fué Luis, un pintor de mucho talento que la pegaba porpelo
todo y que una noche la castigó dejándola dormir en la escalera de su
taller.
--¡Y que hombres ricos y de talento pierdan el seso por mujeres
así!--murmuró la anciana.
En su honrado pensamiento, monstruosidad semejante no hallaba cabida y,
sin embargo, reconocía que en el viejo mundo pagano, como en el nuestro,
la juventud, la felicidad y el dinero, siempre fueron satélites de la
diosa Locura. Tan hermosa como _Pelo-Rojo_ fué ella, la abuela
Francisca, cuarenta años antes, y á querer... Pero no se atrevió; era
buena y el ejemplo de su madre, primero, y la educación de su hija,
después, apartaron de su voluntad todo deshonesto impulso.
Tan cuerdo discurrir no impedía que la anciana sintiese un desvío
secreto, una especie de inexplicable envidia hacia la aventurera que
había fallecido, casi repentinamente, bajo una bata de encajes y en un
hotel suntuoso que el talento de algunos y el dinero de muchos,
convirtieron en museo... Porque á esas grandes perdidas, enemigas
adoradas de todo el mundo, se las solicita, se las aplaude, se las
adula; mientras que de las mujeres honradas, que vivieron para el hogar,
¿quién se acuerda?...
Allá adentro, en los profundos de la casa, el aceite chirriaba
bullicioso sobre las cacerolas puestas al fuego, y las criadas
aderezaban la mesa, dejando chocar los platos unos contra otros; en los
cristales de la ventana, la lluvia repetía su serenata de ensueño; en el
piso inferior, acompañando los acordes de un piano, varias voces
infantiles cantaban:
«Mambrú se fué á la guerra,
mire usted, mire usted qué pena...»
Eran las niñas que habían vuelto del colegio y jugaban felices,
esperando la cena, con la despreocupación de la inocencia que ignora ser
el pan de cada día algo muy triste, porque se gana difícilmente... La
canción volvía, trepando hacía los cuartos superiores de la casa,
invadiéndola, alegre y pujante:
«Mambrú se fué á la guerra,
no sé cuando vendrá...»
Por la imaginación de la abuela Francisca, pasaron en incongruente
aquelarre las remembranzas de su juventud, ya muy lejana. Se vió niña,
yendo al colegio con un aya inglesa que la llamaba «señorita»;
levantándose en invierno muy tarde, corriendo feliz tras su aro en las
luminosas mañanas primaverales, bajo la bóveda esmeráldica que tejieron
las hojas tempranas de los árboles en flor... Luego recordó su primer
vestido largo, su primer novio, su matrimonio que, trayéndola una hija,
la llenó de cuidados; cuidados que alejaron su niñez, empujándola allá,
muy lejos...
La vida de la abuela Francisca fué algo callado, perfectamente uniforme,
sin notas alegres ni brochazos de color, como esos paisajes
septentrionales dormidos y borrados bajo la niebla. Su matrimonio con
don Alejandro fué su primera decepción, porque aquellas relaciones no
trajeron luchas novelescas, ni lágrimas, ni traza alguna de esos
accidentes que, mortificando el ánimo, embellecen la vida; sino que todo
ello fué deslizándose suavemente, con la mansedumbre de las aguas que
corren bajo tierra. Después llegaron esos innúmeros quehaceres de la
existencia conyugal, donde la mujer, aunque pasiva, se asocia á todos
los combates del marido, y luego la educación de su hija, cada día mayor
y más hermosa, según la vida de la pobre madre iba retirándose.
Sólo un hecho sencillo pintaba un oasis riente en el horrible desierto
de aquellos cuarenta años.
Fué una tarde, después del almuerzo; su hija había ido al colegio, don
Alejandro á sus quehaceres; las criadas también habían salido. Francisca
cruzaba el recibimiento cuando llamaron á la puerta de la escalera; la
joven abrió: era Enrique, el amigo y consocio de don Alejandro.
--Mi esposo no está--dijo Francisca.
--Ya lo sabía--repuso Enrique.
--¡Ah!
--¡Sí, lo sabía; por eso he venido!
Aquella contestación extraña desconcertó á Francisca, que adivinaba en
Enrique un enemigo. Este, tras un breve preámbulo, declaró á la joven su
amor loco, hincándose de rodillas ante ella, cubriendo de besos
ardientes sus lindas manos.
--¡La adoro á usted!--repetía.
Sus labios se cubrían de espuma; sus ojos llameaban; estaba hermoso y
repugnante á la vez. Pero Francisca permaneció impasible, y hubo tal
tristeza en sus palabras y tanta dignidad en su repulsa, que Enrique,
humillado y corrido, salió de la habitación á reculones y huyó, sin
atreverse á levantar los ojos. No pasó más.
Esta aventura era el único recuerdo pintoresco, y, ¿cabe decirlo?... la
única alegría de la abuela Francisca.
Durante muchos años recordó la escena: el salón cuadrangular, con su
piano y su sillería de yute obscuro; y á Enrique de rodillas,
devorándola con los ojos, mientras ella, orgullosa como una reina, le
indicaba la puerta con un gesto frío... Recordaba estos pormenores
porque aquella declaración fué la sola bocanada de pasión impetuosa,
desbordante, genuinamente criminal, que el vicio lanzó sobre ella; la
única vez que se reconoció hembra, hembra deseable, apetecible, con ese
apetito pujante que allana los hogares, que conduce al asesinato y á la
bancarrota y al suicidio... y que ha sido, una vez por lo menos, el
ideal de la mujer más santa.
Recordando á Enrique, la abuela comprendía las salvajes pasiones que
_Pelo-Rojo_ encendió, y dolíase secretamente de que su destino hubiera
sido tan obscuro y diferente del de la célebre bailarina. Mas ¿á qué
evocar aquello tan distante, tan empujado por el tiempo hacia los
remotos linderos de lo irremediablemente perdido?
En el piso de abajo, los niños cantaban á voz en cuello la epopeya del
guerrero Mambrú:
«No sé cuando vendrá...»
La abuela Francisca pensaba:
--Para las perdidas del arroyo son las alegrías tumultuosas, las
aventuras, la popularidad, el lujo... para las honradas, la soledad
aburrida del hogar, la paz, el silencio... _Pelo-Rojo_ murió joven: ¿y
qué?... ¿Acaso hay en toda mi vida los placeres que ella amontonaba en
una siesta?...
Las cenas en fondas y parajes de dudoso prestigio; los bailes de
máscaras, esos viajes improvisados que parecen fugas... todo cruzó su
cerebro en confusa visión cinematográfica; y por primera vez, después de
haber consagrado toda su vida al bien, creyó sentir que hay en los
hogares honrados y en la virtud algo seco que ahoga.
Pasaban los minutos; la habitación, con sus cortinajes y su severo
mobiliario, naufragaba en la sombra; la lluvia repetía sobre el zinc de
la ventana su canción de ensueño. De pronto se abrió una puerta,
recortando en la alfombra del gabinete un rectángulo luminoso, y dos
niñas de ocho á diez años penetraron corriendo, dejando flotar sobre sus
hombros, llenos de gracia, sus cabellos rubios como el oro y limpios y
brillantes como el sol.
--¡Abuela, abuela!--gritaron alegremente:--¡la cena está en la mesa! ¡A
cenar!...
--Ya voy... ya voy--murmuró la anciana estremeciéndose.
Hablaba sin abrir los párpados.
--¿Tienes sueño, abuela?--preguntó una de las niñas.
Y la otra añadió imperativa:
--Corre, ven con nosotras; ¡anda!... ¡No te duermas, abuela!... Ven;
luego nos contarás un cuento.
La abuela Francisca se dejó llevar; en el comedor la esperaban, como
siempre, su yerno, su hija, don Alejandro; todos tranquilos, sentados
alrededor de la mesa bajo la luz inmóvil y blanca del quinqué. La
anciana ocupó su asiento. Don Alejandro preguntó:
--Tienes los ojos enrojecidos...
Y su hija agregó, llena de interés:
--¿Has llorado, mamá?... ¿Tienes pena? ¿Estás mala? Di, ¿qué te pasa?
Hubo varios momentos de expectación, durante los cuales las cucharas
quedaron suspendidas entre el plato y la boca. Pero la abuela Francisca
hizo un gesto negativo y empezó á comer, venciendo valerosamente el
apretado nudo que el dolor la echaba al cuello. Prefirió callar; ¿cómo
explicar su pena? ¿Quién hubiera podido comprender la tragedia que
estaba desencadenándose bajo la nieve de sus cabellos?...
Aquel incidente se olvidó; la sopa estaba muy buena, el vino llenaba las
copas, las niñas, de rodillas en sus asientos, reían. La abuela
Francisca pensaba, tragándose sus lágrimas:
--¡No haber sido mala!... ¡Ni una vez!...
ENTRE ELLAS
=Mariana: treinta y cuatro años; viuda.--Luisa: dieciocho años; soltera.
Aparecen sentadas en dos cómodos silloncitos enanos y con los pies sobre
los morillos de la chimenea encendida.=
MARIANA.--A todas las mujeres nos sucede lo mismo. Primero luchamos por
conquistar un novio, luego batallamos por enloquecerle y rendirle á
nuestro talante; las inquietudes que nos atormentaron durante el
noviazgo se recrudecen la semana anterior á la boda y después...
(=Pausa.=)
LUISA.--¿Después?
M.--¡Qué sé yo!... Diríase que la misma intensidad de las emociones
relaja la tonicidad de los nervios y apenas comprendemos lo que sucede.
L.--Pero, ¿es cierto que el matrimonio es la triaca del veneno del amor?
M.--¡Oh! ¡Quién sabe!... A veces parece que queremos al marido más que
al novio: otras diríase que el cariño muere á manos de la costumbre.
(=Pausa.=)
L.--Dime; ¿qué secretos, qué misterios, qué locuras hay en la intimidad
del matrimonio?
(=Mariana ríe burlona.=)
L.--(=Amostazándose.=) ¡Bah! ¿Te ríes de mi pregunta?
M.--Sí, me río... ¿Cómo no?
L.--Ninguna de mis amigas casadas quiso decírmelo.
M.--¡Naturalmente! La mujer, al contrario del hombre, es gran avara de
sensaciones; sin duda porque en los lances del amor desempeña un papel
pasivo, y esta pasividad implica caída, vencimiento, vergüenza...
L.--No comprendo.
M.--¿Cómo así?... Todo ello es bien claro. Daniel, por ejemplo, ¿no ha
intentado besarte la mano?
L.--Sí.
M.--Pues si él reclamó ese pequeño favor y tú se lo concediste, créeme;
la vencida fuiste tú. Conque imagina que muy pronto te unirás á él, esto
es, le pertenecerás completamente; no tendrás derecho á regatearle tus
caricias, ni á poner coto á sus exigencias; y el marido ya no querrá
besarte la punta de tus dedos enguantados, sino que te estrechará entre
sus brazos y dispondrá de ti á su antojo... y tú le dejarás hacer...
¿Quién será la vencida? No lo dudes. En el mundo sólo hay vencedores y
vencidos, y el Destino quiso que el último papel lo representásemos
nosotras.
(=Nueva pausa, durante la cual la joven se frota las manos
nerviosamente.=)
M.--¿En qué piensas?
L.--En todo eso... ¡Es extraño! Voy á casarme y no experimento regocijo
intenso.
M.--¿No quieres á Daniel?
L.--Sí, pero...
M.--¡Cómo! ¿Es posible que ese hombre ya tenga peros para ti?
L.--Te diré... si acierto á explicar mi pensamiento. Le encuentro
tímido, demasiado respetuoso, comedido en demasía...
M.--Ya... Te gustaría verle más animoso, hablándote con más calor,
propasándose, tal vez, á darte un abrazo sin pedirte consejo...
L.--¡Mariana!
M.--Fuera hipocresías... estamos solas.
L.--Pues bien, sí... El dice que me quiere mucho, que me adora, que está
loco por mí... No le creo; quien está loco, hace locuras... y él, cuando
estuvo á solas conmigo, no las hizo...
M.--(=Suspirando.=) Tampoco mi marido.
L.--¿Sí? Y tal vez pensabas entonces como yo pienso ahora.
M.--Lo mismo. (=Con tristeza.=)
L.--(=Con arrebato.=) No comprendo que un hombre pueda respetar tanto á la
mujer á quien ama... ¡No lo comprendo! En nuestras largas
conversaciones, Daniel dice que mis ojos le emborrachan, que mi cariño
es sol de su alma, que soy su ilusión única... Pero advierto que está
más pendiente de quienes nos ven que de mi persona; la canción de su
amor me la recita demasiado bien, con ampulosidades gongorinas que
aburren, con atildamientos académicos que empachan... Habla, en fin, esa
oratoria fría y correcta de los salones; no el lenguaje atropellado,
incorrecto y ardiente que, á mi entender, debe hablarse en las alcobas.
M.--¡Luisa!
L.--¿Qué, te asusto?
M.--Soy viuda y no puedo asustarme de nada, pero... sabes demasiado.
L.--Nada sé, pues nada he aprendido: todo esto lo adivino, lo
presiento... Por eso me disgusta Daniel.
M.--Haces mal: Daniel te respeta porque es hombre educado, incapaz de
abusar...
L.--(=Interrumpiéndola y con despecho=.) ¡Malhaya la educación que hiela
el alma; malhaya el respeto que mata el cariño!...
M:--¡Pobre soñadora!
L.--Sí, dices bien, ¡pobre de mi!... Porque es muy difícil la felicidad
en brazos de un marido así. El hombre que yo imaginaba cuando empecé á
sentir los primeros cosquilleos del sentimiento, era muy distinto. Nunca
pensé en que fuese rubio, ni moreno, ni guapo, ni feo... me era
indiferente; sólo me preocupaba su carácter, su alma... Yo queria un
corazón de fuego; un hombre que se mirase en mis ojos, que bebiese la
vida en mis labios, que tuviese todos los desplantes y los brutales
arrebatos de los temperamentos ardientes, y que me amase mucho, mucho...
Me imaginaba hablando con él y le veía sumiso, sin atreverse, casi, á
poner sus deseos en mí... Y también me le representaba enloquecido,
atropellando miramientos, cogiéndome entre sus brazos y sin curarse de
nadie...
M.--¡Luisa, Luisa... si te oyese Daniel!...
L.--¿Y qué?... Entonces me conocería y tal vez cambiase...
M.--(=Con hipocresía.=) Debemos hacernos respetar.
L.--Convenido; pero concede también que los hombres no deben pujar su
respeto tan lejos; porque si ellos lo hacen todo, ¿qué haremos
nosotras?... Si ellos no suplican, ni atacan, ¿cómo podremos
defendernos? Dime, ¿es cierto que no hay nada tan aburrido, tan
estúpido, como un hombre siempre respetuoso?
(=Daniel y el anciano vizconde de Marimón se acercan lentamente al salón
donde están Luisa y Mariana.=)
DANIEL.--Luisa es una mujer excepcional.
VIZCONDE.--Seguramente.
D.--Cándida, sin la menor idea del amor...
V.--No afirmaría yo tanto.
D.--Usted es un escéptico sistemático.
V.--Usted un niño sin experiencia...
D.--¡Bah! tengo bastante mando para saber que Luisa me ama con frenesí.
V.--¿En qué lo conoce usted?
D.--En sus ojos, que no mienten.
V.--¿Eso es todo?
D.--En sus miradas.
V.--¿Nada más?
D.--¿Qué más puede conceder una mujer inocente?
V.--Una mujer inocente... conforme; pero una mujer enamorada... suele
otorgar muchísimo más.
(=Entran en el salón.=)
D.--¡Hola, señoras mias! ¿De qué hablaban ustedes?
M.--De música.
L.--De perfumes de flores... Yo le decía á Mariana que la mejor esencia
es el Chipre... Ella prefiere la violeta de Parma.
V.--(=Al paño.=) ¿Eh? ¿Qué tal? La música... los perfumes... las flores...
los enemigos capitales de la virtud.
D.--(=Contestando al vizconde, pero dirigiéndose á las damas.=) ¿Con que
charlando de perfumes, de flores y de música? ¡Qué candor!... ¡No
hablarían de otra cosa los ángeles!...
GERMINAL
Los seminaristas llegaron al bosquecillo de cuatro en fondo, y
repentinamente, obedeciendo á una voz del ayo ó dómine que les conducía,
rompieron filas, dándose á correr como corzos, los unos en seguimiento
de los otros, ó improvisando divertimientos varios, según sus edades y
aficiones. Unos empezaron á jugar al toro y á piola; los más juiciosos
buscaron el brazo de un amigo con quien repasar las últimas lecciones ó
discutir algún punto difícil y obscuro de Teodicea.
El día declinaba; era una tarde de Junio, hermosa y ardiente; sobre los
viciosos herbazales matizados de margaritas, amapolas y otras
florecillas silvestres, los rayos del sol poniente, filtrándose á través
del follaje, dibujaban círculos luminosos que temblequeaban con
indecisos aleteos de abeja; el aire era perfumado y tíbio; los insectos,
agazapados en las resquebrajaduras del suelo, entonaban la somnífera
cantinela de sus élitros; del cielo azul caía una catarata bochornosa de
calor; las plantas trepadoras parecían asirse voluptuosamente al tronco
de los árboles y por sus tallos flexibles la savia subía como una oleada
irrefrenable de vida... Todo era paz, contento y vigor en aquella
naturaleza á quien los lúbricos cosquilleos primaverales despertaban, y
había algo elocuente en el contraste ofrecido por aquel paisaje
desbordante de calor y de luz, y el fúnebre grupo de seminaristas
ensotanados, con sus rostros pálidos y sus lánguidos ojos de
convalecientes corriendo de un lado á otro, obedeciendo á la odiosa
ordenanza que lo mismo prescribía sus horas de aplicación que sus ratos
de divertimiento; blandengues, melancólicos, semejantes á pajarillos
enfermos que saltasen sobre la hierba...
Echado en el suelo, Pedro meditaba con la _Imitación de Cristo_ sobre
las rodillas. Estaba triste, como avergonzado de su traje y de su
destino en medio de aquella naturaleza prepotente que se desbordaba con
sus perfumes, sus matices y sus entrañas rebosando zumos prolíficos.
La semana anterior, yendo de pasea Pedro vió el rostro de una mujer que
le atisbaba por entre unas persianas, y desde entonces el seminarista no
pudo sustraerse al hechizo de aquel semblante expresivo, con su nariz
aguileña, sus labios burlones y sus ojos negros y tranquilos de hebrea:
en todas partes la veía, turbando el casto reposo de sus noches,
reflejándose en la superficie de los espejos, modelándose sobre las
figuras geométricas de sus libros de estudio... Y por eso el joven,
sintiendo rota la cristiana ecuanimidad de su espíritu, se dió con
redoblado ardor al estudio, al ayuno y á las meditaciones piadosas,
abstrayéndose en la lectura de Kempis, ese talentoso visionario que
tantas voluntades ha roto.
Aquella tarde, mientras sus compañeros jugaban, Pedro, tumbado en el
suelo como un filósofo peripatético, leía y meditaba. Kempis decía:
«El que busca algo fuera de Dios y la salvación de su alma, sólo hallará
tribulación y dolor. No puede vivir mucho tiempo en paz quien no procura
ser el menor y el más sujeto á todos...»
¿Conque importa ser pequeño y sumiso y esclavo de las ajenas voluntades
si queremos ser acreedores á la redención perdurable?... ¿Conque nada
positivo hay fuera de Dios; y la gloria, el amor y los placeres que la
belleza y el dinero allegan son tentaciones nefandas, de las cuales, los
puros de corazón, deben apartar prestamente los no mancillados ojos...
Bajo el soberbio manto azul del cielo, la tierra, flagelada por los
fecundantes abrazos del sol, entonaba un germinal glorioso; el viento
arrastraba los acres perfumes de las florecillas silvestres; las
enredaderas ceñían el tronco de los árboles con afición lúbrica; los
insectos encelados cantaban un epitalamio bajo la hierba; entre el
follaje, los pajarillos se picoteaban pensando en sus nidos...
Pedro, inmóvil, permanecía con los ojos muy abiertos, viendo imaginarios
rostros femeninos que le guiñaban desde lejos, sintiendo que la brisa
escarabajeaba su piel, precipitando el curso de su sangre, musitando en
sus oídos las ardientes estrofas del eterno poema de los deseos...
--¿Entonces, para qué nací?--pensaba el seminarista.
Se reconocía humillado dentro de su sotana, que le condenaba á
esterilidad perpetua, y nunca le parecieron más tristes y más dignos de
lástima sus compañeros, corriendo entre el verde vestidos de negro...
Maquinalmente tornó á coger el libro que sobre las rodillas tenía, lo
abrió por cualquiera parte, y leyó:
«¡Oh torpeza y dureza del corazón humano, que solamente piensa lo
presente, sin cuidado de lo porvenir!..»
Y más adelante:
«Cuando fuese de mañana, piensa que no llegarás á la noche; y cuando
fuese de noche, no te oses prometer la mañana...»
--¿Para qué nacimos?--decíase Pedro,--¿es posible que esta juventud y
esta sangre bullente que hormiguea por mis miembros, y todas estas
varoniles energías deben languidecer en el tedio y emplearse únicamente
en la contemplación de la muerte?... ¿Para que viajar, si el mundo es un
lugar de condenación que el espíritu infernal llenó de trampantojos y
asechanzas?... ¿Para qué anhelar la gloria, si todo es humo y de nuestro
paso por el mundo no quedará recuerdo? ¿Para qué amar, si nuestra carne
está maldita y Dios castiga por toda una eternidad en nuestros hijos la
falta imborrable de nuestros primeros padres?...
El sol declinaba rápidamente y las sombras crepusculares iban invadiendo
los campos: la brisa susurraba entre el follaje, los insectos se
perseguían bajo la hierba; allá lejos, un ruiseñor entonaba la canción
de sus amores...
--No--murmuró Pedro con voz sorda,--Kempis tiene razón; el mundo es
malo, pues siempre, á despecho de todas las ficciones, la muerte
concluye triunfando de la vida...
A despecho de estas ascéticas reflexiones, Pedro continuaba absorto,
viendo un rostro pálido de mujer que le sonreía desde lejos...
De pronto aparecieron, á corta distancia de allí, un hombre y una mujer
joven y muy bella; caminaban lentamente, cogidos del brazo y tan cosidos
el uno al otro, que casi se besaban hablando. Pedro se incorporó
bruscamente, avergonzado, sintiendo que toda su sangre afluía á sus
mejillas. Los amantes iban acercándose; ella hizo un esguince burlesco,
indefinible, señalando á los seminaristas; él dijo algo y ambos se
echaron á reir. Pedro bajó los ojos...
En su imaginación continuó viendo á los dos amantes: él, joven,
caminando con la orgullosa petulancia de los mozalbetes que van
acompañados de una mujer guapa; ella vestida con un trajecillo claro,
bajo el cual se vislumbraban las curvas opulentas de su cuerpo,
nalgueando con impúdica majestad, mostrando una doble hilera de blancos
dientecillos entre dos labios rojos que la felicidad de vivir
entreabría... Luego oyó Pedro el ruido cadencioso de sus pies que
avanzaban resbalando sobre la menuda arenilla del camino... Y el
seminarista, sin saber por qué, bajó la cabeza con esa vergonzosa
tribulación que deben de sentir los eunucos ante las mujeres hermosas.
Al pasar junto á él, Pedro oyó que la joven murmuraba:
--¡Qué triste está!... ¡Pobrecillo!...
Y sintió que sus párpados se llenaban de lágrimas. Después levantó la
frente para verles marchar. Proseguían su camino indiferentes á cuanto
les rodeaba; ella, titubeando las caderas, feliz bajo la vigorosa
caricia del brazo varonil que la oprimía. Aquello era algo muy hermoso;
un poema pasional recitado á través de los campos; el prólogo de una
posesión, el amor omnipotente que pasaba empujando á sus elegidos hacia
los lugares secretos...
Pedro continuaba persiguiéndoles con los ojos: la brisa soplaba
mansamente, los pajarillos se arrullaban entre el boscaje, de la tierra
ascendía un vaho afrodisíaco que excitaba los nervios. ¡No, Kempis, al
proclamar el triunfo de la muerte, no tuvo razón!