XXVIII

Creyó notar el viejo galán que Tristana se desconcertaba al recibir

el jicarazo; pero tan rápidamente y con tanto tesón volvió sobre sí

misma, que no le era fácil a D. _Lepe_ conocer a ciencia cierta el

estado de ánimo de su cautiva, después del acabamiento definitivo

de sus locos amores. Como quien se arroja a un piélago tranquilo,

zambullose la señorita en el _maremagnum_ musical, y allí se pasaba las

horas, ya sumergiéndose en lo profundo, ya saliendo graciosamente a la

superficie, incomunicada realmente con todo lo humano, y procurando

estarlo con algunas ideas propias que aún la atormentaban. A Horacio

no le volvió a mentar, y aunque el pintor no cortó relaciones con

ella, y alguna que otra vez escribía cartas amistosas, Garrido era

el encargado de leerlas y contestarlas. Guardábase bien el viejo de

hablar a la niña del que fue su adorador, y con toda su sagacidad

y experiencia, nunca supo fijamente si la actitud triste y serena

de Tristana ocultaba una desilusión, o el sentimiento de haberse

equivocado profundamente al creerse desilusionada en los días de la

vuelta de Horacio. ¿Pero cómo había de saber esto D. Lope, si ella

misma no lo sabía?

En las buenas tardes de invierno, salía a la calle en el carrito,

que empujaba Saturna. La ausencia de toda presunción fue uno de los

accidentes más característicos de aquella nueva metamorfosis de la

señorita de Reluz: cuidaba poco de embellecer su persona; ataviábase

sencillamente con mantón y pañuelo de seda en la cabeza; pero no perdió

la costumbre de calzarse bien, y de continuo bregaba con el zapatero

por si ajustaba con más o menos perfección la bota... única. ¡Qué raro

le parecía siempre el no calzarse más que un pie! Transcurrirían los

años sin que acostumbrarse pudiera a no ver en parte alguna la bota y

el zapato del pie derecho.

Al año de la operación, su rostro había adelgazado tanto, que muchos

que en sus buenos tiempos la trataron apenas la conocían ya, al verla

pasar en el cochecillo. Representaba cuarenta años, cuando apenas tenía

veinticinco. La pierna de palo que le pusieron a los dos meses de

arrancada la de carne y hueso, era de lo más perfecto en su clase; mas

no podía la inválida acostumbrarse a andar con ella, ayudada solo de

un bastón. Prefería las muletas, aunque estas le alzaran los hombros,

destruyendo la gallardía de su cuello y de su busto. Aficionose a

pasar las horas de la tarde en la iglesia, y para facilitar esta

inocente inclinación, mudose D. Lope desde lo alto del paseo de Santa

Engracia al del Obelisco, donde tenían muy a mano cuatro o cinco

templos, modernos y bonitos, y además la parroquia de Chamberí. Y el

cambio de domicilio le vino bien a D. Lope por el lado económico, pues

en el alquiler de la nueva casa ahorraba una corta cantidad, que no

venía mal para otros gastos en tiempos tan calamitosos. Pero lo más

particular fue que la afición de Tristana a la iglesia se comunicó a

su viejo tirano, y sin que este notara la gradación, llegó a pasar

ratos placenteros en las Siervas, en las Reparatrices y en San Fermín,

asistiendo a novenas y manifiestos. Cuando D. Lope notó esta nueva

fase de sus costumbres seniles, ya no se hallaba en condiciones para

poder apreciar lo extraño de tal cambio. Anublose su entendimiento; su

cuerpo envejeció con terrible presteza; arrastraba los pies como un

octogenario, y la cabeza y manos le temblaban. Al fin, el entusiasmo de

Tristana por la paz de la iglesia, por la placidez de las ceremonias

del culto y la comidilla de las beatas llegó a ser tal, que acortaba

las horas dedicadas al arte músico para aumentar las consagradas

a la contemplación religiosa. Tampoco se dio cuenta de esta nueva

metamorfosis, a la que llegó por gradaciones lentas; y si al principio

no había en ella más que pura afición, sin verdadero celo, si sus

visitas a la iglesia eran al principio actos de lo que podría llamarse

_dilettantismo_ piadoso, no tardaron en ser actos de piedad verdadera,

y por etapas insensibles vinieron las prácticas católicas, el oír misa,

la penitencia y comunión.

Y como el buen D. _Lepe_, no viviendo ya más que para ella y por

ella, reflejaba sus sentimientos, y había llegado a ser plagiario

de sus ideas, resultó que también él se fue metiendo poco a poco en

aquella vida, en la cual su triste vejez hallaba infantiles consuelos.

Alguna vez, volviendo sobre sí en momentos lúcidos, que parecían las

breves interrupciones de un inseguro sueño, se echaba una mirada

interrogativa, diciéndose:

--¿Pero soy yo de verdad, Lope Garrido, el que hace estas cosas? Es que

estoy lelo... sí, lelo... Murió en mí el hombre... ha ido muriendo en

mí todo el ser, empezando por lo presente, avanzando en el morir hacia

lo pasado; y por fin, ya no queda más que el niño... Sí, soy un niño, y

como tal pienso y vivo. Bien lo veo con el cariño de esa mujer. Yo la

he mimado a ella. Ahora ella me mima...

En cuanto a Tristana, ¿sería, por ventura, aquella su última

metamorfosis? ¿O quizás tal mudanza era solo exterior, y por dentro

subsistía la unidad pasmosa de su pasión por lo ideal? El ser hermoso

y perfecto que amó, construyéndolo ella misma con materiales tomados

de la realidad, se había desvanecido, es cierto, con la reaparición

de la persona que fue como génesis de aquella creación de la mente;

pero el tipo, en su esencial e intachable belleza, subsistía vivo en

el pensamiento de la joven inválida. Si algo pudo variar esta en la

manera de amarle, no menos varió en su cerebro aquella cifra de todas

las perfecciones. Si antes era un hombre, luego fue Dios, el principio

y fin de cuanto existe. Sentía la joven cierto descanso, consuelo

inefable, pues la contemplación mental del ídolo érale más fácil en la

iglesia que fuera de ella, las formas plásticas del culto le ayudaban

a sentirlo. Fue la mudanza del hombre en Dios tan completa al cabo de

algún tiempo, que Tristana llegó a olvidarse del primer aspecto de

su ideal, y no vio al fin más que el segundo, que era seguramente el

definitivo.

Tres años habían pasado desde la operación realizada con tanto acierto

por Miquis y su amigo, cuando la señorita de Reluz, sin olvidar

completamente el arte musical, mirábalo ya con desdén, como cosa

inferior y de escasa valía. Las horas de la tarde pasábalas en la

iglesia de las Siervas, en un banco, que por la fijeza y constancia con

que lo ocupaba, parecía pertenecerle. Las muletas, arrimadas a un lado,

le hacían lúgubre compañía. Las hermanitas, al fin, entablaron amistad

con ella, resultando de aquí ciertas familiaridades eclesiásticas:

en algunas funciones solemnes tocaba Tristanita el órgano, con gran

regocijo de las religiosas y de todos los concurrentes. La _señora

coja_ hízose popular entre los que asiduamente asistían a los oficios

mañana y tarde, y los acólitos la consideraban ya como parte integrante

del edificio y aun de la institución.

Tristana · 第 30 / 32 题