92. Mucha razón, pues, tuvo Miguel de Cervantes Saavedra para juzgar

y decir que la gloria de continuar con felicidad la historia de Don

Quijote de la Mancha sólo quedaba reservada á su pluma. Y para que

esto no sonase á jactancia, puso este discreto razonamiento en boca

de Cide Hamete Benengeli, hablando éste con su propia pluma. Dice,

pues, Cervantes[131]: "Y el prudentísimo Cide Hamete dijo á su pluma:

"Aquí quedarás, colgada de esta espetera y de este hilo de alambre, ni

sé si bien cortada ó mal tajada, péñola mía, adonde vivirás luengos

siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan

para profanarte. Pero antes que á ti lleguen, les puedes advertir y

decirles en el mejor modo que pudieres[132]: "Tate, tate, folloncicos;

de ninguno sea tocada; porque esta empresa, buen rey, para mí estaba

guardada." Para mí sola nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar

y yo escribir; solos los dos somos para en uno, á despecho y pesar del

escritor fingido y tordesillesco, que se atrevió ó se ha de atrever á

escribir con pluma de avestruz, grosera y mal deliñada, las hazañas

de mi valeroso caballero; porque no es carga de sus hombros ni asunto

de su resfriado ingenio. Á quien advertirás (si acaso llegas[133] á

conocerle) que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos

huesos de Don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los

fueros de la muerte, á Castilla la Vieja[134], haciéndole salir de

la huesa, donde real y verdaderamente yace tendido de largo á largo,

imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que para hacer

burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las

dos que él hizo[135], tan á gusto y beneplácito de las gentes, á cuya

noticia llegaron, así en éstos como en los extraños reinos; y con esto

cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien á quien mal te

quiere, y yo[136] quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero

que gozó el fruto de sus escritos enteramente como deseaba; pues no

ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las

fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por

las de mi verdadero Don Quijote van ya tropezando y han de caer del

todo sin duda alguna. _Vale._" En efecto, luego que salió el primer

tomo de la historia de Don Quijote, este caballero andante empezó á

arrinconar á todos los demás, y después que salió el segundo tomo, en

el año 1615, fué tan grande y tan universal el aplauso que mereció esta

obra, que muy pocas han logrado en el mundo tanta, tan general y tan

constante aprobación. Porque hay libros que sólo se estiman porque su

estilo es texto para las lenguas muertas; otros, á quienes hicieron

célebres las circunstancias del tiempo, y pasadas aquéllas, cesó su

aplauso; otros, que siempre se aprecian por la grandeza del asunto.

Y los de Cervantes, teniéndole ridículo, siendo ahora menos extendido

el dominio español, y estando escritos en lengua viva reducida á

ciertos límites, viven y triunfan á pesar del olvido, y son hoy en

el mundo tan necesarios como cuando salieron á luz la primera vez,

porque después que Francia con la feliz protección de Luis XIV llegó á

la cumbre del saber, empezó á decaer, y faltando letrados semejantes

á Sirmondo, Bossuet, Huet y á otros varones como ellos, de inmortal

memoria, comenzó á prevalecer el espíritu novelero, y ha cundido de

manera la afición á las fábulas, que sus diarios literatos[137] están

llenos de ellas, y de Francia apenas nos vienen otros libros. El daño

que causaron en otro tiempo semejantes fábulas fué tan grande, que

se puede llamar universal. Por eso aquel juiciosísimo censor de la

república literaria, Juan Luis Vives, quejándose gravísimamente de las

corrompidas costumbres de su siglo, decía[138]: "¿Qué manera de vivir

es ésta, que no se tenga por canción la que no sea torpe? Conviene,

pues, que las leyes y los magistrados den providencia contra esto,

y también contra los libros pestilenciales, cuales son en España:

_Amadís_, _Esplandián_, _Florisando_, _Tirante_, _Tristán_, á cuyos

despropósitos no se pone término, cada día salen de nuevo más y más:

como _Celestina_, alcahuete, madre de maldades, cárcel de amores. En

Francia: _Lanzarote del Lago_, _París y Viena_, _Puntho y Sidonia_,

_Pedro Provenzal y Magalona_, _Melisendra_, dueña inexorable. Aquí

en Flandes (escribía Vives en Brujas, año 1523): _Florián y Blanca

Flor_, _Leonela y Canamor_, _Curias y Floreta_, _Píramo y Tisbe_.

Hay algunos libros traducidos de latín en lenguas vulgares, como las

desgraciadísimas _Gracias de Pogio_, _Eurialo y Lucrecia_[139], las

cien novelas de Bocaccio. Todos los cuales libros escribieron unos

hombres ociosos, mal empleados, imperitos, entregados á los vicios y

á la porquería. En los cuales me maravillo que haya cosa que deleite.

Pero las cosas malas nos halagan mucho. Medicina, pues, muy eficaz fué

la que aplicó el ingeniosísimo Cervantes, pues purgó los ánimos de toda

Europa de tan envejecida afición á semejantes libros tan pegajosos.

Vuelva, pues, á salir Don Quijote de la Mancha, y desengañe un loco

á muchos locos voluntarios; divierta un discreto, como Cervantes, á

tantos ociosos y melancólicos, con la entretenida y apacible lectura de

sus artificiosos y graciosísimos libros. Sobre los cuales suele haber

duda cuál de los dos tomos es el mejor: ¿el que contiene la primera y

segunda salida de Don Quijote, ó la tercera?

93. Yo quiero que la decisión de esta cuestión tan crítica no sea mía,

sino del mismo Cervantes, el cual, habiendo oído el juicio que algunos

anticipadamente habían hecho, introdujo este coloquio entre Don Quijote

de la Mancha, el bachiller Sansón Carrasco y Sancho Panza[140]: "¿Por

ventura--dijo Don Quijote--promete el autor (esto es, Cide Hamete

Benengeli) segunda parte?" "Sí promete--respondió Sansón--, pero

dice[141] que no ha hallado, ni sabe quién la tiene; y así estamos

en duda si saldrá ó no. Y así por esto, como porque algunos dicen:

nunca segundas partes fueron buenas; y otros: de las cosas de Don

Quijote bastan las escritas, se duda que no ha de haber segunda parte.

Aunque algunos, que son más joviales que Saturninos, dicen: Vengan más

quijotadas. Embista Don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo que

fuere; que con eso nos contentamos." "¿Y á qué se atiene el autor?",

dijo Don Quijote. "¿Á qué?--respondió Sansón--. En hallando que halle

la historia que va buscando con extraordinarias diligencias, la dará

luego á la estampa, llevado más del interés que de darla se le sigue,

que de otra alabanza alguna." Á lo que dijo Sancho: "¿Al dinero y al

interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porque no hará

sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de Pascuas: y las obras

que se hacen aprisa, nunca se acaban con la perfección que requieren.

Atienda ese señor moro, ó lo que es, á mirar lo que hace, que yo y mi

señor le daremos tanto ripio á la mano en materia de aventuras y de

sucesos diferentes, que pueda componer, no sólo segunda parte, sino

ciento. Debe de pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquí

en las pajas; pues ténganos el pie al errar, y verá del que cojeamos.

Lo que yo sé decir, es, que si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos

de estar en esas campañas deshaciendo agravios y enderezando tuertos,

como es uso y costumbre de los buenos andantes caballeros." En cuyo

coloquio quiso Cervantes darnos á entender que tenía ingenio para la

invención, no sólo de uno, sino de cien Quijotes. La del segundo tomo

no es menos agradable que la del primero, y la enseñanza es mucho

mayor. Fuera de esto, en la narración principal no entremetió novela

alguna totalmente separada del asunto, lo cual es muy contra el

arte de fabular, sino que diestramente ingirió muchos episodios muy

bien enlazados con el principal asunto, cosa que pide gran ingenio y

singular habilidad. Oigamos otra vez al mismo Cervantes[142]. "Dicen

que en el propio original de esta historia se lee, que llegando Cide

Hamete á escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le

había escrito, que fué un modo de queja que tuvo el moro de sí mismo,

por haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como

ésta de Don Quijote, por parecerle que siempre había de hablar dél y de

Sancho, sin osar extenderse á otras digresiones y episodios más graves

y más entretenidos; y decía que el ir siempre atenido al entendimiento,

la mano y la pluma, á escribir de un solo sujeto, y hablar por las

bocas de pocas personas, era un trabajo incomportable, cuyo fruto no

redundaba en el de su autor; y que por huir de este inconveniente

había usado en la primera parte del artificio de algunas novelas, como

fueron la del _Curioso impertinente_ y la del _Capitán cautivo_, que

están como separadas de la historia, puesto que las demás que allí se

cuentan son casos sucedidos al mismo Don Quijote, que no podían dejar

de escribirse. También pensó--como él dice--que muchos, llevados de

la atención que piden las hazañas de Don Quijote, no la darían á las

novelas, y pasarían por ellas, ó con priesa ó con enfado, sin advertir

la gala y artificio que en sí contienen; el cual se mostrara bien

al descubierto, cuando por sí solos, sin arrimarse á las locuras de

Don Quijote, ni á las sandeces de Sancho, salieran á luz. Y así en

esta segunda parte no quiso ingerir novelas sueltas, ni pegadizas,

sino algunos episodios que lo pareciesen[143], nacidos de los mismos

sucesos que la verdad ofrece, y aun éstos limitadamente y con solas

las palabras que bastan á declararlos. Y pues se contiene y cierra en

los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia

y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie

su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo

que ha dejado de escribir." Los que dicen, pues, que Cervantes en su

segunda parte no se igualó á sí mismo, sepan que su opinión nace, ó de

la tradición de los que enamorados de la primera pensaron que no podía

tener segunda, ó de su poca inteligencia, pues echan menos en ésta lo

que el mismo Cervantes confesó, que en la otra habían sido defectos

del arte ó licencias del artífice, para desahogo de su imaginación y

divertimiento de la del lector.

94. En medio de tantas y tan justas alabanzas, así de la admirable

invención de Cervantes, como de su prudente disposición y singular

elocuencia, como el que escribe es uno, y los que leen muchos, y la

atención del autor, ocupada en inventar, tal vez se deja transportar de

la viveza de su imaginación, y siendo ésta demasiadamente fecunda, la

misma multitud de circunstancias suele hacer que éstas no se conformen

entre sí ó no convengan al tiempo ó al lugar en que se fingen, no es

mucho que Miguel de Cervantes Saavedra tropezase algunas veces con la

inverosimilitud y falsedad, en lo cual tiene Cervantes por compañeros

á cuantos han escrito hasta hoy obras en que la invención haya sido

dilatada, pues en todas ellas se hallan semejantes descuidos. Bien lo

conoció el mismo Cervantes, pues habiéndole censurado algunas cosas de

las que había escrito en su tomo primero, confesó sus descuidos en los

"capítulos tercero, cuarto y cuarenta y tres de su tomo segundo", donde

borró muchos de sus yerros con la misma ingenuidad de tenerlos por

tales; y procuró dorar algunos de ellos con tan graciosas disculpas,

que la misma defensa es un nuevo y glorioso género de confesión. Tan

generoso, pues, era su genio, que si viviese hoy, y le propusieran

nuevas censuras, como fuesen justas, ciertamente se daría por bien

advertido.

95. Con la confianza, pues, que me da el ser yo uno de los más

apasionados, me atreveré á decir que en algunos casos excedió los

límites de la verosimilitud, y tal vez tocó en los de una manifiesta

falsedad. Porque en la célebre pendencia que tuvo con el vizcaíno don

Sancho de Aspeitia, en suposición de que Don Quijote le arremetió con

determinación de quitarle la vida, es inverosímil que el vizcaíno, que

tendría ocupada la mano siniestra con las riendas de su mula, no sólo

tuviese tiempo para sacar la espada con la derecha, sino también para

tomar una almohada del coche, que le sirvió de escudo, pues los que

iban en el coche, naturalmente, estarían sentados sobre ella, y cuando

así no fuese, siempre tiene su dificultad que pudiese el vizcaíno

tomarla tan aprisa, dando lugar á todo esto la furia de un loco.

96. También me parece inverosímil que Camila, que en la novela del

_Curioso impertinente_ se finge que hablaba á solas y consigo misma,

hablase tanto y de manera que, Anselmo, que estaba escondido, pudiese

oir un tan largo soliloquio. Pues si los cómicos de mayor arte

introdujeron en sus comedias algunos soliloquios, fué para que los

mirones se instruyesen en los pensamientos ocultos de las personas de

la fábula, pero no para que las personas introducidas escuchasen tan

prolijas arengas.

97. El razonamiento que hizo Sancho Panza á su amo Don Quijote,

referido en el capítulo VIII del tomo II, ciertamente excede la

capacidad de un hombre tan sencillo como Panza. No haré cargo á

Cervantes de la poca verosimilitud con que escribió lo que sigue[144]:

"Este Ginés de Pasamonte, á quien Don Quijote llamaba Ginesillo de

Parapilla, fué el que hurtó á Sancho Panza el rucio, que por no haberse

puesto el cómo ni el cuándo en la primera parte, por culpa de los

impresores, ha dado en que entender á muchos, que atribuían á poca

memoria del autor la falta de la imprenta. Pero en resolución, Ginés le

hurtó, estando sobre él durmiendo Sancho Panza, usando de la traza y

modo que usó Brunelo, cuando estando Sacripante sobre Albraca, le sacó

el caballo de entre las piernas, y después le cobró Sancho, como se

ha contado." Digo que no haré cargo á Cervantes de que esta invención

tiene más de posible que de verosímil, porque se ve que Cervantes tiró

en esto á reprender á los autores que suelen disculpar sus errores

en los descuidos de los impresores, sin advertir que los de éstos

sólo suelen reducirse á trocar letras ó palabras, y á omitir tal vez

algunas cláusulas. Y en lo que toca á la salida del modo y tiempo en

que Ginesillo de Pasamonte hurtó el rucio, parece, si no conozco mal el

genio de Cervantes, que su fin sólo fué reirse de la invención del modo

de hurtar el caballo de Sacripante.

98. Pero no sé yo cómo poder disculpar la ficción[145] de que en un

lugar de Aragón de más de mil vecinos durase ocho ó diez días[146] la

publicidad de tener un gobernador de burlas. Si esto es verosímil, los

aragoneses lo digan. Lo que yo sé es que, no habiendo en Aragón caverna

alguna que tenga de largo media legua, es contra toda verdad haber

fingido que Sancho Panza anduvo por ella todo ese trecho, hasta parar

en un lugar donde Don Quijote desde arriba oyó sus lamentos[147].

99. Tampoco sé cómo poder disculpar el que habiendo dicho

Cervantes[148] que la fama había guardado en las memorias de la Mancha,

que Don Quijote, la tercera vez que salió de su casa, fué á Zaragoza,

donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad hicieron, y

allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento; después,

Cervantes, en su continuación dice que Don Quijote no pondría los pies

en Zaragoza, por sacar mentiroso al historiador moderno, siendo así

que, en hacerle ir á las justas de Zaragoza, hubiera seguido á la fama.

100. Menos disculpa tiene haber llamado Cervantes "Juana Gutiérrez" á

la mujer de Sancho Panza[149], ó "Juana Panza", que es lo mismo, porque

se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos[150],

y reprender al continuador aragonés[151], porque no sin alguna

razón[152] la llamó "Mari Gutiérrez", y llamarla después el mismo

Cervantes, en todo su segundo tomo, "Teresa Panza", aunque yo creo que

esto picó en historia verdadera[153].

101. Fuera de todo esto, cualquiera que se entretenga en formar un

diario de las salidas de Don Quijote, hallará la cuenta de Cervantes

muy errada y nada conforme á los sucesos referidos.

102. En una cosa debe ser tratado Cervantes con algún rigor, y es en

los anacronismos ó retrocedimientos de tiempo, porque habiéndolos

reprendido tan justamente en sus contemporáneos cómicos[154], también

en él deben ser censurados. Señalaré algunos de estos defectos.

103. Pero para que se entienda mejor lo que voy á decir es menester

suponer que ha sido costumbre de muchos que han publicado libros de

caballerías, querer autorizarlos, diciendo que se habían hallado en

alguna parte escritos con letras muy antiguas difíciles de leer. Así

Garci-Ordóñez de Montalvo, regidor de Medina del Campo, después de

haber dicho que había corregido "los tres libros de _Amadís_", que por

falta de los malos escritores ó componedores se leían muy corruptos

y viciosos, inmediatamente añadió que publicaba aquellos libros,

"trasladando y enmendando el libro cuarto con las Sergas de Esplandián

su hijo que hasta aquí no es en memoria de ninguno ser visto, que por

gran dicha pareció en una tumba de piedra que debajo de la tierra en

una ermita cerca de Constantinopla fué hallado y traído por un húngaro

mercader á estas partes de España, en la letra y pergamino tan antiguo,

que con mucho trabajo se pudo leer por aquéllos que la lengua sabían."

Imitando en esto Cervantes á Garci-Ordóñez de Montalvo, dijo[155]: "Que

la buena suerte le deparó un antiguo médico que tenía en su poder una

caja de plomo que, según él dijo, se había hallado en los cimientos

derribados de una antigua ermita, que se renovaba, en la cual caja se

habían hallado unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en

versos castellanos, que contenían muchas de sus hazañas (esto es, de

Don Quijote) y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso,

de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la

sepultura del mismo Don Quijote, con diferentes epitafios y elogios

de su vida y costumbres." Escribía esto Cervantes en el año 1604 y

lo imprimió en el siguiente. Dejo al arbitrio del juicioso lector

determinar la edad en que, según las referidas circunstancias, se

finge que vivió Don Quijote de la Mancha. Referir un antiguo médico

el hallazgo de los pergaminos donde estaban los epitafios de Don

Quijote; haberse hallado en los cimientos derribados de una antigua

ermita y estar escritos en letras góticas, cuyo uso se prohibió en

España en tiempo del rey don Alfonso VI[156], todas son circunstancias

que arguyen el pasaje de algunos siglos. Y esto mismo supone un

discurso de Don Quijote, tan ocultamente erudito como graciosamente

disparatado[157]: "¿No han vuestras mercedes leído--respondió Don

Quijote--los anales é historias de Inglaterra, donde se tratan las

famosas hazañas del rey Arturo, que continuamente, en nuestro romance

castellano, llamamos el rey Artús, de quien es tradición antigua y

común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este rey no murió,

sino que por arte de encantamiento se convirtió en cuervo y que andando

los tiempos ha de volver á reinar y á cobrar su reino y cetro?" Á cuya

causa no se probará que desde aquel tiempo á éste haya ningún inglés

muerto cuervo alguno. Pues en tiempo de este buen rey fué instituída

aquella famosa Orden de Caballería de los caballeros de la Tabla

Redonda, y pasaron, sin faltar un punto, los amores que allí se cuentan

de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera de

ellos y sabedora aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nació

aquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra España, de

Nunca fuera caballero

De damas tan bien servido

Como fuera Lanzarote

Cuando de Bretaña vino.

Con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes

hechos. Pues desde entonces, de mano en mano, fué aquella Orden de

Caballería extendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes

del mundo. Y en ella fueron famosos y conocidos por sus hechos el

valiente Amadís de Gaula, con todos sus hijos y nietos, hasta la quinta

generación, y el valeroso Félix Marte de Hircania, y el nunca, como se

debe, alabado Tirante el Blanco[158]. Y casi que "en nuestros días"

vimos y comunicamos y oímos al invencible y valeroso caballero don

Belianís de Grecia. Esto, pues, señores, es ser caballero andante, y

la que he dicho es la Orden de su Caballería." Si Don Quijote, pues,

fué tan vecino al tiempo en que se fingió haber vivido don Belianís de

Grecia y la demás caterva de caballeros andantes, habiéndose referido

éstos á los siglos inmediatos al origen del cristianismo, como lo

observó y censuró el erudito autor del _Diálogo de las lenguas_, es

consiguiente que Don Quijote de la Mancha se finja haber vivido muchos

siglos ha. ¿Cómo, pues, Cervantes supone introducido ya en tiempo de

Don Quijote el uso de los coches, siendo así que Gonzalo Fernández de

Oviedo, en su _Adición ó Segunda parte á los Oficios de la casa Real,

Título del Caballerizo de las Andas_, dice que la princesa Margarita,

cuando vino á casar con el príncipe don Juan, trajo el uso de los

carros de cuatro ruedas, y que habiéndose vuelto viuda á Flandes,

cesaron tales carros y quedaron las literas que antes se usaban? Aun

en Francia, de donde nos vino esta moda, como casi todas las demás, no

es muy antiguo el uso de los coches, porque Juan de Laval Boisdanfin,

de la casa de Memoransi, fué el primero que á lo último del reinado de

Francisco I se sirvió de un coche por causa de su corpulencia, que era

tal, que no le permitía ir á caballo. Debajo del reinado de Enrique II

sólo había en la Corte de Francia dos coches, uno para la reina, su

mujer, y otro para Diana, hija natural del rey. En la ciudad de París,

habiendo sido nombrado primer presidente Cristóbal de Thou, fué el

primero que tuvo coche, pero nunca se sirvió de él para ir á la casa

real. Estos ejemplos, que introdujo la grandeza ó necesidad, fueron

luego tan perniciosos, que llegó la vanidad al último grado. Por lo que

toca á España, escribiendo de esto don Lorenzo Vander Hansen y León, en

el _Libro primero de la vida de don Juan de Austria_, dijo estas bien

sentidas palabras: "Venía (Charles Pubert, criado del rey emperador

Carlos V) en un coche ó carrocilla de las que en aquellas provincias

se usaban. Cosa raras veces vista en estos reinos. Salían las ciudades

enteras á verla con admiración. Tan corta noticia se tenía por entonces

de este género de deleite. Sólo lo que usaban eran carretas de bueyes,

y en ellas andaban las personas más graves tal vez. Don Juan (por que

no traigamos ejemplos de fuera de casa) fué muchas á visitar el templo

de Nuestra Señora de Regla (Loreto de Andalucía) en una de éstas, en

compañía de la duquesa de Medina. Esto se usaba en aquel tiempo. Pero

dentro de pocos años (el de setenta y siete) fué necesario prohibir

los coches por pragmática. Tan introducido se hallaba ya este vicio

infernal, que tanto daño ha causado á Castilla." Para pintar este

abuso, Miguel de Cervantes hizo que Teresa Panza, mujer de un pobre

labrador, manifestase deseos de servirse de coche, sólo por imaginar

que su marido era gobernador de la Ínsula Barataria, así como para

reirse de algunos grados de doctor que se daban en su tiempo, y que

debían suponer pero no hacían á los hombres doctos, hizo mención de

algunos licenciados graduados en las universidades de Sigüenza[159] y

Osuna[160] en tiempo de Don Quijote, siendo así que por consejo del

cardenal Jiménez de Cisneros erigió la de Sigüenza don Juan López de

Medina, consejero de Enrique IV y su enviado en Roma, arcediano de

Almazán, dignidad de la catedral de Sigüenza y canónigo de Toledo,

y más adelante, en el año 1548, fundó la de Osuna, con aprobación

de Carlos V y Paulo III, don Juan Téllez Girón, conde de Ureña. Si

Cervantes viviese hoy, sobre este punto de los grados diría algo

más. Pero sea su comentador don Diego de Saavedra, en su _República

literaria_.

104. Fué también falta de atención aludir en el supuesto tiempo de Don

Quijote al Concilio de Trento[161], que empezó á celebrarse el año

1545, siendo Pontífice Paulo III, y se acabó en tiempo de Pío IV.

105. También Cervantes hizo mención de la América del Cura[162], antes

que Américo Vespucio, florentino, el año 1497, hubiese puesto los pies

en ella dándole su nombre, siendo en esto más feliz que Cristóbal

Colón, genovés, que fué su primer descubridor en el año 1492.

106. Ni debía haber hecho mención de Hernán Cortés[163], ni de la

destreza de los jinetes mejicanos[164], antes que en el mundo hubiese

Cortés, conquistador de Méjico, y que en tal ciudad hubiese habido

caballos. Nombró también el famoso cerro del Potosí[165], antes que

descubriese sus prodigiosas venas de plata aquel bárbaro cazador[166].

Y la voz "cacique"[167], venida de la isla española[168], no debía

ponerse en boca de Sancho Panza[169].

107. Fuera de esto, siendo tan reciente la impresión, no había de

suponer su uso en tiempo de Don Quijote[170]; ni hacer mención de

tantos autores modernos, así extranjeros como españoles. Extranjeros

como Ariosto[171], Miguel Verino[172], Jacobo Sannazaro[173], Antonio

de Lostaso, poeta sardo[174], Polidoro Virgilio[175] y otros. Españoles

como Garci-Laso de la Vega, á quien unas veces alaba expresamente[176],

otras alega sus versos, sin nombrarle[177], y otras alude á él

claramente[178]. De Juan Boscán, poeta contemporáneo y muy amigo

de Garci-Laso, dice Don Quijote[179]: "El antiguo Boscán se llamó

Nemoroso." En lo cual erró de muchas maneras, llamando antiguo á

Boscán; y aludiendo á la primera égloga de Garci-Laso de la Vega.

Vida de Cervantes · 第 6 / 12 段