refiere[41], entre las causas de la corrupción de las artes, la
leyenda de los libros de caballerías: "Quieren--dice--leer unos libros
manifiestamente mentirosos y llenos de meras bagatelas, por cierto
halago del estilo, como _Amadís_ y _Florián_, españoles; _Lanzarote_
y la _Tabla Redonda_, franceses; _Rolando_, italiano; los cuales
libros fingieron unos hombres ociosos, y los llenaron de un género
de mentiras, que ni conducen algo para saber, ni para juzgar bien de
las cosas, ni para vivir, sino solamente para hacer cosquillas á la
concupiscencia. Y aun por eso los leen unos hombres de unos ingenios
corrompidos con el ocio y condescendencia de su propio amor: no de otra
suerte que algunos estómagos delicados que se lisonjean mucho, y sólo
se sustentan con ciertas confituras de azúcar y miel, desechando toda
comida sólida." No era sólo Vives el que se quejaba de esto. Pero
Megía, cronista de Carlos V y discreto historiador de aquellos tiempos,
se lamentó de lo mismo con gran sentimiento[42], tanto que el inca
Garcilaso, por sólo su testimonio, nunca quiso leer tan desatinados
libros. El maestro Venegas, con su acostumbrado juicio, dijo[43]:
"En nuestros tiempos, con detrimento de las doncellas recogidas, se
escriben los libros desaforados de caballerías, que no sirven sino de
ser unos sermonarios del diablo con que en los rincones caza los ánimos
tiernos de las doncellas." Omitiendo el testimonio de otros gravísimos
autores, uno de los españoles de mayor juicio y el mayor teólogo que
hubo en el Concilio de Trento, visto es que hablo del obispo Cano, nos
dejó escrito lo siguiente[44]: "Nuestra edad ha visto un sacerdote
que estaba muy persuadido á que cosa que una vez se hubiese impreso,
de ningún modo era falsa. Porque, según decía, los ministros de la
república no habían de cometer tan gran maldad, que no sólo permitiesen
que se divulgasen mentiras, sino que también las autorizasen con
su privilegio, para que más seguramente se esparciesen por los
entendimientos de los hombres; y movido de este argumento, llegó á
creer que Amadís y Clarián verdaderamente obraron aquellas cosas que se
cuentan en sus libros patrañeros. Cuanto peso tenga el motivo de aquél
(aunque sencillo sacerdote) contra los ministros de la república, no es
propio de este lugar y tiempo el disputarlo. Yo, ciertamente, por lo
que á mí me toca, con grande sentimiento y dolor de mi alma, digo que,
con gran daño y ruina de la Iglesia, sólo se cautela en la publicación
de los libros que no estén rociados de errores contra la fe, sin cuidar
que no los haya dañosos á las costumbres. Y principalmente no me
inquieto por esas novedades, que poco ha nombré, aunque escritas sin
erudición, y tales, que nada nada conducen, no digo para vivir bien y
dichosamente, pero ni aun para formar buen juicio de las cosas humanas.
Porque ¿qué pueden aprovechar unas meras y vanas frioleras, fingidas
por unos hombres ociosos y manoseadas de unos ingenios corrompidos con
los vicios? Sino que mi dolor...", etc. Palabras dignas de escribirse
en letras de oro, por las cuales se conoce cuánto apreciaba el obispo
Cano los dictámenes de Vives, á quien frecuentemente copiaba, aunque
tal vez le zahirió injustamente por las ocultas causas que yo me sé, y
que, si Vives viviera, hubiera sabido vindicar. Pero Vives vivirá en
la memoria de los hombres, y algún tiempo habrá algún aficionado suyo,
que, juntando la autoridad al saber, deshará el agravio que se hizo y
aún hoy se tolera contra tan piadoso varón.
32. Entretanto, basten las quejas referidas para hacer juicio del
daño que hacían los libros, los cuales estaban tan encastillados
en los ánimos de la mayor parte de los lectores, que las quejas,
invectivas y sermones de los hombres más juiciosos, sabios y celosos
de la nación no bastaban á desterrarlos. Ni se logró conseguir tan
inmortal hazaña hasta que quiso Dios que Miguel de Cervantes Saavedra
escribiese, como él mismo lo dice[45] en boca de un amigo suyo: "Una
invectiva contra los libros de caballerías, publicando la _Historia
de_ _Don Quijote de la Mancha_, la cual no mira á más que á deshacer
la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros
de caballerías." Consideraba Cervantes que un clavo saca á otro, y que
supuesta la inclinación de la mayor parte de los ociosos á semejantes
libros, no era el medio mejor para apartarlos de tal lectura la fuerza
de la razón, que sólo suele mover á los ánimos considerados, sino
un libro de semejante inventiva y de honesto entretenimiento, que,
excediendo á todos los demás en lo deleitable de su lectura, atrajese
á sí á todo género de gentes, discretos y tontos. Para cuyo fin no era
necesario gran fondo de doctrina, sino tal discreción y gracia en el
decir, que se llevasen toda la atención. Por eso Cervantes, en aquel
su discretísimo prólogo, en que tan agudamente satirizó la vanidad de
los malos escritores, después de un graciosísimo coloquio entre él y
un amigo suyo, hace que éste le proponga la idea que debe seguir, la
cual es ésta: "Si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro no tiene
necesidad de ninguna cosa de aquéllas que vos decís que le faltan,
porque todo él es una invectiva contra los libros de caballerías, de
quien nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó
Cicerón, ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las
puntualidades de la verdad ni las observaciones de la astrología, ni
le son de importancia las medidas geométricas, ni la confutación de
los argumentos de quien se sirve la retórica, ni tiene para predicar
á ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género de
mezcla de quien no se ha ningún cristiano entendimiento. Sólo tiene que
aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo, que cuanto
ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere. Y pues
esta vuestra escritura no mira á más que á deshacer la autoridad y
cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías,
no hay para que andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos
de la divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos,
milagros de santos, sino procurar que á la llana, con palabras
significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y
período sonoro y festivo; pintando en todo lo que alcanzáredes y fuere
posible, vuestra intención, dando á entender vuestros conceptos, sin
intrincarlos y escurecerlos. Procurad, también, que leyendo vuestra
historia, el melancólico se mueva á risa, el risueño la acreciente, el
simple no se enfade, el discreto no se admire de la invención, el grave
no la desprecie y el prudente deje de alabarla. En efecto, llevad la
mira puesta á derribar la máquina mal fundada de estos caballerescos
libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más, que si esto
alcanzáredes no habríades alcanzado poco."
33. Estando, pues, Cervantes tan bien instruído, veamos ahora, sin
pasión, si fué capaz de ejecutarlo.
34. En tres cosas consiste la perfección de un libro: en la buena
invención, debida disposición y lenguaje proporcionado al asunto que se
trata.
35. La invención de Cervantes es conforme al carácter de un hidalgo
de harto buen juicio, que habiéndole ilustrado con la lectura de
los libros le perdió desvelándose en los de caballerías; y dando en
la manía de imitar aquellas locas hazañas que había leído, eligió
por escudero un labrador sencillo y gracioso; y por no estar sin
dama, se la figuró en su imaginación según la medida de su corazón
platónicamente enamorado. Y con el pensamiento de probar aventuras,
él en su caballo, á quien llamó _Rocinante_, y después, en su segunda
y tercera salida, con su escudero Sancho Panza, muy sobre su asno,
llamado _Rucio_, salió en busca de la buena suerte.
36. La idea, pues, de Miguel de Cervantes Saavedra y el sentido de
ella, á lo que yo alcanzo, son como se siguen: Alonso Quijada, hidalgo
manchego, se dió enteramente á la lección de los libros de caballerías,
vicio muy general en la gente ociosa y mal entretenida. La demasiada
aplicación á los libros caballerescos le secó el cerebro y volvió el
juicio, como al otro famoso rústico conocido por el nombre de Paladín.
Lo cual significa que aquella vana lectura trastornaba los juicios,
haciendo á los lectores atrevidos y temerarios, como si hubiesen de
tratar con hombres meramente fantásticos. El infeliz manchego creyó ser
verdaderas aquellas hazañas prodigiosas que había leído y le pareció
necesaria en el mundo la profesión de los caballeros andantes para
deshacer y enderezar entuertos, como él decía. Quiso, pues, entrar en
tan honrosa cofradía y emplearse en unos ejercicios tan saludables al
género humano. Condición muy propia de hombres presumidos de valientes,
que con insolente atrevimiento todo lo quieren remediar, sin ser de su
obligación. Alonso Quijada tomó para sí el renombre de "Don Quijote de
la Mancha" y se dejó armar caballero de un ventero. Los que salen de su
esfera, luego se tienen por unos Guzmanes, suelen variar los apellidos
y, si se llega á esto alguna exterior marca de honor, piensan que sólo
se lee aquel sobrescrito y que en el mundo político no hay zahorís que
miren, noten y registren lo más interior.
37. "Don Quijote" se llamó, con el ribete "de la Mancha", y su dama
imaginaria "Dulcinea del Toboso", lugar de la Mancha; porque, según
he oído decir, Miguel de Cervantes fué allá con una comisión, y por
ella le capitularon los del Toboso, y dieron con él en una cárcel. Y en
agradecimiento de esto (que no le hemos de llamar venganza, habiendo
resultado en tanta gloria de la Mancha) hizo Cervantes manchegos á
su caballero andante y á su dama. Que Cervantes (cual otro Nevio,
que escribió en la cárcel sus dos comedias _El Ariolo_ y _Leonte_)
compusiese esta historia encarcelado también lo confesó él mismo,
diciendo[46]: "¿Qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio
mío sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de
pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno? Bien; como quien
se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y
donde todo triste ruido hace su habitación."
38. Veamos ahora qué es lo que hace Don Quijote, el cual ya sale de
su casa en un caballo flaco, símbolo de la debilidad de su empresa,
siguiéndole en su segunda y tercera salida Sancho Panza en su rucio,
jeroglífico de la simplicidad.
59. En Don Quijote se nos representa un valiente maniático, que
pareciéndole muchas cosas de las que ve semejantes á las que leyó,
sigue los engaños de su imaginación y acomete empresas, en su opinión,
hazañosas, en la de los demás disparatadas, cuales son las que los
antiguos libros caballerescos refieren de sus héroes imaginarios, para
cuya imitación bien se echa de ver cuánta erudición caballeresca era
necesaria en un autor que á cada paso había de aludir á los hechos de
aquella innumerable caterva de caballeros andantes. La lectura de
Cervantes en este género de historias fabulosas fué sin igual, como lo
manifiesta en muchísimas partes[47].
40. Fuera de sus manías, habla Don Quijote como hombre cuerdo, y
son sus discursos muy conformes á razón. Son muy dignos de leerse
los que hizo sobre el siglo de oro, ó primera edad del mundo,
poéticamente descrita[48], sobre la manera de vivir de los estudiantes
y soldados[49]; sobre las distinciones que hay de caballeros y
linajes[50]; sobre el uso de la poesía[51]; y las dos instrucciones,
una política[52] y otra económica[53], las cuales dió á Sancho Panza,
cuando iba á ser gobernador de la Ínsula Barataria, son tales, que se
pueden dar á los gobernadores verdaderos, y ciertamente deben ponerlas
en práctica.
41. En Sancho Panza se representa la simplicidad del vulgo, que
aunque conozca los errores, ciegamente los sigue. Pero para que la
simplicidad de Sancho no sea enfadosa á los lectores, la hace Cervantes
naturalmente graciosa. Nadie definió mejor á Sancho Panza que su amo
Don Quijote, cuando hablando con una duquesa, dijo[54]: "Vuestra
grandeza imagine que no tuvo caballero andante en el mundo escudero más
hablador ni más gracioso que yo tengo." Y en otra ocasión[55]: "Quiero
que entiendan vuestras señorías que Sancho Panza es uno de los más
graciosos escuderos que jamás sirvió á caballero andante. Tiene á veces
unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple ó agudo causa
no pequeño contento. Tiene malicias que le condenan por bellaco, y
descuidos que le confirman por bobo. Duda de todo y créelo todo. Cuando
pienso que se va á despeñar de tonto, sale con unas discreciones que
le levantan al cielo. Finalmente, yo no lo trocaría con otro escudero
aunque me diesen de añadidura una ciudad." En prueba de la sencillez y
gracia de Sancho Panza, léase sólo el cuento del rebuzno[56].
42. Siendo tales los principales personajes de esta historia, viene á
suceder lo que en ajena persona dijo Cervantes[57]: "Que los sucesos
de Don Quijote, ó se han de celebrar con admiración ó con risa"; y que
Sancho es tal[58]: "á cuyas gracias no hay ningunas que se le igualen".
Y sin hablarnos por boca de otros, dijo en el fin de su primer prólogo:
"Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte á conocer
tan noble y tan honrado caballero; pero quiero que me agradezcas el
conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien
á mi parecer te doy cifradas todas las gracias escuderiles, que en la
caterva de los libros vanos de caballerías están esparcidas."
43. Para que la historia de un caballero andante no enfadase á los
lectores con la uniformidad ó semejanza de los sucesos, lo cual
acontecería si únicamente se tratase de locas aventuras, ingirió
Cervantes muchos episodios, donde los sucesos son frecuentes, nuevos y
verosímiles; los razonamientos, artificiosos, claros y eficaces; los
enredos, maravillosamente enmarañados; las salidas de ellos, fáciles,
naturales, y, sobre todo, tan agradables, que dejan el ánimo sosegado,
quedando muy quietos y pacíficos aquellos afectos, que con singular
industria y artificio se habían alborotado. Y lo que más admira á
los perspicaces lectores, es que todos estos episodios, menos dos,
"Las novelas" digo "del Cautivo y del Curioso impertinente", están
entretejidos en el principal asunto de la fábula tan ingeniosamente,
que cual hermoso tapiz forman con ella una misma tela y hacen una labor
muy amena y agradable.
44. Cuando es muy hábil el artífice, nadie conoce mejor que él la
perfección de sus obras. Por eso decía el mismo Cervantes, hablando de
su historia[59]: "Los cuentos y episodios de ella, en parte, no son
menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia."
45. Para hacer Cervantes su invención mucho más verosímil y plausible,
fingió[60] haber sido el autor de ella Cide Hamete Benengeli,
historiador arábigo, natural de la Mancha. Fingióle manchego para
suponerle bien informado de las cosas de Don Quijote. Es cosa muy
graciosa ver cómo celebra Cervantes la escrupulosa puntualidad
de Cide Hamete en la relación de las cosas aún más mínimas, como
cuando hablando de Sancho Panza, maltratado á garrotazos, dijo[61]:
"Despidiendo treinta ayes y sesenta suspiros, y ciento veinte pestes y
reniegos de quien allí le había traído, se levantó." Y cuando dice de
otro[62]: "Era uno de los ricos arrieros de Arévalo, según lo dice el
autor de esta historia, que de este arriero hace particular mención,
porque le conocía muy bien, y aún quiere decir que era algo pariente
suyo. Fuera de que Cide Hamete Benengeli fué historiador muy curioso
y muy puntual en todas las cosas; y échase bien de ver, pues las que
quedan referidas, con ser tan mínimas y tan rateras, no las quiso pasar
en silencio. De donde podrán tomar ejemplo los historiadores graves,
que nos cuentan las acciones tan corta y sucintamente, que apenas nos
llegan á los labios, dejándose en el tintero, ya por descuido, ya por
malicia ó ignorancia, lo más sustancial de la obra. ¡Bien haya mil
veces el autor de _Tablante de Ricamonte_, y aquél del otro libro donde
se cuentan los hechos del conde Tomillas, y con qué puntualidad lo
escriben todo!" No habló más discretamente el mismo Luciano en sus dos
libros _De la verdadera historia_.
46. En otra parte, poniendo en práctica esta misma puntualidad
en referir las cosas muy por menor, dice Cervantes en boca de
Benengeli[63]: "Entraron á Don Quijote en una sala, desarmóle Sancho,
quedó en valones y en jubón de camuza, todo bisunto con la mugre de las
armas: el cuello era valona á lo estudiantil, sin almidón y sin randas,
los borceguíes eran datilados y encerados los zapatos. Ciñóse su buena
espada, que pendía de un tahalí de lobos marinos, que es opinión que
muchos años fué enfermo de los riñones; cubrióse un herreruelo de
buen paño pardo; pero antes de todo, con cinco calderos ó seis de
agua, que en la cantidad de los calderos hay alguna diferencia, se
lavó cabeza y rostro." ¡Nimiedad sencilla y graciosa! ¡Verosimilitud
admirable y sin igual! Exclame, pues, Cervantes, y con razón[64]: "Real
y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como
ésta, deben mostrarse agradecidos á Cide Hamete, su autor primero, por
la curiosidad que tuvo en contarnos las semínimas de ella, sin dejar
cosa, por menuda que fuese, que no la sacase á luz distintamente. Pinta
los pensamientos, descubre las imaginaciones, responde á las tácitas,
aclara las dudas, resuelve los argumentos, finalmente los átomos del
más curioso deseo manifiesto. ¡Oh, autor celebérrimo! ¡Oh, Don Quijote
dichoso! ¡Oh, Dulcinea famosa! ¡Oh, Sancho Panza gracioso! Todos
juntos, y cada uno de por sí, viváis siglos infinitos, para gusto y
general pasatiempo de los vivientes."
47. Fingió Cervantes que el autor de esta historia fué arábigo[65],
aludiendo en esto á lo que muchos piensan, que los árabes pegaron á
los españoles la afición de novelar. Es cierto que Aristóteles[66],
Cornuto[67] y Prisciano[68], hicieron mención de las "fábulas líbicas".
Luciano añade[69] que entre los árabes había hombres empleados en
explicar las fábulas. Locman, á quien celebra el _Korán_, de Mahoma,
es opinión muy válida que fué Esopo, fabulero insigne. Tomás Erpenio
fué el primero que tradujo sus fábulas en latín, en el año 1625. Bien
cierto es que las de Esopo están acomodadas al genio de cada nación.
Aun las que están en griego no son las mismas que escribió Esopo.
Fedro, que las tradujo en latín, confiesa que las interpoló[70]. Yo las
tengo en español, impresas en Sevilla por Juan Cronberger, año 1533,
y están interpoladas y añadidas extrañamente. No es maravilla, pues,
que los árabes las hayan acomodado á su genio. Y ¿qué mayor fábula que
el _Korán_, de Mahoma? Este se escribió á manera de novela, para que
se aprendiese con más facilidad y se olvidase menos. Las vidas de los
patriarcas, profetas y apóstoles, que tienen escritas los mahometanos,
están llenas de fábulas. Algunos de sus filósofos, que intentaron
explicar los sonados misterios de su doctrina, formaron unos libros
á manera de novelas. De este género es la historia de Hayo, hijo de
Yocdán, de quien contó Avicena grandísimas patrañas. León Africano y
Luis del Mármol, como testigos de vista, dicen que los árabes tienen
tanta afición á las novelas, que celebran las hazañas de su Buhalul
en prosa y verso, como los nuestros las de Reinaldos de Montalván y
Rolando el Enamorado. Y sin salir de España, los que llamamos "cuentos
de viejas" son unas breves novelas, cuyos asuntos, de ordinario,
son encantamientos y apariciones de horribilísimos negros, para
causar espanto á los niños, haciéndolos así vilmente medrosos; están
manifestando ser invención arábiga.
48. Prueba de esto es también que los primeros libros de caballerías se
escribieron en España en tiempo en que los árabes aún estaban en ella.
Y así, entiendo que escribía trascordado Lope de Vega cuando dijo[71]:
"Llamaban á las novelas, cuentos. Estos se sabían de memoria, y nunca,
que yo me acuerde, los vi escritos." Haylos escritos, y los había leído
Lope en los mismos libros de caballerías: pero no se acordaba, quizá,
porque los que le habrían contado no serían los mismos. Aunque yo no
niego que muchos están hoy únicamente encomendados á la tradición de
los ociosos habladores.
49. Tenemos manchego y árabe al autor de esta historia escrita en
arábigo. Añade Cervantes, siguiendo el hilo de su ficción, que mandó
traducirla de arábigo en castellano á un morisco aljamiado[72].
Aludiendo á esto, introdujo al bachiller Sansón Carrasco, que, hablando
con Don Quijote, dijo así[73]: "Bien haya Cide Hamete Benengeli, que
la historia de vuestras grandezas dejó escrita, y rebién haya el
curioso[74] que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro
vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes."
50. Y para que se entendiese que el traductor también hacía sus
críticas, en abono suyo, añadió esto Cervantes[75]: "Llegando á
escribir el traductor de esta historia este quinto capítulo, dice que
le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo
del que se podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles
que no tiene por posible que él las supiese; pero no quiso dejar de
traducirlo por cumplir con lo que á su oficio debía, y, así, prosiguió
diciendo:", etc. Gran documento para los traductores, que no saben
que su oficio es como el de los retratistas, que no hacen su deber si
sacan un retrato más perfecto que el original. Hablo de las cosas,
que en lo tocante al estilo cada cual usa de sus colores, y éstos
deben ser proporcionados á lo que se quiere representar. Siendo esto
así, no sé cómo disculpar á Cervantes, el cual hace que en otra parte
falte el traductor á su acostumbrada puntualidad, diciendo así[76]:
"Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego,
pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador
y rico; pero al traductor de esta historia le pareció pasar éstas y
otras semejantes menudencias en silencio, porque no venían bien con
el propósito principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en
la verdad que en las frías digresiones." ¿Por ventura diremos que lo
que es reprensión del traductor es tácita alabanza de la puntualidad
de Cervantes ¿Ó que con esto quiso reprobar la enfadosa prolijidad de
muchos escritores, que desviándose de su principal asunto se paran
en hacer descripciones de palacios y de semejantes cosas? Uno y otro
es posible. Lo cierto es que la _Novela del verdadero y perfecto
amor_, atribuída á Athenágoras, es desagradable por las frecuentes
descripciones de palacios, hechas con tan sobresaliente arte, y
ésta vitruviana, que parece que el que las hizo no podía disimular
ser arquitecto, pues describía los palacios como artífice, no como
novelista. De donde infirió el sagacísimo Huet que el autor de aquella
novela no fué Athenágoras, como se supone, sino Guillermo Filandro,
ilustrador insigne de Marco Vitruvio, el cual quiso en aquella obra
lisonjear el genio de su gran favorecedor el cardenal Gregorio
Armanac, muy amigo de la arquitectura. Ni podía Athenágoras pintar
tan al vivo como pinta las costumbres modernas. Y no fué difícil
persuadir á Fumeo, publicador de la "novela", que el original griego
que le enseñaron era verdadero; pero debía él haberle examinado mejor,
para que no creyésemos que su traducción es supuesta. Fumeo se portó
muy al contrario de aquéllos que cuando publican algunos libros que
saben ellos ser falsos ponen gran conato en persuadir su legitimidad,
diciendo haberlos sacado de manuscritos muy antiguos, de letra apenas
legible, carcomidos del tiempo y que estaban en ésta ó en la otra
librería, donde nadie los vió, que pudieron lograrlos por medio de uno
que ya no vive. Y éstos y semejantes artificios son los que engañan
á los sencillos lectores, y los que nos representa Cervantes[77]
fingiendo que el autor de esta obra fué historiador arábigo y manchego,
el traductor morisco, y la continuación de la historia, por buena
dicha, hallada y comprada de un muchacho que vendía unos cartapacios
y papeles viejos en el Alcana de Toledo. Pudo ser arbitrario fingir
en Toledo tal hallazgo. Pero á tiempo que Cervantes decía esto corría
muy valido entre la gente crédula haber en Toledo quien tenía una
_Historia universal_ donde todos hallaban lo que buscaban y aun lo que
querían. El autor de ella se suponía gravísimo. Y en efecto, aquella
historia que trataba de todas las cosas y otras muchas más; esto es, de
cuanto querían los que preguntaban algo al que suponían tesorero de la
erudición eclesiástica, era una fábula preñada de muchas fábulas, que
con toda propiedad se llamaría en francés con el nombre de _roman_,
y en buen romance _cuento de cuentos_; los cuales fueron tan bien
recibidos, que salieron varias continuaciones, no menos aplaudidas que
las de los libros de Amadís; y lo que es mucho peor, más leídas y más
creídas, y aún no desterradas, reservando Dios esta gloria á quien
se digne dar tantas fuerzas é industria, que sea capaz de embestir y
vencer á todo el vulgo de una nación. Pero éste no es asunto propio de
este lugar. Lo será de otro y en otra ocasión, si Dios quiere.
51. Últimamente, por no incurrir Cervantes en lo mismo que reprendía
de la vanidad de los libros caballerescos, y acordándose del fin que
se había propuesto de hacer despreciables aquellas patrañas, hizo que
Don Quijote de la Mancha, que como loco había sido llevado á su casa,
encerrado en una carreta, como si fuese en una jaula, volviese luego
en su juicio y confesase llana y cristianamente haber sido disparate
todo cuanto hizo y obró por el deseo de imitar á aquellos caballeros
andantes, puramente imaginarios.
52. Según lo dicho, ya se ve cuán admirable es la invención de esta
grande obra. No lo es menos la disposición de ella, pues las imágenes
de las personas de que se trata tienen la debida proporción y cada
una ocupa el lugar que le toca; los sucesos están enlazados con tanto
artificio, que los unos llaman á los otros, y todos llevan suspensa y
gustosamente entretenida la atención del lector.