133. En otra parte[207], tratando de Don Quijote, dice: "Quieren

decir que tenía el sobrenombre de Quijada ó Quesada, que en esto hay

alguna diferencia en los autores que de este caso escriben: aunque

por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quejana."

En lo cual, á mi juicio, quiso Cervantes reprender la ociosidad de

muchos vanamente solícitos en amontonar varias lecciones, á fin de

manifestarse ingeniosos con frívolas conjeturas.

134. Estos, pues, y semejantes escritores son aquéllos de quienes hace

burla Cervantes, diciendo en su prólogo que solicitan aprobaciones

hechas por sus amigos ó por ellos mismos, para satisfacer mejor á la

propia ambición de granjear aplausos. Bien que algunos escritores

cuerdos, que saben lo que puede con los necios la autoridad extrínseca,

tal vez se dejen llevar, ó del apetito de gloria ó condescendiendo en

los ruegos y cortesanía de sus amigos, son los propios fabricadores

de sus alabanzas, como sospecho yo que lo practicó el Padre Juan de

Mariana en casi todas su obras, y el mismo Cervantes en su tomo segundo

de _Don Quijote de la Mancha_.

135. Los lectores no se libraron de la censura de nuestro autor. Entre

otras muchas, me parece muy graciosa aquélla que hizo de los que á

las márgenes de los libros ponen notas muy ridículas, cual era la que

dice que tenía la historia arábiga de _Don Quijote_, que, traducida

en castellano, dice así[208]: "Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces

en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar

puercos, que otra mujer de toda la Mancha."

136. No solamente los que escriben y leen tuvieron sus justas

reprensiones, sino también los que hablan con poca enmienda. Y á esto

me parece que alude lo que dijo el vizcaíno[209]: "Anda, caballero,

que mal andes por el Dios que crióme, que, si no dejas coche, así te

matas, como estás ahí, vizcaíno." Entendiólo muy bien Don Quijote,

y con mucho sosiego le respondió: "Si fueras caballero, como no lo

eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva

criatura." Á lo cual replicó el vizcaíno: "¿Yo no caballero? Juro á

Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas,

el agua cuan presto verás, que al gato llevas: vizcaíno por tierra,

hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes, que mira si otra

dices cosa." Aquí se ve claramente cuánto desfigura el lenguaje y

trastorna el sentido la colocación perturbada: vicio de los libros

antiguos escritos en romance, como más inmediatos al origen latino; y

vicio también del mismo Cervantes en su _Galatea_, el cual se evita

siguiendo la costumbre de hablar; pero como ésta no está fundada en una

perfecta analogía, sino que tiene por reglas muchas irregularidades,

de aquí nace que no se puede hablar ni escribir con enmienda sin haber

estudiado bien la gramática de la propia lengua, como lo practicaron

los griegos y romanos, naciones las que mejor han hablado en todo el

mundo. Y porque en España no se usa esto, han sido poquísimos los que

han escrito con enmienda.

137. Omito que Cervantes también nos quiso enseñar, en boca de Don

Quijote, que puede muy bien una provincia ser privilegiada y exenta de

tributos, sin distinción de personas; pero que la verdadera nobleza, en

opinión de todas las gentes, siempre será aquélla en que los hombres

se hagan ilustres por sus hazañas y empleos, y sean honrados de sus

repúblicas ó príncipes. Sobre lo cual hizo Don Quijote, en otra parte,

un excelente razonamiento, explicando la diferencia de caballeros y

de linajes[210]. Y Cide Hamete se ríe de la hidalguía de Maritornes,

moza de una venta, diciendo[211]: "Cuéntase de esta buena moza, que

jamás dió semejantes palabras (como la que había dado á un arriero

de Arévalo) que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin

testigo alguno. Porque presumía muy de hidalga, y no tenía por afrenta

estar en aquel ejercicio de servir en la venta. Porque decía ella, que

desgracias y malos sucesos la habían traído á aquel estado."

138. También tuvieron su oculta, pero fuerte reprensión, los señores

del tiempo de Cervantes, por no apreciar como debían las obras de

ingenio. Esta sátira fué agudísima y pide muy particular atención.

Pintó Cervantes admirablemente á un falso humanista, al cual solemos

llamar _pedante_; y después de habernos dejado dos graciosísimos

retratos suyos[212], en que manifestó la ridícula idea de sus obras,

hizo que Don Quijote, prosiguiendo su discretísima conversación, le

dijese esto: "¿Querría yo saber, ya que Dios le haga merced de que se

le dé licencia para imprimir esos sus libros (que lo dudo), á quién

piensa dirigirlos?" "Señores y Grandes hay en España á quien puedan

dirigirse", dijo el primo. "No muchos--respondió Don Quijote--. Y no

porque no lo merezcan, sino que no quieren admitirlos, por no obligarse

á la satisfacción que parece se debe al trabajo y cortesía de sus

autores. Un príncipe conozco yo (discreta lisonja á don Pedro Fernández

de Castro, conde de Lemos), que puede suplir la falta de los demás,

con tantas ventajas, que si me atreviera á decirlas, quizá despertara

la envidia en más de cuatro generosos pechos." Antigua, pues, y como

heredada, es en España esta falta de conocimiento y aprecio de los

grandes escritores. Por eso ha habido quien fuera de ella ha buscado

Mecenas. Y preguntado otro por qué se mostraba arrepentido de haber

honrado la memoria de tantos, respondió[213]: "Porque piensan ellos,

que el celebrarlos es deuda; y así no hacen mérito del obsequio. Creen

que procede de justicia, cuando no es sino muy de gracia. Por lo tanto,

anduvo discretamente donoso aquel autor que, en la segunda impresión de

sus obras, puso entre las erratas la dedicatoria primera."

139. No anduvo Cervantes menos discreto en las cosas que pertenecen

al trato civil y político. En la persona de Sancho Panza nos pintó

los habladores muy al vivo, haciéndole contar un cuento sumamente

apropiado, para representar la idea de un importuno hablista semejante

á los que tratamos cada día[214]. Y porque en el trato civil no hay

mayor impertinencia que la de un ceremonioso, remató el cuento contra

la mal fundada presunción de los que ponen el ser en la rigorosa de las

leyes de la etiqueta, muy fuera del caso.

140. No le pareció bien á Cervantes que algunos frailes mandasen á

algunos señores, y contra esto hizo un fuerte sermón[215].

141. Reprendió el fervor de los farsantes[216], que entonces iban

tomando cuerpo, y llegó á ser escándalo.

142. No se libró de su censura la distribución de los premios de

justicia. Y, así, en boca de Don Quijote (que tales cosas solamente

los locos ó simples suelen atreverse á decirlas), habló de esta

manera[217]: "Ya por muchas experiencias sabemos que no es menester

ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay

por ahí ciento que apenas saben leer y gobiernan como unos gerifaltes.

El toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo,

que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de

hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian

con asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho ni pierda derecho, y

otras cosillas que me quedan en el estómago, que saldrán á su tiempo,

para utilidad de Sancho y provecho de la ínsula que gobernare." Aludió

en esto Don Quijote á las dos instrucciones que pensaba dar, y dió

después, á Sancho Panza: una, política, para el buen gobierno de su

ínsula[218], y otra, económica[219], entrambas dignísimas de ser leídas

y practicadas de todo buen gobernador y padre de familias. Al propósito

de los mismos gobernadores, dijo Sancho Panza[220], cuando trataba de

ir á su gobierno y de llevar su _Rucio_: "Yo he visto ir más de dos

asnos á los gobiernos, y que llevase yo el mío no sería cosa nueva." El

mismo Sancho anduvo sumamente discreto cuando hablando del uso de la

caza respecto de los que tienen por oficio gobernar fué de contrario

dictamen que su amo Don Quijote, alegando su refrancico y confirmándolo

con la razón natural, que fué la que movió á decir al sabio rey don

Alfonso[221] "que non deve (el rey) meter tanta costa que mengue en lo

que ha de complir, nin use tanto dello (esto es, de la caza) que le

embargue los otros fechos".

143. Sería menester hacer un libro muy crecido si en todo se hubiese

de manifestar el alma verdadera de esta fingida historia, y más si

hubiésemos de hablar de algunas personas que se creen caracterizadas

en las de esta misteriosa historia. Pero pues Cervantes anduvo tan

cauto que encubrió su idea con el velo de la ficción, dejemos estas

interpretaciones á la curiosa observación de los lectores y sigamos el

consejo de Urganda la Desconocida:

No te metas en dibu-

Ni en saber vidas aje-

Que en lo que no va ni vie-

Pasar de largo es cordu-.

144. Solamente en lo que toca á Don Quijote no quiero pasar en silencio

que se engañan mucho los que piensan que Don Quijote de la Mancha es

una representación de Carlos V, sin más fundamento que antojárseles

así. Cervantes apreciaba como debía la memoria de un príncipe y señor

suyo de tanto valor y de tan heroicas virtudes, y muchas veces le

nombró con la mayor veneración. También se engañan los que piensan

que pintó en Don Quijote á don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas,

entonces duque de Lerma, después cardenal presbítero, con el título

de San Sixto, por elección de Paulo V, en 26 de Marzo de 1618. Pero

este pensamiento de ningún modo es creíble, porque mandando á España

el duque de Lerma no se atrevería Cervantes á hacerle una burla tan

infame, que le podía salir muy cara, ni dedicaría la continuación de

dicha obra al conde de Lemos, íntimo amigo del duque.

145. Querer hablar de las traducciones que se han hecho de la historia

de Don Quijote, sería alargarnos demasiado. Solamente diré, para

satisfacer de algún modo la curiosidad de los lectores, que Lorenzo

Franciosini, florentino, hombre muy amante y benemérito de la lengua

española, dentro de muy pocos años la tradujo en italiano y la publicó

en Venecia, año 1622, omitiendo los versos; pero habiéndoselos

traducido después Alejandro Adimato, también florentino, publicó por

segunda vez la misma traducción en Venecia, año 1625, en 8.º, siendo

el impresor Andrés Baba. Debo esta noticia á don Nicolás Antonio, y la

he leído en sus _Apuntamientos manuscritos_, donde dice que así se lo

había escrito desde Florencia su amigo Antonio Magliabequi. La misma

historia se tradujo en francés, y se publicó en París, año 1678, en

dos volúmenes en 12.º Después en inglés y en otras lenguas. Pero hay

tanta diferencia del original á las traducciones, como de lo vivo á lo

pintado. Decía Don Quijote, y no decía mal[222]: "Que el traducir de

una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas griega

y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que

aunque se ven las figuras, son llenas de hilos que las oscurecen, y no

se ven con lisura y tez de la haz, y el traducir de lenguas fáciles,

ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada,

ni el que copia un papel de otro papel." Pero esto debe entenderse

de aquellos libros cuya gran parte de perfección no consiste en el

estilo, porque donde tanto reina la gracia de decir, como en éste de

Don Quijote, la traducción no es posible que corresponda al original.

No será fuera de propósito un cuento. Bien notorio es cuán ingenioso

fué Mons. Row, célebre poeta inglés. Procuraba éste obsequiar al conde

de Oxford, gran tesorero de Inglaterra, el cual un día le preguntó si

entendía bien la lengua española. Respondióle que no, y persuadiéndose

á que pensaría enviarle á España con alguna honrosa comisión, añadió

que dentro de poco tiempo esperaba entenderla y hablarla. Aprobólo el

conde; retiróse Mons. Row á una quinta, y como era tan hábil, dentro de

pocos meses aprendió la lengua española, y fué á dar cuenta de su buena

diligencia. El conde exclamó: "¡Dichoso vuestra merced, que puede tener

el gusto de leer y entender el original de la historia de Don Quijote!"

Quedó el poeta tan frío, como honrada la memoria de Miguel de Cervantes

Saavedra.

146. El cual, mientras estaba trabajando la continuación de la historia

de Don Quijote, se divertía en escribir algunas novelas, que salieron

á luz con este título: _Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes

Saavedra. En Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1613, en 4.º_

147. Las novelas son doce, y sus títulos éstos: _La gitanilla_, _El

amante liberal_, _Rinconete y Cortadillo_, _La española inglesa_, _El

licenciado Vidriera_, _La fuerza de la sangre_, _El celoso extremeño_,

_La ilustre fregona_, _Las dos doncellas_, _La señora Cornelia_, _El

casamiento engañoso_, _Los perros Cipión y Berganza_.

148. Estaba Cervantes tan justamente satisfecho de estas _Novelas_

(algunas de las cuales, como _Rinconete y Cortadillo_ y otras, años

había[223] que las tenía compuestas), que dedicándolas al conde de

Lemos, llegó á decirle: "Advierta vuestra excelencia que le envío,

como quien no dice nada, doce cuentos, que á no haberse labrado en

la oficina de mi entendimiento, presumieran ponerse al lado de los

más pintados." Pero es muy del caso referir aquí cuál fué la idea de

Cervantes, para que se haga mejor juicio de la censura que le hizo el

escritor aragonés.

149. Después de haber dicho Cervantes que si en la historia de Don

Quijote hubiera solicitado ambiciosas alabanzas le hubiera ido mejor,

prosigue así: "En fin, pues ya esta ocasión se pasó, y yo he quedado

en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico que, aunque

tartamudo, no lo será para decir verdades, que, dichas por señas,

suelen ser entendidas. Y así te digo (otra vez, lector amable) que de

estas _Novelas_ que te ofrezco, en ningún modo podrás hacer pepitoria,

porque no tienen pies ni cabeza, ni entrañas, ni cosa que les parezca.

Quiero decir, que los requiebros amorosos que en algunas hallarás son

tan honestos y tan medidos con la razón y discurso cristiano, que

no podrán mover á mal pensamiento al descuidado ó cuidadoso que las

leyere. Heles dado el nombre de _ejemplares_; y si bien lo miras,

no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso.

Y si no fuera por no alargar este sujeto, quizá te mostrara el

sabroso y honesto fruto que se podría sacar, así de todas juntas,

como de cada una de por sí. Mi intento ha sido poner en la plaza de

nuestra república una mesa de trucos, donde cada uno pueda llegar á

entretenerse sin daño de barras, digo sin daño del alma ni del cuerpo,

porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan.

Sí, que no siempre se está en los templos. No siempre se ocupan los

oratorios. No siempre se asiste á los negocios, por calificados que

sean. Horas que hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse.

Para este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se

allanan las cuestas y se cultivan con curiosidad los jardines. Una cosa

me atreveré á decirte, que si por algún modo alcanzara que la lección

de estas novelas pudiera inducir á quien las leyere algún mal deseo ó

pensamiento, antes me cortara la mano con que las escribí que sacarlas

en público. Mi edad no está ya para burlarse con la otra vida; que

al cincuenta y cinco de los años, gano por nueve más, y por la mano.

Á esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación, y más

que me doy á entender (y es así) que soy el primero que ha novelado en

lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas,

todas son traducidas de lenguas extranjeras; y éstas son mías propias,

no imitadas ni hurtadas. Mi ingenio las engendró y las parió mi pluma

y van creciendo en los brazos de la estampa... Sólo esto quiero que

consideres, que pues yo he tenido osadía de dirigir estas novelas

al gran conde de Lemos, algún misterio tienen escondido que las

levanta." Este misterio lo es para mí. Declárelo quien lo entienda.

En lo demás, claramente entendemos el motivo que tuvo Cervantes para

llamar _ejemplares_ á sus _Novelas_. Con todo esto el maldiciente

aragonés empezó su prólogo de esta manera: "Como casi es comedia toda

la historia de _Don Quijote de la Mancha_, no puede ni debe ir sin

prólogo, y así sale al principio de esta segunda parte de sus hazañas

éste, menos cacareado y agresor de sus lectores que el que á su primera

parte puso Miguel de Cervantes Saavedra, y más humilde que el que

segundó en sus novelas, más satíricas que ejemplares, si bien no poco

ingeniosas."

150. No hagamos caso de que por burla llama "cacareado" á un "prólogo"

tan justamente celebrado, queriendo parear sus necedades con aquellas

incomparables discreciones. Ni nos detengamos en que llame "agresor

de los lectores" á un "prólogo" en el cual nada se dice contra éstos.

Lo que á este satírico, como á envidioso, le dolía, era el que

Cervantes hubiese dicho haber sido el primero que, valiéndose de su

propia invención, noveló en lengua castellana. Oigamos á Luis Gaitán

de Vozmediano, el cual en el prólogo de la traducción que hizo de la

_Primera parte de las cien novelas de Mons. Juan Bautista Giraldo

Cinthio_, impresa en Toledo por Pedro Rodríguez, año 1590, en 4.º,

hablando de las novelas rigorosamente tales, y entendiendo por ellas,

á mi ver, "unas ficciones de sucesos amorosos, escritas en prosa

artificiosamente para divertir é instruir á los lectores" (según las

definió el eruditísimo Huet), dice así: "Ya que hasta ahora se ha

usado poco en España este género de libros, por no haber comenzado á

traducirlos de Italia y Francia, no sólo habrá de aquí adelante quien

por su gusto los traduzca, pero será por ventura parte el ver que se

estima esto tanto en los extranjeros, para que los naturales hagan lo

que nunca han hecho, que es componer novelas. Lo cual entendido harán

mejor que todos ellos, y más en tan venturosa edad cual la presente."

Así sucedió: porque Cervantes escribió algunas novelas con tanto

ingenio, discreción y elegancia, que pueden competir con las mejores,

no coartando el nombre de novela á las fábulas amorosas, sino haciendo

sujeto de ella cualquier asunto capaz de divertir honestamente á los

lectores. Lope de Vega estuvo tan ajeno de contradecirlo, que antes

bien alabó la invención, gracia y estilo de Cervantes, cuando en

la dedicatoria de su primera novela dijo: "También hay (en España)

libros de novelas: de ellas traducidas de italianos, y de ellas,

propias, en que no faltó gracia y estilo á Miguel de Cervantes." Pero

porque esto mismo dicho con sencillez por Cervantes causó envidia al

detractor, notó éste su prólogo de poco humilde, y á sus _Novelas_,

de más satíricas que ejemplares, aludiendo sin duda á las dos novelas

del _Licenciado Vidriera_ y de los _Perros Cipión y Berganza_: de las

cuales ésta mereció la aprobación de Pedro Daniel Huecio[224], hombre

el más erudito que ha tenido la Francia; y aquélla juzgo yo que es el

texto donde Quevedo tomaba puntos para formar después sus lecciones

satíricas contra todo género de gentes.

151. Últimamente, por lo que toca á intitular _ejemplares_ á las

_Novelas_, yo, hablando con ingenuidad, no las hubiera llamado así; y

en esto no me aparto del juicio de Lope de Vega, el cual, acabando de

alabar las novelas de Cervantes, añade[225] "Confieso que son libros

de grande entretenimiento, y que podrían ser ejemplares como algunas

de las historias de Valdelo; pero habían de escribirlos hombres

científicos, ó por lo menos grandes cortesanos, gente que halla en

los desengaños notables sentencias y aforismos." Pero para censurar

el título que dió Cervantes á sus _Novelas_, era menester probar que

no le convenía. Mas ésta no era empresa para el censurador aragonés,

el cual debía haber observado la explicación de Cervantes, y tomado

esta breve lección del maestro Alexio Venegas[226]: "Resumiendo (dice)

todas estas tres especies de fábulas, digo que la fábula mitológica

es una habla que con palabras de admiración significa algún secreto

natural ó cuento de historia. La apológica es una ejemplar figura de

habla, de cuya certeza se entiende la intención del fabulador, que es

componer las buenas costumbres. La fábula milesia es un desvarío vano,

sin meollo de virtud ni ciencia, urdido para embravecer á los simples."

Dejando, pues, Cervantes la fábula mitológica á los poetas antiguos,

y la milesia á los escritores desvergonzados, antiguos y modernos,

escogió para sí la apológica ó ejemplar. Y para que esto se acabe de

entender, oigamos de nuevo á aquel necio reprensor, que por ventura nos

dará ocasión para defender á Cervantes con alguna novedad. "Conténtese

(dice)[227] con su _Galatea_ y comedias en prosa; que eso son las más

de sus novelas. No nos canse." Que las comedias sean escritas en prosa,

no es maravilla, pues las griegas y latinas casi todas están compuestas

en versos, y ambos tan semejantes á la prosa, que muchas veces apenas

se distinguen de ella. Y las mejores comedias que tenemos en español,

que son _La Celestina_ y _Eufrosina_, están escritas en prosa. De

_La Celestina_ dijo el docto autor del _Diálogo de las lenguas_, que

quitándole algunos vocablos fuera de propósito y algunos otros latinos,

era de opinión "que ningún libro hay escrito en castellano adonde

la lengua esté más natural, más propia, ni más elegante". Y después

de él, dijo Cervantes[228], que era "libro en su opinión divino,

si encubriera más lo humano"; juicios que, según el mío, totalmente

cuadran también á _La Eufrosina_. Pero no puedo disimular, que en

medio de la pureza de estilo de ésta, hay frecuentísimas alusiones

pedantescas, las cuales empalagan mucho el delicado gusto de los

lectores.

152. Que las novelas sean comedias, no es mucho; pues siendo la novela

una fábula, es necesario que sea alguna de las especies de la fábula,

y en mi juicio puede ser cualquiera de ellas, como se puede observar

en esta inducción, en la cual me valdré de los ejemplos de Cervantes

en cuanto ellas alcancen, para que se vea que fué diestrísimo en casi

todas las especies de composición fabulosa.

153. Toda "fábula" es ficción, y toda ficción es narración, ó de cosas

que no sucedieron, pero fueron posibles, ó de cosas que ni sucedieron

ni fueron posibles. Si la narración es de cosas meramente posibles, y

se atiende la semejanza y proporción que tiene lo fingido con lo que se

quiere persuadir, se llama "parábola", de que están llenos los sagrados

libros, y el que compuso el infante don Juan Manuel en su discretísimo

_Conde Lucanor_. Y si atendemos la invención se llama novela, nombre

que en este significado no es muy antiguo en España. Pero si la

narración es de cosas imposibles, se llama "apólogo", como las fábulas

de Esopo y de Fedro. En cuyo género de composición se debe observar

que, aunque sea la hipótesis imposible, una vez que sus partes se

suponen existentes, se deben guardar con verosimilitud la propiedad y

costumbres de las personas fingidas, siguiendo en todo la naturaleza de

las cosas. Es de tanto provecho esta invención, que se halla practicada

en las divinas letras, pues en el _Libro de los Jueces_[229] leemos,

que los árboles de la montaña tuvieron sus cortes para alzar por rey

uno de ellos. Algunos de los cuales no quisieron aceptar el reinado. La

oliva, por no dejar su grosura; la higuera, la dulzura de sus frutos;

la vid, el vino regocijador; y viniendo á la cambronera, no sólo aceptó

el cetro, sino que á no dárselo, amenazó con pena de fuego á los cedros

del Líbano. También leemos en el _Libro cuarto de los Reyes_[230],

que Joaz, rey de Israel, envió á decir á Amasías, rey de Judá, que se

contentase con las victorias que había alcanzado, sin querer haberlas

consigo, guardándose no le aconteciese lo que al cepacaballo (que es

el que dicen cardo corredor), el cual envió á decir al cedro del monte

Líbano que diese su hija para casarla con su hijo, y al tiempo que

hacía esta propuesta, pasaron los bestias del Líbano y atropellaron

y maltrataron al cardo, cuando con tanta arrogancia aspiraba á ser

consuegro del cedro. Esto supuesto, se debe tener por apólogo _La

novela de los perros_, donde introdujo Cervantes un agradable coloquio

entre _Cipión_ y _Berganza_, perros del hospital de la Resurrección de

Valladolid.

154. En lo que toca á las novelas, dichas así especialmente, su ficción

se compone, ó de partes meramente posibles, como casi todas las que

hay escritas, ó de sucesos verdaderos, pero que no tuvieron el enlace

y consecuencia que dice el autor, porque si no, sería historia ó

relación verdadera, como lo es en gran parte la _Novela del cautivo_,

advirtiéndolo el mismo Cervantes[231], pero no lo es el enredo y

desenredo en que consiste la "novela" ó "fábula".

Vida de Cervantes · 第 8 / 12 段