81. No dijo otro tanto del Caballero del Febo, en cuyo nombre

también hizo Cervantes un soneto. Imprimióse este libro con este

título: "_Espejo de príncipes y caballeros, en el cual en tres

libros se cuentan los inmortales hechos del caballero Febo y de su

hermano Rosicler, hijos del grande emperador Trebacio, con las altas

caballerías y muy extraños amores de la muy hermosa y extremada_

_princesa Claridiana, y de otros altos príncipes y caballeros, por

Diego Ortúñez de Calahorra, de la ciudad de Nájera_." Salió el _Espejo

de príncipes_ en dos tomos en folio, que contienen la primera y segunda

parte, en Zaragoza, año 1581, su autor Pedro la Sierra. Después Marco

Martínez de Alcalá continuó dichas fábulas con este título: _Tercera

parte del Espejo de príncipes y caballeros, hechos de las hijas y

nietos del emperador Trebacio. En Alcalá, año 1589_. Y Feliciano de

Silva escribió después: _La cuarta parte del Caballero del Febo_.

Sabidos estos títulos, se entenderá mejor el soneto del Caballero del

Febo á Don Quijote de la Mancha, y se podrá aplicar la crítica que hizo

el cura, cuando tomando el barbero un libro, dijo[114]: "Éste es espejo

de caballerías." "Ya conozco á su merced--dijo el cura--. Ahí anda el

señor Reinaldos de Montalván, con sus amigos y compañeros, más ladrones

que Caco; y los doce Pares, con el verdadero historiador Turpín. Y

en verdad que estoy por condenarlos no más que á destierro perpetuo,

siquiera porque tienen parte de la invención del famoso Mateo Boyardo,

de donde también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto."

Del estilo de Feliciano de Silva hizo gran burla Cervantes en otra

parte[115].

82. De la misma suerte que los caballeros andantes cedieron á Don

Quijote de la Mancha, fueron también inferiores sus damas á Dulcinea

del Toboso. Y esto significan los versos quebrados de Urganda la

Desconocida, y el soneto de la señora Oriana á Dulcinea del Toboso.

Damas que hacen mucho papel en la historia de Amadís de Gaula. Fuera

de que esto también alude á que en tiempo de Cervantes dieron los

escritores en la ridícula manía de hacer sonetos en nombre de mujeres,

para que, puestos éstos al principio de sus obras, fuesen aquéllas

tenidas por poetisas y ellos se tuviesen por favorecidos de ellas.

83. El soneto de Gandalín á Sancho Panza, quiere decir que ningún

escudero hubo como Sancho Panza. Y las décimas del poeta entreverado

y el diálogo entre _Babieca_ y _Rocinante_, que no hubo caballo tan

célebre como _Rocinante_, pues[116] "aunque tenía más cuartos que un

real, y más tachas que el caballo de Gonela, que _tantum pellis et ossa

fuit_, le pareció que ni el _Bucéfalo_ de Alejandro, ni _Babieca_ el

del Cid, con él se igualaban".

84. En lo que toca, pues, al cargo que el aragonés hizo á Cervantes

de que no tenía de quién valerse para autorizar con varios sonetos

la entrada de su libro, no tenía Cervantes satisfacción alguna que

añadir; pues de lo mismo que el otro echaba de menos, había hecho ya

tanta burla, no sólo en el prólogo de _Don Quijote_, sino también en

el de sus novelas; pues hablando de aquel abuso, y del amigo en cuya

cabeza introdujo los discretísimos consejos, que el mismo Cervantes

tan diestra y felizmente practicó; después de haberse pintado en lo

exterior é interior, según el cuerpo, digo, y el ánimo, añadió: "Y

cuando á la (memoria) de este amigo de quien me quejo, no ocurrieran

otras cosas de las dichas, que decir de mí, yo me levantara á mí

mismo dos docenas de testimonios y se los dijera en secreto, con que

extendiera mi nombre y acreditara mi ingenio; porque pensar que dicen

puntualmente la verdad los tales elogios, es disparate, por no tener

punto preciso ni determinado las alabanzas ni los vituperios. En fin,

pues ya esta ocasión se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura,

será forzoso valerme por mi pico, que, aunque tartamudo, no lo será

para decir verdades, que dichas por señas suelen ser entendidas."

Después prosigue diciendo lo que sentía de sus propias novelas, sin

hablar, como dicen, por boca de ganso.

85. Á lo que dijo el maldiciente de que Cervantes había escrito su

primera parte de _Don Quijote_ entre los hierros de una cárcel, y

que por eso había cometido tantos. Sobre su encarcelamiento no quiso

responder. Quizá por no ofender á los ministros de justicia; porque,

ciertamente, su prisión no sería ignominiosa; pues el mismo Cervantes,

voluntariamente, la refirió en el principio del prólogo de su primer

tomo. En lo que toca á sus descuidos, yo no niego que Cervantes haya

tenido algunos, los cuales tengo observados; pero como el aragonés

no los especificó, no era razón que satisfaciéndole Cervantes, le

atribuyese la gloria de una justa ó razonable censura. Y así la

confesión de los propios descuidos ó defensa de los que los críticos de

aquel tiempo censuraron como tales, se reserva para la debida ocasión;

y la censura de otros, que se pudieran hacer reparables, se omite por

la reverencia que se debe á la buena memoria de tan gran varón.

86. En lo que Miguel de Cervantes cargó más la mano á su injuriador,

fué en la reprensión de su atrevimiento; pues lo fué, y muy grande,

continuar una obra de pura invención, siendo ajena y viviendo el

autor. Por eso dice al lector: "Si por ventura llegares á conocerle,

dile de mi parte que no me tengo por agraviado, que bien sé lo que

son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle á un

hombre en el entendimiento que puede componer é imprimir un libro,

con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros cuanta fama. Y

para confirmación de esto, quiero que con tu buen donaire y gracia le

cuentes este cuento." Prosigue Cervantes contando el cuento, y después

otro, con tan satírica gracia que no cabe más.

87. Pareciéndole á Cervantes que el atrevimiento del aragonés pedía

mayor castigo, para hacerle más ridículo, en varias partes del

cuerpo de su obra entremezcló algunas censuras de aquella perversa

continuación, las cuales es razón que aquí se lean juntas, para que

otros no caigan en tentación semejante.

88. En el capítulo LIX del segundo tomo, suponiendo que unos pasajeros

estaban leyendo en un mesón la _continuación_ del aragonés, introduce

á un tal don Juan, diciendo así: "Por vida de vuesa merced, señor don

Jerónimo, que en tanto nos traen la cena, leamos otro capítulo de la

segunda parte de _Don Quijote de la Mancha_." Apenas oyó su nombre Don

Quijote (el cual estaba en el aposento inmediato, dividido del otro con

un sutil tabique), cuando se puso en pie, y con oído alerta escuchó lo

que de él trataban, y oyó, que el tal don Jerónimo referido respondió:

"¿Para qué quiere vuesa merced, señor don Juan, que leamos estos

disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de

Don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer

esta segunda?" "Con todo eso--dijo el don Juan--será bien leerla, pues

no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que á mí en

éste más me desplace es que pinta á Don Quijote ya desenamorado de

Dulcinea del Toboso." Oyendo lo cual, Don Quijote, lleno de ira y de

sospecho, alzó la voz y dijo: "Quienquiera que dijere que Don Quijote

de la Mancha ha olvidado ni puede olvidar á Dulcinea del Toboso, yo

le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad;

porque la sin par Dulcinea del Toboso, ni puede ser olvidada, ni en

Don Quijote puede caber olvido. Su blasón es la firmeza y su profesión

el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna." "¿Quién es

el que nos responde?", respondieron del otro aposento. "¿Quién ha de

ser--respondió Sancho--sino el mismo Don Quijote de la Mancha, que

hará bueno cuanto ha dicho y aun cuanto dijere?, que al buen pagador

no le duelen prendas." Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron

por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parecían, y

uno dellos, echando los brazos al cuello de Don Quijote, le dijo: "Ni

vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre

puede no acreditar vuestra presencia. Sin duda, vos, señor, sois el

verdadero Don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante

caballería, á despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro

nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor de

este libro que aquí os entrego." Y poniéndole un libro en las manos,

que traía su compañero, le tomó Don Quijote, y sin responder palabra

comenzó á hojearle, y de allí á un poco se le volvió, diciendo: "En

esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de

reprensión. La primera, es algunas palabras que he leído en el prólogo;

las otras, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin

artículos; y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que

yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia,

porque aquí dice[117] que la mujer de Sancho Panza, mi escudero, se

llama Mari Gutiérrez, y no se llama tal, sino Teresa Panza. Y quien

en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerre en

todas las demás de la historia." Á esto dijo Sancho: "Donosa cosa de

historiador por cierto; bien debe de estar en el cuento de nuestros

sucesos, pues llama á Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez; torne á

tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí, y si me ha mudado el

nombre." "Por lo que os he oído hablar, amigo--dijo don Jerónimo--, sin

duda debéis de ser Sancho Panza, el escudero del señor Don Quijote."

"Sí soy--respondió Sancho--, y me precio de ello." "Pues á fe--dijo

el caballero--que no os trata este autor moderno con la limpieza que

en vuestra persona se muestra; píntaos comedor y simple, y no nada

gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia

de vuestro amo se describe." "Dios se lo perdone--dijo Sancho--;

dejárame en mi rincón sin acordarse de mí, porque quien las sabe las

tañe, y bien se está San Pedro en Roma." Los dos caballeros pidieron á

Don Quijote se pasase á su estancia á cenar con ellos, que bien sabían

que en aquella venta no había cosas pertenecientes para su persona. Don

Quijote, que siempre fué comedido[118], condescendió con su demanda,

y cenó con ellos; quedóse Sancho con la olla, con mero mixto imperio.

Sentóse en cabecera de mesa, y con él el ventero, que no menos que

Sancho estaba de sus manos y de sus uñas aficionado. En el discurso de

la cena preguntó don Juan á Don Quijote qué nuevas tenía de la señora

Dulcinea del Toboso; si se había casado, si estaba parida ó preñada, ó

si estando en su entereza se acordaba, guardando su honestidad y buen

decoro, de los amorosos pensamientos del señor Don Quijote. Á lo que

él respondió: "Dulcinea se está entera, y mis pensamientos más firmes

que nunca; las correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura,

en la de una soez labradora transformada"; y luego les fué contando

punto por punto el encanto de la señora Dulcinea, y lo que le había

sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el sabio Merlín le

había dado para desencantarla, que fué la de los azotes de Sancho. Sumo

fué el contento que los dos caballeros recibieron de oir contar á Don

Quijote los extraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados

de sus disparates, como del elegante modo con que los contaba. Aquí le

tenían por discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber

determinarse qué grado le darían entre la discreción y la locura.

Acabó de cenar Sancho, y dejando hecho equis al ventero, se pasó á la

estancia de su amo, y en entrando, dijo: "Que me maten, señores, si el

autor de este libro que vuesas mercedes tienen quiere que no comamos

buenas migas juntos; yo querría, que ya que me llama comilón, como

vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho." "Sí llama--dijo

don Jerónimo--; pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé que son

malsonantes las razones, y además mentirosas, según yo echo de ver

en la fisonomía del buen Sancho que está presente." "Créanme vuesas

mercedes--dijo Sancho--que el Sancho y el Don Quijote de esa historia

deben de ser otros que los que andan en aquélla que compuso Cide Hamete

Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado,

y yo, simple, gracioso y no comedor ni borracho." "Yo así lo creo--dijo

don Juan--, y si fuera posible, se había de mandar que ninguno fuera

osado á tratar de las cosas del gran Don Quijote si no fuese Cide

Hamete su primer autor[119]. Bien así como mandó Alejandro que ninguno

fuese osado á retratarle sino Apeles." "Retráteme el que quisiere--dijo

Don Quijote--, pero no me maltrate; que muchas veces suele caerse

la paciencia cuando la cargan de injurias"[120]. "Ninguna--dijo don

Juan--se le puede hacer al señor Don Quijote, de quien él no se puede

vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que á mi parecer,

es fuerte y grande." En éstas y otras pláticas se pasó gran parte

de la noche; y aunque don Juan quisiera que Don Quijote leyera más

del libro, por ver lo que discantaba, no lo pudieron acabar con él,

diciendo que él lo daba por leído, y lo confirmaba por todo necio, y

que no quería, si acaso llegase á noticia de su autor, que le había

tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído, pues de

las cosas obscenas y torpes[121], los pensamientos se han de apartar,

cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde llevaba determinado

su viaje. Respondió que á Zaragoza, á hallarse en las justas del

arnés, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años. Díjole

don Juan que aquella nueva historia contaba[122] cómo Don Quijote,

sea quien se quisiere, se había hallado en ella en una sortija, falta

de invención, pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de

simplicidades. "Por el mismo caso--respondió Don Quijote--no pondré los

pies en Zaragoza, y así sacaré á la plaza del mundo la mentira de ese

historiador moderno, y echarán de ver las gentes cómo yo no soy el

Don Quijote que él dice." "Hará muy bien--dijo don Jerónimo--, y otras

justas hay en Barcelona, donde podrá el señor Don Quijote mostrar su

valor." "Así lo pienso hacer--dijo Don Quijote--, y vuesas mercedes me

den licencia, pues ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan

en el número de sus mayores amigos y servidores." "Y á mí también--dijo

Sancho--, quizá seré bueno para algo." Con esto se despidieron, y Don

Quijote y Sancho se retiraron á su aposento, dejando á don Juan y á don

Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y

de su locura, y verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos

Don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés."

¡Admirable crítica! Uno de los preceptos de la fábula es, ó seguir la

fama ó fingir las cosas de manera que convengan entre sí. Cervantes

había figurado á Don Quijote como caballero andante, valiente, discreto

y enamorado; y esa fama tenía cuando el llamado Fernández de Avellaneda

se puso á continuar su historia; y en ella le pinta cobarde, necio y

desenamorado. La dama de Don Quijote, como decía la duquesa[123], era

"una dama fantástica (dama, en fin, de loco) que Don Quijote engendró

y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias

y perfecciones que quiso...: hermosa sin tacha, grave sin soberbia,

amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada;

y finalmente, alta por linaje". Fernández de Avellaneda la pintó muy

al contrario. Cervantes ideó á Sancho Panza simple, gracioso y no

comedor ni borracho. Fernández de Avellaneda, simple sí, pero no nada

gracioso, comedor y borracho. Y así, ni siguió la fama, ni fingió con

uniformidad. Con razón, pues, hablando Altisidora de una visión que

tuvo (que las mujeres son las que ordinariamente fingen las visiones),

dijo[124] que vió unos diablos que jugaban á la pelota con unas palas

de fuego, sirviéndoles de pelotas libros, al parecer, llenos de viento

y de borra; de suerte que al primer boleo no quedaba pelota en pie,

ni de provecho para servir otra vez, y así menudeaban libros nuevos

y viejos, que era una maravilla. "Á uno de ellos, nuevo, flamante y

bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron las tripas

y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo á otro: "¿Mirad qué libro

es ese?" Y el diablo le respondió: "Esta es la segunda parte de la

historia de Don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete,

su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de

Tordesillas." "Quitádmele de ahí--respondió el otro diablo--y metedle

en los abismos del infierno, no le vean más mis ojos." "¿Tan malo es?",

respondió el otro. "Tan malo--replicó el primero--, que si de propósito

yo mismo me pusiera á hacerle peor, no acertara." Y poco después añade

Don Quijote: "Esa historia anda por acá de mano en mano, pero no para

en ninguna, porque todos la dan del pie." De cuyas palabras se colige

que luego que salió á luz empezó á despreciarse. Y como Cervantes finge

que los diablos jugaban á la pelota con unas palas de fuego, de ahí

debieron tomar algunos ocasión de adelantarse á decir[125] que los

amigos de Cervantes quemaban los libros del mal continuador, lo cual se

dice voluntariamente, porque no tenía Cervantes amigos que tan á costa

suya quisiesen favorecerle.

89. Como quiera que sea, oigamos lo que sobre el mismo libro dicen

Sancho y Don Quijote[126]: "Yo apostaré--dijo Sancho--que antes de

mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni mesón, ó tienda de

barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas; pero

quería yo que la pintasen manos de otro mejor pintor que el que ha

pintado á éstas." "Tienes razón, Sancho--dijo Don Quijote--, porque

este pintor es como Orbaneja, un pintor que estaba en Úbeda, que

cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: "Lo que saliere." Y si

por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: Éste es gallo", por

que no pensasen que era zorra. De esta manera me parece á mí, Sancho,

que debe ser el pintor ó escritor, que todo es uno, que sacó á luz la

historia de este nuevo Don Quijote que ha salido, que pintó ó escribió

lo que saliere, ó habrá sido como un poeta que andaba los años pasados

en la Corte, llamado Monleón, el cual respondía de repente á cuanto

le preguntaban. Y preguntándole uno qué quería decir _Deum de Deo_,

respondió: "Dé donde diere."

90. El mismo Don Quijote, hablando en otra ocasión con don Álvaro

Tarfe (que en la historia del aragonés hace mucho papel), tuvo este

coloquio[127]: "Dígame vuesa merced, señor don Álvaro: ¿parezco

yo en algo á ese tal Don Quijote que vuesa merced dice?" "No, por

cierto--respondió el huésped--; en ninguna manera." "¿Y ese Don

Quijote--dijo el maestro--traía consigo á un escudero llamado Sancho

Panza?" "Sí traía--respondió don Álvaro--, y aunque tenía fama de muy

gracioso, nunca le oí decir gracia que la tuviese." "Eso creo yo muy

bien--dijo á esta sazón Sancho--, porque el decir gracias no es para

todos, y ese Sancho que vuesa merced dice, señor gentilhombre, debe

de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el

verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas, y si

no, haga vuesa merced la experiencia y ándese tras de mí, por lo menos,

un año, y verá que se me caen á cada paso, y tales y tantas que, sin

saber yo las más veces lo que me digo, hago reir á cuantos me escuchan;

y el verdadero Don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el

discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos

y huérfanos, el amparo de las viudas, el mantenedor de las doncellas,

el que tiene por única señora á la sin par Dulcinea del Toboso, es

este señor que está presente, que es mi amo. Todo cualquier otro Don

Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño."

"Por Dios, que lo creo--respondió don Álvaro--; porque más gracias

habéis dicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el

otro Sancho Panza en cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas; más

tenía de comilón que de bienhablado, y más de tonto que de gracioso.

Y tengo por sin duda que los encantadores que persiguen á Don Quijote

el bueno han querido perseguirme á mí con Don Quijote el malo; pero no

sé qué me diga, que osaré yo jurar, que le dejo metido en la casa del

Nuncio, en Toledo, para que le curen[128], y ahora remanece aquí otro

Don Quijote, aunque bien diferente del mío." "Yo--dijo Don Quijote--no

sé si soy bueno; pero sé decir que no soy el malo, para prueba de lo

cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don Álvaro Tarfe, que en

todos los días de mi vida he estado en Zaragoza; antes, por haberme

dicho que Don Quijote fantástico se había hallado en las justas de

esa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar á las barbas del

mundo su mentira. Y así me pasé de claro á Barcelona, archivo de la

cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria

de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de

firmes amistades, y en sitio y en belleza única. Y aunque los sucesos

que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha

pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto. Finalmente,

señor don Álvaro Tarfe, yo soy Don Quijote de la Mancha, el mismo que

dice la fama, y no ese desventurado, que ha querido usurpar mi nombre

y honrarse con mis pensamientos. Á vuesa merced suplico, por lo que

debe á ser caballero, sea servido de hacer una declaración ante el

alcalde de este lugar de que vuesa merced no me ha visto en todos los

días de su vida hasta ahora y de que yo no soy el Don Quijote impreso

en la segunda parte[129], ni este Sancho Panza, mi escudero, es aquél

que vuesa merced conoció." "Eso haré yo de muy buena gana--respondió

don Álvaro--, puesto que causa admiración ver dos Don Quijotes y dos

Sanchos á un mismo tiempo, tan conformes en los nombres como diferentes

en las acciones. Y vuelvo á decir, y me afirmo, que no he visto lo

que he visto ni ha pasado por mí lo que ha pasado..." Entró acaso el

alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante el cual alcalde

pidió Don Quijote por una petición, de que á su derecho convenía,

de que don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente,

y que no era aquél que andaba impreso en una historia intitulada

_Segunda parte de Don Quijote de la Mancha_, compuesta por un tal de

"Avellaneda", natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde proveyó

jurídicamente. La declaración se hizo con todas las fuerzas que en

tales casos debían hacerse, con lo que quedaron Don Quijote y Sancho

muy alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no

mostrara claro la diferencia de los dos Don Quijotes y la de los dos

Sanchos sus obras y sus palabras. Muchas cortesías y ofrecimientos

pasaron entre don Álvaro y Don Quijote, en las cuales mostró el gran

manchego su discreción, de modo que desengañó á don Álvaro Tarfe del

error en que estaba, el cual se dió á entender que debía de estar

encantado, pues tocaba con la mano dos tan contrarios Don Quijotes.

91. Últimamente, el mismo Don Quijote de la Mancha, ó, por mejor decir,

Alonso Quijano el bueno, restituído ya á su entero juicio, en una de

las cláusulas de su testamento ordenó lo siguiente[130]: "Iten suplico

á los dichos señores mis albaceas (el señor cura Pero Pérez y el señor

bachiller Sansón Carrasco estaban presentes), que si la buena suerte

los trajere á conocer al autor que dicen que compuso una historia que

anda por ahí con el título de _Segunda parte de las hazañas de Don

Quijote de la Mancha_, de mi parte le pidan cuan encarecidamente ser

pueda, perdone la ocasión que, sin yo pensarlo, le di de haber escrito

tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto de

esta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos."

Vida de Cervantes · 第 5 / 12 段