173. Miguel de Cervantes Saavedra dice en este "memorial" que su

pluma nunca voló por la región satírica, queriendo decir que nunca

hizo libelos infamatorios. Pero ésta es una "sátira" muy penetrante,

que en cualquiera pecho que no sea inhumano excita la misericordia de

ver desvalido un ingenio, de quien hizo juicio el sabio crítico Pedro

Daniel Huet[253], que debe contarse entre los ingenios más aventajados

que ha tenido España, y conmueve al mismo tiempo la indignación contra

los que, teniendo á vista su mérito, no le premiaron según debían.

Yo no lo extraño, porque el P. Juan de Mariana, honra inmortal de la

Compañía de Jesús, escribiendo á Miguel Juan Vimbodi[254], natural

de la villa de Onteniente en el reino de Valencia, que á la sazón

se hallaba en corte romana sirviendo de secretario al cardenal P.

Agustín de Espínola, arzobispo de Santiago, le dice: "Aquí se echa

menos á cada paso la cultura de las letras humanas. Como no se

ofrecen por ellas premios algunos, ni tampoco honra, están abatidas

miserablemente. Las que dan que ganar, se estiman. Esto es lo que

pasa entre nosotros. Y es que, como casi todos valoran las artes por

la utilidad y ganancia, tienen por inútiles las que no reditúan." No

era el P. Mariana uno de aquellos lisonjeros en todos tiempos tan

frecuentes, que sólo secreteando y con grandes misterios dicen las

verdades. Quejándose de lo mismo no menos que con Felipe III, le dijo

á vista de todo el mundo[255]: "¿Mas qué maravilla, pues ninguno por

este camino se adelanta? Ningún premio hay en el reino para estas

letras. Ninguna honra, que es la madre de las artes." Algunos ánimos

viles, que reconociendo las virtudes ajenas se atormentan envidiándolas

y se enfurecen de que los mismos que las tienen las acuerden para

ser remunerados, interpretarán como arrogancia aquellas justísimas

quejas en que prorrumpió Cervantes. Pero él pudiera decir lo que en

ocasión semejante el igualmente desfavorecido que erudito don José

Pullicer[256]: "Y no sin justificación. Porque no se debe negar al

estudioso lo que es lícito al militar. Á cualquier soldado le es

permitido recapitular con verdad los servicios, ocasiones y trances

en que intervino; y ésta fué virtud, no soberbia, cuando en Roma se

merecían los anillos militares y las guirnaldas, murales y cívicas,

los trofeos y triunfos públicos. Así no se debe atribuir á adulación,

que yo haga alarde de operaciones y de honores, cuando la ignorancia

y la maledicencia dan motivo á ello con injurias y calumnias, también

públicas. Si yo mintiese en ello, fuera crimen. Pero, por mi verdad,

sería ligereza, siendo yo vivo, permitir la relación de lo que he

llegado á obtener á otra pluma." Así lo practicaron los mayores

hombres de España, don Antonio Agustín, Jerónimo de Zurita, el doctor

Benito Arias Montano, el maestro fray Luis de León, el padre Juan de

Mariana, don Nicolás Antonio, don Juan Lucas Cortés. Y por decirlo en

una palabra, ¿qué hombre grande no lo ha practicado así en su caso y

lugar? Mengua del saber llamó San Pablo[257] á las alabanzas de sí

propio, pero mengua á que tal vez suele obligar la injusticia ajena.

En Cervantes eran desahogo del justo sentimiento de su desfavor, y muy

tolerables atendiendo su genio, pues como dijo él mismo[258]:

Jamás me contenté, ni satisfice

De hipócritas melindres. Llanamente

Quise alabanzas de lo que bien hice.

Pero como no las encontraba en otros, por la envidia que le tenían,

les dió ocasión de tenerla mayor, no con fin de aumentársela, sino

de manifestar la satisfacción de su propia conciencia, refrescando

la memoria de lo que había trabajado en beneficio público. Por eso

en el gracioso coloquio que tuvo con Pancracio de Roncesvalles, el

cual puede servir de comento al razonamiento de Cervantes con Apolo,

introdujo al dicho Pancracio, figura de un remislado poeta de aquellos

tiempos, preguntándole[259]: "Y vuesa merced, señor Cervantes--dijo

él--, ¿ha sido aficionado á la carátula? ¿Ha compuesto alguna comedia?"

"Sí--dije yo--, muchas; y, á no ser mías, que parecieran dignas de

alabanza, como lo fueron los _Tratos de Argel_[260], _La Numancia_,

_La gran turquesa_, _La batalla naval_, _La Jerusalén_, _La Amarante

ó la del Mayo_, _El bosque amoroso_, _La única y la bizarra Arsinda_

y otras muchas de que no me acuerdo; mas la que yo más estimo, y de

la que más me precio, fué y es de una llamada _La Confusa_, la cual

(con paz sea dicho de cuantas comedias de capa y espada hasta hoy se

han representado) bien puede tener lugar señalado por buena entre las

mejores." _Pancracio_: "¿Y agora tiene vuesa merced algunas?" _Miguel_:

"Seis tengo, con otros seis entremeses." _Pancracio_: "Pues ¿por qué

no se representan?" _Miguel_: "Porque ni los actores me buscan, ni yo

los voy á buscar á ellos." _Pancracio_: "No deben de saber que vuesa

merced las tiene." _Miguel_: "Sí saben, pero como tienen sus poetas

paniaguados y les va bien con ellos, no buscan pan de trastrigo. Pero

yo pienso darlas á la estampa para que se vea despacio lo que pasa

apriesa, y se disimula ó no se entiende cuando la representan. Y las

comedias tienen sus razones y tiempos, como los cantares." Hasta aquí

Cervantes, cuyo coloquio fué un como prólogo echadizo, que anticipó al

libro que publicó el año siguiente con este título: _Ocho comedias y

ocho entremeses nuevos, nunca representados, compuestos por Miguel de

Cervantes Saavedra. En Madrid, por la viuda de Alonso Martín. Año 1615,

en 4.°._

174. Llegó Cervantes á tan miserable estado de pobreza, que por no

tener caudal para imprimir este libro, le vendió á Juan Villarroel,

á cuyas costas se imprimió. Los nombres de estas comedias son los

siguientes: _El gallardo español_, _La casa de los celos_, _Los baños

de Argel_, _El rufián dichoso_, _La gran sultana_, _El laberinto de

amor_, _La entretenida_ y _Pedro de Urdemalas_. Entremeses: _El juez

de los divorcios_, _El rufián viudo_, _Elección de los Alcaldes de

Daganzo_, _La guarda cuidadosa_, _El vizcaíno fingido_, _El retablo

de las maravillas_, _La cueva de Salamanca_ y _El viejo celoso_. El

entremés segundo y tercero están escritos en verso, los demás en

prosa. Como esta especie de composición es una viva representación de

cualesquiera acciones remedadas de suerte que parezcan ridículas,

siempre los entremeses parecen mejor representados que leídos. Y así

Lope de Rueda, que viviendo embelesaba á los mirones, leído en los

"entremeses" que publicó Juan de Timoneda, famoso valenciano y escritor

plausible en su tiempo, da poquísimo gusto.

175. Las comedias de Cervantes, comparadas con otras más antiguas,

son mucho mejores, exceptuando siempre la de _Calisto y Melibea_,

conocida por el nombre de _Celestina_, alcahueta tan infame como

famosa por el incierto autor que primero la ideó y empezó á dibujar

y colorir, porque el bachiller Fernando de Rojas, que la dió fin, no

pudo igualar al primer inventor. Después de Cervantes se han compuesto

comedias de mayor invención que las griegas (porque los cómicos latinos

Plauto y Terencio sólo imitaron), pero de arte mucho inferior. El

que dudare esto, infórmese primero de la suma dificultad que tiene

el arte cómico, leyendo á Aristóteles en su _Poética_, y si no puede

entenderla, á don Jusepe Antonio González de Salas, en su eruditísima

_Ilustración á la Poética de Aristóteles_. Pero para que el lector

quede más bien informado de lo que deben á Cervantes los teatros de

España, oigámosle á él como á cronista en estos reinos. En el prólogo

que hizo á sus _Comedias_, dice así: "No puedo dejar, lector carísimo,

de suplicarte me perdones si vieres que en este prólogo salgo algún

tanto de mi acostumbrada modestia. Los días pasados me hallé en una

conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas á

ellas concernientes, y de tal manera las sutilizaron y atildaron, que

á mi parecer vinieron á quedar en punto de toda perfección. Tratóse

también de quién fué el primero que en España las sacó de mantillas

y las puso en toldo, y vistió de gala y apariencia. Yo, como el más

viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar

al gran Lope de Rueda. Varón insigne en la representación y en el

entendimiento. Fué natural de Sevilla y de oficio batihoja, que quiere

decir de los que hacen panes de oro. Fué admirable en la poesía

pastoril, y en este modo, ni entonces, ni después acá, ninguno le ha

llevado ventaja; y aunque por ser muchacho yo entonces no podía hacer

juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron

en la memoria, vistos ahora en la edad madura que tengo, hallo ser

verdad lo que he dicho. Y si no fuera por no salir del propósito de

prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad. En el tiempo

de este célebre español, todos los aparatos de un autor de comedias

se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos,

guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras, y

cuatro cayados, poco más ó menos. Las comedias eran unos coloquios

como églogas entre dos ó tres pastores y alguna pastora. Aderezábanlas

y dilatábanlas con dos ó tres entremeses, ya de negra, ya de rufián,

ya de bobo y ya de vizcaíno, que todas estas cuatro figuras y otras

muchas hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que

pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafíos de

moros y cristianos, á pie ni á caballo. No había figura que saliese ó

pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al

cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro ó seis tablas encima,

con que se levantaba del suelo cuatro palmos. Ni menos bajaban del

cielo nubes con ángeles ó con almas. El adorno del teatro era una manta

vieja tirada con dos cordeles de una parte á otra, que hacía lo que

llaman vestuario; detrás de la cual estaban los músicos cantando, sin

guitarra, algún romance antiguo. Murió Lope de Rueda, y por hombre

excelente y famoso le enterraron en la Iglesia Mayor de Córdoba (donde

murió) entre los dos coros, donde también está enterrado aquel famoso

loco Luis López. Sucedió á Lope de Rueda, Naharro, natural de Toledo,

el cual fué famoso en hacer la figura de rufián cobarde. Este levantó

algún tanto más el adorno de las comedias, y mudó el costal de vestidos

en cofres y en baúles. Sacó la música, que antes cantaba detrás de la

manta, al teatro público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta

entonces ninguno representaba sin barba postiza; é hizo que todos

representasen á cureña rasa, si no era los que habían de representar

los viejos ú otras figuras, que pidiesen mudanza de rostro. Inventó

tramoyas, nubes, truenos y relámpagos, desafíos y batallas, pero esto

no llegó al sublime punto en que está ahora; y esto es verdad que no

se me puede contradecir (y aquí entra el salir yo de los límites de

mi llaneza), que se vieron en los teatros de Madrid representar los

_Tratos de Argel_, que yo compuse, _La destrucción de Numancia_ y _La

batalla naval_, donde me atreví á reducir las comedias á tres jornadas,

de cinco que tenían. Mostré (ó por mejor decir) fuí el primero que

representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma,

sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los

oyentes. Compuse en este tiempo hasta veinte comedias ó treinta, que

todas ellas se recitaron, sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos,

ni de otra cosa arrojadiza. Corrieron su carrera sin silvos, gritas

ni barahundas. Tuve otras cosas en que ocuparme. Dejé la pluma y las

comedias. Y entró luego el Monstruo de la naturaleza, el gran Lope de

Vega, y alzóse con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su

jurisdicción á todos los farsantes; llenó el mundo de comedias propias,

felices y bien razonadas; y tantas, que pasan de diez mil pliegos los

que tiene escritos; y todas (que es una de las mayores cosas que puede

decirse) las ha visto representar, ú oído decir (por lo menos) que se

han representado. Y si algunos (que hay muchos) han querido entrar á

la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que

han escrito á la mitad de lo que él solo. Pero no por esto (pues no

lo concede Dios todo á todos) dejen de tenerse en precio los trabajos

del doctor Ramón, que fueron los más después de los del gran Lope.

Estímense las trazas artificiosas en todo extremo del licenciado Miguel

Sánchez; la gravedad del doctor Mira de Mescua, hombre singular de

nuestra nación; la discreción é innumerables conceptos del canónigo

Tárraga; la suavidad y dulzura de don Guillem de Castro; la agudeza

de Aguilar; el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis

Vélez de Guevara; y las que ahora están en jerga del agudo ingenio

de don Antonio de Galarza; y las que prometen las fullerías de amor

de Gaspar de Ávila; que todos éstos, y otros algunos, han ayudado á

llevar esta gran máquina al gran Lope. Algunos años ha que volví yo

á mi antigua ociosidad, y pensando que aún duraban los siglos donde

corrían mis alabanzas, volví á componer algunas comedias, pero no hallé

pájaros en los nidos de antaño. Quiero decir, que no hallé autor que me

las pidiese, puesto que sabían que las tenía. Y así las arrinconé en

un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio. En esta sazón

me dijo un librero que él me las comprara si un autor de título no le

hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del

verso nada. Y si va á decir la verdad, cierto que me dió pesadumbre

el oirlo, y dije entre mí: Ó yo me he mudado en otro, ó los tiempos

se han mejorado mucho, sucediendo siempre al revés, pues siempre se

alaban los pasados tiempos. Torné á pasar los ojos por mis comedias

y por algunos entremeses míos, que con ellas estaban arrinconados,

y vi no ser tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las

tinieblas del ingenio de aquel autor, á la luz de otros autores menos

escrupulosos y más entendidos. Aburríme, y vendíselas al tal librero,

que las ha puesto en estampa, como aquí te las ofrece. El me las pagó

razonablemente. Yo cogí mi dinero con suavidad, sin tener cuenta con

dimes ni diretes de recitantes. Querría que fuesen las mejores del

mundo, ó á lo menos, razonables. Tú lo verás, lector mío, y si hallares

que tienen alguna cosa buena, en topando á aquel mi maldiciente autor,

dile que se enmiende, pues yo no ofendo á nadie; y que advierta, que no

tienen necedades patentes y descubiertas; y que el verso es el mismo

que piden las comedias, que ha de ser de los tres estilos el ínfimo; y

que el lenguaje de los entremeses es propio de las figuras que en ellos

se introducen; y que para enmienda de todo esto, le ofrezco una comedia

que estoy componiendo, y la intitulo: _El engaño á los ojos_, que (si

no me engaño) le ha de dar contento. Y con esto, Dios te dé salud, y á

mí paciencia."

176. Esta es la historia de los progresos de la cómica española. Había

sido Cervantes el que más la había adelantado; y, para perfeccionarla

más, quiso darnos un ejemplo de una gran "tragicomedia" escrita en

prosa. Muchos años había que estaba meditando y escribiendo _Los

trabajos de Persiles y Sigismunda_. Habíalos ofrecido en varias

ocasiones. En el prólogo de sus _Novelas_, hablando de éstas, dijo:

"Tras ellas, si la vida no me deja, te ofrezco _Los trabajos de

Persiles_, libro que se atreve á competir con _Heliodoro_, si ya por

atrevido no sale con las manos en la cabeza. Y primero verás, y con

brevedad, dilatadas las hazañas de Don Quijote y donaires de Sancho

Panza. Y luego _Las semanas del jardín_. Mucho prometo con fuerzas

tan pocas como las mías. Pero ¿quién pondrá rienda á los deseos?" La

continuación de la historia de Don Quijote salió, como vimos, el año

1616. En su dedicatoria al conde de Lemos, fecha en Madrid el último de

Octubre de 1615, llegó Cervantes á decir esto: "Con esto me despido,

ofreciendo á V. E. _Los trabajos de Persiles y Sigismunda_, libro á

quien daré fin dentro de cuatro meses, _Deo volente_, el cual ha de

ser ó el más malo ó el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto,

quiero decir de los de entretenimiento. Y digo que me arrepiento de

haber dicho el más malo, porque, según la opinión de mis amigos, ha

de llegar al extremo de bondad posible. Venga V. E. con la salud[261]

que es deseado, que ya estará _Persiles_ para besarle las manos y yo

los pies, como criado que soy de V. E." En efecto, Cervantes acabó

de escribir _Los trabajos de Persiles y Sigismunda_, pero antes que

salieran á luz acabó la muerte con él.

177. Su enfermedad fué tal, que él mismo pudo ser y fué su historiador.

Y porque no tenemos otro, y refiere todas las cosas con tanta gracia,

veamos lo que dejó escrito en el fin del prólogo que pensaba hacer, ó

sea prólogo entero, empezado _ex abrupto_, donde dice así: "Sucedió,

pues, lector amantísimo, que viniendo otros dos amigos y yo del famoso

lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes

y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que á mis espaldas venía

picando con gran priesa uno que al parecer traía deseo de alcanzarnos,

y aun lo mostró dándonos voces, que no picásemos tanto. Esperámosle

y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía

vestido de pardo, antiparras, zapato redondo y espada con contera,

valona bruñida y con trenzas iguales. Verdad es, no traía más de dos,

porque se le venía á un lado la valona por momentos, y él traía sumo

trabajo y cuenta de enderezarla. Llegando á nosotros, dijo: "¿Vuesas

mercedes van á alcanzar algún oficio ó prebenda á la Corte? pues allá

está su Ilustrísima de Toledo, y su Majestad ni más ni menos, según

la priesa con que caminan, que en verdad que á mi burra se le ha

cantado el vítor de caminante más de una vez." Á lo cual respondió

uno de mis compañeros: "El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene

la culpa de esto, porque es algo que pasilargo." Apenas hubo oído el

estudiante el nombre de Cervantes, cuando apeándose de su cabalgadura,

cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo (que con toda esta

autoridad caminaba), arremetió á mí, y acudiendo á asirme de la mano

izquierda, dijo: "¡Sí, sí, éste es el manco sano, el famoso todo, el

escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las musas!" Yo, que en

tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser

descortesía no corresponder á ellas; y así, abrazándole por el cuello,

de donde le eché á perder de todo punto la valona, le dije: "Ése es un

error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy

Cervantes; pero no el regocijo de las musas ni ninguna de las demás

baratijas que ha dicho vuesa merced. Vuelva á cobrar su burra y suba,

y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de camino."

Hízolo así el comedido estudiante. Tuvimos algún tanto más las riendas,

y con paso asentado, seguimos nuestro camino, en el cual se trató de

mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:

"Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del

mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes,

ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará, sin

otra medicina alguna." "Eso me han dicho muchos--respondí yo--. Pero

así puedo dejar de beber á todo mi beneplácito, como si para sólo eso

hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y al paso de las efeméridas

de mis pulsos, que, á más tardar, acabarán su carrera este domingo,

acabaré yo la de mi vida." "En fuerte punto ha llegado vuesa merced

á conocerme; pues no me queda espacio para mostrarme agradecido á la

voluntad que vuesa merced me ha mostrado." "En esto llegamos á la

puente de Toledo, y yo entré por ella y él se apartó á entrar por la de

Segovia. Lo que se dirá de mi suceso tendrá la fama cuidado, mis amigos

gana de decirlo, y yo mayor gana de escucharlo. Tornéle á abrazar.

Volvióseme á ofrecer. Picó á su burra y dejóme tan mal dispuesto,

como él iba caballero en su burra, quien había dado gran ocasión á mi

pluma para escribir donaires. Adiós, regocijados amigos, que yo me

voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida." La

de Cervantes estaba ya en el confín de la muerte. La hidropesía se le

agravó. Pero cuanto más le debilitaba el cuerpo, tanto más procuraba él

fortalecer su ánimo; y habiendo recibido la Extremaunción para salir

victorioso, como atleta cristiano, en la última lucha, esperaba la

muerte con ánimo tan sereno, que parece no la temía; y lo que es más

de admirar, aún estaba para decir y escribir donaires; de suerte que,

habiendo recibido el último Sacramento el día 18 de Abril del año 1616,

el día siguiente escribió ó dictó la dedicatoria de _Los trabajos de

Persiles y Sigismunda_, citando coplas á su patrón el conde de Lemos,

para quien dejó escrita la siguiente dedicatoria: "Aquellas coplas

antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: "Puesto

ya el pie en el estribo", quisiera yo no vinieran tan á pelo en mi

epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar,

diciendo:

Puesto ya el pie en el estribo,

Con las ansias de la muerte,

Gran señor, ésta te escribo.

"Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve,

las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto llevo la

vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto

hasta besar los pies á V. E., que podría ser fuese tanto el contento

de ver á V. E. bueno en España, que me volviese á dar la vida; pero

si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los

cielos, y, por lo menos, sepa V. E. este mi deseo, y sepa que tuvo en

mí un tan aficionado criado de servirle que quiso pasar aún más allá de

la muerte mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía, me

alegro de la llegada de V. E. Regocíjome de verle señalar con el dedo

y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas, dilatadas en

la fama de las bondades de V. E. Todavía me quedan en el alma ciertas

reliquias y asomos de _Las semanas del jardín_ y del famoso _Bernardo_.

Si á dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino

milagro, me diese el cielo vida, las verá, y con ellas fin de _La

Galatea_, de quien se está aficionado V. E. Y con estas obras,

continuando mi deseo, guarde Dios á V. E. como puede. De Madrid, á 19

de Abril de 1616 años. Criado de V. E., Miguel de Cervantes."

178. Don Tomás Tamayo de Bargas, movido de la fecha de esta carta,

escribió en la _Continuación del Euquiridión de los tiempos_, de fray

Alonso Venero, que Miguel de Cervantes Saavedra murió el mismo día diez

y nueve; pero de un libro de entierros que se conserva en Madrid, en

la iglesia parroquial de San Sebastián, consta que murió en la calle

de León, el día veintitrés de Abril del referido año 1616, habiendo

mandado que le enterrasen en el convento de las monjas Trinitarias y

dejado por testamentaria suya á su mujer, doña Catalina de Salazar, á

la cual, en el día 24 de Septiembre de dicho año, se concedió licencia

para imprimir _Los trabajos de Persiles y Sigismunda_, que salieron á

luz con este título: _Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia

setentrional, por Miguel de Cervantes Saavedra. En Madrid, por Juan

de la Cuesta. Año 1617_. En 4.º Dentro de pocos años los tradujo en

italiano Francisco Elío, milanés, y salieron impresos en Venecia de la

oficina de Bartolomé Fontana. Año 1626, en 8.º

179. En la primera impresión hay dos epitafios, tales, que para su

duración merecían grabarse en bien ligero corcho. El uno es un soneto

de Luis Francisco Calderón, que no contiene cosa particular. El otro es

una décima, que por el raro pensamiento de quien la hizo se trasladará

aquí al pie de la letra.

180. "De don Francisco de Urbina á Miguel de Cervantes, insigne y

cristiano ingenio de nuestros tiempos, á quien llevaron los Terceros

de San Francisco á enterrar con la cara descubierta, como á Tercero que

era.

EPITAFIO

Caminante, el peregrino

Cervantes aquí se encierra.

Su cuerpo cubre la tierra;

No su nombre, que es divino.

En fin hizo su camino:

Pero su fama no es muerta,

Ni sus obras. Prenda cierta

De que pudo á la partida

Desde ésta á la eterna vida

Ir la cara descubierta."

181. Este epitafio dió ocasión al autor de la _Biblioteca Franciscana_

para poner en ella á Cervantes como uno de los escritores que fueron

Hermanos de la Cofradía de la Tercera Orden; Biblioteca que si los ha

de comprender á todos, será ciertamente la más copiosa de todas.

Vida de Cervantes · 第 10 / 12 段