más graves fuese tal! En él se ven bien distinguidos y apropiados los
géneros de hablar. Sólo se valió Cervantes de voces antiguas para
representar mejor las cosas antiguas. Son muy pocas las que introdujo
nuevamente, pidiéndolo la necesidad. Hizo ver que la lengua española
no necesita de mendigar voces extranjeras para explicarse cualquiera
en el trato común. En suma, el estilo de Cervantes en esta historia de
Don Quijote es puro, natural, bien colocado, suave y tan enmendado,
que en poquísimos escritores españoles se hallará tan exacto. De
suerte, que es uno de los mejores textos de la lengua española. Bien
satisfecho de esto estaba el mismo Cervantes, pues dirigiendo el tomo
segundo de la historia de Don Quijote al conde de Lemos, don Pedro
Fernández de Castro, con inimitable gracia, con la cual supo encubrir
las propias alabanzas, le dijo así: "Enviando á V. E. los días pasados
mis comedias, antes impresas que representadas, si bien me acuerdo
dije que Don Quijote quedaba calzadas las espuelas para ir á besar las
manos á V. E.; y ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en
camino, y si él allá llega, me parece que habré hecho algún servicio á
V. E., porque es mucha la priesa que de infinitas partes me dan á que
le envíe, para quitar el hamago y la náusea que ha causado otro Don
Quijote, que con nombre de segunda parte se ha disfrazado y corrido por
el orbe; y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador
de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una
carta con un propio, pidiéndome, ó por mejor decir, suplicándome se
le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese en lengua
castellana, y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia
de Don Quijote; juntamente con esto me decía que fuese yo á ser el
rector del tal colegio. Preguntéle al portador si su majestad le había
dado para mí alguna ayuda de costa. Respondióme que ni por pensamiento.
Pues, hermano, le respondí yo: vos os podéis volver á vuestra China á
las diez, ó á las veinte, ó á las que venís despachado, porque yo no
estoy con salud para ponerme en tan largo viaje; además que sobre estar
enfermo, estoy muy sin dineros, y emperador por emperador, y monarca
por monarca, en Nápoles tengo al gran conde de Lemos, que sin tantos
titulillos de colegios ni rectorías me sustenta, me ampara y hace más
merced que la que yo acierto á desear. Con esto le despedí, y con esto
me despido..., etc. De Madrid, último de Octubre de mil seiscientos y
quince."
54. Examinada ya por sus partes la perfección de esta obra, y vista
también la buena distribución y enlace de todas ellas, fácilmente puede
pensarse cuán bien recibida debió ser esta insigne obra. Pero como
salió en dos volúmenes, y cada uno de ellos en diferente tiempo, veamos
cómo se recibieron, qué censuras padecieron y cuál es la que merecen.
55. El primer tomo salió en Madrid, impreso por Juan de la Cuesta,
año 1605, en 4.º, dirigido al duque de Béjar, de cuya protección se
congratuló Cervantes en unos versos que escribió al libro de Don
Quijote de la Mancha, Urganda la Desconocida.
56. Una de las mayores pruebas de la celebridad de algún libro es
el fácil despacho de él. Fué tal el que tuvo el primer tomo de esta
historia de Don Quijote, que antes que Cervantes publicase el segundo,
dijo en boca de Sansón Carrasco[78]: "Tengo para mí, que el día de
hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia. Si no,
díganlo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se ha impreso. Y aún
hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y á mí se me trasluce
que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca." Así ha
sucedido, por cierto: de suerte que solamente de las traducciones se
pudiera formar una larga relación. En otra parte introduce á Don
Quijote, exagerando el número de los libros impresos de su historia,
de esta suerte[79]: "He merecido andar ya en estampa en casi todas
ó las más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes se han impreso
de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de
millares, si el cielo no lo remedia." En otra parte, la Duquesa (cuyos
Estados hasta ahora no se ha podido averiguar cuáles son), hablando
de la historia de Don Quijote, dice[80]: "De pocos días á esta parte
ha salido á la luz del mundo, con general aplauso de las gentes."
Mucho mejor se explicó el bachiller Sansón Carrasco, hablando de
esta historia con el mismo Don Quijote[81]: "Es tan clara--dijo--,
que no hay cosa que dificultar en ella. Los niños la manosean, los
mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y
finalmente es tan trillada y tan leída, y tan sabida de todo género de
gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: allí va
Rocinante. Y los que más se han dado á su lectura son los pajes. No hay
antecámara de señor donde no se halle un _Don Quijote_. Unos le toman
si otros le dejan; éstos le embisten y aquéllos le piden. Finalmente
la tal historia es del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento
que hasta ahora se haya visto; porque en toda ella no se descubre,
ni por semejas, una palabra deshonesta ni un pensamiento menos que
católico." Mucha razón tuvo Sancho Panza para hacer esta profecía[82]:
"Yo apostaré, dijo Sancho, que antes de mucho tiempo no ha de haber
bodegón, venta ni mesón ó tienda de barbero donde no ande pintada la
historia de nuestras hazañas." Así vemos que sucede y mucha más, pues
no sólo en los mesones y casas particulares se hallan los libros de
Don Quijote, sino en las más escogidas librerías, haciendo sus dueños
una grande ostentación de esta historia, si por ventura logran tenerla
de las primeras impresiones. Los más diestros burilistas, pintores,
tapiceros y escultores están empleados en representar esta historia,
para adornar con sus figuras las casas y palacios de los grandes
señores y mayores príncipes. Aún viviendo Cervantes, consiguió la
gloria de que su obra tuviese la aceptación real. Estaba el rey don
Felipe, tercero de este nombre, en un balcón de su palacio de Madrid,
y espaciando la vista observó que un estudiante, junto al río de
Manzanares, leía un libro, y de cuando en cuando interrumpía la lección
y se daba en la frente grandes palmadas, acompañadas de extraordinarios
movimientos de placer y alegría; y dijo el rey: "Aquel estudiante, ó
está fuera de sí ó lee la historia de Don Quijote." Y luego se supo
que la leía; porque los palaciegos suelen interesarse mucho en ganar
las albricias de los aciertos de sus amos en lo que poco importa. Mas
ninguno de ellos solicitó á Cervantes una moderada pensión, para que
con ella pudiese entretener su vida. Y por eso no sé yo cómo entienda
aquella parábola del emperador de la China. Lo cierto es que Cervantes,
mientras vivió, debió mucho á los extranjeros y muy poco á los
españoles. Aquéllos le alabaron y honraron sin tasa ni medida. Éstos le
despreciaron y aun le ajaron con sátiras privadas y públicas.
57. Por que no quede esta verdad á la mera cortesía de los lectores,
produzcamos las pruebas. El licenciado Márquez Torres, en la
aprobación que dió al segundo tomo de la historia de Don Quijote,
después de una justísima censura contra los perversos libros de su
tiempo, dice así: "Bien diferente han sentido de los escritos de
Miguel de Cervantes así nuestra nación como las extrañas; pues como
á milagro desean ver el autor de libros, que con general aplauso,
así por su decoro y decencia como por la suavidad y blandura de sus
discursos, han recibido España, Francia, Italia, Alemania y Flandes.
Certifico con verdad que en 25 de Febrero de este año de 1615, habiendo
ido el ilustrísimo señor don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal
arzobispo de Toledo, mi señor, á pagar la visita que á su ilustrísima
hizo el embajador de Francia, que vino á tratar cosas tocantes á
los casamientos de sus príncipes y los de España, muchos caballeros
franceses, de los que vinieron acompañando al embajador, tan corteses
como entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron á mí y á otros
capellanes del cardenal, mi señor, deseosos de saber qué libros de
ingenio andaban más validos, y tocando acaso en éste, que yo estaba
censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando
se comenzaron á hacer lenguas, encareciendo la estimación de que así
en Francia como en los reinos sus confinantes se tenían sus obras,
_La Galatea_ que alguno dellos tiene casi de memoria, la primera
parte de ésta y las novelas. Fueron tantos sus encarecimientos, que
me ofrecí llevarles á que viesen el autor de ellas, que estimaron
con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor
su edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado á decir
que era viejo, soldado, hidalgo y pobre; á que uno respondió estas
formales palabras: "¿Pues á tal hombre no le tiene España muy rico
y sustentado del Erario público?" Acudió otro de aquellos caballeros
con este pensamiento y con mucha agudeza, y dijo: "Si necesidad le ha
de obligar á escribir, plega á Dios que nunca tenga abundancia, para
que con sus obras, siendo él pobre, haga rico á todo el mundo." Bien
creo que esta para censura es un poco larga; alguno dirá que toca los
límites del lisonjero elogio; mas la verdad de lo que cortamente digo,
deshace en el crítico la sospecha y en mí el cuidado; además, que el
día de hoy no se lisonjea á quien no tiene con qué cebar el pico del
adulador, que aunque afectuosa y falsamente dice de burlas, pretende
ser remunerado de veras." Pensará el lector que quien dijo esto fué
el licenciado Francisco Márquez Torres; no fué sino el mismo Miguel
de Cervantes Saavedra, porque el estilo del licenciado Márquez Torres
es metafórico, afectadillo y pedantesco, como lo manifiestan los
_Discursos consolatorios_ que escribió á don Cristóbal de Sandoval y
Rojas, su hijo, primer marqués de Belmonte, y al contrario, el estilo
de la aprobación es puro, natural y cortesano, tan parecido en todo
al de Cervantes, que no hay cosa en él que le distinga. El licenciado
Márquez era capellán y maestro de pajes de don Bernardo Sandoval y
Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, inquisidor general; y Cervantes
era muy favorecido del mismo[83]. Con que ciertamente eran entrambos
amigos.
58. Supuesta la amistad, no era mucho que usase Cervantes de semejante
libertad. Conténtese, pues, el licenciado Márquez Torres con que
Cervantes le hizo partícipe de la gloria de su estilo. Y veamos qué
movió á Cervantes á querer hablar, como dicen, por boca de ganso. No
fué otro su designio sino manifestar la idea de su obra, la estimación
de ella y de su autor en las naciones extrañas, y su desvalimiento en
la propia.
59. Ya hemos visto estas dos últimas cosas; veamos ahora cuál dice
que es el fin de su obra: cómo dice que está escrita y cómo no está;
que todo esto contiene la aprobación de este libro, igual en todo
al primero, atendida la dificultad que tiene la continuación de una
ficción, tan perfecta, que ya pudiera tenerse por felizmente acabada.
"No hallo--dice--en él cosa indigna de un cristiano celoso, ni que
disuene de la decencia debida á buen ejemplo, ni virtudes morales,
antes mucha erudición y aprovechamiento, así en la continencia de su
bien seguido asunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de
caballerías, cuyo contagio había cundido más de lo que fuera justo,
como en la lisura del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y
estudiada afectación (vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos);
y en la corrección de vicios, que generalmente toca, ocasionado de sus
agudos discursos, guarda con tanta cordura las leyes de reprensión
cristiana, que aquél que fuere tocado de la enfermedad que pretende
curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas gustosamente habrá
bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco alguno, lo
provechoso de la detestación de su vicio, con que se hallará (que es
lo más difícil de conseguirse) gustoso y reprendido. Ha habido muchos
que, por no haber sabido templar ni mezclar á propósito lo útil con
lo dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra, pues no
pudiendo imitar á Diógenes en lo filósofo y docto, atrevida por no
decir licenciosa y desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cínico,
entregándose á maldicientes, inventando casos que no pasaron para
hacer capaz al vicio que tocan de su áspera reprensión, y por ventura
descubran caminos para seguirle, hasta entonces ignorados, con que
vienen á quedar, si no repulsores, á lo menos maestros dél. Hácense
odiosos á los bien entendidos, con el pueblo pierden el crédito si
alguno tuvieron, para admitir sus escritos, y los vicios que arrojada
é imprudentemente quisieron corregir quedan en muy peor estado que
antes: que no todas las postemas á un mismo tiempo están dispuestas
para admitir las recetas ó cauterios: antes algunos mucho mejor reciben
las blandas y suaves medicinas, con cuya aplicación el atentado y docto
médico consigue el fin de resolverlas: término que muchas veces es
mejor, que no el que se alcanza con el rigor del hierro." Censura digna
por cierto del buen juicio y de la moderación de ánimo de Miguel de
Cervantes.
60. Muy diferentes eran las que le hacían sus contrarios, dejándose
llevar de su dañada intención y maledicencia. Unas, como dije, fueron
privadas; otras, públicas. Pero tales, que el mismo contra quien
se dirigieron hizo alarde de contarlas. "Estando yo--dice--[84] en
Valladolid, llevaron una carta á mi casa para mí, con un real de porte;
recibióla y pagó el porte una sobrina mía, que nunca ella le pagara;
pero dióme por disculpa que muchas veces me había oído decir que en
tres cosas era bien gastado el dinero: en dar limosna, en pagar al buen
médico y en el porte de las cartas, ora sean de amigos ó de enemigos;
que las de los amigos avisan y de las de los enemigos se puede tomar
algún indicio de sus pensamientos. Diéronmela, y venía en ella un
soneto malo, desmayado, sin garbo ni agudeza alguna, diciendo mal de
Don Quijote, y de lo que me pesó fué del real, y propuse desde entonces
de no tomar carta con porte."
61. Más sentido se manifestó Cervantes con otro enemigo de su Don
Quijote; pues le describió tan al vivo, que bien se echa de ver la
fuerza de su indignación. Sólo se sabe que era fraile, pero no quién
ni de qué religión; y así bien podemos copiar aquí su pintura[85]. "La
duquesa y el duque salieron á la puerta de la sala á recibirle (á Don
Quijote), y con ellos un grave eclesiástico, de éstos que, como no
nacen príncipes, no aciertan á enseñar cómo lo han de ser los que lo
son; de éstos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con
la estrecheza de sus ánimos; de éstos que queriendo mostrar á los que
ellos gobiernan á ser limitados, los hacen ser miserables. De éstos
tales, digo, que debía de ser el grave religioso que con los duques
salió á recibir á Don Quijote." El recibimiento del dicho fraile,
y sacudimiento de Don Quijote, mejor se leerá en el original[86].
Y dejando nosotros las censuras ocultas, hablemos ahora de las
descubiertas.
62. Publicado, como queda dicho; tan bien recibido y diversas veces
impreso el primer tomo de la historia de _Don Quijote de la Mancha_, no
faltó en España quien, envidioso de la gloria de Miguel de Cervantes
Saavedra, y codicioso de la ganancia de sus libros, aún viviendo él,
se atrevió á escribir y publicar una continuación de aquella historia
inimitable. El título que dió á su obra fué éste:
63. _Segundo tomo del Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que
contiene su tercera salida, y es la quinta parte de sus aventuras,
compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de
la villa de Tordesillas, patria feliz del hidalgo caballero Don Quijote
de la Mancha. Con licencia, en Tarragona, en casa de Felipe Roberto.
Año 1614, en octavo._
64. Ni el autor de esta obra se llamaba Alonso Fernández de Avellaneda,
ni fué natural de Tordesillas, célebre villa de Castilla la Vieja, sino
que fué aragonés; pues Miguel de Cervantes Saavedra, á quien debemos
suponer bien informado, así le nombró en varias ocasiones. En una llamó
á esta continuación[87]: "Historia del aragonés, recién impresa." En
otra, hablando de ella, dijo[88]: "Esta es la segunda parte de _Don
Quijote de la Mancha_, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor,
sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas." Aunque
Cervantes, pues, en alguna parte[89] le llamó "autor tordesillesco",
sólo fué por hablar en suposición de la ficción de su patria, y quizá
para tratarle con apodo equívoco á rocín tordillo; como si dijera:
"autor arrocinado". En suposición, pues, de que la obra se finge
haberse escrito en Tordesillas y de haberse impreso en Tarragona, como
lo manifiestan las "aprobación" del libro y "licencia" para imprimirle,
se entenderá fácilmente lo que dijo Cervantes en el principio de su
discretísimo prólogo del segundo tomo, aludiendo á la ficción de la
patria y realidad de la impresión de Tarragona. Sus palabras son
éstas: "Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora,
lector ilustre, ó cualquier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en
él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo _Don Quijote_:
digo de aquél que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en
Tarragona. Pues, en verdad, que no te he de dar este contento; que
puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes
pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú
que le diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me pasa
por el pensamiento. Castíguele su pecado, con su pan se lo coma, y
allá se lo haya." Y poco más adelante: "Paréceme que me dices que ando
muy limitado, y que me contengo mucho en los términos de mi modestia,
sabiendo que no se ha de añadir aflicción al afligido y que la que
debe tener este "señor" sin duda es "grande", pues no osa parecer
á campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo
su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad."
Aquellas palabras "señor" y "grande" son misteriosas para mí; y sea lo
que fuere, yo estoy persuadido á que el enemigo de Cervantes era muy
poderoso, cuando un escritor, soldado, animoso y diestro en el manejo
de la pluma y de la espada, no se atrevió á nombrarle. Si ya no es que
fuese hombre tan vil y despreciable, que ni aun quiso que se supiese su
nombre, para que con la misma infamia no lograse alguna fama.
65. Don Nicolás Antonio juzgó que este autor no tenía genio para
continuar tal obra. Esto es poco. Ni tenía genio ni ingenio para tan
difícil empresa. No tenía genio, porque éste supone ingenio, pues
como decía la duquesa, que tanto honró á Don Quijote, "las gracias y
los donaires no asientan sobre ingenios torpes"[90]. Y tal era el
del autor aragonés, cuya leyenda es indigna de cualquier lector que
se tenga por honesto. Escribir, pues, con gracia pide un natural muy
agudo y muy discreto, de que estaba muy ajeno el dicho aragonés. Ni aun
le tenía para inventar con alguna apariencia de verosimilitud, pues
habiendo intentado continuar la historia de Don Quijote, debía haber
imitado el carácter de las personas que fingió Cervantes, guardando
siempre el decoro, que es la mayor perfección del arte. Últimamente, su
doctrina es pedantesca y su estilo lleno de impropiedades, solecismos
y barbarismos, duro y desapacible, y en suma, digno del desprecio que
ha tenido, pues se ha consumido en usos viles, y únicamente el haber
llegado á ser raro pudo darle estimación, pues habiéndose reimpreso en
Madrid después de ciento diez y ocho, esto es, en el de 1732, no hay
hombre de buen gusto que haga aprecio de él. El año 1704 se imprimió en
París una que se llama "traducción" de esta obra en lengua francesa;
pero se observa el orden invertido, muchas cosas quitadas y muchas más
añadidas, y éstas han podido granjear algún crédito á su primer autor.
66. Éste supo ocultar su nombre, pero no su maledicencia y codicia,
pues se atrevió á hablar en su prólogo con tanta insolencia como
ésta: "Se prosigue (esta historia de Don Quijote de la Mancha) con
la autoridad que él (Miguel de Cervantes Saavedra) la comenzó, y con
la copia de fieles relaciones que á su mano llegaron (y digo mano,
pues confiesa de sí que tiene sólo una; y hablando tanto de todos,
hemos de decir dél que, como soldado tan viejo en años cuanto mozo
en bríos, tiene más lengua que manos), pero quéjese de mi trabajo
por la ganancia que le quito de su segunda parte." No hagamos caso
de la gramática de este escritorcillo digno de la férula. Oigamos
otra reprensión de la inculpable vejez de Miguel de Cervantes, de su
condición, pobreza y persecuciones; y tengan paciencia los lectores
en sufrir las necias habladurías de un ridículo pedante, que por tal
juzgo al que dijo esto: "Y pues Miguel de Cervantes es ya de viejo como
el castillo de San Cervantes, y por los años tan mal contentadizo,
que todo y todos le enfadan, y por ello está tan falto de amigos, que
cuando quisiera adornar sus libros con sonetos campanudos, había de
ahijarlos (como él dice) al preste Juan de las Indias ó al emperador de
Trapisonda, por no hallar título quizás en España que no se ofendiera
de que tomara su nombre en la boca, con permitir tantos vayan los
suyos en los principios de los libros del autor de quien murmura, y
plegue á Dios aún deje, ahora que se ha acogido á la Iglesia y sagrado.
Conténtese con su _Galatea_ y comedias en prosa, que eso son las más
de sus novelas. No nos canse. Santo Tomás en la 2, 2, q. 36, enseña
que la envidia es tristeza del bien y aumento ajeno, doctrina que la
tomó de San Juan Damasceno. Á este vicio da por hijos San Gregorio,
en el libro 31, capítulo XXXI, de la exposición moral que hizo á la
historia del santo Job, al odio, susurración y detracción del prójimo,
gozo de sus pesares y pesar de sus buenas dichas; y bien se llama este
pecado envidia _á non videndo, quia invidus non potest videre bona
aliorum_: efectos todos tan infernales como su causa, tan contrarios
á los de la caridad cristiana, de quien dijo San Pablo: _1, Corinth.,
13. Charitas patiens est, benigna est non emulatur, non agit perperam,
non_ _inflatur, non est ambitiosa, congaudet veritati_, etcétera.
Pero disculpa los hierros[91] de su primera parte en esta materia, el
haberse escrito entre los de una cárcel; y así no pudo dejar de salir
tiznada dellos, ni salir menos que quejosa, murmuradora, impaciente y
colérica, cual lo están los encarcelados."
67. Si preguntamos á este hombre qué le movió á decir tan grandes
desvergüenzas, en todo su prólogo no haremos otra causa sino que él
y Lope de Vega fueron reprendidos en la historia de Don Quijote. Sus
palabras son éstas: "No podrá por lo menos dejar de confesar tenemos
ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición de los vanos
libros de caballerías, tan ordinaria en gente rústica y ociosa, si
bien en los medios diferenciamos, pues él tomó por tales el ofender
á mí, y particularmente á quien tan justamente celebran las naciones
más extranjeras (éste es Lope de Vega), y la nuestra debe tanto, por
haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de
España con estupendas é innumerables comedias, con el rigor del arte
que pide el mundo, y con la seguridad y limpieza que de un ministro
del Santo Oficio se debe esperar." Fué Lope de Vega familiar del Santo
Oficio[92].
68. Es muy propio de ignorantes, cuando se ven reprendidos, fundar el
agravio que imaginan habérseles hecho reprendiéndolos, en la censura
hecha á otros grandes hombres, para que los apasionados á éstos se
irriten contra el censor. Lope de Vega era en su tiempo y aún el día
de hoy, el príncipe de la cómica española. Censurar un escritor tan
célebre era como poner las manos en un hombre sacrosanto.
69. Pero Lope, que sabía que era de carne y hueso, como los demás
escritores, como cuerdo agradecía las censuras hechas con verdad y
buena intención, y procuraba aprovecharse del conocimiento de sus
errores. En prueba de esto, basta el mismo suceso que dió ocasión á
que el indiscreto autor aragonés se quejase tan fuera de propósito y
maldijese tanto.
70. Reprendieron muchos á Lope de Vega, porque componía comedias no
ajustadas á los preceptos del arte. Tengo por cierto que Cervantes
fué uno de sus más fuertes censores. Procuraría Lope disculparse como
mejor podía, quiero decir, atribuyendo muchos de sus descuidos á la
condescendencia del vulgo; y viéndose estrechado, llegó á decir que
las nuevas circunstancias del tiempo pedían nuevo género de comedias;
como si la naturaleza de las cosas fuese mudable por cualesquiera
accidentes. La controversia se puso en términos de que la Academia
Poética de Madrid mandase á Lope de Vega que alegase por su parte lo
que tuviese que decir. Entonces compuso el razonamiento que intituló
_Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo_. Como hombre ingenuo,
hubo de confesar sus yerros, dorándolos como mejor pudo, de esta suerte: