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NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
Las palabras en itálicas están indicadas con _sub-índices_.
Las reglas ortográficas del castellano cuando esta obra fue publicada
por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se realizó
la transcripción. El criterio utilizado para llevar a cabo esta
transcripción ha sido el de respetar la ortografía original, salvo en
caso de errores evidentes de impresión y/o puntuación, los cuales han
sido corregidos.
La cubierta del libro fue creada por el Transcriptor y ha sido puesta
en el dominio público.
* * * * *
VIDA DE CERVANTES
GREGORIO MAYÁNS Y SISCAR
VIDA
DE
CERVANTES
[Ilustración]
PROMETEO
SOCIEDAD EDITORIAL
Germanías, 33.--VALENCIA
EL PRIMER BIÓGRAFO DE CERVANTES,
DON GREGORIO MAYÁNS Y SISCAR
(1699-1781)
Más de una centuria había transcurrido desde la muerte del ingenioso
hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra, y ni la popularidad que alcanzara
su nombre, ni las numerosas ediciones que de sus obras habían gemido
las prensas del orbe civilizado, ni el constituir el más legítimo
orgullo de la raza neolatina, hubieron de ser causas suficientes
que obligaran á los humanistas, historiadores y críticos á darnos
una siquier sucinta biografía del ilustre "Manco", digna de ser tan
conocida, por lo menos, como lo era la del loco manchego que Cervantes
concibiera con su creadora fantasía y dió forma con el mágico estilo de
su bien cortada pluma.
Hubo necesidad de que un hispanista ilustre, ferviente admirador del
más excelso de los novelistas, se diera cuenta del imperdonable olvido
en que se tenía al "Príncipe de los ingenios" é hiciese partícipe de
sus ideas al más docto escritor que en aquel tiempo florecía en España,
el insigne y eruditísimo valenciano don Gregorio Mayáns y Siscar.
Era don Gregorio, á la sazón, bibliotecario del rey Felipe V, cargo
que se le había conferido por su profundo saber y talento portentoso.
Habíase distinguido Mayáns por sus trabajos de biografía y crítica
literaria, y á él se dirigió lord Carteret, conde de Grandville, en
súplica de que honrara la memoria de Cervantes escribiendo su azarosa y
singular vida.
No tardó mucho tiempo el polígrafo Mayáns en complacer al noble
hispanista inglés, y el año 1737 salía en Madrid, de las prensas de
Juan de Zúñiga, la "_Vida de Miguel de Cervantes Saavedra_, autor don
Gregorio Mayáns y Siscar, bibliothecario del Rei Catholico"[1].
El conde de Grandville, deseoso de corresponder al obsequio de don
Gregorio, la hizo reimprimir en Londres, en 1738, al frente de la
bellísima edición del _Quijote_, por los hermanos Juan y Roberto
Tonson[2].
En la "Dedicatoria al barón de Carteret", intenta Mayáns explicar el
desvío de los literatos hacia Cervantes, diciendo que era "dignísimo
de mejor siglo, porque aunque dicen que la edad en que vivió era de
oro, yo sé que para él y algunos otros beneméritos fué de hierro. Los
envidiosos de su ingenio y elocuencia le murmuraron y le satirizaron.
Los hombres de escuela, incapaces de igualarle en la invención y arte,
le desdeñaron como á escritor no científico. Muchos señores, que si hoy
se nombran es por él, desperdiciaron su poder y autoridad en aduladores
y bufones, sin querer favorecer al mayor ingenio de su tiempo. Los
escritores de aquella edad (habiendo sido tantos), ó no hablaron de él,
ó le alabaron tan fríamente, que su silencio y sus mismas alabanzas son
indicios ciertos, ó de su mucha envidia, ó de su poco conocimiento".
Tarea dificultosa debió ser la de don Gregorio para reunir los datos de
la biografía de nuestro gran novelista, tanto más si se tiene en cuenta
que las veladas alusiones y detalles autobiográficos que se hallan
esparcidos en las diferentes obras de Cervantes no se presentan, en
la mayoría de los casos, con aquella claridad que hubiera deseado el
historiador, y se prestan muchas veces á torcidas interpretaciones.
No obstante, la publicación de la _Vida de Cervantes_ obtuvo lisonjero
éxito, siendo acogida por los doctos con verdadero entusiasmo,
reimprimiéndose, tanto en España como en el extranjero, multitud
de veces, y alcanzó el honor de ser traducida á varios idiomas,
constituyendo por espacio de varios lustros la única fuente en la que
pudieron saciar su sed los admiradores del "famoso ex cautivo de Argel".
La casualidad, unas veces, y el ímprobo trabajo de los cervantistas,
otras, han venido posteriormente á poner en claro muchos puntos
obscuros ó simplemente indicados en la obra de Mayáns. Hasta el año
1752 se tuvo como verdad inconcusa que la patria de Cervantes fué
Madrid, pero el benedictino Fr. Martín Sarmiento hubo de leer en la
_Topographia é historia general de Argel_, compuesta por el P. M.
Haedo, los sucesos de Cervantes durante el cautiverio, donde se afirma
que era un "hidalgo principal de Alcalá de Henares". Transmitida
esta noticia á los amigos del sabio continuador de Feijóo, buscaron
en aquella ciudad la partida de bautismo del autor de _La Galatea_,
documento que fué el primero en publicar don Agustín de Montiano y
Luyando, en 1753, y que figura en la página 10 del _Discurso segundo
sobre las Tragedias españolas_, impreso en Madrid por el tipógrafo
Orga, establecido más tarde en Valencia.
Los posteriores trabajos de los cervantistas Pellicer, Clemencín,
Navarrete, Asencio, Pérez Pastor y otros son tan conocidos como las
obras del inmortal creador de _Don Quijote de la Mancha_.
En cambio, la obrita de Mayáns ha sido injustamente olvidada, pues,
aparte de haber sido la primera en el orden cronológico, todavía
conserva en algunos puntos verdadero interés y se lee con delectación
por la viveza de su estilo y las curiosas noticias que contiene.
J. GIL Y CALPE
AL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DON JUAN,
BARÓN DE CARTERET, ETC., ETC.
EXCELENTÍSIMO SEÑOR:
Un tan insigne escritor como MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA, que supo
honrar la memoria de tantos españoles y hacer inmortales en la de
los hombres á los que nunca vivieron, no tenía hasta hoy, escrita en
su lengua, vida propia. Deseoso V. E. de que la hubiese, me mandó
recoger las noticias pertenecientes á los hechos y escritos de tan
gran varón. He procurado poner la diligencia á que me obligó tan
honroso precepto, y he hallado que la materia que ofrecen las acciones
de Cervantes es tan poca, y la de sus escritos tan dilatada, que ha
sido menester valerme de las hojas de éstos para encubrir de alguna
manera con tan rico y vistoso ropaje la pobreza y desnudez de aquella
persona dignísima de mejor siglo, porque aunque dicen que la edad en
que vivió era de oro, yo sé que para él y algunos otros beneméritos
fué de hierro. Los envidiosos de su ingenio y elocuencia le murmuraron
y satirizaron. Los hombres de escuela, incapaces de igualarle en
la invención y arte, le desdeñaron como á escritor no científico.
Muchos señores, que si hoy se nombran es por él, desperdiciaron su
poder y autoridad en aduladores y bufones, sin querer favorecer al
mayor ingenio de su tiempo. Los escritores de aquella edad (habiendo
sido tantos), ó no hablaron de él, ó le alabaron tan fríamente, que
su silencio y sus mismas alabanzas son indicios ciertos, ó de su
mucha envidia, ó de su poco conocimiento. V. E. le tiene tan justo
de sus obras, que ha manifestado ser el más liberal mantenedor y
propagador de su memoria; y es por quien CERVANTES y su INGENIOSO
HIDALGO logran hoy el mayor aprecio y estimación. Salga, pues,
nuevamente á la luz del mundo el gran _Don Quijote de la Mancha_, si
hasta hoy caballero desgraciadamente aventurero, en adelante por V.
E. felizmente venturoso. Viva la memoria del incomparable escritor
Miguel de Cervantes Saavedra. Y reciba V. E. estos apuntamientos como
cierta y perpetua señal de la gustosa y pronta obediencia que profeso
á V. E. Y cuando yo en ello no haya conseguido el acierto que merecen
los preceptos de V. E. (que no vivo tan satisfecho de mí, ni soy tan
ambicioso que presuma y espere tanto), á lo menos quedaré contento con
la gloria de mi obsequio.
DON GREGORIO MAYÁNS Y SISCAR
ÍNDICE
VIDA DE CERVANTES
Páginas
Su patria. Núm. 4 12
Sus estudios. Núm. 9 15
Su empleo. Núm. 10 15
Su profesión. Núm. 11 15
Su cautiverio. Núm. 12 16
Su aplicación á la cómica. Núm. 12 16
Sus obras. Núms. 13 y siguientes 19
Los seis libros de _La Galatea_. Núm. 13 19
_Don Quijote de la Mancha._ Núm. 15 22
_Novelas ejemplares._ Núm. 147 134
_Viaje del Parnaso._ Núm. 166 147
Ocho comedias y ocho entremeses. Núms. 71 y 175. 67-160
_Los trabajos de Persiles y Sigismunda._ Núm. 178. 169
Otras obras suyas. Núms. 177 y último 165-172
Su enfermedad. Núm. 177 165
Su muerte. Núm. 178 169
Su retrato. Núm. 183 172
EL CERVANTISMO EN VALENCIA
Cervantes en Valencia 179
Ediciones cervantinas valencianas 185
Los imitadores valencianos de Cervantes 193
La crítica cervántica en Valencia 199
VIDA DE MIGUEL DE CERVANTES
SAAVEDRA
NATURAL DE MADRID[3]
SU AUTOR
DON GREGORIO MAYÁNS SISCAR
Miguel de Cervantes Saavedra, que viviendo fué un valiente soldado,
aunque muy desvalido, y escritor muy célebre, pero sin favor alguno,
después de muerto es prohijado á porfía de muchas patrias. Esquivias
dice ser suyo, Sevilla le niega esta gloria, y la quiere para sí.
Lucena tiene la misma pretensión. Cada una alega su derecho, y ninguna
le tiene.
1. Defiende la parte de Esquivias don Tomás Tamayo de Vargas, varón
eruditísimo: quizá porque Cervantes llamó "famoso" á este Lugar; pero
el mismo Cervantes se explicó diciendo: "Por mil causas famoso: una por
sus ilustres linajes, y otra por sus ilustrísimos vinos."
2. El grande émulo de Tamayo, don Nicolás Antonio, patrocina la causa
de Sevilla, y para probarla, alega dos razones ó conjeturas. Dice que
Cervantes, siendo niño, vió representar en Sevilla á Lope de Rueda; y
añade que los apellidos "Cervantes" y "Saavedra" son sevillanos. La
primera conjetura prueba poco. Yo, siendo niño, vi representar en el
teatro de Valencia un gran comedión (que es el único que he visto), y
no soy de Valencia, sino de Oliva. Fuera de esto, diciendo Cervantes
que[4] "Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el
entendimiento, fué natural de Sevilla", era natural también llamarla
su patria; y ni en ese ni en otros lugares donde nombró á Sevilla la
reconoció como tal. La segunda conjetura aún prueba menos, porque si
Miguel de Cervantes Saavedra hubiera sido de los Cervantes y Saavedras
de Sevilla, siendo nobles estas familias, lo hubiera él apuntado en
alguna parte, hablando en tantas de sí; y lo más que dijo fué ser
hidalgo, sin añadir circunstancia que indicase su solar; y á ser
natural de Sevilla, en las mismas familias sevillanas de Cervantes y
Saavedras se hubiera conservado desde aquel tiempo la gloriosa memoria
de haber dado á España tan ilustre varón. Prueba que hubiera alegado
don Nicolás Antonio, siendo de esta opinión y natural de Sevilla.
3. En Lucena dicen que hay tradición de haber nacido allí. Cuando
se pruebe la tradición, ó se exhiba la fe de su bautismo, deberemos
creerlo.
4. Entretanto, tengo por cierto que la patria de Cervantes fué Madrid,
pues él mismo, en el _Viaje del Parnaso_[5], despidiéndose de esta
grande villa, le dice así:
Adiós, dile á la humilde choza mía.
Adiós, Madrid, adiós, tu Prado y fuentes.
Que manan néctar, llueven ambrosía.
Adiós, conversaciones suficientes
Á entretener un pecho cuidadoso.
Y á dos mil desvalidos pretendientes.
Adiós, sitio agradable y mentiroso.
Do fueron dos gigantes abrasados
Con el rayo de Júpiter fogoso.
Adiós, teatros públicos, honrados
Por la ignorancia que ensalzada veo
En cien mil disparates recitados.
Adiós, de San Felipe el gran paseo;
Donde si baja ó sube el turco galgo
Como en Gaceta de Venecia leo.
Adiós, hombre sotil de algún hidalgo,
Que por no verme ante tus puertas muerto,
Hoy de mi "Patria" y de mí mismo salgo.
5. Hecha esta observación, he recurrido á los "Apuntamientos" que hizo
don Nicolás Antonio para formar su "Biblioteca", y en la margen de
ellos he hallado añadida esta misma prueba de la patria de Cervantes;
pero deseoso don Nicolás de mantener su antigua opinión, concluye así;
"Si bien mi patria se puede entender por España toda". Cualquiera que
lea atenta y desapasionadamente los tercetos de Cervantes, juzgará que
esta interpretación de don Nicolás Antonio es violenta y aun contraria
á la mente de Cervantes, porque los cinco primeros tercetos son una
definición descriptiva de "Madrid"; los dos primeros versos del sexto
terceto, una apóstrofe ó razonamiento dirigido á su hambre; y el último
verso un retorno á la villa de Madrid, donde ya había dicho que tenía
la "humilde choza suya", de la cual salía para ir al Parnaso: viaje
cuya descripción le sacaba de tino.
Hoy de mi patria y de mí mismo salgo.
Fuera de esto, en el terceto inmediato, dice así:
Con esto poco á poco llegué al puerto
Á quien los de Cartago dieron nombre,
Cerrado á todos vientos y encubierto.
Á cuyo claro y singular renombre
Se postran cuantos puertos el mar baña,
Descubre el sol, y ha navegado el hombre.
6. Si Cervantes entendiera por "patria suya" á toda España (cosa muy
impropia y que no cabía en su pluma), al salir de ella sería cuando
la llamaría "patria"; pero no hablando con Madrid, y al salir de esta
villa para Cartagena, y más caminando "poco á poco" para llegar á aquel
famoso puerto, donde se había de embarcar para hacer con Mercurio el
viaje al Parnaso.
7. Quede, pues, por asentado que Madrid fué la patria de Miguel de
Cervantes Saavedra, y también el lugar de su habitación. El mismo Apolo
dió las señas de ésta en el sobrescrito de una graciosa carta, que dice
así:[6] "Á Miguel de Cervantes Saavedra, en la calle de las Huertas,
frontero de las casas donde solía vivir el Príncipe de Marruecos, en
Madrid. Al porte medio real, digo diez y siete maravedís." Y parece que
su habitación no era muy acomodada, pues en el fin de la descripción de
su viaje dijo:
Fuime con esto, y lleno de despecho
Busqué mi antigua y lóbrega posada.
8. Nació Miguel de Cervantes Saavedra el año 1549, según se colige de
esto que escribió[7] el día 14 de Julio del año 1613: "Mi edad no está
ya para burlarse con la otra vida; que al cincuenta y cinco de los
años, gano por nueve más, y por la mano." "Por la mano" entiendo yo
la anticipación de algunos días; de manera que, en mi sentir, nació en
el mes de Julio; y cuando escribía eso tenía sesenta y cuatro años y
algunos días.
9. Desde sus primeros años tuvo grande afición á los libros; de suerte
que, hablando de sí, dijo:[8] "Yo soy aficionado á leer aunque sean
los papeles rotos de las calles." Amó muchísimo las buenas letras, y
totalmente se aplicó á los libros de entretenimiento, como son las
novelas y todo género de poesía, especialmente de autores españoles é
italianos. En estos géneros de letras fué su erudición consumadísima,
como lo manifiesta el donoso y grande escrutinio de la librería de Don
Quijote[9]; las frecuentes alusiones á las historias fabulosas; los
exactísimos juicios de tantos poetas[10] y su _Viaje del Parnaso_.
10. De España pasó á Italia, ó bien para servir en Roma al cardenal
Aquaviva, de quien fué camarero[11], ó bien para militar, como militó
algunos años, siguiendo las vencedoras banderas de aquel sol de la
milicia, Marco Antonio Colonna[12].
11. Fué uno de los que se hallaron en la célebre batalla de Lepanto,
donde perdió la mano izquierda de un arcabuzazo[13], ó á lo menos
herida de él le quedó inhábil[14]. Peleó como debía un tan buen
cristiano y soldado tan valiente. De lo cual él mismo se gloría no sin
razón, diciendo muchos años después[15]:
Arrojóse mi vista á la campaña
Rasa del mar, que trujo á mi memoria
Del heroico don Juan la heroica hazaña.
Donde con alta de soldados gloria.
Y con propio valor y airado pecho.
Tuve (aunque humilde)[16] parte en la victoria.
12. Después, no sé cómo ni cuándo, le apresaron los moros y le llevaron
á Argel. De aquí coligen algunos que la _Novela del cautivo_[17] es
una relación de las cosas de Cervantes. Y por eso añaden que sirvió
en Flandes al duque de Alba, que alcanzó á ser alférez de un famoso
capitán de Guadalajara, llamado Diego de Urbina, y después, hecho ya
capitán de Infantería, se halló en la batalla naval, yendo con su
compañía en la capitana de Juan Andrea, de la cual saltó á la galera
de Uchali, rey de Argel, y desviándose ésta de la que había embestido,
estorbó que con sus soldados le siguiesen, y así se halló solo
entre sus enemigos, herido, sin poder resistir; y en fin, de tantos
cristianos victoriosos, sólo él gloriosamente cautivo. Todo esto, y
mucho más, refiere de sí el "Cautivo", que es el principal sujeto de
la dicha "Novela", el cual, después de la muerte de Uchali Fartax,
que quiere decir "el Renegado tiñoso" (porque había sido uno y otro),
recayó en el dominio de Azanaga, rey cruelísimo de Argel, el cual le
tenía encerrado en una prisión ó casa, que los turcos llaman "Baño",
donde encierran los cautivos cristianos, así los que son del rey como
de algunos particulares, y los llaman de "almacén", que es como decir
cautivos del Concejo, que sirven á la ciudad en las obras públicas que
hace y en otros oficios; y estos tales cautivos tienen muy dificultosa
su libertad, que como son del común y no tienen amo particular, no
hay con quien tratar su rescate. Uno de los cautivos que por aquellos
tiempos había en Argel, juzgo yo que fué Miguel de Cervantes Saavedra,
y tengo para esto una prueba manifiesta en lo que de él dijo el
"Cautivo" hablando de las crueldades de Azanaga: "Cada día ahorcaba
el suyo, empalaba á éste, desorejaba á aquél, y esto por tan poca
ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de
por hacerlo, y por ser natural condición suya ser homicida de todo el
género humano. Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal
de SAAVEDRA, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria
de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad,
jamás le dió palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por
la menor cosa de muchas que hizo, temíamos todos que había de ser
empalado, y así lo temió él más de una vez, y si no fuera porque el
tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este "soldado" hizo,
que fuera parte entreteneros y admiraros harto mejor, que con el cuento
de mi historia." Hasta aquí, Cervantes, hablando de sí mismo en boca
del otro "cautivo"; de cuyo testimonio consta que sólo fué soldado, y
así se llamó en otras ocasiones, y no[18] alférez y capitán, títulos
con que se hubiera honrado, á lo menos en el frontispicio de sus
obras, si los hubiera tenido. Cinco años y medio fué cautivo, donde
aprendió á tener paciencia en las adversidades[19]. Volvió á España, y
se aplicó á la cómica. Compuso varias comedias, que se representaron
con aplauso, por la novedad del arte y adorno de las tablas, el cual
debieron al ingenio y buen gusto de Cervantes los teatros de Madrid.
Tales fueron, los _Tratos de Argel_, _La Numancia_, _La batalla naval_,
y otras muchas[20], manejando Cervantes el primero y último asunto como
testigo de vista. También compuso algunas tragedias, que fueron bien
recibidas[21]. Su buen amigo Vicente Espinel, inventor de las décimas,
que por él se llamaron "espinelas", le juzgó digno de ponerle en su
ingeniosa _Casa de la memoria_[22], quejándose de la desgracia de su
cautividad y celebrando la gracia de su genio poético, en esta octava:
No pudo el hado inexorable avaro,
Por más que usó de condición proterva,
Arrojándote al mar, sin propio amparo
Entre la mora desleal caterva
Hacer, Cervantes, que tu ingenio raro,
Del furor inspirado de Minerva,
Dejase de subir á la alta cumbre,
Dando altas muestras de divina lumbre.
Antes que Espinel, explicó estos mismos pensamientos Luis Gálvez de
Montalvo, en uno de los sonetos que preceden á _La Galatea_, que dice
así:
Mientras del yugo sarraceno anduvo
Tu cuello preso, y tu cerviz domada,
Y allí tu alma al de la fe amarrada
Á más vigor, mayor firmeza tuvo.
Gózase el cielo, mas la tierra estuvo
Casi viuda sin ti, y desamparada
De nuestras musas la real morada,
Tristeza, llanto, soledad mantuvo.
Pero después que diste al patrio suelo
Tu alma sana, y tu garganta suelta
Dentre las fuerzas bárbaras confusas,
Descubre claro tu valor el cielo,
Gózase el mundo en tu felice vuelta,
Y cobra España las perdidas musas.
La conclusión de este soneto prueba que Miguel de Cervantes Saavedra,
aun antes de ser cautivo, era ya tenido en España por uno de los más
ilustres poetas de su tiempo.
13. Pero como el informe que se tiene por los oídos no suele ser el
más exacto, quiso Cervantes sujetarse al riguroso examen que hacen los
juicios de los lectores en vista de las obras. En el año 1584, publicó
LOS SEIS LIBROS DE _La Galatea_, los cuales ofreció, como primicias de
su ingenio, á Ascanio Colona, entonces abad de Santa Sofía, y después
presbítero cardenal, con el título de la Santa Cruz de Jerusalén. Don
Luis de Vargas Manrique celebró esta obra de Cervantes con un soneto,
que por ser mucho mejor que los que suelen hacerse, le pondré aquí:
Hicieron muestra en Vos de su grandeza,
Gran Cervantes, los dioses soberanos:
Y, cual primera, dones inmortales
Sin tasa os repartió Naturaleza.
Jove su rayo os dió, que es la viveza
De palabras que mueven pedernales.
Diana, el exceder á los mortales
En cantidad de estilo con presteza.
Mercurio, las historias marañadas.
Marte, el fuerte vigor que el brazo os mueve.
Cupido y Venus, todos sus amores.
Apolo, las canciones concertadas.
Su ciencia las hermanas todas nueve,
y al fin, el dios silvestre, sus pastores.
14. Este soneto es una igualmente verdadera que hermosa descripción
de _La Galatea_, novela en que Cervantes manifestó la penetración
de su ingenio en la invención, su fecundidad en la abundancia de
hermosas descripciones y entretenidos episodios, su rara habilidad en
desatar unos nudos al parecer indisolubles y el feliz uso de las voces
acomodadas á las personas y materia de que se trata. Pero lo que merece
mayor alabanza es, que trató de amores honestamente, imitando en esto
á Heliodoro y Athenágoras, de los cuales, aquél nació en Emisa, ciudad
de Fenicia, y escribió _Los amores de Theágenes y Clariquea_, y éste
no se sabe si vivió jamás, porque, si son verdaderas las conjeturas
del sabio obispo de Avranches, Pedro Daniel Huet, Guillermo Filandro
fué el que compuso _La novela del perfecto amor_, y la prohijó á
Athenágoras. Como quiera que sea, nuestro Cervantes escribió las cosas
de amor tan aguda y filosóficamente, que no tenemos que envidiar á la
voracidad del tiempo las _Eróticas_, ó libros amorosos, de Aristóteles,
de sus dos discípulos Clearco y Theofrasto, y de Aristón Ceo, también
peripatético. Pero esta misma delicadeza con que trató Cervantes del
amor temió que había de ser reprehendida; y así procuró anticipar la
disculpa. "Bien sé--dice--lo que suele condenarse exceder nadie en la
materia del estilo que debe guardarse en ella, pues el Príncipe de la
poesía latina fué calumniado en alguna de sus églogas, por haberse
levantado más que en las otras. Y así no temeré mucho que alguno
condene haber mezclado razones de filosofía entre algunas amorosas
pastoras, que pocas veces se levantan á más que tratar cosas de campo,
y esto con su acostumbrada llaneza. Mas advirtiendo que muchos de
los disfrazados pastores de ella lo eran sólo en el hábito, queda
llana esta objeción." No tuvo Cervantes igual disculpa que alegar en
satisfacción de otra censura, que viene á parar en una nota de la
fecundidad de su ingenio; y es, que entretejió en esta su novela tantos
episodios, que su multitud confunde la imaginación de los lectores,
por atenta que sea; porque enlazados unos con otros, aunque con gran
artificio, este mismo no da lugar á seguir el hilo de la narración,
frecuentemente interrumpida con nuevos sucesos. Bien lo conoció él,
y aun lo confesó, cuando en boca del cura Pero Pérez (que era hombre
docto, graduado en Sigüenza) y del barbero Maese Nicolás, introdujo
este coloquio[23]: "¿Pero qué libro es--preguntó el cura--ese que está
junto á él? (Habla del _Cancionero_, de Lope Maldonado.) _La Galatea_,
de Cervantes--dijo el barbero--. Muchos años ha--respondió el cura--que
es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas
que en versos. Su libro tiene algo de buena invención: propone algo y
no concluye nada. Es menester esperar la segunda parte que promete;
quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora
se le niega; y entretanto que éste se ve, tenedle recluso en vuestra
posada." No llegó el caso de publicar la segunda parte de _La Galatea_,
aunque la prometió muchas veces[24]. Una cosa noté algunos años ha[25]
y lo repito ahora por ser propia del asunto, y es que el estilo de _La
Galatea_ tiene la colocación perturbada y por eso es algo afectado. Las
voces de que usa son muy propias; su construcción violenta, por ser
desordenada y contraria al común estilo de hablar. Imitó en esto los
antiguos libros de caballerías, se conoce que de industria y por el
deseo que tenía de la novedad; pues su dedicatoria y prólogo tienen la
colocación más natural, y las obras que publicó después, mucho más, de
suerte que son una manifiesta retractación de su antiguo error. En _La
Galatea_ hay coplas de arte menor, de suma discreción y dulzura, por la
delicadeza de los pensamientos y suavidad del estilo. Sus composiciones
de arte mayor son inferiores, pero hay en ellas muchos versos que
pueden competir con los mejores de cualquier poeta.
15. Pero no es ésta la obra por la cual debe medirse la grandeza
del ingenio, maravillosa invención, pureza y suavidad de estilo de
Miguel de Cervantes Saavedra. Todo esto se admira más en los libros
que compuso del _Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha_. Este
fué su principal asunto; y el desapasionado examen de esta obra lo
será también de mi pluma en estos mis apuntamientos de su vida, la
cual escribo con mucho gusto, por obedecer á los preceptos de un gran
honrador de la buena y feliz memoria de Miguel de Cervantes Saavedra,
que cuando no tuviera, como tiene, una fama universal, la conseguiría
ahora por el favor de tan ilustre protector[26].
16. Es la lectura de los libros malos una de las cosas que corrompen
más las costumbres y de todo punto destruyen las repúblicas. Y si tanto
daño causan los libros que solamente refieren los malos ejemplos, ¿qué
no harán los que se fingen de propósito para introducir en los ánimos
incautos el veneno almibarado con la dulzura del estilo? Tales son
las "fábulas milesias", llamadas así porque se introdujeron en Mileto,
ciudad de Jonia, provincia infamemente aplicada á todo género de
delicias; como también los sibaritas en Italia, de donde tomaron nombre
las "fábulas sibaríticas". El asunto de estas fábulas (hablo ahora
solamente de las malas) suele ser: destruir la religión, embravecer los
ánimos, afeminarlos ó instruirlos en todo género de maldades.
17. Escribieron los hebreos las desvariadas fábulas de la _Cábala_
y el _Thalmud_, para sostener los desatinos de su incredulidad con
la crédula persuasión de las mentiras más ridículas, enormes y
despreciables que se pueden imaginar, y para no dar asenso á la verdad
de la religión cristiana, más visible al mundo que á la luz del sol; y
es tal su afición á las patrañas, que en la misma verdad desconocieron
la verdad, llegando á persuadirse, sin otro fundamento que su afición
á las fábulas, que el libro de Job es una mera parábola. Diéronles fe
los anabaptistas, y arrojada y temerariamente dijeron que la historia
de Esther y de Judith también eran parábolas, compuestas por los
hebreos para diversión del pueblo. Así abusan ellos de sus fábulas
para confirmar su secta, y de sus propias invenciones para destruir la
verdad de las historias más auténticas que tiene el mundo, y como tales
nos las conservaron sus propios mayores.
18. Con este mismo intento de destruir la verdadera religión está
escrito también el _Korán_, de Mahoma, el cual, según observó el
doctísimo maestro Alexico Venega[27], "contiene una secta cuarteada,
cuyo principal cuarto es la vida porcuna, que dicen epicúrea. El
segundo, es tejido de ceremonias judaicas, vacías del significado que
solían tener antes del advenimiento de Cristo. El tercero cuarto, de
las herejías arriana y nestorea. El cuarto cuarto es la letra del
Evangelio, torcida y mal entendida, conforme á su desvariado propósito.
También son fábulas á este jaez la _Cuna_ y _Jara_, que urdieron los
moros en su iglesia de malignantes".
19. El otro designio de los perversos libros milesios es afeminar los
ánimos, representando con viveza las cosas del amor y excitando con las
imágenes pensamientos y deseos amorosos. En este género de escritos
mucho mejor es no citar ejemplos, y cuando se alegue alguno, sea _El
asno de Apuleyo_, para que el mismo ejemplo sea recuerdo de que la
torpeza transforma los hombres en bestias.
20. Afeminan los ánimos por una parte, y por otra los embravecen,
ciertos libros que llamamos de "caballerías", porque en ellos se
describen las monstruosas hazañas de unos caballeros imaginarios,
que tenían sus damas, y por ellas hacían mil locuras, hasta llegar á
hacerles oración, invocándolas en sus peligros con ciertas fórmulas,
como si fuesen abogadas de las lides y peleas[28], y por su respeto
emprendían y hacían mil locuras. La lectura, pues, de estos libros
incitaba los ánimos á unas acciones bárbaras por el imaginario punto
de defender las mujeres, aun por causas deshonestas. Y esto llegó á
tal extremo, que las mismas leyes los juzgaron dignos de reprensión,
y como tal lo refieren entre los abusos, diciendo[29]: "E aún porque
esforzasen más, tenían por cosa guisada que los que oviesen amigas que
las nombrasen en las lides, porque les creciesen más los corazones é
oviesen mayor vergüenza de errar."
21. El último género de perniciosas novelas es el que, con pretexto de
cautelar de la vida pícara, la enseña. De cuya composición tenemos en
España tanto número de ejemplos, que sería cosa ociosa citar algunos.
22. De todos estos libros, los que malearon más las costumbres públicas
fueron los "caballerescos". Las causas de su introducción fueron éstas:
23. Las naciones septentrionales se apoderaron de toda Europa. Los
habitadores de ellas arrojaron las plumas y empuñaron las armas. El
que más podía, más valía. Pudo más la barbarie, y salió vencedora y
triunfante; quedaron abatidas las letras, perdido el conocimiento
de la antigüedad y aniquilado el buen gusto. Pero como donde no se
hallan estas cosas la necesidad las echa menos, sucedieron en su
lugar la falsa doctrina y depravado gusto. Escribieron historias que
fueron fabulosas, porque se perdió ó no sabía buscarse la memoria
de los sucesos pasados. Unos hombres que de repente querían ser los
maestros de la vida, mal podían enseñar á los lectores lo que nunca
habían aprendido. Tal fué Telesino Helio, escritor inglés, que cerca
del año 640, reinando Artús en Bretaña, escribió los hechos de este
rey fabulosamente. Imitóle Melquino Avalonio, que en tiempo del rey
Vortiporio, cerca del año 650, escribió la historia de Bretaña,
mezclando los cuentos del rey Artús y de la Tabla Redonda. La historia
publicada en nombre de Gildas, por renombre "el Sabio", monje que fué
de Gales, es del mismo jaez. Refiere las maravillosas hazañas del rey
Artús, de Porcebal y Lanzarote. El libro de Hunibaldo Franco, reducido
á compendio por el abad Trichemio, es un montón de mentiras neciamente
fingidas. El otro libro, falsamente atribuído al arzobispo Turpín,
siendo posterior á él más de doscientos años, trata de las hazañas de
Carlomagno, llenas de patrañas, y se fingió en Francia, no en España,
como alguno dijo sólo porque quiso. Con esos libros se deben adocenar
las fabulosas historias falsamente prohijadas á Hancón Fortemán y
Salcón Fortemán, á Sivardo el Sabio, á Juan Abgil-lo, hijo de un rey
de Frisia, y á Adel-Adelingo, descendiente de los reyes de la misma
nación, todos los cuales se dice que fueron frisios y se finge que
vivieron en tiempo de Carlomagno, cuyas cosas escribieron.
24. También fué fabulosa la _Historia de los orígenes de Frisia_,
atribuída á Occón Escarlense, nieto, según fingen, de una hermana de
Salcón Fortemán, y coetáneo de Othón el Grande. Ni merece mayor crédito
la Historia de Ganfredo Monumetense, bretón, donde están escritas las
hazañas del rey Artús y del sabio Merlín, por más que se diga que las
sacó de memorias antiguas.
25. Estas eran las historias que tanto se aplaudían entre las naciones
que entonces eran menos rudas. Había hombres neciamente ocupados en
fingir y publicar tan extravagantes caprichos, porque había lectores
más necios que ellos, que los leían y aplaudían y tal vez los creían.
26. Los trovadores también, quiero decir los poetas, que en tiempo
de Ludovico Pío empezaron á cultivar "La Gaya Ciencia", esto es, la
poesía, como si dijésemos "La Ciencia festiva", se aplicaron á reducir
al metro aquellas mismas patrañas, y cantándolas todos se hicieron
vulgares.
27. En España, el uso de la poesía es mucho más antiguo. No trato de
los tiempos más apartados del nuestro, y por esto no me valgo del
testimonio de Estrabón[30]. Hablo sólo de la poesía vulgar, que
llamamos "rítmica". No hay memoria de ella en toda Europa antes de
la entrada de los árabes en España. Ellos solos tienen mayor número
de poetas y poesías que todos los europeos. Pegaron esta afición
ó confirmaron más en la que ya tenían á los españoles, los cuales
componían rimas con todo el primor que requiere el arte, como lo
refiere con prolija curiosidad Álvaro Cordobés[31], quejándose de
ello ciento treinta años después de la pérdida de España. Si algunas
ó muchas de aquellas poesías árabes que refiere Álvaro eran especie
de novelas, no me atreveré á afirmarlo. Las hazañas de su Buhalul,
tan celebradas de ellos, en prosa y verso, sin duda lo son. Lo cierto
es que la tradición aún hoy conserva en España ciertas hablillas,
que llamamos "cuentos de viejas", llenos de encantamientos, de donde
viene á tantos la credulidad de éstos. Por eso Cervantes, hablando
con la propiedad que suele, llamó "cuentos" á sus novelas[32]. Bien
que Lope de Vega quiso distinguir los cuentos de las novelas cuando,
escribiendo á la señora Marcia Leonarda, dijo así[33]: "Mándame V.
m. escriba una novela. Ha sido novedad para mí, que aunque es verdad
que en _La Arcadia_ y _Peregrino_ hay alguna parte de este género
y estilo, más usado de italianos y franceses que de españoles, con
todo es grande la diferencia y más humilde el modo. En tiempo menos
discreto que el de agora, aunque de más hombres sabios, llamaban á
las "Novelas", "Cuentos". Estos se sabían de memoria, y nunca, que
yo me acuerde, los vi escritos." Yo soy de sentir, que entre cuento
y novela no hay más diferencia, si es que hay alguna, que lo dudo,
que ser aquél más breve. Como quiera que sea, los cuentos suelen
llamarse novelas, y las novelas, cuentos; y éstos y aquéllos, fábulas.
Los que pretenden hablar con distinción, aún añaden otra especie de
fábulas, que llaman "caballerías". Por eso Lope de Vega, continuando
en referir las costumbres de los españoles en lo que toca á la afición
de relaciones fingidas, inmediatamente añadió: "Porque se reducían sus
fábulas á una manera de libros que parecían historias, y se llamaban
en lenguaje castellano "caballerías", como si dijésemos hechos grandes
de caballeros valerosos. Fueron en esto los españoles ingeniosísimos,
porque en la invención ninguna nación del mundo les ha hecho ventaja,
como se ve en tantos Esplandianes, Febos, Palmerines, Lisnartes,
Floranhelos, Esferamundos, y el celebrado Amadís, padre de toda esta
máquina, que compuso una dama portuguesa." Al leer esto último, me
detuvo la novedad, porque en el tiempo que se publicó la fingida
historia de Amadís, no sé yo que hubiese en el reino de Portugal dama
capaz de escribir libro de tanta invención y novedad.
28. El erudito y juicioso autor del _Diálogo de las lenguas_, que
escribió en tiempo de Carlos V y examinó esta obra muy de propósito,
siempre habla suponiendo que el autor fué hombre y no mujer. El sabio
arzobispo de Tarragona, don Antonio Agustín, dice, hablando de _Amadís
de Gaula_[34]: "El cual dicen los portugueses que lo compuso Vasco
Lobera." Y uno de los interlocutores añade luego: "Ese es otro secreto
que pocos lo saben." Manuel de Faria y Sousa, en el erudito prólogo que
hizo á su _Fuente de Aganipe_, publicó un soneto que dice que escribió
el infante don Pedro de Portugal, hijo del rey don Juan el Primero,
en alabanza de Vasco Lobera, por haber escrito el _Amadís_. Yo he
observado que _Amadís de Gaula_ es anagrama puro de la _Vida de Gama_.
De donde mis amigos los portugueses podrán inferir otras muchas y muy
probables conjeturas.
29. Como quiera que sea (que semejantes cosas después de tanto tiempo
no son fáciles de averiguar), siendo nuestro libro de caballerías más
antiguo, cerca de cien años posterior á los que tratan de Tristán y
Lanzarote; esto dió motivo á que el eruditísimo Huet, siguiendo á
Juan Bautista Giraldo, dijese[35] que los españoles recibieron de los
franceses el arte de novelas. En lo que toca al asunto de caballerías,
lo creeré sin repugnancia. Pero la misma arte que recibieron los
españoles, ruda y desaliñada, la pulieron y hermosearon tanto, que
pasó el atavío á descompostura. Empezaron los españoles de la misma
suerte que los extranjeros. La ignorancia de las historias verdaderas,
puestos en ocasión de haber de escribirlas, les obligó á llenarlas de
mentiras, particularmente tratando de cosas pasadas, que raras veces
fué tan grande el atrevimiento y descaro, que se atreviesen á mentir á
las claras escribiendo de las presentes. Pero como el tiempo presente
se hace pasado, la libertad de fingir confundía de tal suerte la verdad
con la mentira, que no se podía distinguir la una de la otra. Así vemos
que los cantares fabulosos, ó por hablar más claro, los "romances",
en mi opinión así llamados de _roman_, palabra francesa, que significa
novela, vemos, digo, que los cantares ó romances mentirosos, que al
principio sólo eran entretenimientos del vulgo ignorante, después
llegaron á autorizarse tanto, repitiéndose en boca de los demás, que
con facilidad pasaron á ser texto, entretejidas sus ficciones en la
_Crónica general de España_, que fué copilada por autoridad real.
Pernicioso ejemplo, cuya imitación llegó á poner nuestras historias
en tan infeliz estado, que se atrevió á decir un historiador nuestro,
reputado por uno de los más discretos de su tiempo, que "fuera de
las letras divinas, no hay que afirmar ni que negar en ninguna de
ellas". ¿Y quién era este hombre que desterraba la "verdad" de la
Historia, siendo ésta el testigo más abonado y casi único de los
tiempos pasados? Dígalo el mismo que derechamente se lo reprendió
el eruditísimo bachiller Pedro Rhua, profesor de letras humanas, el
cual, escribiéndole, le dice así[36]: "Es vuestra señoría en sangre,
Guevara[37]; es en oficio, coronista; es en profesión, teólogo; es
en dignidad y méritos, obispo; de todos estos renombres es amar la
verdad; escribir verdad; predicar verdad; vivir en la verdad, y morir
por ella." Y más adelante: "Escribí á vuestra señoría, que entre
otras cosas que en sus obras culpan los lectores, es una la más fea
é intolerable que puede caer en escritor de autoridad, como vuestra
señoría lo es; y es, que da fábulas por historias, y ficciones propias
por narraciones ajenas; y alegra autores que no lo dicen, ó lo dicen
de otra manera, ó son tales que no los hallarán sino _in Aphanis_, como
dijeron los crotoniatas á los sibaritas; en lo cual vuestra señoría
pierde su autoridad, y el lector, si es idiota, es engañado, y si es
diligente, pierde el tiempo, cuando busca á do cantan los gallos de
Nibas, como dice el refrán griego." De esta falsa opinión que tenía
el obispo de Mondoñedo de la libertad de fingir historias nació el
persuadirse que, pues otros muchos habían escrito lo que se les había
antojado, podía él imitarlos; licencia que se tomó tan atrevidamente,
que no sólo fingió sucesos y autores, en cuyos nombres lo confirmaba,
sino también leyes. Y aludiendo á esto Rodrigo Dosma en el _Catálogo
de los obispos de esta ciudad_, que se halla al fin de sus _Discursos
patrios_, hablando del rey Don Alfonso IX de León, dijo: "Pobló la
ciudad y le dió fueros, llamados de Badajoz, que yo tengo ciertos, no
los fingidos de Guevara." Como tales los tenía el doctísimo Aldrete,
pero por su gran modestia no se atrevió á manifestar del todo su
juicio. "Lo mismo es--dice[38]--en los Fueros de Badajoz, si son
ciertos, que yo en esto no quiero determinar. Por el autor que los
puso, corre riesgo su certidumbre, por la poca que tienen otras cosas
que escribe." Harto hizo señalando con el dedo al obispo de Mondoñedo.
De quien dijo tales cosas don Antonio Agustín, aunque tan modesto,
que por la autoridad de quien las refiere, más quiero yo que se lean
en sus _Diálogos_, que no copiadas aquí[39]. No es mi ánimo infamar
la memoria de un varón de tan delicada conciencia, que habiendo sido
cronista del emperador Carlos V, y escrito sus crónicas hasta que
vino de Túnez, mandó en su testamento que se restituyese á su majestad
el salario de un año, porque en él no había escrito cosa alguna;
considerando, como debía, que éste y semejantes salarios no se dan en
remuneración de servicios pasados, sino en recompensa del trabajo que
se debe poner, satisfaciendo á la obligación del propio empleo, la cual
es indispensable, porque se debe á toda la república, que es lo mismo
que decir que son acreedores legítimos los que son y serán miembros
suyos, esto es, los ciudadanos presentes y venideros. Sólo he referido
tan memorable ejemplo para que se considere lo que puede la costumbre
de las ficciones contrarias á la verdad, si aquélla se extiende, pues
aun á los hombres buenos, naturalmente discretos y muy estudiosos, como
fué el obispo Guevara, llega á pervertir el juicio, y miserablemente
pervirtió los de la mayor parte de los españoles, sólo porque se
dejaban llevar del pernicioso halago de los libros de caballerías.
30. Acostumbrados, pues, los entendimientos á la maravilla que causaban
las extravagantes hazañas entretejidas en las historias, se atrevieron
á escribir unos libros enteramente fabulosos, lo cual sería mucho más
tolerable y aun digno de alabanza, si fingiendo con verosimilitud,
representasen la idea de unos grandes héroes en quienes se viese
premiada la virtud y castigado el vicio en la gente ruin. Pero de qué
manera se escribiesen aquellos libros, dígalo el juicioso autor del
_Diálogo de las lenguas_: "Cuanto á las cosas--dice--, siendo esto
así, que los que escriben mentiras las deben escribir de suerte que se
alleguen cuanto fuere posible á la verdad, de tal manera que puedan
vender sus mentiras por verdades, nuestro autor de _Amadís_ (que fué
el primero y el que mejor escribió los libros de caballerías), una
vez por descuido, y otras no sé por qué, dice cosas tan á la clara
mentirosas, que en ninguna manera las podéis tener por verdaderas." Lo
cual confirma con varios ejemplos. Esto mismo reprendía el sabio Luis
Vives, con aquella gravedad y peso de razones que le hizo el más severo
crítico de su tiempo[40]. "La erudición--decía--no se ha de esperar de
unos hombres que ni aun vieron la sombra de la erudición. Pues cuando
cuentan algo, ¿qué gusto puede haber en unas cosas que fingen tan
abierta y neciamente? Este hombre solo mató á veinte juntos; aquél, á
treinta; el otro, traspasado con seiscientas heridas y dejado ya por
muerto, se levanta luego; y al día siguiente, restituído ya á su salud
y fuerzas, mata en un desafío á dos gigantes y sale de allí cargado
de oro, plata, sedas, piedras preciosas, con tanta abundancia, que ni
una nave de carga las podría llevar. ¿Qué locura es dejarse llevar y
detenerse en semejantes despropósitos? Fuera de esto no hay cosa dicha
con agudeza, sino es que se cuenten como tales algunas palabras que
sacaron de los más ocultos escondrijos de Venus, las cuales se dicen
muy á propósito, para mover y sacar de sus quicios á la que dicen que
aman, si por ventura en ella hay alguna constancia en resistirse. Si
por esto se leen estos libros, menos mal será leer aquéllos que tratan,
permitid, lectores, el término, de alcahuetería. Porque en lo demás,
¿qué discreciones pueden decir unos escritores faltos de toda buena
doctrina y arte? Yo nunca he oído á hombre que dijese agradarle tales
libros, exceptuando sólo á los que nunca tocaron en sus manos libro
bueno; y confieso mi pecado, que también los he leído alguna vez;
pero no hallé rastro alguno ó de buena intención ó de mejor ingenio.
Á aquéllos, pues, que los alaban, de los cuales conozco algunos,
entonces les daré crédito, cuando digan eso después de haber gustado
á Séneca, ó á Cicerón, ó á San Jerónimo, ó á la Sagrada Escritura, y
cuando sus costumbres también no sean del todo estragadísimas; porque
las más veces, la causa de aprobar tales libros es contemplar en ellos
sus costumbres representadas como en un espejo y regocijarse de verlas
aprobadas. Finalmente, aunque lo que dicen fuese muy agudo y agradable,
yo nunca querría un deleite emponzoñado, y que mi mujer se ingeniase
para hacerme traición."