Mándanme ingenios nobles, flor de España,

Que un arte de comedias os escriba

Que al estilo del vulgo se reciba.

Fácil parece este sujeto, y fácil

Fuera para cualquiera de vosotros,

Que ha escrito menos de ellos, y más sabe

Del arte de escribirlas, y de todo:

Que lo que á mí me daña en esta parte,

Es haberlas escrito sin el arte.

No porque yo ignorase los preceptos,

Gracias á Dios, que ya tirón gramático

Pasé los libros que trataban desto.

Antes que hubiese visto al sol diez veces

Discurrir desde el Aries á los Peces.

Mas porque en fin hallé que las comedias

Estaban en España en aquel tiempo,

No como sus primeros inventores

Pensaron que en el mundo se escribieran,

Mas como las trataron muchos bárbaros,

Que enseñaron al vulgo á sus rudezas.

Y así se introdujeron de tal modo,

Que quien con arte agora escribe,

Muere sin fama y galardón; que puede

Entre los que carecen de su lumbre,

Más que razón y fuerza, la costumbre.

Verdad es que yo he escrito algunas veces

Siguiendo el arte, que conocen pocos;

Mas luego que salir por otra parte

Veo los monstruos de apariencias llenos,

Adonde acude el vulgo y las mujeres

Que este triste ejercicio canonizan:

Á aquel hábito bárbaro me vuelvo,

Y cuando he de escribir una comedia,

Encierro los preceptos con seis llaves,

Saco á Terencio y Plauto de mi estudio

Para que no me den voces; que suele

Dar gritos la verdad en libros muchos.

Y escribo por el arte que inventaron

Los que el vulgar aplauso pretendieron;

Porque, como las paga el vulgo, es justo

Hablarle en necio para darle gusto.

Más adelante, dice:

Creed que ha sido fuerza que os trujese

Á la memoria algunas cosas destas,

Porque veáis que me pedís que escriba

Arte de hacer comedias en España,

Donde cuanto se escribe es contra el arte,

Y qué decir cómo serán agora,

Contra el antiguo, y que en razón se funda,

Es pedir parecer á mi experiencia,

No al arte, porque el arte verdad dice,

Que el ignorante vulgo contradice.

Lo mismo confiesa poco después:

Mas pues del arte vamos tan remotos,

Y en España le hacemos mil agravios,

Cierren los doctos esta vez los labios.

Y éste mismo, que por los más juiciosos y leídos es tenido por príncipe

de la cómica española (porque don Pedro Calderón de la Barca, ni en la

invención ni en el estilo es comparable con él), concluye su arte de

este modo:

Mas ninguno de todos llamar pudo

Más bárbaro que yo, pues contra el arte

Me atrevo á dar preceptos, y me dejo

Llevar de la vulgar corriente adonde

Me llamen ignorante Italia y Francia.

¿Pero qué puedo hacer, si tengo escritas,

Con una que he acabado esta semana,

Cuatrocientas y ochenta y tres comedias?[93]

Porque fuera de seis, las demás todas

Pecaron contra el arte gravemente.

Sustento, en fin, lo que escribí, y conozco

Que, aunque fueran mejor de otra manera,

No tuvieran el gusto que han tenido;

Porque á veces lo que es contra lo justo

Por la misma razón deleita el gusto.

71. Tenemos reo confeso á Lope de Vega antes del año 1602, pues en él

se imprimió este arte, si merece tal nombre un razonamiento académico

tan contrario á él. Reflexionemos ahora cuán justa y cuán moderada fué

la censura de Cervantes dirigida á los malos cómicos de su tiempo, no

á Lope de Vega, de quien hizo el debido aprecio, contentándose sólo

con reprender (sin nombrarle) lo mismo que él públicamente había

confesado. El discurso de Cervantes, en mi juicio, es el más feliz

que escribió; y así débame el lector que le repita el gusto de volver

á leerlo. Supongo que Miguel de Cervantes Saavedra se revistió de la

persona de un canónigo de Toledo, y en nombre de éste habló de esta

suerte con el célebre cura Pero Pérez[94]: "He tenido cierta tentación

de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que

he significado; y, si he de confesar la verdad, tengo escritas más

de cien hojas, y para hacer la experiencia de si correspondían á mi

estimación, las he comunicado con hombres apasionados de esta leyenda,

doctos y discretos, y con otros ignorantes, que sólo atienden al gusto

_de oir disparates_, y de todos he hallado una agradable aprobación.

Pero con todo esto no he proseguido adelante, así por parecerme que

hago cosa ajena de mi profesión, como por ver que es más el número

de los simples que de los prudentes; y que puesto que es mejor ser

loado de los pocos sabios, que burlado de los muchos necios, no quiero

sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo, á quien por la

mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que más me lo quitó

de las manos, y aun del pensamiento de acabarle, fué un argumento que

hice conmigo mismo, sacado de las comedias que ahora se representan,

diciendo: "Si éstas que ahora se usan, así las imaginadas como las

de historia, todas ó las más son conocidos disparates y cosas que no

llevan pies ni cabeza; y con todo eso el vulgo las oye con gusto, y

las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y

los autores que las componen[95] y los actores que las representan

dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo y no de otra

manera; y que las que llevan traza y siguen la fábula, como el arte

pide, no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos

los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que á ellos

les está mejor ganar de comer con los muchos, que no opinión con los

pocos; de este modo vendrá á ser un libro, al cabo de haberme quemado

las cejas, por guardar los preceptos referidos; y vendré á ser el

sastre del Campillo. Y aunque algunas veces he procurado persuadir á

los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, y que más

gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que haga el

arte que no con las disparatadas. Están tan asidos y encorporados en su

parecer, que no hay razón ni evidencia que de él los saque. Acuérdome

que un día dije á uno de estos pertinaces: "Decidme: ¿no os acordáis

que ha pocos años que se representaron en España tres tragedias, que

compuso un famoso poeta de estos reinos, las cuales fueron tales que

admiraron, alegraron y suspendieron á todos cuantos las oyeron, así

simples como prudentes, así del vulgo como de los escogidos, y dieron

más dinero á los representantes ellas tres solas que treinta de las

mejores que después acá se han hecho?" "Sin duda--respondió el autor

que digo--que debe de decir V. M. por _La Isabela_, _La Filis_ y _La

Alejandra_." "Por esas digo--le repliqué yo--; y mirad si guardaban

bien los preceptos del arte, y si por guardarlos dejaron de parecer lo

que eran y de agradar á todo el mundo. Así que no está la falta en el

vulgo que pide disparates, sino en aquéllos que no saben representar

otra cosa. Sí; que no fué disparate _La ingratitud vengada_, ni le

tuvo _La Numancia_, ni se halló en la del _Mercader amante_, ni menos

en _La enemiga favorable_[96], ni en otras algunas, que de algunos

entendidos poetas han sido compuestas para fama y renombre suyo, y

para ganancia de los que las han representado." Y otras cosas añadí á

éstas con que á mi parecer le dejé algo confuso; pero no satisfecho ni

convencido para sacarle de su errado pensamiento. "En materia ha tocado

V. M., señor canónigo--dijo á esta sazón el cura--, que ha despertado

en mí un antiguo rencor que tengo con las comedias que ahora se usan,

tal, que iguala al que tengo con los libros de caballerías; porque

habiendo de ser la comedia, según le parece á Tulio, espejo de la

vida humana, ejemplo de las costumbres é imagen de la verdad, las que

ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de necedades

é imágenes de lascivia. Porque ¿qué mayor disparate puede ser en el

sujeto que tratamos, que salir un niño en mantillas en la primera

escena del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado?

Y ¿qué mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un

lacayo retórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa

fregona? ¿Qué diré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos

en que pueden ó podían suceder las acciones que representan, sino que

he visto comedia que la primera jornada comenzó en Europa, la segunda

en Asia, la tercera se acabó en África, y aun si fuera de cuatro

jornadas, la cuarta acabara en América, y así se hubiera hecho en todas

las cuatro partes del mundo? Y si es que la imitación es lo principal

que ha de tener la comedia, ¿cómo es posible que satisfaga á ningún

mediano entendimiento, que fingiendo una acción que pasa en tiempo

del rey Pepino y Carlomagno, al mismo que en ella hace la persona

principal le atribuyan que fué el emperador Eraclio, que entró con

la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa santa, como Godofredo de

Buillón, habiendo infinitos años de lo uno á lo otro, y fundándose la

comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia y mezclarle

pedazos de otras, sucedidas á diferentes personas y tiempos; y esto

no con trazas verosímiles, sino con patentes errores de todo punto

inexcusables? Y es lo malo, que hay ignorantes que digan que esto es

lo perfecto y que lo demás es buscar gollerías. ¿Pues qué si venimos á

las comedias divinas? ¿Qué de milagros falsos fingen en ellas? ¿Qué de

cosas apócrifas y mal entendidas, atribuyendo á un santo los milagros

de otro? Y aun en los humanos se atreven á hacer milagros, sin más

respeto ni consideración que parecerles que allí estará bien el tal

milagro y apariencia, como ellos llaman, para que gente ignorante se

admire y venga á la comedia; que todo esto es en perjuicio de la verdad

y en menoscabo de las historias, y aun en oprobio de los ingenios

españoles, porque los extranjeros, que con mucha puntualidad guardan

las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros é ignorantes, viendo

los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no sería bastante

disculpa de esto decir que el principal intento que las repúblicas bien

ordenadas tienen, permitiendo que se hagan públicas comedias, es para

entretener la comunidad con alguna honesta recreación y divertirla á

veces de los malos humores que suele engendrar la ociosidad, y que pues

esto se consigue con cualquier comedia buena ó mala, no hay para qué

poner leyes ni estrechar á los que las componen y representan á que

las hagan como debían hacerse; pues, como he dicho, con cualquiera se

consigue lo que con ellas se pretende. Á lo cual respondería yo, que

este fin se conseguiría mucho mejor, sin comparación alguna, con las

comedias buenas que no con las tales. Porque de haber oído la comedia

artificiosa y bien ordenada, saldría el oyente alegre con las burlas,

enseñado con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las

razones, advertido con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado

contra el vicio y enamorado de la virtud; que todos estos afectos

ha de despertar la buena comedia en el ánimo de quien la escuchare,

por rústico y torpe que sea. Y de toda imposibilidad es imposible

dejar de alegar y entretener, satisfacer y comentar la comedia, que

todas estas partes tuviere, mucho más que aquélla que careciere de

ellas: como por la mayor parte carecen éstas que de ordinario ahora

se representan. Y no tienen la culpa de esto los poetas que las

componen, porque algunos hay de ellos que conocen muy bien en lo que

yerran[97], y saben extremadamente lo que deben hacer. Pero como las

comedias se han hecho mercadería vendible, dicen[98], y dicen verdad,

que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel

jaez. Y así el poeta procura acomodarse con lo que el representante,

que le ha de pagar su obra, le pide. Y que esto sea verdad, véase por

muchas é infinitas comedias que ha compuesto un felicísimo ingenio de

estos reinos[99], con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante

verso, con tan graves sentencias; finalmente, tan llenas de elocución

y alteza de estilo, que tiene lleno el mundo de su fama. Y por querer

acomodarse al gusto de los representantes, no han llegado todas, como

han llegado algunas, al punto de perfección que requieren[100]. Otros

las componen tan sin mirar lo que hacen, que después de representadas

tienen necesidad los recitantes de huirse y ausentarse, temerosos de

ser castigados, como lo han sido muchas veces por haber representado

cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de algunos linajes.

Y todos estos inconvenientes cesarían, y aun otros muchos más, que no

digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y discreta

que examinase todas las comedias antes que se representasen: no sólo

aquéllas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen

representar en España, sin la cual aprobación, sello y firma, ninguna

justicia en su lugar dejase representar comedia alguna; y de esta

manera los comediantes tendrían cuidado de enviar las comedias á la

Corte, y con seguridad podrían representarlas; y aquéllos que las

componen mirarían con más cuidado y estudio lo que hacían, temerosos

de haber de pasar sus obras por el riguroso examen de quien las

entiende. Y de esta manera se harían buenas comedias y se conseguiría

felicísimamente lo que en ellas se pretende, así el entretenimiento

del pueblo, como la opinión de los ingenios de España, el interés y

seguridad de los recitantes, y el ahorro del cuidado de castigarlos. Y

si se diese cargo á otro, ó á este mismo, que examinase los libros de

caballerías que de nuevo se compusiesen, sin duda podrían salir algunos

con la perfección que vuestra merced ha dicho, enriqueciendo nuestra

lengua del agradable y precioso tesoro de la elocuencia, dando ocasión

á que los libros viejos se oscureciesen á la luz de los nuevos que

saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los ociosos, sino de

los más ocupados. Pues no es posible que esté continuo el arco armado,

ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sin alguna lícita

recreación."

72. ¡Son acaso más graves, más discretos y agradables los _Diálogos_,

de Platón! ¡Fueron mejores sus deseos! ¿Pudo la censura de Cervantes

ser más justa y modesta? Ella fué tal en lo que toca á Lope de Vega,

que éste no se dió por ofendido; antes bien, cuando se le ofreció decir

algo de Cervantes, escribió con mucha estimación.

73. Pero el mal continuador de _Don Quijote_, como desfacedor de

agravios literarios, quiso enderezar el tuerto que imaginaba se había

hecho á Lope de Vega; y abroquelándose de la autoridad de éste, intentó

con ella reparar los golpes que le dió Cervantes, hiriéndole quizá

en alguna de las censuras particulares, á que aluden este coloquio

y la _Novela de los perros_, que puede muy bien llamarse "sátira

lucilio-horaciana", porque imitando á Lucilio y á Horacio, reprende

á muchísimos mordacísima pero ocultamente. Y siendo quizá uno de los

heridos el aragonés, en lugar de satisfacer con buenas razones á la

censura de Cervantes, como no las hallaba, ni aun aparentes, se valió

de su maledicencia. Pero bien se la castigó Cervantes, porque á lo

que le opuso de la vejez, manquedad y genio envidioso, le respondió

así[101]: "Lo que no he podido dejar de sentir, es que me note de

viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el

tiempo, que no pasase por mí, ó si mi manquedad hubiera nacido en

alguna taberna, sino en la más alta ocasión[102] que vieron los siglos

pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no

resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas á lo menos en

la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más

bien parece muerto en la batalla, que libre en la fuga. Y es esto en

mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible,

quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa, que sano

ahora de mis heridas, sin haberme hallado en ella. Las que el soldado

muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían á los

demás al cielo de la honra y al de desear la justa alabanza. Y hase de

advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento,

el cual suele mejorarse con los años. He sentido también que me llame

envidioso, y que, como á ignorante, me describa qué cosa sea la

envidia, que en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino

á la santa, á la noble y bien intencionada[103]. Y siendo esto así,

como lo es, no tengo yo de perseguir á ningún sacerdote, y más si tiene

por añadidura ser familiar del Santo Oficio. Y si él lo dijo por quien

parece que lo dijo (esto es, por Lope de Vega), engañóse de todo en

todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación

continua y virtuosa."

74. Que Miguel de Cervantes Saavedra no tuviese envidia á Lope de

Vega, se ve en las alabanzas que le dió antes y después del discurso

que hizo de las comedias, donde en persona del canónigo de Toledo le

censuró tan moderadamente como hemos visto. En el libro sexto de su

_Galatea_, en boca de la misma Calíope, dijo:

Muestra en un ingenio la experiencia,

Que en años verdes y en edad temprana

Hace su habitación ansí la ciencia,

Como en la edad madura, antigua y cana.

No entraré con alguno en competencia,

Que contradiga una verdad tan llana:

Y mas si acaso á sus oídos llega,

Que lo digo por vos, Lope de Vega.

Después, en el _Viaje del Parnaso_[104] habló del mismo con la mayor

estimación:

Llovió otra nube al gran Lope de Vega,

Poeta insigne, á cuyo verso ó prosa

Ninguno le aventaja, ni aun le llega.

Y aun después de la censura del aragonés, en la continuación de la

misma historia de Don Quijote, hablando de Angélica, dijo[105] que

"un famoso poeta andaluz (Luis Barahona de Soto) lloró y cantó sus

_lágrimas_, y otro famoso y único poeta castellano (Lope de Vega) cantó

su _hermosura_." Y en otra parte[106] aludió con mucha estimación á la

_Arcadia_, de Lope de Vega. La censura, pues, que de él hizo Cervantes

no nació de envidia, ya que le alabó tanto como el que más y sin medida

alguna, sino de su gran conocimiento, pues fué muy justa. Y la que hizo

de Cervantes el continuador tordesillesco fué hija de su maledicencia,

tan abominable como se ha visto.

75. De otra manera que Fernández de Avellaneda, habló Lope de Vega de

Miguel de Cervantes Saavedra, cuando después de haber sido censurado, y

aun después de la muerte de su censor, cantó y celebró así su gloriosa

manquedad[107]:

En la batalla donde el Rayo austrino,

Hijo inmortal del águila famosa,

Al rey del Asia en la campaña undosa.

La fortuna envidiosa

Hirió la mano de Miguel Cervantes:

Pero su ingenio en versos de diamantes

Los del plomo volvió con tanta gloria,

Que por dulces, sonoros y elegantes,

Dieron eternidad á su memoria:

Por que se diga que una mano herida

Pudo dar á su dueño eterna vida.

76. También castigó Cervantes la codicia de su detractor, haciendo

desprecio de sus amenazas, encomendando al lector este recado[108]:

"Dile también, que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar

la ganancia con su libro, no se me da un ardite; que acomodándome

al entremés famoso de la Perendenga, le respondo, que me viva el

Veinticuatro mi señor, y Cristo con todos. Viva el gran conde de Lemos,

cuya cristiandad y liberalidad bien conocida contra todos los golpes

de mi corta fortuna, me tiene en pie: y vívame la suma caridad del

ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas. (Sospecho que

porque Cervantes halló algún consuelo en la piedad de este prelado,

dijo su detractor[109] que se había acogido á la Iglesia y sagrado.) Y

siquiera no haya imprentas en el mundo; y siquiera se impriman contra

mí más libros que tienen letras las coplas de Mingo Revulgo. Estos

dos príncipes, sin que los solicite adulación mía, ni otro género de

aplauso, por su sola bondad han tomado á su cargo el hacerme merced y

favorecerme, en lo que me tengo por más dichoso y más rico que si la

fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La honra

puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar

á la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero como la virtud dé

alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y requisitos de la

estrecheza, viene á ser estimada de los altos y nobles espíritus, y por

el consiguiente favorecida. Y no le digas más."

77. Puede ser que alguno eche de menos la respuesta de Cervantes á

lo que dijo el maldiciente satírico, que se hallaba tan falto de

amigos, que si quisiese adornar sus libros con sonetos, no hallaría

título quizás en España que no se ofendiera de que tomara su nombre

en la boca. Á lo cual Cervantes no respondió palabra alguna, porque

ya no tenía qué añadir á lo que había dicho en boca de aquel amigo

suyo, introducido en su prólogo, como consejero del mismo Cervantes,

satirizando las costumbres de los escritores de su tiempo, con tanta

discreción como ésta[110]: "Lo primero en que reparáis de los sonetos,

epigramas ó elogios, que os faltan para el principio, y que sean de

personajes graves y de título, se puede remediar en que vos mismo

toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner

el nombre que quisiereis, ahijándolos al Preste Juan de las Indias ó al

emperador de Trapisonda, de quienes yo sé que hay noticia que fueron

famosos poetas; y cuando no lo hayan sido, y hubiere algunos pedantes

y bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren de esta verdad,

no se os dé dos maravedís, porque ya que os averigüen la mentira, no

os han de cortar la mano con que lo escribisteis." Había entonces en

España la ridícula costumbre de prevenir el ánimo de los lectores con

muchas alabanzas, la mayor parte de ellas fabricadas por sus mismos

autores; como sucede hoy en los que dan muchas juntas literarias, que

profesan la critica con poca seriedad, fiándose demasiadamente de

juicios ajenos, tal vez ignorantes y tal apasionados. Reprendió Lope de

Vega aquel abuso cuando dijo[111] que Apolo mandaba en un edicto varias

cosas:

Y que no propusiesen alabanzas

En censuras fingidas,

Con falsas esperanzas

De que serán creídas,

No sin risa escuchadas,

En su soberbia y vanidad fundadas.

78. Satirizando Cervantes á estos tales, y satisfaciendo al mismo

tiempo al deseo que tenía de ser alabado, puso al principio de su

historia de Don Quijote algunas composiciones poéticas en nombre, no de

grandes señores (porque en la república literaria no hay más grandes

señores que los que saben), sino de Urganda la Desconocida al libro

de Don Quijote de la Mancha; de Amadís de Gaula; de Don Belianís de

Grecia; de Orlando el Furioso; del Caballero del Febo y de Solisdán á

Don Quijote de la Mancha; de la señora Oriana á Dulcinea del Toboso; de

Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, á Sancho Panza, escudero de Don

Quijote; del donoso poeta entreverado, á Sancho Panza y _Rocinante_, y

últimamente un diálogo entre _Babieca_ y _Rocinante_, queriendo decir

con esto que su libro de Don Quijote de la Mancha era mejor que todos

los libros de caballerías, pues Don Quijote de la Mancha hizo ventaja

al célebre Amadís de Gaula, libro que, según la fama común y lo que

dijo Cervantes[112], "fué el primero de caballerías que se imprimió en

España, y todos los demás han tomado principio y origen de este.....

dogmatizador de una secta tan mala..... bien que es el mejor de todos

los libros que de este género se han compuesto".

79. También se aventajó Don Quijote al afamado Don Belianís de

Grecia. "Pues ese--replicó el cura (Pero Pérez, estando haciendo el

escrutinio con el barbero maese Nicolás)--, con la segunda, tercera

y cuarta parte, tienen necesidad de un poco de ruibarbo, para purgar

la demasiada cólera suya: y es menester quitarles todo aquello del

castillo de la fama y otras impertinencias de más importancia."

80. Ni son comparables con las graciosas locuras de Don Quijote de la

Mancha los desafueros de Orlando el Furioso, bien que de su autor dijo

el cura[113], que si hablara en su idioma, le pondría sobre su cabeza.

Vida de Cervantes · 第 4 / 12 段