también hizo Cervantes un soneto. Imprimióse este libro con este
título: "_Espejo de príncipes y caballeros, en el cual en tres
libros se cuentan los inmortales hechos del caballero Febo y de su
hermano Rosicler, hijos del grande emperador Trebacio, con las altas
caballerías y muy extraños amores de la muy hermosa y extremada_
_princesa Claridiana, y de otros altos príncipes y caballeros, por
Diego Ortúñez de Calahorra, de la ciudad de Nájera_." Salió el _Espejo
de príncipes_ en dos tomos en folio, que contienen la primera y segunda
parte, en Zaragoza, año 1581, su autor Pedro la Sierra. Después Marco
Martínez de Alcalá continuó dichas fábulas con este título: _Tercera
parte del Espejo de príncipes y caballeros, hechos de las hijas y
nietos del emperador Trebacio. En Alcalá, año 1589_. Y Feliciano de
Silva escribió después: _La cuarta parte del Caballero del Febo_.
Sabidos estos títulos, se entenderá mejor el soneto del Caballero del
Febo á Don Quijote de la Mancha, y se podrá aplicar la crítica que hizo
el cura, cuando tomando el barbero un libro, dijo[114]: "Éste es espejo
de caballerías." "Ya conozco á su merced--dijo el cura--. Ahí anda el
señor Reinaldos de Montalván, con sus amigos y compañeros, más ladrones
que Caco; y los doce Pares, con el verdadero historiador Turpín. Y
en verdad que estoy por condenarlos no más que á destierro perpetuo,
siquiera porque tienen parte de la invención del famoso Mateo Boyardo,
de donde también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto."
Del estilo de Feliciano de Silva hizo gran burla Cervantes en otra
parte[115].
82. De la misma suerte que los caballeros andantes cedieron á Don
Quijote de la Mancha, fueron también inferiores sus damas á Dulcinea
del Toboso. Y esto significan los versos quebrados de Urganda la
Desconocida, y el soneto de la señora Oriana á Dulcinea del Toboso.
Damas que hacen mucho papel en la historia de Amadís de Gaula. Fuera
de que esto también alude á que en tiempo de Cervantes dieron los
escritores en la ridícula manía de hacer sonetos en nombre de mujeres,
para que, puestos éstos al principio de sus obras, fuesen aquéllas
tenidas por poetisas y ellos se tuviesen por favorecidos de ellas.
83. El soneto de Gandalín á Sancho Panza, quiere decir que ningún
escudero hubo como Sancho Panza. Y las décimas del poeta entreverado
y el diálogo entre _Babieca_ y _Rocinante_, que no hubo caballo tan
célebre como _Rocinante_, pues[116] "aunque tenía más cuartos que un
real, y más tachas que el caballo de Gonela, que _tantum pellis et ossa
fuit_, le pareció que ni el _Bucéfalo_ de Alejandro, ni _Babieca_ el
del Cid, con él se igualaban".
84. En lo que toca, pues, al cargo que el aragonés hizo á Cervantes
de que no tenía de quién valerse para autorizar con varios sonetos
la entrada de su libro, no tenía Cervantes satisfacción alguna que
añadir; pues de lo mismo que el otro echaba de menos, había hecho ya
tanta burla, no sólo en el prólogo de _Don Quijote_, sino también en
el de sus novelas; pues hablando de aquel abuso, y del amigo en cuya
cabeza introdujo los discretísimos consejos, que el mismo Cervantes
tan diestra y felizmente practicó; después de haberse pintado en lo
exterior é interior, según el cuerpo, digo, y el ánimo, añadió: "Y
cuando á la (memoria) de este amigo de quien me quejo, no ocurrieran
otras cosas de las dichas, que decir de mí, yo me levantara á mí
mismo dos docenas de testimonios y se los dijera en secreto, con que
extendiera mi nombre y acreditara mi ingenio; porque pensar que dicen
puntualmente la verdad los tales elogios, es disparate, por no tener
punto preciso ni determinado las alabanzas ni los vituperios. En fin,
pues ya esta ocasión se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura,
será forzoso valerme por mi pico, que, aunque tartamudo, no lo será
para decir verdades, que dichas por señas suelen ser entendidas."
Después prosigue diciendo lo que sentía de sus propias novelas, sin
hablar, como dicen, por boca de ganso.
85. Á lo que dijo el maldiciente de que Cervantes había escrito su
primera parte de _Don Quijote_ entre los hierros de una cárcel, y
que por eso había cometido tantos. Sobre su encarcelamiento no quiso
responder. Quizá por no ofender á los ministros de justicia; porque,
ciertamente, su prisión no sería ignominiosa; pues el mismo Cervantes,
voluntariamente, la refirió en el principio del prólogo de su primer
tomo. En lo que toca á sus descuidos, yo no niego que Cervantes haya
tenido algunos, los cuales tengo observados; pero como el aragonés
no los especificó, no era razón que satisfaciéndole Cervantes, le
atribuyese la gloria de una justa ó razonable censura. Y así la
confesión de los propios descuidos ó defensa de los que los críticos de
aquel tiempo censuraron como tales, se reserva para la debida ocasión;
y la censura de otros, que se pudieran hacer reparables, se omite por
la reverencia que se debe á la buena memoria de tan gran varón.
86. En lo que Miguel de Cervantes cargó más la mano á su injuriador,
fué en la reprensión de su atrevimiento; pues lo fué, y muy grande,
continuar una obra de pura invención, siendo ajena y viviendo el
autor. Por eso dice al lector: "Si por ventura llegares á conocerle,
dile de mi parte que no me tengo por agraviado, que bien sé lo que
son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle á un
hombre en el entendimiento que puede componer é imprimir un libro,
con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros cuanta fama. Y
para confirmación de esto, quiero que con tu buen donaire y gracia le
cuentes este cuento." Prosigue Cervantes contando el cuento, y después
otro, con tan satírica gracia que no cabe más.
87. Pareciéndole á Cervantes que el atrevimiento del aragonés pedía
mayor castigo, para hacerle más ridículo, en varias partes del
cuerpo de su obra entremezcló algunas censuras de aquella perversa
continuación, las cuales es razón que aquí se lean juntas, para que
otros no caigan en tentación semejante.
88. En el capítulo LIX del segundo tomo, suponiendo que unos pasajeros
estaban leyendo en un mesón la _continuación_ del aragonés, introduce
á un tal don Juan, diciendo así: "Por vida de vuesa merced, señor don
Jerónimo, que en tanto nos traen la cena, leamos otro capítulo de la
segunda parte de _Don Quijote de la Mancha_." Apenas oyó su nombre Don
Quijote (el cual estaba en el aposento inmediato, dividido del otro con
un sutil tabique), cuando se puso en pie, y con oído alerta escuchó lo
que de él trataban, y oyó, que el tal don Jerónimo referido respondió:
"¿Para qué quiere vuesa merced, señor don Juan, que leamos estos
disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de
Don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer
esta segunda?" "Con todo eso--dijo el don Juan--será bien leerla, pues
no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que á mí en
éste más me desplace es que pinta á Don Quijote ya desenamorado de
Dulcinea del Toboso." Oyendo lo cual, Don Quijote, lleno de ira y de
sospecho, alzó la voz y dijo: "Quienquiera que dijere que Don Quijote
de la Mancha ha olvidado ni puede olvidar á Dulcinea del Toboso, yo
le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad;
porque la sin par Dulcinea del Toboso, ni puede ser olvidada, ni en
Don Quijote puede caber olvido. Su blasón es la firmeza y su profesión
el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna." "¿Quién es
el que nos responde?", respondieron del otro aposento. "¿Quién ha de
ser--respondió Sancho--sino el mismo Don Quijote de la Mancha, que
hará bueno cuanto ha dicho y aun cuanto dijere?, que al buen pagador
no le duelen prendas." Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron
por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parecían, y
uno dellos, echando los brazos al cuello de Don Quijote, le dijo: "Ni
vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre
puede no acreditar vuestra presencia. Sin duda, vos, señor, sois el
verdadero Don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante
caballería, á despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro
nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor de
este libro que aquí os entrego." Y poniéndole un libro en las manos,
que traía su compañero, le tomó Don Quijote, y sin responder palabra
comenzó á hojearle, y de allí á un poco se le volvió, diciendo: "En
esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de
reprensión. La primera, es algunas palabras que he leído en el prólogo;
las otras, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin
artículos; y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que
yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia,
porque aquí dice[117] que la mujer de Sancho Panza, mi escudero, se
llama Mari Gutiérrez, y no se llama tal, sino Teresa Panza. Y quien
en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerre en
todas las demás de la historia." Á esto dijo Sancho: "Donosa cosa de
historiador por cierto; bien debe de estar en el cuento de nuestros
sucesos, pues llama á Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez; torne á
tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí, y si me ha mudado el
nombre." "Por lo que os he oído hablar, amigo--dijo don Jerónimo--, sin
duda debéis de ser Sancho Panza, el escudero del señor Don Quijote."
"Sí soy--respondió Sancho--, y me precio de ello." "Pues á fe--dijo
el caballero--que no os trata este autor moderno con la limpieza que
en vuestra persona se muestra; píntaos comedor y simple, y no nada
gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia
de vuestro amo se describe." "Dios se lo perdone--dijo Sancho--;
dejárame en mi rincón sin acordarse de mí, porque quien las sabe las
tañe, y bien se está San Pedro en Roma." Los dos caballeros pidieron á
Don Quijote se pasase á su estancia á cenar con ellos, que bien sabían
que en aquella venta no había cosas pertenecientes para su persona. Don
Quijote, que siempre fué comedido[118], condescendió con su demanda,
y cenó con ellos; quedóse Sancho con la olla, con mero mixto imperio.
Sentóse en cabecera de mesa, y con él el ventero, que no menos que
Sancho estaba de sus manos y de sus uñas aficionado. En el discurso de
la cena preguntó don Juan á Don Quijote qué nuevas tenía de la señora
Dulcinea del Toboso; si se había casado, si estaba parida ó preñada, ó
si estando en su entereza se acordaba, guardando su honestidad y buen
decoro, de los amorosos pensamientos del señor Don Quijote. Á lo que
él respondió: "Dulcinea se está entera, y mis pensamientos más firmes
que nunca; las correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura,
en la de una soez labradora transformada"; y luego les fué contando
punto por punto el encanto de la señora Dulcinea, y lo que le había
sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el sabio Merlín le
había dado para desencantarla, que fué la de los azotes de Sancho. Sumo
fué el contento que los dos caballeros recibieron de oir contar á Don
Quijote los extraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados
de sus disparates, como del elegante modo con que los contaba. Aquí le
tenían por discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber
determinarse qué grado le darían entre la discreción y la locura.
Acabó de cenar Sancho, y dejando hecho equis al ventero, se pasó á la
estancia de su amo, y en entrando, dijo: "Que me maten, señores, si el
autor de este libro que vuesas mercedes tienen quiere que no comamos
buenas migas juntos; yo querría, que ya que me llama comilón, como
vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho." "Sí llama--dijo
don Jerónimo--; pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé que son
malsonantes las razones, y además mentirosas, según yo echo de ver
en la fisonomía del buen Sancho que está presente." "Créanme vuesas
mercedes--dijo Sancho--que el Sancho y el Don Quijote de esa historia
deben de ser otros que los que andan en aquélla que compuso Cide Hamete
Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado,
y yo, simple, gracioso y no comedor ni borracho." "Yo así lo creo--dijo
don Juan--, y si fuera posible, se había de mandar que ninguno fuera
osado á tratar de las cosas del gran Don Quijote si no fuese Cide
Hamete su primer autor[119]. Bien así como mandó Alejandro que ninguno
fuese osado á retratarle sino Apeles." "Retráteme el que quisiere--dijo
Don Quijote--, pero no me maltrate; que muchas veces suele caerse
la paciencia cuando la cargan de injurias"[120]. "Ninguna--dijo don
Juan--se le puede hacer al señor Don Quijote, de quien él no se puede
vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que á mi parecer,
es fuerte y grande." En éstas y otras pláticas se pasó gran parte
de la noche; y aunque don Juan quisiera que Don Quijote leyera más
del libro, por ver lo que discantaba, no lo pudieron acabar con él,
diciendo que él lo daba por leído, y lo confirmaba por todo necio, y
que no quería, si acaso llegase á noticia de su autor, que le había
tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído, pues de
las cosas obscenas y torpes[121], los pensamientos se han de apartar,
cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde llevaba determinado
su viaje. Respondió que á Zaragoza, á hallarse en las justas del
arnés, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años. Díjole
don Juan que aquella nueva historia contaba[122] cómo Don Quijote,
sea quien se quisiere, se había hallado en ella en una sortija, falta
de invención, pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de
simplicidades. "Por el mismo caso--respondió Don Quijote--no pondré los
pies en Zaragoza, y así sacaré á la plaza del mundo la mentira de ese
historiador moderno, y echarán de ver las gentes cómo yo no soy el
Don Quijote que él dice." "Hará muy bien--dijo don Jerónimo--, y otras
justas hay en Barcelona, donde podrá el señor Don Quijote mostrar su
valor." "Así lo pienso hacer--dijo Don Quijote--, y vuesas mercedes me
den licencia, pues ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan
en el número de sus mayores amigos y servidores." "Y á mí también--dijo
Sancho--, quizá seré bueno para algo." Con esto se despidieron, y Don
Quijote y Sancho se retiraron á su aposento, dejando á don Juan y á don
Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y
de su locura, y verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos
Don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés."
¡Admirable crítica! Uno de los preceptos de la fábula es, ó seguir la
fama ó fingir las cosas de manera que convengan entre sí. Cervantes
había figurado á Don Quijote como caballero andante, valiente, discreto
y enamorado; y esa fama tenía cuando el llamado Fernández de Avellaneda
se puso á continuar su historia; y en ella le pinta cobarde, necio y
desenamorado. La dama de Don Quijote, como decía la duquesa[123], era
"una dama fantástica (dama, en fin, de loco) que Don Quijote engendró
y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias
y perfecciones que quiso...: hermosa sin tacha, grave sin soberbia,
amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada;
y finalmente, alta por linaje". Fernández de Avellaneda la pintó muy
al contrario. Cervantes ideó á Sancho Panza simple, gracioso y no
comedor ni borracho. Fernández de Avellaneda, simple sí, pero no nada
gracioso, comedor y borracho. Y así, ni siguió la fama, ni fingió con
uniformidad. Con razón, pues, hablando Altisidora de una visión que
tuvo (que las mujeres son las que ordinariamente fingen las visiones),
dijo[124] que vió unos diablos que jugaban á la pelota con unas palas
de fuego, sirviéndoles de pelotas libros, al parecer, llenos de viento
y de borra; de suerte que al primer boleo no quedaba pelota en pie,
ni de provecho para servir otra vez, y así menudeaban libros nuevos
y viejos, que era una maravilla. "Á uno de ellos, nuevo, flamante y
bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron las tripas
y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo á otro: "¿Mirad qué libro
es ese?" Y el diablo le respondió: "Esta es la segunda parte de la
historia de Don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete,
su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de
Tordesillas." "Quitádmele de ahí--respondió el otro diablo--y metedle
en los abismos del infierno, no le vean más mis ojos." "¿Tan malo es?",
respondió el otro. "Tan malo--replicó el primero--, que si de propósito
yo mismo me pusiera á hacerle peor, no acertara." Y poco después añade
Don Quijote: "Esa historia anda por acá de mano en mano, pero no para
en ninguna, porque todos la dan del pie." De cuyas palabras se colige
que luego que salió á luz empezó á despreciarse. Y como Cervantes finge
que los diablos jugaban á la pelota con unas palas de fuego, de ahí
debieron tomar algunos ocasión de adelantarse á decir[125] que los
amigos de Cervantes quemaban los libros del mal continuador, lo cual se
dice voluntariamente, porque no tenía Cervantes amigos que tan á costa
suya quisiesen favorecerle.
89. Como quiera que sea, oigamos lo que sobre el mismo libro dicen
Sancho y Don Quijote[126]: "Yo apostaré--dijo Sancho--que antes de
mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni mesón, ó tienda de
barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas; pero
quería yo que la pintasen manos de otro mejor pintor que el que ha
pintado á éstas." "Tienes razón, Sancho--dijo Don Quijote--, porque
este pintor es como Orbaneja, un pintor que estaba en Úbeda, que
cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: "Lo que saliere." Y si
por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: Éste es gallo", por
que no pensasen que era zorra. De esta manera me parece á mí, Sancho,
que debe ser el pintor ó escritor, que todo es uno, que sacó á luz la
historia de este nuevo Don Quijote que ha salido, que pintó ó escribió
lo que saliere, ó habrá sido como un poeta que andaba los años pasados
en la Corte, llamado Monleón, el cual respondía de repente á cuanto
le preguntaban. Y preguntándole uno qué quería decir _Deum de Deo_,
respondió: "Dé donde diere."
90. El mismo Don Quijote, hablando en otra ocasión con don Álvaro
Tarfe (que en la historia del aragonés hace mucho papel), tuvo este
coloquio[127]: "Dígame vuesa merced, señor don Álvaro: ¿parezco
yo en algo á ese tal Don Quijote que vuesa merced dice?" "No, por
cierto--respondió el huésped--; en ninguna manera." "¿Y ese Don
Quijote--dijo el maestro--traía consigo á un escudero llamado Sancho
Panza?" "Sí traía--respondió don Álvaro--, y aunque tenía fama de muy
gracioso, nunca le oí decir gracia que la tuviese." "Eso creo yo muy
bien--dijo á esta sazón Sancho--, porque el decir gracias no es para
todos, y ese Sancho que vuesa merced dice, señor gentilhombre, debe
de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el
verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas, y si
no, haga vuesa merced la experiencia y ándese tras de mí, por lo menos,
un año, y verá que se me caen á cada paso, y tales y tantas que, sin
saber yo las más veces lo que me digo, hago reir á cuantos me escuchan;
y el verdadero Don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el
discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos
y huérfanos, el amparo de las viudas, el mantenedor de las doncellas,
el que tiene por única señora á la sin par Dulcinea del Toboso, es
este señor que está presente, que es mi amo. Todo cualquier otro Don
Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño."
"Por Dios, que lo creo--respondió don Álvaro--; porque más gracias
habéis dicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el
otro Sancho Panza en cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas; más
tenía de comilón que de bienhablado, y más de tonto que de gracioso.
Y tengo por sin duda que los encantadores que persiguen á Don Quijote
el bueno han querido perseguirme á mí con Don Quijote el malo; pero no
sé qué me diga, que osaré yo jurar, que le dejo metido en la casa del
Nuncio, en Toledo, para que le curen[128], y ahora remanece aquí otro
Don Quijote, aunque bien diferente del mío." "Yo--dijo Don Quijote--no
sé si soy bueno; pero sé decir que no soy el malo, para prueba de lo
cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don Álvaro Tarfe, que en
todos los días de mi vida he estado en Zaragoza; antes, por haberme
dicho que Don Quijote fantástico se había hallado en las justas de
esa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar á las barbas del
mundo su mentira. Y así me pasé de claro á Barcelona, archivo de la
cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria
de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de
firmes amistades, y en sitio y en belleza única. Y aunque los sucesos
que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha
pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto. Finalmente,
señor don Álvaro Tarfe, yo soy Don Quijote de la Mancha, el mismo que
dice la fama, y no ese desventurado, que ha querido usurpar mi nombre
y honrarse con mis pensamientos. Á vuesa merced suplico, por lo que
debe á ser caballero, sea servido de hacer una declaración ante el
alcalde de este lugar de que vuesa merced no me ha visto en todos los
días de su vida hasta ahora y de que yo no soy el Don Quijote impreso
en la segunda parte[129], ni este Sancho Panza, mi escudero, es aquél
que vuesa merced conoció." "Eso haré yo de muy buena gana--respondió
don Álvaro--, puesto que causa admiración ver dos Don Quijotes y dos
Sanchos á un mismo tiempo, tan conformes en los nombres como diferentes
en las acciones. Y vuelvo á decir, y me afirmo, que no he visto lo
que he visto ni ha pasado por mí lo que ha pasado..." Entró acaso el
alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante el cual alcalde
pidió Don Quijote por una petición, de que á su derecho convenía,
de que don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente,
y que no era aquél que andaba impreso en una historia intitulada
_Segunda parte de Don Quijote de la Mancha_, compuesta por un tal de
"Avellaneda", natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde proveyó
jurídicamente. La declaración se hizo con todas las fuerzas que en
tales casos debían hacerse, con lo que quedaron Don Quijote y Sancho
muy alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no
mostrara claro la diferencia de los dos Don Quijotes y la de los dos
Sanchos sus obras y sus palabras. Muchas cortesías y ofrecimientos
pasaron entre don Álvaro y Don Quijote, en las cuales mostró el gran
manchego su discreción, de modo que desengañó á don Álvaro Tarfe del
error en que estaba, el cual se dió á entender que debía de estar
encantado, pues tocaba con la mano dos tan contrarios Don Quijotes.
91. Últimamente, el mismo Don Quijote de la Mancha, ó, por mejor decir,
Alonso Quijano el bueno, restituído ya á su entero juicio, en una de
las cláusulas de su testamento ordenó lo siguiente[130]: "Iten suplico
á los dichos señores mis albaceas (el señor cura Pero Pérez y el señor
bachiller Sansón Carrasco estaban presentes), que si la buena suerte
los trajere á conocer al autor que dicen que compuso una historia que
anda por ahí con el título de _Segunda parte de las hazañas de Don
Quijote de la Mancha_, de mi parte le pidan cuan encarecidamente ser
pueda, perdone la ocasión que, sin yo pensarlo, le di de haber escrito
tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto de
esta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos."