desgracia de las traducciones, dice[180]: "Fuera de esta cuenta van los
dos famosos traductores, el uno, el doctor Cristóbal de Figueroa en su
_Pastor Fido_; y el otro, don Juan de Jáuregui en su _Aminta_, donde
felizmente ponen en duda cuál es la traducción ó cuál el original." Y
se ha de advertir, que el doctor Suárez de Figueroa publicó el _Pastor
Fido_, tragicomedia pastoral de Bautista Guarini, en Valencia, año
1609, en la oficina de Pedro Patricio Mey; y don Juan de Jáuregui _El
Aminta_, comedia pastoril de Torcuato Tasso, en Sevilla, por Francisco
Lira, año 1618, en 4.º
109. También una pastora, hablando con Don Quijote, nombró con
anticipación de tiempo á Camoens, celebrándole como poeta excelentísimo
en su misma lengua portuguesa[181]. Que fué lo mismo que reprender las
traducciones castellanas de Luis Gómez de Tapia, de Benito Caldera
y de Enrique Garcés, para que se vea la dificultad que tienen las
traducciones; pues dos tan semejantes dialectos de una misma lengua no
son iguales en la expresión y armonía.
110. En el celebrado capítulo VI del tomo I, suponiéndose el escrutinio
en tiempo de Don Quijote, se hacen críticas de las obras de Jorge de
Montemayor, Gil Polo, López Maldonado, don Alonso de Ercilla, Juan
Rufo, Cristóbal de Virués, y aun de _La Galatea_ del mismo Cervantes.
111. También hace éste mención[182] de las obras del obispo de Ávila,
don Alonso Tostado[183], natural de Madrigal, de donde quiso llamarse,
el cual nació cerca de los años del Señor mil cuatrocientos, y murió
en Bonilla de la Sierra, á 3 de Septiembre de 1455[184]. Cita el
_Dioscórides_ ilustrado por el doctor Laguna, impreso en Salamanca, año
1586, y los refranes del Comendador griego[185], publicados en la misma
ciudad, año 1555. También las _Súmulas_ de Villalpando[186], siendo así
que el doctor Gaspar Carrillo de Villalpando las imprimió en Alcalá,
año 1599.
112. Las obras que censuró Cervantes sin nombrar sus autores, casi
todos coetáneos suyos, son muchísimas. Me contentaré con apuntar
algunos ejemplos.
113. Hablando de la traducción que hizo de Ludovico Ariosto, don
Jerónimo de Urrea, la cual salió á luz en León de Francia, impresa en
4.º, por Guillermo Roville, año 1556, dice en nombre del cura[187]:
"Le perdonáramos al señor Capitán, que no le hubiera traído á España y
hecho castellano, que le quitó mucho de su natural valor. Y lo mismo
harán todos aquéllos que los libros de verso quisieron volver en otra
lengua, que por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren,
jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento." De
donde puede inferirse cuánto más insípidas serán las dos traducciones
que hicieron en prosa, y publicaron dos toledanos: el uno, Fernando
de Alcocer, año 1510; el otro, Diego Vázquez de Contreras, año 1585.
Entrambos tan malos, como fieles intérpretes de la letra de Ariosto.
Más adelante, hablando el cura de las tres _Dianas_, es á saber: de la
de Jorge de Montemayor, que tiene primera y segunda parte, publicada
en Madrid por Luis Sánchez, año de 1545, en 12.º; de la de Alfonso
Pérez, doctor en Medicina, conocido por el nombre de "Salmantino", la
cual salió á luz en Alcalá, año 1564, en 8.º, y la de Gaspar Gil Polo,
impresa en Valencia, año 1564. Hablando, digo, el cura de las tres
_Dianas_, dice así: "Y pues comenzamos por la _Diana_ de Montemayor,
soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello
que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada, y casi todos
los versos mayores, y quédesele en hora buena la prosa, y la honra
de ser primero en semejantes libros." "Éste que se sigue--dijo el
barbero--es la _Diana_, llamada Segunda, del "Salmantino", y este
otro, que tiene el mismo nombre, cuyo autor es Gil Polo." "Pues la
del "Salmantino"--respondió el cura--acompañe y acreciente el número
de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si fuera
del mismo Apolo." Poco más adelante prosiguió el barbero, diciendo:
"Estos que se siguen son _El pastor de Iberia_, _Ninfas de Henares_ y
_Desengaños de celos_." "Pues no hay más que hacer--dijo el cura--sino
entregarlos al brazo seglar del ama, y no se me pregunte el por qué,
que sería nunca acabar." El autor de _Desengaños de celos_ no sé quién
fué. De _El pastor de Iberia_ lo fué Bernardo de la Vega, natural de
Madrid, canónigo de Tucumán, en la América meridional, y le imprimió en
el año 1591, en 8.º Bernardo Pérez de Bobadilla fué el que escribió la
novela _Ninfas y pastores de Henares_, y la publicó el año 1587, en 8.º
Aludiendo Cervantes á estas dos censuras, y queriendo dar á entender
que en el _Viaje del Parnaso_ (en el cual fingió que concurrieron
casi todos los poetas de España) había alabado á muchos según la fama
popular, introdujo un poeta descontento, haciéndole cargo por la
omisión de estos dos poetas y la censura que les hizo. Reprende dicho
poeta á Cervantes de este modo[188]:
Yo te confieso, oh bárbaro, y no niego,
Que algunos de los muchos que escogiste
(Sin que el respeto te forzase, ó ruego)
En el debido punto los pusiste.
Pero con los demás, sin duda alguna,
Pródigo de alabanzas anduviste.
Has alzado á los cielos la fortuna
De muchos que en el centro del olvido
(Sin ver la luz del sol, ni de la luna)
Yacían. Ni llamado, ni escogido
Fué el gran Pastor de Iberia, el gran Bernardo,
Que de la Vega tiene el apellido.
Fuiste envidioso, descuidado y tardo,
Y á las Ninfas de Henares y Pastores,
Como á enemigos les tiraste un dardo.
Más adelante puso Cervantes entre los poetas del _Viaje del Parnaso_ á
Bernardo de la Vega, pero entre los malos poetas, diciendo así:
Llegó el Pastor de Iberia, aunque algo tarde,
Y derribó catorce de los nuestros,
Haciendo de su ingenio y fuerza alarde.
114. Continuándose el escrutinio de los libros de Don Quijote, dijo
el barbero: "Este que viene es _El pastor de Fílida_." "No es ese
pastor--dijo el cura--sino muy discreto cortesano." (Habla de Luis
Gálvez de Montalvo, que publicó su _Pastor de Fílida_, en Madrid, año
1582.) "Guárdese como joya preciosa. Este grande, que aquí viene, se
intitula--dijo el barbero--_Tesoro de varias poesías_." "Como ellas no
fueran tantas--dijo el cura--fueran más estimadas. Menester es que este
libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas
tiene. Guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras
más heroicas y levantadas obras que ha escrito." Este es Fray Pedro
Padilla, natural de Linares, religioso carmelita, y antes, según dicen,
caballero de la Orden de Santiago. Entre otras muchas obras poéticas,
publicó un _Cancionero_, en el cual se contienen algunos sucesos de los
españoles en la jornada de Flandes. Imprimióse en Madrid, en casa de
Francisco Sánchez, año 1583, en 8.°, y Miguel de Cervantes escribió un
soneto en alabanza del autor.
115. Últimamente, por acabar su escrutinio, dice Cervantes: "Cansóse
el cura de ver más libros, y así, á carga cerrada, quiso que todos
los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se
llamaba: _Las lágrimas de Angélica_." "Lloráralas yo--dijo el cura--en
oyendo el nombre, si tal libro hubiera mandado quemar, porque su
autor fué uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España,
y fué felicísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio."
Entiendo yo que habla aquí del capitán Francisco de Aldana, alcaide
de San Sebastián, que murió gloriosamente en África peleando con los
moros, cuya gloriosa muerte celebró en octavas rimas su hermano Cosme
de Aldana, gentilhombre de Felipe II, al principio de sus sonetos y
octavas, que se imprimieron en Milán, año 1587, en 8.º Este Cosme
de Aldana imprimió todas las obras que pudo hallar de su hermano
Francisco, en Madrid, en la imprenta de Luis Sánchez, año 1593, en
8.º, y habiendo recogido después otras muchas, publicó _Segunda
parte_ en Madrid, en la imprenta de Pedro Madrigal, año 1591, en 8.º
De Francisco de Aldana dice su hermano Cosme, que tradujo en verso
suelto _Las epístolas de Ovidio_, y que compuso una obra _De Angélica y
Medoro_, de innumerables octavas; y si bien no se imprimieron, porque
no se hallaron; porque de estas dos obras venimos en conocimiento de
que Cervantes habló de Francisco de Aldana, y no de Luis Barahona de
Soto, de quien tenemos doce cantos de _La Angélica_, prosiguiendo la
invención de Ariosto. De cuyo poema dijo don Diego Saavedra Fajardo
en su admirable _República literaria_: "Ya con más luz nació Luis de
Barahona, varón docto y de levantado espíritu. Pero sucedióle lo que á
Ausonio, que no halló con quién consultarse. Y así dejó correr libre su
vena, sin tiento ni arte." Juicio que también arguye ser otro el poeta
á quien alabó sin medida Miguel de Cervantes Saavedra, el cual añade en
el capítulo siguiente: "Se cree que fueron al fuego, sin ser vistos ni
oídos, _La Carolea_ y _León de España_, con _Los hechos del Emperador_,
compuestos por don Luis de Ávila, que sin duda debían de estar entre
los que quedaban. Y quizá, si el cura los viera, no pasaran por tan
rigurosa sentencia." _La Carolea_, de que Cervantes hace mención, puede
ser la que Hierónimo Sempere imprimió en Valencia, año 1560, en 8.º
Pero más me inclino á que sea la que publicó en Lisboa, año 1585, Juan
Ochoa de Lasalde; porque hablando Cervantes en su _Viaje del Parnaso_
de la lista de poetas que le dió Mercurio, dice así:
Miré la lista, y vi que era el primero
El licenciado Juan de Ochoa, amigo,
Por poeta, y cristiano verdadero.
116. El autor de _El león de España_ fué Pedro de la Vecilla
Castellanos, natural de León, el cual publicó su poema y otras obras
en Salamanca, año 1586, en 8.º Los _Comentarios de la guerra de
Alemania, hecha por Carlos Quinto_, los escribió don Luis de Ávila y
Zúñiga, comendador mayor de Alcántara, persona á quien el César estimó
muchísimo, y á quien dieron grandes elogios los primeros escritores de
aquella edad.
117. Estos anacronismos bastan en orden á las personas de letras.
Otros muchos cometió Cervantes hablando de los que fueron ilustres en
las armas: pues ya supone escrita en tiempo de Don Quijote[189] la
_Historia del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba_, con la _Vida
de Diego_ _García de Paredes_; siendo así que aquél murió en Granada,
día 2 de Diciembre del año 1515, agravado de una cuartana (para él
infausta), de edad de sesenta y dos años; y éste murió de sesenta y
cuatro años en el de 1533, y las crónicas de ambos se imprimieron en
Alcalá de Henares, por Hernán Ramírez, año 1584, en folio.
118. También introduce á un cautivo, refiriendo[190] que el gran duque
de Alba, don Fernando de Toledo, pasaba á Flandes.
119. El mismo cautivo dice que le sirvió en las jornadas que hizo; que
se halló en la muerte de los condes de Egmón y de Hornos; que alcanzó
á ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, llamado Diego de
Urbina. Habla de la pérdida de la famosa isla de Chipre, que ganó Selim
II, en el año 1571; de la liga del Santo Pontífice Pío V, con España,
contra el enemigo común; del general de aquella sagrada liga, don Juan
de Austria, hermano natural del rey don Felipe II. Dice que se halló
en aquella felicísima jornada ya hecho capitán de infantería; que se
halló en la memorable batalla de Lepanto, la cual dieron y ganaron los
cristianos el día 7 de Octubre del año 1572. Allí mismo refiere, cómo
yendo en la capitana de Juan Andrea de Oria, por haber querido saltar
en la galera de Uchali, rey de Argel, desviándose ésta, quedó cautivo.
Pondera su desgracia, según se ha referido en otra parte. Algo más
adelante celebra á don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, y al
invictísimo Carlos V. Cuenta muy despacio la pérdida de la Goleta, y de
un pequeño fuerte ó torre que estaba en mitad del Estaño, á cargo de
don Juan de Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Dice que
cautivaron á don Pedro Puerto-Carrero, general de la Goleta, y á Gabrio
Cervellón, general del fuerte; que murieron en estas dos fuerzas muchas
personas de cuenta, como Pagán de Oria, hermano del famoso Juan Andrea
de Oria, y don Pedro de Aguilar, caballero andaluz, el cual había sido
alférez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento,
y que especialmente tenía mucha gracia en la poesía.
120. En otra parte[191] celebra los puñales de Ramón de Hoces el
Sevillano. Acuerda el cuento del licenciado Torralva[192]. Hace también
mención del fullero Andradilla[193]. Y á este tenor, de otros muchos,
cuya memoria era muy reciente. ¡Hay igual ensarte de anacronismos!
121. Pues no paran aquí. Dice Cervantes[194] que encontró Don Quijote
unos recitantes de la compañía de Angulo el Malo, los cuales habían
hecho aquella mañana, que era la octava del Corpus, el auto _De las
Cortes de la muerte_, y le habían de repetir aquella tarde en otro
lugar: donde es digno de censura que suponga introducidos en España, en
tiempo de Don Quijote, los autos sacramentales, siendo así que la gente
de farsa no se conocía antes en España, ni era conforme á la gravedad
de las antiguas costumbres.
122. También supone el uso de enfriar el agua con nieve[195], siendo
cierto que Pablo Jarquíes fué el primero que en tiempo de Felipe III
inventó el tributo de los pozos de nieve, habiendo introducido antes
en España el modo de guardarla y de usar de ella don Luis de Castelví,
gentilhombre de la boca del emperador Carlos V, de quien Gaspar
Escolano, explicándose de la manera que suele, escribió así[196]: "Á
este caballero le debe España el uso de guardar la nieve en casas
(por casas entiende los pozos), en las sierras donde cae, y el modo
de enfriar el agua con ella. Porque no conociendo, generalmente, otro
medio para eso que el del salmitre, fué el primero que puso en práctica
en la ciudad de Valencia el manejo de la nieve, que ha sido (de más de
único regalo) singular ahorro de modorrías, tabardillos, calenturas
pestilentes y de otras gravísimas dolencias que nos daban en los
calores del verano; y como tal, se comunicó poco á poco á lo restante
de España el uso de ella, de donde nos quedó á los valencianos llamarle
á este caballero don Luis de la Nieve."
123. San Diego de Alcalá y San Salvador de Orta se beatificaron
en tiempo de Felipe III, y aludiendo á esto, dice Sancho á Don
Quijote[197]: "Advierta, señor, que ayer ó antes de ayer, que según
ha poco se puede decir de esta manera, canonizaron ó beatificaron
dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y
atormentaban sus cuerpos se tiene ahora á gran ventura el besarlas y
tocarlas, y están en más veneración que está, según dije, la espada de
Roldán en la armería del rey, nuestro señor."
124. En el reinado de Felipe III fué general de las galeras de la
carrera de Indias don Pedro Vich, caballero valenciano, á quien alabó
Cervantes en la novela de _Las dos doncellas_, y señalando á éste con
ocasión de referir que Don Quijote entró en una galera, dice[198]:
"Dióle la mano el General, que con este nombre le llamaremos, que era
un principal caballero valenciano, y abrazó á Don Quijote."
125. El edicto último de la expulsión de los moriscos de España se
publicó en el año 1611, y Cervantes introduce á un morisco llamado
Ricote[199], alabando á don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, á
quien dió Felipe III cargo de la expulsión de los moriscos.
126. Pero ¿qué me detengo yo en amontonar anacronismos, cuando toda la
historia de Don Quijote está llena de ellos? Baste decir que Sancho
Panza puso la fecha de su carta escrita á Teresa Panza, su mujer, á 20
de Julio de 1614[200], que quizá sería el mismo día que Cervantes la
escribió.
127. Mas con todo esto, quiero disculpar cuanto pueda á Miguel de
Cervantes Saavedra, diciendo que como al principio de su historia dijo
que Don Quijote no había mucho tiempo que vivía en un lugar de la
Mancha, siguió después el hilo de esta primera ficción, y olvidado de
ella en el fin de su historia, se propuso imitar á Garci-Ordóñez de
Montalvo, en el lugar citado, y anticipó el tiempo de Don Quijote. Y
así sólo incurrió en este descuido. O para decirlo mejor, Don Quijote
es hombre de todos tiempos, y verdadera idea de los que ha habido, hay
y habrá; y así se acomoda bien á todos tiempos y lugares. Y cuando los
más severos críticos no admitan esta disculpa, á lo menos no me negarán
que estos descuidos, y los demás que fuera fácil añadir, de falsas
alusiones y equivocaciones, que suelen ser muy frecuentes en una mente
algo abstraída por la demasiada atención al principal asunto; por otra
parte, se recompensan con mil perfecciones, pudiéndose decir con verdad
que toda la obra es una sátira la más feliz que hasta hoy se ha escrito
contra todo género de gentes.
128. Porque, si atendemos al asunto, ¿quién había de pensar que por
medio de unos libros de caballerías se habían de desterrar todos los
demás? El caso fué que, escribiendo con invención y estilo de todas
maneras agradables, se hizo único en este género de escritos, como
quien tenía bien conocido en qué habían pecado los demás escritores;
y cómo podrían evitarse aquellos desaciertos cumpliendo al mismo
tiempo con el gusto de los lectores; y nunca manifestó mejor su
grande idea que cuando en boca del canónigo de Toledo habló de esta
manera[201]: "Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta
que son perjudiciales en la república éstos que llaman libros de
caballerías. Y aunque he leído, llevado de un ocioso y falso gusto,
casi el principio de todos los más que hay impresos, jamás me he
podido acomodar á leer ninguno del principio al cabo. Porque me parece
que, cuál más cuál menos, todos ellos son una misma cosa, y no tiene
más éste que aquél, ni estotro que el otro. Y según á mí me parece,
este género de escritura[202] y composición cae debajo de aquél de
las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que
atienden solamente á deleitar y no á enseñar. Al contrario de lo que
hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente. Y puesto
que el principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé
yo cómo puedan conseguirle yendo llenos de tantos y tan desaforados
disparates. Que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de
la hermosura y concordancia que ve ó contempla en las cosas que la
vista ó la imaginación le ponen delante; y toda cosa que tiene en sí
fealdad y descompostura no nos puede causar contento alguno. Pues
¿qué hermosura puede haber, ó qué proporción de partes con el todo
y del todo con las partes, en un libro ó fábula, donde un mozo de
dieciséis años dé una cuchillada á un gigante como una torre, y le
divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique? Y ¿qué cuando nos
quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay de la parte
de los enemigos un millón de combatientes, como sea contra ellos el
señor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habernos de entender
que el tal caballero alcanzó la victoria por sólo el valor de su
fuerte brazo? Pues ¿qué diremos de la facilidad con que una reina
ó emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no
conocido caballero? ¿Qué ingenio, si no es del todo bárbaro é inculto,
podrá contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va
por la mar adelante, como nave con próspero viento; y hoy anochece en
Lombardía, y mañana amanezca en tierras del preste Juan de las Indias,
ó en otras, que ni las descubrió Tolomeo, ni las vió Marco Polo? Y
si á esto se me respondiese que los que tales libros componen los
escriben como cosas de mentira, y que así no están obligados á mirar
en delicadezas ni verdades, responderíales yo que tanto la mentira
es mejor (habla de la mentira parabólica, que por el fin del que la
dice no lo es) cuanto tiene más de lo dudoso y posible. Hanse de casar
las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren,
escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando
las grandezas y suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen
y entretengan, de modo que anden á un mismo paso la admiración y la
alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la
verosimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfección de lo
que se escribe. No he visto ningún libro de caballerías que haga un
cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio
corresponda al principio, y el fin al principio y al medio; sino que
los componen con tantos miembros, que más parece que llevan intención á
formar una quimera ó un monstruo, que á hacer una figura proporcionada.
Fuera de esto, son en el estilo, duros; en las hazañas, increíbles;
en los amores, lascivos; en las cortesías, mal mirados; largos en
las batallas, necios en las razones, disparatados en los viajes; y
finalmente, ajenos de todo discreto artificio, y por esto dignos de ser
desterrados de la república cristiana como á gente inútil." ¿Se podía
hacer sátira más fuerte y discreta contra los escritores caballerescos?
129. Pues las críticas particulares que hizo de las obras de ellos
fueron exactísimas y graciosísimas, como se puede ver en el capítulo
VI de su _primer tomo_ y en otros muchos[203]. Con cuánto disimulo
reprendió el estilo de los que le habían precedido en este género
de composición, diciendo en persona de Don Quijote que el sabio que
escribiese sus hechos, llegando á contar su primera salida tan de
mañana, pondría de esta manera[204]: "Apenas había el rubicundo Apolo
tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras
de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos,
con sus arpadas lenguas, habían saludado con dulce y meliflua armonía
la venida de la rosada aurora, que dejando la blanda cama del celoso
marido por las puertas y balcones del manchego horizonte á los mortales
se mostraba, cuando el famoso caballero Don Quijote de la Mancha,
dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y
comenzó á caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel."
130. También nos pintó Cervantes tan al vivo los vicios, así de los
ánimos como de las obras de los demás escritores, que no hay más
que desear. En el prólogo de su primera parte, que leído muchas
veces siempre causa novedad, con gran disimulo reprende aquéllos
que, faltos de doctrina, afectan erudición en las márgenes de sus
libros, reventando por parecer eruditos, como si la variedad de las
citas arguyese otra cosa que una tumultuaria lección ó manejo de
alguna poliantea. Otros, muy fuera de propósito, encajan las citas
dentro de la obra, pareciéndoles que si alegan á Platón ó Aristóteles
serán tan simples los lectores que se persuadan que los han leído.
Otros, habiendo apenas saludado la lengua latina, se precian mucho
de afectar su culta latiniparla. Á éstos reprendió Don Quijote, pues
en una ocasión[205], en que hablando con Sancho Panza, le dijo: "Que
no tuviese pena del desamparo de aquellos animales, que el que los
llevaría á ellos por tan longincuos caminos y regiones tendría cuenta
de sustentarlos." "No entiendo eso de longincuos--dijo Sancho--ni he
oído tal vocablo en todos los días de mi vida." "Longincuos--respondió
Don Quijote--quiere decir apartados. Y no es maravilla que no lo
entiendas, que no estás tú obligado á saber latín, como algunos que
presumen que lo saben y lo ignoran." Por eso Cervantes, que se preciaba
de saber la lengua castellana, pero no la latina (que esto pide
una aplicación y ejercicio de muchos años), introdujo á Urganda la
Desconocida, hablando con su libro de esta suerte:
Pues al cielo no le plu-
Que salieses tan ladi-
Como el negro Juan Lati-
Hablar latines rehu-
131. Este Juan Latino fué un etíope, primeramente esclavo y
condiscípulo en la gramática de Gonzalo Fernández de Córdoba, duque
de Sessa, nieto del Gran Capitán; y después liberto suyo y maestro de
lengua latina en la escuela de la iglesia de Granada.
132. También reprendió Cervantes las frioleras de los intérpretes,
cuando escribió así[206]: "Entra Cide Hamete, cronista de esta grande
historia, con estas palabras en este capítulo: Juró como católico
cristiano, siendo él moro, como sin duda lo era, no quiso decir otra
cosa, sino que así como el católico cristiano, cuando jura, jura ó
debe jurar verdad, y decirla en lo que dijere, así él la decía, como
si jurara como cristiano católico, en lo que quería escribir de Don
Quijote."