Creyó notar el viejo galán que Tristana se desconcertaba al recibir
el jicarazo; pero tan rápidamente y con tanto tesón volvió sobre sí
misma, que no le era fácil a D. _Lepe_ conocer a ciencia cierta el
estado de ánimo de su cautiva, después del acabamiento definitivo
de sus locos amores. Como quien se arroja a un piélago tranquilo,
zambullose la señorita en el _maremagnum_ musical, y allí se pasaba las
horas, ya sumergiéndose en lo profundo, ya saliendo graciosamente a la
superficie, incomunicada realmente con todo lo humano, y procurando
estarlo con algunas ideas propias que aún la atormentaban. A Horacio
no le volvió a mentar, y aunque el pintor no cortó relaciones con
ella, y alguna que otra vez escribía cartas amistosas, Garrido era
el encargado de leerlas y contestarlas. Guardábase bien el viejo de
hablar a la niña del que fue su adorador, y con toda su sagacidad
y experiencia, nunca supo fijamente si la actitud triste y serena
de Tristana ocultaba una desilusión, o el sentimiento de haberse
equivocado profundamente al creerse desilusionada en los días de la
vuelta de Horacio. ¿Pero cómo había de saber esto D. Lope, si ella
misma no lo sabía?
En las buenas tardes de invierno, salía a la calle en el carrito,
que empujaba Saturna. La ausencia de toda presunción fue uno de los
accidentes más característicos de aquella nueva metamorfosis de la
señorita de Reluz: cuidaba poco de embellecer su persona; ataviábase
sencillamente con mantón y pañuelo de seda en la cabeza; pero no perdió
la costumbre de calzarse bien, y de continuo bregaba con el zapatero
por si ajustaba con más o menos perfección la bota... única. ¡Qué raro
le parecía siempre el no calzarse más que un pie! Transcurrirían los
años sin que acostumbrarse pudiera a no ver en parte alguna la bota y
el zapato del pie derecho.
Al año de la operación, su rostro había adelgazado tanto, que muchos
que en sus buenos tiempos la trataron apenas la conocían ya, al verla
pasar en el cochecillo. Representaba cuarenta años, cuando apenas tenía
veinticinco. La pierna de palo que le pusieron a los dos meses de
arrancada la de carne y hueso, era de lo más perfecto en su clase; mas
no podía la inválida acostumbrarse a andar con ella, ayudada solo de
un bastón. Prefería las muletas, aunque estas le alzaran los hombros,
destruyendo la gallardía de su cuello y de su busto. Aficionose a
pasar las horas de la tarde en la iglesia, y para facilitar esta
inocente inclinación, mudose D. Lope desde lo alto del paseo de Santa
Engracia al del Obelisco, donde tenían muy a mano cuatro o cinco
templos, modernos y bonitos, y además la parroquia de Chamberí. Y el
cambio de domicilio le vino bien a D. Lope por el lado económico, pues
en el alquiler de la nueva casa ahorraba una corta cantidad, que no
venía mal para otros gastos en tiempos tan calamitosos. Pero lo más
particular fue que la afición de Tristana a la iglesia se comunicó a
su viejo tirano, y sin que este notara la gradación, llegó a pasar
ratos placenteros en las Siervas, en las Reparatrices y en San Fermín,
asistiendo a novenas y manifiestos. Cuando D. Lope notó esta nueva
fase de sus costumbres seniles, ya no se hallaba en condiciones para
poder apreciar lo extraño de tal cambio. Anublose su entendimiento; su
cuerpo envejeció con terrible presteza; arrastraba los pies como un
octogenario, y la cabeza y manos le temblaban. Al fin, el entusiasmo de
Tristana por la paz de la iglesia, por la placidez de las ceremonias
del culto y la comidilla de las beatas llegó a ser tal, que acortaba
las horas dedicadas al arte músico para aumentar las consagradas
a la contemplación religiosa. Tampoco se dio cuenta de esta nueva
metamorfosis, a la que llegó por gradaciones lentas; y si al principio
no había en ella más que pura afición, sin verdadero celo, si sus
visitas a la iglesia eran al principio actos de lo que podría llamarse
_dilettantismo_ piadoso, no tardaron en ser actos de piedad verdadera,
y por etapas insensibles vinieron las prácticas católicas, el oír misa,
la penitencia y comunión.
Y como el buen D. _Lepe_, no viviendo ya más que para ella y por
ella, reflejaba sus sentimientos, y había llegado a ser plagiario
de sus ideas, resultó que también él se fue metiendo poco a poco en
aquella vida, en la cual su triste vejez hallaba infantiles consuelos.
Alguna vez, volviendo sobre sí en momentos lúcidos, que parecían las
breves interrupciones de un inseguro sueño, se echaba una mirada
interrogativa, diciéndose:
--¿Pero soy yo de verdad, Lope Garrido, el que hace estas cosas? Es que
estoy lelo... sí, lelo... Murió en mí el hombre... ha ido muriendo en
mí todo el ser, empezando por lo presente, avanzando en el morir hacia
lo pasado; y por fin, ya no queda más que el niño... Sí, soy un niño, y
como tal pienso y vivo. Bien lo veo con el cariño de esa mujer. Yo la
he mimado a ella. Ahora ella me mima...
En cuanto a Tristana, ¿sería, por ventura, aquella su última
metamorfosis? ¿O quizás tal mudanza era solo exterior, y por dentro
subsistía la unidad pasmosa de su pasión por lo ideal? El ser hermoso
y perfecto que amó, construyéndolo ella misma con materiales tomados
de la realidad, se había desvanecido, es cierto, con la reaparición
de la persona que fue como génesis de aquella creación de la mente;
pero el tipo, en su esencial e intachable belleza, subsistía vivo en
el pensamiento de la joven inválida. Si algo pudo variar esta en la
manera de amarle, no menos varió en su cerebro aquella cifra de todas
las perfecciones. Si antes era un hombre, luego fue Dios, el principio
y fin de cuanto existe. Sentía la joven cierto descanso, consuelo
inefable, pues la contemplación mental del ídolo érale más fácil en la
iglesia que fuera de ella, las formas plásticas del culto le ayudaban
a sentirlo. Fue la mudanza del hombre en Dios tan completa al cabo de
algún tiempo, que Tristana llegó a olvidarse del primer aspecto de
su ideal, y no vio al fin más que el segundo, que era seguramente el
definitivo.
Tres años habían pasado desde la operación realizada con tanto acierto
por Miquis y su amigo, cuando la señorita de Reluz, sin olvidar
completamente el arte musical, mirábalo ya con desdén, como cosa
inferior y de escasa valía. Las horas de la tarde pasábalas en la
iglesia de las Siervas, en un banco, que por la fijeza y constancia con
que lo ocupaba, parecía pertenecerle. Las muletas, arrimadas a un lado,
le hacían lúgubre compañía. Las hermanitas, al fin, entablaron amistad
con ella, resultando de aquí ciertas familiaridades eclesiásticas:
en algunas funciones solemnes tocaba Tristanita el órgano, con gran
regocijo de las religiosas y de todos los concurrentes. La _señora
coja_ hízose popular entre los que asiduamente asistían a los oficios
mañana y tarde, y los acólitos la consideraban ya como parte integrante
del edificio y aun de la institución.