adiós... (=Váse: Casta la acompaña. La escena queda un instante sola.=)
ESCENA III
CASTA
(=Cerrando la puerta con llave.=)
Cuando la ocasión no llega todo falta. Mi esposo me abandona, mi amiga
se marcha también tras su alegría... ¡Bueno va!... Me acostaré; ¿qué
remedio? (=Empieza á desnudarse poco á poco y hasta donde las buenas
costumbres consientan.=) Hace calor, el ambiente perfumado de este
gabinete es asfixiante... asfixiante como un abrazo muy estrecho. ¡Uf,
me ahogo!... Todo me habla de amor: el silencio... los muebles... el
lecho mullido donde dormiré sola... Abriré la ventana (=Pausa.=) ¡Oh, qué
noche tan hermosa! ¡Cuánta paz en la tierra! En los cielos... ¡cuánta
electricidad y cuánta luz!... Desfallezco; algo misterioso me besa sobre
los labios. (=Asomándose á la ventana.=) ¿Qué es eso?... Una orquesta
ambulante; ¡sólo faltaba la música para concluir de trastornarme!...
(=Dentro algunos violines ejecutan un vals.=) ¡Ah, ese vals!... (=En
éxtasis.=) Lo he bailado tantas veces siendo soltera, cuando era
inocente... cuando soñaba... Me veo girando por los salones, la cabeza
caída hacia atrás y sintiendo sobre los riñones la presión de un brazo
enamorado... ¡Oh, aquellos tiempos! (=Continúa desnudándose.=) La música,
llamando á mis recuerdos, trastorna mi espíritu; el calor muerde mis
nervios y mi carne. ¡Amado!... ¿Dónde está?... ¡Estas noches húmedas de
Septiembre roban al cielo tantas vírgenes!... (=Pausa.=) Hace pocos
momentos decía que faltaba la ocasión y, no obstante, el cuarto de hora
de los supremos vencimientos, está aquí; la hora azul del pecado, es
ésta. (=Pausa. Cesa la música. Luego suena un timbre; llaman á la puerta.
Casta despertando de su embelesamiento.=) ¿Quién va? ¿Quién es?...
Voz.--(=Desde fuera.=) Abra usted, señora.
C.--(=Aterrada.=) ¡Voy!... (=Aparte.=) ¿Qué es esto?... ¡Voy!... (_Siempre
aparte._) ¿Qué pasa por mí?... ¡Voy, voy!...
(=Se viste apresuradamente una bata y abre.=)
ESCENA IV
CASTA Y SU DONCELLA
DONCELLA.--El señorito Ricardo... está ahí.
CASTA.--¡Ricardo! (=Retrocede asustada.=)
D.--Sí.
C.--¿Cómo?
D.--Quiere hablar con usted.
C.--¡A estas horas!
D.--Los hombres enamorados son terribles, está loco por usted... y como
yo le dije que el señor no vendría hasta mañana... (=Ríe mirando al
público.=)
C.--¡Ah, está bien!... Te vendiste al ladrón...
D.--(=Humilde.=) Señora...
C.--Desde este momento quedas despedida.
D.--(=Sonriendo.=) Creo que la señora cambiará de opinión hablando con el
señorito Ricardo.
C.--¡Miserable! (=Exaltándose.=)
D.--Lo dije sin intención... (=Humilde y burlona.=)
C.--(=Cayendo desfallecida sobre el diván.=) ¡Todo se conjura contra
mí!... El desprecio de mi marido, los consejos de Susana... mi
desnudez... la música, el calor húmedo de esta noche diabólica...
D.--El señorito Ricardo espera.
C.--¡Ay de mí!... ¿Qué me sucede?... ¿Qué siento?
D.--¿Qué le digo?
C.--El destino le trae y yo no puedo luchar contra lo invencible.
D.--¿Señora?
C.--Aguarda. (=Pausa.=)
D.--Es que...
C.--¡Un momento!... (=Suplicante.=)
D.--(_Mirando hacia la puerta._) ¿El señorito Ricardo...?
C.--Espera...
D.--¿Qué le digo? (=Apremiante.=)
(=Pausa.=)
C.--(=Como desvanecida.=) Me muero...
D.--¿Qué le digo?
(=Pausa.=)
C.--(=Suspirando.=) Que pase...
TELÓN
LA HIJA DEL SOL
Lo mismo la alborotada juventud, tan fácil á la hipérbole, como las
envidiosas mujeres, inclinadas á discutir y morder el ajeno mérito,
coincidían en proclamar á Carmen, la gitana, como el tipo femenino más
perfecto de la pujante flamenquería sevillana.
Carmen nació en el campo: era hija de segadores y su madre la dió á luz
una tarde de Agosto, tumbada entre los altos trigales, bajo el ancho
espacio azul, abrasador y deslumbrador como la entrada de una fragua: de
pronto resonó en los ámbitos de la planicie adormecida por el bochorno
de la siesta, un grito, el grito selvático que lanzan las hembras cuando
el último desgarro las convierte en madres; y nació Carmen... El viento
de aquella tarde, un viento cálido como un bostezo del desierto, agitó
los negros cabellos de la niña y la luz que caía á raudales tostó sus
mejillas y su frente... Desde entonces, á Carmen la llamaron la _Hija
del Sol_.
Todo en ella, efectivamente, concurría á mantener la exactitud y
legitimidad de aquel apodo: su talle esbelto y ágil, su cuello grueso,
su tez cobriza, su cabeza algo grande, su boca de carnosos y encendidos
labios, amargados por el gesto, casi doloroso, de sed, que contrae la
boca insaciable de los libertinos; y luego su carácter... su carácter
reconcentrado, á veces sumiso, con sumisiones de esclava, indomable y
fiero á ratos, pero siempre taciturno y perezoso, de mujer oriental;
mujeres supersticiosas y ardientes que adoran al Sol.
Carmen profesaba al astro magnífico un culto idolátrico, casi sensual,
de fetiquista. En la germinación y desarrollo de esta pasión debió de
influir, amén de su idiosincrasia andaluza, la novela de su nacimiento,
aquel nacer pintoresco, consumado durante las abrasadas horas de una
tarde estival, en medio de la vasta planicie, convertida, bajo los rayos
del sol, en inmensa charca de fuego y de luz... Las primeras sombras
crepusculares ponían en su ánimo nostalgia y miedo inexplicables: se
acostaba temprano para no ver la luna, la eterna muerta, tan triste, tan
pálida, velando con su resplandor frío el reposo inquietante de las
tumbas y de las ruinas; y madrugaba con el sol, que iba á sorprenderla
en su lecho, espantando sus malos ensueños, derramando por sus venas una
briosa corriente de vida. Los días de verano iba con sus padres á la
siega, y allí, echada al pie de un árbol ó á la sombra de un bardal,
abismaba sus ojos en el paisaje. Los pajarillos habían enmudecido, las
cigarras, borrachas de calor, callaban bajo el rastrojo; la atmósfera
ardía, el suelo exhalaba por sus poros un vaho abrasador, irrespirable,
las golondrinas que intentaron atravesar volando la planicie, cayeron
asfixiadas; en los confines del horizonte, tierra y cielo, borrados en
la misma catarata luminosa, simulaban un incendio con oleadas de oro y
nubes de púrpura; perdidos entre el trigo, con las recias espaldas y las
frentes cubiertos de sudor, los segadores, estimulados por el orgulloso
prurito de no quedarse retrasados en la faena, trabajaban sin descanso.
Carmen, sumida en un emperezamiento invencible, miraba al cielo,
cegándose bajo aquella intensísima reverberación solar. El mismo sol,
que tanto excitaba con sus ardores la carne de la virgen gitana,
reprimía con su luz la explosión de sus pasiones: Carmen, que sentía en
la obscuridad los vergonzosos bostezos del pecado, hubiera tenido
empacho de desnudarse ante una ventana abierta: el sol, brillando
majestuoso en el cenit de los espacios, represaba sus malos deseos y
fortalecía su voluntad y su virtud, y á él volvía los entornados ojos en
las horas azules de dulce y peligroso quebranto, como las vírgenes
frágiles, al ir á perderse, miran el retrato de su padre colgado á la
cabecera del lecho fatal, como pidiéndole ayuda ó perdón. ¡No, ella no
sería mala, mientras hubiese Sol!...
* * * * *
Antoñico el gitano, un mercader de potros que gozaba de gran fortuna y
prestigio en las ferias de Sevilla y Mairena, había puesto estrecho
cerco á la virtud de Carmen; persiguiéndola en la iglesia los domingos
por la mañana, durante la misa; por las noches, rondando su reja, al pie
de la cual su musa triste de amador desdeñado entonaba sentidos
cantares; y en la siega, sentándose junto á Carmen, que le oía
distraída, mirando á los segadores cuyas cabezas oscilaban entre las
doradas mieses como puntos negros.
Según el mozo extremaba sus agasajos, la joven fortalecía su
resistencia, y hubo entre ambos disputas y luchas terribles, de las
cuales la virtud de Carmen libró incólume. El, porfiaba, sin darse por
vencido.
--¿Por qué me desprecias?--decía.
--Déjame--replicaba Carmen,--me aburres y te cansas en vano. Yo no puedo
amarte; había de querer... ¡y no podría!... Hay algo en mí que te
rechaza, que no transige contigo, aunque fueses el mejor de los
hombres... Una especie de hipo, que te echa fuera de mi alma...
El, herido en su pasión y en su orgullo, replicaba:
--Tú caerás. Esto, al fin, ha de ser como yo quiera...
Ella, segura de si misma, reía provocándole al combate. ¿Para qué
temerle?... De noche, la defendían los mismos hierros de su reja; de
día, la guardaba su padre, el Sol...
Una tarde, Carmen y Antonio se encontraron en uno de los callejones más
solitarios y excéntricos del barrio, delante de una tiendecilla de
vinos.
--Oye--dijo él,--¿aceptas una cañita de manzanilla?
--No--repuso ella,--déjame en paz.
Entonces él la cogió por los sobacos y en volandas la metió en la
taberna y luego en una habitación interior, donde un lecho, con
sobrecama roja, parecía esperar... El ambiente del dormitorio era frío;
las paredes, resquebrajadas por la humedad, ofrecían grandes manchas
verduzcas; por la ventana penetraban los últimos reflejos crepusculares.
--Ya estamos solos--exclamó Antonio cerrando la puerta;--¡por fin!...
En sus labios vagaba la risa petulante y procaz de los triunfadores; su
manos ardían; sus ojos voraces de gitano llameaban en la sombra...
Carmen no supo defenderse; un frío mortal helaba su sangre; no podía
respirar; la obscuridad de aquel cuarto siniestro gravitaba sobre sus
párpados obligándola á cerrarlos; sus brazos permanecieron inactivos,
sus piernas flaquearon y echó la cabeza hacia atrás, entregando su
garganta al deseo... Fué una caída inconsciente en cuyo lamentable
desenlace la noche ejerció poderosa y decisiva tercería.
De aquella casa salió Carmen como de un letargo, y cuando más tarde supo
que iba á ser madre, se rindió á su suerte, aceptando al hombre que
hasta allí nunca había logrado poseerla pacíficamente, sino por sorpresa
y á zarpazos, como se aman las fieras. Obligada á vivir en un cuarto
interior con su hija y sin otro recreo que el cuidado de las flores que
adornaban los hierros de su ventana, la joven tornóse más huraña, más
triste, según el odio hacia su amante aumentaba. Aquel hombre se lo
había quitado todo: el cariño de sus padres, la estimación de sí misma,
su belleza sin mácula, su libertad; y además la había robado el Sol,
aquel dios resplandeciente que abrasaba su sangre y anegaba sus pupilas
en luz, enseñándola el culto á la Naturaleza y á la vida... Pensando en
esto y comparando su salvaje independencia de antaño con su monótona
existencia actual, Carmen, la gitana, lloraba hilo á hilo lágrimas
ardientes que agrandaron sus ojos. ¡Sí, odiaba á Antonio, funesto para
ella como la sombra del manzanillo; y le aborrecía con ese
aborrecimiento intenso que no retrocede ante el crimen!...
* * * * *
Fué otra tarde: una tarde de Agosto.
Carmen y Antonio habían merendado en el campo; su hija les acompañaba.
El almuerzo fué alegre; los tres comieron mucho y bebieron copiosamente;
luego Antonio, mareado por los vapores de la digestión y del vino,
tumbóse en el suelo y con la cabesa apoyada sobre el regazo de la joven
se quedó dormido. Carmen, inmóvil, contemplaba el horizonte con ojos
pensativos: el aire quemaba, la tierra ardía, del cielo azul caían sobre
los campos oleadas mareantes de fuego; á un lado aparecían altos
ribazos coronados de chumberas, luego una carretera que se alejaba
blanqueando como un reguero de ceniza, y más allá planicies inacabables
sembradas de trigo, con sus gavillas de segadores que avanzaban
desplegados en ala, cual náufragos perdidos en un lago de oro líquido...
En medio del campo, dominada por el silencio augusto de la siesta y
mordida por los besos ardientes del Sol, Carmen sentía renacer sus
orgullosas energías de antaño; su sangre hervía, crispando sus dedos, y
una borrachera extraña, borrachera orientalesca de calor y de luz,
turbaba su cerebro. Instintivamente miró á Antonio, el hombre que la
había arrebatado tanto bien y que yacía dormido sobre sus rodillas, á
merced suya, y sus miradas repararon con criminal ensañamiento en su
cuello grueso y sanguíneo, de violador.
Aquello pasó y Carmen tornó á fijarse en los pintorescos ribazos ceñidos
de chumberas siempre verdes, y en los campos de trigo, con sus gavillas
de segadores... Pero la tentación homicida volvía, cada vez más terrible
y pujante... Antonio roncaba tranquilo; el calor había congestionado sus
mejillas; bajo la piel se acentuaban las venas repletas de sangre...
¡Oh, aquel hombre las había causado, á ella y á su hija, un daño
infinito!... ¡Por él estaban así, alejadas del mundo, sin cariño de
madre, sin blanduras de abuela, condenadas á vivir perpetuamente en la
sombra... Y Carmen pensó que la muerte de Antonio sería la felicidad
recobrada, la liberación definitiva...
Un último sacudimiento de su conciencia la obligó á levantar los ojos;
en aquel momento sus pupilas, nidal de malos pensamientos, parecían más
negras, más duras... Carmen prosiguió acariciando el cuello de su amante
con una mirada fría y sutil como el filo de una daga. Era imposible
resistir la implacable tentación. A la borrachera del vino se aunaba la
del sol... Y el sol hablaba, empujándola al crimen.
«¡Mátale!...--decía;--él te robó cuanto de más hermoso tenías,
regalándote, á cambio de tu sacrificio, una hija que habrá de
avergonzarse de ti eternamente. ¡Mátale antes de que despierte y te
vuelva á su cárcel! Recuerda aquella habitación obscura que jamás
mereció el beneficio de mis rayos; aquellas paredes que agrietó la
humedad, aquel lecho donde tiritas de frío... ¡Mata! Sé fuerte como yo,
inspirador de todos los heroísmos, afrodisíaco despertador de todas las
voluptuosidades, anda, no vaciles; sigue los consejos de tu padre el
Sol... ¡Mata á ese hombre!...»
Carmen, estremeciéndose, miró á su alrededor: no había nadie; la
soledad, encubridora de los grandes crímenes, también la empujaba. ¿Por
qué no recobrar su hermosa libertad perdida?... A veces, una vena que se
corta es una cadena que se quiebra...
Por entre la faja de Antonio asomaba tentador el mango de un cuchillo.
Carmen quiso apartar de él los ojos, y ya no pudo; miraba, alargando el
cuello, y su mano derecha se crispaba, calculando la violencia del
golpe...
En aquel instante la niña, como instrumento elegido por el Destino para
precipitar la venganza de la madre, cogió el mango del cuchillo y la
hoja salió de la vaina, con relampagueo deslumbrador. Aquel zig-zag
trágico, arrancado al acero por el sol, cegó á Carmen, y el gitano rodó
por el suelo, pasando sin estremecimiento de un sueño á otro. Quedó
tumbado boca arriba, mirando al Sol que le había matado. La tierra,
sedienta, empapó su sangre...
IDOLOS CAIDOS
Era de noche. Nos hallábamos en una espaciosa habitación, con los altos
techos envigados según antigua costumbre provinciana, las ventanas
huérfanas de visillos, cortinajes y demás vistosos paramentos del buen
tono, y las paredes sin otro adorno que algunos clavos de donde pendían
varias viejas prendas de vestir con esa gravedad soñolienta de las cosas
inertes.
Mi amigo estaba acostado en una cama, yo en otra, y ambos conversábamos
pausadamente esperando la sorpresa del sueño. Sobre un taburete
chisporroteaba la mortecina luz de una lamparilla de aceite; toda la
casa yacía en el silencio solemne que envuelve á los pueblos pequeños, y
únicamente revoltijeando en el ámbito del dormitorio vibraba el pertinaz
y amenazador zumbido de algunos mosquitos hambrientos.
--Pues, mañana--dijo Joaquín,--antes de que el sol caliente, iremos á
_El Robledal_, que es de los mejores y más pintorescos cortijos que
posee mi cuñado por estas cercanías: luego visitaremos la iglesia, que
tiene una capillita gótica muy notable; y si estamos de humor y la
tarde da de sí para tanto, subiremos á Peña-Ramiro, cerro elevadísimo
desde cuya cumbre se abarca un grandioso panorama: al fondo del valle,
el pueblecito, con su centenar de casitas blancas parecidas á un rebaño
de ovejas; después el riachuelo de Guadelzar, en cuyo cauce blanquea un
chorrito de plata líquida, semejante al hilillo baboso que hubiera
dejado al pasar por allí un caracol gigantesco; y más allá, en los
brumosos confines del paisaje, un largo rosario de montañas, enderezando
al cielo sus panzas ciclópeas coronadas de nieve...
--¿Y después, por la noche?
--Por la noche--repuso,--iremos á casa de Higinio, un muchacho
comerciante que puntea la guitarra y con quien suelen reunirse algunas
mozas vecinas y tres ó cuatro de los chicos más galanes y mejor
templados del pueblo.
Añadió interrumpiéndose para requerir la almohada y colocarse mejor:
--¡Hombre!... A quien deseo presentarte es al tío Baltasar, el tipo más
notable de la provincia. Es un viejo muy corrido que en sus mocedades
fué pendenciero temible y sempiterno y afortunado cortejador de
doncellas; un don Juan rural, caballeresco y galán á su modo. Nació aquí
y de estos contornos nunca salió si no fué para el presidio de
Cartagena, á donde le llevaron por dar muerte á un marido que quiso
meterse á «médico de su honra»...
Joaquín, vencido por el sueño, articulaba lenta y trabajosamente; yo,
empezanado por aquel inseguro balbuceo, cerré los ojos. Luego exclamé
haciendo esfuerzos para no dormirme:
--¡Es raro que ese Baltasar haya llegado á viejo!
--¿Por qué?
--Porque... lo que el adagio enseña: el buen vino y los hombres guapos,
duran poco...
Pronunciábamos las palabras lentamente y separando unas sílabas de
otras: era una conversación lánguida, incoherente, como un diálogo de
sonámbulos.
--Pues, por esta vez, falló el refrán... porque Baltasar fué de los
majos que tosió más fuerte entre los barateros de mejor resuello. Una
noche, y esta anécdota te servirá para conocer la calidad y buen temple
de su ánimo... detuvo él solo, trabuco en mano y por apuesta, á la
diligencia de Almería.
No dijo más, ó si continuó yo no le oí, rindiéndome al sopor que me
infundieron la tarda exposición de aquellos romancescos disparates y el
rítmico sonsonete de los mosquitos volanderos.
* * * * *
Al día siguiente me levanté tarde; y como Joaquín se hubiese marchado de
jira con varios amigos y yo no tuviera otro asunto de más bulto y
provecho en qué emplearme, salí á dar un paseo por el pueblo.
En un villorrio tan incivil y menguado como aquel, la presencia de un
forastero es motivo poderoso de curiosidad y de fisgoneo; por todas
partes veía chiquillos que se quedaban embelesados y boquiabiertos
mirándome pasar, cual si yo fuese un ente raro oriundo de lejanos
planetas, y ojos femeninos que me avizoraban por entre las hendiduras de
las persianas; y tanto llegó á molestarme aquella impolítica curiosidad,
y tan feo me pareció el lugar con sus retorcidos callejones
desempedrados y su pobrísimo caserío, que renuncié al paseo. Di, pues,
media vuelta, y aventurándome por un angosto pasadizo abierto entre los
bardales de dos huertas, anduve un buen trecho y llegué á la plaza:
triste, polvorienta, rodeada de casuchas irregulares, con la iglesia á
un lado y una fuentecilla á la que prestaban sombra escasa algunos
arbolillos. Permanecí inmóvil largo rato, examinando el aspecto de aquel
paraje que reconcentraba las vidas comercial, religiosa y hasta elegante
de la población, puesto que allí concurrían á coquetear por las tardes
los muchachos y mocitas casaderas.
Eran las doce; el sol caía perpendicularmente, y aquellos torrentes de
luz cenital, sumados á la intensa reverberación del suelo, producían una
especie de peplo luminoso que esfumaba el contorno de los objetos; un
remusgo cálido agitaba los toldos multicolores extendidos sobre la
puerta de algunas tiendas, y la torre de la iglesia, altiva y robusta
como el torreón aspillerado de un castillo medioeval, proyectaba sobre
el suelo polvoriento una sombra gigante. Sentado en un poyo junto á la
fuentecilla, había un viejo, al cual gritaban y silbaban hasta una
docena de deslenguados arrapiezos.
--¡Que baile el tío Baltasar!--gritaban aquellos indígenas.
--¡No!, que no baile...--decían otros,--es mejor que cante...
Y entonces todos empezaron á pedir rítmicamente y con cierta cadencia:
--¡Que cante el tío Baltasar, que cante, que cante!...
Algunos individuos, sentados en el suelo y á la hila de las paredes,
atisbaban la escena sonriendo; el tío Baltasar, por su parte, únicamente
amenazaba á los chicuelos más atrevidos que se le acercaban demasiado y
con la poca caritativa intención de colgarle algún ahimelollevas.
Sofocado por el calor y deseando ver la capillita gótica de que Joaquín
me había hablado, crucé la plaza en derechura á la iglesia. Al pasar
junto á la fuentecilla, molestado por el griterío de los chicos, no pude
abstenerme de espantarles á voces y de repartir varios pescozones entre
los más indómitos.
--¡Déjeles usted estar, señorito, pues no me incomodan!--exclamó el
viejo.
Volvíme para mirar á quien tan mal agradecía mi protección y ayuda, y
era un hombre setentón, con grandes patillas cortadas según la usanza de
la clásica flamenquería y majeza andaluzas: los ojos nobles y fieros, la
boca desdeñosa, la nariz aguileña y enérgica, el busto de complexión
elegante y recia... y comprendí hallarme delante del célebre Baltasar,
de quien tantas lindezas refería mi amigo.
--Celebro conocerle dije entonces;--aunque recién llegado aquí, ya me
han dicho mucho bien de usted. Si la fama no miente, usted fué, allá en
sus mocedades, un buen gallo...
--Hombre... sí, señor--repuso con esa modesta mansedumbre de los héroes
encanecidos;--cuando lleva uno en las venas mucha sangre y muy caliente,
comete muchas tonterías.
--¿Y ahora?
--¿Ahora?... ¿Qué quiere usted que haga, más que tomar el sol ó la
sombra, según la estación?
Los chicos se habían retirado y nos contemplaban desde lejos. Baltasar y
yo continuamos charlando, cautivándome él por sus espontáneas
caballerosidad y bizarría.
--Ogaño estoy mandado retirar por inútil--decía;--pues los gallos sin
pico ni espolones no sirven para el reñidero ni para el corral... Pero
antes... ¡ja, ja!... antes no hubo en toda la provincia otro majo que
cantase más alto que yo...
Según hablaba, los recuerdos iban exaltando las energías de su espíritu
y tenía frases y gestos autoritarios que recordaban sus ya lejanos
extremos de sultán dictador... Y había algo solemne en el ocaso de aquel
ídolo caído.
Luego Baltasar, como quien va á decir un gran secreto, púsose de pie
acortando la distancia que nos separaba.
--Yo, señorito--añadió bajando la voz,--he sido el cogollito y la espuma
de esta tierra... el esposo de todas las mujeres bonitas y el coco de
todos los maridos... A ellas las quiero, pobrecitas, por agradecimiento,
porque fueron buenas para mí; pero á ellos les desprecio, á todos, por
cobardes y por... ¿Comprende usted?... Los muy... cuando éramos jóvenes,
no tenían coraje para desafiarme y yo les afrentaba á mi antojo; si eran
solteros, les quitaba la novia; si casados, les robaba la mujer... Y
ellos, nada, tragando hieles... Ahora parecen vengarse de mí echándome
sus hijos para que me chillen y atormenten; no me enfado, no puedo
enfadarme, porque la voz de la sangre... ¿sabe usted, señorito?... Entre
esos niños ¡habrá tantos hijos míos, tantos!...
Miré á Baltasar, el antiguo recluso de Cartagena, admirando aquella
frase tan obscena en la forma y que envolvía, no obstante, un dulce
sentimiento paternal. Aquella frase era para la humanidad una puñalada
terrible; ¡una puñalada de presidiario!
LA ABUELA
La abuela Francisca se quitó los gafas, restañó las lágrimas que arrancó
de sus ojos el penoso esfuerzo de una lectura demasiado larga, y el
periódico resbaló de sus rodillas al suelo. Aquel periódico relataba los
últimos momentos de _Pelo-Rojo_: una bailarina que había muerto en su
hotel de París debiendo trescientos mil francos, y por la que cierto
marqués millonario dejó, á sus hijos sin pan.
--¡Para esas mujeres es el mundo!--pensó la abuela Francisca.